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Estupenda Kožená

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Domingo 16 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Universo vocal”, Gala Lírica II: Alcina: Amor embrujado – Amor encantado, Magdalena Kožená (mezzo), La Cetra Basel, Andrea Marcon (clave y dirección). Obras de Handel, A. Corelli, Geminiani, A. Marcello y Veracini. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

“Estupendo”, adjetivo: del latín stupendus; admirable, asombroso, pasmoso, excelente, admirable, maravilloso, espléndido, magnífico; dícese que destaca por sus cualidades extraordinarias.
En la vigésimosexta noche del festival llegaba otra estrella del “Universo vocal” y aplíquese el adjetivo de estupenda a la mezzo checa Magdalena Kožená (Brno, 1973), acompañada además por una de sus formaciones habituales como es la La Cetra Basel con Andrea Marcon. Escuchar a “la Kožená” es siempre un placer, mi admiración viene de años precisamente con estos mismos acompañantes, y además en Granada un programa en torno a George Frideric Handel (1685-1759) y su Alcina, HWV 34 (1735), con toda la carga dramática ideal para su voz, jugando entre dos vertientes del amor como rezaba el título: embrujado y encantado.
Interpretar es además de cantar, hacerse con el personaje, creérselo, transmitir todas las emociones y estados de ánimo. Si el texto es consistente y la música de Handel tiene todos los ingredientes, la mezzo checa cantó, encantó y cautivó desde su primer aria.
Tras la Ouverture – Musette – Menuet de La Cetra con un buen orgánico y presencia de las dos oboes, interpretada con el rigor histórico y la sonoridad pomposa del alemán nacionalizado inglés, la entrada de la mezzo checa ya lograría encantar con las dos primeras arias cargadas de dramatismo, expresividad, con una proyección completa y dominando los matices extremos donde el registro grave fue rotundo y las agilidades precisas. La dualidad entre lo enérgico y lo íntimo con toda la expresión que Kožená imprime, la ternura intrínseca del personaje, Si, son quella refinada y línea de canto más que solvente.
Sin perder la ambientación aunque con un sonido algo menos claro, La Cetra ofrecería de Arcangelo Corelli y Geminiani el Concerto grosso en re menor ‘La Follia’, op. 5 nº 12 (1700) para valorar la calidad de esta formación (ya sin viento) en otra interpretación “de libro”, donde los contrastes entre solistas y “grueso” permiten respirar esa música barroca que cada vez atrae más público por su frescura. Marcon desde el clave completaba el otro que por momentos se mezclaban en ornamentaciones, en cierto modo aumentando volumen pero perdiendo limpieza, una pena porque esas decoraciones son parte esencial de las obras (más con la voz). Tímbrica compacta de “los Basel” con un continuo redondeando esta noche imperial.
Volvía Kožená hechizándonos como la protagonista con el aria Ah! mio cor! Schernrito sei! estupenda, excelente, sintiendo su papel en cuerpo y alma, en los “da capo” dando una lección de cómo jugar con las melodías y enriquecerse porque las repeticiones siempre son distintas. Emoción en las frases, en las palabras remarcadas, dinámicas globales bien llevadas por Marcon que entiende como pocos la voz y la (re)viste de la carga dramática apropiada, el gran Handel inspirado en la “moda italiana” con toda la decoración que no nos hace perder la esencia, los amoríos entre Alcina y el caballero Ruggiero llenos de un belcantismo único y exigente para la mezzo, tesituras extremas que Kožená mantiene con una homogeneidad y color subyugante, La Cetra acompañando con esa regularidad de contrates casi monótonos pero nunca iguales que realzaron más si cabe este aria.
La segunda parte siguió subiendo enteros y cada recitativo con aria nos envolvían en la acción desde la gestualidad de la estupenda checa con una técnica arrolladora y diría que mágica como la propia Alcina, voz jugando con todos los recursos para cautivarnos con la pócima musical. Furioso (como Orlando) el recitativo Ah! Ruggiero crudel y el aria Ombre pallide, semideclamación y coloratura de altos vuelos con agudos impecables, pianísimos de bellos armónicos que lograban un silencio increíble en las sillas, más los agudos estratosféricos de la mezzo siempre con una altura dramática impresionante, soberbia y donde cada ritornello seguía recreando con Marcon y La Cetra vistiendo a la medida.
Puente con la Obertura VI en sol menor de Veracini con protagonismo de las dos oboes que volvían literalmente al primer plano más el fagot dando un paso al frente para “saltar” del bajo continuo al coprotagonismo del viento madera en esta “suite” (dividida en cuatro movimientos: Allegro, Largo, Allegro y Menuet. Allegro). Maravillosas las solistas con sonido dulce, fraseos largos y entendimiento mutuo para un juego de pregunta-respuesta donde La Cetra también cantó y encantó bajo las manos de Marcon.
Y las últimas dos arias con el aplauso interminable de un público hechizado, rendido a “la maga”,
Ma quando tornerai y Mi restano le lagrime, el alejamiento entre Alcina y Ruggiero que por arte de magia canora resulta el acercamiento a todos y la pregunta de cuándo volveremos a escucharla. Magdalena Kožená es la maga que nos hechizó por su dominio del rol, agresividad escrita y cantada con la carga necesaria donde los bruscos saltos de los violines al unísono realzaban el dramatismo, seguido del Largo central bellísimo con una línea de canto sensible, lágrimas casi reales hasta el final esperanzado por recuperar el amor que se escapa. El canto que nos atrapó y recuperó la pasión barroca,“los afectos” por el gran Handel teatral y exigente, aún mayor en interpretaciones como las de este “universo vocal” en La Alhambra por esta figura del barroco que podemos disfrutar en disco pero cuyo directo es irrepetible, subyugante y mágico.
Aunque esperadas las propinas, complicidades y risas entre Marcon y Kožená por el orden, emocionante, soberbia y único Handel del Lascia ch’io pianga (de “Rinaldo») convertido en “top ten” por muchos intérpretes barrocos, con las diferencias que establecen los ornamentos en las vueltas (bravo por el concertino), el juego con el tempo o la expresividad. La mezzo checa puso la piel de gallina en una interpretación para guardar en la memoria auditiva y emocional de tantos melómanos; se podrá cantar muchas veces así de bien pero mejorar lo escuchado imposible.
El segundo regalo nos devolvería a la Italia de “La veritá in cimento”, el Vivaldi recuperado para la escena y la animada Solo quella guancia bella con “los Basel” dando el aire festivo tras tanta carga dramática nocturna (cambiando una de las oboes por flauta de pico), y “La Kožená” despidiéndonos con otra lección de canto barroco. Entre el público Sir Simon Rattle disfrutaría al menos tanto como nosotros.
PROGRAMA
Alcina: Amor embrujado – Amor encantado
I
George Frideric Handel (1685-1759)
De Alcina, HWV 34 (1735):
Ouverture – Musette – Menuet
Di’ cor mio, quanto t’amai
Si, son quella, non più bella
Arcangelo Corelli (1653-1713) / Francesco Geminiani (1684-1762)
Concerto grosso en re menor ‘La Follia’, op. 5 nº 12 (1700)
George Frideric Handel
De Alcina:
Ah! mio cor! Schernrito sei!
II
Alessandro Marcello (1673-1747)
Andante Larghetto del Concerto grosso nº 3 en si menor, SF 937 «La Cetra» (publ. 1738)
George Frideric Handel
De Alcina:
Ah! Ruggiero crudel, tu non me amasti!
Ombre pallide
Francesco Maria Veracini (1690-1768)
Obertura VI en sol menor
George Frideric Handel
De Alcina:
Ma quando tornerai
Mi restano le lagrime

Gheorghiu única

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Sábado 15 de julio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla, “Universo Vocal” Recital lírico I: Angela Gheorghiu (soprano), Jeff Cohen (piano). Obras de Giordani, Paisiello, Donizetti, Beethoven, Tosti, Schumann, R. Strauss, Rachmaninov, Rameau, Martini, Massenet, Saint-Saëns, Brediceanu, Stephănescu, Bartók, Bellini y Satie. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

La considerada como “última diva de la ópera”, Angela Gheorghiu (Adjud, 7 de septiembre de 1965) llegaba a Granada esta tarde de sábado en un recital con el pianista Jeff Cohen (Baltimore, 1957) y toda la expectación que levanta una estrella mundial como la soprano rumana, aunque no hubiese un lleno hasta la bandera.

Si entendemos diva como diminutivo de divina “La Gheorghiu” lo es y no hay otra igual en el firmamento lírico. La rumana es un imán que capta toda la atención visual y auditiva desde que pisa la escena, independientemente de lo que cante, y en un recital todo suma. Es diva porque conquista al público, lo hace cómplice, hipnotiza con una voz que mantiene un color especial, un “saber cantar” como pocas, artista absoluta que juega desde un dominio total de la técnica, convirtiendo cada página es un microrrelato que sigue emocionando.

Un recital resulta más exigente que cualquier ópera precisamente por esa carga dramática que conlleva cada obra elegida, y la primera parte arrancó con varias páginas que todo estudiante de cante ha transitado, y los llamados pianistas repertoristas aún más. Qué maravilla cuando las canta una maestra como Angela Gheorghiu y el piano de Jeff Cohen, veterano en estos menesteres sabiendo dónde respirar, esperar, incluso saltarse algún compás porque enganchará sin problemas con la artista, y eso es la soprano rumana.

Tres páginas para ir tanteando acústica, temperatura, ubicarse y controlar escenario: la arietta Caro mio ben de Giuseppe Giordani, el aria de la ópera «La bella molinara» de Giovanni Paisiello, Nel cor più non mi sento (1788), y la alegre canzonetta napolitana Me voglio fà ‘na casa, también conocida como Amor marinaro de Donizetti,  incluida en Soirés d’automne, sin necesidad de sobretítulos (ilegibles sobre el telón de fondo) donde “la Gheorghiu” comenzó a sentirse bien, actuando y conquistándonos.

Como buen “acompañante” y eligiendo páginas relacionadas con el programa cantado, Jeff Cohen daría el primer “descanso” con el recién escuchado Paisiello y las Seis variaciones sobre «Nel cor più non mi sento», WoO 70 de Beethoven, aseadas y sin más exigencias que comprobar cómo los grandes compositores sintieron las obras líricas del momento para recrearlas al piano, llamémoslas variaciones o paráfrasis, aunque esta del “sordo genial” no sean especialmente exigentes para los pianistas.

Y comenzaba a subir la emoción, el buen cantar, el sentimiento, la auténtica interpretación de dos canciones que conozco desde mis años jóvenes, el cautivador y gran melodista italiano Paolo Tosti con dos poemas que la música del de Ortona eleva al Olimpo de concierto: Ideale (texto de Carmelo Errico) y Sogno (de Olindo Guerrini). Si se me permite jugar con los títulos Angela Gheorghiu fue ideal para este sueño con el piano respetuoso de Jeff Cohen, qué placer cómo frasea la rumana, cómo juega con la “mezza voce”, matices increíbles, adornar en el punto exacto, crecer emocionalmente ese final de frase en un agudo siempre preciso y cadencioso esperando el clímax y feliz unión de letea y música. El sueño de esta tarde granadina comenzaba en ese momento y proseguiría con Respighi y Nebbie. Otra lección de canto con gusto, musicalidad que rebosa por todas partes, conquistando con la mirada, el gesto corporal, colocando la voz en la máscara con una facilidad envidiable en la que muchas otras sopranos deberían mirarse. La siguiente parada seguiría ascendiendo cual cumbres de los “ochomiles” que cada página elegida suponía.

Segunda intervención de Jeff Cohen en la “visión” que de Robert Schumann hará Liszt del conocido lied Widmung (al fin cantó el piano solo), buen puente sin excesos antes del Du bist wie eine Blume que “la Gheorghiu” en un alemán perfecto nos brindó, preparándose en el idioma de Goethe con toda la expresión de un Schumann que se ha “instalado en Granada”.

Últimas dos cumbres de la primera parte para disfrutar de la rumana, el Zueignung, nº 1 de los ocho lieder de la op. 10 de Richard Strauss, intenso, dramático, bello, interiorizado y comunicado como sólo las grandes son capaces, y nuevo paso arriba con Vesenniye vody, op. 14 nº 11 de Rajmáninov con el ruso de lenguaje cantado y tocado, página apasionada de lirismo y apoyaturas, con el crescendo final envuelto en acordes y octavas muy de la casa. brillante para el tándem Gheorghiu-Jeff Cohen con química, entendimiento, carga emocional y música para disfrutar.

Si la primera parte fue sumando enteros, la segunda continuaría “in crescendo” porque la soprano rumana, que como buena diva cambió el azul turquesa por un desenfadado tricolor y rosa en el pelo, con mejora en la iluminación sobre la tarima y graduado el termostato del aire acondicionado del auditorio, ya plenamente cómoda, dominadora de la escena, haría grandes las miniaturas en la lengua de Moliere con un francés perfecto, sin nasalizarlo en absoluto, jugando con una pronunciación que es poesía pura, primero Le Grillon de Rameau, después un auténtico Plaisir d’amour de Jean-Paul-Égide Martini, placer de canto, de interpretación en el amplio sentido de la palabra, con un piano siempre amoldado a la soprano, y rematando este bloque la Elégie de Massenet, quinta de las diez «Piezas de género para piano», rezo íntimo y acto de amor que “la Gheorghiu“ interpretó con su línea de canto impecable, precisa, colorista, jugando con los matices y la expresión intrínseca al texto que musicalizado aún crece más, bien arropada por un Cohen elegante y “al servicio de la voz”.

Desde el piano seguiría el homenaje lírico con la paráfrasis que Saint-Saëns compuso de la famosísima Méditation y La Mort de Thaïs de la ópera homónima de Massenet. Un piano al fin contundente y desde el conocimiento de los originales operísticos tras muchos años de repertorista, temáticamente ideal para cerrar esta parte francesa antes de irnos hasta la Rumanía natal de “la Gheorghiu“.

Cuánta música por descubrir y qué buena cuando se siente en las entrañas, se canta con el corazón y transmite el amor por la tierra que te ha visto nacer y llevas contigo como la mejor herencia. Gheorghiu nos enseñó a Tiberiu Brediceanu (1877-1968) con Cine m-aude cântând y textos de la tradición popular), después a George Stephănescu (1843-1925) y Mândruliță de la munte, músicas cercanas en el tiempo por compositores que dejan en su música parte del patrimonio, y nadie mejor que la soprano rumana para hacernos viajar a su tierra con estas melodías donde el piano es fiel compañero.

Quedándose en la Rumanía de la soprano y con la visión del húngaro Bartók el pianista y compositor estadounidense nos interpretaría las Seis danzas populares rumanas, Sz. 56 que van subiendo en dificultad en un piano no siempre rotundo pero sí entregado dando unidad a un programa vocal donde estos “descansos” al menos tuvieron todo el sentido. Los años pesan en los dedos pero el bagaje añade el poso y la veteranía para sortear vericuetos técnicos.

Y llegaba el “non plus ultra”, pues Bellini es bel canto y la canción Vaga luna, che inargenti, de la que Arturo Reverter en sus notas al programa dice puede “considerarse una suerte de precedente en miniatura de la cavatina Casta diva de Norma” en la voz de Angela Gheorghiu resultó un aria de calado, enorme, parando el tiempo en la palabra o sílaba exacta, el ornamento ideal no escrito, la magia de la noche granadina donde el piano remataba el bordado áureo más que plateado de la soprano. Resulta maravilloso escuchar estas páginas tan conocidas cuando se interpretan como las canta “la última diva”.

Todavía faltaba la última cumbre o un paso más en el firmamento lírico, un “juguete» vocal y pianístico del incomprendido francés Satie cuyo baúl fue el mejor regalo para la historia musical de los felices años 20 (los del pasado siglo, claro). Su vals Je te veux con letra de Pacory nos transportó al Paris corazón artístico que nuevamente con Gheorghiu y Cohen, en sincronía técnica, emotiva y veterana, rematarían un recital que podemos calificar de antológico, donde hasta la rumana se movió en escena con todo el gracejo al que esta música nos llevó.

Público rendido ante la diva, simpática, generosa, entregada, cautivadora, cómplice con todos, afable y una “tercera parte” fuera de programa que supuso como la canción de Sinatra Fly me to the Moon, pues aún queda mucho universo para esta gran Angela Gheorghiu. Pocas sopranos me han emocionado y esta noche hasta se me saltaron las lágrimas tras escucharle su Lauretta del O mio babbino caro, imposible expresar todo lo que su voz transmite en este aria del “Gianni Schicchi” de Puccini, que no por conocida se escucha cantar como la rumana. Auditorio en pie arrodillado ante tanta grandeza vocal.

Y llegaría otro “no va más” en el Auditorio Manuel de Falla con su Granada (Agustín Lara) entregada, no importa que el piano se comiese notas y hasta compases al pasar página, tampoco la pronunciación mejorable del español, que sólo nosotros somos capaces, porque ¡cantaba Angela Gheorghiu! y no necesitábamos más.

Para volar hasta el “Universo vocal” de este Festival, la popular canción La Spagnola (que siempre recordaré por Mario Lanza en su película “Serenade”) que Angela Gheorghiu sintió propia y hasta los zapatos rojos parecían hechos a medida para esta su primera noche granadina.
El día 19 pondrá el broche de oro al 72 Festival Internacional de Música y Danza de Granada, aunque esta vigésimoquinta noche la recordaré como “mi noche con la Gheorghiu”.

PROGRAMA

I

Giuseppe Giordani (1751-1798)

Caro mio ben (Texto: Giuseppe Guarini)

Giovanni Paisiello (1740-1816)

Nel cor più non mi sento (Texto: Giuseppe Palomba)

Gaetano Donizetti (1797-1848)

Me voglio fà ‘na casa miez’ ‘o mare (Anónimo)

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Seis variaciones sobre «Nel cor più non mi sento», WoO 70 (piano solo)

Francesco Paolo Tosti (1846-1916)

Ideale (Texto: Carmelo Errico)

Sogno (Texto: Olindo Guerrini)

Ottorino Respighi (1879-1936)

Nebbie (Texto: Ada Nedri)

Robert Schumann (1810-1856) / Franz Liszt (1811-1886)

Widmung (piano solo)

Robert Schumann

Du bist wie eine Blume (Texto: Heinich Heine)

Richard Strauss (1864-1949)

Zueignung (Texto: Hermann von Gilm)

Serguéi Rajmáninov (1873-1943)

Vesenniye vody, op. 14 no 11 (Texto: Fiódor Ivánovich Tiútchev)

II

Jean-Philippe Rameau (1683-1764)
Le Grillon (Texto: Pierre-Jean de Béranger)

Jean-Paul-Égide Martini (1741-1816)

Plaisir d’amour (Texto: Jean-Pierre Claris de Florian)

Jules Massenet (1842-1912)
Elégie (Texto: Louis Gallet)

Camille Saint-Saëns (1835-1921)

Méditation, Paráfrasis de concierto sobre La Mort de Thaïs de J. Massenet (piano solo)

Tiberiu Brediceanu (1877-1968)

Cine m-aude cântând (Texto de tradición popular)

 George Stephănescu (1843-1925)

Mândruliță de la munte (Texto: Vasile Alecsandri)

Béla Bartók (1881-1945)

Seis danzas populares rumanas, Sz. 56 (piano solo)

I. Joc cu bâtă (Danza del bastón). Allegro moderato – II. Brâul (Danza del fajín). Allegro – III. Pê-loc (Danza del zapateado). Andante – IV. Buciumeana (Danza del como). Moderato – V. Poargă românească (Polca rumana). Allegro – VI. Mărunțel (Danza rápida). Allegro.

Vincenzo Bellini (1801-1835)

Vaga luna, che inargenti (Anónimo)

Erik Satie (1866-1925) Je te veux (Texto: Henry Pacory)

Esperanza, Sangre, Amor

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Miércoles 12 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Universo vocal”, Ópera III: Turandot, drama lírico en tres actos, música de Giacomo Puccini (1858-1924), finalizada por Franco Alfano (1875-1954); libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, basado en la fábula homónima de Carlo Gozzi. Versión concierto. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Muy esperado este Turandot en el palacio imperial llegado de Madrid este mismo miércoles, haciendo un “paréntesis” en sus representaciones, con todo el despliegue humano y técnico para una noche de ópera donde la escena la pusimos y pensamos nosotros (evitando comparaciones), y la música el último Puccini, con un elenco muy equilibrado y bien elegido, junto a la Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real bajo la dirección de Nicola Luisotti que realmente fueron los que “al alba vencieron” conociendo las respuestas a los tres enigmas de la pérfida Turandot.

Y aunque la acústica del Palacio de Carlos V no es la más idónea, sumándole el número de intérpretes sobre el escenario parecía complicado encontrar el punto exacto, pero la magia en Granada sigue viva. El coro se situó en nueve tribunas añadidas por la zona trasera de la tarima para casi 90 cantantes (no los conté), voces jóvenes, empastadas, dominando esta obra donde su protagonismo es indudable desde su estatismo, con una gama de matices amplia en todas las cuerdas, incluso tapándose la boca para los momentos más “recogidos» y desplegando toda la potencia de un pueblo que pide sangre pero también esperanza, el miedo junto al perdón. Bravo por el coro que tan bien ha preparado Andrés Máspero.

La Orquesta Sinfónica de Madrid, también joven, con la concertino Gergana Gergova impecable, a la que Luisotti sacó a saludar con todo el elenco como copartícipe del éxito, comandando una cuerda aterciopelada y compacta, de buenos graves, sumando arpas y celesta con el volumen necesario para mostrar todos los efectivos equilibrio y excelentes dinámicas que mantuvieron ese color especial de Puccini; maderas llenas de musicalidad, metales tanto recogidos como poderosos en sus momentos, y una percusión que nunca aturdió aunque por momentos retumbase en las piedras palaciegas.

Evidentemente el control de Nicola Luisotti fue absoluto, dominador de esta ópera, sacando el jugo a una orquestación brillante, orientalista y “guerrera” sin olvidarse de subrayar los momentos cantados, sabedor de que los solistas encontrarían el punto justo de volumen.

Del reparto, comenzar por el casi omnipresente Calaf del tinerfeño Jorge de León, en un momento vocal dulce, con potencia en los agudos, redondez en el medio y seguridad en los graves, todo el protagonismo y carga dramática que escribió Puccini más allá del “Nessun dorma” (aplaudido antes de finalizarlo aunque la acción no se detuvo). Metido en su personaje valiente y generoso, todos los estados de ánimo se reflejaron en él, volumen suficiente para tener a la orquesta detrás, emisión precisa y memorable final con Turandot en perfecta sintonía y empaste con la “principesa”.

Hoy en día la napolitana Anna Pirozzi es la princesa Turandot por capacidad, color, fuerza, dramatismo, entrega, expresividad y demás calificativos que queramos añadir. Si en las óperas los “malos” son importantes, en esta aún más y desde esa majestuosidad vocal. Su presencia en escena desde la primera aparición marcó diferencias y su gestualidad digna de analizarse incluso el egoísmo de la mirada. Peo el amor todo lo redime y perdona, y esa “muda” de sanguinaria a enamorada resultó el broche ideal a un rol que ya es suyo.

Liù es el personaje más “pucciniano” con todo el simbolismo que conlleva, y la georgiana Salome Jicia (que sustituye a Nadine Sierra) mostró en sus dos conocidas arias calidad y calidez, agudos en planísimo sobrevolando sin problemas la orquesta, línea de canto hermosa y mucha musicalidad, empastes en los dúos, fiato asombroso y con gusto, más un color que en los conjuntos brilló entre los tutti.

Al fin un bajo joven con cuerpo para el Timur del polaco Adam Palka, voz redonda que con los años aún ganará en emisión, línea de canto muy cuidada y matices controlados con volumen más que suficiente.

El trío de Ping, Pang y Pong encontró los cantantes adecuados por escena (los que más), empaste, volumen y buen gusto sin olvidar el toque cómico de los ministros. El barítono mexicano (Ping) Germán Olvera de color broncíneo y emisión potente, con los dos tenores que ayudaron a redondear estos personajes inspirados tanto por libreto como por música: el Pang del granadino Moisés Marín resuelto junto al Pong del vasco Mikeldi Atxalandabaso, siempre un seguro de calidad y más en este rol que lleva años defendiéndolo.

Citar el buen nivel dentro de ese reparto homogéneo del tenor barcelonés Vicenç Esteve, el emperador Altoum, de color diferenciado del Calaf (algo importante en la elección de las voces), o el mandarín del barítono Gerardo Bullón, intervenciones no por breves igual de importantes y destacables.

Y no puedo olvidarme del granadino Coro Infantil «Elena Peinado», con el nombre de su directora, demostrando un nivel altísimo de empaste, afinación, volumen cuidado en los matices, habiendo trabajado muy bien sus apariciones en escena y educados en el amor por la ópera, los niños y niñas a quienes Puccini ha tratado con su estilo y mimo.

Público feliz, entregado, incluso intentando aplaudir “hasta donde llegó Puccini”, y ya de madrugada, con el “añadido“ de Alfano, todo como el propio final: “nadie duerma” hasta el amanecer, que me llega escribiendo.

REPARTO

 Nicola Luisotti (director)

Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real (Andrés Máspero director del coro)

Coro Infantil «Elena Peinado» (Elena Peinado, directora)

Anna Pirozzi, soprano (La princesa Turandot)

Vicenç Esteve, tenor (El emperador Altoum)

Adam Palka, bajo (Timur)

Jorge de León, tenor (el príncipe desconocido, Calaf)

Salome Jicia, soprano (Liù)

Germán Olvera, barítono (Ping) – Moisés Marín, tenor (Pang) – Mikeldi Atxalandabaso, tenor (Pong)

Gerardo Bullón, barítono (Un mandarín)

Preparando el Turandot palaciego

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Ayer en el decimotercer día del Festival de Granadalunes 3 desde las 18:30 horas, y antes de acudir al concierto de Javier Perianes, me escapaba una tarde de bochorno hasta el Colegio de Arquitectos de Granada para asistir a la conferencia organizada por la Asociación de Amigos del Festival sobre el Turandot que ya disfrutan en el Teatro Real de Madrid, y en versión concierto -mejor, leyendo sobre la primera función– viajará para que la disfrutemos en el Palacio de Carlos V el próximo día 12.

Con una buena entrada en el salón de actos bien acondicionado, donde no faltó una limonada y hasta varias tartas de queso caseras, todo exquisito, el acto lo presentó Francisco de Asís Muñoz Collado, presidente de la Asociación de Amigos del Festival antes de entrar en materia, más que conferencia toda una clase magistral a cargo de Ricardo Molina Oltrá, profesor, ingeniero y humanista granadino, creador del blog operanostra.co, verdadero apasionado y erudito aunque confesase haber «llegado tarde» al mundo lírico.

Dos horas de clase amena, trufada de humor elegante y punzante, con audiciones y vídeos bajo el título «Turandot: la última ópera de Puccini», centrada primero en la figura del último operista italiano, sus contemporáneos, el entorno histórico para centrar y contextualizar mejor al autor, antes de ahondar en su obra póstuma e inacabada, Turandot. Con un breve descanso, como en mis clases de facultad para echar un cigarrillo (al igual que Puccini pero esperando no terminar como Don Jaime), el profesor Molina ya nos metería de lleno en esta joya del compositor de Lucca, recuerdo obligado a la «Commedia dell’Arte», anécdotas, personajes y hasta homenajes para esta maravillosa ópera tan suya y tan distinta a las anteriormente compuestas, con la curiosidad de que todas ya habían sido escritas por otros a lo largo de la historia aunque el lenguaje y libretistas serían únicos recordando más las del italiano que ya han pasado a la posteridad.

No faltaron las «presentaciones» del casting que vendrá a Granada, destacando a «La Pirozzi«, Jorge de León, o la más conocida como rossiniana la georgiana Salome Jicia como»Liù» (tras cancelar Nadine Sierra), el personaje más pucciniano, ilustrado con distintas audiciones y vídeos históricos.

Todo un curso condensado en una lección magistral sobre un tema que daría para más de un mes de clases ininterrumpidas, no ya por la información ofrecida sino por la pasión que el profesor Molina transmite desde el conocimiento profundo de un mundo único que nos ha cautivado a tantos.

Más zarzuela por favor

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Martes 27 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Universo Vocal”, Gala lírica I: María José Moreno (soprano), Carlos Álvarez (barítono), Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM), José María Moreno (director). Obras de ópera y zarzuela. Fotos de Fermín Rodríguez.

 

Crítica para Ópera World del jueves 29, con los añadidos de fotos (propias y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
El maestro Arturo Reverter titula las notas de esta primera gala lírica del Festival «Sustancia lírica de dos voces andaluzas» donde disecciona cada página que escuchamos, y todo ello organizado como es habitual en estos recitales con dos partes separando ópera y zarzuela, suma de arias y romanzas, dúos y números orquestales, todas obras archiconocidas pero siempre agradecidas de escuchar. La Danza Española nº 5 de Granados, conocida como “Andaluza”, tiene como añadido una poesía de Luis Muñoz Lorente que refleja en parte el espíritu siempre inspirador para compositores e intérpretes de todos los géneros y estilos en esta tierra del sur que en parte siento mía:
“¡Mi Andalucía! Rojo clavel de un gran vergel
Alma de España que guarda en su entraña amor,
Es el sonar de tu cantar copla de amar”.
Sabor andaluz con la soprano granadina María José Moreno, el barítono malagueño Carlos Álvarez con la orquesta de su ciudad sumando al titular desde la temporada 2020-21 José María Moreno, un mallorquín a la batuta uniendo para esta gala sentimientos mediterráneos aunque la música siempre sea universal y no conozca fronteras, triunfando lo nuestro.
La Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) dista mucho de la que disfruté hace años en la capital de la Costa del Sol con Manuel Hernández Silva al frente tanto en conciertos sinfónicos como en recitales y ópera. Desconozco los cambios habidos en estos años, pero en esta gala granadina adoleció de brillo en los violines, echando de menos más entendimiento entre las distintas secciones, con alguna inexactitud imperdonable para estos profesionales junto a la necesaria sonoridad global que pecó de oscuridad con desajustes variados en pasajes demasiado conocidos donde se apreciaron estas carencias.
El maestro Moreno pese a los esfuerzos y gestos por momentos demasiado exagerados, tampoco tuvo la respuesta exigida desde el podio ni en las partes orquestales, caso de las oberturas operísticas o en los preludios e intermedio de zarzuela, ni en las acompañantes de las voces, no siempre mimadas estando en el mismo plano sonoro, y por momentos con la sensación de ir “a remolque” que fue más que evidente aunque la batuta luchó por encajar y enderezar lo que cojeaba. Lástima que páginas de tanta enjundia como el Preludio de El tambor de granaderos (1894) de Ruperto Chapí (1851-1909) la percusión no estuviese presente y marcando con decisión, o el conocidísimo Intermedio de La boda de Luis Alonso (1896) de Gerónimo Giménez (1854-1923) que hubiese necesitado más limpieza en la ejecución de la OFM e incluso pausar un poco los tempi para disimular estas carencias globales.
En la parte vocal los artistas brillaron en algunas páginas solistas, empastaron bien en los dúos y resultaron mucho mejor en la parte dramatizada o escenificada que en la lírica, siendo necesarias ambas aunque no podemos negar su profesionalidad y conocimiento de sus intervenciones, todas bien interiorizadas aunque evitasen notas agudas, las buscaran con diferente resultado, o incluso las obviaran.
Los dúos elegidos por María José Moreno y Carlos Álvarez fueron desiguales en el resultado vocal y global. De los operísticos, Mozart bien de color y equilibrio dinámico, especialmente Don Juan con Zerlina en “Là ci darem la mano” y sobre todo Donizetti “La voilà, la voilà…” de La fille du régiment (1840) que resultó lo mejor de la primera parte por interpretación y escena, con la OFM más balanceada con ellas.
De las zarzuelas, Federico Moreno Torroba (1891-1982) con Luisa Fernanda (1932) es una obra completa vocalmente, y en el dúo de Carolina y Vidal “Para comprar a un hombre” el color de Moreno y Álvarez fue ideal, con buena química entre ambos, luciéndose más el malagueño que la granadina, mientras en el que cerraría recital, el mejor y popular Pablo Sorozábal (1897-1988) de La del manojo de rosas (1934) con un tempi no muy cómodo para “Hace tiempo que vengo al taller”, al menos la calidad de ambos solistas prevaleció y nos recordó los buenos momentos sobre la escena.
Individualmente María José Moreno ha ganado en corporeidad y sus agudos no son tan incisivos, con un color ideal para las arias operísticas de esta velada, aunque el grave pierda algo de volumen, más si la orquesta tampoco mimó los matices. Las agilidades fluyen bien aunque las respiraciones rompan un poco la línea melódica buscando el ataque preciso. De las conocidas romanzas de zarzuela, Moreno optó más por asegurar los agudos que por la expresividad, que intentó jugando con unos tempi que la OFM no siempre encajó con ella. Con todo, la soprano granadina va asentándose con un registro que, de acertar en la elección de los roles, la mantendrá muchos años en escena, y su entrega dramática en esta gala fue lo más destacable.
Carlos Álvarez lleva años siendo un barítono importante e imponente sobre la escena. En este “universo vocal” hizo gala de sus tablas y veteranía, el timbre propio y corpóreo de amplia proyección. En la ópera total dominio mozartiano junto a la expresividad donizettiana, mientras que en nuestro género lírico es una voz que eleva el nivel esperado y exigible para exportar la zarzuela más de lo que hacemos. Abriendo la segunda parte, Pablo Luna (1879-1942) y la canción de Manacor “Qué me importa ser judío” de El niño judío (1918) rescata del olvido esta romanza única que el malagueño interpretó con toda su sabiduría. Otro tanto con páginas que triunfan solas más que la propia obra donde se incluyen, caso de la Jota de Perico, de El guitarrico (1900) aunque “amoldada” desde las tablas en una versión particular, puede que otro ejemplo de páginas solistas que triunfan más que la propia zarzuela de Agustín Pérez Soriano (1846-1907).
Desde Granada venció nuestro género por excelencia con dos voces andaluzas que fueron muy aplaudidas, quedándonos con ganas de una propina a dúo, que para sorpresa sería el Preludio de La Revoltosa de Chapí  ¡finalizando con una obertura! y esperando de este “universo vocal” al menos escuchar a Felipe y Mari Pepa aunque fuesen con acento propio. La OFM con el director mallorquín mantuvieron las sensaciones ya comentadas, debiendo pedirles interpretaciones con igual calidad que la escrita y con tantos referentes en nuestra historia lírica.
FICHA:
María José Moreno, soprano – Carlos Álvarez, barítono – Orquesta Filarmónica de Málaga – José María Moreno, director
Programa
I
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):
Obertura de Le nozze di Figaro (1786)
Crudel! Perché finora (duetto Conte-Susanna)
Hai già vinta la causa (aria Conte)
Crudele!…
Non mi dir (aria Donna Anna), de Don Giovanni (1788)
Là ci darem la mano (duetto Don Giovanni-Zerlina)
Gaetano Donizetti (1797-1848):
Obertura de Don Pasquale (1843)
La voilà, la voilà… (duetto Sulpice-Marie), de La fille du régiment (1840)
II
Pablo Luna (1879-1942):
Qué me importa ser judío (canción de Manacor), de El niño judío (1918)
Pablo Sorozábal (1897-1988):
En un país de fábula (romanza de Marola), de La tabernera del puerto (1936)
Federico Moreno Torroba (1891-1982):
Para comprar a un hombre (dúo Carolina-Vidal), de Luisa Fernanda (1932)
Ruperto Chapí (1851-1909):
Preludio de El tambor de granaderos (1894)
Agustín Pérez Soriano (1846-1907):
Jota de Perico, de El guitarrico (1900)
Amadeo Vives (1871-1932):
Canción del ruiseñor, de Doña Francisquita (1923)
Gerónimo Giménez (1854-1923):
Intermedio de La boda de Luis Alonso (1896)
Pablo Sorozábal:
Hace tiempo que vengo al taller, de La del manojo de rosas (1934)

Títeres atemporales

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Miércoles 21 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Alicia Amo (soprano), David Alegret (tenor), José Antonio López (barítono), Juan Carlos Garvayo (clave), Aarón Zapico (dirección musical); Compañía Etcétera, Enrique Lanz (dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones). Obras de Telemann, Boismortier y Falla.

Segunda oportunidad para disfrutar de un espectáculo que hace años Antonio Muñoz Molina llamaba “El teatrillo de mundo”, los títeres de cachiporra que en Granada llaman “cristobicas” o en Jaén (como en Asturias) chacolines, una fiesta para niños y mayores que nunca pasará de moda cuando las historias son pura literatura. El texto de “El retablo de maese Pedro” se basa en el capítulo XXVI de la segunda parte de “El Quijote” cervantino, con unas líneas de otras partes de la obra. En este capítulo, el titiritero Maese Pedro llega por casualidad a la misma venta en La Mancha de Aragón donde se encuentran Don Quijote y Sancho. Es la obra que representa Maese Pedro con sus títeres, la historia de la francesa Melisendra, esposa de don Gayferos, a quien tenía cautiva el rey Moro Marsilio, más la liberación por parte del enamorado de esta dama con el final de la persecución por parte de los moros. Llegado este lance, don Quijote en su locura no se da cuenta de que son títeres, destruyendo teatro y muñecos con el fin, según él, de salvar a los fugitivos.
El 25 de junio de 1923 se estrenó en el palacio de la princesa de Polignac en París El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla, una de las obras escénicas más singulares e importantes de la historia de la música española. Concebida como una breve ópera de cámara para títeres, la obra se había escuchado ya en marzo de aquel mismo año en el teatro San Fernando de Sevilla, pero en versión de concierto. Para el estreno parisino Falla contó con la colaboración del profesor, grabador y escenógrafo Hermenegildo Lanz (Sevilla 1893 – Granada 1949). En 2009, su nieto Enrique Lanz, líder de la prestigiosa Compañía Etcétera, creó unas marionetas gigantes para presentar la obra en el Teatro Real que también se llevó al Auditorio de la capital asturiana gracias a la Fundación Ópera de Oviedo, y son esas marionetas las que llegaron al escenario de la Alhambra en dos funciones para celebrar su centenario.
Este jueves ya rodada la primera representación, todo encajó a la perfección: una OCG bien balanceada pese a su disposición, con una cuerda delicada (bravo el concertino), precisa y bien contrastada, las lengüetas encajando, los metales en su justa presencia, el clave “histórico” escuchándose más presente y límpido (con un Garvayo que no falla) y la percusión de Noelia Arco encajada en membranas, pandereta y castañuelas… hasta el eolífono o máquina de viento (que algún periodista en el estreno confundió con corrientes que se colaron en el palacio renacentista de Machuca) sopló más precisa “enlazando aires”. Aarón Zapico mantuvo la tensión necesaria para no dejar nada fuera de control, dominio absoluto tanto de la música como de la escena, mimando al trío vocal que este jueves la amplificación “trató mejor”, y en general un excelente “tríptico quijotesco” capaz de aglutinar y organizar una acción donde las épocas barroca y rococó junto al neoclásico de Falla, todas sin pausas, se organizaron para que el número final tuviese la preparación ideal que ayudase a entender toda esta ópera imperial más que camerística, espectáculo total completando un programa donde la magia volvió a surgir y creer que los títeres tienen vida propia y cantan.
Si el día del estreno la tarde mojó los títeres haciéndolos aún más pesados, la segunda fue perfecta y la compañía de Enrique Lanz volvió a triunfar (pese a algún espectador con los pulgares abajo desconociendo su rechazo). La música unió una acción en siete cuadros donde los títeres grandes cantan y presentan el “teatrillo” ya mágico manteniendo la esencia de hace 100 años. Arrancando alguna que otra risa, Melisendra encantadora con el concertino poniéndole el sentimiento, rescatada a caballo por Don Gayferos, los clarines, los “chacolíes” azotando y la música reforzando, títeres que contemplan los grandes, los cervantinos que cantan y actúan, el esforzado Trujamán de Alicia Amo, el niño de “doble voz”, el Maese Pedro de David Alegret que da con la campana el arranque de la acción, y el potente Don Quijote de José Antonio López todavía más corpóreo que su réplica gigantesca blandiendo la espada con la que desbarata el “tinglado”.
Pero la música de Telemann y Boismortier alternándose como si fuese única ex profeso para el espectáculo redondeó el éxito. Sabia organización del director langreano, un Aarón Zapico con tablas y conocimiento de este repertorio barroco diseñado desde la óptica escénica que encajaría perfectamente con Falla, el pregón musical y después de Maese Alegret invitándonos al palacio cual venta desde la Sinfonía que abriría el telón para que Alicia Trujamán fuese narrándonos la acción de “los Etcétera”.
Final de “Estocadas reveses y mandobles” que no destrozan sino que resucitan este retablo centenario donde Melisendra será Dulcinea y el tríptico sobre Don Quijote una ópera imperial que nos haría despertar después de 100 años con “otro sueño de una noche de verano granadino”.
P. D.: Muy recomendable la exposición en el Centro Federico García Lorca hasta octubre de este año comisariada por Andrew A. Anderson.
Ficha:
Palacio de Carlos V, jueves 22 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Obras de Telemann, Boismortier y Falla.
Reparto:
Orquesta Ciudad de Granada (OCG) – Alicia Amo, soprano (Trujamán) – David Alegret, tenor (Maese Pedro) – José Antonio López, barítono (Don Quijote) – Juan Carlos Garvayo, clave – Aarón Zapico dirección musical. Compañía Etcétera. Enrique Lanz dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones.

De princesas y emperadores

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Miércoles 21 de junio, 22:00 horas. Inauguración del 72 Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Alicia Amo (soprano), David Alegret (tenor), José Antonio López (barítono), Juan Carlos Garvayo (clave), Aarón Zapico (dirección musical); Compañía Etcétera, Enrique Lanz (dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones). Obras de Telemann, Boismortier y Falla.

Granada y Manuel de Falla forman un tándem inseparable desde que el gaditano la visitase varias veces a partir de 1915 hasta instalarse en 1921. La ciudad de Lorca uniría al poeta universal con el compositor y con el artista Hermenegildo Lanz, que llegaría a la ciudad nazarí en 1917, amistades que entre tanto talento dejarían “Los títeres de Cachiporra de Granada” junto al musicólogo Adolfo Salazar, o la “Fiesta del Día de los Reyes Magos” también con el llamado teatro guiñolesco. La princesa de Polignac encargaría a Falla El retablo de maese Pedro, especie de ópera de cámara moderna (que terminaría el 6 de enero de 1923) inspirada en estas funciones con títeres, y se estrenaría en el palacio parisino un 25 de junio de 1925, donde se utilizaron dos tipos de títeres: muñecos grandes para los personajes del público y figuras planas para los personajes del retablo.
Cien años después, “El retablo” sigue siendo palaciego, mejor en la Granada imperial de Carlos V que en el París de los “felices años 20” con la heredera de Singer (el de las máquinas de coser), invadido por el mismo espíritu original de Lorca, Lanz y Falla (muy recomendable la exposición en el Museo Casa de Los Tiros”El pasado presente” sobre el centenario del retablo hasta el 3 de septiembre) y que tenía que estar en este histórico Festival.
Todo un espectáculo en torno a la figura de Don Quijote con la OCG bajo la batuta del asturiano Aarón Zapico que pergeñaría un tríptico desde el barroco que domina desde sus inicios musicales, hasta este Falla centenario, una música global sin pausas con la inspiración literaria para unas músicas que sonaron como un “sueño de una noche de verano” con cumpleaños feliz tras detenerse las tormentas.
Con el palacio al completo en esta inauguración donde no faltó nadie ni nada, comenzaría a sonar Georg Philipp Telemann (1681-1767) y la Burlesque de Quichotte, obertura-suite en sol mayor, TWV 55:G10 (1716), la OCG ubicada atendiendo a la escenografía posterior y con las lengüetas algo separadas que tardaron en ensamblarse, con un Zapico pisando el acelerador apostando por los contrates y tempi arriesgando con una respuesta orquestal impecable y de auténtico barroco.
Sin pausas, aguantando desde la dirección la tensión que enlazaría en una unidad increíble seguiría Joseph Bodin Boismortier (1689-1755) con fragmentos de Don Quichotte chez la Duchesse, op. 97 (1743), misma tensión barroca, cuerda precisa, viento empastando mejor, percusión más “a tempo” y un clave “histórico” algo apagado pese a una amplificación suficientemente discreta que no logró el balance ideal que el Palacio de Carlos V necesitaría para esta música del XVIII con una orquesta del XXI, aunque la entrega de los músicos y su respuesta a la dirección del asturiano fue digna de admiración.
Y con la proyección en el “sobretelón” de los títeres quijotescos llegaría el esperado «El retablo de maese Pedro» (1919-1923) de Manuel de Falla (1876-1946).
El trío solista ubicado a la izquierda pero la acción de la maravillosa Compañía Etcétera de Enrique Lanz, volviéndonos niños nos hizo creer realmente que los títeres cantan, mantienen la acción en total compenetración con la música, y la amplificación que no siempre ayudó a las voces aunque la producción posterior seguramente encuentre el equilibrio justo. Con el cambio al clave “histórico” de Juan Carlos Garvayo, algo limitado en volumen pero con momentos de presencia impecable, una OCG sin limitarse en plantilla a la ideada por Falla, pues el palacio imperial necesitaba más músicos que el salón de “La Polignac” y una sincronización perfecta entre música y escena, Maese Pedro interpretado por el tenor David Alegret daría la pauta de este teatrillo al que cien años no son nada ante su actualidad en todos los aspectos, de amplificación compleja que no ayudó a disfrutar de su color ni textos. Del Trujamán interpretado por la soprano Alicia Amo comentar que tuvo la complejidad vocal de las transiciones entre un timbre de niño con los cambios dramáticos y la no siempre clara dicción, creo que debida a mi cercanía (fila 8) que mezclaba el sonido directo con el amplificado, aunque compensada por esos “cambios de registro” que ayudaron a la conjunción escénica necesaria. En cambio Don Quijote del barítono José Antonio López, siempre seguro de calidad y emisión, no tuvo las diferencias entre «natural y artificial» de su proyección y sensación de poderío, tanto corporal como de proyección, ventajas de esas voces que ni siquiera cambian el color ni la presencia tan necesarias para este Quijote de Falla.
Triunfo total de Enrique Lanz y toda su compañía, un equipo entregado hace años que volvía a dar vida a unos títeres históricos, familiares, con una escena tan creíble como bella con todo lo que conlleva mantener y actualizar un legado centenario. Espectáculo total es la ópera incluso de cámara, el Falla libre para crear esta joya tan actual como entonces desde la grandeza imperial que al fin es justa con una partitura bien leída e interpretada por un elenco al mando del maestro Zapico, conocedor de primera mano de esta producción que ya vivió e interpretó en Oviedo allá por 2009 desde el clave, y con mando absoluto este miércoles de festejos múltiples, llegada del verano para una noche primaveral donde Falla sigue presente y vigente.
La magia prosiguió en la noche granadina sin movernos de La Alhambra, asturianos y hermanos gallegos cerrando círculos y experiencias que mejor contarlas de palabra, pues hay sentimientos y casualidades en la vida que darían para una película. La banda sonora será de Falla…

La música siempre victoriosa

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Domingo 11 de junio, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Helena Rasker (contralto), Polina Pastirchak (soprano), Giulia Semenzato (soprano), RIAS Kammerchor Berlin, Orquesta Barroca de Friburgo, René Jacobs. «Orfeo ed Euridice», Azione teatrale en tres actos, música de Christoph Willibald Gluck (1714-1787) y libreto de Ranieri di Calzabigi, estrenada en el Burgtheater de Viena el 5 de octubre de 1762. Ópera en versión concierto.

Crítica para Ópera World del lunes 12, con los añadidos de fotos (propias y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Clausura de la llamada «Temporada del reencuentro» en Oviedo, «La Viena Española», que está en el mapa musical de esta gira española (con paradas en Madrid y Barcelona) con el incombustible René Jacobs (Gante, 1946) trayéndonos otra ópera barroca, aunque sea en concierto, con este repertorio en el que sigue siendo autoridad, más con los años, contando con un trío protagonista no muy conocido por estos lares aunque muy adecuada su elección, junto al siempre seguro RIAS Kammerchor berlinés y la Freiburger Barockorchester (FBO) para disfrutar de la versión original vienesa del «Orfeo y Eurídice» de Gluck.

Cuando hay calidad, sabiduría y talento, Oviedo capital lírica desde hace 75 años ininterrumpidos, agradece también las versiones en concierto, podríamos llamar semiescenificadas pues el decorado nos lo imaginamos, y además el barroco se está asentando no ya en la «Primavera» homónima ovetense sino también en la Temporada del Campoamor tanto en la ópera como esperemos pronto en su Festival de Teatro Lírico Español. Y es que este «Orfeo y Eurídice» estuvo a la altura de lo esperado con René Jacobs dirigiéndola en un conjunto perfecto para la ocasión.

La sonoridad de la FBO es única, aterciopelada, capitaneada por Cecilia Bernardini, con un excelente clave de Ricardo Magnus y el arpa de Mara Galassi, todas las secciones equilibradas (sumándose el excelente percusionista Charlie Fischer), bien balanceadas siempre por el maestro Jacobs, contrastes  barrocos entre lo luminoso y lo tétrico, rigor interpretativo realzando la trama argumental, colocados para completar una presencia que se adaptó en todo momento a las voces, con la “escapada fuera de escena” de un grupo para el eco de Orfeo.

El RIAS Kammerchor Berlin volvió a demostrarnos su dominio en cualquier periodo histórico pero aún más en el barroco, 35 voces distribuidas a ambos lados del escenario, entrando y saliendo de escena (lástima el ruido sobre la tarima), girándose cual telón infernal del Hades, con empaste y afinación perfectos e incluso dramatización final todos adormecidos antes de la brillante conclusión, su habitual rotundidad coral con dinámicas amplias que completaron esta ópera de Gluck.

Del trío solista, el Orfeo de la holandesa Helena Rasker fue ganando progresivamente en los dos actos, moviéndose partitura en mano, sentándose, con un color ideal para este rol protagonista donde se necesita la corporeidad vocal y una homogeneidad en el volumen, si bien hubo algún pasaje algo más piano ante el acompañamiento instrumental que no deslució para nada su línea. Redondearía una interpretación que emergió aún más tras el descanso (acto II desde la escena 2), con buen empaste tanto con Amore como con su amada Euridice, dramatismo total de la pareja y unos ornamentos-apoyaturas muy personales en el aria más famosa, Che farò senza Euridice, con una orquesta perfecta en sintonía, al igual que el citado eco del primer acto.

Buen gusto el Amore de la soprano italiana Giulia Semenzato, excelente actriz que llevó su papel con soltura por toda la escena y hasta saliendo por el patio de butacas, acompañándose de la pandereta o bailando la Danza de los espíritus bienaventurados (mientras se lucía el duo de traversos). Con proyección suficiente, agudos impecables y agilidades en su sitio, mantuvo la altura tanto argumental como vocal.

Euridice aparece en la segunda parte, estando a cargo de la soprano húngara Polina Pastirchak, de presencia escénica y voz con cuerpo en los graves que supone un plus en la interpretación de su personaje. Interesante el contraste de colores entre ambas sopranos y el empaste con Orfeo, matices siempre cuidados por Jacobs.

Un broche operístico y barroco para esta temporada 22-23 donde ya se anuncia el avance de la próxima, con lo mejor del panorama mundial desde esta Asturias mía y su capital «vienesa» hasta en los dulces.

Ficha:

Auditorio “Príncipe Felipe” de Oviedo, domingo 11de junio de 2023, 19:00 horas. Clausura de los Conciertos del Auditorio “Temporada del reencuentro”. «Orfeo ed Euridice», Azione teatrale en tres actos, música de Christoph Willibald Gluck (1714-1787) y libreto de Ranieri di Calzabigi, estrenada en el Burgtheater de Viena el 5 de octubre de 1762. Ópera en versión concierto.

Reparto:

ORFEO: Helena Rasker (contralto) – EURIDICE: Polina Pastirchak (soprano) – AMORE: Giulia Semenzato (soprano) – Coro: RIAS Kammerchor Berlin – ORQUESTA: Freiburger Barockorchester (FBO) – DIRECCIÓN: René Jacobs.

Cuando los sueños se cumplen

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Viernes 9 de junio de 2023, 20:00 horas. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), ADDA Ópera«La Bohème» (Puccini).

Crítica para ÓperaWorld del sábado 10 con los añadidos de fotos (propias y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Llegaba «La Bohème» al Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA) con todo vendido para las tres funciones programadas (7, 9 y 11), en la producción de Emilio Sagi más rentabilizada desde su estreno allá por el año 2000 en el Teatro Campoamor de Oviedo (“La Viena Española”), y con un elenco conocido y de conocidos, con calidad e ilusión, compañerismo y complicidad entre todos.

Esta «Bohème de Sagi» continúa el sueño del director valenciano Josep Vicent, titular desde 2015 de la ADDA·Simfónica Alicante por traer la ópera a un auditorio que no es un teatro (con telón y telares), la orquesta situada delante del escenario en una disposición “exprofesso” y todo el esfuerzo que supone adaptar esta conocida producción, un desafío que necesitó mover un equipo con más de 150 personas. El tándem Sagi-Vicent tras la «Carmen» de noviembre 21, y con algunas de las voces repitiendo este segundo título más complicado aún, Alicante lo esperaba y la respuesta ha sido total, con el público aplaudiendo cada aria y el final en pie. Como reza el dicho, “querer es poder”, la apuesta arriesgada resultó ganadora y hasta interesante comprobar cómo funcionó todo, cambios a la vista aplaudidos (menos que en la primera), y como apuntaba en la prensa local el director un “toque de modernidad” sin perder nada del color o ambiente previo al mayo del 68 de esta «Bohème ADDA».

Si de sueños hablamos, está claro que el de toda Musetta es cantar Mimì, y la soprano asturiana Beatriz Díaz no solo lo cumplió sino que volvió a demostrar que Puccini escribió para ella. No solo ofreció una auténtica lección de canto con una gama de matices donde los pianissimi son increíbles por la proyección y unos crescendi con delicadeza, musicalidad unida a un fiato abrumador, sino que su personaje lo delineó de principio a fin. Sencillez del primer acto en buena respuesta a Rodolfo “Mi chiamano Mimì”, un conjunto inocente en el “Momus” siempre claro por emisión y presencia, el impactante y exigente tercer acto pasando de la desesperanza (“O buon Marcello” en otro dúo más para recordar) al consuelo que corta la respiración, y no digamos el último acto donde su voz fue toda el alma de Mimì, poesía en estado puro cantada con el hálito vital y cristalino, poniéndonos la piel de gallina y consiguiendo tras su muerte un silencio sepulcral, el consiguiente suspiro del público y la explosión de júbilo bien merecida para un sueño hecho realidad con todo el auditorio en pie.

Rodolfo es el contrapunto para lucirse tanto en sus arias como dúos y concertantes, y el mexicano Ramón Vargas volvió a dejarnos buena prueba de lo que supone dominar las tablas, mantener un color vocal homogéneo y transmitir todo el sentimiento que Puccini escribió para este enamorado atormentado. Desde la buhardilla inicial, la esperada “Che gelida manina” con gusto y agudos siempre bellos, hasta ese “Mimì” de llanto cantado también con alma pucciniana y respuesta esperada tras una muerte trágicamente delicada. Rodolfo y Mimì triunfantes en esta ópera que emociona siempre, el amor apasionado y torturado, cantado y sentido por estas dos voces que se encontraron bien arropadas por sus compañeros y una orquesta a su servicio.

La otra pareja bohemia son Musetta y Marcello, encarnados por la valenciana Luca Espinosa y el asturiano David Menéndez. La soprano también evoluciona desde su irrupción y provocación en el célebre vals “Quando m’en Vo’” con volumen y definición suficiente, el conjunto del tercero, contraste de parejas y colores pero igual de entregados, con el final casi susurrado que el ambiente contagió. El barítono que cantó tantos Schaunard también soñó y llegó a este Marcello que se hizo de rogar pero en este momento con la voz ideal para ese pintor casi omnipresente en la obra, dramáticamente perfecto, rotundo y contenido porque así se dibuja, “conjuntos de buhardilla” de gran actor y mejor cantante, compañero confidente y amigo de Mimì, celoso enamorado de Musetta, empastes ideales con el resto de voces para cuadrar esta doble pareja que aún llegaría al póker.

El filósofo Colline y el músico Schaunard comparten ático parisino con Rodolfo y Marcello, también acción y concertantes de compañerismo lírico: Manuel Fuentes (aplaudido antes de finalizar su “Vecchia Zimarra”) y Manel Esteve, feliz reto de amigos, cómplices para echar a Benoit y duelo en el amplio sentido de la palabra (también en el sentimiento). El tenor malagueño Gerardo López también de casero al “paganini” Alcindoro remataría este septeto vocal en una ópera de pasión.

Y Puccini no dejó nada al azar, un coro que llena acción y pasajes mixtos y por color, muy bien la Coral ADDA y excelentes los niños (los “xiquets” de Crevillent), con profesionalidad y desparpajo en el conocido “Parpignol” al que sumar un mimo (desconozco quién de los figurantes) que ayudó a cerrar con humor el segundo acto pidiendo aplausos para ellos así como a la banda de tambores, cornetas y tambores.

Capítulo aparte se merece el también valenciano Josep Vicent con otro sueño cumplido, “hacer ópera” en este auditorio, y esta vez titánica por el esfuerzo que ha supuesto armar «La Bohème de Sagi» que brilló con todas las voces pero gracias también a su ADDA-Simfònica Alicante sonando plegada a los deseos del titular. La ubicación delante del escenario colocando las secciones para adaptarlas a este espacio de acústica perfecta, no fue obstáculo para que el maestro sacase de ella un sonido impecable, preciosista, todo el color sinfónico de Puccini al servicio de las voces, con una gama dinámica rica, excelentes primeros atriles y destacando especialmente sus pianissimi casi camerísticos. Batuta precisa, gestos claros y conocedor de todos los recursos de una formación joven pero madura por su ejecución.

No podemos olvidarnos que en territorio valenciano hubo tres asturianos triunfando: Beatriz Díaz, David Menéndez y Emilio Sagi, en esta “su producción” por la que no pasan los años. Con la misma libertad de sus personajes, la complicidad escenográfica con los siempre recordados amigos carbayones Julio Galán y Pepa Ojanguren, con la universalidad de la música de Puccini que trasciende el tiempo y seguirá emocionando al público “dejándonos claro que la juventud se alejó; que Mimì ya no va a volver más” (en palabras de Sagi) aunque la ópera siempre la resucita y mañana al finalizar la tercera función no bajará el telón, solo se apagarán las luces para seguir soñando.

Ficha:

Auditorio de la Diputación de Alicante -ADDA-, viernes 9 de junio de 2023, 20:00 horas. ADDA Ópera: «La Bohème», ópera en cuatro actos. Música de Giacomo Puccini y libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, basado en la novela “Scénes de la vie bohème” (Escenas de la vida bohemia) de Henri Murger. Estrenada en el Teatro Regio de Turín el 1 de febrero de 1896. Producción de la Ópera de Oviedo.

Reparto:

RODOLFO: Ramón Vargas – MIMÌ: Beatriz Díaz – MARCELLO: David Menéndez – MUSETTA: Luca Espinosa – SCHAUNARD: Manuel Esteve – COLLINE: Manuel Fuentes – BENOIT ALCINDORO: Gerardo López.

PARPIGNOL: Jesús García – ADUANERO: Pedro Garcinuño – SARGENTO: Victor Alcañiz – FRUTERO: Víctor Marquina – UNA NIÑA: Sara Gallardo – FIGURANTES: José Juan Díax, Liam CVlark, Agripa Hervás.

DIRECCIÓN MUSICAL: Josep Vicent – DIRECCIÓN DE ESCENA: Emilio Sagi – VESTUARIO: Pepa Ojanguren – ESCENOGRAFÍA: Julio Galán – ILUMINADOR: Eduardo Bravo.

Orquesta ADDA·Simfònica, Coral ADDA (Orfeón Crevillentino, directora: Isabel Puig; Coro del Teatro Principal, director: Luis Seguí; Compañía Lírica Alicantina, director: Christian A. Lindsey), Coro de niños ADDA (Escola de la Federación Coral de Crevillent, directora: Isabel Puig).

Beatriz Díaz debuta Mimì en Alicante

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Miércoles 7 de junio de 2023, 20:00 horas. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), ADDA Ópera: «La Bohème» (Puccini).

Crítica publicada en LNE del viernes 9 con los añadidos de fotos (propias y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Con todas las entradas agotadas para las tres funciones programadas (7, 9 y 11), llegaba «La Bohème» más asturiana al ADDA en la producción mejor rentabilizada y exitosa de Emilio Sagi desde su estreno hace 23 años en “La Viena Española”, con un reparto conocido, de calidad y además español, si me dejan adoptar al tenor mexicano.

Llevo años diciendo que Puccini parece haber escrito “exprofeso para la soprano Beatriz Díaz tras escucharla en su ya consolidada y dilatada carrera, interpretando los distintos roles del compositor de Lucca por escenarios de medio mundo, quien como “toda Musetta aspira a ser Mimì”, y al fin llegaba su día en Alicante con un auditorio preparado especialmente para esta producción carbayona de Sagi, todo un esfuerzo de nuestro escenógrafo más internacional, un reto inmenso junto a Josep Vicent, director musical desde 2016 por representar esta “Bohème alicantina” y sesentera con una apuesta que necesitó un equipo con más de 150 personas para el desafío de desplazar, preparar y adecuar el ADDA para una escena sin telares, reforzando el suelo, adaptando toda la tramoya y decorados para asistir en directo a los cambios, lo que supone de por sí un “toque de modernidad” como el titular Vicent comentaba en la prensa local, sin perdernos nada del colorismo y ambiente parisino previo al mayo del 68 ideado por el ovetense. Éxito corroborado pues no faltaron los aplausos para todo el equipo.

Y si Sagi es siempre seguro para la escena, las voces de este primer jueves bohemio sumaron en la mejor dirección con un reparto de lujo encabezado por dos asturianos más: la allerana Beatriz Díaz junto al castrillonense David Menéndez, dos voces que conozco desde sus inicios líricos y que tras años de cantar en teatros de Europa, América o Asia, debutaban como Mimì y Marcello.

La soprano de Bóo nos volvió a poner la piel de gallina en una interpretación única, derrochando todo el dramatismo de su personaje en los cuatro actos, desplegando su reconocida y amplia gama de matices con una voz siempre presente, llegando a cada uno de los rincones del inmenso auditorio, y con una orquesta de más de 60 músicos delante (que no debajo). Si en el primer acto asombró con sus pianissimi siempre cristalinos, incluso saliendo de escena, el empaste con el Rodolfo mexicano fue vocal pero también emocional, aumentando la carga interpretativa en un tercer acto con el dúo primoroso junto al “Marcello Menéndez” y el cuarteto principal derritiendo la nieve, para en el cuarto toser y morirse como nadie, cortando el aire en este gigantesco edificio que no se vino abajo por el triunfo de esta Mimì que no olvidaremos y hasta podemos retitular con “BóoEmE”.

El Rodolfo del mexicano Ramón Vargas sería compañero perfecto de “La Mimì Díaz”, tenor de raza (aunque no se contemple esta categoría vocal), referente desde hace años en su cuerda, manteniendo no ya la profesionalidad sino un timbre personal y el color hermoso para este rol, añadiéndole la experiencia sobre las tablas. Modelando el sonido, emisión bien proyectada unida a su presencia escénica y el gusto habitual del tenor, en los números de la buhardilla con sus “compañeros” empastó y ayudó a brillar al resto, y las escenas con Beatriz Díaz en feliz entendimiento, esperado para esta pareja que interpretaron nuevamente este drama como sólo Puccini los escribía.

Enorme y en su línea de canto habitual el Marcello de David Menéndez, de voz rotunda, madura, recreando este rol tras pasar por muchos Schaunard, con paralelismo personal a la evolución de la protagonista femenina: paisanaje, amistad y profesionalidad lírica de tantos años, con un dúo del tercer acto que no pudo tener más química, gusto, complicidad y sentimientos compartidos y cantados con el alma.

Puccini escribe para las voces protagonistas sin olvidarse de las mal llamadas secundarias, pues el armazón musical y argumental se logra con todas ellas. Y de justicia destacar cada una de ellas: la Musetta de Luca Espinosa (compañera de “fatigas” en muchas “Carmina Burana” de La Fura con Díaz y la batuta del propio Vicent), juego tímbrico no siempre perfecto en ambas sopranos pero con la misma entrega y pasión, brillando en su segundo acto. Otro tanto para los Schaunard de Manel Esteve, bien conocido en el Teatro Campoamor, barítono solvente y seguro completando y compartiendo buhardilla parisina junto a otros dos compañeros impecables: el Collline de Manuel Fuentes y el “doblete” de Gerardo López (Alcindoro / Benoit) para todo este “cast” de casa.

De la escena nada nuevo que no conozcamos ya en Oviedo, pues Emilio Sagi con el vestuario de Pepa Ojanguren y la escenografía del siempre recordado Julio Galán sigue tan actual como hace dos décadas, más para este trabajo adaptándolo con todas las garantías a un escenario que debemos recordar es auditorio, no teatro.

El maestro valenciano Josep Vicent, implicado con estos proyectos desde su anterior Carmen de noviembre 2021 (repitiendo varias voces en esta Bohème), llevó toda la producción a lo más alto, mimando las voces de manera exquisita y extrayendo toda la riqueza pucciniana de su Orquesta ADDA·Simfònica de dinámicas amplias, junto a la Coral ADDA y los “xiquets” sobre las tablas en el conocido Parpignol junto a la banda que en esta tierra es un plus, para redondear una “BooM” donde hubo muchos asturianos no solo sobre las tablas. Un miércoles para el recuerdo y la emoción que Puccini sigue levantando.

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