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Regresos esperados

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Reflejos II», abono VII OSPANing Feng (violín), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de Revueltas, GoldmarkElgar.

Varios regresos esperados para el séptimo de abono de nuestra OSPA: Israel López Estelche (compositor y autor de las notas al programa, enlazadas en los compositores) con una conferencia previa siempre interesante y casi de obligada asistencia para comprender mejor lo que vendrá a continuación, sin olvidarse «fuera de programa» de la asturiana emigrada a México Maria Teresa Prieto (1896-1982), muy ligada a este concierto; el violinista Ning Feng (un virtuoso que nos ha dejado un CD con la OSPA para recordar y volver a disfrutar) con el concierto de Goldmark (que como todos los de la orquesta grabó RNE), verdadero triunfador del programa; el director mexicano de ascendencia asturiana Carlos Miguel Prieto (siempre bien recibido) hoy con parte de su familia entre el público, rememorando sus orígenes y donde se encontraba su padre el chelista Carlos Prieto, (sobrino y depositario de la obra de Mª Teresa Prieto) que departió amigablemente con el presidente de la Sociedad Filarmónica Ovetense Jaime A. Buylla y señora al final del concierto, más una obra de Elgar que siempre funciona con la formación asturiana (y para quien la orquesta trajo refuerzos del CONSMUPA, en la buena dirección de ayudar a completar la formación de estos músicos jóvenes, algunos de ellos entrevistados en OSPATV) para su Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55.

Para comenzar nada mejor que el compositor mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940) y su poema sinfónico Janitzio (1933), «una pieza tradicional que lleva el nombre una isla en un lago en México» como bien recordaba en El Comercio el maestro Prieto (Ciudad de México, 1965) así como en la entrevista para el canal de YouTube© que cada programa presenta Fernando Zorita. Música de su tierra estrenada por la orquesta de la que es titular en una página que evoca precisamente la vuelta a la tierra, reflejos como el título del séptimo de abono. Colorido instrumental, ritmos autóctonos y la sublimación de lo popular en lo sinfónico bien entendido por un director que transmite seguridad a los músicos, con la pareja de oboes evocando las trompetas del mariachi, la percusión dando las pinceladas necesarias para este fresco orquestal donde lo ternario invita al baile, y una cuerda comandada esta vez por el concertino Michael Brooks, todos plenamente integrados con unas melodías que sentimos cercanas.

López Estelche nos hablaba en la conferencia previa de compositores «independientes y solitarios», incluso autodevorados por su propio estilo siendo reconocidos por pocas obras, caso del húngaro Karl Goldmark (1830-1915) con su ópera La Reina de Saba (1875) o el Concierto para violín en la menor, op. 28 que contó con el increíble Ning Feng, siempre bien arropado desde el podio en un derroche de música, técnica al servicio de la partitura desde una modestia que no impide apreciar su grandeza como violinista. Pese a lo denso del concierto por ese estilo propio de Goldmark donde las melodías son eternas y la orquestación su punto fuerte, el virtuoso chino mantuvo la tensión y el diálogo en los tres movimientos que fueron creciendo en intensidad y entrega desde el Allegro moderato contenido y saltarín, lirismo contrapuesto a una orquesta perfectamente balanceada que permitió una amplísima gama de matices enriqueciendo un timbre aterciopelado, unos ornamentos claros y diálogos precisos donde toda la cuerda se mostró incisiva. El Air: Andante resultó conmovedor por unos pianissimi impecables, una cadenza de cortar la respiración y el sonido del violín emocionante, presente, cálido, «in crescendo» de sentimientos antes de afrontar un Moderato-Allegro que pondría la guinda del buen entendimiento, ideal el unísono con el clarinete, ensamblaje perfecto en los cambios de aire, paleta de dinámicas en solista y orquesta, vibrante entrega para un concierto que recuerda los de Mendelssohn o Brahms pero con la paleta de un solitario como Goldmark sin etiquetas ni «hogar estético«.

El público premió con una fuerte ovación que Ning Feng nos agradeció primero con el Andante BWV 1003 de Bach íntimo, nuevamente modesto e interiorizado, casi religioso, y después un entregado Paganini explosivo, el Capricho 24 mágico, endemoniado y de otra galaxia por un despliegue técnico epatante capaz de escuchar dos violines en uno.

Todavía saldría a saludar más veces antes del Der Erlkonig (Schubert) que pareció dejar en otra galaxia a un violinista cercano, valiente, virtuoso volviendo sin el instrumento al que el ayudante de concertino ofrecía el suyo (foto superior) ante la enésima salida para saludar a un respetable entusiasmado por el derroche del chino, nuevamente triunfador en Oviedo.

Y sumándose como uno más a los últimos atriles de los violines primeros, más el refuerzo joven de los trece alumnos en prácticas extracurriculares, llegaría la impresionante Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55 de Sir Edward Elgar (1857-1934) donde Carlos Miguel Prieto extrajo lo mejor de una orquesta majestuosa con casi cien efectivos, capaces de unos piani imperceptibles y unos forti nunca exagerados pero sumando calidades en todas las secciones para una plantilla siempre deseada.

Música con la firma solemne y elegante del británico, la melodía infinita que aparece delineada por una orquestación plena y variada, exigente en cada familia, trombones y tuba compitiendo con trompetas y trompas por dotar de grandeza unos pasajes sustentados por cuerda y madera en equilibrio inestable cercano al éxtasis sonoro del primer movimiento (Andante. Nobilmente e semplice – Allegro) con esa «simplicidad» tan del Elgar de Nimrod (Variaciones «Enigma»).

El maestro mexicano fue destacando las texturas sin perder de vista el lirismo, en el Allegro molto auténtica filigrana, empuje vital donde bordó un tapiz lleno de contrastes, hilo de oro en el viento metal, plata en la madera y terciopelo en la cuerda que al fin tuvo los graves deseados, y en el siguiente Adagio remanso melódico sin necesidad de batuta, cantando evocadores paisajes ingleses de un romanticismo que se negaba a abandonar la escritura sinfónica. El último Lento – Allegro “simple en intención, noble y elevado”, sublime transición de sonoridades oscuras antes de la luz nunca cegadora de una brillante sinfonía que redondearía este séptimo de abono la mejor y deseada OSPA en busca de director. Carlos Miguel Prieto se sintió en casa.

¡Cómo toca Ning!

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Viernes 9 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Virtuoso» Abono 15 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Rameau, Vieuxtemps, Paganini y Respighi. Notas al programa de Alejandro G. Villalibre. Fotos web, ©OSPA y ©pablosiana.

Decimoquinto y último programa de abono de la temporada (aún queda el que cerrará mes y curso académico) con un virtuoso que sigue deslumbrando cada vez que viene a nuestra tierra como es el violinista Ning Feng (entrevistado en OSPA TV), afrontando no uno sino dos conciertos, el cuarto de Vieuxtemps que lo debuta con nosotros, y el primero de Paganini, directamente en sus genes como comentaba en el vídeo, y que además los grabarán esta semana para dejar un legado del que el maestro chino se sentirá orgulloso. Dos conciertos para violín escoltados por Rameau y Respighi con una OSPA pletórica en esta recta final de nuevo con su titular del que solo queda añadir sus carencias concertando, la sutileza fuera de su alcance, y querencias por la grandilocuencia sinfónica que el compositor italiano ofrece, en una formación que además contó con el apoyo juvenil de los estudiantes y graduados en el CONSMUPA, sumándose a esta fiesta asturiana en la despedida.

Luces y sombras como suele suceder cuando el búlgaro se pone al frente, pero con una orquesta íntegra, de calidad más que demostrada en todos los repertorios y épocas, comenzando por Rameau y la obertura de Zaïs (1748) donde cuerda y madera se mostraron compactas y seguras, adoleciendo de un balance adecuado y un discurso más contrastante y contrastado, pero aún así de sonoridad idónea, con protagonismo en la caja sorda o tambor de Rafael Casanova. más el «dúo Pearse» en las flautas. Como escribe el doctor González Villalibre obra que «representa el choque de los elementos al emerger del caos… evoluciona a través de bruscos cambios de tonalidad y rítmicas irregulares que proveen la idea de orden desde el desconcierto», y así lo sentí, faltó más precisión en el difícil encaje sonando con «una modernidad atemporal» y nada barroca en este caso.

El auténtico protagonista de esta despedida, Ning Feng, nos ofrecería en la primera parte el poco escuchado Concierto para violín nº 4 en re menor, op. 31 (1850) de Henri Vieuxtemps (1820-1881), menos «diabólico» que Paganini pero igualmente de virtuoso aunque huyendo del mero artificio con mucho lirismo y una orquestación muy cuidada. Este cuarto concierto, el favorito del compositor, es «un trabajo con vocación grandiosa, estructurado en cuatro movimientos (uno más de los habituales), y es especialmente destacable el trabajo de orquestación para la madera tanto en la introducción como en los pasajes de tutti» como bien explican las notas al programa. Los cambios de velocidad del primer movimiento no siempre encajaron entre solista y orquesta, pero el violín del chino emergió no ya desde una técnica apabullante sino desde iniciado a través de un coral que gradualmente alcanza velocidad y espectacularidad en un tratamiento del instrumento solista casi en recitativo. Buen inicio de las trompas en el Adagio religioso, sereno casi inaprehensible y buen empaste global de orquesta y solista, antes del vibrante Scherzo virtuosístico, un despliegue de sonoridades en todos sin mimar mucho los balances orquestales, como sucedió en el Finale marziale: andante – Allegro, festivo y con un Feng espectacular. Supongo que cara a la grabación se corrijan los ligeros desajustes si bien la ingeniería postproducción puede paliar los distintos planos.

Es necesario tomarse un respiro tras Vieuxtemps para escuchar, y sobre todo interpretar el Concierto para violín nº 1 en re mayor, op. 6 (1817-1818) de Niccolo Paganini (1782-1840), tres movimientos donde la «cadenza» del primero sigue dejándonos absortos a todos. El espíritu operístico que parece transmitir todo él alcanza en el violín arias de bravura, momentos de placidez y sobre todo el despliegue de recursos por parte de Feng lleno de musicalidad en todo momento, un referente en este conocido concierto donde la orquesta arropa al protagonista, navegando en ese ambiente festivo del Allegro maestoso, el intimismo del Adagio aún más virtuoso por la equívoca sencillez desde una hondura interpretativa realmente increíble, y la fuerza del Rondo: Allegro spiritoso, esperando más presencia orquestal desde la delicadeza de los pizzicatti algo opacos y una percusión más discreta. Escrito todo él para lucimiento del intérprete pero no exento de calidad en la instrumentación, Ning Feng no defraudó en ningún momento, logrando una química con la formación asturiana a la que realmente llevó en volandas.

Hacía tiempo que el auditorio y los propios músicos no aplaudían con tanto entusiasmo a un solista, pero el chino se lo ganó, dejándonos dos propinas de altura que volvieron a crear esa complicidad de los grandes momentos, cortándose el silencio con unos Recuerdos de la Alhambra de Tárrega transcrito por el violinista enamorado de la guitarra española R. Ricci, y que en el «Stradivarius MacMillan» del chino sonaron increíbles, no digamos ya el Capricho nº 5 de Paganini, auténtico regalo para el oído y la vista al disfrutar de todo lo que un virtuoso como Ning Feng es capaz de tocar desde el sentimiento que solo la música alcanza y la honrada sencillez de un genio.

Las Fiestas romanas (1928) de Ottorino Respighi (1879-1936) ponían en escena una formación grandiosa con el refuerzo juvenil de una orquestación potente como la del italiano formado con los grandes Rimski o Bruch, en un tríptico que sigue sonando sublime, especialmente este último eligido para cerrar temporada, estas cuatro fiestas:
Juegos Circenses, el coliseo instrumental de gladiadores y fanfarrias contrapuesto a cuerda y maderas en relato doloroso por los primeros mártires cristianos, el avance opresivo y violento hasta la muerte, sonoridades exageradas para lo bueno y lo malo.
El Giubileo describe a los peregrinos en su camino a la Roma papal, sus impresiones descubriendo la ciudad eterna entonando himnos de alabanza de recuerdos gregorianos acompañados por las campanas de las iglesias que les reciben, paso firme de la orquesta con la percusión y el piano subrayando esas imágenes sonoras desde una cuerda aterciopelada «marca de la casa», un regulador eterno hacia la tercera fiesta desembocando en el gozo sinfónico y la deseada calma.
L’Ottobrata es la festividad de la cosecha en octubre celebrada entre ecos de los cuernos de caza, esplendor en las trompas y timbales, cuerdas engullidas por las poderosas trompetas, sonido de campanas y canciones de amor, cascabeles para una percusiva y rítmica cuerda, antes del crepúsculo embriagador y bello de los violines cinematográficos de Cinecittà, el clarinete evocador, el callejeo por las calles romanas más la «obligada» serenata con mandolina sonando bajo la ventana con el concertino mágico de Vasiliev, buscando mantener el rubato idóneo de una escena realmente de película.
El final de este poema sinfónico, La Befana (La Epifanía) tiene lugar en la Plaza Navona hoy transportada a la del Fresno carbayón, con las trompetas que «vuelven a sonar creando un crisol de canciones y bailes, incluyendo el saltarello, el organillo, la aparición del pregonero o incluso un borracho reflejado en el sonido del trombón tenor», el ímpetu del tutti más global que específico, derroche luminoso y espectáculo sonoro de tímbricas donde Milanov volvió a optar por el trazo grueso en vez de la serenidad, contagiado de la magnificencia descontrolada en balances y dinámicas algo abruptas.
Con todo, las distintas secciones volvieron a disfrutar de sus intervenciones, desde el piano a cuatro manos (Marcos Suárez y Ana Sánchez, también al órgano), una nutrida percusión, metales donde un cuarteto de trompetas sustituyó las buccine originales (me hubiera gustado la opción de los fliscornos por color), mandolina, y una cuerda nuevamente poderosa (un par de contrabajos hubieran redondeado la pegada en los graves), vibrante, entregada por alcanzar el equilibrio sonoro con el resto.
Fiesta de despedida donde el comentario en asturiano ¡Cómo toca, nin! lo traduzco al nombre del virtuoso, verdadero protagonista y mejor título que «A los leones»…
Como dicen las notas al programa, «para la edición de Ricordi el autor acompañó su partitura de indicaciones programáticas que ayudan a su comprensión y que incluyen una reveladora frase en el final de la obra: “Lassàtece passà, semo Romani!” – “¡Dejadnos pasar, somos romanos!”».

Reproduzco finamente las palabras de despedida de la temporada en el Facebook© de la orquesta:

¡Estamos muy agradecidos a nuestra audiencia leal
por apoyarnos e inspirarnos para hacer la mejor música posible!
¡Somos su orquesta y estamos muy honrados y orgullosos
de tener el privilegio de compartir con ustedes el entusiasmo
que sentimos siempre que estamos sobre el escenario!
¡Espero con impaciencia verles de nuevo en la próxima temporada!

Rossen Milanov, en nombre de los músicos y personal administrativo de la OSPA.

OSPA fin de curso

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

Placeres eternos e irrepetibles

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de abono 7, OSPA, Ning Feng (violín), Joana Carneiro (directora). Obras de Adams, Shostakovich y Beethoven.

Algunos seguidores del blog han escrito comentando mis entradas como demasiado optimistas la mayoría de las veces y muy parciales (siempre cierto por personales) dado que apenas asistía a conciertos malos. Aquí viene mi innecesaria defensa, pues hace años que Oviedo es referencia para melómanos aunque no siempre tenga la resonancia mediática que se merece, algo que puedo asegurar es objetivo y no me cansaré de repetir y reflejar. Para una región como la nuestra de apenas un millón de habitantes, concentrados en el centro y en plena crisis industrial, minera, nacional… que la musical siga estando en primera línea con todo tipo de sacrificios pienso que debería tener más eco en un país que se está rompiendo por culpa de unos dirigentes incultos y egoístas.

En una semana beethoveniana está bien escuchar otras formaciones orquestales con directores no titulares, siempre en el irrepetible directo para comprobar y comparar, inevitable por otra parte pese a la losa que supone haber degustado exquisiteces irrepetibles. Sigo presumiendo de asturiano melómano con un vagaje musical repleto de figuras mundiales que han pasado por la capital del Principado e incluso de otras que el tiempo acabó convirtiendo en tales, habiendo sido Oviedo su debut o trampolín. Compartir estos placeres irrepetibles los hace aún mayores, y este tercer viernes de febrero ha sido uno de ellos.

Esta semana se ponía al frente de nuestra OSPA la directora portuguesa Joana Carneiro, que afrontó un programa titulado «Beethoven eterno» y en sus notas Hertha Gallego de Torres calificaba de «sentido del ritmo», ampliado aún más hasta «apoteósis del ritmo» que escribía mi amigo Ramón Avello en El Comercio para cada obra: reiterativo, obsesivo y demoniaco, y apoteósis de la danza.

De los compositores contemporáneos, John Adams (1947) está entre los preferidos del público, y estos días está en Madrid donde tiene «carta blanca«. De su ópera Nixon en China emerge con protagonismo propio The Chairman Dances: Foxtrot para orquesta (1985) que ponen a prueba formación y dirección sinfónica como en Oviedo, y con buena nota para todos: la maestra portuguesa con ideas muy claras, precisión, claridad en el gesto y dominio de la partitura, más unos músicos que se nota trabajaron duro para superar todas las dificultades de esta partitura con múltiples cambios de compás, ritmo, tiempos y dinámicas, exigente en empastes y de estilo minimalista que puede caer en lo monótono de no mediar la riqueza interpretativa, destacando la sección de percusión siempre segura junto al piano, en esa importancia rítmica deudora de tantos otros compositores que el propio Adams reconoce.

Palabras mayores el Concierto nº 1 para violín en la menor, op. 77 (antes op. 99) de Shostakovich con el virtuoso Ning Feng y un Stradivarius «MacMillan» (1721) afrontando una de las obras más importantes del ruso. El violinista chino optó por una interpretación introspectiva que la directora lusa supo e hizo acompañar en la misma línea, cuatro movimientos que son cual suite incluso en los títulos: el Nocturne transmite dolor desde la densidad orquestal y el lamento solista; el Scherzo auténtica «broma» de buen gusto plagada de polirritmias y efectos tímbricos en y para todos, con una orquesta atenta y entregada (destacar sólo un arpa pero siempre referencia), contagiada del vigor de solista y dirección, algo exagerada pero tal vez necesaria, segundo movimiento calificado por el gran Oistrach que estrenó la obra de «demoníaco y espinoso», siéndolo Feng literalmente; Passacaglia de la hondura sinfónica a que nos tiene acostumbrado el compositor ruso, exigente para todas las secciones que nuevamente estuvieron a la altura de la obra y el solista volviendo a impactarnos desde una interpretación diría que volcánica por el proceso emocional, para finalmente llegar a la chispeante Burlesca que desencajó a más de uno con la intermedia larga cadenza capaz de acallar las siempre incómodas toses desde una interiorización de dolor y angustia que salía a borbotones inundando de desbordante emoción el auditorio, la montaña rusa musical que suelo utilizar metafóricamente para este tipo de grandes conciertos.

Sin menospreciar a una orquesta que se comportó y la buena concertación de la señora Carneiro, lo del virtuoso chino es para recordar y así lo entendimos todos. La versión que nos regaló -como el día antes en Avilés- de Recuerdos de la Alhambra de Tárrega espero volver a escucharla cuando Radio Clásica emita el concierto, visionar y repetir, con un arco inigualable, capaz de recrear los trémolos guitarrísticos y la melodía en esa joya de violín. Silencio de emoción y otro regalo «caprichoso» del demonio oriental de Paganini el endiablado. Eternidad infernal y placeres nada pecaminosos.

Beethoven siempre eterno y apoteosis de la danza con esta explosión de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op 92, una de esas sinfonías que no deben faltar en cada temporada porque siempre resultan distintas según la batuta al frente, y la portuguesa sacó lo bueno de la OSPA, puede que por la elección del tempi correcto en cada movimiento, algo que todos los musicólogos y estudiosos reconocen como parte importante para acertar con el carácter de las obras del genio de Bonn. Aplaudir cómo la «maestrina Carneiro« pareció ganarse a los músicos en las obras de la primera parte para poder disfrutar más en la segunda, aunque siga preguntándome porqué mantener el esquema de concierto cuando este viernes podría haber sido al revés y dejarnos al chino como cierre, aunque es probable que no hubiera marchado regalándonos aún más propinas.

Como balance apuntar en el DEBE menor autocomplacencia para algunos atriles en obras que por muy tocadas parecen «olvidar» son tan exigentes como las nuevas, y la interpretación va más allá del pentagrama. En el HABER la autoexigencia de mantener calidades sonoras alcanzadas no ya en «la séptima» sino en todo este séptimo de abono. De momento saldo positivo, pero hay que aumentarlo, no sólo mantenerlo…