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No hay dos sin tres

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: «Viernes de ópera» L’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Sara Blanch (Adina), Pablo García-López (Nemorino), Michael Borth (Belcore), Pablo López (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta). Coro de la Ópera de Oviedo (Elena Mitrevska, dirección del coro), Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Óliver Díaz (dirección musical).

Viernes de fiesta con un reparto joven para otro elixir que resultó mágico de nuevo pese a ser el tercero que llevo, grandeza de la ópera, de la música y de todo arte en vivo, con sorpresa en el cambio a última hora del otro catalán Nemorino Marc Sala por el cordobés Pablo García-López, mi admirado tenor que volvía a darlo todo en Oviedo.

Salvo Giannetta Ubieta que tendría «su cuarto parto», el cuarteto protagonista era nuevo y sin nada que envidiar al primer reparto, muchísimo más equilibrado en conjunto con un coro nuevamente excelente, seguro, llenando literalmente la escena y plenamente rodado, sumándole una OSPA aterciopelada tocada por la varita mágica del asturiano Óliver Díaz que nuevamente meció la escena, ayudando a los cantantes, respetando las dinámicas pero sobre todo imprimiendo ese carácter propio ideal para este juguete de Donizetti donde los momentos jocosos se alternan con recogimiento en la dualidad razón y corazón reflejada en el discurrir musical de este elisir maduramente juvenil.

La escenografía, luces, vestuario, creo que están suficientemente comentadas en las dos entradas anteriores, más esta vez desde una posición en plantea envidiable a la que sumar las fotos que intentan acercar esta producción a quienes no hayan asistido pues ya me encargué personalmente de «tripetir» como en 5º de carrera, aunque en la Web de la Ópera de Oviedo las hay mucho mejores.

Este «viernes de ópera» registró una excelente entrada, siendo el público más agradecido con los cantantes y aplaudiendo en números obviados en otras funciones, también con algunos melómanos y críticos bisando función para escuchar nuevas voces en la temporada ovetense, un elenco del que quiero comenzar por mis dos tocayos.

El Nemorino cordobés Pablo García-López resultó para muchos una sorpresa en esta vuelta al Campoamor tres años después, más si supiesen que tan solo pudo hacer la segunda parte del ensayo general, que defendió su rol haciéndolo propio de cabo a rabo, con ese color de voz ideal para el joven idiota por enamorado aunque noble de sentimiento, alocado por la edad, lleno de matices y ánimos de tenor bien enfocado en sus papeles, haciéndose querer por todos dentro y fuera de la escena, empaste ideal con el resto del reparto, amoldándose en cada intervención a los paternaires, pero también gozando de sus arias como la siempre esperada furtiva lágrima que cantó con aplomo, gusto, naturalidad y sello personal muy aplaudido.

Y excelente el mallorquín Pablo López, un doctor Dulcamara más joven que Corbelli, de baleares colores dorados en vez de violetas italianos pero sobre todo con voz rotunda, profundidad y agilidades limpias (ahora lo llaman bajo barítono) necesarias para hacer más creíble aún al charlatán vendedor de remedios para todo, coctelero de moda en esta boda que como sus compañeros mostrará las dos caras del personaje, embaucador y pícaro aunque de corazón noble, compartiendo con Adina momentos de excelencia escénica vocal y actoralmente, sobre todo en la barcaruola a due voci  genialmente cantada por ambos con verdadera ventriloquía causando risas sinceras.

Llego a la debutante Adina de Sara Blanch, una soprano tarraconense que metió al público en el bolsillo por presencia física y vocal más que suficiente, registros homogéneos difíciles de encontrar en voces jóvenes, dinámicas generosas unidas a un color brillante perfilaron a la caprichosa Adina jugando con todos, dúos, concertantes y arias pugnando en entrega con sus compañeros. Si de Nemorino destacaba empaste, sus dúos con él fueron bellos y cantados con musicalidad bajo el ropaje  y magia de la «varita» de Óliver Díaz con la OSPA, llevando al final feliz en todos los sentidos.

Completó el Sargento alemán Michael Borth un cuarteto protagonista con solvencia, presencia, limpieza vocal y seguridad, vestido de suboficial marinero impoluto como sus intervenciones, escalafón militar superior vocalmente al «titular» americano Parks, resolutivo por su papel con oficio y musicalidad, dando al elenco joven un equilibrio y homogeneidad digna de primera función.

Tengo que volver a citar al coro que dirige Elena Mitrevska por su profesionalidad, exigencias presenciales no ya vocales sino escénicas, llenando de colorido y acción una boda con tantos invitados, aún más reflejados en los espejos de la caja, movimientos complicados que en esta cuarta representación encajaron perfectamente con la figuración cantando con volumen y dicción perfectos. Y mención especial a las chicas que junto a la soprano bilbaína Marta Ubieta nos dejaron esos momentos hilarantes de contracciones en espera del parto, el «acoso» al Nemorino heredero de su tío o el secreto compartido rápidamente desde los «celulares» con guiño actual que este elixir soporta como pocos. Bravo por el coro.

Una verdadera fiesta de color y luz que pude disfrutar desde tres butacas distintas con dos repartos de un título que nunca defrauda, por el que seguirán apostando todos los grandes teatros, contando en Oviedo con el mago Díaz al frente de esta fiesta lírica y ayudando a elevar los niveles de calidad.

La ópera de Oviedo ha sabido a lo largo de estos años dar oportunidades a nuevas voces que terminarán apareciendo en los primeros repartos además de asegurar posibles bajas (lo que se llama «cover»), y ofrecer cada temporada obras de siempre junto a títulos menos transitados, abriendo la capital a nuevos públicos de dentro y fuera de Asturias para apostar por la cultura como seña de identidad en esta «Viena del norte» además de un destino turístico como pocos.

P. D.: Dejo a continuación el reportaje de La Nueva España sobre el segundo reparto:

Elixir mágico

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Jueves 16 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: L’elisir d’amore (Donizetti), tercera función. Entrada último minuto: 15 €, anfiteatro lateral.

Quienes me conocen e incluso me leen, también saben de mi afición por las terceras funciones en Oviedo, pasadas las tensiones del estreno y ya rodada la función sin la «relajación» que pueda suponer la última, por lo que repetía título en mi preferida volviendo a confirmarse que la ópera es verdadero elisir, magia capaz de enamorar cada vez porque no hay dos iguales, porque hay otra ubicación, porque nuestros estados de ánimo son diferentes como el de los intérpretes y así múltiples razones para no ser tildado de friki, obsesivo o directamente loco por la música.
Si el domingo acudíamos a una boda, este jueves disfruté como una luna de miel porque pude recrearme en otros detalles, olvidarme de los sobretítulos (en mi juventud no existían), perderme parte de la escena como el juego de espejos o el fondo del escenario, pero centrarme en la música siempre al servicio de la palabra por parte de todos en una ópera cómica como pocas y bien entendida en esta producción alemana.

Es cierto, como comentaba con algún aficionado al filo de las once de la noche, que nuevamente todo funcionó mejor tras el descanso, puede que por efecto de este elisir resultando más que vino francés sidra asturiana que hasta se escanció, aunque Borgoña o Bourdeos puedan tener más historia, y siempre chispeante con los momentos típicos, que no fases de la borrachera, de ese punto de «alegría» sin caer en la embriaguez: soltar la emoción, perder los miedos, vuelta a la cruda realidad y un final feliz, tal y como Donizetti entiende esta comedia no exenta de pasajes hondos bien entendidos por parte de todos con cánticos regionales convertidos en morcillas tipo «tócala de nuevo Sam» o tararear el inicio de la marcha nupcial de Wagner.
La OSPA con el maestro Óliver Díaz de responsable musical total, volvió a ser el ropaje perfecto de la acción, calidad y cercanía en todas las secciones, aires ayudando y presencia equilibrada sin perder matices, con el coro titular más centrado en todo, a tiempo, afinados, de dinámicas variadas, feliz complemento sobre las tablas con las chicas verdaderas actrices «secundarias» completando una puesta en escena almodovariana en cuanto a luz, color, vestuario y argumento (las contracciones del parto en plena boda) sin perder calidad en el canto con la novia Giannetta Ubieta más protagonista de lo esperado porque además de su omnipresencia cómica poniendo el toque casi hilarante, unió la excelencia en su línea de canto, fórmula ideal para triunfar con un par de intervenciones vocales en un auténtico regalo escénico.

El Sargento Parks o Edward Belcore si se me permite el juego de palabras, volvió a ser el personaje inmenso por presencia pero esperando mejoría en sus agilidades. Tiene volumen y tablas, color vocal bueno y no hablemos de un registro amplio pero no es un barítono con el perfil deseado o al menos falta redondearlo, esperando más limpieza de emisión aunque todo acabe compensándose por disfrutarlo desde una visión global, luminosa y festiva de este Elisir.
El doctor Corbelli volvió a servir las mejores compuestas de la noche, el barman Dulcamara jocoso, brillante experiencia capaz de cantar esos trabalenguas con esdrújulas, armar unos tríos donde su voz empasta con todas, y hasta enamorar con Adina abriéndonos los ojos a la seducción del corazón sobre la mente con otra barcaruola simpatiquísima. Recordaré al maestro Alessandro como el perfecto equilibrio anímico sin renunciar a la palabra musicada de todo bufo con alma sensible, augusto más que clown.

De Nemorino Bros nuevamente mi total rendición a su entrega total, toda una gama de buen hacer y gusto llenando escena en pleno jolgorio con Quanto è bella… o la plenitud de la soledad de Una furtiva lagrima nuevamente emocionante, recreada, luminosa en la penumbra y arrullado por una orquesta a su servicio, sin bisar pero merecido. Sus dúos con Adina además de complicidad y musicalidad extrema nos dejaron una línea de canto bien entendida y sentida por ambos.

Dejo para el final a mi querida Beatriz Díaz, la Adina por antonomasia y con un Nemorino creíble, la soprano asturiana en plena madurez vocal y física para hacer suyo un rol muy complicado vocalmente pero cantado con esa facilidad aparente al alcance de muy pocas voces, aplomo, seguridad en todos los registros pero siempre volcada en comunicar todos los estados de ánimo de su personaje con una paleta de matices aún mayor que el colorido vestuario de las damas invitadas a esta boda de Giannetta.

El belcanto así se debe entender, comunicar todo con la voz y transmitir tantas y distintas situaciones en poco tiempo: coqueteos, preocupaciones, celos, compasión, maquinaciones, enfados, mentiras y finalmente triunfando el amor sin engaños líquidos con total entrega vocal. Cada escena sola, en dúos, concertantes o tutti, nuestra Adina allerana volvió a demostrar que es muy grande y capaz de acallar todo un teatro con unos pianísimos bien respetados desde el foso y lucirse en un agudo sobre la masa sonora final, omnipresente con todos los matices y una técnica envidiable.
Para los que la disfrutamos en Don Pasquale hace ya cuatro años, era normal que con este elixir volviese a enamorar a sus paisanos y todo el que se acercase estos días al Campoamor. Ahora me toca esperar su debut mozartiano en Málaga, que prometo si nada lo impide, contar desde aquí.

Del resto podría remitirme a lo escrito el domingo de madrugada recién llegado a la aldea. De lo nuevo para este viernes con el llamado reparto joven, habrá que esperar al sabato pomerigio

Rusia y Armenia son música

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Miércoles 15 de noviembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio: Filarmónica Nacional de Armenia, Sophia Jaffé (violín), Eduard Topchjan (director). Obras de Mussorgsky, Khachaturian y Borodin.

Aires del Cáucaso meridional pero herencia soviética aún cercana en Armenia, país actual de raíces milenarias en una de las civilizaciones más antiguas del mundo con idioma propio, por lo que esta república tiene mucha historia además de una ubicación geográfica entre Europa y Asia que le otorga unas influencias multiculturales. De la capital Ereván llegaba su orquesta filarmónica con el titular también armenio de amplia trayectoria como violinista y director, quien lleva 17 años al frente de la misma, lo que se notó en todo el programa dirigido de memoria y con perfecto entendimiento para una plantilla ideal y bien equilibrada en la cuerda, calculando los violines por el número de violas, 12 más 10 cellos y 6 contrabajos, que ayuda a redondear y balancear una amplia gama tímbrica y diinámica.

La calidad de sus músicos quedó contrastada en las obras elegidas, bien comentadas en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, todas «rusas» con el guiño armenio al más conocido de sus compositores (aunque nacido en Georgia) y con detalles interpretativos que probablemente llevan en su genética desde su fundación hace 93 años por los llamados patriarcas de la música armenia (Arshak Adamian y Alexander
Spendiaryan) y embajadores culturales de su patrimonio del que pueden presumir aunque no sean necesariamente «los mejores» intérpretes de su música, pero al menos beben directamente de sus fuentes.
Curiosa la orquestación de Una noche en el Monte Pelado de M. Mussorgsky (1839-1881) para comenzar el concierto, que no fue la habitual de Rimsky-Korsakov, con pasajes desconocidos, figuración también distinta (puntillos en las conocidas melodías que le dan otra rítmica) pero ofreciendo una sonoridad compacta de buenos balances en todas las secciones, una batuta como la de Topchjan atenta a los múltiples cambios de aire y ritmo para «redescubrirnos» esta original idea musical de brujas en la noche de San Juan cuya ambientación instrumental a cargo de los armenios resultó por lo menos distinta a otras versiones, virtuosismo en una cuerda «marca de la casa» y un juego con los tempi interesante.

De A. Khachaturian (1903-1978) y con la brillante violinista Sophia Jaffé pudimos disfrutar el Concierto para violín en re menor, dedicado a David Oistrakh que lo estrenó en 1940, el mismo año de su escritura y una de las obras más reconocidas del compositor de origen armenio, virtuosística como era de esperar y con elementos del folklore de la región bien integrados en sus tres movimientos (I. Allegro con fermeza, II. Andante sostenuto y III. Allegro vivace) construidos de forma académica en cuanto a los recursos técnicos o la colocación de las «fermatas». Sonido pulcro el de Jaffé bien arropada por la filarmónica (con algunos efectivos menos para contrapesar planos) y un Topchjan atento a las dinámicas que permitió disfrutar de momentos realmente bellos como el dúo de la solista con el clarinete en el primer movimiento realmente «con firmeza», el lirismo contenido bien cantado en las cuerdas graves del andante central y llenos de fuerza y ritmo del último movimiento llevado con aire brillante para lucimiento de todos los intérpretes. El regalo de la violinista alemana nada menos que otra pieza de virtuoso como «L’aurore» de Eugène Ysaÿe (interrumpida por un femenino teléfono en la fila doce al que su dueña no alcanzaba a detener), el primer movimiento de la Sonata nº 5 interpretada desde lo más hondo y llegando su sonido a hacernos vibrar con ella.

Y no podía faltar una sinfonía en un programa ruso (más que armenio), la no muy escuchada en estos lares Sinfonía nº 2 en si menor de A. Borodin (1833-1887), media hora de contrastes de todo tipo en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro, II. Scherzo: Prestissimo – Allegretto, III. Andante, y IV. Finale. Allegro) en otra explosión de calidad y cantidad con pasajes recordando tímbricas y melodías de las danzas polovtsianas con esa orquestación rica del químico, doctor y músico ruso. Calidad en el sonido de los armenios, cantidad por la plantilla de nuevo al completo y rica en color, destacando una colocación que ayudó a ello: la clásica con la permuta de cellos y violas más las trompas (excepcionales) detrás de las violas y delante de trombones y tuba, buenos solistas completando una textura orquestal perfecta en este programa de exhibición técnica aunque sin llegar a emocionarme.

Sorpresa fue la aparición de la ingeniero y soprano armeniocanadiense Isabel Bayrakdarian (Zahle, Líbano 1974) para regalarnos la conocida aria de Violeta de «La Traviata» (Verdi), promoción patria de una aspirante a sucesora de La Netrebko, de buena técnica y color pero con agilidades aún por mejorar, premiada y conocida en EE.UU. trayéndola su compatriota Topchjan a esta  breve gira por España y Alemania pero fuera de lugar en este concierto sinfónico ruso, si bien es siempre agradable escuchar (aunque sin Alfredo que lo canté mentalmente) esa descarriada perfectamente arropada por sus paisanos.

Más adecuado resultó recuperar a Aram Khachaturian de los ballets en la siguiente propina para una orquesta total del Gayaneh tan cinematográfico como el dúo de Spartaco y Frigia, casi tan famoso como su Danza del sable, fusión de dos continentes en Armenia y su filarmónica con aires de Hollywood en un concierto más largo de lo previsto aunque con menos «estampida» de las habituales.

Boda con elisir

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Domingo 12 de noviembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de ÓperaL’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Beatriz Díaz (Adina), José Bros (Nemorino), Edward Parks (Belcore), Alessandro Corbelli (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta).

Dirección de escena: Joan Anton Rechi; diseño de escenografía: Alfons Flores; diseño de vestuario: Sebastian Ellrich; diseño de iluminación: Alfonso Malanda. Coro de la Ópera de Oviedo, Elena Mitrevska (dirección del coro). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Óliver Díaz (dirección musical). Entrada delantera de principal: 110 €.

Tercer título de la temporada con una boda por todo lo alto gracias a la idea de Rechi para una ópera bufa que parece soportar cualquier escena, desde mi primer carbayón en 1973 de bancos y rejas, uno histórico en 1982 año del Mundial, a la llanisca y universitaria de Emilio Sagi y Julio Galán también de los felices 90, o la Commedia dell’Arte en La Fenice de 2010, hoy recordada con varios amigos, pasando por esta sencilla pero resultona boda donde un techo de copas, mesas y sillas con una iluminación excelente que nunca debemos olvidar, sumando el colorido del vestuario en la gama de Calatrava para la T4 de Barajas ayudaron a disfrutar de un elenco vocal de altura, amén de críticos que lo vendiesen antes de escucharlas.

Dos voces de celebración y queridas en Oviedo como José Bros y Beatriz Díaz dieron vida a la pareja protagonista, veinticinco y quince años respectivamente para volver a coincidir este 2017 unidos en esta boda.
El Nemorino del barcelonés ideal en su voz, exigente desde su primera aria y esperando todos la lágrima furtiva, lo más aplaudido, para un rol que como decía Pachi Poncela en la «obertura» recuerda al Jack Lemmon de Wilder buscando paralelismo entre estos dramas cómicos con ese tinte casi trágico. Bella línea de canto, emisión sobrada, gusto en la escena y triunfador como su personaje.
La Adina de la allerana ha ganado en madurez desde la recordada veneciana, capaz de transitar estados de ánimo tan distintos a lo largo de la obra y con unos matices inolvidables en cualquier registro, seguridad en los agudos siempre claros y un grave redondo, jugando con su voz y empastando siempre con los compañeros, uniendo sus excelentes dotes como actriz para recrear este personaje que le va como anillo al dedo en un final feliz de este regreso a casa. Sus parejas fueron un regalo con ella: la altura de Belcore sumando comicidad, la barcarola con el doctor un juego visual de ventriloquía al que se sumó el coro, más el enamorado Bros ideal, una alegría comprobar complicidad y gestos cariñosos que llegan al público.
Dulcamara Corbelli aportó la sabiduría de los años para este charlatán transformado en el barman de moda capaz de vender una compuesta al mismísimo director musical, parlati y canto gastado pero esperado de trabalenguas canoros en un personaje de vuelta en la vida y todavía en activo como el barítono turinés, entregado y cómico con momentos memorables amén de la barcarola más la última y esperada entrada por el patio de butacas con más elisir para el fin de fiesta.
El Sargento Parks fue calentando a medida que avanzaba la trama, aunque su color vocal no sea esmaltado ni homogéneos sus registros, pero acabó como su personaje, bien pero sin triunfar ni enamorar. Y un placer Giannetta Urbieta, simpática novia de parto retrasado y feliz, convincente y sobrada en volúmenes tanto en arias como concertantes, redondeando un elenco muy homogéneo para este Donizetti bufo, donde la figuración estuvo al mismo nivel que los músicos.

Sin ánimo de repertirme, el Coro de la Ópera sigue siendo una garantía de profesionalidad y buen hacer sobre las tablas, yendo un poco a remolque al inicio hasta que fue avanzando la boda, más protagonismo de ellas que de ellos pero todos solventes y sumando positivos a la globalidad.
De la OSPA la seguridad en el foso con solistas de altura como el fagot o la trompa, sonoridad bien llevada por el maestro Óliver Díaz, que debutaba en la ópera ovetense (¡ya era hora!), siempre atento a dinámicas y entendimiento con la escena, algo lenta la primera aria de Belcore ayudando a las agilidades, pero siendo una lástima no tener un clave en vez del piano vertical ¡y desafinado! que hubiese enriquecido la tímbrica de unos recitativos no siempre acertados para preocupación de los solistas.
La producción, como ya comenté, sencilla y adecuada para este melodrama por el que no pasan los años, con buenos movimientos escénicos que ayudaron a la agilidad de la acción y pararla cuando así lo requería el libreto (caso de la famosa lágrima final de Nemorino), y la angustia de unas copas que crearon sensación de fragilidad como la propia relación de la pareja protagonista que termina asentándose y convirtiendo en luces de fiesta un cristal «de pega», lo único irreal de este elixir que continúa enamorando.

¡Qué padre!

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Viernes 10 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Javier Camarena (tenor), Guadalupe Paz (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Iván López-Reynoso (director). Arias y dúos de ópera.

La Academia Mexicana de la Lengua define la expresión, derivada del español, padre ‘muy grande’, adjetivo que significa muy bueno, muy bonito, estupendo, admirable (por ejemplo, esa muchacha está padre). Se usa también en aumentativo: padrísimo, padrísima. Personalmente la escuché a nuestra «hija mexicana» tras una ruta asturiana donde no faltó la gastronomía con ese significado de «qué bueno» y así quería titular esta entrada donde mi «México lindo y querido» hermano tuvo todo el protagonismo lírico de este viernes que recordaremos todos los aficionados a la ópera, que en Asturias somos muchos, rendidos ante un espectáculo de buen hacer.

Trío de artistas mejicanos encabezado por el tenor del momento, un Javier Camarena de canto natural y espontáneo en todo lo que hace, pareciendo fácil lo difícil, además de emocionarnos, empatizar, disfrutar de nuestra tierra y desplegar una línea vocal que todavía le dará muchos más éxitos en una carrera a la que no vislumbramos punto final. Con él una mezzo de las que hay pocas en la actualidad como Guadalupe Paz, de registro amplio y homogéneo, bello, carnoso con una musicalidad notable; y el director Iván López-Reynoso que completó una velada irrepetible, sacando de la Oviedo Filarmonía todas sus cualidades demostradas hace tiempo en el foso del Campoamor elevándolas al auditorio, con entendimiento total, tanto en las oberturas como en los dúos y arias de sus compatriotas (algo tiene México para las voces), sonoridades redondas, dinámicas amplias adecuadas a los cantantes, y una plantilla levemente reforzada que redondeó una velada musical de altura hasta las once de la noche.

La primera parte trajo el belcantismo en estado puro donde el xalapeño Camarena es reconocido mundialmente, comenzando con Donizetti y la obertura de su «Anna Bolena» o el Povero Ernesto… Cercherò lontana terra… de «Don Pasquale«, destacando con el trompeta solista, y antes un Bellini igualmente presente en el entregado Romeo È serbato questo acciato de «I Capuleti e i Montecchi«, y por supuesto el irrepetible Rossini cambiando al conde Ory por el Ramiro de «La Cenerentola» previsto para cerrar de agilidades impecables, limpias, cantando mentalmente un coro que hubiera sido completar espectáculo, pero dejando de final su aclamada «Aria de los 9 do de pecho«, Ah! mes amis de «La hija del regimiento» para éxtasis de los aficionados en un francés perfecto. Intentar expresar con palabras lo escuchado en el auditorio ovetense es difícil porque cada aria en la voz de Camarena es un placer auditivo y una lección de canto, sutileza, musicalidad, seguridad total, estando arropado por una orquesta plegada al tenor donde el director de Guanajuato se mostró dominador del siempre difícil arte de la concertación amén de captar la intención de cada compositor, dejándonos una obertura de Il turco in Italia excelente. De las calidades y cualidades del tenor remito a las notas al programa «Cita con el bel canto» de mi tocayo Meléndez-Haddad buen conocedor de la trayectoria del mejicano al que ha disfrutado muchas veces en distintos escenarios mundiales.

Pero no me olvido de «Lupita tijuanense» porque Guadalupe Paz me sorprendió gratamente desde su primera aria de «La donna del lago» Tanti affetti in tal momento… Pra il padre rotunda y bien cantada así como el dúo semiactuado con «Ramiro» Camarena Tutto è deserto… Un soave non so che de la Cenicienta rossiniana arrebatadora desde la inocencia de un rol difícil de cantar como lo hizo la mezzo mejicana.

Tras la generosidad vocal de la primera, la segunda parte aún resultaría más pletórica si cabe abordando distintos páginas grandiosas de la ópera por parte de todos los intérpretes, con la sabrosa pincelada donizettiana del dúo de «Maria Stuardo» Era d’amor l’immagine

El francés Berlioz y su obertura op. 21 Le corsaire ágil, limpia y contrastada por la OFil con López-Reynoso prepararon el ambiente para el «Werther» de Massenet con Guadalupe Paz interpretando la conocida aria de las cartas Qui m’aurait dit la place… y Javier Camarena un Pourquoi me réveiller que me hizo reencontrarme con una línea de canto única casi olvidada, matizada, bien fraseada y la sensación de plenitud sin arrogancias ni esfuerzo aparente. Dos números grandiosos antes del encuentro verdiano.
La obertura de «Nabucco» resultó gratificante en su interpretación bien dibujada por el maestro mejicano y respondida al detalle por los músicos de la filarmónica local, todas las secciones bien ensambladas destacando unos trombones orgánicos y una cuerda tersa, presente y clara antes de llegar al «fin de fiesta» de Camarena y Paz para deleitarse. El «duque de Xalapa» nos dejó un Ella mi fu rapita!… Parmi veder la lagrime emocionante, arropado por una dirección orquestal a su altura, como si el tenor descubriese un registro dramático sin perder lirismo, redondeado y cómodo, un «Rigoletto» esperado en la escena con reparto a la altura del mejicano.

Lupita Paz no quiso quedarse atrás en el festín verdiano, del verde inicial al rojo pasión, colores de su bandera junto al blanco para una Princesa de Éboli tan hispana en el «Don Carlos» francés con su aria Nei giardin del bello exigente y agradecida, giros casi flamencos de espíritu, recreándose en agudos del mismo color que los graves en esta «Chavela operística» para descubrir excelencias que por estos lares también triunfan. Quedaba el remate de Javier Germont o Alfredo Camarena, «La Traviata» querida con la bellísima aria Lunga da lei… cantada de nuevo con colores intensos y fraseos impecables, sentimiento en un personaje que le viene al tenor en un momento dulce de su carrera llevado en volandas por una orquesta también madura bajo la batuta de una realidad como el maestro mejicano.

Habría más regalos en esta fiesta, tricolor también por las obras y compositores elegidos aunque como bien decía el tenor «podría empezar de nuevo» aunque no traía rancheras, tal era su satisfacción tras dos horas largas de exigencias para todos, pues no debemos olvidar que estos recitales resultan más duros que una ópera completa.

El Danzón nº 2 de Arturo Márquez entendido por López-Reynoso desde su propia tierra y compatriota, el ritmo y tempo exacto de un auténtico danzón sin exageraciones, con la orquesta (a la que se sumó percusión y piano) traduciendo el magisterio del folklore llevado a la sala de conciertos. Y mi siempre recordada leonesa (de Guanajuato) María Joaquina de la Portilla Torres, hija de padre español y madre mejicana, conocida artísticamente como María Grever, una embajadora de nuestro idioma en los EE.UU. con un método «Aprenda usted español con el bolero«, emigrada y afincada en Nueva York, excelente compositora de melodías inolvidables, eternas porque la buena música no entiende de etiquetas y menos para omnívoros como un servidor, incluso cuando las interpretan voces como Camarena y Paz en arreglos orquestales que elevan aún más la calidad de su compatriota.

Primero el tenor sin pirotecnicas vocales y sentimiento patrio lleno de musicalidad innata con Alma mía, inmortalizada en su momento por José Mojica y que no hubiera importado amplificar como hacen en este género pero defendido por todos sobre el escenario, acallando estornudos aunque sin evitar la huída de un público cuyo reloj parece lanzarlo fuera de la sala antes de disfrutar los obsequios (me parece una falta total de educación). Y Júrame a dúo con Guadalupe pusieron las once campanadas de un año lírico con estrellas en el firmamento de este Oviedo al que sigo llamando «La Viena del Norte» español por la calidad y oferta que la crisis no ha recortado con el esfuerzo de todos. Camarena eclipsó y no decepcionó pero no se olviden de Lupita e Iván.

P. D.: Imposible sacarse una foto con Javier pese a las peticiones del «Cenáculo musical» de ambos lados del Charco, especialmente de Santo Domingo (besos para Catana y Ana María) o de «nuestras operísticas» Margarita Mitrov y Rosa Ulacia. Sirva esta crónica con fotos para acercarnos aún más.

Bombones musicales

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Jueves 8 de noviembre, 20:15 horas. Iglesia Santo Tomás de Cantorbery, Avilés: VII Aniversario de la inauguración del órgano de Acitores. Vicente Cueva Díaz (violín), Fernando Álvarez (órgano). Obras de Pachelbel, V. Cueva, Avison, Bach, Reger, Ravel, Veracini, Ravina, Massenet, Westerhout, Camidge, Giazotto y Bohm. Organiza y patrocina Fundación Avilés Conquista Musical.

Debe ser cuestión de años pero parece que fue ayer cuando inaugurábamos el nuevo órgano de Sabugo tras años luchando por tener un instrumento rey en Avilés y finalizando una etapa para conseguir los fondos necesarios a cargo de una fundación nacida con ese propósito y presidida por el infatigable Chema Martínez. Recuerdo haber visitado el montaje con otro enamorado del órgano como mi querido Paolo Zacchetti en peregrinaje desde Santiago a Milán con parada en La Villa del Adelantado para saludar a Federico y comprobar in situ esta joya castellana que acabaría teniendo acento de salitre cantábrico con la ría de fondo.

Siete años ya, que había que celebrar como se debe, pues un instrumento no puede estar nunca callado, así que nada mejor que recurrir al organista titular del Acitores de Covadonga como el belmontino Fernando Álvarez (Almurfe, 1965) en compañía del maestro Vicente Cueva (Gijón, 1943), violinista, barítono y compositor entre otras muchas cosas, amén de padre de una estirpe de músicos, dos generaciones y dos instrumentos unidos en una fiesta musical de rara combinación donde los bombones fueron las obras seleccionadas por ambos intérpretes, un dúo poco habitual y bien avenido porque el timbre de la cuerda frotada y sus armónicas empastan a la perfección con el órgano, máxime cuando se registra con mimo para buscar el acompañamiento ideal del violín como si de una orquesta se tratase. Como es buena costumbre en la iglesia nueva de Sabugo, pudimos disfrutar de ambos proyectados en pantalla para comprobar el grado de entendimiento necesario entre ambos para un convite de aniversario servido con toda la calidad desde nuestra tierra.

Protagonismo compartido entre el órgano solo donde no faltaron «Meine Gott» Bach y su coral BWV 617, Pachelbel con los Tres versos para el Magnificat y Toccata, perfecta obertura de concierto, Charles Avison (1710-1770) y su Allegro en re mayor o la Chanson triste (Pavana para una infanta difunta) de Ravel con «redescubrimientos» como el Menuet de Jean Henri Ravina (1818-1906), la Ronde d’amour de Niccolò van Westerhout (1857-1898) realmente de feria, combinando romanticismo de escritura y sonoridad dorada hispana, la Gavotte de Matthew Camidge (1758-1844) combinando romanticismo de escritura y sonoridad dorada hispana, o la Sarabande del director y compositor Karl Bohm (1927-1981), auténticos bombones de regalo traídos directamente o reelaborados de originales perfectamente cocinados en los registros por Fernando, pero especialmente en los dúos con el violín.

Si los bombones anteriores resultaron delicias al oído, las obras con Vicente Cueva fueron los rellenos de todos los sabores con la delicadeza al paladar porque el sonido aterciopelado de su violín en partituras lentas, aún engradecieron un timbre que sigue siendo envidiable y con el poso de toda la vida pegado a él. Elegir dos obras suyas para abrir y cerrar el concierto fueron regalos inesperados y casi testamento de un músico íntegro e integral. Si el Epílogo pudimos escucharlo todos en vida y colocado al inicio porque estamos muriendo desde que nacemos, la Añada (que es como llamamos en Asturias a las nanas) es adormecer para un sueño puede que eterno pero meciendo al niño que nunca debe morir en nosotros. Curiosa ubicación, supongo que bien buscada, para compartir legado y pasiones, músicas para el buen morir, dejando partituras conocidas con el violín protagonista y el órgano orquestal mimando al maestro, registros en adición o sustracción en vez de utilizar el pedal de expresión, instrumento puro más rico que la propia orquesta o el piano.

Así saboreamos unos «praliné» que fueron exquisiteces: la Romanze de Max Reger (1873-1916), el Largo de F. M. Veracini (1690-1768) que convirtió la ría avilesina en canales venecianos, la Meditación (de Thais) del francés J. Massenet (1842-1912) asentada y sentida por los dos intérpretes, respirando juntos y por supuesto el conocido Adagio en sol menor muchos años atribuido a Tomaso Albinoni pero compuesto realmente por Remo Giazotto (1910-1998) a partir de los apuntes y bajo cifrado del barroco, donde el órgano brilló a igual altura que un violín cuyas cuerdas graves resonaron por el templo nuevo de Sabugo con todo el poso de dos vidas entregadas a la música, dos generaciones de músicos asturianos que quisieron regalarnos esta fiesta de cumpleaños.

Y como la música todo lo puede, el frío otoñal asturiano se convirtió en tiempo de verano, Summertime (Gershwin) de raigambre jazzística y hechura académica para seguir soñando despiertos y viajar donde queramos, Porgy and Bess, Vicente y Fernando que continuarán sumando encuentros (aquí tras el concierto con dos «chiflados del órgano» como Jaime Menéndez Corrales y quien suscribe).

Liturgia leónigan

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Miércoles 8 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1594: 20 años de El León de Oro (LDO), Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Tavener, Byrd, Victoria, Pärt, Nystedt, Stanford, Rachmaninov, Arnesen y Lauridsen. Entrada no socios: 10 €.

Como todo declarado leónigan convencido, no importa peregrinar o repetir concierto porque cada uno es distinto, de nuevo Gijón esta vez teatro, otra acústica y algunas obras más que en la iglesia de La Laboral, pero toda la liturgia de una música coral religiosa que abarca 500 años para los veinte del LDO.

Repaso a parte del repertorio de esta vida coral que entra en plena madurez, lo antiguo y lo moderno en continua evolución, enseñanzas recientes del director honorífico Peter Phillips en Victoria y Pärt, puede que algo más relajados este miércoles pero igualmente entregados a unas músicas que dominan en todas las formaciones y colocaciones.

No importa la dificultad de la partitura, las disonancias casi imposibles, los dobles coros o las distintas ubicaciones en esa continua búsqueda de sonoridades allá donde van, los leónigans seguimos disfrutando. Vocalidad en estado puro, empaste, afinación, gusto por cada sílaba en latín o inglés, en ruso o castellano de acento mexicano como así lo dedicó el estonio Pärt, este coro sigue enamorando y ganando adeptos, los que no pudieron asistir a «la fiesta» del sábado y los que repetimos, porque así somos sus fieles seguidores, hooligans del LDO sin violencia, es decir leónigans.

Volvíamos a disfrutar de las obras dirigidas por P.P. pero asumiendo toda la responsabilidad Marco, de nuevo Tavener pero cambiando a Frank Martin por un muy sentido William Byrd y su Ave verum corpus «de cámara», la emoción de la religión incluso para ateos porque la belleza no tiene credo.

En la segunda parte de nuevo Standford compartiendo visiones recuperadas y asentadas como el sorprendente Inmortal Bach (Knut Nystedt) aprovechando escenario y pasillos laterales para cantar a Mein Gott «deconstruido», el Bogoroditse Devo (Rachmaninov) aún más profundo o ese «inmenso misterio» de Morten Lauridsen tras la «nueva» Even When He Is Silent (Kim André Arnesen, 1980) dominando un repertorio cercano a la propia formación con el amplio bagaje de sus compositores, que lo entienden como estos cantores sin complejos y así lo transmiten, búsqueda de la belleza coral en estado permanente de trabajo.

Interesantes las notas al programa de Miguel Rodríguez Fernández-Bustillo «Sobre el análisis musical» que dejo a continuación.

Contestando el último interrogante, con El León de Oro mis análisis son siempre emocionales, si litúrgicas son las obras, el público estuvo como en Misa (entendida también como puesta en escena) con el milagro de no escuchar toses pese a la penitencia del caramelo cercano, y escuchar al mejor coro asturiano se merece una cena allá donde pueda acudir.
Si hay dios, amén de Bach, seguro que también es musical, los leones sus voces y sus seguidores una parroquia que rogamos celebrar incluso las bodas de oro. El camino más difícil ya está superado, toca seguir disfrutando sin pereza y con toda la diligencia porque igual que el «dios cantor» escribía Soli Deo Gloria, El León de Oro canta a mayor gloria de todos, ateos incluidos ganados para esta causa mágica con la esperanza de seguir juntos este camino.

PP, leónigan de oro

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Sábado 4 de noviembre, 19:30 horas. Iglesia de La Laboral, Gijón: 20 aniversario del Coro «El León de Oro». Peques del León de Oro (PLDO), Aurum, Elena Rosso Valiña (directora); El León de Oro (LDO), Marco Antonio García de Paz (director), Peter Philips (director honorífico). Obras de Palestrina, Michael McGlynn, Julio Domínguez, Susanna Lindmark, John Tavener, Ch. V. Stanford, Frank Martin, T. L. de Victoria, F. Poulenc, Knut Nystedt, Ola Gjeilo, P. Philips y Arvo Pärt. Entrada con invitación (agotadas).

Verdadera fiesta coral de cumpleaños la vivida, sentida y compartida desde la desacralizada iglesia de «La Laboral» para seguir conmemorando veinte años, nada según el tango y toda una vida en el difícil mundo de la música, aún mayor en el mundo coral y un verdadero milagro en estos tiempos. El León de Oro es una filosofía de vida, unir personas para hacer lo que les gusta con pasión, cantar y además bien. Una familia cuyos progenitores son Marco y Elena, músicos capaces de aunar ilusiones desde el amor coral regalándonos todo un proyecto con visión de futuro.

Veinte años que me he declarado «leónigan» porque a diferencia del hooligan futbolístico, no soy violento ni agresivo sino «incondicional a muerte«, enamorado de la música que hacen estos leones. La legión de leónigans ha ido creciendo cautivados desde el primer concierto, las redes sociales otro descubrimiento incluyendo canal propio en YouTube©, los concursos, los premios internacionales, la Champions League de los coros, una trayectoria impecable que les ha permitido afrontar cualquier repertorio con la misma calidad, todo el trabajo que se desconoce pero lleva a la búsqueda de la perfección vocal. Que alguien legendario, historia viva de la música coral inglesa y mundial como Peter Phillips, PP para ir aclarando el titular, cayese rendido ante el LDO era algo inevitable y capitaneará los leónigans el resto de su vida. Este «coro de autor» como titulaba el programa y el número del pasado verano de la revista Scherzo  (agotado y que guardo como un tesoro) tiene unas señas de identidad únicas, pero verlo y sobre todo escucharlo dirigido por PP convierte en milagroso lo que se escucha, agradeciendo que aceptase la dirección honorífica de este coro apasionado mútuamente.

Este sábado nuestro LDO reunió a todos los leónigans que cabían en la iglesia de la Laboral (muchos no pudieron hacerse con una invitación, agotadas rápidamente desde muchos días antes), para compartir música y pasión además del nombramiento de Peter Phillips como Director Honorífico, quien disfrutó del concierto de principio a fin, como «leónigan de oro» pero también al frente nuevamente del LDO. La acústica del faraónico, escurialense si se prefiere, templo elíptico de Cabueñes, resultó ideal para unos coros fantásticos, reverberación cercana a los cuatro segundos pero que no emborrona el resultado vocal sino que lo engrandece aún más, a diferencia de otros conciertos instrumentales o sinfónicos, aunque alguno buscaba precisamente estos efectos.

Mi pasión por los leones puede hacer pensar que también me ciega, pero obnubilar además de nublar o confundir, también significa embelesar, fascinar y deslumbrar, como el oro puro que atesoran. Los peques PLDO de Elena son el futuro desde el presente, solo hace falta escucharles y con una calidad impensable en otros coros de la misma edad. Su Palestrina del Adoramuste Christe fue magistral, la afinación de Si la nieve resbala de Julio Domínguez milagrosa, la interpretación con cajón peruano y dramatización incluída de Song of hope (Susanna Lindmark), canción de esperanza y la línea a seguir por cualquier coro infantil y juvenil. No quiero olvidarme de Maria Matrem de McGlynn con el coro separado, peregrinando hacia Olaya Álvarez Suárez en solitario presidiendo y enamorando con su voz perfectamente arropada por sus compañeros. No quiero pasar por alto que la soprano solista cantaría con los tres coros, cambios de vestuario incluidos, y todavía repetiría intervención solista en la obra que cerraría concierto, una joya de la que este coro de oro puede presumir. La cara de satisfacción de PP, sentado delante de mí junto a los comentarios con Marco, corroboran su título de «leónigan de oro«.

A continuación Marco dirigiría al LDO con tres obras muy trabajadas (escuchadas hace poco en el Campoamor celebrando doble aniversario) a las que acústica, variadas disposiciones del coro y gusto en interpretar obras del siglo XX son una seña de identidad de los leones. As one who has slept de Tavener (1944-2013), siempre jugando con la policolaridad y ubicaciones distintas, Beati quorum via de Stanford, y especialmente el «Credo» de la Misa para doble coro de Frank Martin volvieron a enamorar a los leónigans, PP en cabeza.

Las satisfacciones últimamente vienen a cargo de Aurum, las leonas que triunfan allá donde van en el complicado mundo de los coros de voces iguales, que en el caso de las chicas, las llamadas voces blancas, aún resulta más difícil. Pero con la misma filosofía de siempre, Elena ha sido capaz de ensamblar unas voces redondas, delicadas, flexibles con los repertorios, y de una calidad que está siendo recompensada internacionalmente. De nuevo PP se rendía ante el nivel de «las chicas de rojo» (por no llamarlas «las chicas de oro») porque sus cuatro intervenciones fueron indescriptibles, desde O Regem caeli de Victoria que «firmó el propio PP» asintiendo feliz al final, Ave verum corpus de Poulenc que cerrando los ojos era británico de escuela vocal por el color tan unificado de las distintas voces, el Hosanna de Nysted poderoso y con gusto, separando del coro para envolver al público de las primeras filas (inenarrable sentir el aliento cual abrazo de las voces graves) y Northern Lights de Gjeilo, nuestras femeninas luces del norte adaptadas a cualquier época y estilo desde un trabajo vocal de altura.

Adela Sánchez fue la maestra de ceremonias presentando las diferentes partes del concierto, recordando la trayectoria de estos primeros 20 años, números abrumadores de actuaciones, obras y cantantes que han pasado por el coro (muchos presentes), compositores, músicos, docentes, antes de la parte final del concierto ya con Phillips al frente de autores y obras que domina como pocos, dirección en estado puro (Elena daba los tonos), transmisión clara y diáfana, comunicación innata por la química entre cantores y directores, milagro hecho realidad con ¡un solo ensayo! porque todo es posible con estos leones.

Descubrir al «otro» Peter Phillips (1560-1628) y su Ecce vicit Leo a 8 fue el mejor aperitivo antes de Victoria y Pärt a pares, maestros de la música coral ideales para el lucimiento del mejor coro asturiano de la historia, con todas las combinaciones de coros y voces.

Del abulense dos joyas como el Super flumina Babylonis y el Magnificat Primi toni, la chispa que saltase hace años en la Catedral de Oviedo multiplicada por la madurez de todos, y el estonio etiquetado como padre del «minimalismo sacro» pero artesano vocal desde un lenguaje actual que los leones con PP también han entendido al detalle: Virgencita dedicado a la mexicana Vírgen de Guadalupe en 2012 que bisarían al final, sentido, emocionado, dramáticos silencios rotos por las toses, herencia española bien entendida por un creyente y músico universal en interpretación magistral, más Nunc dimitis de nuevo con Olaya Álvarez de solista arrancando bravos entre unos leónigans entregados.

Vendrían las palabras de Marco (traducidas por Paco al oído de Peter), el británico agradecido en español, el regalo de un retrato a carboncillo del agradecido Director Honorífico y esa Virgencita que puso broche dorado a este cumpleaños para esta familia coral que empezó en el bar de Julio y pocos imaginarían hasta dónde iban a llegar desde Luanco.

Aún continuaría la fiesta con asturianía internacional, sidra en un lagar cercano, como el propio Phillips, cercanía de los grandes, sencillez, afabilidad desde la maestría de un leónigan de oro para siempre. Gracias Leones y veneración total con PP.

P. D.: Fotos en Facebook© de Beatriz Montes Durán (BMD Studio).
Crítica del concierto en La Nueva España por Eduardo Viñuela, y reseña en El Comercio.

Placeres otoñales

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Jueves 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mark Padmore (tenor), Imogen Cooper (piano). Obras de R. Schumann, G. Fauré y R. Hahn.

Con el otoño vuelven los ciclos, de nuevo «las jornadas de Luis Iberni» con el piano protagonista junto a la voz, hoy el mundo del lied y la chanson como bien comenta en las notas al programa María Encina Cortizo en una tarde de puente para muchos (se notó en los huecos y la media de edad) convirtiendo el auditorio ovetense en una tarde de salón con una lección de buen hacer por parte de un dúo de altura como Cooper y Padmore, pues tanto monta, monta tanto en estos recitales.

Maravilloso encontrarnos con el enamorado Robert Schumann (1810-1856) y sus «Kerner-Lieder», op. 35, contando con las traducciones que podíamos seguir al dejar la sala con la luz suficiente para comprender la perfecta unión de poesía y música, los textos de Justinus Kerner plenamente románticos, con esa aureola de sonambulismo tan del gusto de Robert y Clara, melancolía sobrenatural expresada de por sí en el piano y engrandecida formando este ciclo de nueve poemas que Padmore desgranó con delicadeza, expresión contenida sin llegar nunca a los fortísimos, utilizando todos los recursos vocales desde una técnica exquisita capaz de proyectar sin dificultad en toda la gama dinámica, puede que abusando un poco del «falsete» aunque venga tan bien al dramatismo de unas letras  que hablan de  noches de tempestad, muerte, amor y gozo… hasta la imagen del caminante y esa peregrinación o trayecto en compañía de una Cooper sin la cual hubiese resultado menos placentero, guiando cada recoveco, cada flor, el amor silencioso, contestando las preguntas, silenciando lágrimas e incluso sanando esa amor enfermizo con aromas y voces antiguas. Verdadera recreación de un ciclo no tan escuchado como los de Schubert, puede que falto de sobresaltos y para paladearse desde el recogimiento en nuestras propias palabras ante el siempre duro idioma alemán.

Interesante la segunda parte francesa incluso unificando los poemas de Paul Verlaine con dos visiones complementarias tanto en el tratamiento vocal como pianístico, heredero del alemán pero con la cercanía geográfica e idiomática que nos llena más. Por deseo expreso de los artistas se nos indicaban incluso los bloques para el aplauso, emparejando a Gabriel Fauré (1845-1924) y Reinaldo Hahn (1874-1947) con una selección bien traída y poco habitual para tenor. De las «Cinq mélodies «de Venise»», op. 58 del primero,  I. Mandoline y II. En Sourdine mientras del venezolano afincado en el país vecino cinco de «Les Chansons grises»:
I. Chanson d’automne, II. Tous deux, III. L’Allée est sans fin…, IV. En Sourdine y V. L’Heure exquise, con ese traducido «silenciado» que bien podía haberse dejado literalmente como «en sordina» común y hora exquisita que también escucharíamos a continuación.
Qué delicadeza escuchar el Verlaine de Fauré y Hahn en la voz de un apóstol del canto como Mark Padmore acunado por el piano de Imogen Cooper, exquisiteces sin sordina llenas de luz íntima, claridades en penumbra y recuerdos venecianos frente al mundo caribeño traído a París, el otoño creativo de otro poeta de la música aunque la propia poesía la tenga implícita.

Volverían con Fauré y «La bonne chanson», op. 61, nueve escenas apasionadas (I. Une Sainte en son auréole, II. Puisque l’aube grandit, III. La Lune blanche luit dans les bois, IV. J’allais par des chemins perfides, V. J’ai presque peur, en vérité, VI. Avant que tu ne t’en ailles, VII. Donc, ce sera par un clair jour d’été, VIII. N’est-ce pas?, IX. L’Hiver a cessé) explorando y explotando sentimientos más allá del amor humano y divino, santos con lunas llenas tras amaneceres que crecen, caminos traicioneros siempre del caminante vital, el romántico vestido para la nueva época, Fauré transitando el salón, miedos terrenales y cantos estacionales desde un verano esperado hasta un invierno finalizado con todas las preguntas posibles. Protagonismo compartido por piano y voz donde los sentimientos afloraron más con el simbolismo francés que la melancolía alemana, noche y día de placeres otoñales interpretados desde una madurez de dos intérpretes que esta tarde hicieron juntos este camino lírico, regalándonos una más de Fauré antes de contemplar una luna casi llena en el día de difuntos.

Pola de Siero también con Alfredo Kraus

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Martes 31 de octubre, 20:00 horas. Teatro Auditorio de Pola de Siero, XIV Concierto Homenaje a Alfredo Kraus: Ruth Terán (soprano), Francisco Corujo (tenor), Juan Francisco Parra (piano). Arias, dúos y romanzas. Organiza: Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus (ALAAK). Entrada público: 15 €.

La asociación que preside José Carlos González Abeledo continúa recordando al gran tenor canario organizando por decimocuarto año estas galas líricas con Alfredo Kraus siempre presente y voces que le rinden tributo e incluso paisanaje, este año llevando ópera y zarzuela al excelente auditorio de Pola de Siero que pese a su reconocida afición no llenó el aforo, si bien los socios de ALAAK acudieron en bloque para ayudar también al asilo local (Residencia Nuestra Señora de Covadonga) a quien fue donada la recaudación del concierto.

Expectación y ganas de volver a escuchar a este trío de artistas como la soprano madrileña Ruth Terán y el tenor canario Pancho Corujo más el siempre impecable maestro Juan Francisco Parra al piano, en dos partes bien diferencias e igualmente exigentes, ópera y zarzuela a partes iguales con arias y dúos conocidos, el referente de «el tenor» con un repertorio que muchos conocemos de memoria y nos sigue acompañando en nuestros quehaceres.

Gounod con su «Romeo y Julieta» abrirían la velada con Ruth Terán cantando Dieu quel frisson court dans mes veines… convincente, de graves suficientes con un piano orquestal mimándola, y repetiría con Francisco Corujo el hermosísimo dúo Ange adorable…, voces jóvenes que empastaron a la perfección, de colores complementarios, algo metálico el agudo de la madrileña y redondeándolo el canario, que antes nos dejó al recordadísimo «Werther» kraussiano (portada de estos conciertos) del Pourquoi me reveiller?… sentido en el canto, mimado desde el piano, sobrado de facultades y gustándose en el escenario.

Dos cambios en el programa (corregidos en la copia que dejo arriba) nos llevaron del estilo francés, siempre difícil por la tendencia a nasalizar del idioma, a la Italia adorada e igualmente exigente. Primero el aria de Nedda de «Pagliacci» (Leoncavallo) con una Terán metida en el rol, recitales como microrrelatos que hacen pasar en minutos a estados de ánimo reflejados en el canto, y a continuación Rinuccio Corujo del «Gianni Schicchi» (Puccini), bien interpretado escénica y vocalmente, potente y convincente salvando sin dificultad un aria de registros extremos afrontados con seguridad, valiente junto a la orquesta pianística de Parra sin miramientos en los matices pero atento al tenor, siempre de agradecer.

En breve tendremos «L’elisir d’amore» en Oviedo y nada mejor que terminar la parte operística con el dúo de Nemorino y Adina, Caro elisir, sei mio… escena ideal y representada convenciéndonos a todos, Corujo con su botella (de agua) y Terán coqueteando, haciéndose de rogar para finalmente convencerse del amor puro, belleza de una página bien defendida por esta pareja perfectamente acoplada y muy creíble sobre el escenario sierense, con una acústica agradecida y espacio para recrear la acción con amplitud.

Siempre digo que tenemos zarzuelas de mayor calidad que muchas óperas y no digamos de la dificultad añadida del texto hablado, puede que la razón por la cual no encontremos más títulos en cartelera por la exigencia de actuar además de cantar. Si el elenco elegido resulta bien, el éxito está asegurado, con páginas que nuestros tenores han llevado por todo el mundo elevando nuestra zarzuela al olimpo lírico. Las romanzas y dúos elegidos cumplen esa premisa sumando un pianista capaz no ya de tocar las casi imposibles reducciones orquestales sino de dibujar la tímbrica de cada instrumento, convencernos con una sonoridad prístina y encajando perfectamente con los cantantes aportando la seguridad necesaria en cuanto a las referencias que deben tener.

Tienes razón amigo… de «La Chulapona» (Moreno Torroba) es un aria en toda regla y así la defendió Francisco Corujo con Parra, arpa casi guitarrística, verdadera orquesta de tecla, dúo canario en estado de gracia, tomando el relevo Ruth Terán (que cantó fuera de escena la romanza anterior) con la complicada Canción del ruiseñor de «Doña Francisquita» (Vives), pirotecnia de agudos bien proyectados con el ropaje pianístico y la réplica de Corujo apareciendo por el extremo izquierdo, echando de menos una vocalización mejor en nuestro idioma pero defendida con honestidad y recursos, siempre con un color que deberá homogeneizar, al igual que el hermoso dúo Le van a oir, voces complementarias, bien empastadas, amplias dinámicas reflejadas por los tres de esta zarzuela que Don Alfredo amaba tomando estos dos números como el homenaje más directo a cargo de los intérpretes.

Una lástima la Canción Veneciana de «El carro del sol» (Serrano) que no transmitió comodidad ni seguridad, con momentos calantes de la soprano que evitaron redondear una actuación más completa, sin desmerecer en absoluto por estos detalles que debo reflejar pues tiene cualidades y capacidad para ello, de nuevo con un piano camerístico elevando a «lied» esta romanza de una zarzuela poco representada.

Y para terminar este recital nuevo homenaje al Maestro Kraus con mi tocayo Sorozábal de «La tabernera del puerto«, primero Corujo en la bellísima romanza No puede ser… sentida, vivida y emocionada, antes del dúo Todos los saben, es imposible disimular, salitre lírico del vasco interpretado por el marinero canario y la tabernera alcalaína en un final por todo lo alto.

Todavía quedaría el regalo del dúo de «Soleá Terán» y «Juanillo Corujo» que termina con el conocido pasodoble de «El Gato Montés» (Penella) sinfónico más que verbenero, calidad de nuestro género cuando se interpreta como lo hicieron estos tres músicos aplaudidos por un público en pie que disfrutó de este nuevo homenaje al irrepetible Alfredo Kraus Trujillo, para mí siempre «el tenor».

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