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Faltaron velas

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Miércoles 2 de abril, 20:00 horas, Teatro Jovellanos, Concierto conmemorativo 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón (1908-2025) (número 1697): Noelia Rodiles (piano), Cosmos Quartet, Mariona Mateu (contrabajo). Obras de Liszt, Haydn, Adès y Schubert.

Hoy celebrábamos un cumpleaños musical en Gijón donde hubo «anécdotas» que podría equiparar a olvidarse la tarta, las velas, o peor aún el mechero para encenderlas, debiendo buscar en la otra punta de la ciudad (desconozco si en coche, moto o bicicleta), y para no «quedarnos a dos velas» se buscó una piñata para no detener la fiesta, y de la que caerían más regalos de los esperados, alargando la celebración hasta pasadas las 22:30 horas. Pero vamos con la crónica de este 117º aniversario.

Para ponernos en situación copio de las notas al programa de Ramón Avello, compañero de profesión, crítico y personalmente el mejor cronista de la Sociedad Filarmónica de Gijón, de la que ha sido presidente, continuando en la actual junta directiva:

«El 2 de abril de 1908 en el foyer o vestíbulo principal del antiguo Teatro Jovellanos, situado en el solar que hoy es sede de la Biblioteca Pública de Gijón, se constituyó la Sociedad Filarmónica Gijonesa. Contaba en aquella fecha con 269 socios promotores, que eligieron ese día a la Junta de Gobierno de la Filarmónica, con Domingo de Orueta y Duarte como presidente y Diego Murillo en el papel de secretario. Los ideales de la Filarmónica, no muy diferentes a los actuales, eran proporcionar a sus socios la mejor música por los mejores intérpretes; promover la música de cámara, de instrumentos solistas y de lieder, dejando al margen géneros como la ópera y la zarzuela, y promocionar la música española, tanto en sus intérpretes como en sus compositores.

Hoy se cumplen exactamente los 117 años del nacimiento de la Filarmónica de Gijón. La labor cultural ininterrumpida de esta sociedad se puede resumir en 1697 conciertos, contando el último: el que interpretan esta tarde Noelia Rodiles con el Cosmos Quartet y la contrabajista Mariona Mateu».

Manteniendo el espíritu original abría este concierto la pianista Noelia Rodiles (Oviedo, 1985), que nos interpretaría dos Lieder de Schubert en la transcripción que hiciese Liszt, quien como toda sociedad filarmónica, ayudaría a promover y dar a conocer las obras de músicos como su admirado y  malogrado vienés, desde unas «versiones» que son recreación sin voz desde un virtuosismo al alcance de pocos, y Rodiles lo demostró con los dos elegidos: la célebre «Serenata» que muchos conocimos tanto sola como cantada (el cuarto de la colección recopilatoria El canto del cisne D. 977), con el piano siempre fiel a la melodía, y la hermosísima «Margarita en la rueca» (Gretchen am Spinnrade) D. 118, tejiendo al piano casi un hilo de oro delicados con unos graves intensos y la expresividad innata de la «avilesina» que nunca defrauda.

Colocadas sillas y atriles para las tabletas llegaba el Cuarteto Cosmos con el gran Haydn y su Cuarteto en re mayor (1793), utilizando este género para expresar y volcar sus ideas, escribiendo 68 donde desarrolla este nuevo estilo camerístico donde los cuatro instrumentos tienen igual importancia, y los catalanes así lo entendieron. Este cuarteto aunque compuesto en Viena se pensó para el violinista, empresario y amigo de Haydn el británico Johan Peter Salomon, quien en la Real Sociedad Filarmónica de Londres marca el inicio y espíritu de tantas como la propia gijonesa. Cuatro movimientos aplaudidos cada uno por un público que parecía estar inaugurando la sociedad en el siglo pasado, bien delineados los temas, con los tiempos elegidos para escucharse todo, un Allegro bien desarrollado y especialmente el Menuetto enérgico.

Y deben seguir programándose obras de autores actuales, caso del londinense Thomas Adès (1971) de quien El Cosmos eligió su Arcadiana (1994) estrenado en el Festival Elgar de Cambridge y que pese a la referencia a los paisajes paradisíacos a lo largo de siete movimientos, su lenguaje atonal aunque buscando efectos y elementos bien explicados perfectamente por Avello en las notas, pero comenzaron las sorpresas del cumpleaños. No sé si el agua veneciana (o el orbayu en e exterior), el «tango mortal» o directamente la «pérfida Albión», con tanto glissando, tirar de las cuerdas, la fuerza e ímpetu que los cuatro imprimían en cada movimiento, poco cercano a un esperado «idilio sonoro», se rompía una cuerda del chelo de Oriol Prat.

Tras la incertidumbre estaba claro que no podía reanudarse, pues cambiar una cuerda lleva su tiempo y más si no se trae de repuesto, así que se adelantó el descanso. Mas no llegaba a tiempo para reanudar la segunda parte, así que llegó la inesperada «piñata» y el verdadero regalo de Noelia Rodiles, anunciando por megafonía que nos interpretaría junto a Lara Fernández dos romanzas sin palabras de Félix y Fanny Mendelssohn, también presentadas cada una de ellas. Es difícil interpretar obras no preparadas para la ocasión, pero Noelia es una profesional y nos dejó del segundo libro de las conocidas como romanzas sin palabras de Félix Mendelsshon, primero la opus 30 nº 7 en mi bemol mayor, y después la opus 30 nº 6 en fa sostenido menor, Barcarola que parecía retrotraernos de la Venezia nocturna de Adés. Dos páginas que como en el Schubert de Liszt hacen cantar el piano con la voz inconfundible de la asturiana, fraseos claros, rubatos sin exagerar y la musicalidad característica de la pianista que comenzó a formarse en el Conservatorio Julián Orbón de Avilés.

Lara Fernández se uniría con igual profesionalidad para sumar su viola con dos canciones de la hermana e igualmente gran compositora e intérprete Fanny Mendelsshon: la conocida Canción de primavera op. 62 nº 6 en la mayor, el diálogo de la voz femenina en la cuerda más cercana a ella, y Schwanenlied (canción del cisne), opus 1/1, también conocida y muy versionada, que pareció otro premio más de esa piñata no esperada pero traída en las ya habituales tabletas (al menos venían bien cargadas).

Aún no estaba preparado el quinteto, así que el inesperado «Dúo Rodiles-Fernández» prosiguieron una especie de Gijonada (cual Schubertiada gijonesa) tirando de recursos como «cantar» Die Forelle D. 550 (sin la letra de C. F. Daniel Schubart) e intentando preparar el quinteto homónimo. Pero difícil sin ensayar y con algún contratiempo o falta de entendimiento en las repeticiones y cantos, al menos el esfuerzo se puede considerar sobrehumano para cualquier músico, y esta trucha parecía estar escabechada o ahumada, aunque comestible.

Seguía la espera pero la música no pararía, y de nuevo una canción sin palabras, el Liebestraum nº 3 (Sueño de amor) de Liszt, mucho mejor dadas las circunstancias, con un entendimiento por parte de Noelia que da la experiencia, más un canto de Lara bien sentido, dejándonos este regalo extra de una piñata a la que aún se debía sacudir, pues eran las 21:42 y no llegaba a tiempo la cuerda del cello (colocarla, atemperar y afinar antes de la última obra prevista).

Noelia Rodiles volvió a rebuscar en la tableta y prosiguió la fiesta con su Schubert querido, trabajado, estudiado, capaz de detener el tiempo y hacer de la espera virtud. El Andante sostenuto de la Sonata nº 21 en si bemol D960, fue un portento de emoción, sabiduría, talento, limpieza, generosidad y profesionalidad para dejarnos con ganas de seguir escuchándola, pero al fin llegaba una trucha del día, casi saltando del río Piles en el Quinteto con piano en la mayor D. 667, marchando Helena Satué (que estuvo de primer violín la primera parte) e incorporándose el contrabajo de Mariona Mateu.

Diez minutos recolocando sillas y atriles para este valiente quinteto en los tempi,  bien ajustados y encajados todos, con el peso del grave bien balanceado, los momentos de la cuerda frotada muy ricos en matices, protagonismo compartido con las cristalinas contestaciones del piano, «tirando, un Scherzo brillante, las variaciones sobre el lied cantadas por todos valientes, en el aire, encajadas a la perfección sin perder el aliento hasta poder soplar las imaginarias velas del Finale como si fuese el «cumpleaños feliz» en el tiempo justo, a las 22:30 horas de este 117º cumpleaños, muy aplaudido, donde sin tarta ni velas los regalos fueron generosos (impagable mi querida Noelia Rodiles) e inesperados, como en toda fiesta que se precie, y aún más en la Sociedad Filarmónica de Gijón.

¡Y que cumplas muchos más!

PROGRAMA:

Primera parte:

Noelia Rodiles (piano):

Franz LISZT (1811–1886)

Lieder de Franz Schubert, S. 558:
Ständchen, nº 9
Gretchen am Spinnrade, nº 8

COSMOS QUARTET: Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo:

Joseph HAYDN (1732–1809)

Cuarteto de cuerda en Re mayor, Op. 71, nº 2 (Hob.III:70):

  1. Adagio – Allegro
  2. Adagio cantabile
  3. Menuetto. Allegro – Trio
  4. Finale. Allegretto

Thomas ADÈS (1971)

Arcadiana, Op. 12

  1. Venezia notturna
  2. Das klinget so herrlich, das klinget so schön
  3. Auf dem Wasser zu singen
  4. Et… (tango mortale)
  5. L’embarquement
  6. O Albion
  7. Lethe

Segunda parte:

Noelia Rodiles (piano), Bernat Prat (violín) – Lara Fernández (viola) – Oriol Prat (violonchelo) – Mariona Mateu (contrabajo):

Franz SCHUBERT (1797–1828)

Quinteto con piano en La mayor, D. 667, «La trucha»

  1. Allegro vivace
  2. Andante
  3. Scherzo. Presto – Trio
  4. Tema con variazione. Andantino
  5. Finale. Allegro giusto

Enología musical

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Jueves 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis (piano). Obras de Beethoven, Larchner y Schubert. Fotos propias y ©Kharkiv Music Festival.

Tras los conciertos y conferencia vividos en Granada con la integral de las sonatas para piano de Schubert, el pianista británico Paul Lewis (Liverpool, 20 de mayo de 1972) regresaba a Oviedo tras su concierto del 26 de noviembre de 2014 (con las tres últimas sonatas de Beethoven), un estreno del austriaco Larchner y por supuesto el Schubert que no puede faltarnos.

Para un pianista cumplir años es como para el buen vino, y Paul Lewis es ya un «Gran reserva» que destila cada página que afronta, incluso engrandeciendo la misma aunque la interprete muy a menudo. Y además se convierte en el enólogo que crea vinos o un sumiller que nos hace degustar y saborear el vino por él elegido. Así la Sonata n° 5 de Beethoven fue un buen blanco para abrir boca, un excelente caldo lleno de contrastes en boca (y oído), comenzando con aromas brumosos (Allegro molto e con brio) que agitándolo antes de llevarlo al paladar (Adagio molto) sería dulce pero no empalagoso, resbalando con suavidad, y el último trago bien decantado (Finale. Prestissimo) nos dejaría con ganas de volver a llenar la copa, pues el británico es capaz de utilizar esta sonata joven para preparar el siguiente «vino de autor».

Siempre es emocionante asistir a un estreno absoluto, más con la Sonata para piano de Thomas Larcher (Innsbruck, 16 de septiembre de 1963), interpretada por su destinatario, Paul Lewis, un encargo de Chamber Music in Napa Valley en memoria de Maggy Kongsgaard, viticultora de ese valle junto a John Kongsgaard y fundadores de la californiana Bodega Arietta en Oakville (EEUU). En las notas al programa de mi siempre admirado Luis Suñén escribe del pianista y compositor austriaco que «(…) compuso en 2019 la obra Movimiento para Paul Lewis. Satisfecho con el resultado, decidió expandir ese movimiento y crear una sonata. Así, la nueva sonata incluye material de la pieza de 2019, pero se trata de una obra completamente nueva» cuyo estreno mundial tuvo lugar esta noche en Oviedo. También cita al propio Larcher:

«De vuelta a mis raíces
De vuelta al piano donde todo comenzó.
¿Qué es un pensamiento, una idea, un invento?
¿De dónde proviene la corriente de su desarrollo y qué la alimenta?
¿Qué es una idea? ¿De dónde procede? ¿De quién fueron las ideas que desencadenaron las mías? ¿Y de quién las suyas?
Al componer, uno es una interfaz en un circuito infinito e interminable de conexiones. ¿Dónde ir? ¿Dónde dejarse llevar?
¿Dónde se enciende la luz?»

Inmensa, en todos los sentidos, esta sonata del pianista y compositor austríaco, que personalmente fue como un piano que se hubiese empapado de toda la música que en él hubiese sonado y fuera destilando nota a nota cual trabajo de enología musical, y es que como respondiese mi amigo Juan Antonio Fernández de Bodegas Liberalia ( gran melómano que toca el violín a sus viñedos) a la pregunta de su enólogo «quiero vino que sepa a vino». Lewis con la partitura en una tablet sobre el atril, fue paciente y estudioso de cada detalle, con el paladar bien preparado tras el «blanco» antes de beberse esta cosecha para él plantada. Comentar que en música Crotchet se traduce como puntillo, alargar a una figura la mitad de su valor. El primer movimiento toma este nombre pero personalmente me sonó a coral luterano, casi bachiano, con una escritura «clásica» de tonalidades superpuestas, disonancias muy trabajadas junto a la fuerza del Beethoven previo bien colocado antes de esta sonata de piano que literalmente podría ser como «hacer sonar el piano» por todos los recursos utilizados, desde unos pedales que mezclaban esos aromas o tocando cuerdas apagadas en el arpa de la caja acústica. Más que una broma el  Scherzo, dotted crotchet, siempre con la indicación metronómica (= c. 70) tras el título y el título de «negra con puntillo» continuó con la experimentación tímbrica pero manteniendo aromas franceses (la evocación californiana de los viñedos galos transplantados) y hasta húngaros –Ravel con Ligeti como tipos de uva-, arpegios como lágrimas del vino corpóreo en copa, vidrio cristalino del piano rico en colores. El homenaje al siempre recordado pianista alemán fallecido en 2022 con 51 años volvía a retrotraerme a la fragilidad de la vida, la pérdida del gran pianista «caído antes de tiempo» (Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66), cuerpo y alma, recuerdo y homenaje, multitud de sentimientos que transcienden los cinco sentidos pero con el tacto (y trato) delicado de Lewis capaz de elevar los decibelios sin aparente esfuerzo físico. Y para concluir la sonata una Toccata, Allegro, crotchet, organismo pianístico donde hubo un despliegue de sonidos buscados al detalle con clusters, punteos en la caja acústica y hasta puños o brazos sincopados sin perder un ritmo de subdivisión ternaria endiablado y hasta optimista tras los tres anteriores anteriores, destilando casi otra historia guardada en el piano. Un estreno mundial que podremos presumir de haberlo probado los primeros y que permanecerá en nuestra memoria auditiva como si fuésemos catadores musicales.

En Granada Lewis cerraba el «Ciclo Schubert» el 3 de julio en el Patio de los Arrayanes con esta sonata de la que escribí: «(…) con el lirismo sereno «que representa a la perfección las «divinas longitudes» schubertianas de las que habló Schumann», tristeza sin amargura y rebelión ante los augurios del último aliento. Las notas graves pintando sombras sobre las que los trinos son de negros córvidos que al levantar el vuelo parecen ruiseñores, Lewis abriendo y cerrando todos los sentimientos contenidos en la última sonata. Siempre me decanto por los tiempos lentos por lo que suponen de meditación, pensamientos propios, recrear los ajenos y volcarlos en unas músicas sin adornos, tan solo los mínimos para las pinceladas más sinceras independientemente del carácter». Lewis ama a Schubert «por su fragilidad, el realismo humano de su música, y por tratar todo tipo de cosas a las que nosotros nos enfrentamos todo el tiempo y a diferencia de Beethoven no siempre encuentra la respuesta» como le contestaba a mi querida Lorena Jiménez durante los Encuentros en el Festival de Granada del pasado junio. Si la noche del Patio de los Arrayanes en La Alhambra nazarí se unió para rendirnos al último piano de Schubert, el Auditorio de Oviedo volvió a sentir la magia pese a las toses impertinentes, los portazos, la caídas de programas y un maleducado comportamiento que me hizo temer lo peor ante la espera previa a cada movimiento del inglés, de gesto siempre contenido con las manos que hablan incluso antes de posarse sobre el teclado.

Ese tinto «Gran Reserva» que es la Sonata n° 21 en si bemol mayor, D960 (1828) de las «Bodegas Schubert» fue todo un placer sensorial, desde el tenue y delicado Molto moderato, el emocionante y para muchos centro de gravedad emocional de la obra (Andante sostenuto) que nos trajo la desolación en la mano derecha con la izquierda goteando de manera implacable un acompañamiento desgarrador y conmovedor de sobrecogedora sobriedad, calificativos dignos de un vino extraordinario, de esta obra pero también de su intérprete. Los tiempos lentos schubertianos no abandonan la tristeza pero la impregna de «un carácter más melancólico que trágico» que diría mi admirado doctor Ortega Basagoiti. El Scherzo: Allegro vivace con delicatezza aún más delicado, ligero y profundo tras el «vino de autor», la sempiterna melancolía o el presagio de la despedida que subyace en cada movimiento hasta el arrebato final, lleno de vigor, rotundidad, convencimiento y aceptación de la coda final en Presto para que Lewis soltase toda la riqueza pianística de tanta música atesorada en sus dedos y cabeza para este primer día de primavera en el calendario aunque invernal hasta en las sensaciones.

Curiosamente en Granada escribía de (re)avivar sentimientos y mantener mi admiración por un intérprete que continuará su camino hasta ser casi como un vino «Gran reserva» de una cosecha para vivir… y beber, que esta vez, y tras lo vivido (en cierto modo también bebido), quedó más que corroborado con mis referencias vitivinícolas de este concierto.

Y diría que como homenaje al recordado Lars Vogt, de regalo, cual vino dulce para el postre, Brahms y su Intermezzo op. 117 nº1 en mi bemol mayor (Andante moderato), monólogos como fueron descritos por el crítico Eduard Hanslick: piezas de «carácter exhaustivamente personal y subjetivo que impacta como una nota pensativa, gráfica, soñadora, resignada y elegíaca», un último sorbo para seguir empapando y envejeciendo de buena música esa barrica del Steinway© carbayón a la que aún le quedan muchas cosechas para degustar. Paul Lewis demostró ser el mejor enólogo musical en esta cata a media luz que quedará en los anales de las Jornadas de Piano.

PROGRAMA:

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para piano n° 5 en do menor, op. 10, n.° 1

I. Allegro molto e con brio

II. Adagio molto

III. Finale. Prestissimo

Thomas Larcher (1963):

Sonata para piano*

I. Crotchet = c. 50

II. Scherzo, dotted crotchet = c. 70

III. Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66

IV. Toccata, Allegro, crotchet = c. 176

(* Obra de encargo por Chamber Music in Napa Valley, en memoria de Maggy Kongsgaard. Estreno absoluto)

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano n° 21 en si bemol mayor, D960

I. Molto moderato

II. Andante sostenuto

II. Scherzo: Allegro vivace con delicatezza

IV. Allegro ma non troppo

Música para La Regenta

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Lunes 17 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Música en torno a «La Regenta», Cuarteto «Clarín». Obras de Toldrá, Granados, Albéniz y Turina.

Música y literatura siempre han ido de la mano y la capital del Principado está celebrando los 140 años de la publicación de «La Regenta» (1884-1885) de Clarín, siendo este el primer concierto del ciclo con un cuarteto de cuerda que ha tomado el nombre del ilustre ovetense nacido en Zamora, cuatro músicos pertenecientes a la Oviedo Filarmonía, que a su vez está completando otra banda sonora para la obra que ha inmortalizado Vetusta como sinónimo de Oviedo.

Leopoldo Enrique García-Alas y Ureña, conocido simplemente como Leopoldo Alas o Clarín  (Zamora, 25 de abril de 1852 – Oviedo, 13 de junio de 1901) fue un escritor y jurista español además de crítico musical. Buscar obras españolas contemporáneas a su vida daría para muchas opciones, aunque ceñirse a la formación elegida se puede hacer algo más complicado. A la terna inicial de Granados, Albéniz y Turina se sumaría un Toldrá posterior y que abriría el concierto como ventana con vistas al mar que desde Oviedo no se ve, aunque la luz del mediterráneo iluminase muchas páginas de los tres  compositores catalanes así como el Guadalquivir sevillano de aires toreros y melodías cercanas.

El vilanovino Eduardo Toldrá (1895-1962) ayudó a difundir la estética de Debussy como intérprete de cuartetos en España, y junto al sevillano Turina se mueven en un lenguaje personal equidistante de los dos polos que marcaban los intereses encontrados del momento, algo alejado de nuestro Clarín aunque cercano a la evocación en los inicios del siglo XX y conocedores del cuarteto. Y seguiré emparejando a Toldrá y Turina, inicio y final del concierto, pues hay mucho de búsqueda de un realismo que puede resultar tópico, como ocurre con lo que de “andaluz” tienen los compositores españoles elegidos para este programa clariniano, pero también muy literario, independientemente de la propia cronología.

Vistes al mar de Toldrá establece un diálogo con la poesía de Joan Maragall en cada uno de los tres movimientos (las poesías de referencia son La ginesta, A les llunyanies, y La mar estava alegre aquest migdia), aplaudidos independientemente pese al anunció inicial del cellista. Hay en ellos una tenue y sensible polifonía en el primero, un segundo movimiento evocador de Debussy por el tratamiento de la melodía, junto al movido y en cierto modo «innovador» tercero, evocaciones literarias válidas para esta banda sonora. Los cuatro músicos que llevan años compartiendo en sus atriles mucha música, aunque no en esta formación, así entendieron estas vistas o poesías sin letra, muy aseadas aunque con algún problema de afinación, puede que por la temperatura de la sala de cámara.

Las Doce danzas españolas op. 37 (1892-1900) del ilerdense Enrique Granados (1867-1916) están originalmente escritas para piano y según el propio compositor fueron escritas en 1883, aunque probablemente perfeccionadas posteriormente por él mismo. Si bien existen muchas versiones y arreglos, desconozco la autoría de las interpretadas por el Cuarteto «Clarín» que seleccionaron tres de las doce: la número 2 Oriental, con un sentido movimiento central, la tercera conocida como Fandango o Danza gallega, una zarabanda enérgica y rítmica, más la popular Andaluza o Playera (quinta, que no debe confundirse con la anterior) de cierto aire flamenco por esa «evocación de lo andaluz» a que hacía referencia anteriormente. En lo personal estuvieron algo alejadas del espíritu primigenio y donde los unísonos volvieron a notarse algo desafinados; a favor esta versión personal con los violines cual mano derecha mientras viola y cello son la izquierda, con fraseos más adaptados a la cuerda que al piano así como una agógica bien entendida por el cuarteto.

Algo similar ocurriría con la selección de cuatro de los ocho números pertenecientes a la Suite Española nº 1, op. 47 del gerundés Isaac Albéniz (1860-1909). Compuesta entre 1882 y 1889, los arreglos estuvieron más en la línea pianística por la sonoridad y mejor instrumentación para cuarteto de cuerda, con los aires adecuados así como mayor ajuste en la afinación. Asturias (Leyenda, nº 5) bien elegida la alternancia y protagonismos, Cádiz (Saeta, nº 4) muy bien sentido, Cataluña (Corranda, nº 2) de sardana más rica en la cuerda que en el propio piano, y finalmente Sevilla (Sevillanas nº 3), cuatro episodios contrastados donde poder lucirse cada músico y mantener un sonido más homogéneo en la formación para la ocasión.

Finalizarían con La oración del torero (31 de marzo al 6 de mayo de 1925) de Joaquín Turina (Sevilla, 1882 – Madrid, 1949), obra breve escrita inicialmente para el cuarteto de laúdes Aguilar, que asume como característica la esencia del pasodoble desde una gran estilización y una sutil fuerza interior, siendo probablemente una de las obras de mayor interioridad compuestas por el sevillano, que además realizaría la adaptación para cuarteto de cuerda nada más terminar la primera en mayo, y para orquesta de cuerda en 1927. La interpretación del Cuarteto «Clarín» estuvo ceñida a la partitura del andaluz, de sonido compacto y con ese aire torero bien llevado por una cuerda que está rodada, aunque no sea solamente la suma pues un cuarteto necesita toda una vida para latir y sonar cual unidad.

De regalo volverían a Granados y el «Intermedio» de Goyescas que en cualquier versión siempre es bello y en cuarteto no defraudó, poniendo el cierre a este nuevo capítulo sonoro para Ana Ozores.

Cuarteto «Clarín»:

Marina Gurdzhiya, violín
Luisa Lavín, violín
Rubén Menéndez, viola
Guillermo L. Cañal, violonchelo

PROGRAMA

Eduard Toldrá (1895-1962):

Vistes al mar

-Allegro con brio
-Lento
-Molto vivace

Enrique Granados (1867-1916):

Doce danzas españolas (selección)

-Oriental

-Fandango

-Andaluza

Isaac Albéniz (1860-1909):

Suite Española (selección)

-Asturias

-Cádiz

-Cataluña

-Sevilla

Joaquín Turina (1882-1949):

La oración del torero, op. 34

Vetusta, 2025

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Sábado 15 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía (OFIL), Francesca Dego (violín), Lucas Macías (director). Obras de Jesús Rueda, Barber y Bruckner.

En este año 2025 se están celebrando los 140 años de la publicación de «La Regenta» (1884-1885) de Leopoldo Alas Clarín (1852-1901), un zamorano que retrataría para siempre a Oviedo como Vetusta. Por su parte el onubense Lucas Macías Navarro (Valverde del Camino, 1978) está leyendo musicalmente la Vetusta de 2025 con la orquesta ovetense que crece en cada concierto desde la titularidad en 2018 con el maestro, y este frío sábado de Cuaresma volvió a corroborar la total complicidad con unos músicos que afrontaron un programa variado y exigente como pocos.

Abría el concierto el estreno absoluto de Vísperas del madrileño Jesús Rueda, encargo de la propia OFIL junto a la Orquesta Ciudad de Granada (de la que el maestro Macías Navarro también es director artístico desde la temporada 2019-20), un «Mapa sonoro de Vetusta» que está escribiéndose de forma conjunta: primero «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense Raquel Rodríguez en noviembre de 2022, palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana; después «Vetusta» de la canaria Laura Vega, que renombré «Carbayonia» en enero del pasado año también con Macías Navarro, y ahora estas «Vísperas». Al onubense tendré que rebautizarlo como Alas Macías tanto por esta implicación con la gran obra literaria del que también fuese crítico musical fusionando Zamora y Valverde del Camino, ambos con Oviedo en el corazón.

La obra de Rueda en palabras del propio autor en las notas al programa «(…) fue compuesta en la primera mitad de 2024 gracias a un coencargo de Oviedo Filarmonía y la Orquesta Ciudad de Granada. Bajo la premisa del nombre Vetusta, creció un discurso orquestal que sugería ambientes y atmósferas sobre aquella poderosa novela de Clarín, La Regenta. Tal vez la imagen que más se fijó en la memoria del compositor fue la catedral de Oviedo, sus penumbras, los espacios resonantes, y esa enigmática hora en la que el tiempo se paraliza, entre el día y la noche, y que anuncia la hora azul, las vísperas. La obra se construye en bloques de diversa densidad y tímbrica. En un tempo de Adagio los motivos temáticos crecen, se transforman y se diluyen. Un canon inicial traza el hilo que se va deshilachando en las diferentes familias instrumentales. Permanece este hilo conductor a través de todos los bloques hasta el final de la obra, a veces mantenido por los solos instrumentales (flauta, violín) que sustentan la línea principal». El madrileño ya forma parte de muchos conciertos en Oviedo, tanto con la OSPA, la Filarmónica de Hamburgo o al piano de Noelia Rodiles, sumando ahora la OFIL que con Macías nos dejaron una  interpretación limpia, muy trabajada, asequible a todo aficionado (alguno olvidó el adelanto horario también a los sábados), sin necesidad de buscar en la percusión ambientes sonoros, la cuerda fue la neblina del atardecer en la catedral, más luminosa que una cencellada zamorana; todas las secciones ayudaron a dibujar el clima y magia del atardecer, y los solistas rindieron con la calidad de la propia partitura que Macías entendió, enseñó y tradujo en un estreno que engrosa la historia musical de la Vetusta clariniana de nuestro siglo XXI.

Tras casi 10 años volvía a los Conciertos del Auditorio, de nuevo con la OFIL la violinista italoamericana  y residente en Londres Francesca Dego (Lecco, 17 de marzo de 1989), con su violín Francesco Ruggeri (Cremona 1697) que volvió a convencer como entonces, musicalidad e impecable técnica que los años ayudan a madurar. En el Concierto para violín del estadounidense Samuel Barber (Pensilvania, 1910 – Nueva York, 1981) Dego mostró su versatilidad con una convincente interpretación y el sonido poderosamente cálido de su Ruggeri. Si en 2015 ya escribía del concierto El violín rojo que «me impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta», con el de Barber en cada movimiento hubo total compenetración con una orquesta ideal en esta obra, caídas perfectas, empaste incluso con el piano del virtuoso Sergei Bezrodny (¡qué suerte tenerle aún en activo!), y Macías como excelente concertador.

Emocionantes los dos primeros movimientos, desde el inicial Allegro moderato contenido, fraseado, arropado por una cuerda compacta liderada por Mijlin, bien contestado y compenetrados, el clarinete de Inés Allué en la misma órbita pensativa y placentera de la melodía, cambios de tempo y pulsación perfectamente marcados por los timbales de Ishanda , metales empastados, y en general todas las secciones funcionando con amplias dinámicas sin perdernos nunca el violín solista; en el Andante destacar tanto los solos de trompa (Alberto Ayala) como de Bronte al oboe (se nota la «mano» del onubense) en comunión con el violín, dinámicas y tímbricas fusionadas manteniendo ese clima apacible antes de romperse en el movimiento final, rápido y virtuoso, un Presto valiente por parte de todos, articulaciones claras, dinámicas extremas siempre marcadas por Macías y respondidas unánimemente para una música nunca frívola y menos en la interpretación de Dego, con un final de los que levantan al público del asiento.

De regalo el Capricho polaco de la compositora y virtuosa del violín Graźyna Bacewicz (1909-1969), el sonido del Ruggeri inundando todo el auditorio desde la técnica pasmosa de Francesca Dego a la altura de la propia obra polaca, cierre perfecto para esta primera parte.

Me preocupaba la elección de la más que revisada cuarta sinfonía de Anton Bruckner (1824-1896) conocida como Romántica (1877-80. Ed. Leopold Nowak/Robert Haas) porque para todo director y orquesta es un auténtico reto cual toro de Miura (o Cuadri para los de Valverde del Camino) al que sacarle toda la casta para hacer una buena faena. No es políticamente correcto ser aficionado al llamado arte de Cúchares en nuestros tiempos, pero ya peino canas y viví muchas faenas televisidas con mis bisabuelas, así como en vivo en el hoy abandonado coso de Buenavista, en El Bibio gijonés y hasta en los «Carnavales del Toro» de Ciudad Rodrigo, así que con permiso de la autoridad competente (siempre quienes me leen), relataré la faena a este morlaco de nombre «Romántica» que se lidió en el auditorio ovetense con el diestro Macías Navarro y su cuadrilla carbayona en tres tercios con picadores (pues no se trataba de cualquier novillada sino de una verdadera alternativa), y tras la que el maestro saldría por la puerta grande rematando una faena donde hasta al toro le indultaron por su nobleza tras la impecable lección de buen magisterio y mejor hacer.

Con la OFIL bien engrosada, y engrasada por los requerimientos de «esta cuarta» (3 flautas con piccolo, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y platillos) aunque algo falta de  más efectivos en la cuerda, que no se notó por la mano izquierda del maestro templando las buenas y bravas embestidas de los metales, así como del esfuerzo de toda ella (¡bravo por las violas!), el Allegro ya presentó sus credenciales de delicadeza y potencia, reguladores para ir comprobando la querencia bien resuelta, con seguro arranque de las trompas, filigranas de cuerda, quites de la madera, embistes frenados con el capote, gustándose en el gesto para llevarlo hasta los medios y dejarlo listo para los picadores por parte del maestro en las tablas, con un Andante quasi allegretto bien templado, gustándose, sin forzar para mantener la bravura, chicuelinas de tronío con las maderas al quite y un tercio muy mantenido por emoción, matizada en cada pase.

Segundo tercio donde en el Scherzo el maestro dejó a «la cuadrilla» lucirse con las banderillas, trompas y trompetas (bravo Soriano) cazadoras, imperiales como las de John Williams, de aire juguetón y ligero, mirando al tendido tras dejarlas por todo lo alto, a pecho descubierto siempre controlando cada par el maestro valverdeño, maderas coloridas contrastadas y un auditorio conteniendo el aliento porque el toro quería cabecear pero sin derrotar por ningún lado, manteniendo la nobleza y el trapío antes del cambio de tercio.

Tras el brindis al cielo, muleta y espada de matar para el esperado «de la verdad», un Finale, con toda la cuadrilla atenta y el maestro dominador y dominando, naturales arrimándose siempre inmaculado, creciendo en cada pase, dejando respirar, con paso firme, templando, sabiendo de memoria por dónde iba a derrotar Romántica sin apurar más de lo justo. Pases sin enmendarse, mirando al tendido, el albero recordándome el «desierto arábico» del Lawrence Jarre, en medio del ruedo sin miedo, valiente, tocando suavemente los cuernos, amansando y apurando con todo un repertorio de pases y pausas sin necesidad de entrar a matar, pues la faena resultó tan noble como el enorme morlaco, y las emociones a flor de piel permitieron un triunfo sin sacrificio, con indulto y vuelta al ruedo para Romántica y salida del maestro por la puerta grande con ovaciones ya tomada la alternativa de matador con su cuadrilla a la altura del consolidado titular onubense que seguirá triunfando como primer espada en todos los cosos.

Musicalmente una Cuarta de Bruckner que ha puesto el listón muy alto, superado con éxito por una OFIL enorme en todos los sentidos y un Lucas Macías luchador, trabajador, comprometido, valiente, conocedor de las virtudes de sus músicos siempre flexibles y versátiles que están dando lo mejor en cada actuación tanto sobre el escenario como en el foso.

Larga vida al vienés renacido que sigue sonando cada día mejor y en más conciertos.

PROGRAMA:

Jesús Rueda (1961):

Vísperas

(Ciclo «Mapa sonoro de Vetusta». Obra por encargo de Oviedo Filarmonía y de la Orquesta Ciudad de Granada. Estreno absoluto.)

Samuel Barber (1910-1981):

Concierto para violín, op. 14

I. Allegro moderato
II. Andante
III. Presto in moto perpetu

Anton Bruckner (1824-1896):

Sinfonía n.°4 en mi bemol mayor, WAB 104

I. Bewegt, nicht zu schnell

II. Andante quasi allegretto

III. Scherzo. Bewegt; Trio. Nicht zu schnell. Keinesfalls schleppend

IV. Finale. Bewegt, doch nicht zu schnell

Heroísmo musical

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Viernes 28 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Una vida de héroe», abono 7 OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Richard Strauss y David Moliner.

En la mitología y el folclore, un héroe o una heroína es un personaje eminente que encarna la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura de origen. Para el séptimo de abono daba título al programa con mucho «heroísmo musical». En el encuentro previo al concierto el director titular nos presentaba al percusionista y compositor David Moliner (Cuenca, 1991) que nos hablaría del estreno español de su «Estructura IV» dedicada a la diosa del arco Iris, siguiendo la inspiración mitológica diosa griega, Iris mensajera entre los dioses y los humanos, mayormente retratada como la mensajera personal de Hera, pues en una de sus estancias en Dresde vio el colorido y la relación con Iris, hija de los titanes Taumante y Electra y hermana de las temidas Harpías. Epítetos comunes la describen como Iris de alas doradas, Iris la rápida, o Iris la de los pies ligeros, y toda la literatura de dioses que es capaz de relacionarse musicalmente.

Aunque su faceta de percusionista evidentemente influye en esta obra, que se estrenó en Lucerna el 26 de agosto de 2023 y sonó por primera vez en España el jueves en Gijón y este viernes en Oviedo, la labor compositiva del conquense la realiza -como comentó en el encuentro- en papel pautado y lápiz desde el piano, buscando armonías y forjando diferentes capas, como se refleja claramente en esta „Dämonischer Iris», obra para gran orquesta con cinco percusionistas que utilizan todo tipo de aerófonos, idiófonos y membranófonos: cantos de pájaros, carracas, timbales golpeando las baquetas en el «caldero», silbatos,  armónicas, güiros… todo un arsenal al que sumar piano alternando con celesta (de nuevo contando con el virtuoso Sergei Bezrodny), jugando como cuerda y placas percutidas que consiguen un colorido «de arco iris» por donde transcurre y explica el subtítulo de la composición de Moliner.

Un arranque sombrío solístico de todos los bombos llevándonos hasta profundidades acuáticas que esconden irisaciones, mientras la nutrida orquestación va tejiendo tímbricas, cambios de ritmo, un vals demoníaco y hasta cantos guturales bien medidos, metales poderosos utilizando una trompa wagneriana, cuerda comandada de nuevo por Roman Simovic (1981), que tuvo también su momento solista volviendo a demostrar  su implicación como «colaborador artístico», el lujo de tenerlo de concertino y el ánimo que insufla a toda la orquesta. Verdadero trabajo hercúleo esta partitura, el esfuerzo de todas las secciones con un sonido homogéneo y rico en matices, siempre bien llevada por el maestro portugués, e interesante ubicarla dentro del programa elegido, pues utilizaría casi la misma plantilla (la dejo abajo de esta entrada) que la última obra del último y frío día de febrero. Una obra que como la mensajera divina nos evocó alas doradas, rapidez, pies ligeros y toda una paleta de sensaciones orquestales bien escritas por Moliner y entendidas por Coelho. También muy bien apostar por obras de nuestro tiempo tan necesarias para educar el oído con nuevos repertorios y apoyar la labor heróica de ser compositor en España. La línea seguida por Nuno Coelho está bien orientada esta su tercera temporada, y es una lástima el poco público que está acudiendo y perdiéndose estas oportunidades que ofrece la orquesta de todos los asturianos.

La otra gran figura del concierto sería el director y compositor muniqués Richard Strauss (1864-1949), abriendo velada con este sexteto, la sonatina que abre la ópera Capriccio, op. 85, en versión de «cuerda expandida» (6 violines primeros, 6 segundos, 8 violas y seis contrabajos) que lograría el sonido camerístico unificado y bien equilibrado, de escritura exigente para los primeros atriles, con un empaste que sólo dan los años y la calidad de Simovic, Alamá y von Pfeil comandando este «gran sexteto».

Como broche el poema sinfónico «Una vida de héroe», op. 40 (1898), casi autobiográfico del compositor alemán, escrita en los Alpes bávaros, «heróica» como la tercera de Beethoven y también en la tonalidad de mi bemol. Partitura dedicada a su mujer  y curiosas las pinceladas previas del maestro Coelho donde explicó que el violín personifica a la esposa del compositor alemán (entre Munich y Viena) con su carácter especial, de altibajos, chillidos, momentos punzantes y hasta violentos, también bostezos, mujer malhumorada pero necesaria para Strauss (pues aún así estuvieron casados más de 50 años). Obra casi megalómana de tres cuartos de hora sin interrupción para los seis números o capítulos, con una orquestación impresionante, que le va como anillo al dedo a esta OSPA que siempre ha tenido en el alemán uno de los compositores que mejor han entendido e interpretado en todas sus obras sinfónicas (creo que han hecho el ciclo completo de sus poemas, ópera y hasta varias sinfonías en distintas épocas a lo largo de sus casi 33 años), y esta «vida» que resulta cual recopilación de tantas otras: Así habló Zaratustra, Till Eulenspiegel, Don Juan, Don Quijote, Muerte y transfiguración, Cuatro últimas canciones, Sinfonía Alpina, y un largo etcétera, que fue como resumir la historia hasta la actualidad de nuestra orquesta asturiana.

De nuevo poderosas y seguras todas las secciones: las 9 trompas compactas en sonido y presencia, 5 trompetas (con salida de tres fuera de una caja escénica hoy «para la ocasión» y cámara frontal para poder ver las entradas precisas de Coelho en ese lejano toque de guerra heróico), toda la madera -a cuatro- sonando excepcionalmente, cuarteto de trombones más dos tubas  (con mucho fuelle) logrando tímbricas casi organísticas, nuevamente la percusión impecable, mandando, y sobre todo la cuerda (incluyendo dos arpas), que creciendo desde el «gran sexteto» inicial volvió a dejarnos los solos de Roman Simovic (con un Stradivarius de 1709) emocionantes, música profundamente sentida e interpretada al alcance de virtuosos como él, cálida, presente en todos los matices y con la magia de conseguir un silencio sepulcral para disfrutar de todas sus intervenciones, sobre todo en el tercer número (La compañera del héroe) cual «mini concierto para violín» dentro de los episodios de la vida de este Strauss poco modesto y con autoestima altísima, al nivel de sus composiciones, interpretado con la humildad, entrega  y trabajo del violinista yugoslavo pero nacionalizado inglés y la química con todos sus compañeros, igualmente transmitida por el enérgico, conciso y expresivo Nuno Coelho. Heroísmo musical para despedir el mes más corto del año.

PLANTILLA:

PROGRAMA

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Capriccio, op. 85: Sexteto (arr. orquestal)

DAVID MOLINER (1991 – ):

Estructura IV„Dämonischer Iris”

RICHARD STRAUSS:

Ein Heldenleben (Una vida de héroe), op. 40:

Der Held (El Héroe)

Des Helden Widersacher (Los adversarios del Héroe)

Des Helden Gefährtin (La compañera del Héroe)

Des Helden Walstatt (El campo de batalla del Héroe)

Des Helden Friedenswerke (Las obras de Paz del Héroe)

Des Helden Weltflucht und Vollendung (La retirada del mundo y la consumación del Héroe)

Ángeles y demonios

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «A la memoria de un ángel»: Abono 6 OSPA, Carolin Widmann (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ravel, Berg y Brahms.

Aún con frío invernal llegaba el sexto de abono de la orquesta asturiana con su titular y Carolin Widman (Munich, 1976) a quien ya escuchásemos con la OFil en un Prokofiev de calado allá por noviembre del 2019 «prepandémico», recordado por la violinista alemana (incluso el mismo camerino de entonces con sus muchas horas de estudio antes de debutar en Nueva York), y esta vez afrontando el siempre angustioso y agotador concierto „Dem Andenken eines Engels“ (A la memoria de un ángel) de Alban Berg, que tanto ella como el director nos contaron en el encuentro previo al concierto.

Tomo para esta entrada el título de «Ángeles y demonios», tanto por el homónimo de Dan Brown por novelesco y cinematográfico, como por los tantos cuentos infantiles donde la infancia no siempre es alegre, los niños verdaderos angelitos que pueden tornarse diabólicos, a fin de cuentas la propia vida entendida esta vez desde la música. Maurice Ravel escribió en 1910 una colección de piezas para piano a cuatro manos  «para los hijos de Mimi y Jean Godebski, a quienes leía cuentos infantiles. Un año más tarde, como terminó siendo distintivo de él, Ravel reelaboró la obra para orquesta, sacando a la luz una profundidad que había dejado oculta en la creación original. Las tímbricas, ampliaciones armónicas y el tratamiento textural elevan su denotado exotismo primigenio hacia una panoplia musical llena color y, por momentos, dramatismo sin pretensiones trágicas» como bien nos cuenta Israel L. Estelche en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras), esta suite orquestal donde saborear la ingeniosa orquestación de los cinco números, «marca de la casa» del vasco-francés conmemorando el 150 aniversario de su nacimiento con su música, siempre agradecida de escuchar y todo un reto instrumental que el maestro portuense llevó con aplomo, pinceladas de luz y alegría, para seguir constatando el buen momento de nuestra OSPA. Cada sección brilló y sonó compacta, gustándose en las intervenciones, con la cuerda esta vez liderada por el murciano Jordi Rodríguez Cayuelas, hoy también con el arpa de Mirian del Río y la celesta de Bezrodny, virtuoso como siempre, con un Pulgarcito gigantesco, la madera impecable (flauta, corno inglés, fagot…), metales redondos, casi como La Bella y La Bestia enamorándonos, y la percusión «en su salsa» porque momentos como esa Emperatriz de las pagodas ponen a prueba el virtuosismo y buen gusto en la búsqueda del timbre ideal, esos detalles tímbricos que enriquecen  toda partitura sinfónica. Si la orquesta es la paleta de colores para que el director pinte el lienzo sonoro, esta Ma mère l’oye  (Mi madre la oca) tuvo acuarelas, tinta china, óleo y hasta pasteles con los que ilustrar estos cinco cuentos donde hay un dramatismo subyacente más allá de ver crecer a los niños y hacerles disfrutar con relatos que todos conocemos, y que citando de nuevo al musicólogo y compositor santoñés, parece dar el hilo conductor al programa, pues «Berg y Ravel compusieron sus respectivas obras incentivados por su relación con la infancia y juventud, aunque por razones totalmente divergentes: la exaltación de la fantasía y la ternura de la infancia, y la muerte por enfermedad de una joven que comenzaba a vivir».

La muerte de un niño es siempre dolorosa, una tragedia que marcará los años siguientes, sobremanera para sus padres, por lo que el Concierto para violín (1935) de Berg es la expresión sin buscar comprensión de un hecho tan difícil de explicar o digerir (y que la OSPA con Milanov y Renaud Capuçon ya interpretasen en junio de 2014). Encargo del violinista Louis Krasner (y estrenado en el Palau de la Música de Barcelona el 19 de abril de 1936), sus dos movimientos son verdaderamente como  «ángeles y demonios». Escrito como un recuerdo tempestuoso más que homenaje a Manon Gropius, hija Walter Gropius y Alma Mahler, muerta de polio ese mismo año: el Andante-Allegretto es el testimonio de la feliz infancia, mientras el Allegro-Adagio que sorprendió al compositor en plena escritura, vuelca sus propias angustias y doloer en este concierto que pasó a titularlo «A la memoria de un ángel».

Las cuatro cuerdas al aire comienzan a (d)escribir con la madera la inocencia, narrado por el Guadagnini (1782) de una Widman con esta joya capaz de sacarle nanas y gritos desgarradores, viniéndome la imagen del ángel caído en el Retiro madrileño. Coelho  sabemos que es buen concertador y el concierto mantuvo el carácter desgarrador en la orquesta que es el telón de fondo sonoro para este concierto donde sería la muniquesa quien volcó, desde su técnica impresionante, una interpretación interiorizada, sentida, compungida hasta en su gestualidad corporal, dobles cuerdas, arco rompedor por momentos, pizzicati punzantes y todo un catálogo de recursos que en sus manos parecen contagiarnos cada expresión. «El dolor de Berg se muestra (…) a través de unas melodías dramáticas, amplias, suspendidas y cantábiles, extrayendo todo el potencial diatónico del sistema dodecafónico. Unas características que muestran la influencia de Brahms y Wagner (y, por supuesto, Bach) inculcadas en la enseñanza de Schoenberg» de nuevo tomando las palabras de López Estelche para un concierto exigente que deja exhaustos a todos, con el coral „Es ist genug” (Es suficiente) de dios Bach, «desde las profundidades más bajas hasta las alturas sublimes» dejándonos un hilo de esperanza en el más allá, por lo que resultó comprensible la ausencia de propina pese a los muchos y merecidos aplausos a la solista alemana de un público nuevamente poco numeroso en el auditorio ovetense (y esta vez no había más oferta).

Melodías expresivas en la primera parte que continuarían con la Tercera Sinfonía (1883) de Brahms, para muchos, entre los que me incluyo, su mejor sinfonía por grandeza, fuerza y bella como Dvořák destacaría tras escuchar el primer y último movimiento interpretados por el compositor en una visita a la capital austríaca, que también recogen las notas al programa. Cuatro movimientos afrontados con valentía y seguridad por parte de Coelho que insufla a la orquesta el empuje y confianza para una interpretación de muchos quilates. Gesto claro, preciso, con una mano izquierda que maneja las dinámicas y balances para poder escucharse todo en su plano. En el Allegro con brio ya pudimos comprobar la línea a seguir, sonido compacto y limpio (puede que eche de menos añadir una tarima para los cuatro contrabajos que ayuden a cargar los siempre necesarios graves), solos donde los primeros atriles marcan la expresión bien arropados por el resto, matices amplísimos desde unos pianissimi con calidad hasta los siempre necesarios fortissimi que nunca resultan estruendosos, destacando que en esta tercera los finales no son poderosos sino delicados como bien resaltó el titular portugués, buen maestro de ceremonias capaz de expresar de palabra y aún mejor con la música la belleza del compositor alemán. El Andante emocionó con el clarinete inspirado de Andreas Weisgerber pero especialmente el conocido Poco allegretto fue una cascada de lirismo, desde los cellos al solo de trompa de José Luis Morató, el Brahms romántico a más no poder, para acabar con el Allegro valiente en el tempo, jugando con los contrastes, en una interpretación coherente, bien delineada  con contrapuntos destacados  al detalle (de nuevo ‘dios Bach’ en la estructura), el melodismo puro del mejor sinfonismo germano con la sinfónica asturiana.

Y la próxima semana un estreno de David Moliner más el sexteto Capriccio, op. 85 y Una vida de héroe (de R. Strauss), nuevamente con Nuno Coelho y el regreso de Simovic como concertino, un plus de energía para cerrar febrero, que contaré desde aquí.

PROGRAMA

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

«Ma mère l’oye»: Suite

I. Pavane de la Belle au bois dormant – II. Petit Poucet – III. Laideronnette, Impéra- trice des pagodes – IV. Les Entretiens de la Belle et e la Bête – V. Le Jardin féerique

ALBAN BERG (1885 – 1935):

Concierto para violín «A la memoria de un ángel»

I. Andante – Allegretto / II. Allegro – Adagio

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90

I. Allegro con brio – II. Andante – III. Poco allegretto – IV. Allegro

Alquifol Rosado

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Viernes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «El sinfonismo de Dvořák»: Abono 5 OSPA, Alberto Rosado (piano), Shiyeon Sung (directora). Obras de Weber, Inés Badalo y Dvořak.

El papel de las mujeres en la música parece haber llegado para quedarse en este siglo XXI, y tanto directoras como compositoras están ganado protagonismo a nivel mundial. El programa del quinto de abono de la orquesta asturiana estaba organizado a la manera clásica (espero algún día se atrevan a cambiar el orden) con obertura, concierto (con estreno mundial el día antes en Gijón) y una sinfonía, pero al menos teníamos como actual tanto música de nuestro tiempo de una compositora, como una directora premiada en esa mina que es el concurso de dirección Gustav Mahler que organiza la Sinfónica de Bamberg.

Lo más interesante para mí era el concierto para piano y orquesta de la hispanolusa Inés Badalo (Olivenza, 1989) titulado «Zafre», un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas, que la propia compositora y el solista, Alberto Rosado (Salamanca, 1970) nos presentaron antes del concierto en la sala de cámara con Fernando Zorita de maestro de ceremonias. La RAE define zafre como «Óxido de cobalto mezclado con cuarzo y triturado, que se emplea principalmente para dar color azul a la loza y al vidrio» y es sinónimo de alquifol, de aquí tomo el título para esta entrada. Principalmente el zafre es óxido de cobalto mezclado con cuarzo y hecho polvo, y la palabra viene del árabe zahr, que a su vez parece provenir del persa zahr. La pacense nacida en la raya con Portugal, aunque de pocas palabras (su lenguaje es el musical), nos habló de esa búsqueda de timbres como colores, yo diría que una verdadera química sonora del siempre caro y rico azul cobalto, corroborado por el pianista charro que comentó como paisaje sonoro y también poliédrico por la cantidad de sonoridades que incluye desde todos los puntos de vista, todo un especialista en la música de los compositores vivos, y mejor si están presentes en los ensayos para entrar en detalles más allá de unas partituras que no todos los intérpretes están acostumbrados a descifrar aunque sea el lenguaje de nuestros días (desde hace cien años). Todo bien detallado en el papel que los músicos de la OSPA agradecieron poder trabajar y el solista también. Las notas al programa de Eduardo G. Salueña (que no figura por error sino el del anterior abono) analiza a la perfección esta interesante obra: «(…) profundiza en el color tímbrico y explora la expresividad a través de efectos de diversa índole. Entre estas técnicas extendidas destacan algunas alteraciones en los instrumentos (uso de papel de aluminio en la campana del clarinete para modificar su sonido), su interacción con otros elementos (como los Thai gongs golpeados en agua y elevados para potenciar su glissando) o la forma de tañer las cuerdas (con plectro las del piano o una tarjeta las del arpa). La obra está dedicada a dos intérpretes de piano contemporáneo: el portugués João Casimiro Almeida, quien grabó una reciente versión del de Badalo, y el salmantino Alberto Rosado, encargado del estreno de Zafre».

Se dice del azul cobalto que infunde serenidad, profundidad y una energía renovadora, y desde su descubrimiento «ha sido sinónimo de lujo y exclusividad, utilizado por artistas a lo largo de la historia, desde las dinastías chinas hasta los maestros del Renacimiento, este pigmento no solo era valorado por su intensa belleza sino también por su durabilidad y resistencia a la decoloración. Este color es un puente entre el pasado y el presente, llevando consigo la esencia de la nobleza, la creatividad y la tranquilidad». Puedo utilizar todo lo anterior para describir esta obra que aporta vitalidad y belleza a cualquier espacio, pues la composición de Badalo posee todas esas cualidades, llena de búsquedas tímbricas (se nos hizo difícil encontrar qué instrumento suena ante el trampantojo sonoro con el que los presenta), energía y calma, dibujando auténticos estados anímicos. El papel del piano es exigente siempre, trabajando clusters potentes, por momentos utilizando mitones, pinzando las cuerdas, frotándolas, golpeadas cual máquina de escribir, y con el pedal de reverberación ayudando a crear esos ambientes evanecescentes donde también los tres percusionistas tuvieron sus solos (todo un reto) especialmente con los gongs, más una cadencia del solista cual alquimista sonoro, sin olvidarme de la surcoreana Shiyeon Sung (Busán, 1975), el auténtico crisol para alcanzar este cobalto exclusivo y lujoso con una dirección académica en el gesto, precisa, clara y enérgica sin necesidad de excesos corporales.

El maestro Rosado mantuvo el lenguaje actual con la propina del estudio nº 10 -libro 2- del rumano György Ligeti (1923-2006): «El aprendiz de brujo» Der Zauberlehrling (Prestissimo, staccatissimo, leggierissimo)- que complementó perfectamente el mágico concierto previo, la línea melódica danzante en perpetuo movimiento con acentos en staccato dispersos como gotas de color y que el compositor dedicó al gran pianista Pierre-Laurent Aimard. Esta vez el color fue rosado…

De la OSPA, hoy con plantilla adecuada y alumnado del CONSMUPA entre ellos, seguir corroborando el buen momento que atraviesa independientemente de quién les dirija y de nuevo con el austriaco Benjamin Ziervogel como concertino. Así la obertura de Oberon (Carl María von Weber), página independizada y más conocida que la propia ópera, mantuvo ese sonido compacto en todas las secciones, excelentes las trompas, toda la madera impecable y una orquesta siempre bien balanceada por la directora surcoreana, con pasajes donde disfrutar del clarinete (como un trailer de los conciertos de Weber) cargados de matices y cambios de tempo fidedignos a la partitura (me gusta contemplar en el atril las ediciones «grandes» en vez de las más habituales «de bolsillo»).

Y el sinfonismo siempre presente, esta vez con Dvořak y la séptima compuesta en Londres entre 1884 y 1885, no tan popular como la quinta o novena pero igual de exigente para toda orquesta, y también conocida como «Gran sinfonía». La directora Shiyeon Sung fue la batuta segura que marca todo a la perfección y tiene una mano izquierda con la que matizar cada pasaje dejando que la música fluya, apretando el aire sabedora de la respuesta de los músicos que volvieron a demostrar calidez y calidad. Con la plantilla ideal, todas las secciones pudieron escucharse en su plano sonoro, limpias, musicalidad en todas las intervenciones con maderas en feliz conjunción, metales brillantes sin estridencias, timbales mandando y la cuerda sedosa, precisa, alcanzando una sonoridad propia que solo el tiempo y el trabajo consiguen, destacando el Scherzo: Vivace.

Todo un detalle de la maestra al sacar al alumnado del conservatorio a saludar (una violinista primero, que no figuraba en el programa de mano, más el flautista Lucas Santos  y José Manuel Padín, trombón).

Una más que aseada séptima del checo para seguir manteniendo el nivel de los últimos conciertos de abono. Volverán el día 21 con el titular Nuno Coelho para los siguientes, y la violinista Carolin Widmann con otro programa, igualmente organizado que este quinto, pero también interesante.

PROGRAMA:

CARL MARIA VON WEBER (1786 – 1826)

Oberón: obertura, J. 306

INÉS BADALO (1989 – )

Zafre

ANTONIN DVOŘÁK (1841 – 1904)

Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70

I. Allegro maestoso – II. Poco adagio – III. Scherzo: Vivace – IV. Finale: Allegro

G de SwinG

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Domingo 9 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos de Invierno, «George Gershwin: el puente entre la música clásica y el jazz». Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Henar F. Clavel (piano), David Colado Coronas (director).

Como bien se titulaba este concierto, George Gershwin es el puente entre la clásica y el jazz, o si se prefiere, la traslación sinfónica de la única música genuinamente estadounidense. El catálogo del pianista y compositor nacido en en el barrio neoyorquino de Brooklyn abarca muchas obras que hoy consideramos standards por lo conocidas que son en múltiples versiones, con muchas utilizadas en el cine -como las dos últimas de este concierto dominical- y verdadero avance al alcanzar el repertorio sinfónico, sin perder de vista que nacieron para las llamadas Big Bands, así que poder escucharlas por la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» fue casi acudir a la fuente original, incluso con los arreglos del compositor y clarinetista belga Cornelius Marcel Peeters (1926-2020) o del japonés Naohiro Iwai (1923-2014), buenos conocedores de la instrumentación para banda que han hecho llegar repertorios «clásicos» a estas formaciones, verdadera auténtica cantera musical de ayer, hoy y siempre.

La Obertura Cubana calentaba motores con aires caribeños en aquellos tiempos donde La Habana era el gran casino de los yanquis, ritmos y melodías que nos recuerdan a melodías como El Cumbanchero o El manisero con clarinetes y saxos «emulando» a los violines sinfónicos junto a una percusión algo lejana pero manteniendo el empuje de esta página.

Aún recuerdo el año 1982 donde aprovechando el Mundial de Fútbol se representó por vez primera en el Campoamor la ópera Porgy and Bess con tantas melodías que han ido tomado vida propia en todas las versiones, así que el arreglo del músico belga estuvo más cercano al swing natural que a la lírica, de nuevo con una banda bien ensamblada, una percusión ajustada y bien cuidados los distintos temas por parte del maestro Colado.

Otro tanto sucede con Un Americano en París donde la película con Gene Kelly permanece en nuestra memoria. El músico japonés rehace esta página del neoyorquino dándole la magnificencia que otorga una banda sinfónica con contrabajo y arpa «de teclado» (a cargo de Lisa Tomchuk) más todo el poderío de los metales, un arreglo que nos permitió disfrutar de los excelentes solistas de la banda ovetense (muy bien la saxofonista Helena Maseda y la percusionista Susana Escaño con la bocina y flauta de émbolo), y un sonido compacto además de contundente en todas las secciones.

Y en este puente jazzístico desde la banda llegaba la Rhapsody in Blue, también muy cinematográfica en «Fantasía 2000» de Walt Disney, en Oviedo con la joven pianista Henar F. Clavel (Avilés, 2006). No es habitual encontrar la versión con banda en vez de orquesta porque la sonoridad es mayor y hasta los «colores» cambian, como todavía recuerdo en Barcelona ya hace años con la asturiana Carmen Yepes. El propio Gershwin la escribió originalmente para piano solo (con él en el estreno) y banda de jazz (donde no ponía los instrumentos sino el nombre de los músicos), con ese arranque de clarinete solo (hoy no muy inspirado). No hubiera estado mal reducir plantilla para acercarnos a la esencia porque la gran plantilla no permitió escuchar el piano con toda su presencia, y por momentos pareció un instrumento más en vez de solista, pero aún así no siempre se puede acceder a la versión con orquesta sinfónica y seguro que a la joven avilesina le vino bien poder trabajarla. Los solos demostraron su personalidad, jugando con los tempi y dejándonos casi al «Rachmaninov de Brooklyn» con algunas notas que se perdieron por el camino sin restarle valentía y fuerza. Henar Clavel tiene mucha carrera por delante y capacidad para afrontar cualquier repertorio, mas tendrá que «templar el ánimo» pues su ímpetu juvenil puede perderla (algo que curará con los años para alcanzar la madurez). La formación clásica da una técnica que es válida para todo, también para el jazz (mi recuerdo para Moisés P. Sánchez) pero me decanto por versiones más cercanas al original (recomiendo las de Michel Camilo) o sin miedos a mostrar esa «segunda vía» caso del propio Bernstein, todo un omnívoro como intérprete y compositor, por otra parte tan cercano al propio Gershwin que la tituló «Un experimento en música moderna», siendo otro estadounidense, Ferde Grofé, quien la arreglaría para orquesta.

De propina y sumándose como un atril más, la versión para banda del Danzón nº 2 de Arturo Márquez para dejarnos el calor de esta música cosmopolita de aires caribeños para esta tarde de domingo que llenó el Auditorio.

PROGRAMA

George Gershwin (1898-1937):

1.- Cuban Overture

2.- The Porgy and Bess Collection (arr. C. M. Peeters)

3.- An American in Paris (arr. N. Iwai)

4.- Rhapsody in Blue (solo Piano and Concert Band)

Propina: A. Márquez: Danzón nº 2.

El instrumento perfecto

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Lunes 27 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Royal Concertgebouw Orchestra, Janine Jansen (violín), Klaus Mäkelä (director). Obras de Purcell, Britten, Dowland y Schumann. Fotos propias y de Alfonso Suárez.

Cada pianista suele tener (y a menudo elegir) una marca con la que se identifica y siente más cómodo para sus conciertos, y así Steinway©, Yamaha© o Bösendorfer© son el instrumento preferido aunque normalmente tengan que «lidiar» con otros y no siempre en el estado ideal para una buena interpretación. Pese a todo tampoco todos saben sacar el máximo partido a un buen piano, y el buen ejecutante siempre hará sonar como suyo todo teclado con el que se encuentre, mientras tampoco las buenas marcas son seguro de buen concierto dependiendo quién las haga sonar.

Este paralelismo pianístico inicial lo traigo por el orquestal, recordando a Berlín, Viena o Ámsterdam, pues sus filarmónicas son como empresas que suponen tener el material con el que todo intérprete quiere construir, formando parte suya, y los directores ponerse al frente con «el instrumento perfecto». Por Oviedo han pasado esas «tres marcas» y no siempre con el mejor ejecutante de tan grandes instrumentos sinfónicos, pero tengo claro que el finlandés Klaus Mäkela (Helsinki, 17 de enero de 1996) hace sonar más que bien toda orquesta que dirige, haciéndose el deseado desde la primera  vez que trabaja con ellas y asombrando allá donde quieren «ficharlo».

Si en Granada me ganó para la causa con dos conciertos y una buena orquesta como la de París -que dicho sea de paso no está entre las «marcas famosas»- ya en Oviedo (parada entre Barcelona y Madrid) venía con la Real Orquesta del Concergebouw de Ámsterdam (RCO) de la que será su titular a partir de 2027 (simultaneándola con la de Chicago) para seguir reafirmándose como «uno de los más prometedores jóvenes directores del mundo» en el más esperado de los conciertos de esta temporada, «transformando cada debut en algo similar a un flechazo sentimental« como escribía en una entrevista de este lunes Pablo L. Rodríguez, autor de las notas al programa. El director finlandés es un intérprete de altura que, con un instrumento perfecto como la real orquesta neerlandesa (parece no es correcto decir holandesa), volvió a enamorarnos y hacer caer rendido a un auditorio al completo, sabedor de estar ante otro concierto histórico en la capital asturiana.

Este programa que traían a Oviedo (y segundo de Madrid, que no harían en Barcelona) podría calificarse de atrevido por inusual pero muy coherente al encontrarnos para la primera parte con la Marcha de la «Música para el funeral de la Reina Mary», Z. 860 de Purcell junto al Concierto para violín y orquesta, op. 15 de Britten ya con Janine Jansen (Soest, 7 de enero de 1978) preparada, pues el solo de trompetas y trombones a pares con el atabal enlazarían sin pause con el redoble de timbal que arranca el primer movimiento del concierto de violín. Y es que Britten fue devoto admirador de su compatriota Henry Purcell, al igual que un excelente intérprete de Schumann (para la segunda parte) tanto al piano como dirigiendo. El inicio de los solistas de la RCO mostró al Mäkela inteligente en dejarles mandar sin marcar, pues ya conocemos cómo trabaja el joven finlandés. Y la entrada del concierto de Britten ya resaltó las características tan personales de su arte de dirigir. Perfecto concertador atento a la solista y capaz de sacar toda la gama dinámica de la orquesta para poder disfrutar al completo la emocionante interpretación de Janine Jansen con su Stradivarius ‘Shumsky-Rode’ (1715). Todos ellos se conocen, trabajan juntos a menudo y la complejidad técnica del compositor británico no fue obstáculo para ninguno de los artistas demostrando respeto, admiración y un amor por la música común.

El sonido de la violinista de Países Bajos es increíble, llega a todos los rincones con una paleta de recursos y colores únicos, hasta en los armónicos. Su musicalidad trasciende más allá del propio instrumento, es corporal, con un arco tan increíble como su digitación estratosférica, pura emoción que transmitió en los tres movimientos, siempre perfectamente balanceados por Mäkela y una RCO ideal en sonido y empaque con la plantilla perfecta (calcular a partir de la cuerda: 14-12-1o-8-6, hoy comandada por el concertino Vesko Eschkenazy). Las indicaciones de Agitato o Animando fueron literales hasta la Cadenza previa al inicio del tercer movimiento que logró un reverencial silencio por parte de todos hasta ponernos la carne de gallina. Este triunvirato de «solista, orquesta y director» en este concierto logró engrandecer esta primera parte que dejó muy alto el listón y exhausta a la virtuosa, saliendo a saludar hasta en cinco ocasiones pero imposible regalar una propina tras el esfuerzo físico y mental de un Britten para el recuerdo.

Con la misma coherencia llegarían las obras unidas en la segunda parte: las Lachrimae antiquae de Dowland y la poco interpretada segunda de Schumann (además de continuación de la primera, pues como bien relata Luis Gago en el programa de mano para Ibermúsica, «Robert Schumann como Benjamin Britten padecieron fuertes episodios melancólicos o, en terminología más moderna, depresivos. Se acentuaron, claro, al final de la vida de uno y otro como consecuencia de la enfermedad: los trastornos mentales derivados de una antigua y muy probable infección de sífilis en el primero y severas dolencias cardíacas en el segundo, que afectaron seriamente a la movilidad de la parte derecha de su cuerpo de resultas de un infarto, lo que le impidió tocar el piano, una de sus ocupaciones predilectas, y le obligó a desplazarse en silla de ruedas»). Y estas notas las titula «Melancolías» pues nadie como Dowland puede traducir este sentimiento y el arreglo elegido para el concertino, el violín segundo, dos violas y cello de la RCO cual ensamble de violas renacentista, verdaderas lágrimas antes de la Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 de Schumann dirigidas de memoria por un Mäkela que las conoce a fondo, al igual que los neerlandeses.

La gestualidad del director finlandés es propia, estilizado cuerpo cimbreante, danzante por momentos, encogido o estirado, con una mano izquierda que frasea, delinea, agita, corta o aminora, más la batuta cual varita mágica ágil, vibrante, marcando sin ofender y dibujando en el aire. Escuchar esta segunda sinfonía de Schumann (estrenada en Leipzig el 5 de noviembre de 1846) observándole dirigir es un placer visual junto al sonoro. Escrita durante los primeros síntomas del deterioro mental que según confesión del compositor  «hablaba de la resistencia del espíritu» -lo que le supuso una verdadera batalla contra su mala salud- si el programa de este concierto demuestra cohesión de principio a fin, esta segunda sinfonía también. Mi admirado tocayo la disecciona como buen profesor en las notas al programa, y puedo comentarla a partir de ellas: A través de un tema común siempre claro en la RCO, presentado en el allegro inicial por unos metales siempre nobles en un tempo «un poco più vivace», el mismo tema que volvería a sonar al final del movimiento y también del scherzo, siempre enunciado por la misma familia de instrumentos con una claridad meridiana de los neerlandeses. El scherzo va en segundo lugar en vez del habitual adagio, y jugando con las notas del nombre de Bach en alemán. Mäkelä subrayó la ternura del Schumann más lírico, apoyado primero en una cuerda increíble, donde las fusas a unísono sonaban todas a una perfectamente encajadas, más el momento estelar del oboe (recordando que Lucas Macías ocupó esa plaza). El último allegro victorioso resultó impecable, triunfante y elegante como la dirección de Mäkelä, con el movimiento del que Schumann afirmó le hizo revivir y sentirse mucho mejor de su aflicción al ponerle punto final, y así nos hicieron sentir este instrumento perfecto con el mejor intérprete del momento.

Y de regalo otra delicatesen para recordar: el Andantino del entreacto nº 3 de la «Rosamunde» D. 797 de Franz Schubert, imposible mejorar lo escuchado este último lunes de enero en Oviedo, fecha para la historia musical de «La Viena Española» que no me cansaré de repetir.

PROGRAMA:

Primera parte

Henry Purcell (1659-1695):

Marcha de la «Música para el funeral de la Reina Mary», Z. 860

Benjamin Britten (1913-1976):

Concierto para violín y orquesta, op. 15

I. Moderato con moto – Agitato – Tempo primo

II. Vivace – Animando – Largamente – Cadenza

III. Passacaglia: Andante lento (Un poco meno mosso)

Segunda parte

John Dowland (1563-1626):

Lachrimae antiquae

Robert Schumann (1810-1856):

Sinfonía n.° 2 en do mayor, op. 61

I. Sostenuto assai – Un poco più vivace – Allegro, ma non troppo

II. Scherzo: Allegro vivace

III. Adagio espressivo

IV. Allegro molto vivace

Campanas de esperanza

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Un programa atractivo y exigente marca el estreno de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»

Pablo Siana

Jueves, 31 de octubre, 20:00 horas. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jaeden Izik-Durko (piano), Oviedo Filarmonía, Vincenzo Milletarì (director). Obras de Martínez Burgos, Scriabin y Tchaikovsky.

(Crítica para LNE del sábado 2, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Jueves otoñal cerrando octubre para la inauguración de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» dedicada a las víctimas de la DANA y guardando un respetuoso minuto de silencio antes de comenzar el concierto con el absoluto ganador en todas las categorías del XX Concurso Internacional de Piano de Santander “Paloma O’Shea (2022) o del 67º María Canals barcelonés entre otros muchos: el canadiense Jaeden Izik-Durko (Salmon Arm, 1999), tras su recital en solitario para la Sociedad Filarmónica de Gijón en febrero de este año, esta vez junto a la Oviedo Filarmonía (OFIL), y el regreso al podio del director italiano Vincenzo Milletarì (Taranto, 1990), a quien disfrutamos dirigiendo la clausura de los Conciertos del Auditorio 2022 en una excelente Gala lírica.

Para esta triste noche de difuntos que contrastaba con el ambiente juvenilmente festivo, un programa atractivo y exigente manteniendo la estructura habitual de estreno, concierto solista y gran sinfonía, para poner a prueba a la siempre versátil y cada vez más madura orquesta ovetense. El programa comenzaba con el estreno absoluto del madrileño afincado en Asturias Manuel Martínez Burgos (1970) titulada «…humanidad que viene de las tinieblas, y se esfuerza, incansable, por llegar a la luz…», obra encargo de la AEOS en colaboración con la SGAE, inspirada en «La Regenta» de Clarín para conmemorar el 25 aniversario del Auditorio y la OFIL. Tomando como título una frase del propio Leopoldo Alas, la obra comienza con una introducción de 25 campanadas metafóricas (pienso que la cercanía de la Wamba catedralicia al CONSMUPA está en el subconsciente del catedrático) donde a la Vetusta musico-literaria va hilvanándose y sumándose las distintas secciones en tres capítulos sin interrupción coincidentes con los párrafos de la cita: I. …humanidad que viene de las tinieblas, II. y se esfuerza, incansable, III. por llegar a la luz…. La luz como símbolo del conocimiento tanto para el escritor zamorano tan asturiano ya como el doctor por la Universidad de Oxford, quien “parirá” esta obra entre 2022 y 2023 como otro hijo sinfónico que al fin vio la luz jugando con todas las combinaciones posibles de la tímbrica orquestal que nuestro catedrático domina como pocos: paleta sinfónica muy rica desde un lenguaje actual y reconocible, la sombra inicial con música abrumadora por momentos, el esfuerzo del camino lírico y melódico con una cuerda sedosa, y la esperanza final llena de fulgurantes ritmos que nos recuerdan al mejor Bernstein, colorista y optimista en su conclusión con el impactante final para lucimiento de metales y percusión de una OFIL bien llevada por Milletarì, recogiendo los grandes aplausos del público junto al propio compositor.

El Concierto para piano y orquesta en fa sostenido menor, op. 20 (1896), de Alexander Scriabin (1872-1915) nos permitió en sus tres movimientos corroborar las buenas sensaciones, técnica y musicalidad de Izik-Durko gracias a una excelente concertación del maestro italiano. La primera composición orquestal del ruso, transición entre siglos y armónicamente muy particular pero aún con influencias de Chopin o Liszt, es una obra introspectiva, refinada y repleta de impulsos, como así la entendieron los intérpretes: un contundente Allegro, bien balanceado, el delicado Andante central con un dúo clarinete-piano emocionante, y el enérgico Allegro moderato final, con el canadiense sabiendo equilibrar brillo y fusión junto a una OFIL siempre clara en todas sus secciones y Miletarì atento a cada detalle gracias a la buena comunicación visual y gestual.

La propina tenía que ser también de Scriabin: el Andante cantabile en fa sostenido mayor de sus “2 Poèmes”, op. 32, casi un actualizado homenaje a Horowitz, uno de los valedores de su compatriota.

Y como suelo repetir a menudo “no hay quinta mala”, porque la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Piotr Ilich Tchaikovski (1840-1893) no solo enlaza con la esplendorosa Rusia musical y la contemporaneidad con el anterior Scriabin, sigue siendo una de las más grandes páginas orquestales para gusto de todos los públicos y verdadera prueba de fuego para los intérpretes. Representando el romanticismo último, su pura emocionalidad y melodismo fue bien captado por Miletarì que hizo “cantar” a la OFIL pasando por los estados de ánimo siempre actuales por cercanos, esta sinfonía atormentada que expresa como pocas un destino fatal pero enérgico y brillante. Es difícil aportar algo nuevo a tantas versiones de referencia, pero las sensaciones de desánimo a flor de piel hicieron que el director italiano arrancase el Andante – Allegro con anima iniciado con un pausado inicio antes de atacar con verdadera “alma” para  jugar con unos “tempi” muy contrastados y extremos, impecables los clarinetes en  el recurrente tema “del destino” que iría destilando sensaciones a lo largo de la obra. Las dinámicas también fueron amplias y manteniendo los balances en  el Andante cantabile, con alcuna licenza del maestro italiano en los “rubati” bien marcados, con el conocido y magnífico solo de trompa más una OFIL enriqueciendo la tímbrica. El Valse ligero y nostálgico sería un sólido puente antes del final explosivo, ese Finale: Andante maestoso – Allegro vivace donde la energía se transmitió con una orquesta de sonoridad compacta, madura, limpia, convencida y entregada, brillando todos sus solistas para la grandiosa conclusión que nos dejó una buena, además de personal, interpretación de esta otra “quinta joya” para un concierto esperanzador.

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