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Sorteando obstáculos

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 18:00 horas: Gran Teatro, Cáceres. Viena, punto de encuentro. Javier Perianes (piano), María Florea (violín), Joaquín Riquelme (viola) y Olaf Maninger (chelo). Obras de Schubert, Brahms y Mozart. Fotos propias y de Sandra Polo.

Si en la anterior entrada comentaba lo importante de una agenda, en la despedida de la capital (antes del cierre que también comentaremos desde aquí) aún habría más impedimentos que los buenos contactos y disponibilidad de los artistas tienen para este festival que ya avanzó las fechas de su quinta edición en 2027 (última semana de enero hasta el lunes 1 de febrero).

La indisposición del maestro Perianes tras el anterior concierto del viernes, estuvo a punto de cancelar este concierto que traía a los solistas de la Filarmónica de Berlín, y que otro contratiempo dejaría al violinista Luis Esnaola en Berlín al no tomar el avión por una Gripe A que no entiende de fronteras ni músicas. Con Riquelme y Maninger ya en Cáceres había que encontrar un violín que conociese el programa previsto de Schubert y Mozart encontrando en Barcelona a la muy reconocida María Florea (Esparreguera, 1993), concertino de la Franz Schubert Filharmonia, y muy solicitada en otras formaciones, además de conocida por los que estaban esperando ensayar y dominadora de ambas obras. El resultado nos pareció que llevasen años tocando juntos, talento nacional que seguimos exportando.

Aún quedaba un último contratiempo que fue la pérdida de la caja con los programas de mano, aunque estaba Antonio Moral para contarnos todo lo acontecido y desearnos que disfrutásemos porque el diluvio exterior invitaba a una velada que traía la Viena Imperial al Cáceres inmortal.

El concierto lo abría el Trío para cuerdas en si bemol mayor, D 471 (1816) de Schubert, bien encajados sus dos movimientos con una sonoridad perfecta, un mismo discurso en fraseos y contestaciones, para este romanticismo vienés que ya vivimos cantado pero necesitábamos también el instrumental.

Desde 2009 el murciano Joaquín Riquelme García (1983) es viola de la Filarmónica de Berlín que es la mejor presentación de un músico inmenso que es invitado por muchas orquestas como solista y al que he tenido la ocasión de disfrutar en Oviedo tanto con la OSPA en 2020 como con un Ensemble berlinés en 2022 y los hermanos Jussen, además de ser habitual en retransmisiones radiofónicas o televisivas, aprovechando para comentar que este concierto se grababa para Radio Clásica. Junto a un Perianes recuperado, nos ofrecían la Sonata n° 2 para viola y piano en mi bemol mayor, op. 120 (1895) de Brahms, originalmente escrita para clarinete pero que en este arreglo del propio compositor es casi más programada (también el de violín) por el color que consigue la viola, y más en las manos de nuestro murciano en Berlín.

El amor por la música de cámara en todas sus formas que el hamburgués que murió en Viena sentía le llevó a componer esta sonata para el clarinetista Richard Mühlfeld tras escucharle en el concierto de Weber. Pero también adoraba el cálido y rico sonido de la viola, publicando rápidamente esta versión que disfrutamos en Cáceres. El piano no es solo acompañante, es coprotagonista con pasajes virtuosos, casi orquestales, y el onubense sabe concertar a la perfección, por lo que los cuatro movimientos de esta sonata sonaron en todo el esplendor de matices, balances y tempi. Riquelme y Perianes son dos músicos inmensos (sin malentendidos y con mi chanza de amigo al verlos sobre el escenario) que no defraudaron en este Brahms tan camerístico y exigente para ambos.

Tras el descanso Mozart y uno de los cuartetos con piano más agradecidos de escuchar, que necesitan un encaje y entendimiento de años si se quiere exprimir todo el genio que el salzburgués atesora y asentado en una Viena que rebosaba música por todos los rincones y se trasladó a Cáceres.

Tres movimientos y cuatro intérpretes sonando equilibrados, protagonizando sus momentos más presentes, el piano cristalino brillando en los cromatismos y trinos, amoldándose a la cuerda para mantener esa unidad, con el trío berlinés-catalán dando nueva lección de musicalidad tanto entre ellos como con un onubense que está cómodo, igual en solitario como en lo sinfónico que lo hace camerístico porque entiende la necesaria unidad estilística del conjunto, aportando y remando todos para lograr hacer sentir «el cuarteto» como la formación más completa y verdadero banco de pruebas, tanto para el compositor como para los intérpretes y el público.

Finalizaba este intenso quinto día del IV Festival Atrium Musicae que se despedía de Cáceres aunque falte la Clausura en Plasencia y su Catedral… También la comentaremos desde aquí cual último capítulo de esta experiencia para repetir.

PROGRAMA:

I

Franz Schubert (1797–1828)
Trío para cuerdas en si bemol mayor, D 471 (1816):

Allegro – Andante sostenuto

Johannes Brahms (1833 – 1897)
Sonata n° 2 para viola y piano en mi bemol mayor, op. 120 (1895):

Allegro appassionato – Andante un poco adagio –  Allegretto grazioso – Vivace

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1991)
Cuarteto con piano en sol menor n°1, KV 478 (1785):

Allegro –  Andante – Rondo

La madurez de Yuja Wang

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Jueves 17 de enero, 19:30 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Yuja Wang (piano), Mahler Chamber Orchestra, Matthew Truscott (concertino), Fabien Gabel (director). Obras de Stravinsky, György Ligeti, Mozart y Chopin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Cada visita a Oviedo de la pianista china, afincada en Nueva York, Yuja Wang (Pekín, 1987) es un espectáculo desde su primer concierto en solitario allá por diciembre de 2009 (con algún comentario «fuera de lugar») y su vuelta en febrero de 2015. Aún he tenido la suerte de volver a escucharla en el Festival de Granada de 2023 con la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por Gustavo Gimeno, así que puedo presumir de comprobar su progreso acercándose a unos 39 años ya maduros en el universo de las 88 teclas en el que lleva desde su infancia.

Más allá de una imagen y un protagonismo en las redes sociales (RRSS) que vende y mucho, con un lleno de los históricos en un auditorio caldeado en todos los sentidos, la aportación de la china Wang al mundo del piano sigue siendo interesante y alejada de otros compatriotas donde solo parece importar el virtuosismo, que es necesario pero nunca suficiente. Y las obras elegidas para este regreso a “La Viena española” con la Mahler Chamber Orchestra (MCO) ha vuelto a demostrarnos que la artista afincada en NY nunca apuesta sobre lo seguro al dejarnos el famoso primero de Chopin junto al nada programado de Ligeti, que supone seguir ampliando su vasto repertorio.

En esta gira española de Wang y la MCO que arrancaba el día antes en el Palau de la Música Catalana, Oviedo sigue estando en el mapa, parada antes de Donosti y el salto a las Islas Canarias dentro de su Festival, con un programa lo suficientemente ensayado, por lo que hay que calificar de éxito rotundo tanto por las obras como por la respuesta de un público rendido a Wang, que desde Barcelona comentaban en las RRSS: «Puro virtuoso, elegancia y magnetismo. Ayer (…) la gran Yuja Wang y la Mahler Chamber Orchestra realizaron el desafiante ‘Concierto para piano’ de Ligeti, una obra de extrema complejidad, llena de ritmos irregulares y fascinantes texturas. Completaron la velada con el refinamiento neoclásico de la ‘Pulcinella Suite’ de Stravinsky, una selección del ‘Idomeneo’ de Mozart y el puro lirismo del ‘Concierto para piano nº 1’ de Chopin bajo la dirección de Fabien Gabel. ¡Otra noche de contrastes para recordar con entradas agotadas!». Se podría suscribir literalmente para este tercer jueves de enero en Oviedo.

La MSO también regresaba a Oviedo ocho años después tras un recordado Mozart con Mitsuko Uchida, y el genio de Salzburgo no faltaría esta vez, abriendo la segunda parte con dos números (I. Chaconne y II. Pas seul) del ballet de «Idomeneo», K. 367, mostrando sus mejores cualidades con una plantilla ideal, equilibrada, muy bien empastada en todas las secciones, con unas trompas aterciopeladas y siempre seguras, comandada la cuerda por el concertino Matthew Truscott y con Fabien Gabel (París, 1975) de estilo elegante, gesto claro y preciso, en un «clásico» donde esta orquesta con sede en Berlín y fundada por Abbado en 1997, es verdaderamente un «colectivo global» al que denominaba como «The Sound of Listening» (El sonido de la escucha).

Muy distinto el Stravinsky que abría la velada con la suite de Pulcinella (1922), K034 desigual, pese a una sección de vientos ejemplar, orgánica pero a la que le faltó «pegada» así como más impulso rítmico por parte de la batuta del parisino.

Gabel no encontró el balance ni equilibrio necesario en esta obra plena de «modernidad» que el ruso escribe en un neoclasicismo único. De cualquier forma estuvo bien ubicarla como preparación al «concierto con piano» de Ligeti donde una formación camerística jugaría con el piano de Yuja Wang (que también tiene en su repertorio los estudios del húngaro), a menudo opacado por unas dinámicas exageradas que también taparon las intervenciones de un concertino que no brilló como hubiésemos deseado.

El Concierto para piano y orquesta, escrito entre 1985 y 1988, supone en palabras del propio Ligeti «un cambio estilístico radical en mi escritura» como bien recoge en las notas al programa mi admirado musicógrafo Luis Suñén, donde el ritmo y las texturas son verdaderos protagonistas, citando de nuevo a mi amigo madrileño, afincado en tierras gallegas: «tomando el concepto de la fotografía, «el grano», según sea el deseo de mayor o menor veladura o densidad de su aspecto, evocando la relación entre píxeles e imágenes en una pantalla de televisión: la ilusión de movimiento es creada por elementos inmóviles». No quiero dejar de reflejar el impecable trabajo de los dos percusionistas que llevan el verdadero peso de este concierto tan sacrificado para ellos (pocas veces lo tocan), aunando color con un piano no siempre protagonista, al que Wang (en su estreno con esta obra) le intentó dotar de mayor presencia pero el director francés Fabien Gabel no «enfocó», más preocupado en no perder la pulsación ni el empuje rítmico que eché de menos en Stravinsky.

Cinco movimientos bien diseccionados por Suñén que explican esta obra tan poco habitual, difícil de escuchar, y provocando las mismas toses que el ruso siempre concita ¡en pleno siglo XXI!, sumándose un teléfono que parecía querer sumarse al «catálogo tímbrico» del húngaro:

«El primer movimiento emerge como una Toccata en la que el ostinato tiene un papel fundamental en su desarrollo. En el segundo, piano y orquesta llegan a una suerte de pacto que en el tercero adoptará la forma de un perfecto equilibrio entre la exactitud del discurso y la expresividad de sus líneas maestras. El cuarto ha sido definido por Pierre-Laurent Aimard como «un ejemplo de la articulación musical del idioma húngaro integrada como parte, a veces aparentemente excéntrica, de un único y sorprendente conjunto». En el polirrítmico quinto, Ligeti somete a piano y orquesta a una suerte de breve y concentrada aventura colectiva en la que sólo se puede llegar al final a través del riesgo: todo pareciera conducir al delirio pero desemboca en la lucidez».

Riesgo interpretativo por parte de todos y esa lucidez final en un muy trabajado además de nada agradecido «concierto con piano» desde la espléndida madurez de la artista china tras un paréntesis con el que afrontar esta nueva etapa donde seguir sumando nuevas obras sin dejar atrás las trabajadas hace años.

La segunda parte tras el aperitivo mozartiano ya comentado, donde Gabel y la MSO nos devolvieron a la escucha activa de todas las secciones, tras la nueva «mudanza» para reubicar el piano nos devolvería a Yuja Wang como solista y directora del Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin.

Cada vez que escucho «el primero de Chopin» (que es el segundo) me viene a la memoria el octavo curso del llamado Grado Profesional de Piano de mi adolescencia donde era obra obligada para los estudiantes, un «tormento» técnico que solo las muchas horas de trabajo alcanzaban a «tocarlo» (interpretarlo sólo con los años y cualidades innatas se logra). Atesoro en mi fonoteca múltiples interpretaciones de todas las épocas, intérpretes o «escuelas pianísticas», y no es habitual que el solista también dirija, aunque es una práctica que comienza a ser más «normal» entendiéndolo como «búsqueda del control total» y la verdadera colaboración de todos los músicos en otro ejercicio de «escucha colectiva» que con formaciones como la MSO se alcanza y es difícil no aceptarlo hoy en día.

Con cambio de vestuario tras el de la primera parte, un vestido que la pianista china pisaba al caminar, la entrada en pie entre la banqueta y el piano solo sirvió para marcar  el «tempo» del Allegro maestoso, bien delineado por la solista y mejor contestado por la orquesta, con una amplia gama de matices donde los pianissimi casi cortaban el aire y los forte esta vez estuvieron perfectamente balanceados (la complicidad con el concertino sí funcionó). Sonido limpio, control total del pedal con los ya conocidos stilettos «Louboutin» de Wang que tiene cogido el «punto exacto», más una visión con pocos rubati que favorecieron el encaje sonoro sin perder nunca el romanticismo del polaco.

Más profundo resultó el Romanze: Larghetto, sin prisas, paladeando piano y orquesta, diálogos bien medidos con un fagot impecable, sonido cristalino del piano y una orquesta «ideal» para este Chopin atemporal. Y de nuevo marcando el aire preciso para el Rondo: Vivace final, el torbellino chino ahora jugando con el tempo, los rubatos siempre intrínsecos al polaco, las agilidades y fraseos de todos, la intención interpretativa bien entendida demostrando cuánta música atesora la pianista china de un virtuosismo plegado a la expresión pura.

Aplausos y vítores que tras dos conciertos tan distintos y exigentes, nos dejó de regalo el Vals en do sostenido menor, op. 64 nº 2 del Chopin bien entendido e interiorizado, lección de buen gusto, matices, rubato, madurez con emociones que transmitieron otra noche para el recuerdo de estas Jornadas de Piano que llevan el nombre de «Luis G. Iberni» que seguro hubiese disfrutado como todos, y siguen trayendo a Oviedo lo mejor del panorama actual, donde Yuja Wang está en él por méritos propios.

PROGRAMA

I

Igor Stravinsky (1882-1971):

Pulcinella (suite), K034:

I. Sinfonía / II. Serenata / III. Scherzino – Allegretto – Andantino / IV. Tarantella / V. Toccata / VI. Gavotta (con dos variaciones) / VII. Vivo / VIII. Minuetto – Finale.

György Ligeti (1923-2006):

Concierto para piano y orquesta:

I. Vivace molto ritmico e preciso / II. Lento e deserto / III. Vivace cantabile / IV. Allegro risoluto / V. Presto luminoso, fluido, constante, sempre molto ritmico.

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Música de ballet de «Idomeneo», K. 367 (selección)

I. Chaconne / II. Pas seul

Frédéric Chopin (1810-1849):

Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11:

I. Allegro maestoso / II. Romanze: Larghetto / III. Rondo: Vivace

Mozart entre dos B

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Le Carnaval, abono 3: OSPA, François Leleux (oboe y director). Obras de Berlioz, Mozart y Brahms. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con François Leleux -moderado por Fernando Zorita.

Otro viernes donde elegir entre la ópera del Campoamor o el tercer de abono de la OSPA, así que Vivaldi me esperará en la tercera función pero este Mozart entre Berlioz y Brahms no se podía perder, y menos contando con  François Leleux (Croix, 1971) quien ya en el encuentro previo contagió su vitalidad y ganas de compartir tanta sabiduría, pues sin dejar nunca el oboe, al que casi nació pegado, la dirección le abría puertas a los grandes sinfonistas que no siempre escribieron para el instrumento que le acompaña toda la vida. Bromeaba antes del concierto con su ocupación del 80% en la dirección y «el otro 60% al oboe, matemática francesa», pues como esta vez, alternaba sus dos facetas.

El doctor Israel López Estelche en sus notas al programa presentaba el concierto como que «(…) traza un itinerario sonoro a través de tres formas de entender la orquesta: timbre, melodía y construcción; como una fuente de color inagotable, como conversación o discurso elegante y como creación arquitectónico-sonora, donde resuenan los ecos del pasado» y si le sumamos que a Leleux en sus muchos años desde el atril le han dirigido todas las grandes batutas, haciendo varias veces mención especial al gran Lorin Maazel, las obras elegidas dejarían claras tanto su concepción orquestal como su vitalidad contagiosa donde lo que busca es «compartir» tanto entre los músicos como con el público, con quien alcanzó la química que le llevó a saludar en múltiples ocasiones con ovaciones atronadores y algún que otro «bravo».

Con una OSPA cada vez más compacta sección a sección, hoy contando con Pablo Suárez como concertino invitado (esperando tener, algún día no muy lejano, cubierta esa plaza vacante desde «tiempo inmemorial», tras la jubilación de Sasha), elegir la obertura de El carnaval romano de Berlioz serviría para disfrutar de los tres elementos apuntados por el musicólogo y compositor cántabro que Leleux llevó «al pie de la letra»: el timbre sinfónico, que el compositor francés siempre trabajó como excelente orquestador (que la convierte «en un centelleante carnaval lleno de gran variedad de timbres, ritmos y melodías contrastantes, en un acto de deslumbrante imaginación sonora» como lo describe López Estelche), las melodías, que el director, como Maaazel, buscan fraseos más largos y completos, más una construcción, rica en colores tanto en el trazo como en el grosor, contando con la plantilla perfecta y bien equilibrada por la batuta de Monsieur Leleux.

Y para Mozart la plantilla se reduciría en efectivos pero no en la calidad y buen hacer por parte de todos. En el encuentro previo François Leleux nos comentó que entiende este concierto para oboe del genio de Salzburgo, compuesto con 21 años ya sin las obligaciones con Colloredo) como una ópera, y así interpretó los tres movimientos (I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto) con fiatos increíbles, fraseos «maazelianos», matices muy ricos, tímbricas alcanzando sonoridades de lo más variadas, y cada una de las cadencias virtuosísticas pero rebosantes de una musicalidad propia, con esos guiños humorísticos de Wolferl en feliz compenetración, entendimiento y concertación con una OSPA quasi camerística que le arropó y se plegó a todas sus indicaciones. Excelente interpretación de este concierto que el maestro francés habrá perdido la cuenta de las veces que lo ha tocado con las mejores orquestas, y la asturiana ya puede presumir de encontrarse entre ellas.

No podía faltar una propina donde seguir disfrutando de la magia del oboe, nada menos que Gluck y la «Danza de los espíritus benditos» del Orfeo y Euridice en esta versión que sustituye la flauta por la lengüeta doble de un instrumento rico no ya en sonido sino en emociones compartidas con una «cámara» de violines, cellos y contrabajo.

Hay sinfonías que deben escucharse al menos una vez cada temporada, pues son básicas en el repertorio orquestal sirven para poner a prueba la ductilidad y el magisterio desde el podio. La «Primera» de Brahms está entre mis preferidas (este verano en Granada quedé con sabor agridulce) y su último movimiento es la música que sirve de aviso al inicio de cada parte, para llamar al silencio previo, esta vez con toda la orquesta ya ubicada (el director francés es de los que arranca sin apenas respirar para avisar) sonriendo ante lo que ellos mismos interpretarían a continuación.

François Leleux también comentó, antes del concierto, de su largo aprendizaje que una de las claves para alcanzar una buena interpretación orquestal es «encontrar el tempo cómodo para todos», y doy fe que lo logró, pues la OSPA este segundo viernes de noviembre no solo mantuvo «el tipo» en todos los múltiples cambios que esta sinfonía del hamburgués tiene, sino que además disfrutó con los elegidos por el maestro francés. Así, el contraste del Un poco sostenuto – Allegro jugó con una primera parte profunda, lúgubre y mayestática antes del cambio brillante de la segunda, con balances muy logrados entre las secciones, sabiendo desde el podio qué hacer resaltar dentro de este legado beethoveniano de un Brahms que masticó esta primera casi 20 años antes de finalizarla. El Andante sostenuto mostró de nuevo los tres elementos (timbre sinfónico, melodías y construcción) con una cuerda homogénea junto a los vientos empastados y brillando en «sus» momentos. Un poco allegretto e grazioso resultó literal, el tempo ideal con ese toque optimista, rico en dinámicas, trompas sedosas, maderas «gustándose» (el maestro las felicitaría al final, especialmente a sus «colegas»), fraseos jugosos antes de esa «montaña rusa» que es el IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio. Los pizzicati de la cuerda sonaron poderosos en todos los matices y aires impuestos por el director francés, los timbales mandaron, los metales volvieron a ser broncíneos y las maderas brillaron como siempre. El juego de tiempos encajado a la perfección y las dinámicas amplias para engrandecer este gran final sinfónico.

Al contrario que en Granada, de donde retomo mis palabras, pero en sentido positivo, el juego de tempi funcionó precisamente por el buen encaje entre las secciones, las maderas no necesitaron «huir de la quema», los metales empastaron y prosiguieron con una sonoridad que suelo llamar «orgánica», los timbales mandando y la cuerda siempre con la homogeneidad tímbrica y una musicalidad, además de entrega, en parte por un director que supo contagiar su vitalidad para compartir tanta buena música. Mi querido Don Arturo Reverter hubiera dicho que esta vez sí hubo «sustancia».

PROGRAMA

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869)

Le carnaval romain: obertura

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)
Concierto para oboe en do mayor, K. 314

I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897)

Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68

I. Un poco sostenuto – Allegro
II. Andante sostenuto
III. Un poco allegretto e grazioso
IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

P.D.: Crítica para LNE del domingo 16 de noviembre.

Bach, Mozart… y Sato

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Bach y Mozart, abono 2: OSPA, Shunske Sato (violín y director). Obras de Mozart, J. S. Bach y J. Ch. Bach. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con Shunske Sato -moderado por Fernando Zorita.

No hace falta entrar a contar lo que supusieron nombres como Herreweghe, Leonhardt, Koopman, Suzuki o Gardiner con formaciones que afinaban por debajo de los 440 Hz (o más) como en la época en la que se hacía aquellas músicas, con instrumentos recuperados o reconstruidos, de sonoridades tan distintas, más la libertad expresiva que llegaron a llamar «interpretación historicista» o «historicismo musical» (actualmente se describe como «interpretación históricamente informada«), pues se dejaba atrás la grandiosidad romántica para volver a unos orígenes no muy estudiados aún en aquellos felices 60 y 70 -mejoraría en los 80- e incluso plantearse si había necesidad de contar con un director cuando solo era ponerse de acuerdo en el tempo y compartir sensaciones.

Está claro que con Shunske Sato (Tokio, 10 junio 1984) se nos disiparon las  dudas en el encuentro previo, pues como nos contaría, estudiando en la prestigiosa Julliard School no tenía la posibilidad de encontrar lo que allí faltaba y sí podía escuchar en unas grabaciones distintas, casi prohibidas en Nueva York, sintiendo la necesidad de venirse a París donde todo le cambiaría (más el posterior salto a los Países Bajos donde durante 10 años fue director artístico y concertino de la Sociedad Bach). Todos asentimos ante Zorita en lo «obligado» de interpretar más música del barroco por parte de las orquestas sinfónicas, pues programar este repertorio es cual puesta a punto de un motor, y elegir tres compositores tan unidos y necesarios esta vez supuso un feliz acontecimiento musical, con mejor entrada que en el primero, mayor aún con un violinista que no deja de serlo, porque lo suyo no es -como bien nos dijo- dirigir, sino ejercer el liderazgo para poder transmitir y compartir su enfoque, sin perder pasión e implicar, con mucho ensayo, a los profesores. Y doy fe que se alcanzó en una hora sin pausas donde Sato en pie no se movió del escenario, como uno más pese a los distintos cambios de plantilla que supusieron las seis obras de este segundo abono.

La orquesta se dispuso «a la manera clásica» con los violines enfrentados, más dos parejas de contrabajos, por detrás de los violines, arropando el sonido global, sumando el clave de Alberto Martínez en el medio, poco perceptible pero siempre necesario, más en las obras elegidas. Después irían menguando o aumentando efectivos aunque Sato siempre fue uno más entre todos, sin soltar su violín (alternando dos arcos situados en un taburete), tocando con los primeros cual concertino, sumándose a cellos o violas, apenas marcando los inicios o pidiendo las dinámicas exactas desde su atril giratorio. Hasta en las dos obras donde actuó como solista nunca perdería su liderazgo ejercido desde la sencillez y discrección, «conduciendo» una OSPA aseada, rigurosa, implicada y hasta disfrutona, si se me permite el calificativo.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sería inicio y final del concierto, con su primera sinfonía compuesta a los 8 años, y el último movimiento de la «Júpiter» escrita en la plenitud de los 32 (fechada el 10 de agosto de 1788, y última contribución al género sinfónico), para reconocerle su aprendizaje londinense con el último hijo de «Mein Gott», Johan Christian Bach (Leipzig, 1735 – Londres 1782) cuya música Nannerl comentaba era difícil distinguirla de la de su hermano con solo escuchar cuatro compases de cada uno, tal resultó la influencia y enseñanzas del último hijo de Bach, y por supuesto el descubrimiento del Gran Padre que era inevitable, marcando esa conexión del programa: «Bach pilar de todas las músicas».

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto) pondría las revoluciones orquestales en su punto, sonoridades precisas, claras, con los aires rigurosos de los entonces tres movimientos clásicos aún influenciado por el Estilo Galante de su «english teacher» pero con una clara personalidad ya apuntada en el genio de Salzburgo, orquesta quasi camerística con oboe y trompas a pares que enriquecieron una sonoridad y estilo ya reconocibles.

Si Bach es el padre de todas las músicas, el propio Mozart orquestaría la Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878 (de El clave bien temperado) para cuerda, con Sato ejerciendo en pie de concertino impulsando cada motivo, cada frase, sumándose a cada sección para una exposición donde estudiar el genio de El Cantor de Leipzig e interpretarlo con la misma limpieza que el original para clave. Perfecto que nadie aplaudiese y así enlazar con el Concierto para violín en la menor BWV 1041,  una de las muchas joyas y partituras para los solistas donde una OSPA camerística sonó madura, adaptada al estilo y tímbrica -la sensación del ligero desafine en cellos y contrabajos es parte de ella- en tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) donde el violinista japonés mostraría todas las cualidades que le hemos disfrutado en los muchos vídeos grabados con la Nederlands Bach Society. Liderazgo y compenetración para una interpretación a la altura de la obra.

Y de «El Bach de Londres» llegaría su Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12, como la propia Nannerl Mozart diríamos que la firmaría su hermano, tres movimientos (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto) impetuosos sin necesidad de «instrumentos de época», vientos a pares bien empastados (me encantaron las trompas abriendo su sonido como si fuesen naturales) y balanceados para una versión rica del pequeño de los Bach.

Mozart punto y final sin interrupciones: primero el Rondó para violín y orquesta en do mayor K. 373 para seguir disfrutando de Sato y la complicidad de una OSPA que se notaba entregada al placer de compartir esta música con el músico japonés: delicadeza, fraseo, presencia y pasión contenida, que Alejandro G. Villalibre comenta en sus notas al programa sobre el cuarto episodio en modo menor «… al que parece que Carlos Gardel se refería cuando afirmó en una carta “acabo de encontrar una melodía macanuda” que cristalizaría en su tango Por una cabeza« siendo «uno de los rondós solísticos de la época clásica (…) consecuencia de los conciertos a solo barrocos» como el escuchado de Bach.

Con la incorporación al orgánico de la espléndida flauta de Myra Pears bien empastada con oboes y fagotes, junto a los timbales naturales de Prentice, llegaría el broche de oro con el último movimiento (Molto allegro) de la Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551, una explosión jubilosa, equilibrada, verdadera lección contrapuntística bien aprendida por ese prodigio irrepetible en la Historia de la Música, con Shunske Sato sujetando violín y arco con la mano izquierda para marcar con la derecha, retomándolo como concertino, entregado al genio de Salzburgo con el rigor y al fin la pasión «planetaria» en un concierto que supuso comprobar el excelente estado de la orquesta de todos los asturianos, hoy conducida por un japonés que supo llevarla en todas las velocidades y marchas sin necesidad de pasarse de revoluciones con la suavidad del mejor pilotaje.

PROGRAMA:

W. A. MOZART: Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto).
J.S. BACH – MOZART: Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878, de El clave bien temperado (orq. W.A. Mozart, K. 405/3).
J. S. BACH: Concierto para violín en la menor, BWV 1041 (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai).
J. Ch. BACH: Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12 (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto).
MOZART: Rondó en do mayor K. 373.
Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551: IV. Molto allegro.

Paz y música sinceras

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Martes 28 de octubre, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo (Teatro Filarmónica), Año 119, concierto 14 del año 2025 (2.094 de la sociedad): Ángel Luis Sánchez Moreno (oboe y director) y Ensemble, Iliana Verónica Sánchez (soprano), Daniel Oyarzábal (clave). Nulla in mundo Pax Sincera, obras de A. Marcello, Vivaldi, Mozart y Bach.

Con el título de Nulla in mundo pax sincera (Nada en el mundo tiene paz sincera) se presentaba el oboísta Ángel Luis Sánchez Moreno (Madrid, 1995) con un Ensemble de dos violines, viola, violonchelo y contrabajo (cuyos nombres no figuraban aunque reconociese alguno), más el siempre brillante y muy solicitado Daniel Oyarzábal (Vitoria-Gasteiz, 1972) al clave, sumándose la  hermana de Ángel, la soprano Iliana Verónica Sánchez (Madrid, 1985), con obras del barroco tan agradecido siempre, más el Mozart joven aún con reminiscencias anteriores desde el llamado estilo galante, que hicieron las delicias de una tarde otoñal asturiana.

En las notas al programa con ese título vivaldiano de la segunda obra y primera con el oboe y la soprano, el concierto nos invitaba «a un viaje sonoro hacia esa búsqueda de paz y belleza divina que, aunque profundamente anhelada por la humanidad, permanece fuera de nuestro alcance en el mundo terrenal» y donde las músicas nos ofrecían «un refugio, un espacio que invita a reflexionar que lo humano y lo espiritual aún pueden encontrarse», como así resultó.

Abría el concierto el famoso Concierto para oboe en re menor de Alessandro Marcello que siempre asociaré a la película «Anónimo Veneciano» (Enrico Maria Salerno, 1970), con una bellísima Florinda Bolkan. Como buena obra barroca es un diálogo perfecto entre solista y orquesta con ese Adagio central escoltado por dos ‘tempi’ rápidos (Andante spiccato y Presto) que son una explosión de virtuosismo donde disfrutar de Ángel Luis Sánchez Moreno, bellísimo sonido de oboe, fraseado y arropado por un ensemble plenamente adoptado por el solista que apenas necesitó ejercer de director ante el buen entendimiento de todos.

Nos mantuvimos en la Venecia de este «viaje sonoro» pero con Il Petre Rosso y el aria que daba título al programa, la primera del motete sacro Nulla in mundo pax sincera, mismo orgánico aunque con solo un violín y la soprano Iliana Verónica Sánchez, en un «arreglo» para la ocasión por el tamaño del orgánico comandado por el «concertino» que fue perfecto para arropar la voz de la madrileña, aseado y reflejando la tensión melódica con buenos ornamentos más el ambiente que el cura pelirrojo maestro de música  en el Ospedalle Della Pietà refleja en este bellísimo motete sacro.

Salto a la Austria mozartiana y primera intervención en solitario del vitoriano Daniel Oyarzábal que nos ofrecería el primer movimiento de la Sonata para piano en do mayor, KV 279 jugando con los dos teclados para lograr los contrastes dinámicos y la desnudez del clave sin las posibilidades del pianoforte, mordentes, trinos, arpegios y adornos llenos de humor del genio salzburgués con 18 años en una de sus primeras sonatas, y logrando mantener una unidad tímbrica que rodeó todo el concierto.

Así se mantuvo el mismo espíritu optimista y transparente con el Cuarteto para oboe y cuerdas en fa mayor KV 370, compuesto siete años más tarde, con los músicos sentados alcanzando el buen entendimiento para una formación camerística que así lo exige, como el mismo latido para compartir protagonismo con el solista. Tres movimientos de nuevo con el Adagio central introspectivo y exigente en mantener las notas largas del oboe sin perder presencia, y los extremos sutiles con el luminoso Allegro y el ligero Rondó que mantuvieron el equilibrio de un cuarteto para lucimiento del oboísta madrileño con una amplia gama dinámica y articulación perfecta.

La segunda parte la ocuparía por completo «mein Gott» con obras que jugarían con la plantilla, comenzando por el aria de la Cantata 51 Jauchzet Gott in allen Landen (Aclamad a Dios todas las naciones), disfrutando de la soprano y con el oboe «sustituyendo» la trompeta original en el aria pero alcanzando así un empaste, limpieza en el sonido y volumen más recogido, prosiguiendo solo la cuerda en el recitativo con los perlados del clave que son imprescindibles. Iliana Verónica Sánchez posee una buena emisión, con una voz que «corre bien» por el teatro (indicar que todos se colocaron fuera de la caja escénica, en el límite del escenario), tiene el color ideal y estilo para estos repertorios, puede que con un volumen no demasiado grande aunque favorecido por la reducida plantilla elegida, y personalmente con la necesidad de marcar más las consonantes del idioma de Goethe que tan acostumbrados estamos de escuchar, pero su técnica es suficiente para afrontar tanto el carácter como los ornamentos que El kantor de Leipzig exige a las voces «instrumentalizadas» en su época.

Igual de exigente aunque breve la conocida aria Bist Du Bei Mir (Si estás conmigo) BWV 508, más sentida e íntima, buscando la idea de esa deseada «paz celestial» desde la «grandeza divina» con una voz angelical que transmitió la reflexión del encuentro entre lo humano y lo espiritual, con clave en vez de órgano y el ensemble arropando la voz de la soprano madrileña.

Volvería «solo ante el peligro» Daniel Oyarzábal al clave, primero con el Preludio y fuga en do mayor BWV 870 (del segundo libro de El Clave bien temperado), rico en ornamentos, bien fraseado el preludio y clara, además de precisa la fuga, para rebosar de virtuosismo con el Preludio en si menor BWV 923 (que sustituyó, con buen criterio, al programado Preludio y fuga en re menor BWV 875), un salto cualitativo de un Daniel pletórico que igual nos impresiona al órgano que exprime cada clave que le dejan, «un seguro de vida artístico» como le ha definido mi querido Luis Suñén, y Bach siempre es único en sus interpretaciones.

El colofón de nuevo con «su ensemble» al completo para la reconstrucción del Concierto para oboe en do mayor, BWV 1055R, (mejor que con flauta) para lucimiento de Ángel Luis Sánchez Moreno, final de viaje con ese diálogo entre solista, cuerda y continuo donde disfrutar de la magia de «dios Bach» siempre inimitable, padre de todas las músicas, pasando de la introspección al virtuosismo en sus tres movimientos. Un amor de oboe (a falta de oboe de amor en la mayor) con una plantilla para la ocasión que nunca desluce y menos cuando hay complicidad entre todos.

Aún vendrían fuera de programa dos paradas más en este viaje, Händel con el tercer movimiento, Largo, del Trío Sonata para dos violines y continuo en sol menor HWV 393 «Dresden» nº 2, en adaptación para oboe y violín -más cello y clave- y la famosa aria «Lascia ch’io pianga» del Orlando HWV 31, de nuevo con el ensemble y clave (mejor que al órgano original) con una inspirada Iliana Verónica Sánchez que no podía faltar para la ocasión en este concierto tan barroco donde compartir sensaciones y ansia de paz en este concierto comandado por Ángel Luis Sánchez Moreno brillando con su hermana.

PROGRAMA:

A. Marcello:

Concierto de oboe en re menor: Andante spiccato – Adagio – Presto.

A. Vivaldi:

Nulla in mundo pax sincera, RV 630: aria.

W. A. Mozart:

Sonata para piano en do mayor, KV 279 (I. Allegro).

Cuarteto para oboe y cuerdas en fa mayor, KV 370: Allegro – Adagio – Rondeau. Allegro.

J. S. Bach:

Cantata Jauchzet Gott in allen Landen, BWV 51 (aria y recitativo).

Bist Du Bei Mir, BWV 508.

Preludio y fuga en do mayor, BWV 870.

Preludio en si menor, BWV 923.

Concierto para oboe en do mayor, BWV 1055: Allegro – Larghetto – Allegro ma non tanto.

Tanto monta, monta tanto

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 3). Conciertos matinales.

Sábado 21 de junio, 12:00 horas. Santuario del Perpetuo Socorro: Michel y Yasuko Bouvard, órgano. Juan-Alfonso García y la Nueva Música en Granada. Fotos  de las RRSS, propias y ©Fermín Rodríguez.

El patrimonio de órganos en la provincia de Granada se está manteniendo gracias al empeño de muchos instrumentistas que los mantienen respirando, reparando y manteniendo, y en el Festival no faltan los conciertos en sus distintas ubicaciones, siendo la primera vez que se incorporaba al mismo el órgano romántico de 1913 construido por Pedro Ghys Gillemin, con Juan María Pedrero o Paco Alonso Suárez preservando esta joya que en esta primera mañana de verano (aunque climatológicamente vayan muchas más) se comportó como un campeón gracias al matrimonio Bouvard que eligieron un programa variado de unos 50 minutos donde sacar todo el partido al llamado «rey de los instrumentos».

Tanto las notas al programa de Pablo Cepeda como la web del Festival nos presentaban e ilustraban sobre este concierto y sus intérpretes:

«A dos, tres y cuatro manos
Extraordinariamente singular el recital que ofrecerá el matrimonio Bouvard. En el órgano del Perpetuo Socorro, un instrumento fabricado por Pedro Ghys a principios del siglo XX, Michel Bouvard y su esposa, Yasuko Uyama, harán un programa variadísimo por más de cuatro siglos de música, en el que se alternarán en la tribuna, pero también tocarán juntos, con algunas piezas a 4 manos y otras a 3, especialidades muy poco vistas en el órgano. De Charpentier (el famoso Preludio que sirvió de sintonía a Eurovisión) a Juan-Alfonso García o Jean Bouvard, abuelo del organista, el recital recoge música de grandes compositores no especialmente asociados con el instrumento (Mozart, Schumann) y otra de algunos de sus más eximios representantes, como César Franck o Maurice Duruflé. Una oportunidad para sumergirse en territorios desconocidos».

Con puntualidad británica comenzaba a sonar triunfante el famoso Preludio, del Te Deum H. 146, a tres manos, de Charpentier, solemne y asociado al himno de una casi lejana Europa televisiva que cada vez está peor, aunque la música del francés siga siendo marcial y del más puro barroco, con unos registros tan bien elegidos como la interpretación que sonó pletórica.

Del genio de Salzburgo toda su música es un regalo, y con apenas 20 años compuso el Divertimento en si bemol mayor, K 240 tan refinado como melancólico que escribe mi tocayo vasco. La transcripción para órgano a cuatro manos a cargo de «Los Bouvard» fue un prodigio de ejecución y tímbrica, todo un catálogo sonoro en los cuatro movimientos, donde el Menuetto-Trío invitaba a mover los pies y el Allegro final parecía «original» del joven Mozart aún al servicio de Colloredo.

Proseguiría este viaje organístico y cronológico hasta Schumann con su Estudio en forma de canon para piano-pédelier, op. 56, nº 4 con Yasuko Uyama Bouvard, del que Cepeda escribe:

«El 24 de abril de 1845, Clara Schumann anotó en su diario que recibieron un pedalero para colocar bajo el piano y practicar así la interpretación del órgano, lo que inspiró a Robert Schumann a componer los Estudios en forma de canon, op. 56. En ellos, y particularmente en el nº 4, el compositor alemán muestra su capacidad de expresión dentro de los márgenes de la escritura imitativa en canon».

La sonoridad del Ghys (casi un nombre de cadena nórdica) inundó el santuario con un pedalero claro y combinaciones de registros en los dos teclados sumándose el pedal de expresión que engrandece aún más un instrumento perfecto para este repertorio. Y no podía proseguir mejor que con Franck a cargo de Michel Bouvard. Su Coral nº 3 en la menor (1890) es el testamento musical del compositor por una escritura  perfecta y unos registros sutiles que este órgano granadino tiene. Si los flautados y violones del órgano mayor nos remontan a los corales de Bach, las voces celestes y humanas (8′) del recitativo expresivo ayudaron a seguir auditivamente las cuatro voces con un Adagio de trompeta redondo y vertical bien ensamblado por el organista francés, donde la elección de los registros es tan importante para una interpretación completa, y la del organista de la iglesia de Santa Clotilde, dotada de un Cavaillé-Coll magnífico, hubiese disfrutado en este Ghys del Perpetuo Socorro.

Aún quedaba programa por delante, y del abuelo de Michel, Jean Bouvard (a su vez alumno de Louis Vierne), las Variaciones sobre un villancico de La Bresse fueron otro muestrario de registros que se incluyen como título de las cinco variaciones, flautas, trompeta, cromormo más la vuelta al tema y ese final pleno donde Yasuko Bouvard sacó todos los tesoros tímbricos de El Ghys, aires navideños más allá del calendario litúrgico con el más puro clasicismo francés, para tomar el relevo su pareja en el merecido recuerdo al organista catedralicio granadino Juan-Alfonso García, fallecido hace diez años, con su Veritas de terra orta est (de «Cuatro piezas para órgano»). El pacense García en estado puro (no el sinfónico de la noche anterior), registros desde la cercanía sonora que recuerda al humilde armonio hasta unas lengüetas con el trémolo perfecto que transmitieron otra meditación navideña en estos maitines post-Corpus.

Y qué mejor elección que Duruflé para «traer» Saint-Etienne-du-Mont hasta el bello Santuario de Granada, con dos obras de altura para concluir una mañana cual regalo de Reyes del Preludio sobre el Introito de la Epifanía, op. 13, y el
Coral variado sobre «Veni Creator», op. 4 en otro despliegue de registros y virtuosismo donde escuchar todo lo escrito en los pentagramas con total limpieza y una acústica ideal. Una sesión matinal de recogimiento y agradecimiento a los organeros y organistas que insuflan vida al rey de los instrumentos.

PROGRAMA

Marc-Antoine Charpentier (1643-1704)
Preludio, de Te Deum H. 146 (a tres manos. 1688-98)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)
Divertimento en si bemol mayor, K 240 (1776. Transcripción para órgano a cuatro manos)

Robert Schumann (1810-1856)
Estudio en forma de canon para piano-pédelier, op. 56, nº 4 (1845)

César Franck (1822-1890)
Coral nº 3 en la menor (1890)

Jean Bouvard (1905-1996)
Variaciones sobre un villancico de La Bresse (1969):

Thème

Duo de flûtes en canon

Basse et dessus de trompette

Récit de tierce en taille ou de cromorne

Thème en majeur

Plein jeu

Juan-Alfonso García (1935-2015)
Veritas de terra orta est
(de Cuatro piezas para órgano, 1959)

Maurice Duruflé (1902-1986)
Preludio sobre el Introito de la Epifanía, op. 13 (1960)
Coral variado sobre «Veni Creator», op. 4 (1931)

ClásicOS PAra disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 13: Vuelta a los clásicos. Cuarteto Quiroga, OSPA. Obras de Mozart, Haydn y Beethoven.

El Clasicismo es la época ideal para disfrutar de su música, y la sinfónica del «triunvirato» todavía más, por lo que siento pena seguir comprobando la poca asistencia a los conciertos de nuestra OSPA, y encima con un programa que tenía nuevamente a «Los Quiroga» (colaboradores artísticos que continuarán en la próxima temporada) comandando la orquesta asturiana en un arriesgado proyecto donde cubrían los atriles de la cuerda más el viento -sumándose los timbales en la segunda parte- sin director, aunque apostando por aumentar el «ente orgánico» del cuarteto a toda la formación, como si de una camerata se tratase y con el esfuerzo de lograr que el mismo corazón a cuatro latiese en todos los músicos, y confirmo que lo lograron plenamente.

En el encuentro previo al concierto, donde estábamos los pocos habituales, estos cuatro grandes músicos presentados por Fernando Zorita ya nos avanzaron lo que supondría este concierto, tras una carrera con más de 20 años que esperan seguir otros tantos: mucho trabajo previo, la confianza del titular Nuno Coelho (felizmente con contrato renovado hasta 2027) en «su orquesta» para seguir abriendo propuestas tan interesantes como la de este decimotercero de abono, lo poco habitual de la apuesta casi didáctica (el Cuarteto Quiroga la realizó en Zaragoza donde algunos de ellos son docentes), así como la habitual presencia de Aitor Hevia como concertino invitado en varios conciertos de abono, como se suele decir uno más «de casa» que no nos hace olvidar lo necesaria de esta plaza sin cubrir su titularidad desde la jubilación de nuestro recordado Sasha ¡hace 7 años!, por lo que la confianza estaba asegurada y el riesgo del «triple salto sin red» parecía minimizado, aunque cada concierto siempre sea único e irrepetible.

La elección de las tres obras permitió comprobar el más que corroborado excelente estado de la formación asturiana, escuchándose, implicándose, entregándose a un repertorio que no por conocido es menos exigente. Y con Cibrán Sierra de concertino arrancaría la primera sinfonía del «genio de Salzburgo», increíble que la compusiese con ¡sólo 9 años! pues es redonda, marcando su propio lenguaje con una plantilla perfecta de cuerda con trompas y oboes a pares. Una sinfonía probablemente compuesta en el barrio londinense de Chelsea y que como explica Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa «(…) sigue la estructura de la obertura italiana en tres movimientos: Allegro en Mi bemol mayor en forma sonata, Andante en Do menor también en forma sonata, y Presto en Mi bemol mayor en forma de sonata-rondo». Un Molto allegro sin complejos, claro en la cuerda que fue prolongación bien sentida del ímpetu de los colaboradores, más el cuarteto de vientos igual de ensamblado en esta «Camerata Quiroga». Y si el tempo obliga a latir juntos, el Andante exige más concentración pero resuelto con una musicalidad digna de destacar, con un dúo de trompas empastadas y conservando el balance ideal sumándose los dos oboes prístinos. Aún quedaba el Presto en 3/8 vertiginoso, valiente, para reafirmarme en la calidad de estos músicos, el empuje de unos arcos fraseando con una claridad que permitía disfrutar del Mozart siempre increíble, los diálogos de la cuerda con  las lengüetas, el sustento de las trompas y la cuerda casi tan británica como la inspiración del niño prodigio.

El llamado «padre de la Sinfonía» añadiría a esta camerata para la ocasión el fagot ubicado entre violas y  cellos para la conocida como Sinfonía «La Passione», alcanzando una tímbrica y colorido que Cibrán Sierra destacaba en el encuentro como diferencia entre los cuartetos y las sinfonías, y así resultó esta Sinfonía nº 49 en sus cuatro movimientos con Hevia de concertino y casi director aunque «los Quiroga» mandaban desde sus respectivos atriles. Pasional, mística pero también risueña, el lento Adagio me transportó a Granada por la intensidad emocional de esta sinfonía «da chiesa» (que servía como introducción a otra obra vocal de carácter religioso), encontrando el pulso ideal para mantener esa lúgubre tonalidad de fa menor. El Allego di molto arriesgando en la velocidad y con una cuerda uniforme, rica en matices, arcos visualmente agradecidos fraseando camerísticamente, dibujando toda la tesitura con unas trompas aterciopeladas. El Menuet nos mantendría el modo menor apuntado en el segundo movimiento plenamente asentado, unísonos de oboes y cuerda para lograr ese colorido «marca del austríaco» con el Trío devolviendo el tono mayor, juego de armaduras pero también de sentimientos en lengüetas y metales, marcando el ritmo bailable antes de retornar al menor. Y nuevamente el vértigo, la apuesta del Presto por alcanzar la sonoridad sinfónica única, sin fisuras, con cellos, fagot y contrabajos empujando, violines primeros y segundos «compitiendo» en limpieza y contrastes, verdadero «Sturm und Drang» (por tormenta e ímpetu) con una interpretación sobresaliente.

Del trío clásico afincado en Viena nadie mejor que Beethoven para dar el paso al romanticismo con su Octava y una orquesta ya crecida en plantilla (cuerda, sumándose maderas a dos, como trompas y trompetas, más los timbales, esta vez siendo protagonistas casi todos los coprincipales de la plantilla. Vuelvo a las notas de Martín Entrialgo (con genes musicales) que transcribo para centrar la Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

«Beethoven firmó el manuscrito de esta sinfonía en octubre de 1812, y la obra fue estrenada en Viena el 27 de febrero de 1814. Este concierto incluyó también la séptima sinfonía; si bien ésta fue bien recibida por el público, la octava no corrió la misma suerte: “eso es porque es mucho mejor”, se cuenta que dijo Beethoven. Quizás fuera sorprendente para el público el retorno de Beethoven a una sinfonía de pequeñas dimensiones (junto a la primera, la octava es la más corta de todas), o quizás el público no acabó de entender el humor y el carácter juguetón que los críticos han atribuido a esta sinfonía, manifestado, por ejemplo, en la parodia del metrónomo que Beethoven hace en el segundo movimiento».

La QuirOSPA aumentó el riesgo para la penúltima sinfonía del «sordo de Bonn», sin complejos, balances cuidados, Hevia por momentos dirigiendo con el arco, Sierra llevando de la mano a los segundos -tan importantes pese al calificativo-, Puchades sacando a flote unas violas con protagonismo y Poggio redondeando junto a los contrabajos una cuerda exigente en los tiempos para la limpieza sonora. El viento añadiría brillo y color a pares, sumando, contestando, fraseando. Los timbales detrás a la derecha mantuvieron el sonido global, homogéneo, romántico sin estridencias y puramente sinfónico. El público de hoy sí entiende el humor socarrón de Don Luis y también las sombras y luces, de nuevo en la tonalidad de fa mayor que antes pintasen para «papá Haydn». Manejar toda la orquesta sin director suponía una atención especial, encajar los latidos y respiraciones, escucharse aún más si es posible, la valentía que puede llevar a la tumba o a la gloria, siendo ésta la meta alcanzada. Con un respeto total a las indicaciones de aire tomadas literalmente, el Allegro vivace con brio pisó el acelerador sin miedo a las curvas, el Allegretto scherzando realmente fue «bromeando» con el metrónomo, por momentos zapateados para afirmar la pulsación, el Tempo di menuetto auténtica filigrana por la delicadeza, para rematar con un Allegro vivace donde la coreografía de arcos enriquecía una interpretación rigurosa, precisa, exquisita, equilibrada, fresca… calificativos que le ha dado The New York Times al Cuarteto Quiroga y que lograron extender a una OSPA feliz, implicada y en plena forma para este final de temporada al que le quedan dos abonos más -de los que perderé el penúltimo- mejor que escribir lo de «le quedan dos telediarios»…

PROGRAMA:

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791):

Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, K. 16:

I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809):

Sinfonía nº 49 en fa menor, «La Pasión», Hob. I/49:

I. Adagio – II. Allegro di molto – III. Menuet – IV.Presto

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770 – 1827):

Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

I. Allegro vivace con brio – II. Allegretto scherzando – III. Tempo di menuetto – IV. Allegro vivace

Apoyando el talento joven

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Miércoles 7 de mayo, 19:30 horas. Iglesia de San Tirso El Real, Oviedo: La Castalia: In memoriam. Obras de Bach, Mozart y Montero Rey.

La asociación ovetense lleva muchos años formando y ofreciendo oportunidades a muchos artistas, alguno de ellos ya incorporados como profesionales a un mercado siempre difícil y aún más en lo profesional, con cursos, conciertos y estrenos varios que a menudo he reflejado desde estas líneas. Y nuevamente hay que agradecer a La Castalia que dirige la incombustible Begoña García-Tamargo otra nueva oportunidad que además servía de tributo a la memoria del recientemente fallecido  Leoncio Diéguez Marcos (Palazuelo de Órbigo, 20 de marzo de 1941 – León, 27 de abril de 2025) de quien la profesora de canto hizo una breve y sentida semblanza, pues coincidieron en el Conservatorio de la Corrada del Obispo, destacando la gran labor del sacerdote y músico leonés en Asturias que aún está por escribir.

En honor de Don Leoncio, el joven compositor gallego Teo Montero Rey (A Coruña, 2025), ganador del Primer Premio del Intercentros Melómano – Premio de Composición Fundación SGAE, estrenaba su Missa Brevis en sol menor con un plantel de músicos de su generación que volvieron a mostrar un amor por la música y una entrega que emocionó a los asistentes a este concierto «In Memoriam».

Antes del estreno, los instrumentistas, que participarían posteriormente, se organizaron para ofrecernos tres páginas de algunos compositores eternos: dos de Bach «padre de todas las músicas» y una de Mozart, «el niño prodigio» que no creció y siempre asombra.

Uxue Zabala (flauta) y Muriel Antolí (cello) interpretaron el Andante y Allegro de la Sonata en do mayor BWV 1033, siempre exigente técnicamente y con un buen entendimiento entre ambas instrumentistas.

A continuación un dúo de clarinetes formado por Alicia Martínez y Juan Diego que ofrecerían el Dúo Concertante I de Mozart, impecable y asombroso cómo el genio de Salzburgo escribió para todos los instrumentos manteniendo un lenguaje inimitable que los jóvenes transmitieron con seguridad y un sonido rico ayudado por la siempre agradecida acústica del templo asturiano de San Tirso.

De las seis suites para cello de Bach, el irrepetible Pau Casals que tanto ayudó a divulgar la obra del kantor, decía desayunar una hasta el final de su longeva vida. Y la dificultad técnica siempre las hace plantearlas como todo un reto que nunca se logra. Pero eso no impedirá seguir trabajando, estudiando y tras una vida de sacrificios llegar a interiorizarlo y sentirlo, así que Muriel Antolí tuvo el arrojo de elegir el Preludio y Giga de la Suite nº 3 BWV 1009, no alcanzar la cima en el primero pero afrontar la segunda con ese aire de gaita con un instrumento de potente sonoridad y la entrega de esta valiente violonchelista, que como al resto de compañeros, tocar en público es parte de un aprendizaje que nunca termina.Para el estreno se unió el grupo instrumental anterior aunque con Alicia Martínez sumándose a las segundas voces del coro joven (dejo al final a los componentes), con tres voces por cuerda en las voces blancas y cuatro en las graves , más la soprano solista, natural de San Felices Buelna, Noive Solar (a quien La Castalia ya me descubriese en dos de sus funciones y que cursa estudios en el Conservatorio ovetense) dirigidos todos por el compositor Teo Montero. Esta misa breve suya en latín usa del ordinario el Kyrie, Gloria, Sanctus y Agnus Dei, con una instrumentación «ad hoc» que aunque sugiera sonidos del órgano (y bien podría hacerse la transcripción para él) su tímbrica propia y fraseos que da el trío elegido ayudaron tanto al coro como a la solista, con partes instrumentales bellísimas, y melodías tanto en la flauta como en el clarinete, también a dúo, manteniendo una unidad estilística en los inicios de cada parte -especialmente en el Sanctus– no solo de aires franceses (con perfume de Fauré) sino también pensando en las tesituras de todos al elegir la tonalidad de sol, en modo menor para esta obra, con partes en homofonía y otras en contrapunto, siempre respetando la inteligibilidad del texto y el subrayado instrumental de las cuatro partes, especialmente de un cello siempre presente y poderoso en sonoridad.

Volvió a sorprenderme la soprano cántabra que no tuvo problemas de volumen en ningún momento, poderosa pero igualmente matizada, buena dicción, excelente proyección y capaz de defender con profesionalidad esta nueva partitura de Montero Rey, que a buen seguro seguirá regalándonos mucho más repertorio. Aplauso para el coro de cámara muy afinado, seguro, empastado, que se plegó a las exigencias de la obra y compositor, con un par de excelentes bajos siempre bien arropados por el cello, matizando y dialogando con la solista.

Una tarde de emociones y estreno gracias a esta prometedora gente joven que me reconcilia con su generación y recuerda lo importante que es el esfuerzo individual, el trabajo colectivo y la labor docente para seguir dando oportunidades y formando personas como músicos en el amplio sentido de la palabra, como hizo tantos años Don Leoncio Diéguez y sigue haciéndolo Begoña García-Tamargo.

CORO:

Mujeres I: Beatriz Pérez, Sonia Arango, Vania Revilla

Mujeres II: Alicia Martínez, Covadonga Martínez, Elena Lucas

Hombres: Adrián Villa, Antón Martínez, Daniel Vidal, Martín San Miguel

Oviedo es lírico

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Domingo 6 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Gaëlle Arquez (mezzosoprano), Le Cercle de l’Harmonie, Jérémie Rhorer (director). Amor, furor, obras de Mozart, Gluck, Donizetti, Verdi, Saint-Saëns, Mendelssohn, Rossini y Bizet.

Desde hace años las llamadas orquestas historicistas (incluyo también las de nuestro Savall) están ampliando el primigenio repertorio barroco hasta el clasicismo y el romanticismo, con incursiones operísticas donde las formaciones francesas han sido de las pioneras defendiendo su patrimonio. Y Le Cercle de l’Harmonie con Jérémie Rhorer llegaron a Oviedo con un muestrario de su buen hacer en un programa variado con la francesa Gaëlle Arquez que nos dejó cinco arias flanqueadas por páginas instrumentales con una excelente entrada en el auditorio para un Oviedo que ama la lírica y no quería perderse esta nueva cita con una voz de mezzo verdadera (nada de sopranos maduras) que está triunfando por su buen hacer.

En las partes instrumentales la veinteañera orquesta de Rhorer arrancó impetuosa en el tempo con la obertura de Le nozze mozartianas, como intentando demostrar su sonoridad aterciopelada y buen quehacer de una cuerda segura y virtuosa, con vientos afinados y bien balanceados, más unos timbales que en el auditorio resuenan como en un circo romano. El director conoce bien su orquesta, y del alemán adoptado francés Gluck nos dejaron dos danzas impecables del Orfeo y Eurídice, la de los espíritus con la flauta impecable de Anne Parisot, llena de musicalidad, más unas «furias» poderosas, jugosas, nuevamente virtuosas y dinámicas, en un repertorio donde se les nota cómodos y cercanos a lo que hoy entendemos por historicismo.

Por su parte Gaëlle Arquez comenzó tras la obertura nupcial mozartiana con la bella aria Voi che sapete aún fría pero con un color homogéneo en todo el registro aunque en los graves la orquesta parece olvidar quitar una letra de los matices pues está detrás de la cantante y no en el foso. Mejor con Gluck y el aria de «Ifigénia en Áulide» con la mezzo, que esperó sentada en un lateral las partes instrumentales, entonada, un hermoso timbre de registro medio muy matizado, agudo tan aterciopelado como la orquesta, y graves suficientes manteniendo un fraseo impoluto, con la dicción natural de su idioma (siempre una ventaja para las cantantes francófonas) diferenciando en dinámicas y aire recitativo más aria.

Una primera parte que se hizo breve y más por los tempi exhibidos por Rhorer antes de entrar en una segunda parte con mucha ópera y plantilla ampliada con el arpa y el oficleido (que sustituiría al el serpentón renacentista en el equivalente a la actual tuba). Impresionante Arquez que arrancó la primera gran ovación con su aria de Leonora del tercer acto («La Favorita», Donizetti), que con su registro gana en fuerza, más aún junto a una orquesta ya amoldada en volúmenes (muy bien las trompas naturales), luciéndose con un fraseo muy melodioso y ornamentos claros. El segundo gran triunfo de la mezzo llegaría con una de las arias más bellas y seductoras para su voz, la Dalila de Saint-Saëns (que bisaría al final del concierto). Por fin una orquesta acompañante para hacer brillar la voz de la mezzo francesa, con buenos instrumentos solistas en clarinete o arpa, unos metales muy afinados y empastados (más difícil con los naturales) más la dirección de Rhorer plegada a la voz.

En las páginas instrumentales otro punto a favor de Le Cercle de l’Harmonie con un preludio de «La traviata» verdiana más que digno, matizado, contrastado en todo primando una cuerda dúctil, más la obertura de «El sueño de una noche de verano» de Mendelssohn que remató las intervenciones orquestales con una rica paleta tímbrica de esta orquesta capaz de sonar igual de bien en toda la música que trajeron a Oviedo antes de partir hacia el Kursaal donostiarra. El remate el aria de «La Cenicienta» rossiniana con Arquez perfecta, dramatizando su personaje, emisión clara, musicalidad plena bien arropada por la orquesta y buen colofón para esta mezzo «verdadera», de agilidades precisas, limpias, respirando entre todos para disfrutar de un timbre esmaltado y rico.

Y qué mejor rol para esta mezzo que la Carmen de Bizet, eligiendo de regalo el aria «Près des remparts de Séville» que la aupó entre las intérpretes actuales con Le Cercle de l’Harmonie ideal junto a un gran concertador como Jérémie Rhorer de gesto académico, claro, contenido y siempre efectivo con los suyos. Público lanzando bravos, varias salidas a saludar y sin esperar que bisasen la Dalila que nos dejó con ganas de más arias de ópera en este primer domingo de abril. Oviedo ama la lírica y hoy disfrutó con este concierto.

PROGRAMA:

«AMOR, FUROR»

Primera parte

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Obertura. «Le nozze di Figaro» (Las bodas de Fígaro)

Voi che sapete «Le nozze di Figaro»

Christoph Willibald Gluck (1714-1787)

Danse des esprits bienheureux «Orphée et Eurydice»

Dieux puissants que j’atteste… Jupiter, lance la foudre «Iphigénie en Aulide»

Danse des furies. «Orphée et Eurydice»

Segunda parte

Gaetano Donizetti (1797-1848)

L’ai-je bien entendu ?… Oh mon Fernand «La Favorite»

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Preludio. «La traviata»

Camille Saint-Saëns (1835-1921)

Mon cœur s’ouvre à ta voix «Samson et Dalila» (Sansón y Dalila)

Felix Meldelssohn (1809-1847)

Obertura. «El sueño de una noche de verano»

Gioachino Rossini (1792-1868)

Non piu mesta «La Cenerentola»

Predicando con el ejemplo

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Viernes 14 de marzo, 20:15 horas. Auditorio del Conservatorio Profesional de Música «Anselmo González del Valle», Oviedo. Orquesta de la Universidad de Oviedo, Pedro Ordieres (director). Obras de Mozart y Delius. Entrada libre.

Siempre es un placer volver a casa, y aunque por edad no llegué a disfrutar del nuevo edificio en la Casa del Deán Payarinos (Corrada del Obispo) no he perdido nunca el contacto del que en mis tiempos ya era Conservatorio Profesional (dependiente de la Diputación), y que hoy en día lleva el nombre de Anselmo González del Valle, cuyo retrato, entre tantos otros, estaba en el último piso de la calle Rosal (hoy Escuela Municipal de Música «María Teresa Prieto»).

Y también en casa se sentía este viernes Pedro Ordieres (Oviedo, 1979), quien sí estrenaría el nuevo edificio estudiando solfeo, aunque tenía al maestro en casa (mi siempre querido y recordado Alfonso Ordieres, también profesor en el Conservatorio, violinista de la Orquesta «Muñiz Toca», posteriormente Orquesta Sinfónica de Asturias (precursora de la OSPA) y fundador de la Orquesta de la Universidad de Oviedo, hoy dirigida por su hijo que tomaría el relevo en 2016 tras un triste paréntesis de años en silencio), como bien nos recordó a todos los presentes -que llenaron el auditorio del último sótano- el director del mismo Santiago Ruiz de la Peña, quien le haría entrega al inicio de un detalle, dándole la palabra para que «junior» nos contase el programa elegido para esta ocasión.

Muchos de los componentes de esta orquesta ya han pisado el mismo escenario y están llevando desde su nueva etapa con Ordieres junior la música sinfónica por casi toda Asturias y parte de la geografía nacional, muchos con años de veteranía ya desde sus inicios estudiantiles, por lo que la calidad y el relevo generacional está asegurado, esperando poder formar parte de las orquestas profesionales que siguen renovándose y están completando un panorama que en mis años 70 era impensable. Y además están predicando con el ejemplo como pudieron comprobar gran parte del alumnado que escuchó y disfrutó de este concierto, soñando con estar pronto en el mismo lugar.

Nada mejor que comenzar con el siempre didáctico Mozart, piedra de toque para todo estudiante y profesional, perfecto en la llamada «música de cámara» y tan necesario en la orquestal. La obertura de la ópera Don Giovanni K. 527, ayudó a ensamblar las secciones, bien afinadas, aplicadas a la mano del maestro Ordieres y con buenas dinámicas para una partitura más llevadera al oído que a los atriles pero interpretada para mantener esa engañosa facilidad de la música del genio de Salzburgo.

Toda formación debe explorar repertorios menos transitados o interpretados incluso por las orquestas profesionales, por lo que debemos destacar esta apuesta de Pedro Ordieres en rescatar al inglés de origen alemán Frederick Delius, nacido en Bradford (West Yorkshire), un centro de producción de lana a quien su acomodada y adinerada familia enviará a Florida para trabajar en una plantación de naranjas, pero la pasión musical ya le venía desde la infancia (sus padres eran grandes melómanos) y volverá a Europa para estudiar en Alemania. La vida del compositor británico es de lo más interesante y sus recuerdos en la península caribeña marcarán esta Suite Florida escrita en 1887 durante sus años de estudiante en Leipzig, donde entablaría amistad con Grieg, obra juvenil con cuatro movimientos variados donde toda la orquesta (con piano), de gran plantilla, tiene su protagonismo. ​Sir Thomas Beecham, gran defensor de la obra de Delius, tenía una partitura del copista, que usaba para sí mismo, realizada a partir del manuscrito original del compositor. La suite fue publicada por primera vez en 1963 y una edición corregida de la partitura fue publicada en 1986.

Destacar los variados tempi y ritmos de esta suite, de amplias dinámicas bien marcadas por la batuta de Ordieres y respondidas por «su orquesta». Destacable el cuarteto de trompas, con solos muy aterciopelados, y sobre todo el protagonismo de la oboe, dándole ese carácter algo pastoril y hasta «nórdico» sin perder la inspiración en las danzas afroamericanas o los espirituales negros.

A favor de «la Uni» tener la obra ya rodada de anteriores conciertos (Oviedo o Luarca) y la excelente acústica del auditorio de la Corrada del Obispo que permitió escuchar cada detalle y donde el público aplaudió cada uno de los cuatro números.

Fuera de programa llegaría el Danzón nº 2 (1994) del mexicano Arturo Márquez (Sonora, 1950) que se ha hecho muy popular en todas las versiones por su energía y riqueza, propina y obra ideal para una orquesta joven a la que Ordieres hizo moverse literalmente, con el empuje de la sección de percusión y buen protagonismo de maderas y metales siempre bien arropados por una cuerda que mantuvo la disciplina y la entrega en este «hit» que todo melómano acaba tarareando a la salida, en una muy matizada y rica interpretación de la Orquesta de la Universidad de Oviedo bajo la batuta de Pedro Ordieres.

PROGRAMA:

W. A. Mozart (1759-1791):

Don Giovanni, K. 527: obertura.

Frederick Delius (1862-1934):

Florida Suite (1887):

1.  Daybreak – Dance (Amanecer – Danza)

2. By the River (En la ribera del río)

3. Sunset – Near the Plantation (Anochecer – En la plantación)

4. At Night (De noche)

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