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Universo orquestal «con forza»

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono III Subito con forza: OSPA, Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras deUnsuk Chin, Béla Bartók y Mozart.

Segunda semana con el «extra vitamínico» del violinista ucraniano afincado en Londres, que esta vez no estuvo en el encuentro con los abonados a las 19:15 en la Sala de Cámara del Auditorio sino el titular portugués explicándonos el programa (que repetiría antes de arrancar el concierto).

Y quiero volver a remarcar lo bueno que supone contar con el maestro Simovic porque no solo contagia su pasión a la OSPA, a la que se la nota feliz y a pleno rendimiento, también al público (hoy volvió a haber demasiados huecos) que recibe ese ímpetu y buena química sobre el escenario. Al «cocktail  energético» debemos sumar la apuesta por tenerle nuevamente de solista en el exigente concierto de Bartók tras un estreno, al menos asturiano, de la surcoreana Unsuk Chin (Seúl, 14 de julio de 1961), otro de los proyectos que ha traído Nuno Coelho en esta su segunda temporada al frente de la OSPA. Por cierto que sigue sin cubrirse la plaza de concertino, como preguntó en el encuentro una abuela para contárselo a su nieto violinista (!), de nuevo invitando a solistas  internacionales como esta vez la austriaca Birgit Kolar que lo fue igualmente hace un año de la OFil, junto a Sabine Lohez de ayudante. Y para la segunda parte, siempre en el formato decimonónico de «Estreno-Concierto-Sinfonía» no se olvidaron de programar el «repertorio de siempre», esta vez con la última sinfonía del genio de Salzburgo.

En las notas al programa (enlazadas al principio) de Hertha Gallego de Torres), sobre la obra de la pianista y compositora Unsuk Chin -distinguida alumna de juventud de Ligeti-, y actualmente viviendo en Berlín nos cuenta que «escribió Subito con forza en 2020 en pleno confinamiento, a petición de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam para celebrar el 250 Aniversario del nacimiento de Beethoven (…) indisimulada afición por el virtuosismo, que aquí se muestra en una paleta brillante de instrumentos de percusión con un papel tan importante o más que la cuerda. Puede presumir Chin  (…) de que sus obras son muy accesibles al público que rechaza la música contemporánea, por la brillantez que obliga a exhibir a la voz, a la orquesta o a ambas». También la elección de esta obra por necesidades de plantilla como explicó la gerente en el encuentro previo. Con los «motivos» de las oberturas de Coriolano o Leonora III y el inconfundible motivo rítmico de la Quinta, el maestro Coelho la defendió con su ímpetu habitual, destacando el enorme trabajo de los percusionistas, junto al arpa y el piano pero sin menoscabar al resto de una orquesta que hoy se colocó «quasi vienesa» con los violines enfrentados y violas-chelos frente al podio. Obra interesantísima la de esta surcoreana más europea que muchos y volviendo a recordarnos que la Pandemia del Covid también trajo mucha creatividad, caso de este Subito con forza… y fuego.

Esperado el regreso de Simovic con su Stradivarius pasando del pasado Beethoven al presente Concierto para violín nº 2 (1939) de Béla Bartók, de los más importantes escritos en el siglo XX plagado de recovecos para solista y orquesta, con el portugués mostrando de nuevo su calidad como concertador en una obra exigente para todos. Sobre esta partitura que bien nos explicó por partida doble, añadir de nuevo las notas sobre el mismo (con links míos): «después de varias consultas con el eximio violinista y compositor húngaro Zoltán Székely, su dedicatario (…) había sugerido al compositor la obra poco antes de que se exiliasen ambos a Estados Unidos. Székely, miembro del famoso Cuarteto Húngaro, fue quien estrenó el Concierto como solista con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en 1939», en este caso enlazando la misma formación con la obra de la surcoreana. Prosigue la profesora Gallego de Torres: «Ejemplo de la personal síntesis de tradición y progreso de Bártok, su estructura formal es la del concierto clásico o romántico. Sin embargo, tonalmente, bebe de la influencia dodecafónica y de las escalas modales del folklore de los Balcanes» y así lo entendieron a la perfección desde el trípode que mantiene el equilibrio perfecto: solista, orquesta y director, porque el virtuosismo de Simovic en el Allegro non troppo parece sencillo ante su sonoridad limpia, su musicalidad exquisita del bellísimo Theme and Variations: Andante tranquillo central que estuvo arropada y mimada por la OSPA, y el complicado Rondo: Allegro molto final lo entendió en sus múltiples cambios de tempi y compás un Coelho en sintonía con el mago Simovic, momentos de complicidad  con una madera contestando desde la misma intención que el Stradivarius para disfrutar de una amplísima gama dinámica que desde el podio pareció trabajar cual ingeniero de sonido manteniendo el balance y presencia exacta de cada pasaje.

Si el viernes pasado mister Simovic nos regalaba una propina a dúo con el concertino, de nuevo la sencillez y generosidad del maestro nos preparó con Max von Pfeil, principal de chelos, otra «delicatessen» del noruego Johan Halvorsen, violinista virtuoso, distinguido director de orquesta, compositor de gran cantidad de música incidental, obras orquestales y numerosas piezas para violín. En 1894, cuando trabajaba como director de orquesta en Bergen, la ciudad natal de Grieg, hizo una «extravagante» adaptación para violín y viola (hoy con chelo) de la Passacaglia de una «Suite para clavecín solo» de Handel, variaciones continuas sobre un bajo repetitivo que Halvorsen reelabora las suyas con un despliegue instrumental ampliado: dobles paradas, escalas vertiginosas, armónicos y una amplia gama de dinámicas, timbres y articulación, un impresionante dúo donde disfrutar de ambos intérpretes, compañeros unidos por estas músicas que siempre nos «descubren» el talento de los músicos de la OSPA y la cercanía de este violinista al que sigo pidiendo le pongan un piso en Oviedo pues cada estancia entre nosotros aumenta la calidad y entrega para disfrute de todos, aficionados incluidos.

Si Beethoven encandiló en el segundo de abono, en este tercero llegaba la última sinfonía de Mozart, el cierre de la trilogía compuesta en tiempo récord y sin necesidad de encargo alguno, como también nos contó el maestro de Oporto, y que no consta se estrenasen en vida del salzburgués. La sinfonía nº 41 ”Júpiter” fue escrita en el verano de 1788 en la tonalidad de do mayor de estructura clásica pero que encierra el lenguaje operístico de Don Giovanni o Cossì, música sin palabras pero con la firma inigualable. Coelho la trabajó así, pues tanto el portugés como Hertha Gallego citaron a Harnoncourt: «para Mozart lo importante siempre es el drama, el diálogo, el conflicto y su resolución (…) Lo paradójico es que esto no sólo se refiere a sus óperas sino también a su música instrumental, que siempre es dramática». De hecho los tempi elegidos no fueron extremos pero sí delineados cual canto, ayudado de nuevo por la colocación de la cuerda y la propia plantilla utilizada por Mozart, así como la elección para esta «Júpiter» de los timbales ‘clásicos’ que Mr. Prentice volvió a manejar con gusto y seguridad.

El Allegro vivace se planteó tranquilo, cual obertura luminosa de contrastes bien marcados, líneas melódicas en cuerda con maderas ideales y metales redondos. Lírico y reposado el Andante cantabile tan original y propio del Mozart maduro, acentos claros de sonoridad onírica en todas las secciones. El Minuetto: Allegretto bien marcado con las lengüetas y bisel alternando «el canto» revestidas con los bronces y abrigadas por una cuerda con identidad propia. Y el universo del Molto allegro preciosista, dbujándose claros los temas superpuestos bien delineados por el maestro Coelho sin forzar el aire, poderío de bronce y empuje sinfónico en la Viena que rompería moldes en todas las artes, escuchándose todos los músicos al detalle en esta sinfonía que nunca es igual aunque la escuchemos las veces que queramos y en los cientos de grabaciones.

Y qué mejor forma que cerrar esta entrada con los certeros versos del sevillano Luis Cernuda que nos dejó mi admirada Hertha Gallego de Torres en sus notas:

 

Si alguno alguna vez te preguntase: «la música ¿qué es?»
‘Mozart’, dirías, ‘es la música misma’

PROGRAMA:

Unsuk Chin (1961): Subito con forza.

Béla Bartók (1881-1945): Concierto para violín nº 2 (1937/1938): I. Allegro non troppo – II. Theme and Variations: Andante tranquillo – III. Rondo: Allegro molto.

W. A. Mozart (1756-1791): Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551, «Júpiter» (1788): I. Allegro vivace – II. Andante cantabile – III. Menuetto: Allegretto – IV. Molto allegro.

Pidiendo PaSO

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y literatura II», abono 10 OSPA, Mario Gas (narrador), Perry So (director). Obras de Sibelius y Wagner.

Cada concierto de la OSPA con nuestro «colaborador artístico» por no llamarlo director invitado de esta temporada es una satisfacción para el poco público que comienza a preocuparme aunque podría dar algunas causas. Este décimo programa de abono, «Música y literatura II», nos traía dos obras que Perry So explicaba a Fernando Zorita en OSPATV perfectamente y nos refleja el trabajo meticuloso y detallista junto a la pasión que contagia a todos, maneras de pensar y sentir la música desde un profundo conocimiento de ella, dos mundos sinfónicos desde su visión personal y con esa gran orquesta asturiana deseada cuya ampliación se llevó la tijera económica. Gracias a la colaboración con el CONSMUPA pudimos tener una formación con los mínimos refuerzos habituales y doce estudiantes para dos partituras inmensas poco escuchadas. Los músicos comienzan a jubilarse y los jóvenes piden paso, la renovación debe planificarse con tiempo para mantener la calidad alcanzada por una OSPA a la que debemos exigirle siempre lo mejor. Este viernes pudimos comprobar cambios puntuales en los atriles realmente esperanzadores. Lástima no haber tenido tres o cuatro contrabajos más porque el resultado global todavía hubiera subido enteros y la ausencia de RNE que graba normalmente los conciertos en el Auditorio.

La Tempestad, op. 109 (Sibelius) se presentaba en una selección del propio director con quince (de los 34 números) que conforman las dos suites, en un orden personal con la narración de los textos de la obra de Shakespeare traducida al castellano por Ángel Luis Pujalte en la voz de Mario Gas, interpretación que completaría esta música con «visión literaria» bien explicada por Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (enlazadas arriba en el compositor) cuya ecualización fue mejorando a lo largo de la obra aunque pillase por sorpresa alguna vez a los responsables del sonido, actor pero sobre todo artista muy ligado a distintas producciones que explican la buena dinámica y entendimiento con la partitura del maestro So.
Orquestación poderosa en todas las secciones para ir poniendo imágenes a esta banda sonora del finlandés inevitablemente romántica cargada de contrastes anímicos, rítmicos, dinámicos, con recuerdos casi folklóricos de la cercana Rusia en distintas danzas para esta festiva singladura por los mares personales. Maravilloso comprobar la calidad de todos los solistas, unas secciones compactas y los planos a flote con buen rumbo bajo capitaneados con mano firme, clara, precisa y  con mando en plaza del maestro. Tras la tempestad inicial vino la calma, momentos de mar como un plato y de oleaje sonoro con calma chicha, no por quietud sino de meditación y remanso en la turbulencia de la propia vida traducida a música sin texto y textos sin música antes de la confluencia. Como la letra del epílogo «vuestro aliento hincha mis velas o fracasará mi idea, que fue agradar. Sin dominio sobre espíritus o hechizos, me vencerá el desaliento si no me alivia algún rezo tan sentido que emocione al cielo y excuse errores«, verdadera ímpetu siempre controlado agradando sin desaliento alguno emocionando a cielo y tierra esta interpretación de este Sibelius rarísimamente escuchado en vivo que completa a más habitual sinfónico todavía por descubrir.

Plenamente romántico y con historia marinera el mito de Tristán e Iseo, surcando de Grecia al universo wagneriano, la música pura de Tristán e Isolda (Wagner) en esta suite arreglada por el holandés Henk de Vileger (1953) en 1994 nos permitió degustar sin cantantes la impresionante construcción del genio alemán en esta «música sin palabras» en siete números de intensidades y emociones graduadas teatralmente reconociendo esa música inimitable. Personalmente creo que Guillermo García Calvo ha ido haciendo a la OSPA más wagneriana, emergiendo del foso del Campoamor al escenario del Auditorio, subiendo por el Campo de San Francisco hasta la colina húmeda para desnudar la palabra y disfrutar la música en estado puro. Con Héctor Corpus de concertino las calidades instrumentales no cesaron nunca, trompas conjuntadas de sonido ateciopelado, trombones y tuba de textura organística en catedral aérea, arpa en el plano adecuado, timbales seguros, madera de color empastado, cuerda dulce o tensa adaptándose al discurrir dramático, Perry So preciso, batuta rectilínea y enérgica cual estilete y mano izquierda atenuando cualquier mínimo exceso que pudiera enturbiar esta historia de amor mitológica.

Conjunto sólido, eficaz, con músculo y delicadeza sumándole unos solistas de lujo como el clarinete bajo de Daniel Sánchez Velasco, la viola de María Moros cuya colocación este viernes permutadas con los violonchelos nos impidió degustar aún más su sonoridad, pero sobre todos el corno inglés de Juan Pedro Romero capaz de enamorarnos en solitario desde el segundo piso y llegar a tiempo para esa escena final de Isoldes Liebestod, una muerte como final argumental romántico y perfecto en un concierto esperado que no decepcionó.

Consolidación sinfónica

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Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «El mundo de ayer III», abono 9 OSPA, Roberto Díaz (viola), Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Higdon, Bartok y Hindemith.

El compositor Carl Maria von Weber (1786-1826) y la viola como nexo de unión para este noveno de abono con música de ayer y hoy, variaciones sobre el primero por parte de un violista compositor como Paul Hindemith (1895-1963) y un concierto de nuestro tiempo de Jennifer Hidgon (1962) estrenado por el mismo solista que nos visitaba. Todo en el regreso del titular búlgaro que se encontró a nuestra orquesta en un momento ideal para afrontar un programa realmente exigente (dejando las excelentes notas al programa de Hertha Gallego de Torres enlazadas en los autores), además de potente donde Milanov parece mostrarse cómodo con la respuesta deseada.
Como casi siempre se arma un concierto, nada mejor para empezar que una obertura, esta vez la conocida de Oberón (Weber) que muchos de mi época han escuchado multitud de ocasiones en su versión para banda, aunque la ópera no la hayamos visto. Calentar motores con esta página sinfónica (que además serviría para cerrar el círculo virtuoso tras Hindemith) sirvió para comprobar la consistencia de esta orquesta en una temporada «in crescendo», inicio de trompa convincente y con calidez augurando sesión redonda en todos los sentidos, maderas únicas, trompetas dando el colorido necesario desde la contención dinámica, percusión en su línea, más la cuerda sinónimo de seguridad, todo bien armado por un Milanov que optó por cierta grandilocuencia sin mucho balance protagonista que en cierto modo pudo tapar unos pasajes violinísticos delineados con brocha.

En la habitual y siempre necesaria apuesta por renovar repertorio con obras actuales llegaba el Concierto para viola (Hidgon) compuesto hace apenas dos años, con tres movimientos solamente «nombrados» con las indicaciones metronómicas de velocidad y con el chileno afincado hace más de 40 años en EE.UU. Roberto Díaz como viola solista (entrevistado en OSPA TV), el mismo que la estrenó hace dos años (y grabó para el sello Naxos) convirtiéndose en el mejor embajador de este concierto de sabor muy americano en cuanto a referencias estilísticas (Barber, Copland, Bernstein o el concierto homónimo de Walton) reconocidas incluso por la propia compositora, obra más allá del lucimiento del solista, que también, con una escritura interesante a nivel orquestal: maderas a dos pero sin oboes, metales a pares salvo el cuarteto de trompas, y una percusión bien elegida a base de vibráfono, caja, cajas chinas, temple-blocks y bundle sticks (como unas escobillas de cañas atadas que utilizadas sobre las placas buscan nuevos timbres), especialmente en el movido movimiento central con evidente carga rítmica, pero siempre jugando con unas melodías de colores vivos. Milanov atento al solista mantuvo los planos dinámicos para disfrutar de una viola siempre presente y marcando claramente los múltiples cambios de compás a lo largo de los tres movimientos. Combinaciones instrumentales que permitieron lucirse a los primeros atriles, sobre todo los metales, pero destacando la orquesta como unidad desde las pinceladas que eché de menos en la obertura.
Propina virtuosística a cargo de Díaz sacando lo mejor de una viola Stradivarius (hay muy pocas) realmente impactante en sonoridades con un arco a la par en prestaciones. Un lujo de regalo.

La gran orquesta deseada aparecería en la segunda parte para afrontar primeramente El mandarín maravilloso, suite op. 19 (Bartok) poco programada precisamente por las exigencias de plantilla, seis números variados de esta pantomima que permite escuchar las amplias sonoridades de cada sección y el lenguaje avanzado para la época del húngaro hoy totalmente asimilado en nuestra memoria auditiva colectiva. El inicio vertiginoso de los violines en la introducción sonó preciso aunque no todo lo claro que quisiéramos, nuevamente quejándonos de la mala acústica para el público que escuchamos «otra cosa» que los propios músicos en el escenario, pero ganando terreno a lo largo de los seis momentos. Y todo ello no fue óbice para saborear la cascada instrumental que Bartok prepara a lo largo de esta suite, especialmente la última danza, con seducciones de todo tipo descritas en los títulos con ese aire oriental en un relato fantástico hecho música. Lucimiento de cada familia orquestal (con amplia presencia de percusión y tecla) desde los trombones a las maderas, incluyendo los solistas, en un derroche sinfónico de trazo grueso donde la partitura parece poner los volúmenes en su sitio, y Milanov marcando lo justo para una interpretación brillante de las que los músicos disfrutan y el público (muchos y preocupantes huecos) también.
Para finalizar la Metamorfosis sinfónica sobre temas de Carl Maria von Weber (Hindemith) como metáfora musical del violista y compositor alemán más «moderado», escritura académica desde su estilo rompedor aquí neoclásico para disfrutar de la instrumentación ideal que logró redondear protagonismos en solistas (de nuevo una percusión impecable) y sobre todo la contundencia global de la formación asturiana, con el aire todavía impregnado del orientalizante bartokiano. Concierto de consolidación sinfónica para esta OSPA hoy deseada en efectivos (por número y efectividad valga la redundancia), tributo al Weber inicial así como a la danza, enlazando de nuevo con Bartok, todo bien entendido desde su composición hasta la ejecución del noveno de abono con obras que mantienen el alto nivel hasta la fecha ya pasado el ecuador de la temporada.

Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…