Inicio

Quiero y no puedo…

2 comentarios

Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Conciertos del Auditorio. Rolando Villazón, tenor, Oviedo Filarmonia (OFIL), Christian Vásquez, director. Obras de Márquez, Mozart, Haydn y Dvořák.

(Crítica para Ópera World del viernes 10, con los añadidos de fotos propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite).

En el ciclo ‘Los Conciertos del Auditorio’ que cumple sus bodas de plata, no suele faltar el guiño a la afición y tradición lírica asturiana, y por él han pasado muchos cantantes de renombre internacional junto a óperas en concierto, casi complemento de las óperas y zarzuelas en el Teatro Campoamor, por lo que son recitales muy esperados y atraen a amantes de la lírica de todas partes de Asturias y España.

El tenor mexicano Rolando Villazón (1972) regresaba a la capital ovetense, donde debutó hace 22 años con el «Romeo y Julieta» de Gounod junto a Ainhoa Arteta (y no precisamente con buen recuerdo), esta vez con un repertorio un tanto ‘extraño’, además de breve, anunciado junto a su compatriota la sobrevalorada y controvertida directora Alondra de la Parra, que venía a nuestra Vetusta para este “pseudorecital” más el doblete de zarzuela «La Rosa del Azafrán» para estrenarse en el foso, todo con la OFIL, que prosigue su andadura “todoterreno”. Pero una baja por motivos de salud obligó a encontrar sustitutos desde hace solo tres días, contactando con el maestro bilbaíno Diego Martín Etxebarría para las dos funciones de la próxima semana dentro del Festival de Teatro Lírico, que también contaré desde aquí, y el director venezolano Christian Vásquez para esta esperada y apurada cita del auditorio, resultando más concierto que velada lírica, pues tres obras cantadas para la primera parte, más la propina de zarzuela, no se pueden calificar de recital.

Con más cambios en el orden del programa, que dejo al final, arrancaba directamente Villazón con un aria de concierto del Mozart niño, Va, dal furor portata, KV 21 (19c), escrita en Londres con solo nueve años y donde se nota aún cierta bisoñez aunque ya tiene detalles propios del genio de Salzburgo. Casi prolongación del barroco, el tenor tuvo problemas con unas agilidades bruscas y poco limpias, unos graves que han ganado cuerpo pero sin apenas matizar, siendo su gama dinámica del mezzoforte al fortísimo, lo que desluce una vocalidad ya de por sí algo limitada.
Tras una presentación al publico de su Mozart y “papá Haydn en el Londres donde coincidieron los dos genios, así como el recuerdo de 2002, llegaría el recitativo con aria «Dov’ e quell’alma audace… In un mar» de «L’anima del filosofo, ossia, Orfeo ed Euridice», compuesta en 1791, el año de la muerte de Mozart. Es importante ir sacando la producción operística del austriaco aunque sea con cuentagotas, y Villazón es uno de los adalides de estas recuperaciones. El rol de Orfeo le va al mexicano como anillo al dedo, pero volvió a decantar la balanza por una matización algo destemplada, sólo salvable en el largo recitativo inicial que da título a este número, donde poder cargar la parte dramática que los años ayudan, pero sus conocidos problemas (el quiste congénito del que le operaron en 2018, la ansiedad escénica y la acidez severa) no hacen más que corroborar que hemos perdido a este tenor, con el aria “In un mar” más representada que cantada. Se le agradece el empeño por seguir siendo un artista, pero ya no tiene el tirón de antaño y se notó hasta en el aforo del auditorio, que no se completó. La urgencia en encontrar director también se apreció en esta primera parte, pues el maestro Vásquez no estuvo cómodo con unas obras que probablemente eran nuevas, como para la mayoría del público. Al menos OFIL sigue siendo la orquesta heterodoxa y dúctil que responde al podio siempre, por lo que Haydn sonó clásico y el venezolano hizo lo que pudo.

No entendí colocar la popular obertura de «Las bodas de Fígaro», KV 492 tras Haydn, tal vez para comprobar el nivel de madurez que Mozart ya tenía en 1786 y emparejándolo con el aria anterior. Pese a ser una partitura que OFIL habrá tocado infinidad de veces en otros recitales al uso, la versión del director venezolano fue de brochazos más que de pincel, y los músicos se plegaron a las órdenes de un Vásquez que optó por marcar en vez de interpretar.

La última “escena” más que aria, canción o romanza, elegida por Villazón, sería L’esule (El exilio) de Verdi, en un interesante arreglo del original para tenor y piano realizado por Luciano Berio que dota a esta partitura de los aires ya conocidos del genio de Le Roncole un par de años antes de su «Nabucco». Rolando Villazón se entregó de principio a fin de nuevo con un dramatismo convincente y la escena que le conocemos, pero quedaría tapado en momentos puntuales por una orquesta poderosa que Vásquez no aplacó en sus dinámicas. El timbre del mexicano ha engordado y los agudos parecen más colocados, pero echamos de menos la “messa di voce” de sus inicios así como unos fraseos más acordes con esta partitura de salón, aunque el arreglo orquestal la eleve a aria operística.

Curiosamente la propina resultaría lo más aprovechable de esta primera parte, el homenaje a su admirado Plácido Domingo y a nuestra zarzuela «Maravilla» (de Moreno Torroba) con esa maravillosa romanza “Amor, vida de mi vida”, paralelismos vocales mexicanos y españoles para esta página llena de pasión que nunca le ha faltado a Rolando Villazón, despidiéndonos para una segunda parte sinfónica donde disfrutar tanto de la OFIL como de Christian Vásquez, dominador de Dvořák y Márquez que los dirigiría de memoria.

La octava sinfonía del checo sonó madura, llena de luz y color en sus cuatro movimientos con lucimiento de todas las secciones, destacando un Adagio impecable por sonoridad, dinámicas, fraseos y planos sonoros bien marcados por Vásquez con la respuesta exacta de la filarmónica ovetense. El Allegro ma non troppo final dejaría en alto una interpretación soberbia que estaba previsto fuese el cierre de este concierto con Villazón de invitado, pero el homenaje mexicano para él y la Alondra que voló enferma, se dejó para despedir este penúltimo concierto del ciclo (el 6 de junio lo clausurará la Gustav Mahler Jugendorchester con Kirill Petrenko), y el segundo danzón de Márquez con una orquesta reforzada incluso con alumnos del CONSMUPA, fue la explosión y colorido lleno de intervenciones solistas dignas de destacar, desde el piano del virtuoso Sergei Bezrodni al clarinete de Inés Allué, unos metales compactos y una sección de percusión impecable, todo llevado por un Vásquez que apostó por los contrastes para dejarnos un buen sabor de boca.

FICHA:

Jueves 9 de mayo de 2024, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Conciertos del Auditorio. Rolando Villazón, tenor – Oviedo Filarmonia (OFIL) – Christian Vásquez, director. Obras de Márquez, Mozart, Haydn y Dvořák.

PROGRAMA DEFINITIVO:

PRIMERA PARTE

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Va, dal furor portata, KV 21 (19c). Texto de Pietro Metastasio

Franz Joseph Haydn (1732-1809)

“Dov’ e quell’alma audace… In un mar”,
de L’anima del filosofo, ossia, Orfeo ed Euridice

Wolfgang Amadeus Mozart

Obertura de Las bodas de Fígaro, KV 492

Giuseppe Verdi (1813-1901)

L’esule [arreglo de Luciano Berio (1925-2003)]

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904)

Sinfonía nº 8, en sol mayor, op. 88

I. Allegro con brio

II. Adagio

III. Allegretto grazioso – Molto Vivace

IV. Allegro ma non troppo

Arturo Márquez (1950)

Danzón nº 2

La música integradora

Deja un comentario

Miércoles 27 de marzo, 19:45 horasTeatro Filarmónica de Oviedo, Concierto 2068 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (número 7 del año): Orquesta Humboldt, Michael Form (director). Obras de Haydn, Mozart y Schubert.

Este frío miércoles santo llegaba a la centenaria sociedad filarmónica la Orquesta Humboldt (OH), que forma parte de la Asociación Euro-venezolana para el fomento de las artes musicales y escénicas (EUVEM),  fundación e institucionalización de esta nueva agrupación como paso lógico y consecuente de una exitosa colaboración artística entre distintas orquestas y coros de «El Sistema». Como reza en su presentación, es «un proyecto sinfónico para la integración de los mundos», agrupación esta vez algo mermada al contagiarse de COVID dos violines antes de emprender viaje y dejándola «reducida» a 19 miembros para un programa clásico de los que hacen afición y reafirman la ya consolidada. La OH surge por iniciativa del prestigioso flautista alemán Michael Form (Mainz, 1967) y la dirección artística del contrabajista venezolano Jonathan Álvarez Cermeño (Los Teques, 1989), y no se puede sacar más provecho a una formación camerística de jóvenes con altísimo nivel formados en sus países de origen y obligados a emigrar, extranjeros y/o refugiados que «La Humboldt» agrupa junto a españoles de talento, fomentando este intercambio cultural y humano más allá de cuestiones políticas o religiosas con distintos puntos de vista musicales, que demostraron en Oviedo cómo la música no tiene fronteras, integra y logra hacer agrupaciones de una calidad que cerrando los ojos parece un milagro al escucharles.

Siempre que hablo de sinfonías y plagiando un dicho taurino, escribo que «no hay quinta mala», por lo que nada mejor en un programa tan clásico que la número 5 de Schubert, el último en un periodo que ya rompía al romanticismo, pero que servía para preparar el resto del concierto, pues en cierto modo es un homenaje o tributo a sus compañeros de programa. Con los músicos que viajaron a la capital, la plantilla respetó la original aunque la cuerda quedó en 4-3-2-2-1, suficiente para cómo sonó aunque ciertamente el trabajo para los violines sería mayor y quedaría algo «descompensado», pero tan bien equilibrado con el viento (1 flauta con oboes y fagots a dos, más dos trompas naturales) que la interpretación de esta camerística Humboldt fue de lo más completa.

El Allegro inicial bien balanceado, rico en dinámicas de amplios reguladores, fraseos claros bien llevados por el maestro Form, despuntando el quinteto de madera con una flautista precisa y de enorme proyección. El Andante con moto delicado, heredero de los compañeros de programa en estilo, increíble la sonoridad y empaste camerístico, la cuerda tan homogénea bien arropada por las dos trompas y nuevamente la madera impecable. El tercer movimiento, que bisarían como propina, valiente en el tempo, literalmente «Allegro molto» -que no todas las formaciones respetan- algo corto en la cuerda grave pero suficientemente balanceadas todas las secciones para saborear lo escrito y nunca escuchado en vida por el joven Schubert, con los diálogos entre flauta y oboe delicados, precisos, llenos de musicalidad. Para rematar el Allegro vivace enérgico, valiente, saltarín, rico en dinámicas marcadas al detalle con la sabiduría de Michael Form que debía cerrar los ojos y abrirlos para comprobar el «milagro musical» de una sonoridad madura para unos músicos unidos para escucharse y disfrutar. Se aplaudieron todos los movimientos, aunque el maestro, que presentó cada obra, comentase que en su momento no se entendía un concierto como hoy y el público mandaba extereorizando lo que le gustaba. Está claro que esta quinta fue del agrado de los presentes, muchos iniciándose como debe ser en estos conciertos de las sociedades filarmónicas, auténtica cantera de melómanos y verdadera musicoterapia para todos.

Y «Papá Haydn» considerado el padre de las sinfonías, contaba con orquestas similares a esta OH, por lo que su Sinfonía 44 resultó ideal para la plantilla (misma cuerda y viento sin flauta con un solo fagot más los dos oboes y la pareja de trompas), denominada «Fúnebre» (Trauer en alemán) por su Adagio del que Haydn quedó tan «enamorado» que la pidió sonase en su funeral. El verdadero Sturm und Drang que marcó todo ese esplendoroso periodo clásico, el de la Escuela de Manheim con esos reguladores que serían la mejor expresión del «ímpetu y la tormenta» desde el primer Allegro con brio. Cierto que la cuerda hubo de trabajar a tope, las trompas naturales pueden errar algún ataque, pero la sonoridad y estilo fueron de calidad para estos jóvenes músicos llevados de las manos por Form. El Menuetto ya incorporado a las sinfonías (antes de la sustitución posterior por el Scherzo) aquí en el segundo movimiento, mantuvo el carácter de danza aristocrática con la madera cantarina, la cuerda articulando y el complemento de las trompas para una textura limpia. El Adagio que tanto gustaba al austríaco estuvo lleno de solemnidad e intimismo, de nuevo la cuerda entregada y revestida por un viento delicado, si se me permite la expresión, mozartiano por la profundidad expresiva que tiene, y que seguro el genio de Salzburgo escucharía pues parece clara la inspiración. El último Presto devolvió la energía y alegría de esta «querida fúnebre» que situó de nuevo a la Viena clásica en Oviedo: una cuerda homogénea, disciplinada, ajustada al tempo, bien arropada por el viento.

Si de la Austria clásica se trataba con Viena de capital, nadie mejor que Mozart y su conocida penúltima sinfonía que como Franz, el genio de Salzburgo tampoco pudo escuchar en vida. Con la misma plantilla del joven Schubert, esta sinfonía central de la trilogía final, aportó la sonoridad original con unos balances muy trabajados por Michael Form, buen conocedor de este repertorio, destacando el Menuetto por un tempo más cercano al Allegro que al Allegretto pero como bien nos comentó el maestro alemán, siempre en un perfecto castellano, es difícil aportar algo nuevo a una obra tan conocida, y el esfuerzo se agradeció. Protagonismo de los vientos, una madera excelente y una cuerda trabajando al máximo para conseguir el equilibrio global rico en dinámicas. Todo mi reconocimiento a esta Orquesta  Humboldt (bien elegido el nombre de este alemán como gran exponente del nexo entre dos mundos además de profundo investigador en Venezuela), con Michael Form al mando del proyecto y la formación por su compromiso con este repertorio que defendieron con profesionalidad, entrega e ilusión.

Regalarnos el bis de Schubert fue cerrar este círculo vienés en una sociedad filarmónica por la que pasaron promesas que el tiempo convirtió en figuras, deseando larga vida a este «proyecto sinfónica para la integración de mundos».

PROGRAMA:

Primera parte

F. SCHUBERT (1797-1828): Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816):

I. Allegro – II. Andante con moto – III. Menuetto. Allegro molto – Trio – IV. Allegro vivace.

F. J. HAYDN (1732-1809): Sinfonía nº 44 en mi menor «Trauer», Hob. 1/44 (1772):

I. Allegro con brio – II. Menuetto. Allegretto – Trio – III. Adagio – IV. Finale. Presto.

Segunda parte

W. A. MOZART (1756-1791): Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 (1788):

I. Allegro molto – II. Andante – III. Menuetto. Allegretto – Trio – IV. Allegro assai.

Piano para locos e inocentes

4 comentarios

Viernes 23 de junio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), Grandes Intérpretes: Víkingur Ólafsson (piano): “Mozart y sus contemporáneos”. Obras de Galuppi, C. Ph. E. Bach, Haydn, Cimarosa y Mozart. Fotos: Fermín Rodríguez.

Dícese del Hospital Real que “Fue para locos e «inocentes», devino Universidad y en sus salas se conjugan tradiciones musicales” trasladadas al bellísimo Patio de los Mármoles de este hospital encargado por los Reyes Católicos para enfermos pobres y peregrinos que con el emperador Carlos empezará a albergar también a los locos e «inocentes». La Universidad de Granada instaló aquí su sede principal en 1980 con el Rectorado y la Biblioteca Central “donde aquellos empeños quizá se continúen en forma de conocimiento y mapa del mundo, cartografía del espíritu humano y sus meandros que toda biblioteca puede contener” y el Festival también trae un mapa del piano clásico con todos los meandros en este recital del mediático pianista islandés, una de las figuras del “sello amarillo”.

Al pianista Víkingur Ólafsson (Reikiavik, 1984) se le ha calificado de atípico por los programas elegidos y cómo los cohesiona, nos trajo para este recital en el Festival las mismas obras que grabó en 2021 para DG “Mozart & Contemporaries” aunque en distinto orden, desde el más puro Clasicismo pianístico del genio de Salzburgo, pasando por “papá” Haydn, C. Ph. E. Bach (el quinto hijo de “Mein Gott”) junto a los menos escuchados en las 88 teclas por ser más operísticos caso de Cimarosa o “Il Buranello” que abría sesión cual preparación estilística al esperado “tour de force” de hora y media.

La forma de intercalar las obras del islandés es digna de analizar, no se rige por tonalidades afines o aires contrapuestos sino que parece responder a un momento vital y personal como el vivido esta calurosa tarde-noche granadina. Los pájaros parecían querer sumarse a los trinos al inicio con el Andante spiritoso de la Sonata nº 9 en fa menor de Baldassare Galuppi (1706-1785), y las palomas querían escuchar el primer Rondó en fa mayor, K 533/494 (1786) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Poco a poco llegaba la luz crepuscular y sonaba el más clásico de los Bach, Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) con el Rondó en re menor, Wq 61/4 (1785), misma forma y tonalidad relativa pero recreo o recreación musical total. Más que suficiente para comprobar que Ólafsson es único por y en todo. Como el volcán impronunciable de su tierra pasa de la erupción rompedora, explosiva, a la más delicada estrella boreal. Su sonido es limpio, claro, preciso, inmaculado, donde el uso de los pedales parece de otro mundo y engrandece cualquier obra por «pequeña que sea». Podemos escuchar todas las notas escritas mimadas en su duración exacta y con toda la gama de matices posible.

Sin pausas, enlazando cada obra sonaría Domenico Cimarosa (1749-1801) y su Sonata nº 42 en re menor arreglada por el propio V. Ólafsson, sonidos casi orgánicos en un piano estratosférico de volúmenes extremos y fraseos degustando hasta los silencios.

Globalidad y preparaciones tímbricas antes del puro Mozart a pares, la Fantasía nº 3 en re menor, K 397 (¿1782?) y el Rondó en re mayor, K 485 (1786), melodías del genio que recuerdan al Beethoven coetáneo de entonces, frescura expositiva, silencios grandiosos, noche luminosa y mágica donde Ólafsson se plegaba, mandaba, respiraba, emocionaba.

Un puente mínimo ya plenamente enamorados del piano otro arreglo del islandés para la Sonata nº 55 en la menor de Cimarosa, sin necesidad de razonar estilo o época, capaz de sonar como barroco trastornado en este hospital real, la música sin etiquetas para disfrutarla en toda su extensión desde el universo en blanco y negro del piano.

De Joseph Haydn (1732-1809) la Sonata para piano en si menor, Hob XVI:32 (c. 1774-1746) fue el mejor ejemplo de la escritura más que el período clásico, inspirador en todos los compositores elegidos pero con un aire común que el piano unifica. No es cuestión de analizar o ver cambios modales o tonos relativos de Mozart a Haydn con la fuerza del sordo de Bonn conviviendo en la Viena imperial y con el islandés paladeando una sonata exigente y contrastada, extremismos emocionales desde la pasión y fuerza en los tiempos rápidos al deleite y recreación del intérprete en los lentos, buscando sonidos siempre claros aunque cambiase la atmósfera.

De nuevo como preparando al genio Mozart que Ólafsson disecciona compás a compás con tres joyas que parecieron una: Kleine Gigue, en sol mayor, K 574 (1789), sólo pequeña de título y enorme interpretación, la conocida por todo estudiante Sonata para piano nº 16 en do mayor «Sonata facile», K 545 (1788), nuevo calificativo satírico del juguetón Mozart, delicia en los tres movimientos con el Allegro al límite sin errores, el riesgo controlado con la limpieza exquisita, los fraseos y la pausa subyugante antes del Andante, inocencia o locura antes del Rondó. Allegretto culminando esta sonata que enlazaba con el Adagio en mi bemol mayor, del Quinteto de cuerda nº 4 en sol menor, K 516 (1787) arreglado por el pianista. La capacidad de exprimir cada detalle, cada frase, la melodía precisa y presente con una musicalidad personal que hace un Mozart islandés lleno de contrastes como la propia tierra nórdica.

Y otra vez los tiempos lentos para comprobar el trabajo sonoro desde el piano, Galuppi y el Larghetto de la Sonata nº 34 en do menor, dolor, oscuridad interior llena de luz, la isla de Burano en otoño y otra inocente locura en el piano de Ólafsson antes de repetir con Mozart en otra terna que iría de la pasión a la interiorización total: la Sonata para piano nº 14 en do menor, K 457 (1784) tripartita y casi “revolucionaria” más que “patética”, Sturm und drang (tormenta e ímpetu) en sus tres movimientos  (Molto alegro – Adagio – Allegro assai), contrastes brutalmente delicados dando paso al Adagio para piano en si menor, K 540 (1788) y cual siguiente plegaria que acalló hasta el respirar, la transcripción que hiciese Liszt del Ave verum corpus, K 618 (1791), escuchar este himno sin coro ni orquesta con la misma emoción e interiorización que el original, el respeto del Abate por el “inocente loco de Salzburgo” ingresado en estos extramuros históricos.

Público entregado, discreción en los saludos y si los 90 minutos “de disco” el directo los mejora, el regalo del CD dedicado a “Mein Gott”, de la Organ Sonata nº 4, BWV 528, el II. Andante (Adagio) en transcripción de August Stradal redondeando un gran recital de un gran intérprete con personalidad propia transmitiendo un sonido único que las grabaciones nunca reflejarán como pudimos escuchar todos los melómanos que llenamos el Patio de los Mármoles más cálido que nunca por ese juego de palabras que no nos dejó fríos a ninguno de los presentes, salvo alguna “loca” quejándose de lo largo que merecía quedarse ingresada como “pobre de espíritu”…

Un Haydn de oro

Deja un comentario

Sábado 18 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Berit Norbakken (soprano), Esther Kuiper (mezzo), Stuart Jackson (tenor), Henk Neven (barítono), El León de Oro (director Marco A. García de Paz), Orchestra of the Eighteenth Century, Daniel Reuss (director). Obras de Haydn.

Otro concierto para recordar en «La Viena Española» dedicado a Franz Joseph Haydn (1732-1809), puro clasicismo enmarcado en el llamado Sturm und Drang (del alemán “tormenta e ímpetu”) con una formación de referencia como es la «Orquesta del siglo XVIII» que fundase allá por 1981 el legendario Frans Brüggen, que sigue inspirando desde su muerte en agosto de 2014 a su formación de amigos de veinte nacionalidades, donde sigue desde su inicio nuestro querido Emilio Moreno en la viola junto a otros españoles, y en la primera parte dirigidos por Alexander Janiczek desde su posición de concertino, demostrando que la formación mantiene la disciplina y calidad en su repertorio.

Un placer la sonoridad y rigor interpretativo de esta orquesta internacional que comenzaba su concierto con la Obertura  de la ópera L’isola disabitata, en cierto modo una sinfonía en miniatura por los cambios de tempo y auténticamente «tormentosa» además del «ímpetu», con una cuerda resistente y delicada en colocación vienesa, como era lógico, maderas y metales naturales más unos timbales que nunca sobrepasaron el gusto global por una tímbrica homogénea en todo el concierto.

La perturbante Sinfonía nº 26 en re menor, Hob. I:26, compuesta en 1768 ó 69 lleva por título «Passio et lamentatio», directamente «Lamentatione» y como en esta época inicial del llamado «padre de la sinfonía» con solo tres movimientos (I. Allegro assai con spirito – II. Adagio – III. Minuet. Trio), que tiene su inspiración en las dramatizaciones musicales en torno a la muerte de Jesús mientras Haydn trabajaba para los príncipes Esterházy. De nuevo aparece el espíritu de «ímpetu y tormenta» con una cuerda poderosa, un viento donde el oboe se erige protagonista en el Allegro inicial y las trompas bien afinadas de musicalidad plena en perfecta conjunción de madera y metal; un Adagio delicado y compactado, en el «tempo giusto» para la plegaria entonada por unos «cuernos» contenidos y de nuevo el oboe piadoso lleno de lirismo; el Minueto con trío final nos llevaría por sentimientos opresivos y en cierto modo hipnóticos (como escribe Pablo Gallego en las notas al programa) por su expresividad, dinámicas y fraseos a cargo de esta orquesta de leyenda.

Manteniendo este halo espiritual la segunda parte la ocuparía la Misa nº13 en si bemol mayor, Hob. XXII:13 «Schöpfungsmesse» (Misa de la Creación) con nuestro mejor coro, el LDO y un cuarteto solista ideal para estas obras, en colocación «cambiada» de izquierda a derecha: la mezzo holandesa Esther Kuiper de registro corpóreo que brilló sola y en los conjuntos, siendo la más destacada de los solistas desde su primer Kyrie; la soprano noruega Berit Norbakken de volumen algo corto aunque suficiente por su proyección y color; el bajo barítono neerlandés Henk Neven que quedó totalmente opacado en los conjuntos aunque el timbre fuese idóneo; y el tenor inglés Stuart Jackson, enorme de presencia aunque pequeña y bella voz como suele ser en los cantantes que salen de los coros escolares británicos, verdadera cantera vocal de la música barroca que con el paso al clasicismo, más al sinfónico coral, supone un plus que no tiene.

Punto y aparte el coro asturiano que con 37 voces no tuvo problemas en ningún momento. Atento Daniel Reuss a sus difíciles intervenciones con muchos cambios de compás y aire, el LDO se mostró seguro, afinado y hasta cómodo pese a los registros extremos donde nuevamente las sopranos volvieron a asombrar por la pureza de sonido y el empaste global de todas las cuerdas. Articulación y fraseos perfectos, pronunciación exquisita en latín eclesiástico, dinámicas perfectas y siempre presente, con un Gloria potente y un Sanctus-Benedictus «de disco» por destacar sólo estas de las seis partes que tiene esta misa. Maravilloso comprobar que los relevos generacionales junto al sustento veterano no les ha hecho perder ninguna de sus cualidades en la búsqueda de la belleza coral que volveremos a disfrutar en la Primavera Barroca.

El público casi se comportó como en una verdadera misa a lo largo del ordinario proyectado en latín y traducido al español, con la Orchestra of the Eighteenth Century refinada en sonido, metales brillantes pero nunca hirientes escoltando trompas y trompetas a las maderas aterciopeladas, timbales presentes (mimando el Sanctus), órgano de registro perfecto (en Et incarnatus est) y la cuerda con dinámicas extremas siempre apoyando a solistas y coro con el gesto claro de Daniel Reuss «oficiando» esta misa maravillosa de las muchas que compuso «papá Haydn» que irá multiplicándose para  ensayarla e interpretarla con distintos coros en esta gira española, en Oviedo con el orgullo «leónigan» de tener a Marco al frente del nuestro mientras sigue triunfando con el de RTVE.

No hay quinto malo

Deja un comentario

Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA: Shostakovich y la revolución. Daniel Müller-Schott (violonchelo), Ari Rasilainen (director); Benjamin Ziervogel (concertino invitado). Obras de Haydn y Shostakovich.

Hay una expresión, parece ser taurina, que dice «no hay quinto malo» y que utilizándolo musicalmente sobre las sinfonías suelo adaptarlo como «no hay quinta mala». Esta vez el quinto de abono de la OSPA (el día anterior en Gijón) ha sido  nuevamente para recordar: regresos de figuras conocidas, comenzando por Daniel Müller-Schott al que tengo en 2011 como primera reseña en mi blog antiguo, volviendo casi cada año con distintas formaciones, incluyendo la propia OSPA, y que nos traía de entre sus habituales conciertos el de Haydn (otra vez en menos de un mes), el director finlandés Ari Rasilainen (Helsinki, 18 febrero de 1959) al que siempre recuerdo desde su primera visita en 2003 con Carmen Yepes al piano, y ya con reseña en el blog en 2009 también «en otro quinto» además de ser «de mi quinta«, sumándose el austriaco Benjamin Ziervogel de nuevo concertino invitado, a la espera de cubrir esa plaza tan necesaria para una orquesta.

Contar con músicos conocidos ayuda a afrontar en las mejores condiciones un concierto que siguen organizándose como en el siglo XIX en cuanto al programa: un estreno -que no hubo esta vez-, participación del solista invitado y para cerrar una obra sinfónica, supongo que por cuestiones organizativas sobre el escenario, aprovechando el descanso para reubicar la gran plantilla que exige «la undécima» del siempre esperado Shostakovich, más con un director que domina estos repertorios.

El chelo de Daniel Müller-Schott (Munich, 2 de noviembre de 1976), un “Ex Shapiro” Matteo Goffriller, fabricado en Venecia en 1727, es una delicia de sonoridad y color, proyección, limpieza y musicalidad, por lo que el primer Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor, Hob.VIIb,1 de F.  J. Haydn (1732-1809) resultó ideal, especialmente en las «cadenzas» de cada movimiento (Moderato – Adagio – Allegro molto), curiosamente sin escribir por Haydn y dejando al solista libertad para ellas, mientras una OSPA casi camerística en esta primera parte, al mando de Rasilainen mantuvo una interpretación «pulcra y aseada», bien concertada y con los tempi adecuados al lucimiento del solista alemán ciñéndose a las indicaciones de la partitura, algo menos rápidos que en otras versiones del alemán. Se nota que tiene este concierto más que «rodado», por lo tanto técnicamente es impecable y sigue emocionando aunque le faltase ese plus de musicalidad que se espera en un virtuoso de su altura, si bien la «contención» se agradeció para poder disfrutar cada intervención suya, y hasta redescubrir esa herencia barroca vivaldiana de «papá Haydn«. Puede que cualquiera de los demás conciertos que el muniqués tiene en su amplio repertorio (Elgar, Walton, Dvorak, Schumann, Saint-Saëns, Lalo…) hubiese resultado más lucido incluso para nuestra OSPA, pero supongo que deben «tenerse en dedos» todos pues nunca hay dos días iguales y cada concierto siempre es único e irrepetible en los directos, tanto para los intérpretes como para el público.

No defraudó Müller-Schott en sus dos propinas donde sí disfrutamos de lo esperado, primero Prayer de Ernest Bloch (1885-1959) de Jewish Life, en versión solo, auténtica plegaria que en este quinto parecía una «oración» para acabar definitivamente con la pandemia de toses que no faltó de inicio a fin en este viernes, pese a no haber mucho público (sigue siendo preocupante), y que incluso hubo quien llegó solo a los llamados «encores».

Una deliciosa interpretación con el cello llenando cada rincón de la sala principal del auditorio ovetense, para después regalarnos nuestro imperdible Bach con la Giga de la Suite nº 3 para su instrumento, aires de gaita que tan de cerca nos «tocan» y llegan a emocionarnos siempre en manos de grandes cellistas como Müller-Schott, de nuevo reposado en el aire pero dominando cada cuerda con un arco que sigue asombrando incluso plásticamente.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) no puede faltar en las programaciones sinfónicas de cada temporada, siempre actual, potente en las orquestaciones, exigente para las grandes formaciones donde todas las secciones y primeros atriles tienen que darlo todo. La Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103 (subtitulada El año 1905) fue nuevamente impactante en las manos de un Rasilainen maduro, claro, preciso, exprimiendo partitura y músicos en cada compás, cada motivo, cada matiz en sus cuatro movimientos sin solución de continuidad, sin pausas, luchando contra el «enemigo pandémico», y manteniendo la máxima concentración.

Una verdadera montaña rusa de dinámicas, tiempos, emociones, más allá del relato revolucionario y de requiem que igual nos lleva a la Primavera de Praga que al angustioso y oscuro invierno de San Petersburgo, incluso la actual invasión rusa de Ucrania con tanto dolor acumulado. Cual banda sonora pudimos ir sufriendo cada capítulo (La Plaza del Palacio de Invierno – El 9 de Enero – Memoria eterna – Campana con toque a rebato) bien explicado en las notas al programa de Julia Mª Martínez-Lombó Test, para saborear una orquesta en perfecta sintonía con el podio, melodías populares que se transforman en relato interior. Imposible destacar solistas o secciones pues todo funcionó sin reparos: la cuerda al completo, equilibrada en plantilla y homogénea -sugiriendo se ponga tarima que haga de caja acústica para reforzar una mayor presencia de los contrabajos-, con las violas hoy todas  ellas protagonistas; el viento madera al completo, sin fisuras, con corno inglés o clarinete bajo impecables junto a un flautín «estratosférico»; metales apenas reforzados, afinados y empastados con buen protagonismo de la trompeta; celesta y arpa (solo una) completando una velada rotunda plena de matices extremos marcados al detalle por Ari Rasilainen; y tratándose de Shostakovich con la percusión inspirada, desde las melodías de timbal a todo el arsenal de esta «revolución sinfónica» que nunca defrauda: magistrales toques de caja, platillos y gong, el bombo redoblando, las campanas que parecen cerrar este relato musical… Una hora de tensiones, emoción y contención, volúmenes extremos muy cuidados y otra versión del maestro finlandés para el recuerdo, muy aplaudido por todos e intentando salir por la puerta equivocada (tomándoselo con buen sentido del humor tras una intensa undécima). Ya lo decía al principio, «no hay quinto malo».

Recuperando la figura de Jesús González Alonso

Deja un comentario

La Colección «René de Coupaud» está recuperando nuestro patrimonio musical asturiano con grabaciones que son auténticas joyas documentales y documentadas, y poco a poco van apareciendo con mucho trabajo nuevos títulos (hasta ahora uno cada dos años). Primero fue el CD doble dedicado a «Tres misas de gaita. Entre la tradición y la conservación del patrimonio asturiano» donde mi memoria retrocedió muchos años hasta San Marcelo en Cornellana con el siempre recordado Lolo. El segundo volumen sería un CD con DVD dedicado al malogrado teclista «Berto Turulla. Una mirada moderna a la música popular de Asturias», que de nuevo me llevaría a otro viaje temporal, a mis años de juventud cuando los teclistas escuchábamos sus intervenciones y envidiábamos su arsenal de sintetizadores en todas las formaciones con las que estuvo.

El pasado día 9 de enero tuvo lugar en el Antiguo Instituto Jovellanos de su Gijón natal la presentación del volumen 3 «Jesús González Alonso. Ecos de un pianista gijonés en la Escuela Superior de Música de Viena«, donde al fin pude hacerme con la música grabada de este gran pianista que marcaría mis estudios de piano tras escucharle en Oviedo cuando ganó en 1971 el Concurso de Casa Viena, y posteriormente en Mieres con el programa que dejo a continuación, donde interpretaría este repertorio que dominaba como pocos y le llevó hasta Helsinki, Frankfurt, Hamburgo, Viena y posteriormente a San Sebastián donde moriría prematuramente con solo 41 años en el mejor momento de su carrera profesional y docente.

A Jesús González Alonso (Gijón, 1946 – San Sebastián, 1988), el ayuntamiento de su ciudad a título póstumo en 1990 al menos le ha dado una calle a tan ilustre gijonés. En la presentación del Libro-Disco se contó con la presencia de su hermana Blanca (guardiana de su legado) junto a Manuel Ángel Vallina, concejal de cultura del Ayuntamiento de Gijón, y Eduardo G. Salueña, verdadero hacedor de este proyecto y digno «heredero» de nuestro querido René, así como Miguel Barrero, director de la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular de Gijón, y José Ramón Méndez Menéndez, uno de sus alumnos que siguen teniéndole como referente, también emigrado, y que es el organizador y director del festival internacional de piano que lleva el nombre del maestro gijonés desde 2011.

Con amplia difusión en los medios de comunicación asturianos, de los que dejo algunas capturas de pantalla aquí, al fin pude hacerme con la música grabada del gran pianista, alumno en sus inicios gijoneses de Enrique Truán (otro gran docente a los que seguirían Cubiles, Carrá y tantos), que marcaría mis estudios de piano tras escucharle en Oviedo cuando ganó en 1971 el Concurso de Casa Viena que se celebraba en el antiguo Conservatorio de la calle Rosal a principios de septiembre (aunque ya por aquel entonces acumulaba muchos premios), coincidiendo con mis fiestas de San Mateo en casa de los abuelos, y posteriormente en Mieres el 28 de febrero de 1972, donde iba pertrechado de una grabadora de casete (que borraba para el siguiente concierto tras horas de escucha como alguna vez le comenté a otro querido maestro gijonés de la misma generación que Jesús González) con el programa que dejo a continuación:

Recuperar su música grabada (gratitud al sello Zweitausendeins© para quien grabó estas músicas en formato analógico, remasterizadas por Fernando Oyágüez Reyes) es un auténtico disfrute además de un «viaje al pasado»; sumemos el libro que acompaña este tercer volumen, con fotos del archivo de su hermana (que también ilustran esta entrada) y textos de Sheila Martínez Díez con los del citado José Ramón Méndez, completa no ya mis recuerdos sino la necesaria historia bien documentada del malogrado pianista gijonés.

Poder volver a escucharle con Mussorgsky y Gershwin (grabados en 1979) sigue siendo toda una referencia por su interpretación y sonoridad. Otro tanto de los autores españoles (1982): Albéniz (qué pena no tener su Iberia completa), Esplá o Granados, convirtiéndole en una de los embajadores de nuestra música; y de auténtico regalo la digitalización de la Sonata 50 de Haydn (custodiada en cinta de bobina por su hermana), corroborando el magisterio en todos los estilos y épocas del piano que atesoraba el gran Jesús González Alonso. Las fotos son recuerdos imperecederos, pero además poder escucharle en el extracto de su entrevista para el programa «Música Ficta» de Radio Gijón (24/04/1981) con Avelino Alonso nos deja su voz y amplia visión musical.

Desconozco si desde Gijón tendremos más volúmenes ni a quien se dedicarán, pero verdaderamente los tres actuales son ya tesoros que guardo en formato físico, pues el de la memoria continúa para siempre y las emociones siguen a flor de piel, más con Jesús González Alonso. Lo bueno de cumplir años es seguir llenando esta mochila de la vida.

Mi felicitación al Taller de Músicos de Gijón con Eduardo al frente no solo por este regalo más allá de lo personal, y por supuesto al Ayuntamiento de Gijón por apoyar esta colección imprescindible para melómanos «omnívoros» donde este tercer volumen rescata del inmerecido olvido a mi siempre admirado Jesús González Alonso.

Metamorfosis del Ospedalle della Pietà

2 comentarios

Jueves 26 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Metamorphosen Berlin, Alban Gerhardt (violonchelo), Wolfgang Emanuel Schmidt (violonchelo y director). Obras de Vivaldi, Haydn, Janácek y Karayev.

Como en la mítica serie de RTVE «El ministerio del tiempo», este jueves pude recrear con la formación Metamorphosen Berlin, mayoritariamente femenina, con la plantilla ideal (5-4-3-2-1) y su director Wolfgang Emanuel Schmidt el ambiente que debía respirarse en el Ospedalle della Pietà veneciano y viajar por el túnel musical para esta metamorfosis desde Viena a Chequia y Azerbaiyán (sin prisiones), pues esta orquesta de cuerda  «femenina» transitó por todas las épocas con la misma calidad, solvencia, desparpajo con esa sonoridad germana. Si además podemos contar con Alban Gerhardt al violonchelo (aún recuerdo su ya lejano concierto de intercambio astur gallego con la OSPA) en vez del originariamente previsto Johannes Moser (otro conocido del auditorio y también con un enero tan completo como el de 2010), más el propio Schmidt «compitiendo» y compartiendo, la ficción se volvía feliz realidad en un programa rico, variado y sufrido pues el estruendo de toses ha vuelto para quedarse, olvidándonos de los «tiempos de mascarilla» así como de los modales perdidos. Si me olvido del niño y lo cambio por los comentarios a mi alrededor, sigue igual la entrada que hice el pasado noviembre. Pero ni así consiguieron que viajásemos en el tiempo. Schmidt ha conseguido de la Metamorphosen que suene como un solo instrumento,  el ideal orquestal: disciplinada, atenta, rica en dinámicas y con una formación a su altura donde las solistas confluyen para interpretar igual de certeros todos los estilos posibles (sus grabaciones siempre han tenido premios) plegándose a lo que el director les exige en cada momento. Su gira con Oviedo, «La Viena española» parada ya obligada, seguro que será todo un éxito y lo comprobaremos en la prensa digital.
Del llamado «Petre rosso» veneciano muerto en VienaAntonio Vivaldi (1678-1741), con un amplísimo catálogo que no gustaba nada a Stravinski (enterrado en San Michele), y por paradojas de la vida decía del «cura rojo» que «no compuso cientos de obras sino una repetida cientos de veces», escucharíamos con Gerhardt y Schmidt el Concierto para dos violonchelos en sol menor, RV 531 (I. Allegro – II. Largo – III. Allegro) que evidentemente tiene la sonoridad del veneciano, la estructura barroca típica, la plantilla ideal incluyendo el clave, y el encuentro de dos grandes del cello que se entendieron a la perfección haciendo escucharlos (con permiso de griposos, griposas y griposes) como si de uno solo se tratase. Cadencias impolutas, balances perfectos con la orquesta y dinámicas «de libro» en otro de los conciertos para dos instrumentos, el único para dos cellos y el primero doble, con ese Largo que Michel Talbot tilda de «una tristeza casi autobiográfica» en el movimiento lento como bien refleja en las notas al programa (enlazadas en obras) de Alberto González Lapuente.
Y dejando a Gerhard en solitario para tomar la batuta Herr Schimdt, uno de los conciertos ideales del repertorio para cello, el del austriaco Franz Joseph Haydn (1732-1809), Concierto para violonchelo en do mayor, Hob. VII b:1 (I. Moderato – II. Adagio – III. Allegro molto) quien da el paso del barroco al clasicismo aunque se note el conocimiento de «papá Haydn» del estilo previo pero escribiendo para un cello ya en plenitud siguiendo los consejos de Josep Weigl, su destinatario y compañero en la corte de Eszterhazy. El Matteo Goffriller de 1710 en las manos de Alban Gerhardt fue oro de muchos quilates, corpóreo y con un arco impresionante para disfrutar de cada cadenza en los tres movimientos, especialmente el Adagio central donde las dobles cuerdas me llevaría a la Viena del veneciano.
La propina tenía que ser con los dos cellistas, Gerhardt y Schmidt, que «tomaba prestado» el de Lai (quien se sentaría en la silla del clave ya vacío) para la virtuosa locura de J. B. Barrière (1707-1747) y el Allegro prestissimo de su «Sonata en sol mayor, que Schmidt tiene grabada con otro grande como Jens Peter Maintz, esta vez algo menos «prestosa» aunque mi versión sea digna de escucharse (siempre pongo los links para quien quiera curiosear).
La segunda parte nos acercó el tiempo con otras dos figuras de la composición para orquesta de cuerda, comenzando con Leoš Janáček (1854-1928) y su Suite para cuerdas, JW VI/2 (I. Moderato – II. Adagio – III. Andante con moto – IV. Presto – V. Adagio – VI. Andante), la «metamorfosis pura» por empaste, sonoridad, atriles de lujo para una partitura juvenil como la orquesta berlinesa, ritmos contrastados en cada uno de los seis movimientos, el folclore bien entendido y llevado a la orquesta que la calidad de esta formación alemana brindó y brilló a gran altura.
Para concluir, el poco escuchado compositor azerbayiano Gara Garayev, Qara Qarayev ó Kara Karayev (1918- 1982) cuyas Tres miniaturas (Berceuse, Ayse, Danse) nos supieron a poco por lo maravillosas que son y sonaron, especialmente la Danse final vertiginosa que sacó a relucir el potencial de una cuerda empastada (comandada por Indira Koch), joven, disciplinada y siempre atenta en las dinámicas que Schmidt les señalaba, lucimiento de cada primer atril en los tres «aires», metamorfosis orquesta con director, que como cellista conoce al mínimo detalle.
La primera propina, grabada por ellos mismos, «Palladio» (1995) de Sir Karl Jenkins (1944), reconocible sintonía que lo simpático resulta cuando escuchas detrás de ti tras presentarla Schmidt «no sé lo que dijo porque es alemán».
Y otro tanto con la segunda  propina de Antonín Dvořák (1841-1904), el Scherzo (vivace), tercer movimiento perteneciente de la Serenata para cuerdas en mi mayor op. 22 en otra prueba de empuje, sonido envidiable casi como en el CD donde la tienen grabada, virtuosismo y alegría por un viaje musical de altos vuelos sin moverme de la butaca.
Violines primeros: Indira Koch, Elsa Claveria, Sumin Jo, Mariya Tkachyk, Johanna Müller.
Violines segundos: Alexia Eichhorn, Mariami Machaidze, Isabel Morey, Inka von Puttkamer.
Violas: Anastasia Maschkowski, Tobias Mehling, Karolina Pawul.
Violonchelos: Yehjin Chun, Benjamin Lai (excepto en Vivaldi).
Contrabajo: Randall Nordstrom.
Clave: Neil Fellows (sólo en Vivaldi).
Entrevista para LNE:

Vetusta tiene su música

2 comentarios

Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Crítica completa para La Nueva España del lunes 28, sin recortes por el espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Siempre es un placer asistir a un estreno, más si es de casa y sumándole que es una compositora asturiana joven pero con larga trayectoria como Raquel Rodríguez (1980), para redondear un concierto donde convivían con la carbayona nada menos que “papá Haydn” y Mahler, cuyo tiempo ya ha llegado hace más de un siglo, tradición y modernidad en la sempiterna y melómana Vetusta.

Oviedo Filarmonía (OFil) sigue creciendo bajo la batuta de su titular Lucas Macías, quien prosigue su apuesta por incluir mujeres compositoras en los conciertos, y este sábado abría un ciclo titulado “Mapa Sonoro de Vetusta” estrenando «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense, cinco movimientos partiendo del origen de la palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana, siglos traídos al nuestro con la música de bella factura y mucho oficio de Raquel Rodríguez. Obra contundente en efectos y efectivos, cinco etapas bien comentadas en las notas al programa de mi compañero Jonathan Mallada, escritura muy elaborada cual banda sonora desde los indígenas astures en peregrinación al Salvador, el Júpiter efectista guiando ese “campo de estrellas” para una orquesta luminosa bien llevada y estudiada por su titular, una “introspección” con la diosa Trivia completando el simbolismo de una página sinfónica más que blanquecina resplandeciente, largamente aplaudida por un público que la entendió cercana, luminosa y cálida.

A Franz J. Haydn (1732-1809) se le considera el padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda, con amplia y variada producción donde el Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor, Hob. VIIb:2 ocupa lugar preminente entre sus obras más escuchadas, esta vez con otro joven intérprete, Sheku Kanneh-Mason (Nottingham, 1999) quien con 13 años ya maravillaba en este repertorio concertístico que se puede disfrutar en internet (ganador del premio BBC al mejor músico joven del año 2016), y con el que triunfó el pasado septiembre en la capital británica junto a la Philharmonia londinense volviendo en febrero del año que viene siempre con el cartel de Sold out en todos ellos -es una verdadera estrella dentro y fuera del Reino Unido desde su popularidad tras tocar en la boda de los emigrados a EEUU ex duques de Essex– y que llevará el próximo diciembre a la Sociedad Filarmónica de Bilbao con la Camerata Salzburg, por lo que era de esperar y muy esperada su interpretación desde su dominio técnico, unido al sonido maravilloso y corpóreo de su chelo, siempre bien concertado por el maestro Macías en sus tres movimientos “clásicos” llenos de energía, especialmente el adagio central y el virtuosismo en el rondó final, de sonoridad cálida, contenida por momentos, que desde el podio mantuvo el equilibrio concertando con las manos para lograr mayor expresividad, especialmente en una cuerda siempre aterciopelada, perfecta compañera de viaje.

El regalo del inglés todo un “clásico moderno” de Burt Bacharach, I Say A Little Prayer que conocimos cantado por Aretha Franklin, sacando del cello, sin arco, una sonoridad actual en este arreglo tan popular como el propio Sheku Kanneh-Mason, juvenil hasta en su “camisa africana”, más allá de modas, épocas o costumbres.

Y si Gustav Mahler (1860-1911) decía que el tiempo de su música aún no había llegado, hoy es el más grabado e interpretado de la historia, por lo que no puede faltar en toda temporada que se precie, esta vez con su Cuarta sinfonía estrenada por el propio compositor hace ahora 121 años, un 25 de noviembre, y con no muy buena acogida del público -de hecho estaría reelaborándola hasta unos meses antes de su muerte y a la que llamaba su “hijastro”-. Excelente orquestación aunque más “ligera” que en otras sinfonías, pero perfecta para la plantilla de la formación ovetense y poder disfrutar todas y cada una de las secciones de la OFil con Lucas Macías dominador de la partitura memorizada hasta el último detalle, jugando y apostando fuerte en los aires muy controlados y respondidos a la perfección por “su orquesta”, cortando la respiración en el Ruhevoll, poco adagio tan profundo o más que el de la viscontiana Quinta, para una cuerda en estado de gracia por su sonoridad compacta y uniforme, hasta llegar al último movimiento, Sehr Behaglich (Muy cómodo) ya con la soprano francesa Elsa Benoit cantando los primeros versos de Das himmlische Leben (La vida celestial) perteneciente a la colección Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud), «lied» sinfónico cantando el goce celestial del hombre maravillado pero confundido, que se pregunta con ojos de niño el significado de todo ello, agradeciendo la proyección del texto traducido. Volumen suficiente de la cantante y pura emoción mahleriana, de nuevo con la orquesta en su mejor momento, un universo sinfónico plagado de estrellas en cada primer atril, disfrutando de Birgit Kolar como concertino por partida doble (utilizado otro para la “scordatura” del segundo movimiento) y redondeando una tarde joven para todas las edades.

Toda una premonición cumplida en esta galaxia musical astur para disfrutar de un sábado donde la OFil con Lucas Macías fueron las estrellas gastronómicas en versión sinfónica bien cocinadas y servidas, brillando con luz propia para cerrar estos placeres melómanos con un viaje por la estrellas de Vetusta.

Estrellas sinfónicas

Deja un comentario

Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Reseña para La Nueva España del domingo 27 escrita desde el móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Concierto estelar donde no faltó de nada: un estreno mundial de la ovetense Raquel Rodríguez (1980) con el título de «Albidum» (uno de los probables orígenes del topónimo Oviedo) subtitulada “camino hacia las estrellas”; otro brillo en el firmamento con el famoso cellista inglés Sheku Kanneh-Mason, popular mundialmente al tocar en la boda real de los ex duques de Essex; más la Cuarta de Mahler con la soprano francesa Elsa Benoit en el último movimiento, goce celestial visto con los ojos de un niño y el placer melómano.

Más que las estrellas gastronómicas de la Guía Michelín (que vamos ganando para Asturias), este último sábado de noviembre con un Auditorio lleno y supongo hambriento, disfrutamos nada menos que de tres soles sinfónicos:

Primera: Raquel Rodríguez, mucho más que un contundente entrante femenino al que el “master chef” Macías se ha comprometido en servirnos cada menú por él elaborado esta temporada. Un plato para repetir en cualquier momento por su calidad, sabor y guarnición.

Segunda: número 2 de los conciertos para violonchelo de Haydn, donde el plato principal sería el solista británico, un Sheku de camisa y etnia subsahariana para paladear en tres pasos, conectando desde el principio con el titular onubense, maridando y madurando con una orquesta que sigue brillando en cualquier carta siempre bien servido.

Un sorbete original de propina en pizzicato Forever and ever de la oración que nos cantase la gran Aretha Franklin.

Y tercera, digna de ser doble para el Mahler siempre contundente, tradicional pero actual 121 años y un día del estreno de su cuarta sinfonía, donde el sabor especial lo da incluir “La vida celestial”, poema del «Cuerno mágico de la juventud» con soprano en el último movimiento, la francesa Elsa Benoit cual verdadera esencia final para una hora de esta “sinfonía de mortales” donde alcanzar el paraíso mahleriano, magnífica sinfonía de ángeles bien acompañada por el jefe Macías y respetuoso silencio final antes del aplauso unánime.

Merecidas estrellas sinfónicas para este menú que ofreció tres platos estelares, por los ingredientes (compositores de ayer y hoy) junto a unos condimentos especiados y servidos por unos intérpretes esenciales para alcanzar este firmamento musical, desde el primero al último, con una Oviedo Filarmonía que “liga con todo” y brilla en la galaxia sonora de Vetusta, con mejor salud que Don Gustavo.

Flores para los estrenos

1 comentario

Sábado 23 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio». Pacho Flores (trompetas), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de: Guillermo Martínez, J. Haydn, Daniel Freiberg y Shostakovich.

Marcado con un punto rojo de cita ineludible, el mismo de los programas de mano que volvían en papel, el arranque de la temporada de los Conciertos del Auditorio nos regalaría una velada de altos vuelos nada menos que con dos estrenos mundiales y la presencia nuevamente en «La Viena del Norte» español de mi admirado y querido Pacho Flores, una entrada a la altura del espectáculo, aún con las necesarias mascarillas pero con todas las ganas de disfrutar de la música en vivo y del descanso para estirar piernas y reencuentros deseados.

Se abría el concierto con el primer estreno mundial, nada menos que la Obertura concertante «Amanecer en Bonngasse» de Guillermo Martínez (1983) dentro del «Proyecto Beethoven» de la propia Oviedo Filarmonía, que la pandemia desplazó en el tiempo pero no nos quitó la ilusión de escuchar otra composición del «escolano de oro», tributo a la Bonngasse del sordo genial con un trío de solistas de la formación (Rolanda Ginkute, Gabriel Ureña y Óscar Martín) cual Triple Concierto para violín, cello y piano arropados por sus compañeros pero igualmente homenaje al «omnipresente dios Bach» de Köthen y «los Brandemburgo», explorar la escritura divina y traerla al siglo XXI en un viaje emocional de Guillermo para una plantilla «clásica» donde la percusión abundante le da el toque actual a una personal obertura que explora las sonoridades de los tres instrumentos solistas, todos con pasajes en solitario verdaderamente bellos y complejos, bien tejidos, otros conjuntos o directamente en tutti con la orquesta bien ensamblada con ellos bajo la batuta del titular Lucas Macías que de nuevo se mostró dominador de todos los estilos además de estudioso con las obras nuevas hasta el mínimo detalle. Un placer disfrutar de unos músicos jóvenes que hacen música de su tiempo con la misma calidad que el repertorio de siempre.

Exigente el papel del piano «emperador» de Martín, sutil el violín beethoveniano de la concertino Ginkute, y pura entrega el cello de Ureña pensado y compuesto para el propio intérprete, el avilesino que crece de solista con su propia orquesta, en otro peldaño del compositor asturiano que ya tiene un estilo propio pues lo ecléctico es académico, cercano y escrito desde el conocimiento de los Grandes Maestros de la Música. Un orgullo poder disfrutar cada estreno suyo y aplaudirle como todo el Auditorio, esta vez «errequeerre» (por re menor y re mayor) de su homenaje a Beethoven.

La presencia del venezolano Pacho Flores supone alegría nada más pisar el escenario con su arsenal de trompetas*, para hacerlas sonar como sólo él sabe: la dulzura del fraseo, la emisión hasta el infinito, la gama de matices extremos y un arco iris de colores eligiendo el instrumento concreto, siempre con el sonido aterciopelado y nunca estridente que le hace ser el mago de la trompeta actual, además de fuente de inspiración para nuevas composiciones.

El Concierto para trompeta y orquesta en mi bemol mayor, Hob. VIIe:1 de Joseph Haydn (1732 – 1809) hace historia en la música por Anton Weidinger, diseñador de la trompeta cromática para quien el austríaco escribirá un concierto clásico en tres movimientos (Allegro-Andante-Finale. Allegro) que Flores interpretó de manera magistral, con una excelente concertador como Macías y una orquesta redondeando este concierto donde el virtuosismo está no sólo en las notas sino desde su color y visión. Cambiar de trompeta para el segundo movimiento supone agrandar el colorido sinfónico de «papá Haydn» en aquel 1800 de su estreno. Las agilidades, los fraseos, las contestaciones, las candezas y esa alegría final conocidísima por todos los melómanos, serviría de feliz aperitivo para el siguiente estreno mundial co-encargo de la propia OvFil junto a la Norwegian Arctic Philharmonic (Noruega), Walla Walla Symphony (EE.UU) y la Orquesta Sinfónica de Minería (México) que bien explica Andrea García Torres en las notas al programa.

Si comentaba unas líneas arriba que Pacho Flores es fuente de inspiración para nuevas obras específicas de trompeta, Daniel Freiberg (1957) así lo reconoce y su Concierto para trompeta y orquesta «Historias de Flores y Tangos» está pensado por el argentino para el venezolano estrenándose en Oviedo, ningún sitio mejor como tierra de emigrantes a sus países y verdadera capital musical española. Música inspiradora y evocadora como la de Guillermo Martínez con la diferencia que dan los años. Reminiscencias y tributos latinos en el movimiento titulado Flores, apellido de Pacho cual joropo venezolano pero de colorido porteño, Recoleta con chacarera de bombo legüero, ritmos de huapango mexicano desde el lenguaje que explorasen Bernstein, Villalobos o Ginastera, una orquesta plena, bien llevada por Lucas Macías con el rigor necesario y la flexibilidad de los ritmos latinos y una trompeta, la de Pacho, conmovedora, cantarina, sentida, vigorosa y conocedora de este mar musical. Y el segundo  Tanguero arrancando con el «flugel» emotivo y aterciopelado antes de abrir la vena argentina total con las trompetas, la caja que Piazzolla destapó al mundo, el tango de Aníbal elevado al sinfonismo de Don Astor Pantaleón, la milonga bien contada y cantada por una trompeta gardeliana vestida para Broadway, música rítmica y melódica cantada por un venezolano universal, con armonías neoyorquinas del argentino fuera de casa. Maravillosa partitura del maestro Freiberg, con solista, profesores y público divirtiéndose con ella, maestro que cumplía años hace unos días y de Pacho este mismo sábado, felices 40 cantados por todos en la cadenza final con el guiño del último alegre Haydn, anécdotas de fechas y sueños cumplidos, coincidencias de estrenos y esperas que llegan con un nuevo éxito.

Con Daniel Freiberg al piano y dedicatoria para «Carlitos Magán«, el Piazzolla a dos bandas resultó otro «estreno» de los protagonistas del inicio de temporada demostrando que Oviedo Filarmonía está para echarle flores, que Macías ha encontrado el nexo de unión perfecto entre calidad y entrega, que estrenar en Oviedo es ya casi obligado, y que figuras como Pacho Flores hacen de la música una verdadera fiesta.

Recuperado el aliento tras el descanso, aún quedaría Dmitri Shostakóvich (1906- 1975) y su Sinfonía nº1 en fa menor, op. 10, versatilidad de la orquesta ovetense y química del onubense que todavía nos dará muchas más alegrías al frente de una formación cada vez más entregada y madura.

*: como curiosidad para «mis músicos» dejo aquí las trompetas, todas de cuatro pistones, utilizadas por el Maestro Pacho Flores en el concierto:

Haydn: trompeta en mib, corneta en mib, trompeta en sib

Freiberg: flugelhorn (fliscorno) en sib, corneta en re, trompeta en do

Piazzolla: trompeta en do.

Older Entries Newer Entries