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Tres de tres (toma 1)

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Viernes, 30 de enero, día 3 del 4º Festival Atrium Musicae, Cáceres. Fotos propias y de Sandra Polo.

Un día completo donde la música fluía desde la mañana a la noche. A las 12:00 horas arrancábamos en la Concatedral de Santa María donde actuaba el dúo formado por el trompetista Manuel Blanco (Daimiel, Ciudad Real, 1985) y el actual organista de la Catedral de Valencia Pablo Márquez Caraballo (1984), además de catedrático de clave en el Conservatorio de Castellón. Dos amigos desde su época de estudiantes y todo un acierto este reencuentro en Cáceres donde organizar cronológicamente un programa de tres siglos, desde Buxtehude y “dios Bach” pasando por Leopold Mozart, Gigout y el propio Márquez, que en el programa de mano le pusieron las fechas de Leopold y alguno se percató de la errata.

Comentar la sonoridad propia del órgano que unida a la trompeta da un plus tímbrico y el empaste perfecto. La Concatedral cacereña conserva el instrumento construido en 1703 por Manuel de la Viña y restaurado en 1973, ya que en su origen, éste se encontraba en el espacio contiguo, pegado al muro. Márquez Caraballo supo elegir el registro perfecto de principio a fin, con el par inicial de obras de J. S. Bach: el Preludio y fuga en sol menor, BWV 550 y el Coral BWV 659 (con errata en el programa se mano) con la primera intervención de Manuel Blanco “procesionando” entre los bancos, jugando con la acústica y pese a la distancia con el coro, perfectamente sincronizado con el órgano, cantando al Salvador de los paganos (Nun Komm, Der Heiden Heiland). La Chacona BuxWV 160 de Buxtehude daría un respiro y nuevamente el dúo para la suite haendeliana “Water piece” (HVW 341), verdadera joya ideal para esta formación: desde la Ouverture a la Marche final, órgano y trompeta unidos por los registros y balances perfectos entre ambos, contrastes de tempo y todo un portento de ornamentaciones brillantes del trompetista con un fiato increíble, más la conjunción necesaria para esta página del ya londinense Jorge Federico.

Vuelta al órgano solo con “dios Bach” y su BWV 539 seguido de la “invocación a Jesucristo” del archiversioneado coral Ich ruf zu dir, herr Jesu Christ, BWV 639 que en estado original Pablo Márquez interpretó magistralmente, destacando el respeto a los silencios, cesuras y fraseos donde el aire también es música. Después haría de “orquesta” en el Concierto para trompeta en re mayor de Leopold Mozart, casi haendeliano en el Allegro Moderato y con el impresionante Manuel Blanco virtuoso y luminoso, expresivo desde esta página entre barroca y clásica con la impactante cadenza del Andante digna de ser archivada como aprendizaje del instrumento.

Del postromanticismo francés, y una exigencia para todo buen organista, es la Tocata de Eugène Gigout (de sus “10 pièces pour orgue”) donde volvimos a disfrutar no ya de una técnica y registración magistral de mi tocayo, también uno de los referentes de la última obra por él compuesta en 2007 como trabajo de su primer año estudiando Composición y dedicado precisamente a Manuel Blanco, como explicarían al finalizar el concierto.

Al pie de la Cruz va más allá de la transmisión emocional de esta imagen del sacrificio, el dolor de la Madre, la muerte y toda inspiración que este momento ha llevado a todas las artes, musicalmente tiene todos los referentes a los grandes organistas franceses, desde el ya citado Gigout hasta Vierne, de Franck a Dupré o de Widor a Latry, que Pablo Márquez habrá estudiado y mucho a lo largo de estos años, y que van dejando el poso que resurge de forma natural en el paso de intérprete a compositor. Nuevamente la sonoridad y musicalidad de la trompeta de Blanco hace esta obra actual pese a la juventud inicial, pero que cuando algo se hace bien pasa a convertirse en atemporal.

Aplausos de un templo en pie y la primera propina del dúo con “dios Bach” y el famoso coral Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, de la Cantata 140, con la trompeta elevando la melodía del pedaleo, más un arreglo del Adagio del Concierto para oboe op. 9 nº 2  de Albinoni, que sonó ideal por parte de ambos intérpretes con la química musical necesaria para alcanzar el nivel de este concierto matinal que colmó todas las expectativas puestas en él.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Preludio y fuga en Sol Mayor, BWV 550 (c. 1710)

Nun komm, der Heiden Heiland à 2 claviers et pédale, BWV 659

Dietrich Buxtehude (1637-1707)

Ciaccona en mi menor, BuxWV 160

Georg Friedrich Haendel (1685-1759)

Water piece (de la Suite para trompeta y orquesta, en re mayor, HVW 341) (1733):

Ouverture – Gigue (Allegro) – Air (Menuetto) – Marche (Bourrée) – Marche

Johann Sebastian Bach

Preludio y fuga en Re menor BWV 539 (c. 1720)

Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ à 2 claviers et pédale BWV 639 (1720)

Leopold Mozart (1719-1787)

Concierto para trompeta en re Mayor (1756)

Andante – Allegro Moderato

Eugène Gigout (1844-1925)

Toccata (de las “10 pièces pour orgue”) (1890)

Pablo Márquez Caraballo (1984)

Al pie de la Cruz (2007)

Gozoso viernes de dolor romántico ​

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Viernes 12 de abril, 20:00 horas. XLII Semana de Música Religiosa de Avilés, Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery: Matthieu de Miguel (órgano). Obras de Dupré, Händel, Mendelssohn, Widor, Karg-Elert, Saint-Säens, Rheinberger, Gigout, Jongen, Bridge y Vierne.

Último de los conciertos de la cuadragésimo segunda semana de música religiosa avilesina con el órgano de Acitores resplandeciente, luminoso, orquestal, casi sinfónico, y un programa romántico de altura con el organista hispanofrancés Matthieu de Miguel (1979) que hizo disfrutar este «Viernes de Dolores» al numeroso público que se acercó hasta el templo nuevo de Sabugo.

Casi una hora repleta de obras de altura en el amplio sentido de la palabra, sacando lo mejor del Acitores avilesino, exprimiendo los registros más románticos del repertorio para órgano que De Miguel domina como pocos. Combinaciones de teclados, pedalero, expresión, trémolo… todo bajo la supervisión de José Mª Martínez, alma mater de esta SMRA, concierto de altura para clausurar esta edición donde el órgano de Santo Tomás brilló con luz propia haciendo del dolor gozo.

Abría el concierto lo mejor de la escuela francesa de órgano con la transcripción realizada por el francés Marcel Dupré (1886-1971) del Concierto op. 4 nº 2 en si bemol mayor (Händel) en dos movimientos (A tempo ordinario e staccato y Allegro) que sorprendieron por el color de los registros, orquestalmente pleno, completo y virtuosa recreación del rey de los instrumentos al unir teclado y orquesta todo en uno.

De Félix Mendelssohn (1809-1847) escucharíamos el Andante y Variaciones en re mayor, romanticismo alemán sacando sonoridades «nuevas» al Acitores plenamente asentado a nivel tímbrico, íntimo, creciente y limpio además de recogido.

Uno de los momentos mágicos llegó con el francés Charles Marie Widor (1844-1937) y su Intermezzo de la VI Sinfonía, virtuoso, brillante, mágico, registros plenos pero nunca chirriantes, limpieza en teclados y pedalero inundando Santo Tomás de Cantorbery de la luz que luchaba con la noche, contrastes y delicadas transiciones entre teclados en un juego dinámico portentoso a cargo del organista formado en Burdeos y afincado en Toulousse.
Un descubrimiento para quien suscribe resultó el alemán Sigfried Kargt-Elert (1877-193) y sus Harmonies du soir, op. 72 nº 1, juegos de trémolo y registros de harmonio celestial, sugestivo además de íntimo.

Poderío sonoro sería el último número Allegro giocoso, de las 7 improvisaciones op. 150 nº 7 de Camille Saint-Saëns (1835-1921), rememoranzas medievales de trompetería llena, pedalero subrayando el ritmo y perlas rápidas en los tres teclados. Sabor francés y puro romanticismo, antes de pasar al alemán Joseph Gabriel Rheinberger (1839-1901) y su Intermezzo de la IV Sonata, placidez sonora con registros medios de trémolo comedido, combinaciones de teclados y dinámicas, buen gusto tímbrico y expresivo.
Siempre es un gusto volver a escuchar al francés Eugène Gigout (1844-1925), calificado como «postromántico» pero casi me atrevería a llamarle «neobarroco» pues su Toccata, Si menor tiene lo mejor de esta forma virtuosística aunque con el tamiz armónico temporal del siglo XX, aires debussyanos sin perder un ápice la inspiración propia. Matthieu de Miguel no solo trajo magisterio técnico sino gusto en la elección de registros así como de los compositores para esta clausura de la SMRA.

Segunda novedad para mí e igual de agradecer dentro del vastísimo repertorio para órgano me resultó el Scherzetto, op. 108 del belga Joseph Jongen (1873-1953), en cierto modo «broma musical» (eso es literalmente un «scherzo») de sabor americano por la lengüetería, el trémolo y un pedalero vivo, rítmico diría que cinematográfico por los recuerdos y referencias que da esta obra juguetona, elegante y agradecida.

Si en el anterior concierto de esta XLII SMRA calificaba al Acitores de políglota, las escuelas europeas de órgano tienen su propia acento, si bien franceses y belgas musicalmente los podamos unir. En el caso del Adagio, Mi Mayor. Op. 63 del británico Frank Bridge (1879-1941) no me atrevería a etiquetarlo en ninguna escuela, si acaso en la liturgia global por el recogimiento que esta página tiene y el organista hispanofrancés nos transmitió, serenidad con registros delicados preparándonos para la explosión última.
Inmejorable Final de la I Sinfonía, Re M, op. 14 del francés Louis Vierne (1870-1937), la explosión sonora del órgano palentino asentado en Avilés que Matthieu de Miguel entendió a la perfección. Transiciones de teclados en su sitio, tímbricas variadas hasta en el pedal, juegos tubulares orquestales en un verdadero castillo de fuegos musicales.

El regalo cerraba el círculo virtuoso nuevamente con Händel y sus Himnos de Victoria, si lo prefieren Canticorum Iubilo en la versión organística plena, punto álgido y final apoteósico en el Acitores con sabor a salitre, políglota y poderosa clausura de una semana que siempre me sabe a poco pero colma mis escapadas al querido Avilés. Enhorabuena a todos los organizadores y en especial a mi admirado Chema.