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Luces y vientos

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Sábado 9 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sabine Meyer (clarinete), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Israel López Estelche, C. M. von Weber e I. Stravinski.

El musicólogo y compositor cántabro afincado en Oviedo López Estelche (Santoña, 1983) puede presumir de currículo y de un privilegio al alcance de pocos como que las dos principales orquestas asturianas hayan estrenado sus obras. Aún recuerdo el del 12 de mayo de 2011 con la OSPA dirigida por Max Valdés tras ganar el concurso del XX aniversario con De la eternidad concéntrica (2010) y ahora Lumen (2014) con la OFi y Marzio Conti, a quien está dedicada y encargo de la propia formación ovetense. De sus otras composiciones orquestales me queda escuchar su Trayecto líquido (2014) con la que obtuvo el «Premio Xavier Montsalvatge» de la 25 edición de los Premios Jóvenes Compositores Fundación SGAE-CNDM 2014, pero la línea emprendida por este percusionista en origen volcado en la siempre difícil tarea creativa parece seguir en ascenso. Lumen la analiza perfectamente en las notas al programa el profesor y doctor Ramón Sobrino, y el propio Israel en la entrevista del blog OFil, por lo que mis comentarios a vuelapluma solo hacen referencia a las primeras impresiones, alegrándome que los conciertos incluyan nuevas obras y más si son «en casa» por lo que supone de apuesta por nuevos repertorios, compartiendo además programa con Weber o Stravinski como este sábado con vientos y luces, siendo el ruso uno de los muchos referentes del músico cántabro.

Estudioso de la música de la segunda mitad del siglo XX, con una tesis doctoral sobre el gran compositor bilbaíno Luis de Pablo, las referencias a composiciones de este periodo son varias, buscando un sello propio que parece encontrar en los registros extremos, en el empleo inteligente y detallista de la percusión, y como él mismo reconoce, en la resonancia. Lumen como idea de luminosidad pero supongo que también del propio proceso creativo el cual alcanza momentos casi cegadores precisamente en el uso de tesituras extremas para una plantilla grande que permite esa orquestación brillante con un desarrollo interválico como germen y «disculpa» para hacer juegos tímbricos en todas las secciones. Orquesta compacta, contundente cuando se le exige y etérea en los momentos marcados, sensaciones ligeras pese a esa masa sonora y como cuatro grandes secciones más coda muy fluidas para una obra no muy extensa (unos nueve minutos) que viaja en capas mediante intervenciones puntuales del viento madera, en estado de gracia, y después el metal, también inspirados, arropados por una cuerda algo opaca en presencia (sobre todo los violines), con intervenciones más brillantes del arpa, y sobre todo una amplia y triunfante percusión que no solo lleva una rítmica potente sino también creadora de ambientes y texturas a base de efectos variados (como el arco en el glockenspiel) que además ponen el punto y final bien aguantada la resonancia del gong, triángulo y platillos por el maestro Conti, convencido defensor de una obra que trató con mimo y energía, guante y estilete para este nuevo acierto compositivo de López Estelche.

La virtuosa Sabine Meyer se presentaba con el Concierto nº 1 para clarinete y orquesta en fa menor, op. 73 (Weber), obra difícil de ejecutar y escuchar en vivo (incluso el nº 2), probablemente el concierto estrella para un instrumento poco valorado como solista, y también difícil de concertar, más con un Conti aquejado de lumbalgia que le obligó a continuar dirigiendo el resto del concierto sentado. Claro que Meyer es capaz de mandar desde la primera nota del Allegro, desplegando una cantidad impensable de registros con una musicalidad impactante y una gama dinámica amplísima que la orquesta nunca ocultó en ese estilo aún clásico. El Adagio ma non troppo casi resultó un aria de ópera por el fraseo y «melodismo» en estado puro, destacando la intervención con el trío de trompas como de lo mejor de la obra del compositor alemán, rematando con ese danzarín Rondó que Sabine Meyer pareció bailar, llevando de la mano a la orquesta con la que Conti se limitó a mantener pulsación y rubatos (que no es poco) de la alemana. De propina más Weber, el tercer movimiento (Satz Menuetto) de su Quinteto para clarinete, op. 34, breve, ligerísimo y sólo con la cuerda, ampliando el cuarteto original, más luminosa, dirigida por ella y en la misma línea de belleza virtuosística, impactante, genio y artista con mayúsculas, haciendo fluir notas con un caleidoscopio tímbrico para enamorarnos del clarinete.

La música de ballet está presente en Asturias y las dos orquestas parecen rivalizar en obras como esta Petrushka (Stravinski) donde el viento volvió a ganar la partida por firmeza, protagonismo y elección de «iluminación» por parte del titular de la OFil. El subtítulo de Escenas burlescas en cuatro cuadros (versión 1947) resultaron un catálogo del magisterio y genialidad de Stravinski en sus composiciones orquestales, las combinaciones tímbricas donde el metal, especialmente las trompetas, consiguen convencernos del ambiente de Fiesta popular de la semana de carnaval o el final con la muerte de la protagonista, esa marioneta humana. En casa de Petrushka y Con el Moro son los otros dos cuadros de unas escenas donde de nuevo los violines tuvieron momentos oscuros en cuanto a presencia, faltos de más tensión aunque Conti optase por mantener la presencia del viento. Tengo que destacar las intervenciones al piano del virtuoso Sergey Bezrodny que tan importantes son en esta maravillosa Petrushka, y nuevamente la percusión, pues además del protagonismo que Stravinski les confiere a ellos, no defraudaron nunca. Mi sensación de planos sonoros no suficientemente diferenciados la comparo con los focos en cuanto a la opción de iluminar más unas intervenciones que otras, como una puesta en escena del propio ballet (coreografiado por Fokine), y así aunque la cuerda tiene momentos deslumbrantes, disminuir intensidades no debe confundirse con oscuridad ni siquiera con penumbra, como una mesa de luces que en el teatro es capaz de crear ambientes cuando se manejan con maestría e imaginación. La interpretación y los puntos de interés son muy personales, el resultado global sigue siendo bueno pero es en los detalles donde se alcanza la diferencia, incluso el color elegido y hasta el tipo de bombilla, ahora que los halógenos han dejado paso a los «leds«, siempre pensando en el paralelismo sonoro y visual de este ballet de marionetas que resulta la «obra de arte total» wagneriana con el personal estilo ruso de Stravinski. Pese a todo, una velada muy interesante donde sopló un fuerte viento germano y brisas asturianas sin perder luz norteña ni aires danzantes.

 

Espectáculo de siempre

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Sábado 21 de febrero, 20:00 horas. Fundación Baluarte, Pamplona: Zarzuela! The Spanish Musical. Entrada butaca: 46,00€ (más 0,95 € de gestión).

Segunda y última función de un estreno que nos recuerda aquellas antologías de la zarzuela de José Tamayo, espectáculo para exportar y seguir manteniendo vivo nuestro más genuino género musical desde el barroco hasta nuestros días, siempre desde la calidad total que incluye puesta en escena, voces, orquesta y director, algo que no se alcanzó del todo en este musical español como se quiere vender esta selección de romanzas, dúos, coros, bailes y números variados.

Todos los aficionados tenemos en nuestra memoria multitud de melodías de esas maravillosas zarzuelas en vinilo, algunas más modernas en CD e incluso nuevas producciones que mantienen viva una llama que no se extingue aunque haya tenido altibajos y hasta fuese considerada la «hermana pobre» de la ópera, pero que allá donde va siempre triunfa. Sirva de recuerdo, así como homenaje y apoyo, las veintiuna temporadas del Festival Lírico del Teatro Campoamor ovetense, que es un referente a nivel nacional. Personalmente prefiero títulos completos porque elegir fragmentos siempre resulta muy personal y nunca convincente para todos, algo que me sucedió con este espectáculo pergeñado por Jorge Rubio Quintana y diseñado por el argentino Gustavo Tambascio, coproducido por el Baluarte pamplonés y el Teatro Calderón vallisoletano de Producing Emotions, donde sobraban algunos, faltaban los emblemáticos y algo largo (más de los 135 minutos previstos) pero bien ideado con ese hilo argumental que supongo pueda ser susceptible de rehacerse, así como la organización de las intervenciones que pone seguidos para algunos cantantes números que podrían intercalarse y resultar más variado incluso tímbricamente, y también desequilibrados en número, caso de los cuatro del Barberillo de Barbieri por muy importante que sea en la historia de nuestra Zarzuela.

Escénicamente está bien diseñado desde la informática que hace maravillas en un marco y gasa delantera, no siempre apta para las voces, donde se proyectan imágenes tanto fijas como en movimiento de muy buen gusto y belleza visual. También impresionante el despliegue de vestuario para coro y bailarines, muy «clásico» y variado, ceñido a la ambientación de cada número elegido, organizado casi geográfica y cronológicamente, con la gran Milagros Martín personificando «La Zarzuela» y el actor también cantante Javier Ibarz como «Lord Arlington» que mantienen el hilo conductor siempre con la «complicidad» de los distintos solistas. Creo que sobraba el inicio con música enlatada de Wagner y los cantantes sentados en unas butacas para arrancar la acción argumental.

Del amplísimo elenco que dejo aquí arriba escaneado del programa de mano, de todo como en la propia zarzuela, destacar como triunfador total al cuerpo de baile de Ballet Producing Emotions por el enorme esfuerzo no ya físico sino de estilos, donde hubo desde el flamenco al baile español pasando por el folklore (jota y zortzico) que siempre resultó bien ejecutado desde unas coreografías realmente logradas y aprovechando el magnífico escenario del Baluarte que no todos los posibles destinos tendrán. Destacar a los principales Sara Martín Chamorro y David Sánchez que nos dejaron un bellísima actuación en el intermedio de La leyenda del beso (Soutullo y Vert) y una impresionante boda de Luis Alonso del conjunto, aunque en este punto debo pararme para referirme a la dirección musical de Jorge Rubio al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

La lentitud en todos los números sólo benefició, y no siempre, a los bailarines, pues en ese intermedio de Giménez, castañuelas, giros, pasos y saltos encajaron perfectamente con la orquesta, pero más difícil en los números «nacionales». El taconeo resultó siempre por encima de los músicos, con lo que en vez de disfrutar las hermosas instrumentaciones que los compositores hacen, la orquesta sonó cual grabaciones en pizarra carentes de dinámicas o sentido lírico, que de eso se trata. La dirección de Jorge Rubio no concertó ni conectó con las voces, por otra parte ubicadas casi siempre muy atrás de la enorme caja escénica, haciendo inaudibles los registros graves que con dar un par de pasos adelante se resolvía en parte, aunque el foso tan abierto tampoco ayuda nunca. Los micrófonos «de ambiente» para las partes habladas entorpecieron también el resultado musical puesto que se «colaba» la propia orquesta con una presencia sonora del arpa al mismo volumen que el resto, lo que ya es decir, poniendo todavía en más problemas a los solistas. Una pena que falle el primer pilar de la producción porque estoy convencido de un resultado mejor en condiciones distintas.

Del coro local (Coro Premier Ensemble de la AGAO) que dirige Íñigo Casali tampoco puedo escribir en positivo, escénicamente no muy sueltos y vocalmente inseguros, alguna entrada falsa, afinación mejorable y de nuevo poco ayudados por dirección y orquesta, así como necesitando en momentos más efectivos porque no es cuestión de gritar para equilibrar los planos. La lentitud a la que me referí antes, tampoco ayudó nada, por lo que los números corales quedaron disminuidos.

El cuarteto solista, amén de Milagros Martín que básicamente actuó pero también interpretó con su habitual magisterio escénico «La Tarántula» o el «Chotis del Eliseo» de La Gran Vía de Chueca, junto al ballet y el coro, más Javier Ibarz, un lujo de actor que también participó cantando en la jota final de La Bruja (Chapí), contaba con el tenor Sergio Escobar que hubo de ser sustituido por Enrique Ferrer. Debo insistir en la mala costumbre en los directores de escena de colocar hacia atrás los solistas o tener que realizar piruetas para girarse hacia el público y así poder emitir con calidad, pero aún así el tenor madrileño, como el resto de compañeros, no se achicaron y pudieron «defender» sus intervenciones. Me gusta desde hace tiempo su color vocal y musicalidad que esta vez brillaron especialmente en su Leandro «No puede ser» de La Tabernera del puerto (Sorozábal).

El barítono gallego Borja Quiza está en un momento dulce de su carrera, convence en cada intervención solista, empasta perfectamente en los dúos y escénicamente es un todoterreno que hace creíble cada aparición. Destacar el Germán en La del Soto del Parral realmente «feliz» que firmaría el mismísimo Manuel Ausensi.

La soprano Beatriz Díaz también tuvo que lidiar con ubicaciones incómodas, números seguidos y romanzas durísimas poco escuchadas como «Sierras de Granada» de La Tempranica y la «Canción de Paloma» con coro de El barberillo, siempre presente su voz pese proyectando sin problemas y cantando con el gusto y musicalidad que caracterizan a la asturiana, así como su entrega y escena convincentes. Empaste idóneo en los dúos, especialmente como Paloma con el Lamparilla Quiza y El Gato Montés (Penella) de Soleá y Rafaelillo Ferrer realmente delicioso, así como el conjunto de «las mañanitas» de Don Gil de Alcalá llevadas más que lentas por Rubio donde la orquesta se limitó a la partitura.

La mezzo canaria Belén Elvira completó el elenco solista y también hubo de hacer auténticos esfuerzos para alcanzar la fila 23 en la que me encontraba, tapada por una orquesta olvidada de matices y sin acompañar donde debía, así como unas romanzas desiguales para su color debiendo cambiar de registro no siempre agradecido al oído. Bien en los dúos (algunos los escuché también con Beatriz Díaz en Vigo) como el «Escúchame» de Doña Francisquita (Vives) con Enrique Ferrer y una Zambra desigual pero creíble, pese a un coro «desganado» contagiado por la eterna lentitud desde el foso, y donde encontró la posición en escena para poder darlo todo.

Finalizar repitiendo lo bonito del espectáculo con todos los peros apuntados que no todos suscribirán, convencido que todo es mejorable si desean exportar como se debe un musical que no pasa de moda y puede ganar nuevos públicos que tanto necesita la música en general, aunque la calidad debe primar en todo, y no olvidar que sin voces no hay obra sobresaliente. Para la zarzuela también debemos exigir lo mejor.

Estrenos como regalos

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Viernes 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto para familias: «Los niños y la música». Laura Mota (piano), Alma Deutscher (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Gabriel Ordás y Alma Deutscher.

Me planteé titular esta entrada como «El regalo de la educación» puesto que es un bien que se riega cada día en casa y crece toda la vida con la ayuda de todo lo que nos rodea. Resulta un proyecto a largo plazo que puede truncarse por muchos factores. La parte cívica, los modales, se están olvidando y la educación musical minusvalorando por parte de las autoridades responsables de incluirla como parte importantísima e imprescindible en los planes de estudios, por lo que esta tarde de cumpleaños me encontré con un choque de sensaciones: un auditorio lleno de familias que no siempre saben comportarse ante un concierto, experiencia primera sin preparación previa y puede que igual de válida que otra, aunque todo cambia y hasta la actitud que siempre supone asistir a un concierto de la llamada música culta. Con todo siempre debe primar el respeto y sobre todo el aprendizaje para a escuchar, válido ante cualquier faceta de la vida, así como la educación en valores que parece importar poco en estos tiempos cambiantes. Como última sensación, la familia como pilar para apoyar y encauzar a unos niños realmente únicos, dotados para la música y con una sensibilidad que nos pone de acuerdo en las emociones a las que llegamos por distintos caminos.

El concierto arrancaba con unas palabras del maestro Conti que sigue apostando por sorpresas y novedades desde el buen gusto y sabiduría, realizando una entrevista previa a los protagonistas antes de cada intervención. No importa su «itañolo» puesto que la música es el único lenguaje universal y la magia se transmite sin palabras.

La Música, con mayúsculas, comenzaba a sonar con el Concierto para piano y orquesta nº 23 en la mayor, K. 488 (Mozart) con el piano de Laura Mota, su debut con orquesta aunque parecía llevar toda la vida haciéndolo. Su Mozart tomó sentido como nunca antes me había sucedido: la cadencia del I Allegro profunda y ligera, el II Adagio inolvidable por su sentimiento hondo, maduro digno de una trayectoria larguísima, y el III Allegro assai con el descaro de la naturalidad desde el conocimiento profundo de una obra difícil. Atenta al maestro, que sacó todo el clasicismo a «su orquesta» siempre cómoda en estos repertorios, la pianista ovetense dominó la compleja partitura (toda de memoria), de principio a fin, segura, impresionante por una musicalidad diría que innata y un trabajo bien enfocado por su maestro Francisco Jaime Pantín, Laura Mota Pello está llamada a darnos muchas alegrías. ¡Tiene 11 años!.

Gabriel Ordás además de violinista se presentaba como compositor con el estreno de su obra Entornos, tríptico para orquesta, explicando que intenta reflejar sensaciones como si de las partes del día se tratase, sorpresa total en cada movimiento de una riqueza tímbrica y texturas totalmente actuales como si detrás hubiese la reflexión de toda una larga vida intensa, con una orquesta completa bien llevada por Conti, auténticos intérpretes de una obra madura: I. Bosque, primeras luces como un despertar al mundo sinfónico desde hace tres años y alumno de Fernando Agüeria, II. Desierto en plenitud donde la exploración toma cuerpo, desarrollos temáticos en las distintas secciones con una escritura actual y legible, hasta el III. Glaciar en su ocaso, intensidades anímicas y sonoras que lograron realmente congelar los ruidos de la sala en una explosión magistral para un violinista y compositor ¡de 15 años!.

Reminiscencias de oyente para una obra nueva, casi recién nacida, con Alma Deutscher y su aún inconcluso Concierto nº 1 en sol menor para violín y orquesta que se estrenaba en una velada para recordar. Alma nos alucinó con su presencia, porte y el pequeño violín sonando enorme con la luminosidad de compositora e intérprete indisolublemente unidas en este concierto, sin olvidar el virtuosismo nunca gratuito para su propia música. Primera audición de dos movimientos perfectos en escritura, orden, orquestación, melodías… El II. Romanza. Andante cantabile estaba pellizcándome por la musicalidad clásica y el sonido claro, con planos sonoros siempre en su sitio, música que sonaba natural y cercana a Mozart o incluso Mendelssohn, pero el III. Allegro vivace e scherzando resultó pletórico de alegría, contagiada por unas melodías «bromistas» (los toques de trompeta así resultan) iluminadas por la sonrisa permanente e indicativa de un juego feliz compartido y envidiado de esa eterna infancia, con un dominio del violín apabullante e impactante. Formalmente obra sin peros, de estructura clásica donde no faltó la cadenza del último movimiento digna de los grandes de siempre sin olvidar que esta Alma ¡tiene 9 años! y se estrenaba como solista con orquesta.

De la Danza de las sirenas de El Solent, un ballet compuesto con 8 años casi no me quedan ni palabras, para la propia compositora son cuentos musicales, para este aficionado unas danzas de un clasicismo nunca rancio, obra redonda, romántica e inmortal. La Oviedo Filarmonía y Conti hicieron posible otro milagro casi de extraterrestres

Regalos impagables para un cumpleaños entre niños educados además de poseer un don del que disfrutamos y compartimos. Todos salieron a saludar incluyendo a Helen, la pequeña de la familia Deutscher que quiere ser ¡directora de orquesta!, regalos para ellos con un pedazo de bolsa repleta de chucherías para la más pequeña.

El regalo de La abeja (Schubert) con Laura y Alma ya fue otra historia para seguir boquiabiertos. No son niños prodigios sino prodigios de niños o directamente «niños prodigiosos» que decía el maestro en entrevista para LNE que dejó arriba, niños para los que la música es tan natural en su vida que la hacen natural y eterna para todos.

GRACIAS y enhorabuena a las familias de estos prodigios: Clara y Alberto Ordás, Janie y Guy con la pequeña Helen Deutscher, y finalmente Yolanda Pello y Mariano Mota.

Pixán, el tenor asturiano vuelve a casa

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Sábado 10 de enero, 20:30 horas. Teatro Jovellanos: Recital de Joaquín Pixán (tenor), Noelia Rodiles (piano), Elena Miró (cello). Obras de Paolo Tosti, María Rodrigo Bellido, Milena Perisic, Juan Durán, Joaquín Rodrigo, Ernesto Lecuona, Miguel Matamoros, Carlos Guastavino, Jorge Muñiz, Joaquín Pérez Fuertes. Entrada: 15 € (+1 € de gestión por compra on-line).

Nuestro tenor más veterano e infatigable, Joaquín Pixán, volvía a casa para recopilar parte de sus trabajos y avanzar nuevos proyectos, siempre innovando desde la tradición o ampliando un patrimonio musical que en su voz adquiere colores universales. El coliseo gijonés resultó algo impertinente con un coro de toses unido a varios silbidos de «guasap» y el «odiado Tárrega» de un celular algo entrado en años, como parte del público que parecía aburrirse con lo desconocido y tan solo despertó (también se calló) con los temas asturianos o más conocidos, demostrando el cariño hacia el cangués y el desprecio hacia músicas que no son exclusivas de melómanos. Hasta Cuca Alonso se hace eco en su crónica del día después. Tampoco supieron comportarse al gritar «no se oye» a grito pelado cuando el tenor intentaba explicar algún tema o pedir que no aplaudiesen en el primer bloque para mantener la unidad, algo que con un respetuoso y educado silencio podría haberse solucionado. Parece que la megafonía es necesaria para los audífonos cuando toda la vida se prescindió de ella en estos recitales, y lo digo desde mi posición en la fila 16 y a punto de cumplir los 56, aunque urbanidad parezca antónimo de edad.

Pixán siempre ha buscado la mejor compañía sobre el escenario, y de sus pianistas que incluso levantan el vuelo, destacar de nuevo a Noelia Fdez. Rodiles, que supone seguir apostando por la calidad, junto a Elena Miró al cello, participando en los cierres de ambas partes, sonido impecable, musicalidad innata y además vocalidad en el instrumento más parecido a la voz humana que proveniendo de su faceta lírica engrandeció las partituras en las que intervino.

Insisto siempre en el Tosti cantado por Pixán porque su voz parece medida para mi tocayo italiano. Esta vez eligió Consolazione sobre versos de Gabriele d’Anunzio, ocho canciones típicas de llamada «Música italiana de salón del XIX» que el tenor domina, incluso sin estar a pleno rendimiento, desde esa media voz intimista y toda la expresión textual. No son las canciones más melódicas y agradecidas de Tosti que pareció no gustar al respetable, pero la interpretación del asturiano con el subrayado de Noelia Rodiles, abrieron boca en todos los sentidos.

Más «garra y pegada» tienen las tres Canciones españolas de concierto de María Rodrigo con textos de María Lejarraga, esos Tres ayes (1924) que también (y tan bien) tiene grabados y supusieron rescatar del olvido unas partituras equiparables a las de Falla, Granados, Turina o Toldrá, exigentes para ambos intérpretes, con veladuras y amplitud de registro donde Pixán mantiene como nadie el color vocal. Me quedo con Serenita está la noche.

Las tres Canciones asturianas (paráfrasis) de la croata residente en Tenerife Milena Perisic sobre versos de Ángel González resultaron lo mejor para cerrar la primera parte, sumándose el cello de Elena Miró, trío bellísimo en tímbrica con una música atemporal por lo cercana a todos los públicos, captando lo asturiano desde la universalidad tonal para unas melodías expresivas que estaban tanto en la voz como en el cello mientras el piano redondeaba un tríptico hermoso en la voz de Pixán.

En este recorrido musical iberoamericano, la segunda parte comenzó con los Cantares Gallegos sobre versos de Rosalía de Castro, Un repolludo gaiteiro de Juan Durán de difícil interpretación y escucha donde arranca primando la letra sobre la melodía que recae en los intermedios pianísticos de auténtico regusto folclórico, para pasar con las dos de Joaquín Rodrigo, el compositor saguntino capaz de revisar las músicas populares españolas para elevarlas a la categoría de «Lied», ejecutadas como tales por Joaquín con Noelia Rodiles.

El público curó rápidamente su catarro al escuchar las dos canciones cubanas sobre textos anónimos, Se fue de Lecuona y sobre todo Lágrimas negras (Miguel Matamoros) que Pixán recrea desde el original con el piano exquisito de Noelia sobre el que el sentimiento vocal del tenor emerge como nadie.

Punto y aparte tiene el texto de Borges sobre el que Carlos Guastavino compone la Milonga de Dos hermanos, ritmo contagioso para vestir una tragedia, la poetización de la milonga y no la musicalización del poema, narración echa canto en la voz de Joaquín con la guitarra hecha piano.

La vuelta al trío para acabar el concierto sirvió nuevamente para dignificar nuestro folklore cercano, el de El Presi (José González), auténtico adelantado a su época que sólo el paso del tiempo y su estudio musicológico está reivindicando y Pixán eleva a maestro desde los arreglos del asturiano afincado en Estados Unidos Jorge Muñiz, que ya colaboró con el tenor en la Cantata Jovellanos, acompañamiento que pasa de la guitarra al piano y cello remarcando melodías que todos los asturianos llevamos en nuestros genes: Soy asturiano, donde los giros de la tonada se besan con la copla y el flamenco al más puro Falla, Soledá como auténtica joya recogida por Pedrell y agrandada en versión e interpretación del trío, y el popular Paxarín parleru (Xilguerín parleru en otras) que nadie como Pixán es capaz de cantarlo con el gusto y maestría habituales, emocionando a un público que siente estas músicas de raíz que nuestro Torner recogiera hace casi un siglo.

Todavía faltaba el fin de fiesta con auténticos regalos, el estreno de Yes igual que la nieve del poeta asturiano Antonio Gamoneda sobre el que Joaquín Pixán compone una melodía con acompañamiento de cello, un poema profundo en letra y música donde el tenor sorprendió a todos, incluyendo al que suscribe.

Quedaba otra sorpresa de sentarse al piano para acompañarse Santander la marinera (Chema Puente) para después dedicarla al querido Miguel Ángel Revilla, uno más entre el público al que presentó como el mayor defensor de la música asturiana porque Santander es como prolongación o unidad cantábrica más allá de límites geográficos.

Y tras ser invitado Revilluca a subir al escenario, compartiría una de las obras más tristes y conmovedoras de la música asturiana, ese Si yo fuera picador que el ex-presidente recitó emulando a Luis del Olmo en una narración sentida, minería dura y tragedia que unen pueblos vidas, con un Pixán totalmente entregado a un tema también de El Presi al que sigue rindiendo tributo en su voz, elevándolo a la máxima categoría lírica, agradecimiento de años y reconocimiento permanente.

El rapacín de Candás volvió tras 150 años

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Lunes 8 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Prendes, Candás: El rapacín de Candás (Gabriel Balart y Francisco García Cuevas). Juan Noval Moro (tenor), Yolanda Montoussé (soprano), Fabio Barrutia (barítono), actores del Grupo Cultural «Xana» de Perlora (Lucía Colunga, Enrique Molina, Carlos Arias Cancio, Rosa Ana Muñoz -y directora de escena-, Francisco Suárez), Coral Polifónica «Aires de Candás» (directores: Marco A. GarcíaElena Rosso), Orquesta Sinfónica «Miguel Barrosa», David Colado (dirección musical).


Tremenda expectación domingo y  lunes más allá de la capital de Carreño ante la recuperación de una obra titulada El rapacín de Candás que dormía en algún baúl pero que siempre tenemos la suerte de encontrarnos musicólogos y estudiosos capaces de recuperarlas, incluso rehabilitarlas ante el mal estado en que se encontraban, pudiendo decir eso de «estreno en tiempos modernos». Ramón Avello explica muy bien en su crítica de la función dominical aparecida este martes 9 en el diario El Comercio, cómo se rescata del olvido una obra que sin ser una joya del teatro lírico sí puede considerarse pionera de los sainetes escritos en asturiano:

Personalmente me sorprendió (como también a algunos conocidos, como un amigo que escribía «tiene partes musicales bonitas, pero finales reiterativos, repitiendo cuatro veces para llegar a la cadencia final. El argumento carece de mayor interés, se puede comparar a un sainete del teatro costumbrista. Le falta la parte cómica, los ballets, etc. de otras zarzuelas») que se doblase escena y canto, aunque supongo que el mayor peso de la parte hablada y además en asturiano, hacía difícil memorizarla a los cantantes, pese a ser más fácil que intentar que los actores cantasen, pues esto no es EE.UU. donde todos los estudios escénicos incluyen la música y el canto.

Que yo conozca los buenos actores que canten son más que los buenos cantantes actuando, aunque algo esté cambiando. Esta vez la separación no ayudó por situarlos abajo, detrás de la orquesta (que tampoco tenía foso) y ni siquiera los actores sobre el escenario estaban ubicados como los cantantes, teniendo un desesquilibrio ubicacional y resultando una suerte de «Escala en HiFi» que muchos de mi edad recordarán en blanco y negro, incluso las producciones de zarzuela donde creía que los actores cantaban hasta que conocí el «play back» con figuras de la lírica que tan solo ponían la voz, primando actores sobre cantantes. De los programas de mano a elegir en asturiano o castellano, tan solo el argumento, datos técnicos de los intérpretes pero sin recordar a los autores, compositor de la obra el catalán Gabriel Balart i Crehuet (1824-1893) junto a los textos o libreto de Francisco García Cuevas.

De lo vivido en la segunda función, nuevamente con lleno total, felicitar al elenco de actores de grupo perlorino, auténticos protagonistas, incluso a la coral local que sí formó parte de la escena, dirigidos por Elena Rosso, quien también formó parte de la acción sobre las tablas. Del trío solista escuchaba por vez primera al barítono y me reencontraba con la pareja principal tenor y soprano, aunque vocalmente no me aportaron mucho ni tampoco pienso que su ubicación ayudase.

Felicitar finalmente a los músicos del conservatorio local reforzados para la ocasión para conseguir una orquesta sinfónica que bajo la dirección de David Colado (quien también es responsable de la revisión y «rehabilitación» de la obra) sacaron adelante este entretenimiento que podía haber sido candasín o mierense, incluso leonés o lucense puesto que ese asturiano «amestao» aún se usa y entiende. Está bien recuperar patrimonio aunque la calidad no lo haga muy exportable, pero es nuestro y vuelve al pueblo. Hacer una grabación para conservar todo el documento sonoro supongo que no sería excesivamente caro aunque el estudio permita licencias que el directo no.

Dejo aquí recortes de prensa con comentarios, críticas y todo lo que este regreso movilizó en Asturias que tenía su capital lírica este puente festivo en Candás.

Más que cuentos chinos

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Foto © Hedda Morrison (1946) y montaje © OSPAcom

Viernes 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4: OSPA, Elizabeth Hainen (arpa), Rossen Milanov (director). Obras de Tan Dun y Rimski-Korsakov.

Con mucho interés acudíamos al estreno en Europa de «Nu Shu: Las canciones secretas de las mujeres» y la conferencia previa de Israel López Estelche sobre «La palabra, fuente de vida: tradición, mujer y supervivencia en la composición musical» llenó la sala de conferencias nº 4, pues además de las notas al programa (links en los compositores al inicio de esta entrada) de las que es autor el reciente premio de la Fundación SGAE, la amplia exposición con ejemplos centrando el último tercio en la obra de Tan Dun (1957) ayudó mucho a una mejor comprensión de un estreno sobresaliente.

Tan Dun aunque chino de nacimiento es plenamente yanqui en formación (incluso autor de bandas sonoras) pero capaz de conjugar ambas culturas desde una música cercana, fácil de escuchar, bien ensamblada, con una presencia casi ritual del agua en sus obras, que tampoco faltó en Nu Shu, y donde la puesta en escena («Performance») está muy cuidada. El subtítulo de esta composición estrenada en 2013 y este viernes 28 de noviembre en Europa, dejaba claro que se trataba de una Sinfonía para arpa, trece microfilms y orquesta, una pantalla central y dos laterales sobre las que discurrirían completando escenas, puntos de vista complementarios, a menudo opuestos, sin perder la escucha de esas canciones «pregrabadas» que los intérpretes debían acompañar en perfecta sincronía, amplificado con tino y perfecto equilibrio de planos, con poca luz en el escenario, leds en los atriles, luz cenital para la arpista que también forma parte de esa globalidad, y todo bien cuidado por parte del máximo responsable: Rossen Milanov, repertorios como el de este último concierto de noviembre donde está en su salsa, volcado y convenciendo a todos, lógicamente a los músicos en primer lugar.

Esta sinfonía organizada en seis movimientos es el ciclo vital como nos explicaba López Estelche, el pasado de las canciones, el presente del arpa y el futuro de la orquesta, ese fluir como el río de la vida que también aparecería en los microfilms o clips que diríamos hoy en día.

En cada estreno suelo tomar notas según escucho, aunque la poca luz y sobre todo la necesidad de no perderme ni un detalle de cuanto sucedía sobre el escenario me hizo escribir como un niño sin mirar al cuaderno, pues quería plasmar en mi papel una descripción, siempre imposible, de una obra que es única y pienso gustó a todos.

El inicio, I. Prólogo, comenzó ambientado por la sección de percusión que como en casi todas las obras de Tan Dun requiere instrumentos específicos, esta vez los cuencos frotados con arcos de contrabajo y ese colchón de toda la cuerda inquietante, seguido por el viento hasta la primera aparición del arpa en un lenguaje reconocible como chino por los occidentales. La proyección mostraba una pintura en el «Nu Shu» escrito que a medida que avanzaba resultaba un abanico así decorado, mientras el ambiente de cierta crispación mantenía diálogos entre la solista y la orquesta, trompetas con sordina y tratamiento percusivo de la cuerda, para desembocar en una plenitud melódica que pone al arpa como un instrumento más mientras «cantan» clarinete y flauta melodías orientales. Un segundo vídeo nos trae el primer canto de mujer y un manuscrito «secreto», acompañado por el arpa en la sala perfectamente sincronizados, viendo pasar hojas en las pantallas laterales alcanzando un momento álgido de belleza sonora y visual con la vieja cantando en un timbre grave y una joven de espaldas que luego se suma en registro agudo, formando un todo emocionante, manteniéndose ese clima volviendo a un pasahoja casi cronológico en la izquierda antes de un tutti final.

El segundo movimiento, II. Historia de la madre, pasa la base ambiental sonora al viento, con tablas – látigo en la percusión y las voces proyectadas en una escena donde el centro mostraba una novia a la que vestían, un «drama» de la hija que marcha del hogar y que son como tres días de llanto que nos contase Israel en la conferencia previa. La orquesta siempre percusiva e intrigante con un tiempo lento y continuos reguladores dinámicos (de menos a más y viceversa) con trombones y tuba más el arpa dando paso a un nuevo microfilm o clip que muestra precisamente los llantos, las tres pantallas completando la visión global mientras la música rítmicamente subraya una escena de angustia, en un ensamblaje perfecto de música e imagen, tensiones que parecen aumentar para luego mitigarse como las dos visiones de madre e hija en un tutti memorablemente tratado desde el volúmen.

III. El pueblo de Nu Shu se nos presenta con un clip de agua, la misma de la percusión que tan bien trabaja Tan Dun, con los contrabajos anclando la realidad, puente y río, más instrumentos en registros graves como flauta, contrafagot, clarinete bajo, el arpa acercándonos a la aldea tratado rítmicamente desde unas melodías de instrumentos graves a los que se suman las trompas en un tratamiento muy cinematográfico por orquestación americana para temas chinos. No abusa del recurso porque para la transición de imágenes comienzan los portamentos en la cuerda y después metales antes de ver y escuchar otro canto con la imagen de Mao detrás acompañada por el arpa (siempre presente como alianza pasado-presente) a la que se suman los violines segundos y violas mientras un zoom del rostro coincide con un «crescendo» delicado en cuerda y arpa, continuando las trompas para hacernos entrar en una casa de la aldea, puertas viejas cerradas con la luz inquietante e interrogativa cantada por el clarinete en un contraluz musical que «funde a negro» tras una pincelada de trompeta. Documento sonoro vivido de forma presente y atemporal, tres visiones de la misma calle caminando por ellas con la orquesta en ritmo americano tamizado siempre por lo oriental, toque de marimba con apariciones de clarinetes y flautas, haciendo camino al andar que nos mete en él desde un recurso tan plástico como situar la silueta de espaldas, orquesta caminando en «glissandi» con metales y cuerdas rítmicos sincopados, efectistas antes del «estallido» final de volúmenes bien llevados. La orquesta funciona e impresiona con las imágenes, los efectos de Hainen y Milanov mandando.

IV. La intimidad de las hermanas y toda la historia sigue tomando forma, dos imágenes laterales de dos mujeres y el arpa con los violines segundos más el concertino dan paso a un oboe acompañado esta vez por el murmullo de mujeres grabado mientras vemos una cara anciana tapada por su mano, llanto que descubre risa mientras el arpa y la sección de cuerda cumplimentan este engaño visual antes del nuevo clip con más presencia del agua, poesía total, una barca remando en el centro, el río en los laterales, fluir sonoro, hojas flotando, joven remando de espaldas a la orilla con la orquesta en modo menor cantando una melodía lenta, fuerte y majestuosa como el propio remar, como el arpa que se suma en un vaivén equilibrado de canto y agua, sin imágenes para un diminuendo brutal hacia un pianísimo roto por el forte en un nuevo capítulo (V. La historia de la hija) y vídeo, arpa con efectos y sonido metálico, estancia que va mostrando objetos que toman protagonismo por el virtuosismo de la solista, ritmo puro, percusiones de crótalos, pizzicatti y juegos «con legno» en la cuerda antes de otra escena con clarinete bajo y corno inglés, bronces cortantes y la vieja cantando mientras en los laterales volvemos a divisar los abanicos. música íntima, pianísimo, llanto en la voz con toses y carraspeos que también tienen ritmo, marcha del lamento, suspiros que forman parte de la partitura, canto engrandecido por la orquesta acelerando y aumentando volúmenes, contrastes impresionantes y fundido a negro con cuerda y arpa en fluctuante ambientación mientras un unísono de metales nos hace crecer hasta el final.

Nuevo y último movimiento, V. Epílogo, agua, tratamiento actual del arpa percusiva y el chapoteo de «peceras» en la percusión, manos en el río y en la orquesta, tradición universal, coro de lavanderas con una cuerda plenamente occidental para un canto oriental en perfecta simbiosis artística, el viaje de la joven o niña (se casaban con 15 años) y ese ritmo vital combinado con dinámicas que subrayan una acción compartida, el arpa, la cuerda usando la madera del arco, el chapoteo del agua con la amplificación exacta, metales en graves y agudos ensamblados con las voces. La obra global, aunando oriente y occidente, herencia y transmisión oral plasmada desde el estudio, la importancia de la mujer en todo este discurrir, lo femenino más allá de la propia belleza, melodías de reminiscencias armenias como cabalgando entre dos mundos, glissandi queriendo traducir en música el devenir diario de una historia que es grande aunque parezca mínima, como las gotas que quedan congeladas en las pantallas antes de un final de vértigo y efectista desde el pianísimo al fortísimo cual punto final.

Imposible que mis palabras puedan describir un espectáculo total de altas miras y calidad increíble: Elizabeth Hainen más que una arpista casi la narradora necesaria en el único lenguaje universal de la música, la OSPA hablando el mismo idioma, atentos, brillantes copartícipes de esta historia tan bien escrita y contada por Tan Dun, y un Milanov al que se le nota rápidamente su gusto por estos montajes, arriesgados antes de comprobar que cuando hay calidad todos respondemos.

La propina con arpa sola fue como un «anexo» a esas canciones (Esteban Benzecry: Horizontes Inexplorados, First Movement «Del Silencio al Amanecer») todo un universo de recursos en un instrumento milenario que se actualiza con intérpretes como la americana, en esta partitura de un portugués nacionalizado argentino con rasgos «inexplorados» y luz otoñal por lo que ésta supone de claridad de líneas y paleta de ocres.

Si las canciones de Tan Dun no son cuentos chinos, Scheherezade, Op. 35 (Rimsky-Korsakov) forman parte de ese patrimonio universal, los cuentos de las mil y una noches con la mujer narradora, que tengo reciente en pleno carnaval de Oporto donde tampoco faltó lo chino, porque los cuentos siempre tienden a transportarnos a mundos de ensueño. Musicalmente hubo de todo, puede que el ímpetu mostrado en la primera parte pasase factura en la segunda. Milanov dirigió de memoria esta maravilla sinfónica de la historia musical no sólo rusa, pero optando por el efectismo y el trazo grueso que pasó factura a intervenciones solistas no muy afortunadas en músicos que no suelen fallar, atribuyendo esto puede que a la máxima de dejarles hacer que ellos saben, cuando puede ser peligroso si no hay exactitud ni precisión en la cabeza visible. Los cinco cuentos o números de Rimsky permiten a toda formación sinfónica revisarse desde el primero hasta el último compás en una narración donde en este caso Scheherezade debe lograr tensión, emoción y suspense para ir salvándose de la muerte una y otra noche, contarnos cada cuento con misterio, cambios de voz, inflexiones, intriga, suspiros y hasta onomatopeyas que enriquezcan cada historia.

El I. Largo e maestoso – Allegro non troppo comenzó amarrando el aire antes del contraste brioso a la segunda parte, «El mar y el barco de Simbad» comenzaba la singladura con cierto oleaje, aún el timón poco firme, la primera intervención de nuestro Vasiliev no fuese la esperada, aunque faltase mucho recorrido y llegaría a buen puerto por las muchas horas de travesía más que demostradas; el II. Lento – Allegro molto resultó parecido, «La leyenda del Príncipe Kalender» estuvo narrada como los buenos cuentacuentos pero con los cambios de voz no siempre adecuados, echando en falta pinceladas protagonistas en pos del mero color, aunque resultase brillante; III. Andantino quasi allegretto, «El joven príncipe y la princesa» debe rezumar lirismo, los violines cantan la canción de amor y el clarinete habla por voz de la dama, perfecto Andreas que cada vez nos confirma que está siempre «a punto», al igual que la flauta de Myra, siendo el número más convincente en su narración musical por parte de todos; y el IV. Allegro molto como «La fiesta en Bagdad» también es el naufragio del barco, energía que ciertamente no faltó en ningún momento, aunque pueda haber resbalones entre tanto baile. Las sonoridades alcanzadas no tienen peros aunque siga pidiendo más claridad expositiva, independientemente que la propia partitura sea tan buena que lo principal siempre sale a flote aunque el oleaje tienda a mar de fondo.

La escucha de esta obra sugirió al cocinero Pedro Martino de «Naguar» la creación de un plato, bien promocionado con el concierto «¿A qué sabe la música?», como inicio de otra iniciativa de la OSPA. Del afamado chef ovetense pude comprobar su quehacer durante la «Noche Blanca» de Oviedo con Forma Antiqva en este aunar música y comida; esta vez salió incluso a saludar, cual compositor musical finalizada la Scheherezade cocinada musicalmente por Milanov, también cocinero confeso. El plato de Martino se llama «Papada ibérica confitada y glaseada en su jugo de berros a la naranja» que supongo degustaron varios de los responsables y patrocinadores del «Club OSPA» nivel «Vivace» (aportando 500€ como socio patrocinador de esta categoría, se acude a un acontecimiento especial ofrecido por Milanov entre otros beneficios de las distintas variedades o niveles, muy en la línea USA: «Andante» 75€, «Allegro» 150€ y «Presto» 250€) una vez finalizado el cuarto de abono.

La inspiración musical da para mucho y esta vez nos contaron dos cuentos, aunque la recreación e imaginación, como los gustos, es siempre muy personal.

Prensa regional del sábado 29:

Dos bandas en una

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Domingo 2 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Antonio Cánovas Moreno (saxofones), Francisco Vigil Sampedro (director). Homenaje al compositor Manuel Lillo. Obras de Julius Fučík, Satoshi Yagisawa y Manuel Lillo Torregrosa. Entrada libre.

De mis notas, que suelo tomar sobre la marcha en mi agenda de bolsillo cuando me enfrento a obras nuevas, quiero dejar las siguientes:

La obertura Marinarella, Op. 215 de J. Fučík (1872-1916) es una obra compuesta en 1907 y muy conocida y programada normalmente por las bandas de música europeas, alegre, con intervenciones de toda la agrupación muy al gusto patriótico que retomarán los norteamericanos, juegos en 3/4 a uno sin pausas antes de la parte melódica y «da capo» al tema fuerte antes de un puente lento en los instrumentos graves con intervenciones solistas de clarinete cuidadoso en diálogo con oboe y flauta «muy Grieg», tubas ambientando antes de la entrada de la sección de «cañas» y resto de maderas con metales en la base. Aunque podamos escucharlo en YouTube® no me resisto a seguir comentando lo escrito sobre la escucha, el otro tema tras el puente en unísonos antes de la aparición de un tema folklórico de reminiscencias zíngaras en un acelerando triunfal con todos los fuegos de artificio al uso y con oficio sonoro, bien equilibradas todas las secciones antes de la vuelta al 3/4 en flautas, clarinetes, todo muy lírico junto a la trompeta solista que desemboca en un «tutti» manteniendo el compás y un acelerando hacia el final de lo más efectista en una obra en torno a los diez minutos.

Capítulo aparte merece el estreno en España de «Mystic Quest», Concierto para saxofón del japonés Satoshi Yagisawa (Tokyo, 1975) en tres movimientos con Antonio Cánovas de solista con los saxos alto y soprano. Arranca esta obra con una introducción que me recordó al mejor Bernstein para una banda casi cual orquesta ligera, con un «tutti» donde no falta la percusión antes de la primera entrada del saxo alto en una instrumentación impresionante y con dinámicas muy logradas, empaste, juegos de planos sonoros, tiempos sin respiro para texturas bellas en el saxo solista sobrevolando y bajando a la masa sonora para volver a remontar en un planeo majestuoso. Buen tratamiento de cada sección de la banda, compositor conocedor de la tímbrica a la perfección y los ingredientes de un concierto llevados a rajatabla.

El segundo movimiento, lento, será protagonista el saxo soprano, sumándose el arpa, con maderas detallistas y pequeños toques en tubas y sección de saxos creando el clima previo a la entrada del solista en una melodía extrema de registros sin perder nunca el color que realza la entrada de toda la banda y un breve puente a solo antes de ser arropado por toda la agrupación. El agudo del saxo soprano del Maestro Cánovas siempre contrastado con los graves de la banda, pasajes rápidos y virtuosos dibujando espacios siempre llenos por el tutti, dando paso a la obligada cadencia que explora toda la tesitura del saxo soprano, fraseo vocálico cual aria operística, misticismo del título sin perder armonizaciones clásicas y cercanas al oído, climas hasta el clímax, emociones de aire por el aire y desde el aire con el toque mágico del arpa.

El último movimiento retoma el solista saxo alto para un tempo movido, épico, casi cinematográfico, juguetón en el solo y las contestaciones de la banda, ascensos y descensos bien construidos desde una sonoridad clara bien arropada por una instrumentación muy trabajada y cuidada desde una escritura realmente de calidad. Vuelta al soprano como protagonista para completar registros agudos inalcanzables, melódicos cual saxo inabarcable, inmenso en la vuelta al alto, dos instrumentos en uno rematando melodías con mordentes, ataques secos, silencios justos y tejiendo un masa redonda donde cada sección de la banda aporta su color. El «tutti» con el solista tocando a unísono la melodía bien vestida antes del acelerando final dará paso a su última cadenza de vértigo, saltos y registros en las fronteras, silencios luminosos ante lo que sigue, siempre cantabile desde el virtuosismo y color de un saxo tenor rotundo, como otra aria final «a capella» rota por el arpa y los bronces en grave preparando un final «de película», policoralidad y épica por ese toque militar de marcha, vuelo de un águila muy americana hecha saxofón desde el magisterio y sonido único de Antonio Cánovas. Unos veinte minutos para una obra donde la banda ovetense que dirige el Maestro Vigil, sonó con acento asturamericano, de tímbrica propia y sin folclorismos sonoros.

Sin descanso llegó el homenaje al maestro alicantino Manuel Lillo Torregrosa (San Vicente del Raspeig, 1940), desde 1959 a 2010 requinto (clarinete en mi bemol) solista de la Banda Sinfónica Municipal de Madrid, compositor que sobrepasa las 600 obras -más de 100 sinfónicas- que devolvieron el color típico de las bandas de música valencianas sobremanera, terreno donde siempre se ha movido como pez en el agua, y partituras que no esconden un casticismo algo rancio pero cercano al público, que casi llenaba la sala principal del auditorio en el día de difuntos.

Estreno en Asturias del Fandango de un torero (estreno absoluto 16 de junio de 2013, Castellón), apenas cinco minutos de duración que presenta una introducción muy al uso del compositor en sonoridades: trompetas, percusión y clarinetes con un ritmo muy claro y evocador. Cada sección va tomando su protagonismo en una escritura algo trillada, incluso en el cambio a ritmo de marcha muy de su tierra en cuanto al recuerdo de «Moros y Cristianos», ciertamente agradable pero poco renovadora musicalmente hablando. Hasta el uso de las castañuelas dan ese toque «casposo» por la referencia tan directa, sin estar claros nunca los planos sonoros, excesivos siempre, y donde la melodía luce más por frecuencia (tesitura) que por escritura.

Más ambiciosa es «Mares lunares», Suite sinfónica (estreno 18/02/1996) de unos veinte minutos de duración, la primera vez que se escuchaba en Asturias, obra organizada en cuatro números más líricos en sus títulos que en la partitura, y es que dentro de cierta unidad evocadora desde las diferencias, el lenguaje instrumental resulta deudor de muchas influencias, amén de su afición por la astronomía. Mar de vapores tiene un inicio descriptivo, tormentoso, en fortísimos y reguladores dinámicos varios, con trompas y arpas muy marineras antes del excelente solo de corno inglés con las tubas de fondo antes de tornarse en ritmo ternario de salón muy movido con intervención de un xilófono bien utilizado y un tempo de vals casi ruso con recuerdos a Shostakovich en concepción, instrumentación e incluso armonías. Delicados los instrumentos graves, brillante el xilófono, clara la madera de los clarinetes y cambios rítmicos internos sin perder de vista el ternario.

Mar de las crisis con las trompas nuevamente en el inicio nos llevaron al mar «debussyano», con caja marcial y melodías orientales, escritura modal en vez de tonal con intervenciones siempre acertadas de clarinete bajo y fagot, crescendi instrumentales casi ravelianos por la siempre presente influencia francesa en esos mares impresionistas más que de crisis desembocando en un pasaje «pianisimo» y melódico bien logrado antes de retomar una melodía más de los mares de China, pequineses desde la trompeta con sordina y los saxofones retomando protagonismos compartidos entre nuevos reguladores y cierta marcha al cadalso «berlioziano» con final fuerte y seco.

El Mar de Néctar trajo oleaje en los saxofones y clarinetes con recuerdos de Mendelssohn, mares del norte antes de las flautas ternarias y el binario yunque con clarinetes para volver al dulce tres por cuatro que quiere y no puede en su pugna con el binario vencido en oleaje por un «tutti» que se apodera dulce aunque machacón, de color «labanda» en clarinetes algo agresivos por su tímbrica aguda para poner más sal que azúcar antes de volver a la calma chicha más matizada y «senza tempo» desembocando en un final brusco como de la ola traidora que siempre nos moja aunque sea mar lunar.

El Mar de las lluvias mantuvo el oleaje con un virtuoso xilófono, clarinetes en ostinatos, saxofones llenando pausas y un cierto ritmo de foxtrot con melodía en los bajos contrapuesta a los clarinetes en el más puro estilo de música de banda tan distinto al del japonés. Es difícil apostar por algo nuevo y parece usar clichés aprehendidos y reelaborarlos, agradecidos para el gran público, todo muy espectacular buscando el efecto deseado pero que personalmente no me aportó nada nuevo excepto el oficio de un compositor conocedor de la materia prima al que se le rendía homenaje en vida, estando presente en la sala y pudiendo disfrutar con su música, que es lo mejor que podemos brindarle. El final de esta suite resultó cual preludio zarzuelístico tras mostrar todos «los palos» en sus cuatro mares de luna.

Tras las gracias del maestro Vigil al homenajeado compositor alicantino, la propina del pasodoble Quiosco del Retiro (18/09/1994) de lo más académico y «ad hoc» para banda de música en todo, oficio más que calidades, algunas armonías buscando romper sin llegar a alcanzar vanguardias, manteniendo el casticismo en el buen sentido de la palabra, melodías pegadizas, dúo de trompetas o «tuttis» muy previsibles en todo el desarrollo. La banda ovetense mostró calidad aunque exagerando en momentos donde no se lo pedía el maestro, dejándose arrastrar por una partitura casi popular.

El propio Manuel Lillo subió al podio para dirigir nuevamente su pasodoble, esta vez distinta, directa del compositor, más pausada y matizada con todo el respeto de la banda ovetense hacia el maestro, sonando con más sabor y dulzura finalizando con el respetable dando palmas a petición del propio compositor a ritmo marcial que fue lo que faltó, desfilar para rematar un sentido homenaje.

Aire asturiano en Barcelona

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Domingo 11 de mayo, 18:00 horas. L’Auditori, Barcelona, «Concert Piano de Txaikovski», concierto 14, clausura temporada: Carmen Yepes (piano), Banda Municipal de Barcelona, Salvador Brotons (director). Obras de Tchaikovsky y Brotons (1959).

En mi tierra no estamos muy acostumbrados a escuchar repertorio sinfónico en versión de banda, y aún menos los conciertos para solistas. Nada menos que el conocido y difícil Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 de Tchaikovsky daba título al concierto decimocuarto que clausuraba en el Auditorio de Barcelona la temporada de abono de la Banda Municipal con su director titular Salvador Brotons, quien volvía a contar con la asturiana Carmen Yepes para un cierre auténticamente de lujo donde el también compositor catalán sería protagonista de toda la velada aunque L’Auditori sigue respirando ambiente asturiano.

En la televisión local de la ciudad condal salía una breve entrevista con nuestra pianista donde hacía notar que el concierto del ruso suelen interpretarlo hombres, tal vez por la fuerza física que requiere y más aún si detrás hay una banda sinfónica. Pero la capacidad musical de esta solista no se limita a una gama dinámica impresionante, capaz de llenar una sala de acústica algo «especial» (debida como el Auditorio de Oviedo al físico Higini Arau Puchades) en los momentos de más tensión sino que los pasajes líricos resultan de una dulzura que de tan clara resulta rebosante de musicalidad, unido a la extraordinaria concertación del maestro Brotons con «su» banda, haciendo olvidar que no sonaba una orquesta aunque lo parecía.
Y es que cuando el arreglo para madera y metales es tan acertado podemos redescubrir partes menos escuchadas precisamente por la tímbrica tan peculiar de la familia del viento. La seguridad y potencia de Carmen Yepes desde su primera aparición en el Allegro non troppo e molto maestoso jugó precisamente con esa paleta sonora y un «tempo» en su medida, sin correr y predominando la majestuosidad que el ruso imprime a esta joya pianística. Los distintos solos y cadencia del primer movimiento hicieron sonar un piano redondo en los graves y cristalino en los agudos con la sensación de un centro duro como la obra que Yepes estaba recreando. El público, que casi llenaba la Sala Pau Casals, aplaudió este movimiento como si finalizase la obra, pues los sentimientos contenidos no pudieron aguardar más. El Andantino semplice sacó de la banda intervenciones impecables donde el oboe de Pilar Bosque lograba pasajes emocionantes para competir en buena lid con un piano nuevamente mágico dibujado sobre unos colores desconocidos para el que suscribe, tan solo destruidos por el sonido de un móvil siempre grosero y maleducado que parece ya una plaga allá donde vayamos.

Y rematando el Allegro con fuoco realmente fogoso, impulsado por un vehemente Brotons que conoce la musicalidad y honestidad de Yepes (a la que ha disfrutado dirigiéndola en varios conciertos) para llevar este final casi incendiario entre la brillantez pianística y el perfecto contrapunto de una banda sinfónica con calidades superiores. Todo un placer asistir a un fluir de ilusiones musicales compartidas entre pianista y director con una formación que mueve afición en la ciudad condal a lo largo del año, lo que se percibe en el ambiente.

Nuevo éxito de la pianista asturiana que agradeció a todos en perfecto catalán esta invitación clausurando temporada con la banda y Brotons, del que regaló como propina el segundo de los Tres nocturnos «alla Chopin» op. 116, delicia completa en escritura y ejecución que el propio director y compositor disfrutó en el escenario sentado al lado de los fliscornos.

Para la segunda parte nada menos que el estreno para la versión de banda del propio Salvador Brotons Catalunya 1714, Rapsòdia catalana nº 5, op. 127 compuesta para el tricentenario de este episodio histórico que el músico catalán actualiza para ir más allá de la derrota y los hechos fatídicos acontecidos hasta la ilusión que el pueblo catalán lleva viviendo desde la democracia con un optimismo que el compositor lleva en sus genes.

Este poema sinfónico en ocho movimientos sin pausa, bebe, como él mismo explicó antes de comenzar y también Marta Porter en las notas al programa, del folclore catalán, melodías populares y borbónicas reconocibles más allá de guiños a El cant dels ocells, El Segadors, o el francés hispanizado «Mambrú se fue a la guerra» ya utilizado por Beethoven en su poco conocida La victoria de Wellington (también figura como «La Batalla de Vitoria», op. 91). Grandeza sinfónica que con la inclusión de coros para la versión orquestal se estrenará en este mismo auditorio el 19 de julio dentro de las conmemoraciones del Tricentenari.

Desde un oficio trabajado oficio con años y conocimiento profundo de la escritura y orquestación, utilizando todos los recursos posibles con un lenguaje cercano a todos, estoy convencido de que Catalunya 1714 será una obra rompedora y triunfante, llena de toques épicos con abundante percusión y tutti dramáticos, sin olvidar las citadas referencias catalanas como la inclusión de la tenora entonando Plany al temps passat en el antepenútimo movimiento, nostálgico por los tiempos perdidos antes de la apoteosis final efectista, incluyendo el himno catalán previo al Presto brutale que bisarían tras el éxito, donde no faltaron dos esteladas entre el público. Y es que «la creencia y voluntad de ser» más la «afirmación nacional» en  Brotons van más allá de la derrota y marcha fúnebre acongojante para brillar 300 años después con ese crescendo en intensidades y tensiones unido a un himno catalán hermoso musicalmente que el músico barcelonés eleva a categoría sinfónica para levantar pasiones de todo tipo.

Salvador Brotons músico de estirpe, director, compositor, entusiasta y apostando por Carmen Yepes para este fin de temporada, que supongo traerá a la pianista carbayona nuevas colaboraciones con el catalán. Ambos sienten la música de una manera especial, lo que el público siente y agradece. La «clá Yepes» de la ciudad condal estuvo reforzada con la que viajó para la ocasión, compartiendo un concierto muy especial.

Mosaicos y vidrieras sonoras

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Viernes 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 11 OSPA, Manuel Barrueco (guitarra), Andrew Grams (director). Obras de Ginastera, Leshnoff (estreno europeo) y Schumann.

El undécimo concierto de abono de la OSPA traía batuta nueva al mando, repetía guitarrista solista de talla mundial con estreno europeo (encargo de la propia orquesta asturiana en coproducción con las de Baltimore, Nashville y Reno), más la comentada estructura tripartita habitual de gran introducción, concierto solista central y segunda parte ocupada por sinfonismo de siempre, pero desconozco la causa por la que el auditorio sigue perdiendo ocupación de forma preocupante, esta vez puente y variada oferta que hacen de Oviedo casi la Viena española.

La formación asturiana continúa apostando por mezclar tradición e innovación a partir de un estado de forma que le permite afrontar repertorios de lo más variados y con batutas igualmente diferentes en su concepción y confección de programas. El joven director norteamericano mantuvo esa línea de alternancia con una concertación de gesto claro y preciso, apostando por dinámicas claras que no perturbaron un concepto melódico que siempre tuvo la respuesta adecuada por parte de los músicos en las tres obras.

Alberto Ginastera abría el concierto con las Variaciones concertantes (1953) que pusieron a prueba toda la OSPA con sus solistas y primeros atriles. Sobresaliente partitura de la llamada segunda etapa compositiva denominada «nacionalismo subjetivo» que analiza muy bien Julio Ogas en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) y estrenada en Buenos Aires por nuestro recordado Igor Markevitch. Los doce números son un auténtico «mosaico sonoro» que daba título a este programa, intervenciones solistas para degustar y cual honrosa competición buscando lo emotivo y sincero de una música cercana y de composición inspirada en el folclore pero con peso propio. Los cinco primeros números sin pausa, fueron desgranando lo mejor de cada atril: I. Tema para violonchelo y arpa para lucimiento de Atapin y del Río, II. Interludio para cuerda reafirmando el momento especial de esta sección cuando se la «aprieta» y exige tensión en busca de la mejor sonoridad, necesaria para una partitura que básicamente pide colores instrumentales específicos y bien diferenciados, III. Variación jocosa para flauta con Myra Pearse siempre rebosante de musicalidad desde una pasmosa seguridad, IV. Variación en modo de Schero para clarinete para que Weisgerber no quisiera ser menos en esta «presentación» solística y la V. Variación dramática para viola que Alamá sintió como nadie, emocionando especialmente por timbre y calidez a solo, empaste colorista con flautas y clarinetes que redondearon contrabajos y trompas más arpa y clarinete en pizzicati. Cual juego de dobles lengüetas resultó la VI. Variación canónica para oboe y fagot, lenta calidad de Ferriol y Mascarell arropada por un colchón de cuerda que sin respiro nos elevó a la VII. Variación rítmica para trompeta y trombónVan Weverwijk y Brandhofer con rítmica stravinskiana reforzada por los timbales, triple «t» marcando un heroísmo pentatónico antes de otra demostración solística con Vasiliev en VIII. Variación a modo de movimiento perpetuo para violín sin prisas y sin pausas, manteniendo el ritmo y jugando con las dinámicas en un perfecto entendimiento con el maestro Grams. La IX. Variación pastoral para trompa trajo el mejor Morató, aún cercano en la memoria, esta vez de lirismo a flor de piel para un movimiento lento de regusto chaikovsquiano y juegos tímbricos con trompetas y flautas antes de atacar el X. Interludio para viento madera, otro momento memorable dentro de un colorido más de vidriera por lo lumínico que de mosaico, otra demostración de calidad en la sección más segura de la OSPA. Si el inicio resultó emocionante, el XI. Recuperación del tema para contrabajo y arpa hizo que Mijno lograse sonar como Casals en un «tributo al grave hecho celeste» (roto por la caída de un bastón, preludio de un evento para no repetir) antes de concluir esta maravillosa obra con un rítmico XII. Variación final a modo de Rondó para orquesta, derroche de brillos en lenguaje cercano con paroxismo contenido de Mr. Prentice, el Ginastera más rítmico y sinfónico posible. El pincel lo puso la batuta de Grams que eligió esta obra para lucimiento de todos desde la exigencia y calidad, también claridad diáfana de sonoridades que el maestro dejó fluir para recrearse y disfrutar todos, pero que irremediablemente contrastaría con la siguiente obra.

Y es que el Concierto para guitarra (2013) de Jonathan Leshnoff (1973) resultó demasiado directo en referencias a nuestro eterno Joaquín Rodrigo, del que no necesitábamos otro Aranjuez estadounidense. Guitarra y española como tópico más que adjetivo, una escritura consensuada en Baltimore donde residen compositor e intérprete, que no esconde tributos ni técnicas. En la entrevista de Javier Neira al maestro Barrueco que pongo encima, éste reconoce que «el primer movimiento y el tercero son rítmicos, con ecos de la música española, de la «Asturias», de Albéniz y algo del «Concierto de Aranjuez». Cuando un compositor escribe para guitarra suele incorporar algo español». Así el Maestoso, Allegro inicial ya tenía los arpegios y contrastes solista-orquesta del compositor saguntino. Con una amplificación necesaria pero perfecta de volumen, su plano sonoro nunca sobrepasó presencia ni siquiera con los tutti, movimiento rico rítmicamente  y virtuosismo siempre en un largo punteo alternando con escalas modulantes ascendentes y descendentes de la orquesta, bien entendida en su papel tanto en color y textura como en los diálogos con la guitarra solista. Acordes secos y juego entre las secciones de cuerda y madera no hacían más que recordar «El Concierto» hasta que llegó un unísono de guitarra y oboe preciso y precioso desde el protagonismo guitarrístico con la orquestación muy bien tratada para lograr un equilibrio de matices, donde las gotas de color las pusieron las placas de madera en la percusión, cerrando este primer movimiento. El «Hod», Adagio, se vio groseramente interrumpido por el Tárrega implacable e imparable de un teléfono femenino en edad avanzada. Tras conseguir acallar el espíritu guitarrístico maleducado y celoso, obligando a reiniciar este segundo movimiento, cual recarga emocional en todos logró más intimismo para mayor gloria de una cuerda en estado de gracia. Como explica el profesor Ogas «… subtitulado por el compositor con la sexta letra del alfabeto hebreo (vav) asociada con la humildad (en hebreo Hod), se puede decir que constituye el núcleo catalizador del discurso expresivo de la composición…», puede que lo más emocional del concierto, estremecedor lirismo casi místico desde una interpretación sentida especialmente por la guitarra solista y «los arcos» incluyendo los platillos así ejecutados en otra búsqueda de colorido, recogimiento para un ambiente sonoro reforzado por el juego con el arpa y la melodía con sordina en la cuerda, finalizando en un crescendo tímbrico y rítmico hacia una luz crepuscular con armónicos en la guitarra. El III. Finale, vivamente utiliza el mismo «ostinato» que Albéniz en esa Leyenda subtitulada como nuestra tierra, sordinas en metales emulando los rasgueos y maderas los punteos en virtuosismo compartido, preciso, claro y clásico, agradable para todos más allá de reminiscencias españolas. Texturas muy cuidadas y bien escritas, dinámicas siempre apropiadas y marcadas desde el podio, melodías en madera con rasgueos en guitarra, compás de 6/8 para intervenciones limpias en la técnica del cubano, desarrollo en las distintas secciones de los temas dialogados con solista, cuerda en pizzicatto como gran guitarra sinfónica, virtuosismos en madera y guitarra y gradación en matices del pianísimo al piano con contenidos sin estridencias. Trompetas con sordina emulando rasgueos para más colorido pero nada nuevo o destacable en este discurrir sonoro con vuelta inicial en crescendo final muy rítmico. Reconocer que se trata de una obra agradable, que se escucha bien, que todo resultó correcto con el sonido y virtuosismo que en Barrueco, tercera vez que la interpreta, primera en Europa, sigue siendo admirable, como el de nuestros músicos, bien concertados por Grams, pero en estos tiempos debemos pedir un plus a los compositores.

Titulaba la crónica para LNE «De lo nuevo y eterno» por contraponer la primera parte venida de América y más cercana en el tiempo, con nuestra vieja y eterna Europa, donde «la segunda» de Schumann se erigió en diosa sinfónica. Menos famosa y programada que sus hermanas con títulos nada nobiliarios pero con la firma inimitable del más puro romanticismo alemán trajo la sustancia, el poderío, las sonoridades rotundas en los tutti y los silencios dramatizados que con la colocación actual de la OSPA aún refuerza más cada plano sonoro.

La Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 marca distancias y exigencias que se notan. El Sostenuto assai – Allegro ma non troppo nos permitió degustar al poeta del claroscuro, el sonido con toda su riqueza, tensión en el momento justo, equilibrio dinámico dibujando los temas en cada sección con los gestos bien marcados por el director norteamericano, densidad e intensidad. Scherzo: Allegro vivace mantuvo un nivel alto tanto en los primeros como en los segundos violines en sus intervenciones, primando claridad e intención para unas líneas delgadas aunque pesantes ante tan múltiples contrastes que esta vez sí resultaron mosaico y no vidriera, búsqueda de los comentados claroscuros schumanianos de contrastes dinámicos desde los melódicos. El acelerando final de este movimiento remarcó la claridad de líneas bien demandada por la batuta. La magia de la cuerda asturiana llegó en el Adagio expresivo, sumándose los solos de oboe y fagot «marca OSPA» para generar ese clima irrepetible desde la pureza tímbrica. No quisieron quedarse atrás trompas o glautas para sumar a la paleta dibujada por un Grams convincente. El hermoso y bien interpretado sólo de clarinete (esta vez por Daniel S. Velasco) preparó el descubrimiento de un nuevo color surgido del homogéneo unísono de toda la madera en un tercer movimiento naturalista o realista pictóricamente hablando y dibujado por Andrew Grams, brillos opacos por la dualidad de contrastes, clarinete y oboe que juntos mezclan una madera en proporción adecuada para un crescendo emocional que no alcanza nunca una conclusión, esa indefinición buscada por Schumann para un «equilibrio inestable» y bien delineado que sólo asentará en el Allegro molto vivace, luz y vigor en un avance por lomas antes que cima, caminando a buen paso entre cascadas de cuerda antes de atravesar la bruma que inunda un deseado final tras el tortuoso fluir ignoto, rebosante de ideas que pasan por todas las secciones antes del silencio, pausa y último aliento antes de alcanzar la cumbre del acorde final en do mayor. Emociones de todo tipo que la OSPA transmitió de principio a fin. El tiempo sigue marcando diferencias y la historia necesita tiempo para contemplarla desde la distancia.

P.D.: La costumbre de tomar notas en los estrenos creo que se nota en entradas como la de hoy, mucho más largas de lo habitual precisamente por todo lo que escribo a medida que escucho la música.

Jornada Michael Nyman

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Sábado 15 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Michael Nyman, Michael Nyman Band, Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Michael Nyman.

Protagonismo total de Michael Nyman dentro de las llamadas jornadas de piano, supongo que por el título de la película que más famoso ha hecho al músico británico, puede que por tener nada menos que dos pianos de cola en el escenario del auditorio carbayón, pero evidentemente metido a calzador siendo más válido el otro ciclo de conciertos, y todo porque las etiquetas nunca son buenas y dan lugar a equívocos.

Particularmente me gusta Nyman desde hace décadas cuando Ramón Trecet lo ponía en su programa «Diálogos» y por ser el complemento perfecto de las excelentes y personales películas de Peter Greenaway que no faltaron en este concierto, con pocas sorpresas en un estilo que él mismo bautizó como minimalismo, más como técnica compositiva que por la extensión de sus obras. Por cierto tener a la OvFi y Conti, auténticos todoterrenos colaborando en este concierto es todo un lujo para el propio Nyman, aunque la amplificación de todos unida a los cuidados efectos de sonido (revers y delays varios) dieron una dimensión supongo que impensable para muchos de los presentes.

El orden del programa se alteró mínimamente pero personalmente estuvo más acorde con lo global. Comenzó solo Nyman y su banda algo reducida (sin viola, trompa ni trompeta) pero igual de eficaz en la consecución de la sonoridad típica del británico, repasando algunos temas famosos: Chasing Sheep (sintonía radiofónica hace años y perteneciente a la película «El contrato del dibujante»), algo desajustada por parte de la banda a la que le costaba seguir el ritmo del piano, An Eye for Optical Theory del documental de 2008 «Man on Wire» con esos contrastes entre el viento -saxo barítono y soprano antes de la adición en cuanto a suma del resto de la banda-, y cuatro de las siete danzas acuáticas: 1, 2 «Stroking», 4 y 8 «Synchronizing» de las citadas Water Dances con ese sello inimitable, clásico en las lentas y supongo que excesivamente repetitivo para parte del público en las rápidas, casi rock&roll final, alternancia de tiempos y texturas que son el recetario Nyman donde la amplificación y efectos consiguen impactar al oyente, incluso sin las siempre complementarias imágenes para las que estas músicas fueron compuestas, nuevamente Greenaway y «Making a Splash».

El estreno en España de la Sinfonía nº 6 «Ahae», inspirada en el fotógrafo coreano, puso al compositor al frente de la Oviedo Filarmonía con el pianista Patxi Aizpiri cual solista aunque le tocó suplir al propio Nyman, que por cierto es poco pianista pero peor director, si bien tratándose de una obra suya nada que exigirle. Cuatro movimientos contrastados en la más pura receta sinfónica para una plantilla digamos clásica salvo una percusión sin timbales con marimba, vibráfono y tambores. El primer movimiento de aire rápido con recuerdos de «western», un segundo lento de mayor lirismo aunque siempre desde la técnica compositiva de Nyman, un interesante tercer movimiento rápido en ternario marcado por la primera aparición de los parches en un ostinato rítmico de negra dos corcheas negra que evoluciona a un lento cuaternario con las placas dando más colorido aún, todo ello repetido, para finalizar con un llamemos Vivace en compás a siete, amalgamas que le encantan al compositor británico, para finalizar acelerando.

La segunda parte complementó perfectamente la primera tocando todos juntos (salvo el alter ego Nyman Aizpiri) con la dirección de Marzio Conti en MGV (Musique à Grande Vitesse), música para el TGV francés -a gran velocidad, casi implorando por nuestro AVE astur que no llegará ni a gorrión si es que alguna vez hay vías por el túnel ducha- donde el compositor reclamó como intérprete su partitura al bajista eléctrico Martin Elliott, banda integrada y en «diálogos» con la OvFi en total arrebato sonoro y anímico de media hora, repitiendo como «bis» la parte de cierta épica más allá del toque de tambores. Excelente la labor directorial del maestro titular que no sólo marcó entradas sino también matices que no resultan sólo de añadir o quitar instrumentos como el propio compositor hace, técnica medieval que casi siempre funciona, sino en dar el gusto interpretativo que el director italiano dejó claro engrandeciendo una partitura simplemente agradecida, por no llamarla comercial en estos ambientes. Este marzo todavía nos deparará mucha más música: la que gusta y la que no gusta, porque realmente es lo que hay…

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