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Mucho Trovatore

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Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español y una de las señas de identidad la ópera que este año alcanza su septuagésima temporada, siendo Verdi uno de los compositores que no pueden ni deben faltar a la cita.

Il Trovatore ha estado vivo desde el pasado día cuatro con la conferencia inaugural de Alejandro G. Villalibre en la Sala Liberbank de la capital para ir preparándonos y abrir boca a las cinco representaciones programadas desde la Ópera de Oviedo, así como dos ensayos generales abiertos al público con ambos repartos, sin olvidarnos una retransmisión en directo de la tercera función o el ya habitual encuentro con los artistas en el Paraninfo de la Universidad, esta vez con Luis Cansino que debutaría rol este viernes 13, y el maestro Ramón Tébar, junto al profesor Javier Glez. Santos. Aún quedaba la «obertura» de Pachi Poncela media hora antes de cada representación que siempre recomiendo a los aficionados por su personalidad y peculiar acercamiento a cada título, esta vez como verdiano confeso y comunicador cercano a lo que hoy entendemos como animador.

De la conferencia del doctor Villalibre, locuaz y crítico, siempre aprendemos con anécdotas y datos serios en torno al autor y su obra. Encontrarse con algunos artistas nos ofrece nuevas visiones desde dentro, así como la cercanía y lado humano de los artífices del espectáculo contados en primera persona, y el paralelismo de Verdi con Goya analizado por Javier G. Santos desmenuzando la puesta en escena de Joan Antonio Rechi completó esta visión global previa al disfrute de la ópera en vivo, que además tuvimos la suerte de ver por La2 el mes de julio en «El Palco«, coproducción de la Ópera de Oviedo con el Teatro del Liceo de Barcelona.

Quienes me conocen saben que no entro muy a fondo en comentar la escenografía, pues lo que realmente importa sigue siendo la música, inspiraciones y traslaciones de época las hay para todos los gustos. La noche es el escenario principal de El trovador con todo lo que ello supone, por lo que la retransmisión del miércoles 11 vista en el Auditorio Teodoro Cuesta de Mieres resultó frustrante, realización de principiante que sigue cayendo en errores anteriores y con una iluminación no pensada para ello, nada que ver con la televisada veraniega y por supuesto un abismo de las vendidas en DVD, como la última adquisición ya hace años con La Netrebko y Domingo, por cierto inspirada en un museo. Incluir al genio de Fuendetodos en la trama tocado de sombrero con velas muy de Saura, no aporta nada al propio argumento aunque más al propio pintor, siempre trabajando de noche, guerra traída a la de Independencia junto a un vestuario en él inspirado, para un trovador que sigue siendo exigente en lo musical, esta trilogía donde Verdi usa el belcantismo (y hasta el libretista Salvatore Cammarano) como inspiración para la obra teatral de Antonio García Gutiérrez de la que el de Busseto quedó prendado por todo el romanticismo en ella encerrado, esa «tormenta perfecta» que decía Poncela antes de entrar en la función del viernes 13.

La «tercera televisada» en cuanto al sonido supuso alterar el normal orden de las cosas que traen estas retransmisiones, colocando los micrófonos tan mal que por momentos satura y hasta haga molesto escuchar un aria que en el teatro suena ideal. El balance resulta irreal, el arpa fuera de escena suena con un volumen excesivo, no digamos las intervenciones de Manrico fuera de escena, y encima captando tan al detalle lo vocal que realmente desnuda pudiendo apreciar desafinaciones y notas calantes, duraciones cortadas, más allá de los desajustes entre escena y foso. Aplaudo el acercamiento de la ópera a todos los públicos y lugares, pero no en estas condiciones.

De esa función y centrándome solamente en el cuarteto protagonista al que se le pide darlo todo, me quedo en orden de preferencia con Simone Piazzola (Conde Luna) y algo menos con Julianna di Giacomo (Leonora), por mantener el tipo aunque fueron «mejorando» del primer al cuarto acto, pues Aquiles Machado (Manrico) ni está en sus mejores momentos, y no solo por la «pira» que no ardió ni convenció, y la D’Intino hace bien en abandonar los escenarios esta temporada. Azucena es la protagonista que «no está loca» como bien recalcó el propio Verdi, pero pareció «la niña del exorcista» ante los continuos cambios de color en los registros más allá de una dramatización puntual. Escénicamente sigue dominando a la gitana, vocalmente es de un esfuerzo titánico, pero cuando se abusa de los recursos acaban manidos. Lástima llegar al final de una carrera precisamente con un rol que ha defendido como pocas por todo el mundo.

Los llamados «Viernes de Ópera» fuera de abono, ofrecen un segundo reparto a precio más reducido (10 € la entrada de último minuto en Principal) con las voces habiendo trabajado como el primero y dándoles una oportunidad incluso de sustituir alguna baja no deseada. Hace años lo llamábamos la función joven que sigue siéndolo incluso por el público, pero también otra forma de descubrir nuevas voces o papeles que terminarán de madurar en otros coliseos.

El directo es único, irrepetible, la oscuridad escénica no es tanta, los planos sonoros cuidados por el maestro Tébar al frente de la siempre solvente Oviedo Filarmonía ponen todo en su sitio. El Coro de la Ópera que dirige Elena Mitrevska sufre y disfruta en este «Trovador«, ya en la cuarta función perfectamente rodados, ajustando rítmicas de yunque en los gitanos, participando con seguridad incluso fuera de escena, voces graves poderosas y de amplias dinámicas, con las blancas de empaque y color convincente, corrigiendo y convenciendo.

El exigente cuarteto resultó equilibrado, homogéneo en conjunto, tanto por separado como en dúos y conjuntos, no hay dinero para tener las mejores voces del momento pero sí para ofrecer una calidad uniforme en esta ópera tan dura para todos, yendo de menos a más, entrando en sus papeles poco a poco siempre exigidos desde el foso por Tébar, verdadero responsable musical, tirando literalmente de todos por esa costumbre de ralentizar que hace perder pulsación. Las guerras la perdemos todos, pero el mando en plaza acabó haciendo encajar todo y llegar a destino.
Luis Cansino debutaba el rol del Conde Luna para seguir engrandeciendo su repertorio verdiano, en el que se encuentra cómodo y vocalmente preparado. Tras unos días donde la climatología anormal de Asturias es el verdadero enemigo de cualquier cantante, defendió con su profesionalidad habitual una partitura exigente, especialmente en el cuarto acto, voz rotunda y poderosa llena de lirismo con excelente empaste con Azucena y Leonora, aunque de color muy similar al Ferrando del bajo Darío Russo. Larga vida a este Conde Cansino.

Nuevos en la plaza y gratísima sorpresa la mezzo Agostina Smimmero que interpretó una convincente Azucena en todos los registros vocales y dramáticos sin perder color en el grave, puntualmente oscurecido sin exagerarlo y como el resto del cuarteto ganando enteros a medida que avanzaba la función.
Las arias de Manrico las conoce todo el mundo y tenemos nuestras preferencias, siendo Antonio Coriano una voz a seguir, tenor de casta y recursos, color krausiano si se me permite el calificativo, llenando la escena (incluso fuera de ella), rico en matices y de buena proyección incluso en la esperada Di quella pira segura aunque algo corta, algo tapado por el coro pero globalmente notable, con el aria Ah si, ben mio coll’essere del tercer acto como lo mejor en sentimiento y calidad.
La Leonora de Meeta Raval fue creciendo como el personaje, recursos técnicos sobrados, color nunca punzante de grave ya redondeádose y los momentos «belcantísticos» sorteados sin problema aunque todavía trabajándolo. Desajustes de pulsación solventados con el devenir de la trama y el entendimiento tanto con el foso como con el reparto, completó el nivel homogéneo del cuarteto protagonista.

Repetían manteniendo esa globalidad de calidad los asturianos Jorge Rodríguez-Norton (Ruiz / Un mensajero) y Mª José Suárez (Inés), los llamados secundarios tan necesarios siempre para asegurar y redondear un espectáculo global, junto al citado Ferrando de Dario Russo, correcto el gitano y corista Alberto García Suárez o Carlos Casero, el pintor Goya de este trovador verdiano con sabor aragonés independientemente de la época.

La Liù de Beatriz Díaz

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Viernes 23 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, tercer título de la LXV Temporada de Ópera de Oviedo: «Turandot» (Puccini). Función fuera de abono.

PERSONAJES E INTÉRPRETES: Turandot: Maribel Ortega; Emperador: Emilio Sánchez; Timur: Dario Russo; Calaf: Marc Heller; Liù: Beatriz Díaz; Ping: Manel Esteve; Pang: Vicenç Esteve; Pong: Mikeldi Atxalandabaso; Un mandarín: José Manuel Díaz; Príncipe de Persia: Jorge Rodríguez-Norton. Orquesta Oviedo Filarmonía, dirección musical: Gianluca Marcianò; Coro de la Ópera de Oviedo, director del coro: Patxi Aizpiri; Coro de niños Escuela de Música «Divertimento», director: Iván Román Busto.

Mi última «Turandot» en el Campoamor fue en 1975 donde tras la Mimí de «La Bohème» Mirella Freni afrontaba una Liù de auténtico delirio con un reparto encabezado por la ya desparecida Ángeles Gulín. En el 2012 la asturiana de Boo, Beatriz Díaz toma el relevo de su profesora italiana y coloca nuevamente el rol triunfante (como parece sucedió con Eri Nakamura en el estreno de abono), auténtica figura en esta «función joven» y la más aplaudida de toda la representación, recreando un personaje que parece escrito para ella como ya lo hiciese en el Euskalduna en mayo de 2008. Lástima que el resto del reparto no estuviese a su altura, pues la música de Puccini requiere un equilibrio de todo difícil de conseguir, y precisamente faltó.

Beatriz Díaz de amarillo para romper gafes, ya en sus primeras notas en «Il mio vecchio è caduto!», lazarillo de un Timur que estuvo a buen nivel, marcaría distancias con el resto, «Signore ascolta», hasta el final «per non vederlo più!» realmente epílogo para Puccini. Su presencia llena la escena en una producción casi estática, con una línea de canto impecable, homogénea, poderosa en los fortes y generosa en unos pianissimi que flotaban angelicales por encima del ejército orquestal que el de Lucca despliega en su obra póstuma. La musicalidad de la asturiana sigue siendo emocionante y ver cómo se mete en el papel contagia y enamora a todos. Credibilidad global y arias para degustar, auténtica triunfadora («BraBoo» diría M) que se perdieron los abonados.

Bien el trío ya rodado de las tres funciones anteriores donde brilló más Ping hermano barítono que Pang, con el bilbaino Pong equilibrando los conjuntos tanto vocal como escénicamente sin abusar de la bis cómica. Aseada aunque algo forzada la Turandot de Maribel Ortega, en parte por la ubicación en lo alto de la escalera de caracol que hacía presente su voz perdiendo colorido, de registros heterogéneos y matices poco logrados, sacando adelante su papel de «mala de la película» con profesionalidad y bien vestida.

El Calaf de Marc Heller resultó desigual, con potencia a costa de esfuerzo y detrimento de color, olvidando que su personaje va más allá de las notas, enigma que no resolvió ni en el esperado «Nessun dorma».

El coro algo mermado de efectivos cumplió aunque fue cayendo y calando en el difícil final (aunque no hay nada fácil en «Turandot»), notándosele cansado. Muy bien entre bastidores el coro infantil, afinado y con volumen suficiente.

De Marcianò puedo compartir la crítica de otra función en la web «Codalario» de Aurelio M. Seco, incluso la de Abeledo en LNE, buscando más el efectismo en los fortissimi y crescendi que el plano adecuado para complementar el canto, pues la rica y expresionista orquestación del último Puccini es lo que requiere, y la OvFi cumplió con lo que el maestro les exigió, confirmando su buen papel en un foso que se les quedó pequeño.

Por último la sencilla y económica escenografía de Susana Gómez no desentonó en absoluto, austeridad y calidad con los pocos recursos que tuvo perfectamente utilizados, y pese a haber leído algo negativo sobre la escalera de caracol central, personalmente me gustó y funcionó en el agradecido escenario giratorio que dio juego junto a la iluminación y vestuario en conjunto.

Muerte con triunfo del amor y el sacrificio, larga vida para Liù que siempre sale victoriosa y una Beatriz Díaz que nunca pide a gritos sino con trabajo bien hecho más protagonismo en su casa. En tiempos de crisis es una inversión rentable, el llenazo indicativo y los aplausos para ella un toque de atención para quien quiera escuchar.