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OSPA fin de curso

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

La magia de Andris Nelsons

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Sábado 30 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Klaus Florian Vogt (tenor), Orquesta Sinfónica «Ciudad de Birmingham» (CBSO), Andris Nelsons (director). Obras de Wagner y Bruckner.

La magia inundó el último concierto de este ciclo municipal coincidiendo con la vuelta al Auditorio ovetense del gran «helden tenor» Klaus Florian Vogt, que entonces también supuso una victoria del Barça como hoy, esta vez en la Copa del Rey. Mágico el programa que Alberto González Lapuente presentó como «Amigos conciables (supongo que serían conciliables) referidos a Wagner y Bruckner, con una orquesta británica de esas de sonido único e inimitable, y sobre todo el Mago letón Nelsons (Riga, 1978) al frente, de gestos no muy ortodoxos pero efectivos con su formación, trabajo de años al frente dando fruto hasta con una mirada, posiciones que le permiten encogerse como un ovillo, cambiar la batuta de mano y ponerla del revés sin perderse ni un detalle, apoyarse en la barandilla, quedar a la pata coja, caracolear con los dedos para manejar el gran instrumento sinfónico, incluso bajar los brazos dejando fluir esa magia y clamar al cielo en los momentos más sublimes (mi tocayo en la crítica de «El País» lo llama Calistenia musical). Verle dirigir mientras sonaba la séptima bruckneriana era asistir al hechizo de disparar en el momento exacto todos los efectos mientras adelantaba en el instante previo lo que vendría a continuación, dirigiendo la atención de músicos y públicos al lugar exacto, conduciéndonos a todos en una velada donde el brebaje que nos dio causó el efecto deseado. No es de extrañar que sea firme candidato a la titularidad de la Filarmónica de Berlín, aunque tengamos que esperar al 2016 para el veredicto final.

La ópera de Wagner es única donde la música supone la parte de un todo (Gesamtkunstwerk), la obra de arte total que incluye lógicamente la voz cantada pero cuya orquestación marcará historia y modelo a seguir. Para la primera parte dos arias de «Parsifal» y dos de «Lohengrin» precedidas de los preludios Karfreitagszauber e inicial del tercer acto para asentar sonoridades antes de escuchar la voz poderosa e íntima de Vogt, auténtico defensor de sus dos personajes, no ya cantados sino sentidos, comprobando la evolución de Parsifal del segundo acto Amfortas, die Wunde al tercero con Nur eine Waffe taugt, pudiendo seguir los textos también traducidos en el programa de mano, heroico de timbre wagneriano capaz de alcanzar matices en cualquier registro y sobrevolando la densa orquestación que coprotagoniza el drama, perfecto ejemplo de lo que se ha matizado como «helden tenor«, el más dramático y heroico de su cuerda (que en mis años jóvenes llamaban tenor abaritonado, «tipo» Plácido Domingo). Aún mejor su Lohengrin del tercer acto, Höchstes Vertrauen hast Du mir schon zu danken y esa verdadera confesión final In fernem Land llegando al clímax conjunto con los de Birmingham mientras «Merlín Nelsons» descubría los personajes y pasiones wagnerianas. Auténtica lección por parte de todos, con el «lírico» Klaus Florian Vogt pletórico en sus cuatro arias, un verdadero tenor wagneriano a los que se les pide que tengan voz rica, oscura, poderosa y dramática, de amplia tesitura vocal y gran potencia además de una auténtica resistencia física (que dicen los estudiosos). Bravos y nada mejor que seguir con Wagner de propina: Winterstürme wichen dem Wonnemond (de «La Walkyria«) para corroborar cómo es un tenor para disfrutar, con una orquesta bajo la varita mágica de Nelsons. Seguiré jugando a la lotería para poder hacer una escapada veraniega y escucharlo en Bayreuth

Pero la Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 de Bruckner son palabras mayores sin necesidad de textos, con una «orquestaza» que nos trajo las tubas wagnerianas alineadas desde la izquierda con el resto de metales hasta la tuba en el extremo contrario, entre la percusión sin elevar detrás y la madera, más la cuerda en la colocación habitual, con ocho contrabajos para calcular el número total de arcos, equilibrio ideal que me llevaba al ideal del día anterior con Richard Strauss. Nada mejor tras Wagner que Bruckner, incompatibilidad de caracteres en ese postromanticismo que tanta música ha producido, y Leipzig siempre capital de la música, inspiración  y admiración del segundo hacia el primero, amistades irreconciliables solo salvadas por el mismo amor musical. La séptima como la única sinfonía que Bruckner apenas modificó y además la estrenó como homenaje a su héroe, la más «popular» pero no tan interpretada por los efectivos que requiere. La CBSO los tiene y todos de primera que con el director letón alcanzó la magia total dejándonos un recuerdo imperecedero de este fin de ciclo:

El Allegro moderato fue trenzando melodías eternas en contrastes anímicos como dudas vitales hechas música, los metales preguntando, la cuerda serenando, todo dibujado y sentido con todo el cuerpo de Nelsons, sacando dinámicas increíbles, redondas, allá donde la partitura las indica y salen al aire como si las notas cobrasen vida con el mago. El Adagio. Sher feierlich un sehr langsam (con lentísima solemnidad) es el homenaje wagneriano más allá del protagonismo de las tubas diseñadas por el sajón, la dedicatoria también a Luis II de Baviera, o la sensación de eternidad veneciana con una marcha fúnebre que hipnotiza, acongoja pero también brilla cual interrogante universal, casi la «precuela» del mismo movimiento mahleriano en su Quinta, inspiración también previa para Visconti, en Senso (1954). El director es también un excelente intérprete de Mahler por lo que el «maridaje» con Anton Bruckner es más que evidente. La cuerda británica de seda y terciopelo, violines angustiosamente desgarradores y contrabajos en la boca del estómago en un discurrir sin prisa pero desenfrenado hacia un punto final que no quiere llegar, «crescendi» y vientos llamando del más allá como pesadillas con la belleza bruckneriana plasmada en la interpretación de Nelsons con su orquesta, arrullo y consuelo donde no falta un brevísimo tema del Te Deum. Clásica en construcción, el tercer movimiento de esta sinfonía es un Scherzo. Sehr schnell (muy rápido), brillante, casi jocoso pese al contraste tonal, danzarín por lo rítmico en compás ternario, bromista por el propio significado llegando a lo tumultuoso a medida que crece antes de frenarse en el Etwas langsamer (un poco más lento) que indica la partitura y da protagonismo a los violines contestados por el viento reforzados con unos timbales que ayudan a ese crecimiento anímico antes de la repetición, sin olvidar el aire de danza popular y macabra, puede que hasta riéndose de la propia e inevitable muerte, un «Aprendiz de brujo» ante la ausencia de Merlin con resultados esperados y siempre arreglado por la sabiduría e incluso convicción, antes de coronarse en el Finale. Bewegt, doch nich zu schnell (movido pero no demasiado rápido), siempre añadiendo cómo desea el compositor austriaco «exactamente» el aire de cada movimiento, el último perfectamente leído por Andris Nelsons en otra pócima de magia cocinada dentro de la marmita Birmingham, recordando el inicio de la obra pero conteniendo efectismos para la instrospección católica traducida a un coral donde los metales suenan como un órgano donde Maese Bruckner trabajó, incluso los contrabajos redondearon una tímbrica controlada al detalle, jugando con cada plano en una formación que responde como un solo instrumento más allá de los unísonos, no importa alguna nota «insegura» de las trompas como si un tubo del gigantesco órgano escupiese alguna mota de polvo, atacando una conclusión sobrenatural, efectista y convincente. Aplausos más que merecidos sin olvidar la propia partitura, ovacionada por el maestro.

Lástima en las prisas incluso para aplaudir que nos privaron de disfrutar el silencio final, algo que es inherente a la música y todavía más a esta séptima que pudimos saborear. La popularidad de esta sinfonía más allá del gran melómano Visconti (y Thomas Mann, «El arte, el deseo y la muerte») estriba en las emociones que todos tenemos, la varita mágica que toca la fibra sensible, el sonido orquestal bien combinado en cada momento que el brujo Nelson hace disminuir y aumentar como retorciéndonos con él, espectáculo casi místico, poesía musical, esperanza cristiana, admiración vital, sensibilidad artística y comunión total entre obra, intérpretes y músicos para una liturgia sin igual.

Heroicidades musicales

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Tesoros barrocos en Oviedo

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Jueves 28 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca»: Raquel Andueza (soprano), Al Ayre Español, Eduardo López Banzo (clave y dirección). Tesoros españoles en América, obras de José de Torres, A. Corelli, Giovanni Zamboni Romano y Juan Cabanilles.

Clausura de altura para este ciclo primaveral en colaboración con el CNDM y el Ayuntamiento de Oviedo, que sin llegar a llenar sigue atrayendo un público fiel a la música barroca y melómanos en general, «redescubriendo» esta tarde a José de Torres Martínez Bravo (1670-1738) con cuatro cantadas recuperadas por el propio López Banzo por encargo del propio CNDM en 2013, un género bien explicado en las notas que dejo aquí mismo, maravillas perdidas en su mayoría pero que «debemos seguir grabando y escuchando» como comentaba al final del concierto el músico aragonés antes de regalarnos otro «grave» de una cantata profana, pues no sólo de la religión vivían los compositores, destacando que también fue editor fundando en Madrid una Imprenta de Música en 1699, colaborando a publicar tanto obras suyas como de contemporáneos así como tratados teóricos importantísimos.

Con un sexteto de calidad y sonido impecables y el propio López Banzo al clave, la formación resultó excelente ropaje de una Raquel Andueza que canta como pocas estos repertorios, auténtico placer escucharla poniendo siempre «ánima e corpo«, dicción extraordinaria para unos textos hermosísimos subrayados por una instrumentación donde el barroco Torres muestra un magisterio y estilo propios para unas cantatas que mantienen estructura italiana con el sello español, tesoros que traspasaron fronteras e incluso el océano Atlántico, ayudando a preservar muchas de ellas.

Protagonismo vocal pero sin olvidar intercalar distintas obras contemporáneas para solaz de los músicos de Al Ayre Español,  la Sonata da chiesa a trè, op. 3 nº 12 de Arcangelo Corelli con seis movimientos bien contrastados, puro barroco donde disfrutamos con la cuerda tratada como nadie por un violinista como el italiano que escribía desde el conocimiento directo: un dúo de violines (Sylvan James y Kepa Arteche) en eco perfecto de color haciendo uno, contrapuestos a un solístico cello de James Bush coprotagonista en virtuosismo, y un violone en pizzicato (Xisco Aguiló) redondeando una sonoridad rotunda siempre contrapuesta con el archilaúd de Juan Carlos de Mulder, que nos brindó en la segunda parte Alemanda y Giga de la Sonate d’intabolatura di leuto, op. 1 del laudista G. Zamboni Romano (ca. 1650) deliciosa en emociones, pulcritud y buen gusto, como también el propio López Banzo al clave con el Tiento de segundo tono y las Gallardas de Cabanilles, alumno de Torres, música de tecla de calidad excelsa equiparable a muchos contemporáneos, recordándonos que el trabajo de investigación no aparca su faceta interpretativa en la que lleva toda su vida.

Para José de Torres la inclusión del oboe de Rodrigo Gutiérrez en las cantadas (excepto en la que abría la segunda parte) supuso el toque sutil de textura y color, equilibrio con la voz de Raquel Andueza, timbres complementarios y escritura magistral, «relleno» en las notas largas, contestaciones como prolongaciones vocales, respiraciones paralelas, en un dominio del lenguaje por parte del compositor madrileño capaz de mantener la claridad de los textos dedicados al Santísimo o a Nuestra Señora con unas melodías que refuerzan el carácter dramático, instrumentaciones increíbles como por ejemplo en A el abismo de gracia que en el Area «Si solo es amar amoroso gemir» teje la cuerda un pizzicato plenamente moderno y remanso espiritual para acompañar la delicadeza de voz y oboe, adornadas con perlas del archilaúd y dorados ornamentos del clave que emocionaron al público interrumpiendo con unos sinceros aplausos (más que las toses siempre inoportunas) antes de las «inesperadas» Coplas finales movidas y alegres.

Cada una de las cantadas, de las más de cuatrocientas que parece compuso el madrileño, solo se conserva una quinta parte y en Oviedo pudimos disfrutar de cuatro de ellas más la propina de la profana (sólo el movimiento Grave) en la voz natural, única, convincente de Raquel Andueza, madura, técnica al servicio de estas obras, convincente en todos los registros, y la inmensidad (en el amplio sentido de la palabra) de un Eduardo López Banzo liderando proyecto investigador e interpretativo, mimando cada pentagrama, aportando sabiduría y conocimiento (comentaba que hay seis o siete joyas «cantadas» de todas las que ha recuperado), acompañado de unos músicos que redondearon el mejor broche de ciclo posible.

El avance de programación de la próxima temporada promete seguir en esta línea, esperando que los cambios políticos tengan la suficiente cultura y amplitud de miras para entender cómo se planifican las temporadas, los costes y sobre todo el derecho de todos los ciudadanos a la cultura, siendo la música una de nuestras mejores señas de identidad, auténtica «marca» que en momentos donde se ha alcanzado un nivel de excelencia tras décadas de trabajo y esfuerzo la miopía o desconocimiento pueden echar a perder en un abrir y cerrar de urnas. Recuperarlo será entonces imposible y el retroceso sí nos pondrá cien años atrás.

Para Mozart no hace falta escena

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Lunes 25 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Don Giovanni (Mozart), versión concierto. Johannes Weisser (barítono), Marcos Fink (bajo-barítono), Jeremy Ovenden (tenor), Birgitte Christensen (soprano), Alex Penda (soprano), Sunhae Im (soprano), Tareq Nazmi (bajo), Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana (director: Josep Vila i Casañas), Orquesta Barroca de Friburgo, René Jacobs (director).

Mozart cuando está bien interpretado es único, incluso cualquier ópera suya soporta una versión semi-escenificada como la que tuvimos el placer de escuchar en este penúltimo de los conciertos del auditorio (en Barcelona el miércoles 27), con el mítico contratenor René Jacbos al frente de su formación que volvía a convencer en Oviedo tras su anterior «La Finta Giardinera» de hace cinco años, con instrumentos de época incluyendo un fortepiano que hizo las delicias en los recitativos, y un septeto vocal de altura, sin olvidarnos del coro del Palau catalán que dirige un viejo conocido en Asturias como Josep Vila, perfecto en número, presencia y escena, auténticos profesionales.

Cierto que para los cantantes no siempre ayuda tener a la orquesta detrás en vez de ubicada en el foso, pero buscaron posiciones buenas, incluso la idea de la tarima trasera favoreció la emisión vocal, además de dar mucho juego las puertas laterales, tanto del escenario como las de acceso por las butacas, cantar fuera de escena y hasta la aparición del Comendador bajando por todo el patio de butacas hasta subirse a escena. Los sobretítulos, aunque amarillo sobre blanco y con mucha luz, ayudaron a seguir un argumento que la mayoría conocemos al dedillo pero que resulta más cómodo que leerlo en los programas de mano.

Comenzaba mis elogios con el músico belga René Jacobs por todo lo que supone en la interpretación de la música de los siglos XVI al XVIII en las últimos décadas donde Mozart también ha estado siempre presente, y este Don Giovanni de gira con parada en Oviedo lo recordaremos mucho tiempo. Formación ideal en número con ese color instrumental especial que dan los instrumentos llamados antiguos, básicamente la madera y metal, además de la cuerda o el fortepiano sustituyendo a un clave que en el Clasicismo pierde protagonismo, así como los timbales naturales. Supongo que la afinación también estaba más baja que en la actualidad, favoreciendo el lucimiento de los cantantes en los registros extremos, especialmente las voces agudas, y optando por tiempos agradecidos por movidos incluso en las arias más conocidas, tendentes casi siempre a retener velocidades para no comprometer las agilidades, aunque el elenco vocal no tuvo problemas en ningún número, siendo de agradecer unos ornamentos muy trabajados en todos los «da capo». En suma una versión viva que no hace olvidar en ningún momento el drama universal del Don Juan.

No se olvidó el maestro de incorporar la mandolina en el aria de «la ventana» de Don Juan (tocada impecablemente por uno de los violines primeros), de completar algún recitativo del pianoforte con el violonchelo, o de sacar de sitio un par de contrabajos y un violín, dotándoles de pandereta y pandero para la escena de Zerlina y Masetto, así como poner en pie las maderas para el baile del segundo acto, siempre detalles que hacen del Mozart de Jacobs algo distinto sin perder sabor. Salvo la obertura algo lenta en relación al resto, por otra parte necesariamente lúgubre, la orquesta sonó con ese barniz clásico que «acuna» a las voces incluso en los momentos de tutti, destacando la concertino Petra Müllejans como auténtica directora de esta formación que Don René lleva «de la mano», cuidando sobre todo los recitativos y los concertantes, porque hay tanto entendimiento que los músicos parecen tocar solos.

El coro al completo sólo tiene la intervención del primer acto con Zerlina, mientras las voces graves (siete por cuerda) tienen dos apariciones que resultaron convincentes de volumen, presencia, afinación así como el movimiento escénico donde camisas blancas y después negras es suficiente para convencernos de la acción. Bravo por el coro catalán.

Llegando a las voces protagonistas, intentaré ir de más a menos, debiendo destacar al bajo kuwaití Tareq Nazmi por el esfuerzo de doblar al Comendador y a Masetto, buscando distintos colores para diferenciar los personajes extremos en cuanto a la aparición en escena, convincente bajo para el noble y lirismo en el pastor, muy cantabile en una línea donde no hay bajos profundos sino barítonos «dramáticos», más con estas orquestas y versiones que ayudan al lucimiento.

El barítono noruego de formación danesa Johannes Weisser bordó su Don Juan, altura en todos los sentidos que le dan presencia independientemente de dónde se coloque para cantar, llenando la escena allá donde vaya, perfilando este personaje que resulta cómico dentro del drama, conquistador de todo y no sólo de lo que lleve faldas.

La Donna Anna de la soprano noruega Birgitte Christensen puso muy alto el listón para un rol siempre dramático, de turquesa en el primer acto y riguroso luto en el segundo, de emisión perfecta desde todas sus posiciones, penetrante sin perder dulzura, convincente en todas sus intervenciones.
No se quedó atrás Elvira con la búlgara Alex Penda cuyo personaje crece a lo largo del drama, despechada, enamorada y sacrificada, estados anímicos que llevó en su línea de canto, siendo emocionante su última aria.
La pequeña surcoreana Sunhae Im personificó una Zerlina ideal, bellísimo el dúo Là ci darem la mano, inocencia desde un registro medio y agudo presente, algo menor en el grave (de nuevo la afinación de la orquesta) pero de bellísimo color vocal y musicalidad en cada aria y dúo, escénicamente completa para recrear un papel muy agradecido, de los bombones Mozart que toda soprano desea.
También es un caramelo el Leporello que cantó el porteño de origen esloveno Marcos Fink, más barítono que bajo, mejor actor aún que con la orquesta en los fuertes o en los concertantes quedaba algo oscurecido pero que defendió como un veterano de las tablas, incluso con algún «parlato» para evitar «males mayores». El dúo con Don Juan mantuvo el equilibrio para dos colores vocales bien diferenciados y su «catálogo» lo solventó con profesionalidad aunque falto de más dicción en un «tempo aligerado» por Jacobs y su formación.
Dejo el último al tenor inglés Jeremy Ovenden que fue de menos a más en su Ottavio, color mozartiano a más no poder aunque algo justo de volumen, especialmente en los conjuntos donde no se le apreciaba, pero defendiendo muy bien sus dos arias (Dalla sua pace e Il mio tesoro) bien llevadas de tiempo por el maestro Jacobs, unos ornamentos y agilidades bien afinadas así como una línea de canto muy estudiada. Puede que con la orquesta en el foso gane en presencia pero el escalón inferior respecto al resto pareció claro a casi todos.
Con estos mimbres se armó este Don Giovanni «en concierto» plenamente convincente por la profesionalidad e interpretaciones de todos, difícil encontrar tanto equilibrio en una ópera del genio de Salzburgo, nivel homogéneo o versión más que aseada que se decía antiguamente. Al menos el único móvil que apareció fue el de Don Juan para comprobar que aún no eran las dos de la madrugada antes de su «mandolino» a la luz de la luna. Y es que ni siquiera las tres horas y media parecieron causar toses, aunque los que cenan temprano se fuesen al descanso. Ellos se lo perdieron.
Esta semana aún queda mucha música.
P. D. 1.: Los links mayoritariamente son los del propio reparto escuchado en Oviedo.

Pinturas orquestales

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 12, OSPA, Ana María Valderrama (violín), David Lockington (director). Obras de Fauré, Saint-Saëns, Respighi y Berlioz.

La violinista prevista para este duodécimo de abono, Dylana Jenson, pareja del principal invitado Lockington, fue sustituida por la madrileña Ana María Valderrama, un agradable descubrimiento que defendió con auténtico vigor el mismo programa diseñado por el maestro británico afincado en EE.UU., quien además tuvo que enfrentarse a problemas mayores ante la falta de educación de una parte del público, aunque no voy a insistir tras la entrada anterior. Buscó e intentó siempre comenzar cada obra en silencio, parando el gesto ante la insistencia del ruido, acallando instantáneamente pero durando apenas un suspiro…

Miriam Perandones, autora de las notas al programa -que dejo enlazadas en los autores- que comienza titulando con una frase del doctor Berlioz: «La instrumentación es exactamente, en música, lo que el color en la pintura», y nada mejor para poder explicar en palabras, siempre difícil, unas obras que la OSPA con Lockington al frente, derrocharon precisamente colorido instrumental, maestros de la orquestación con obras no muy habituales en directo, salvo el concierto de violín, que hicieron disfrutar a todos volviendo la conexión británica, la elegancia y el magisterio directorial capaz de convencer nuevamente de la calidad de la formación asturiana.

Pelléas y Mélisande, suite op. 80 (Fauré) sonó como un fresco de temática teatral ya conocida y musicada, cuatro movimientos que presagian un final dramático sin perder nunca luminosidad. El cuidado del sonido intrínseco en la música francesa requiere trabajar la tímbrica y las dinámicas, algo que Lockington domina e imprime a la orquesta asturiana en cada visita. Un placer disfrutar cada sección delineando melodías que suben y bajan al primer plano gracias al foco orientado hacia ellas desde el conocimiento de la partitura. El Preludio abre el lienzo a la paleta de Don Gabriel, la Hilandera teje los detalles, la Siciliana dibuja las líneas y el conjunto se recompone en La muerte de Mélisande.

Nuestro Sarasate fue el destinatario del Concierto para violín nº 3 en si menor, op. 61 de Saint-Saëns, volviendo a sonar en el Auditorio ejecutado por la primera española ganadora en 2011 del premio que lleva el nombre del virtuoso pamplonés, Ana María Valderrama, poseedora además del don de la juventud de una madurez interpretativa que el director británico entendió a la perfección, sin necesidad de un sonido grande por parte de nadie, cada movimiento fue un lienzo donde el violín solista era el pincel y la orquesta la base en la que dibujar, poniendo los tonos adecuados bien guiada desde el podio, con momentos sublimes, especialmente el unísono del Andantino quasi allegretto con el clarinete tocado como un instrumento de color nuevo hasta tal punto de idéntico fraseo que se alcanzó. Las dos partes del tercer movimiento no necesitaron cargar las tintas para derrochar frescura arropada por una calidez orquestal, fraseos solistas contestados por los distintos atriles en la misma paleta cromática desde el inestable equilibrio de la partitura y el siempre necesario «rubato» de la solista. Aunque cerrase los ojos el color seguía en el aire.

La propina Obsesión, el primer movimiento de la Sonata nº2 de Ysaÿe fue como una plumilla de maestro, intensidades de arco, líneas en mástil, dobles cuerdas creando perspectivas y luces sin sombras con la juvenil técnica desbordante al servicio de una partitura virtuosa.

Para la segunda parte continuamos con esta galería musical pero con un toque académico italiano como Respighi y «Las fuentes de Roma» conformando un tríptico como los renacentistas con Pinos y Fiestas, que rinde culto desde la orquesta al paisaje de la ciudad eterna, esta vez pintando el agua de cuatro fuentes tan distintas que compiten en belleza, instrumentación completísima donde no faltan celesta, piano, arpa y hasta unas campanas fuera de escena que ponen colorido a formas evanescentes, imágenes más que sonidos impresionistas, fluidas en esta nueva paleta pintada por Lockington que hace brillar toda la orquesta, primeros atriles y conjunta, cuatro momentos del día con sus luces dispares que el compositor italiano es capaz de traducir a música como también hiciese Debussy. Obras así permiten el lucimiento de nuestra formación cuando la batuta se convierte en pincel, La fuente del valle Giulia al amanecer, gotas cristalinas desde la madera, La fuente de Tritón por la mañana, rítmica casi como chorros luminosos de variadas texturas, La fuente de Trevi al mediodía grandilocuente, la fotogenia desde los metales poderosos sin «salpicar», y La fuente de la Villa Médici al atardecer, serenidad transmitida por el arpa, el glockenspiel, la flauta y el violín alejándonos con las campanas que nos devuelven a casa. Estados anímicos en fotografías como pinturas velazqueñas que Lockington y la OSPA nos regalaron antes de un final de cuento.

Original acabar con una Obertura como la de Beatriz y Benedicto de Berlioz pero lógica pictórica en cuanto a orquestaciones y escuela francesa, aprovechar todos los colores ya vertidos sobre la paleta para un último lienzo ligero, también luminoso y brillante, preludio de una ópera cómica shakesperiana, «Mucho ruido y pocas nueces» como un pretexto para darle la vuelta saboreando frutos secos sin tanta interrupción, contagiar alegría y luz en un concierto pictórico. Quedan dos más para cerrar una temporada donde el balance resultará positivo aunque falte todavía mucha emoción.

Bochorno y respeto

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Este viernes 22 de mayo, festividad de Santa Rita, acudía a mi concierto de la OSPA con David Lockington, principal director invitado de la formación asturiana, y de nuevo sentí vergüenza ajena, auténtico bochorno e indignación ante las reiteradas faltas de educación por parte de un público inconsciente que parece seguir considerando un concierto como un acto social donde todo vale. Se han perdido valores como el saber estar, la convivencia en armonía, los buenos modales y en estos tiempos de agitación social será difícil recuperar una forma de entender la vida que parece trasnochada. Lo malo es que quienes eran el modelo a seguir, nuestros mayores, están desnortados ante una sociedad permisiva donde ni siquiera una mirada asesina, un gesto de desaprovación y no digamos la osadía de llamar la atención, parecen tenerlo en cuenta.

Estoy harto de los móviles que suenan en un concierto pese a los avisos por megafonía, supongo que desconociendo la utilización de una tecnología que les desborda, incapaces de apagarlos porque no recuerdan el «pin» o simplemente ignorantes de una función como la de «enmudecer» estos artilugios que les sobrepasan. El director esperaba el necesario silencio para arrancar el concierto con un Fauré abriendo velada, pero murmullos, toses y el dichoso teléfono que suena. Ni siquiera entienden el lenguaje corporal, un maestro que vuelve a bajar los brazos esperando deje de emitir sonido el dispositivo. Ni un mal gesto y cuando comienza a fluir la música, otro silbido avisando de mensaje de «guasap», algo más moderno que el público de edad ni conoce, por lo que vislumbro mala educación que tampoco exime de nuevos desconocimientos.

Tras avanzar en el hermosísimo Preludio de la suite de «Pelléas y Melisande» el acompañamiento de toses vuelve a arreciar, un bombardeo por doquier y el problema de los caramelos cuyo manejo parece fácil pero que en vez de buscar rapidez al desenvolver se vuelve calvario antes de alcanzar el objetivo de aplacar una tos que emerge protagonista del concierto.

Supongo que a nadie se le obliga a asistir a un concierto que además cuesta dinero, menos para los mayores de 65 años, pues sería del género idiota, así que vuelvo a preguntarme qué causa lleva a cierto público a esta actitud negativa frente al placer de la música, a comentar con el de al lado supongo, que es mucho, algo de lo que está sonando como si de un CD en la cadena de casa se tratase, o una emisión en la tele de la cafetería, olvidando algo tan básico como «el saber estar», interrumpiendo a quienes entendemos la música en directo como una auténtica liturgia donde el silencio forma parte de la música, necesario para captar cada detalle y obligado para no distraer a los intérpretes con un catálogo de ruidos que aumentan y se multiplican en los espacios entre movimientos. Reconozco que Oviedo no es excepción pero no me sirve la disculpa, sumándose mi sensación de impotencia y bochorno al pensar qué imagen llevarán de nosotros estos intérpretes que lo dan todo sobre el escenario. Hace años me tomaba a risa los comentarios que figuraban en algunos programas norteamericanos como no marcar el compás con el pie, no tararear, no hacer pompas con el chicle, en la línea de letreros en botellas de lejía que indicaban no beber, comparándolo con la vieja Europa donde la ciudadanía entendía la cultura como parte de una formación vital y heredada, el «compórtese como es de esperar», que tristemente hemos perdido.

De la actitud en los museos también habría mucho que escribir, visitantes que se toman una exposición como el salón de su casa, no respetando el espacio mínimo para poder contemplar a la distancia correcta un cuadro, una escultura, saltándose cordones de protección e incluso ¡tocando los cuadros! como pude comprobar aterrorizado en un masificado Museo Casa Dalí en Figueres, no digamos la manía de fotografiar obras que están en los libros (esos desconocidos) y además con «flash», desconocimiento total del peligro que esos destellos de luz suponen para la pintura. Claro que en todos los idiomas fui avisando a costa de parecer yo el maleducado y repugnante. Nuevos ricos para los que la cultura se compra con derecho de pernada.

En pos de una libertad confundida con libertinaje, olvidando que cada una termina donde empieza la del prójimo, no podemos prohibirlo todo esperando el sentido común que sigue siendo el menos común de los sentidos, pero a la vista del cariz que están tomando las cosas, olvidaremos aquél aforismo de Mayo del 68 «Prohibido prohibir» para terminar echando la culpa a la educación, querer poner asignaturas tildadas de inútiles como educación para la convivencia, y olvidando que la educación empieza en casa… No seré yo quien abogue por mano dura pero sí una autodisciplina que se mama desde niños y parece perderse con los años. Tan solo pido respeto y aplicarse el dicho: «donde quiera que fueres haz lo que vieres», pues la mayoría no siempre está en lo cierto. Recuerdo la pintada de «Come mierda, millones de moscas no pueden estar equivocadas», pudiendo contestar en plan pesimista que si costase sería un majar de ricos.

Tenía que soltarlo antes de contaminar mi comentario de este concierto porque mi sonrojo aumenta en cada velada, la mala leche acabará cortándose y agriándose como mi carácter ante tal derroche de mala educación, malas costumbres y auténtica falta de respeto hacia todo el entorno. Harían falta muchos menos programas basura donde todo vale y volver a recuperar unas campañas con dibujos animados cuyo eslogan era «Piense en los demás». Tampoco funcionan las de abandono de perros con ese «Él no lo haría», aunque los mayores se les olvide en alguna gasolinera o aún peor, en sus últimas residencias de las que el siguiente viaje es definitivo.

Mi lucha diaria en el aula es educar en el respeto, pero no puedo trabajar contra una sociedad que está perdiendo sus señas de identidad, y la cultura es el primer síntoma y mejor barómetro. Cabreado no, lo siguiente…

Bach deconstruyendo a Soler

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca«: Galdós Ensemble, Iván Martín (piano y dirección). Diálogos Norte-Sur, obras de Antonio Soler y J. S. Bach.

Media entrada en el penúltimo concierto del ciclo primaveral con difícil elección ante la coincidencia para los «leónigans» en el Conservatorio, aunque prima mi abono ya pagado y la siempre única experiencia de escuchar en vivo a Bach, esta vez compartiendo cartel con el Padre Soler, difícil combate y más ante la presencia en el programa de un pianista con ensemble propio desde 2011. Debate hay y para mucho pero me centraré en lo escuchado. Prometo escribir en breve sobre versiones y gustos variados de los llamados clásicos, algo así como la deconstrucción de los cocineros actuales que a partir de los platos de siempre los presentan distintos. Probablemente Bach sea quien mejor soporte todo tipo de (re)construcciones y (re)interpretaciones, algo que llevo probando más de cuarenta años, en parte porque sigue siendo el padre de todas las músicas, le llamo «Mein Gott» y la historia en vez de antes y después de J.C. debería hacerse con J.S. Bach.

Esto viene a colación de la interpretación que el excelente pianista Iván Martín hace con su peculiar formación, esta vez un sexteto (*) que mezcla un violín barroco y un laúd (el programa pone tiorba) con el resto de instrumentos tradicionales en afinación actual de 442 Hz (incluso en el descanso estuvimos «tres locos» disertando sobre la evolución del diapasón desde los 430 a los 438) y para dos grandes compositores que curiosamente descubrí al piano aunque no fuese nunca el destinatario inicial. La belleza de estas partituras excede criterios historicistas e incluso personales, y su escucha desde la libertad de prejuicios me permite saborearla y apreciarla con todos los peros que se quieran.

Pudimos paladear al Iván Martín pianista en la Sonata nº 48 en do menor (ca. 1772) de Soler, con un sonido muy cuidado, claro, potente y cristalino a partir de una pulsación precisa y un empleo del pedal siempre prudente y en su sitio, las sonatas de Soler en estado de gracia que al piano se engrandecen sin perder un ápice de calidad ni sello propio, reminiscencias o influencias italianas de Domenico Scarlatti o Boccherini sin olvidar a José de Nebra en un Madrid que respiraba música por doquier. Las notas al programa tituladas «Bach y el fraile» hacen referencia a esto. Está claro que el estudio de la obra del «pater» por parte del músico canario le permite ahondar y sacar a flote muchos de los entresijos que esconden las partituras del compositor catalán educado en la Escolanía de Montserrat y afincado en el Monasterio de El Escorial, como podríamos apreciar en los dos quintetos con teclado posteriores.

El Concierto para teclado en re menor, BWV 1059 (Bach) se nos presentaba como recuperación histórica y estreno en España, con la historia también explicada en las notas al programa que adjunto a esta entrada, nueve compases tomados de una de las dos sinfonías de la Cantata BWV 35, ya trabajadas por ejemplo por Ton Koopman utilizando una formación más «al uso» con órgano, o el recordado Gustav Leonhardt con su consort, aunque el galdosiano con el piano de Martín ofrezca una paleta totalmente distinta y sin oboe, en la línea de mi admirado Glenn Gould pero camerístico con cuerda frotada salvo el citado laúd, en vez de orquestal. Problemas puntuales de afinación y balance en los violines y «excesiva» presencia del piano (sin tapa acústica) en momentos, si bien la opción sea tan válida como otra, destacando siempre la claridad expositiva de Iván Martín en el Allegro, la pureza melódica del Largo con el contrapunto de un laúd que contrapesaba color y timbres globales, y un vertiginoso Presto (se dice que el único de Bach) para indicar ese punto de rapidez y duración nunca enturbiada en el sexteto y presente siempre el solista que dirige sin problemas desde el piano.

Después de Bach se hacía difícil escuchar el Quinteto con teclado nº 3 en sol mayor (1766) del fraile Soler, cinco movimientos desiguales y como un catálogo de estilos anteriores que nada tienen con Bach y sí con un preclasicismo debido a la elección del piano como teclado. El Largo es hermoso y nuevamente el toque de laúd compensa el colorido global. Bien contrapuestos los tiempos, contrastes entre solista y quinteto más uno, con peso en los graves y algo opacos los agudos.

Tras el descanso el Quinteto con teclado nº 4 en la menor (1766) recobró un poco la presencia de cada instrumento, cuatro movimientos donde las variaciones del Minuetto final dejaron los mejores momentos de Soler, especialmente un dúo viola-chello bien ensamblado entretiendo registros en ambos como si de uno sólo se tratase, o una Sheila Gómez que por fin brilló en su solo, ahora equilibrado en dinámicas. Los rasgueos del laúd también ayudaron a colorear una partitura más bien monócroma aunque llena de contrastes, pues no sólo de lienzos están los museos llenos.

Claro que siempre vence y convence Bach, sobre todo con el conocido Concierto para teclado en re menor, BWV 1052 (1734) que Martín recreo de memoria perfectamente arropado por un quinteto con laúd que presentó una versión nuevamente bien trabajada en el piano, buscando sonoridades opuestas desde unos fuertes casi sinfónicos a unos pianísimos íntimos con un ataque y pedal siempre escrupulosos en la dinámica, así como los finales de cada uno de los tres movimientos según la receta vivaldiana. El «ripieno» laudístico en el Adagio puso el fiel de la balanza tímbrica con el piano desde un fraseo hermosísimo lleno de ornamentos cristalinos con un cello y contrabajos redondeando presencias sonoras.

El regalo ese maravilloso Largo del Concierto nº 5 en fa mayor BWV 1056 o si se prefiere, el del 1059 de la primera parte, que al piano con los pizzicati y rasgueo del laúd resultó «gouldiano» a más no poder, no en vano Iván Martín puede presumir de este acercamiento a Bach desde el amor y respeto a su música, como haría Bussoni aunque en otro estrato.

Lo dicho, escribiremos sobre las deconstrucciones y versiones de Bach no aptas para todos los paladares. Las de esta «Primavera Barroca» saltaron la tradición para servir el mejor producto posible en otro formato.

(*) Galdós Ensemble: Sheila Gómez, violín barroco – José Manuel Fuentes, violín – Jokin Urtasun, viola – Juan Pablo Alemán, violonchelo – Joaquín Clemente, contrabajo – Carlos Oramas, laúd.

Zarzuela matutina

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Sábado 16 de mayo, 12:00 horas. Fundación Juan March (Madrid): Los conciertos del sábado. Ciclo «Zarzuela cómica«: Homenaje a Guillermo Fernández-Shaw (1893-1965). Carmen Solís (soprano), Carlos Crooke (tenor cómico), Aurelio Viribay (piano). Entrada gratuita.

Madrid en fiestas aunque para la música siga siendo la capital, con espectáculos diarios y para todos los públicos. Un lugar que no suele faltar en mis escapadas es la fundación de la calle Castelló, en pleno barrio de Salamanca, de cuya dirección musical se encarga mi admirado Miguel Ángel Marín, esta vez para un merecido homenaje con un concierto que repasaba dúos y romanzas de zarzuela donde la saga Fernández-Shaw se ocupó de los libretos, parte esencial en este género tan nuestro porque no sólo es encontrar los textos sino adaptarlos para ser cantados, de ahí la habitual colaboración de dos libretistas como iremos comprobando. El legado de esta familia se encuentra en la Biblioteca de la Fundación Juan March y se celebran ahora los 50 años del fallecimiento de Guillermo, licenciado en Derecho como su padre Carlos además de periodista en La Época antes de dedicarse a los libretos de zarzuela que hasta 1950 firmaría junto al ovetense Federico Romero. Del hilo argumental en este espectáculo ameno, entretenido y que colgó el cartel de aforo completo se encargó precisamente Carlos Crooke, cual libretista que nos iba narrando argumentos con una mesa y una silla como taller de trabajo de todo escritor, además de cantarlos y escenificarlos con la soprano extremeña Carmen Solís y el talento pianístico de Aurelio Viribay, no ya acompañante o director sino auténtico maestro para muchos artistas de nuestro panorama lírico y trabajador incansable en recuperar veladas como esta matutina de «Los sábados de la Fundación«.

Los compositores y obras elegidas sirvieron para comprobar el talento de Carlos Fernández-Shaw y sus hijos Guillermo y Rafael en perfecto entendimiento para escribir auténticas joyas de nuestra no siempre defendida ni entendida zarzuela.

Guridi escribe su obra «El Caserío» con libro de Guillermo y Romero, eligiéndose el dúo Cuando hay algo que haser para abrir boca con dos voces que funcionarían a la perfección también por separado, y su conocida romanza de tenor Yo no sé qué veo en Anamari, algo más dura para un tenor cómico como Crooke aunque Viribay mimó la partitura de principio a fin.

No tan popular como el vasco pero con los mismos escritores del libreto, el alicantino Ernesto Pérez Rosillo (1893-1968) escribe en 1921 «Las delicias de Capua» de la que escuchamos Por las orillas del Manzanares, romanza realmente deliciosa que nos lleva a los cuadros goyescos más que a las guerras púnicas. A continuación mismos literatos para otro de los grandes músicos de zarzuela como el maestro Jacinto Guerrero con el simpático dúo de Colette y Moisés a ritmo de fox-trot Yo no soy Napoleón de «Las alondras» (1927) donde Carmen Solís y Carlos Crooke recrearon y repescaron un título algo perdido frente a otras más famosas, pese a la calidad de su partitura, continuando con estos gustos de argumentos «militares» y amorosos para «La señora capitana» (libreto de Jackson Veyan) con música de Joaquín «Quinito» Valverde y Tomás Barrera, donde el dúo Dejar las armas podemos ya sacó registros hermosos en la soprano bien contestada por el tenor, papeles adaptados a voz y escena dentro del llamado Género Chico, aunque sólo de extensión.

Volvía el tándem Fernández-Shaw – Romero para una de las zarzuelas más representadas como «La canción del olvido» (Serrano) y la famosa romanza Canta el trovador, que Carmen Solís bordó con gusto arropada por el terciopelo pianístico de Aurelio Viribay.

En pleno San Isidro no podía faltar algo castizo como «El bateo» de Chueca (libreto de Antonio Domínguez y Antonio Paso) con dos números alegres perfectamente entendidos por los intérpretes: el couplet para tenor cómico Yo me llamo Virginio Lechuga jugando con las medias color carmesí, y el dúo con Visita Muy buenos días señor Virginio, declaración amorosa sacando todo el partido a las dos puertas que flanquean el órgano de tubos del salón de la Fundación y aún más este fragmento para unas voces ideales en este repertorio, más duro de lo que aparenta y compuesto parte de él en tiempos donde las tiples y vicetiples no tenían registros tan «claros» como hoy.

El homenaje no podía olvidar al patriarca Carlos quien con José López Silva escriben el libreto de «Las bravías» (Ruperto Chapí), título no muy representado del que disfrutamos el dúo ¿Por qué no te marchas? interpretado con sentimiento y musicalidad sobre las tablas. Y otra partitura que siempre resulta una joya por una música de primera como «La chulapona» (1934) de Moreno Torroba y textos de Guillermo y Romero de quien escogieron el dúo Yo que con las damas, retrechero y chulapón como la verbena de San Cayetano y castizo como un chotis, elegancia de Solís y desparpajo de Crooke, con una orquesta pianística más que manubrio de organillo con Viribay, todos capaces de recrear un número de primera que bisaron al final del concierto.

Para terminar este teatro musical de cámara dedicado a la zarzuela tenía que estar Francisco Asenjo Barbieri y «El barberillo de Lavapiés«, con nada menos que Luis Mariano de Larra como libretista para una maravilla de nuestra historia lírica no ya local sino mundial, plenamente vigente en tiempos donde parece renacer nuestro género musical por excelencia que triunfa allá donde va. Tres números para disfrutar: las seguidillas manchegas En el templo de Marte, la conocidísima romanza Como nací en la calle de la Paloma y el dúo Una mujer que quiere ver a un barbero, los enredos y comidillas de una profesión, aquí con Lamparilla, que ha dado muchas páginas escénicas y nuestro Barbieri eleva a su máxima categoría con unas voces adaptadas al carácter que letra y música reflejan, más una orquestación endiablada al reducirla al piano pero que Aurelio Viribay interpreta como nadie, pudiendo comprobar el excelente momento de Carmen Solís en un repertorio que no es el habitual suyo y un Carlos Crooke feliz y cómodo en unos papeles no siempre valorados y con personajes de nombres poco agradecidos como él mismo contaba en sus interloquios siempre llenos de ironía y buen gusto. Una mañana realmente zarzuelística que servía como aperitivo a la sesión del «templo» en la tarde noche. Pero ésta… será otra historia.

 
P. D. El audio del concierto está disponible en este enlace de la propia Fundación sólo hasta el día 16 de junio de 2015.

Luces y vientos

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Sábado 9 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sabine Meyer (clarinete), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Israel López Estelche, C. M. von Weber e I. Stravinski.

El musicólogo y compositor cántabro afincado en Oviedo López Estelche (Santoña, 1983) puede presumir de currículo y de un privilegio al alcance de pocos como que las dos principales orquestas asturianas hayan estrenado sus obras. Aún recuerdo el del 12 de mayo de 2011 con la OSPA dirigida por Max Valdés tras ganar el concurso del XX aniversario con De la eternidad concéntrica (2010) y ahora Lumen (2014) con la OFi y Marzio Conti, a quien está dedicada y encargo de la propia formación ovetense. De sus otras composiciones orquestales me queda escuchar su Trayecto líquido (2014) con la que obtuvo el «Premio Xavier Montsalvatge» de la 25 edición de los Premios Jóvenes Compositores Fundación SGAE-CNDM 2014, pero la línea emprendida por este percusionista en origen volcado en la siempre difícil tarea creativa parece seguir en ascenso. Lumen la analiza perfectamente en las notas al programa el profesor y doctor Ramón Sobrino, y el propio Israel en la entrevista del blog OFil, por lo que mis comentarios a vuelapluma solo hacen referencia a las primeras impresiones, alegrándome que los conciertos incluyan nuevas obras y más si son «en casa» por lo que supone de apuesta por nuevos repertorios, compartiendo además programa con Weber o Stravinski como este sábado con vientos y luces, siendo el ruso uno de los muchos referentes del músico cántabro.

Estudioso de la música de la segunda mitad del siglo XX, con una tesis doctoral sobre el gran compositor bilbaíno Luis de Pablo, las referencias a composiciones de este periodo son varias, buscando un sello propio que parece encontrar en los registros extremos, en el empleo inteligente y detallista de la percusión, y como él mismo reconoce, en la resonancia. Lumen como idea de luminosidad pero supongo que también del propio proceso creativo el cual alcanza momentos casi cegadores precisamente en el uso de tesituras extremas para una plantilla grande que permite esa orquestación brillante con un desarrollo interválico como germen y «disculpa» para hacer juegos tímbricos en todas las secciones. Orquesta compacta, contundente cuando se le exige y etérea en los momentos marcados, sensaciones ligeras pese a esa masa sonora y como cuatro grandes secciones más coda muy fluidas para una obra no muy extensa (unos nueve minutos) que viaja en capas mediante intervenciones puntuales del viento madera, en estado de gracia, y después el metal, también inspirados, arropados por una cuerda algo opaca en presencia (sobre todo los violines), con intervenciones más brillantes del arpa, y sobre todo una amplia y triunfante percusión que no solo lleva una rítmica potente sino también creadora de ambientes y texturas a base de efectos variados (como el arco en el glockenspiel) que además ponen el punto y final bien aguantada la resonancia del gong, triángulo y platillos por el maestro Conti, convencido defensor de una obra que trató con mimo y energía, guante y estilete para este nuevo acierto compositivo de López Estelche.

La virtuosa Sabine Meyer se presentaba con el Concierto nº 1 para clarinete y orquesta en fa menor, op. 73 (Weber), obra difícil de ejecutar y escuchar en vivo (incluso el nº 2), probablemente el concierto estrella para un instrumento poco valorado como solista, y también difícil de concertar, más con un Conti aquejado de lumbalgia que le obligó a continuar dirigiendo el resto del concierto sentado. Claro que Meyer es capaz de mandar desde la primera nota del Allegro, desplegando una cantidad impensable de registros con una musicalidad impactante y una gama dinámica amplísima que la orquesta nunca ocultó en ese estilo aún clásico. El Adagio ma non troppo casi resultó un aria de ópera por el fraseo y «melodismo» en estado puro, destacando la intervención con el trío de trompas como de lo mejor de la obra del compositor alemán, rematando con ese danzarín Rondó que Sabine Meyer pareció bailar, llevando de la mano a la orquesta con la que Conti se limitó a mantener pulsación y rubatos (que no es poco) de la alemana. De propina más Weber, el tercer movimiento (Satz Menuetto) de su Quinteto para clarinete, op. 34, breve, ligerísimo y sólo con la cuerda, ampliando el cuarteto original, más luminosa, dirigida por ella y en la misma línea de belleza virtuosística, impactante, genio y artista con mayúsculas, haciendo fluir notas con un caleidoscopio tímbrico para enamorarnos del clarinete.

La música de ballet está presente en Asturias y las dos orquestas parecen rivalizar en obras como esta Petrushka (Stravinski) donde el viento volvió a ganar la partida por firmeza, protagonismo y elección de «iluminación» por parte del titular de la OFil. El subtítulo de Escenas burlescas en cuatro cuadros (versión 1947) resultaron un catálogo del magisterio y genialidad de Stravinski en sus composiciones orquestales, las combinaciones tímbricas donde el metal, especialmente las trompetas, consiguen convencernos del ambiente de Fiesta popular de la semana de carnaval o el final con la muerte de la protagonista, esa marioneta humana. En casa de Petrushka y Con el Moro son los otros dos cuadros de unas escenas donde de nuevo los violines tuvieron momentos oscuros en cuanto a presencia, faltos de más tensión aunque Conti optase por mantener la presencia del viento. Tengo que destacar las intervenciones al piano del virtuoso Sergey Bezrodny que tan importantes son en esta maravillosa Petrushka, y nuevamente la percusión, pues además del protagonismo que Stravinski les confiere a ellos, no defraudaron nunca. Mi sensación de planos sonoros no suficientemente diferenciados la comparo con los focos en cuanto a la opción de iluminar más unas intervenciones que otras, como una puesta en escena del propio ballet (coreografiado por Fokine), y así aunque la cuerda tiene momentos deslumbrantes, disminuir intensidades no debe confundirse con oscuridad ni siquiera con penumbra, como una mesa de luces que en el teatro es capaz de crear ambientes cuando se manejan con maestría e imaginación. La interpretación y los puntos de interés son muy personales, el resultado global sigue siendo bueno pero es en los detalles donde se alcanza la diferencia, incluso el color elegido y hasta el tipo de bombilla, ahora que los halógenos han dejado paso a los «leds«, siempre pensando en el paralelismo sonoro y visual de este ballet de marionetas que resulta la «obra de arte total» wagneriana con el personal estilo ruso de Stravinski. Pese a todo, una velada muy interesante donde sopló un fuerte viento germano y brisas asturianas sin perder luz norteña ni aires danzantes.

 

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