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Lugares de encuentro

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Viernes 17 de junio, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Gijón: Concierto Cuarteto para piano y cuerdas. Obras de J. S. Bach, Piazzolla, Mahler y Brahms. Entrada: 10 €.
El museo de Somió es un buen lugar de encuentro y más en una tarde invernal pese a la cercanía del verano, casi como una de las obras del concierto, con músicos que algunos ya pasaron por esta casa y unían destinos en las afueras de Gijón.

La música siempre es lugar de encuentro, esta vez cuatro jóvenes unidos por la misma pasión del lenguaje más universal, el violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (Oviedo, 1996), el pianista Héctor Sanz Castillo (Torrelavega, 1996), más el violonchelista Jaime Calvo-Morillo Rapado (Zamora, 1986) y el viola hispano armenio David Abrahamyan, veteranos desde la juventud, ya curtidos ambos aportando la madurez al cuarteto liderando en cierto modo este proyecto que se tuvo que trasladar del mes florido a este sábado casi invernal.

Cuatro autores para encontrar sonoridades carnosas en distintas combinaciones:
Dúo violín y viola con seis Invenciones de J.S. Bach, ideales para abrir boca y corroborar que la música de «Mein Gott» es perfecta en cualquier versión, más con las posibilidades que la cuerda frotada ofrece de tímbrica, ataques y fraseos, no ya la primera y conocida sino especialmente la octava.

Piazzolla se encontró en París con Nadia Boulanger y la música académica para así unir dos mundos elevando el tango desde el barroco a la universalidad. De sus conocidas cuatro estaciones de Buenos Aires, el día frío, lluvioso y grisáceo parecía transportarme con su Inverno Porteño al Nuevo Palermo o incluso a «la bombonera» boquense mientras España le daba un baño a Turquía en Niza. Piano, violín y viola unidos en un arreglo que engrandece la inmensidad del llamado inventor del nuevo tango, sonoridades reconocibles recreadas con una viola rotunda, un violín que baila sin aspavientos y el piano ayudando a crear la magia de un trío con empuje, vida y pasión, en una versión que Abrahamyan nos trajo hasta Gijón haciendo de cello con su viola.

El joven Mahler viajó a la Viena que le quiso y odió a partes iguales, escribiendo para finalizar su paso académico un Cuarteto  para piano en la menor con todo el ímpetu creativo que nunca le abandonaría, encontrando la música en el piano donde compondría toda su vida ya desde estudiante, planteando sus dudas, escribiendo para el trío de cuerda más el piano como si de una sinfónica se tratase, y así entendieron estos músicos esta obra, sentida en la cercanía de una carrera incipiente, volcados en sacar a flote una partitura poco escuchada y exigente para todos, sonoridades que la madera transmite como ninguna, no ya la de los instrumentos sino la tarima y este salón del museo donde la música nos hace vibrar literalmente. Maravilloso este lugar de encuentro de cuatro músicos con carreras solistas que como los grandes a los que emularán en breve, se unen para compartir, hacer música de cámara juntos como escuela indispensable e imprescindible en una formación académica pero también humana que nunca finaliza.

Brahms también encontró en Viena sus raíces e inspiraciones desde un Beethoven al que rinde tributo en la obra escuchada, casi vecinos en el cementerio más musical del mundo aunque faltase Mahler, otro romántico como todos los jóvenes, para quien el Cuarteto para piano, op. 60 nº 3 en do menor (subtitulado «Werther») supone unir, como los compañeros de programa y sus intérpretes, emociones compartidas, protagonismo compartido, unidad desde la diversidad, entendimiento para dejarnos una joya camerística que deslumbra desde las primeras notas tranquilas del Allegro non troppo antes de emprender vuelo. La originalidad del Scherzo. Allegro de segundo movimiento fue más que broma una prueba del buen momento del cuarteto, escuchándose, gustándose, creciendo antes del Andante con moto verdaderamente maravilloso para todos y cada uno, comenzando con chelo y piano camerístico, pasando el primer plano al violín, sumándose la viola para demostrar que el lirismo es este remanso bien tocado por los cuatro. Pero sobre todo el Finale. Allegro comodo que contagió pasión y fuerza a los presentes, vibraciones inequívocas del sentimiento de una partitura leída desde el lugar ideal de la música de cámara, del cuarteto para piano y cuerdas como excelente punto de encuentro de unos jóvenes que transmiten sensaciones de optimismo en unos momentos para olvidarnos del mundanal ruido mediático y refugiarnos en este museo, verdadero remanso para el espíritu donde el arte se respira por todas partes.

Enhorabuena a este cuarteto sin nombre que para mí será el Cuarteto «Evaristo Valle» como lugar de encuentro.

Jordi Casas con el Coro de la FPA

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Sábado 11 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Conciertos por Asturias: Coro de la Fundación Princesa de Asturias, Óscar Camacho Morejón (piano), Jordi Casas (director invitado). Obras de R. Halfter, Schubert y Brahms. Entrada libre.

Los coros de la Fundación Princesa de Asturias siempre implicados con la sociedad asturiana, llevan su música por el Principado y son perfectos embajadores de nuestra tierra allá donde van, desde el área musical que apostó desde sus inicios por el mundo coral con tanta tradición en nuestra geografía. Y no solo en los conciertos sinfónicos donde su aportación es ya habitual en las programaciones, también en la música vocal, llamemos de cámara, son protagonistas de recitales donde directores invitados les aportan sabiduría y enriquecimiento en una carrera que nunca se acaba, de la que sus directores también toman nota.

Estos días ha estado con el coro de José Esteban G. Miranda el músico catalán Jordi Casas Bayer (1948), una autoridad en la música coral y director del Coro de RTVE al que volvió tras su primera época de 1986 a 1988, figura internacional que lleva los coros en su propia historia desde la infancia en la Escolanía de Montserrat, con un bagaje vital y trayectoria musical de quitar el hipo.

Dirigiendo tres conciertos del coro de adultos viernes y sábado en Avilés y Oviedo más Gijón la próxima semana, con un repertorio básicamente alemán y el guiño a nuestro Rodolfo Halfter (Madrid, 1900 – Ciudad de México, 1987) en este año tan cervantino con sus Tres epitafios, op. 17 que abrían concierto. Maravillosa partitura del gran humanista exiliado tras la guerra civil, y excelente interpretación del coro en tres números que el propio Maestro Casas presentó para mejorar la comprensión de ellos, como haría con el resto del programa. De agradecer escuchar a capella este coro maduro con ansias de seguir aprendiendo y más con el catalán que tuvo total complicidad y atención con ellos, tras días de trabajo que nunca concluyen en los conciertos sino que permanecerán en el acerbo de la formación, conjugando como siempre veteranía y juventud.

Ya con el pianista Óscar Camacho llegaría el grueso coral alemán con Franz Schubert (1797-1828) y Johannes Brahms (1833-1897), los lieder para coro y piano donde el idioma es tan importante para saber cantar e interpretar unos textos de los grandes literatos a los que la música siempre realza estando a su servicio. Un placer escuchar a Jordi Casas antes de cada página compartir con el público el sentido de estas partituras que el Coro de la FPA desgranó con buen gusto, empaste, afinación y entrega. Los cuatro de Schubert tan contrapuestos emocionalmente, Gott im Ungerwitter (texto de Johann Peter Uz) con la fuerza de la naturaleza y la luz divina de una obra póstuma con la sensación cercana de la muerte, el salmo «El Señor es mi pastor» (Gott ist mein Hirt) para voces blancas que Schubert dedicase a su profesora con alumnado solamente femenino para pulsar la calidad de esas cuerdas al completo, An die Sonne vital como un día de sol aunque siempre temeroso de la tormeneta, degustando cada sílaba en un perfecto alemán (igualmente de Uz) tan bien ensamblado con la música a cuatro voces de Schubert, y con texto anónimo Des Tages Welhe nuevamente íntimo con una entrada segura de los tenores más un coro bien empastado (lo bisarían al final del concierto) con un acompañamiento pianístico que complementa al más puro estilo schubertiano las bellas melodías (la última recordándome vagamente el Panis Angelicus de Franck) en perfecta sincronía.

Aún más hondura presenta Brahms en una continuidad de estilo elevado a la quintaesencia camerística con sus canciones, la maravilla del lied llevado al coro con todo lo que ello supone, Vier Quartette, op. 92 marcan un hito tanto en conjunto como una a una en poesía musical, O schöne Nacht (Oh! noche amorosa) con un piano cristalino y voces unidas disfrutando de las cuatro cuerdas por igual, Spätherbst (Otoño tardío) de misticismo renacentista y emociones románticas, Abendlied (Canción de la tarde) desbordando alegría en tesituras agudas contrapuestas con el piano y los bajos, antes de la última Warum (¿Por qué?), inquietante, rítmico, protagonismo global e intervenciones por cuerdas seguras, presentes, llenas de matices bien entendidos por Camacho y «leídas» por un Casas verdadero experto en estos repertorios.

De las Sechs Quartette, op. 112 los cuatro últimos sobre aires zíngaros (catalogados incluso como Zigeunerlieder o Zwei Quartette, op. 112a) con letras más intranscendentes, música en compás binario que adquiere momentos y pasajes pletóricos elevando lo popular a lo clásico: Himmel strahit so helle und klar (El cielo resplandece brillante y limpio), luminoso y matizado, sin perder ligazón en ninguna voz con un piano coprotagonista; Rote Rosenknospen (Rosas rojas predicen la llegada de la primavera), de tiempo tranquilo con cuatro voces equilibradas desde una dinámica contenida, Brennessel steht an Weges Rand (Ortigas al borde del camino), cortante, agitado pero matizado con unos tenores en tesitura difícil solventada sin problemas más el empaste ideal del que hizo gala en todo el concierto, antes del último y breve Liebe Schwalbe, kleine Schwalbe (Golondrina querida, pequeña golondrina) que el piano inicia y continúan las voces blancas casi a media voz antes del coro en tutti bien llevado por Casas sacando a flote el espíritu brahmsiano y unos poemas románticos que la música eleva a lo eterno y atemporal.
Toda una lección de dirección coral a cargo del maestro catalán que las voces asturianas asimilaron a la perfección demostrando el excelente nivel mostrado a lo largo de la temporada, aunque todavía les quedan conciertos para ir cerrando curso y llevando la música coral por nuestra tierrina de la que ellos son la voz cantante de nuestra cultura.

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Orlando furioso y pasional

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Martes 7 de junio, 20:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: III Primavera Barroca: «Furioso: Orlandos de Haendel y Vivaldi«. Xabier Sabata (contratenor), Vespres D’Arnadí, Dani Espasa (clave y dirección). CNDM y Ayuntamiento de Oviedo.

Día de verano para clausurar esta primavera barroca plenamente asentada con un Sabata que vuelve a Oviedo siempre triunfante, casi llenando en la sala de cámara, esta vez con el conjunto del oboista Pere Saragossa y el clavecinista Dani Espasa en un monográfico «Orlando» que no solo resultó furioso sino pasional e histriónico como corresponde, con una selección de los personajes musicados por Händel para Senesino y el aria del homónimo vivaldiano que Xavier Sabata recrea, imbuido directamente del carácter épico y humano, bipolaridades volcadas en el canto siempre cercano de textos bien declamados con buen acompañamiento de un «ensemble» apropiado para las páginas elegidas.

Juan Manuel Gómez y Pepe Reche fueron las trompas naturales participando en los números del Orlando, HWV 31 (1733) y especialmente en el Concierto para dos trompas, cuerdas y continuo en fa mayor, RV 538 (1711) de Vivaldi, virtuosismo por parte de todos incluyendo el Largo con Oriol Aymat al cello y Dani Espasa (clave) en un mano a mano equilibrando el poderío del metal verdaderamente diabólico e igualmente épico de interpretar, complemento ideal del «Sorge l’irato nembo» del Orlando furioso, RV 728 de «Il prete rosso«.

La cuerda se completó con Lina Tur Bonet, un lujo de concertino en la formación, y Adriana Alcalde en los violines, que nos dejaron pasajes vigorosos y templados en «pugna instrumental» con Sabata («Cielo! Se tu il consenti» del Orlando, Natan «Nexus» Paruzel (viola) y Mario Lisarde (violone), además del ya citado Saragossa que participó al oboe casi cual solista algo «destemplado» con una segura cuerda en el Concerto grosso op. 3 nº 9 de Händel, ubicado en medio de la primera parte como contrapeso instrumental similar al Vivaldi de la segunda y sumándose al último «Fammi combattere» del Orlando haendeliano.

De Xavier Sabata volver a incidir en su entrega vocal con un registro grave natural, un volumen ideal para las arias elegidas sin olvidarme de unos recitativos excelentes, imaginándonos la escena por la pasión y dicción puesta en música, y un Espasa siempre atento, ornamentos y timbres adecuados, más que un «ripieno» el detalle minucioso que no puede faltar pese a la discreción desde la calidad. Sabata domina el rol de Orlando y lo hace suyo, como el Polinesso en «Se l’inganno sortisce felice» del Ariodante HWV 33 (1735) que cautivase al Campoamor (al igual que Agrippina ya con el contratenor catalán), pero también el Scipione de la primera propina y la joya final de «Cara sposa» que sin estar en el programa no podía faltar en un «casi monográfico» Haendel, esta vez Rinaldo, héroes y chicos malos como el CD del contratenor grabado hace tres años, y que nunca defrauda, menos en vivo y con calidad en el ropaje instrumental.

Como novedad citar que la cuarta Primavera Barroca en el 2017 ya está en marcha, de marzo a mayo, aquí el avance con grandes nombres y formaciones:

Muertos que resucitan

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Jueves 2 de junio, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: concierto de clausura. Saimir Pirgu (tenor), Orfeón Donostiarra, José Antonio Sáinz Alfaro (maestro de coro), Orchestre National du Capitole de Toulouse, Tugan Sokhiev (director). Berlioz: Grande Messe des Morts (Réquiem), op. 5.
Impresionante clausura de los conciertos del auditorio de esta temporada a la que resta poco, con intérpretes de altura y una obra difícil de escuchar en directo por sus dimensiones humanas, algo que Oviedo puede permitirse (¿cuándo una «Octava de Mahler» Made in Asturias?) por instalaciones y contrataciones como este broche final, cerrando una gira podríamos que decir apoteósica.

El Requiem de Berlioz puso en escena más de doscientos intérpretes repartidos casi a partes iguales en casi todo: la orquesta francesa y «el Donostiarra» con cien voces en perfecto entendimiento bajo una dirección fabulosa de Sokhiev ó Sójiev (1977) atento siempre al protagonismo que tiene el texto latino realzado y nunca tapado por la orquestación de un genio como el compositor que ha elevado el himno francés a obra maestra, la de un ateo (o no creyente) capaz de entender este «requiem» como universal. Y es que el director ruso maneja con sus manos (como su maestro Temirkanov) este ejército sonoro como nadie, entradas, matices, tiempos pero sobre todo el balance ideal para disfrutar de un coro histórico que sigue haciendo las delicias del respetable con estas obras sinfónico corales.

Desde el «Introito» pudimos disfrutar las dinámicas amplísimas de la partitura, independientemente del volumen que tuviese la orquesta, siempre en su sitio y sin tapar en ningún momento las voces donostiarras, sólo titubeantes los bajos en el primer Kyrie pero un espejismo ante lo que vendría después. El Dies irae que arranca con una cuerda grave rotunda y presente prepararía las voces blancas dobladas por las flautas en una entrada aguda en piano contestada por las graves más una orquesta en una concepción coral global que va «in crescendo» en emociones e intensidades, una voluptuosidad desde la intimidad antes de la aparición de la «fanfarria» de trombones y tubas en la sala polivalente (no hubo el efecto cuadrafónico ni trombones bajos pero igualmente poderoso) más los cinco timbaleros para alcanzar la verdadera «ira de Dios» que hizo retumbar el auditorio. Momentos puntuales de éxtasis musical y sonoro sin perder unidad vocal con una cuerda de bajos (30 frente a los 20 tenores) igual de redonda que la instrumental. Voces en extremos sin tensiones, volúmenes potentes capaces de hacerse escuchar en todo momento dando paso a momentos casi «a capella» interiorizados por todos con el dominio absoluto de Sokhiev.
La formación de Toulouse es una maravilla en todas sus secciones, capaz de expresar como pocas las genialidades orquestales de Berlioz, contrabajos y oboes dando peso a unos tenores celestiales para el Quid sum miser, familias instrumentales equilibradas en todo momento y balanceadas con Sokhiev como si de un ingeniero de sonido se tratase. Podría decir lo mismo de cada número porque tal y como recalca Arturo Reverter en las notas al programa«este Réquiem no es, de principio
a fin, una obra tonante, espectacular, desaforada, alimentada por una llama
incombustible; es, al contrario, una composición generalmente discreta, incluso
intimista, en la que el matiz piano se afirma mayoritariamente pese a la
existencia episódica de efectos de potencia abrumadora»
. Rex tremendae resultó otra demostración de poderío vocal y orquestal, silabeo conjunto, fraseos de voces dobladas por una instrumentación genial del maestro (salvame), «crescendi» bien graduados, cambios de tiempo con suavidad sin sobresaltos, y llevando al Donostiarra en Quaerens me como si del propio Sainz Alfaro se tratase, tal fue el entendimiento entre vascos y ruso en esta belleza de número para disfrute de los muchos aficionados corales en una sala casi llena para esta clausura.

El Lacrymosa prosiguió dando espectáculo, tenores estratosféricos con orquesta poderosa en vientos y cortante en la cuerda, desgranando el latín las distintas voces vestidas por la instrumentación ingeniosa y siempre acertada de Berlioz, protagonismo masculino con la cuerda doblando melodías en idéntica intencionalidad con una línea de canto global subrayada siempre por el Maestro Sokhiev, como la entrada femenina en verdadera lección coral llena de emociones, dinámicas cercanas al paroxismo pero conteniendo cualquier exceso al que de nuevo este número se presta por metales y timbales, tan bien colocados en partitura y escena que se escuchaba todo y a todos.
El «Ofertorio» dejó esos momentos de intimismo que Reverter cita, como el Domine Jesu Christe, con unos bronces diría que orgánicos cual instrumento necesario en esta obra, dibujando las voces, subrayándolas pero nunca tapando ninguna línea melódica, la cuerda orquestal con una redondez idónea para realce coral y nuevamente Sokhiev dominador absoluto del «ejército sonoro» con respuesta inmediata de sus huestes musicales. Hostias de regusto masculinamente wagneriano pero con esa orginalidad de Berlioz emparejando trombones y flautas en combinación nuevamente organística.

Llegó el esperado Sanctus para poder disfrutar del tenor albanés Saimir Pirgu, voz impecable de lírico, hermosa, delicada línea de canto bien arropado por las voces blancas donostiarras y una cuerda con flautas de colchón especial que ayudó a una interpretación «bendita», ubicado a la derecha del escenario entre orquesta y coro. Si una de las grabaciones de referencia es la de Pavarotti con los berlineses y Levine, puedo asegurar que la voz del XX está a la misma altura que la del italiano y está llamado a convertirse en uno de los grandes, si no lo es ya. El Hossanna in excelsis nueva maravilla sinfónico-coral, franceses y donostiarras con el tenor todos angelicales, una intervención breve para esta inmensidad musical del conjunto.
Final con el Agnus Dei uniforme en sentido e intención, un coro poderoso, ideal de empaste, afinación y sonoridad con el perfecto complemento orquestal (nuevo juego de trombones y flautas), medios «crescendos» apoyando un latín sin el que un «requiem» parecería perder sentido, pero especialmente Sokhiev todopoderoso, un placer observar sus manos controlando la inmensidad de Berlioz y sacar a la luz esta obra magna para redondear un concierto perfecto de clausura, con el Amén seguido de un respetuoso y largo silencio gracias al director ruso manteniendo sus manos en alto para la tensión necesaria que permite escuchar el último aliento.
Éxito total de nuestros queridos donostiarras que siguen siendo referente coral independientemente de la orquesta con la que canten, esta vez los vecinos de Toulouse con Tugan Sokhiev perfecto en todo.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada, que dejo a continuación y apunta nuevamente a la calidad además de la cantidad, pero se merece otra entrada en días venideros.

Rugen los motores de seda

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Viernes 27 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 15 OSPA: «Cuaderno de viajes III», Bella Hristova (violín), David Lockington (director). Obras de Mussorgsky, Piazzolla y Chaikovski.

Penúltimo concierto de la temporada con una OSPA perfectamente engrasada y un Lockington que sabe sacar todo el partido a esta maquinaria instrumental, conduciendo con seguridad, pisando a fondo hasta hacer rugir los motores, dejando fluir la música con unos solistas en forma tras una larga temporada pero que afrontan el final en momento óptimo, con otro cuaderno de viajes universal pese al itinerario ruso y escala argentina, pues comenzó hechizándonos para ubicarnos en mi Buenos Aires querido, bien recordado por el profesor Julio Ogas en la conferencia previa, última del curso, amena e ilustrada con «El tango: antes y después de Piazzolla», así como las notas al programa (enlazadas en los autores arriba), devolviéndonos a un Dante universal con acento ruso.
Como si de un mundial automovilístico se tratase, tres circuitos de distinto trazado para un vehículo sinfónico que cumple 25 años de escudería adaptándose cada temporada a los variados recorridos, capaz de agarrarse al duro asfalto sin perder potencia, circular como la seda apenas sin virajes bruscos para disfrutar del paisaje, y alcanzar la meta pisando a fondo seguros, sabedores que ya está todo decidido a la espera de la última vuelta triunfal, que será la próxima semana con el conductor oficial en un «Cuaderno de Viajes IV» cerrando las bodas de plata por todo lo alto.

Una noche en el Monte Pelado de Mussorgski en el arreglo que engrandeciese Rimski Korsakov en 1867 supone poner a prueba todo el arsenal sonoro para un poema sinfónico de aquelarre tímbrico en siete cuadros bien armados por Lockington, preciso en todos, dando carta blanca al lucimiento de todas las secciones sin forzar los tiempos pero acelerando con suavidad conocedor de la respuesta inmediata de los profesores de la orquesta, sin frenazos bruscos, dejando fluir un motor con potencia nunca desbocada pero buscando los límites, banda sonora colorida para unos lienzos «ténebres» mejor que lúgubres, plateados, brillantes incluso en las sombras, emoción e impacto antes del esperado Amanecer.

La copiloto que nos llevaría a Las cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) sería la violinista compatriota de nuestro titular Milanov (con quien comparte muchos conciertos y esta misma obra la semana pasada con la Columbus Symphony Orchestra), Bella Hristova, búlgara universal como Don Astor y afincada en los Estados Unidos, artista invitada que se desenvuelve en todos los terrenos y compositores al mando de un histórico Amati de 1655 del que saca la intención además de la música del original bandoneón, esta vez con el acompañamiento de una cuerda casi camerística que hizo del viaje sonoro un placer pese a la enorme dificultad que plantea ajustar cualquier partitura de Piazzolla, mayores cuando el quinteto es orquestal de arco y sin piano. Los guiños a Vivaldi de esta adaptación (ausente el clave ni alternancia con las italianas) sonaron claros con la complicidad de los cinco solistas, destacando el cello «otoñal» tomando la voz cantante equiparable en calidad y belleza a Hristova pero sobre todo el otoño, arrabalero y Pantaleón al completo. Lockington intentó no perder un acento lunfardo que faltó aunque el esfuerzo tímbrico se alcanzó pero la rítmica es complicada y no puede plasmarse en una partitura, es el tango que no levanta los pies del suelo como nos contaba Ogas, menos espectacular y más profundo, con las cuerdas hirientes, percusivas, rítmicas, rotundas o aterciopeladas dependiente de la estación, finalizando en ese verano que coincide con nuestro invierno, juego de hemisferios y grandeza de absorber lo culto hasta lo popular para devolverlo con la marca Piazzolla.
Agradecida la violinista nos dejó propinas también de dos mundos: Ratchenitsa, una danza de su país con virtuosismo popular de aires zíngaros y el padre Bach con el inicio de su Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, nada hiriente e íntima, contrapuesta al desparpajo de su tierra.

Para el derroche final nada menos que el poderoso Tchaikovski, el sinfónico de su Francesca da Rimini, fantaisie d’aprés Dante op. 32 (1876), el melodismo característico, la orquestación en todas sus combinaciones para disfrutar calidades solistas y entendimiento con el podio, todo bien marcado dejando volúmenes mayores de los habituales pero necesarios y casi terapéuticos para desfogarse. Nuevamente poderío en los metales que siguen empastados y orgánicos, cuarteto de trompas, de trompetas, trombones con tuba junto a la percusión segura alcanzando el clímax de apoteosis casi «infernal» y dantesca (castigo de lujuriosos siendo su pena ser atormentados continuamente por vientos crueles en un ambiente oscuro y sombrío) con el resto, pero las calidades de seda en la madera, momentos mágicos de belleza (mientras un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo que, lleno de compasión, yo desfallecía como si muriera y caía como cae un cuerpo sin vida) en los diálogos oboe y flauta, clarinete y fagot, combinaciones y permutas de todos ellos sumándose un corno inglés aterciopelado con perlas de arpa. La cuerda siempre la cito como seña de identidad pero esta «Francesca y Paolo» volvió a corroborar la orquesta al completo derrocha calidad y musicalidad, Lockington lo sabe y el público lo agradeció. Sus visitas son unánimemente bien acogidas y programas como este penúltimo ayudan a soltar tensiones, una verdadera terapia.

Mucha calidad desde Edimburgo

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Miércoles 25 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Dunedin Consort, Joanne Lunn (soprano), Rowan Hellier (mezzo), Thomas Hobbs (tenor), Lukas Jakobski (bajo), Jonathan Manson (chelo), John Butt (clave y dirección). Obras de C. Ph. E. Bach y W. A. Mozart.
Semana musical sin apenas descanso y penúltimo de los conciertos del auditorio, esta vez un conjunto llegado desde Edimburgo con el maestro Butt al frente que sustituyó al programado inicialmente con el regreso de la violinista Midori y la Fort Worth Symphony Orchestra de Texas bajo la dirección de Miguel Harth-Bedoya que la crisis petrolífera fulminó toda la gira europea. Imagino las enormes dificultades para encontrar una formación de calidad equiparable a la norteamericana pero finalmente todo fructificó y pudimos tener un concierto luminoso y de altura con el Dunedin Consort, ideal en número con instrumentos de época que como otras formaciones van más allá del barroco para adentrarse en el clasicismo, primero el Concierto para violonchelo en la mayor, Wq. 172 de C. Ph. E. Bach con Jonathan Manson de solista con el chelo -aunque también toca la viola de gamba- escoltado nada menos que por Mozart con sus Visperas solemnes de confesor en do mayor, K. 339 y el Réquiem en re menor, K. 626, dos joyas corales para degustar en formato camerístico e histórico (recreando cómo sonarían en su estreno) más que suficientes, con un coro de 16 voces -cuatro por cuerda- donde estaban los excelentes solistas vocales, porque la calidad de todos los músicos permitió saborear un concierto de 95 minutos preparando ya el de clausura del día 2 de junio totalmente opuesto (Berlioz con su Requiem) al de este lluvioso último miércoles de mayo.

Las «Vísperas de Mozart» demostraron la calidad del «consort» en los seis números llevados con el tempo giusto por Butt y con un coro donde los solistas integrados en él fueron desgranando belleza por doquier, especialmente el conocido Laudate Dominum para mayor regocijo de la soprano Joanne Lunn (ya me gustó hace dos años) que a pesar del ruido generado por un desmayo y caída en el anfiteatro no se descentró y pudo dejarnos una de las páginas más escuchadas y geniales de Mozart desde el dominio técnico y la expresión ideal, arropada por «su» coro y la formación escocesa en estado de gracia, sin desmerecer a sus otros compañeros solistas.

Del concierto de chelo compuesto por el segundo de los siete hijos varones del gran Bach, y en cierto modo padre del clasicismo desde el llamado «Estilo galante«, el ensemble reducido a la cuerda y el clave del propio Butt volvió a enamorar con un sonido apropiado al estilo, con un Jonathan Manson dominando este lenguaje desde el conocimiento de la viola da gamba evolucionada al violonchelo igualmente ideal desde los criterios historicistas, tres movimientos académicamente perfectos en escritura e interpretación, sumándose al «grosso» como uno más -lo es en el resto del programa- y gustándose en las partes solistas con presencia sonora por la tímbrica, expresión cantada en los momentos adecuados y especialmente en ese segundo movimiento Largo con sordini, mesto que explora el registro agudo casi de viola con sus compañeros en sonido velado más que amordazado por la sordina, como si versionease un «vidit suum» desde el instrumento más cercano a la voz humana, haciendo casi música coral con toda la cuerda más el clave, complemento de un Mozart de religiosidad cercana y luminosa proveniente de los genes del kantor que Carl Philip Emanuel encarnó con la losa de un apellido marcado por su padre. El Allegro assai pareció la banda sonora ideal de un documental para presentar los criterios del Dunedin Consort más cercano al barroco pero respirando aires clásicos durante todo el concierto.

Y del Requiem mozartiano alegrarme de esta recreación o «reimaginación» sonora para nuestros días, despojada de enfoques románticos y entendida como la partitura incompleta y póstuma del genio de Salzburgo finalizada con respeto en esta nueva edición de David Black a partir de la «versión» de Süssmayer, tratando de mostrar no una nueva edición sino darle mayor claridad al original de Mozart con los «añadidos» del discípulo, muchos detalles que parecían como «oscurecidos» por las versiones posteriores, sobre todo la primera que no mencionaba a Süssmayr y realizada por Breitkopf&Härtel en 1800. La nueva edición de Black que trajeron los escoceses devuelve la partitura al estado inicial de su primera audición (10 de diciembre de 1791) en unos años cruciales que parecen acercarnos desde este «ministerio del tiempo musical» con el Dunedin, tal y como comentan en su web completada con la historia perfectamente comentada por Mª Encina Cortizo en las notas al programa (enlazadas como siempre en los autores). Auténtica revisión llevada al CD por estos mismos intérpretes salvo el bajo y vendiendo varias copias en el propio auditorio de una grabación galardonada con el premio Gramophone pero que el directo siempre hace todavía más irrepetible. Personalmente me resultó luminosa por la elección de los tiempos, una misa de difuntos pensada como propia por Mozart, momentos de congoja como el Dies Irae que el coro contagia junto al Rex Tremendae, el Tuba Mirum esperanzador con Jakobski pugnando con la excepcional trombonista Emily White en fraseo, reconfortantes como el Ofertorio en la alternancia coral y solistas, o el Sanctus más Agnus de «sana envidia vocal» por parte de ese coro de 16 voces inglesas, versión de continuidad entre original y añadido sin fracturas, solistas (Lunn y Hellier de mejor empaste que los caballeros) y coro en «comunión» ideal con una orquesta y órgano siempre en el plano perfecto, alcanzando la Lux Aeterna tranquilizadora tras dudas y arrebatos emocionales sin extremismos pero sentidos por todos.

Salvando distancias temporales, me recordó a la de Savall en 1992 con La Cappella Reial de Catalunya, Le Concert des Nations y un cuarteto solista que bien podríamos permutar con el del Dunedin Consort de hacer realidad los viajes en el tiempo. Interesante también la colocación del coro a la derecha del «ensemble», aportando equilibrios y sonoridades distintas a las habituales, reafirmando calidades y aportaciones del maestro John Butt, una autoridad en la materia que hace práctica la teoría compartiéndola con el público, labor de limpieza que puede cambiar conceptos nunca inamovibles en el terreno musicológico.

Con alma y pasión rusa

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Lunes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Denis Matsuev (piano). Obras de R. Schumann, Tchaikovsky y Rachmaninov.

Programado el 25 de abril pero pospuesto hasta este lunes llegaba el esperado pianista Denis Matsuev (11 de junio de 1975) que no defraudó en absoluto con un programa brutal, potente, poderoso, con un estilo más bien recio pero enérgico y lleno de matices desde una técnica apabullante válida para dejar un excelente concierto con toda el alma y la pasión rusa, amante del piano y del Arte con mayúsculas que dejó cuatro propinas (en la onda de mi «San Sokolov«) variadas y hasta con un guiño al jazz que tanto le gusta en una recreación propia del gran Duke Ellington de quien escuchamos los motivos del Take a train y su Caravan de auténtico vértigo casi en blanco y negro para un verdadero espectáculo de casi dos horas de duración que, como siempre pasa con lo bueno, pasó volando. Hoy los enlaces de las obras corresponden a interpretaciones del propio y prodigioso Matsuev que en vivo resulta todavía más impactante, imaginándome lo que pudo ser el concierto de Verbier en 2012 bastante similar a este de Oviedo y al previsto en el Palau y no encajó en las nuevas fechas. Suerte la nuestra…

La primera parte llenó, en el amplio sentido de la palabra, con Schumann enlazando sin pausa las Kinderszenen (escenas infantiles) op. 15 y la Kreisleriana, op. 16, unidad estilística y formal con veintiún cuadros, trece «nada infantiles» más ocho «excéntricos,
salvajes e ingeniosos» como el personaje Johannes Kreisler del prusiano E.T.A. Hoffmann que bien recuerda la musicóloga Miriam Mancheño Delgado en las notas al programa (enlazadas en los autores del inicio). Todo un muestrario de saber tocar con todo el cuerpo más allá de los dedos que parecían multiplicarse, muñeca, brazo, hombro… momentos brutales frente a los más íntimos (excelencia del Ensueño), cuadros variados en temática pero claros en cada detalle, empleo escrupuloso de pedales con una digitación preclara, todo con una energía que se transmitía incluso en los silencios, apenas pausas entre cada número, explosión sonora y murmullos casi al oído. Hacía tiempo que no escuchaba un Schumann desde el virtuosismo más musical, con un Matsuev espléndido sin «despeinarse» donde el placer de tocar sólo se vislumbraba por unas sonrisas serenas y cómplices en los números «tranquilos» y el cabeceo cual asentimiento de pasajes vertiginosos creadores de ambientes como sólo un obsesionado por el teclado y su técnica como Robert Schumann son capaces de llevar a la partitura y este ruso elevarlo al paraíso romántico (su rubato para anotar) del instrumento con 88 teclas.

Y el alma rusa ocupó toda la segunda mitad, puede que genética, condicionamiento geográfico o directamente la escuela que sigue poblando de excelentes pianistas las salas de conciertos de todo el mundo, siendo Matsuev uno más en la larga lista, no el anunciado Tchaikovsky (con dos obras no muy habituales: Meditación Op. 72 nº 5 -que suele ser propina, y Dumka op. 59, por otra parte no anunciado el cambio) sino TODO Rachmaninov, marca de la casa y como bien decían Javier Nuevo o mi admirado Ramón Avello, comenzando con dos de los Etudes-tableaux, op. 39, siguiendo el Preludio en sol menor, op. 23 nº 5, marcial y agitado, potente como el propio Sergei en pasajes de octavas sobrecogedoras en velocidad y potencia, los acelerandos en transición calma contrapuestos al melodismo de sus conciertos de piano (especialmente el segundo) donde la orquesta resultó el propio piano llenando sin problemas el auditorio para poder apreciar cada detalle, seguido del Preludio en sol sostenido menor op. 32 nº 12 y especialmente la arriesgada Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 36 (segunda edición de 1931), increíble en los tres movimientos sin descanso y verdadera «montaña rusa» de poderío físico y mental, Allegro agitato, Non allegro de breve remanso en una catarata de notas, y Allegro molto, velocidades sin vértigo por la facilidad con la que seguíamos cada melodía, cada ornamento, cada respiración, cada cromatismo, cada octava, agitación y vorágine… Si la primera parte resultaron cuadros llenos de color, la segunda inmensos murales donde la globalidad permitía el dibujo a pesar del tamaño tal fue el despliegue y perspectiva de Matsuev.

De las propinas además de la última «en clave de jazz», una caja de música (Liadov) delicada como un collar de perlas naturales, un Sibelius (Estudio en la menor op. 76 nº 2) más ruso que finlandés y «habitual» propina del pianista junto a otro apasionado y vibrante romántico como Scriabin (Etude op. 8 Nº12 en re sostenido menor) para un enorme paquete que no se hizo rogar para un verdadero amante de su oficio y regalo para los aficionados que gozamos como niños ante el derroche de energía, vigor y música de Matsuev.

P. D.: De nuevo las GRACIAS a mis amistades musicales que están en todo y engrandecen este blog con sus aportaciones además de enmendar mis errores.

Max Valdés en los 25 años de la OSPA

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Viernes 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 14 OSPA: «25 años IV», Maximiano Valdés (director). Obras de Sibelius, Hindemith y Brahms.
Dieciséis años de convivencia con la OSPA hacen del maestro chileno el mejor observador y conocedor del crecimiento de una formación que celebra sus bodas de plata, un largo camino hacia la excelencia de la que el tándem Max Valdés e Inmaculada Quintanal tienen mucho que ver. «La pasión y la música nos llevan a un conocimiento profundo que no pertenece a la razón, y eso lo aprendí en Asturias» aseguraba el Maestro hace seis años en su despedida como titular, con algunas visitas al foso de la ópera, pero esta vez podía sentirse orgulloso de «su orquesta» en su punto álgido de calidad forjada en este tiempo, un tesoro que debemos cuidar y auténtica embajadora de Asturias.

Se tarda mucho tiempo y esfuerzo en «armar una orquesta» y elevarla a cotas supremas pero muy poco en hundirla. Sigue habiendo una égira de un público que parece abandonar el barco antes de hundirse con él, noto falta de ilusión entre abonados, desconocemos la programación para la próxima temporada, y Max Valdés pareció percatarse de todo ello desde un podio al que tantas veces se subió, esta vez con un «concierto germánico» de autores por lo que siempre ha transitado y disfrutado, pero montado en poco tiempo («norma habitual» hoy en día) que impide ahondar en los detalles que marcan las diferencias, aunque dejándonos su elegante buen hacer y gesto al frente de unos músicos que han crecido junto a él y con los que se reencontraba estos días.

La Canción de primavera, op. 16 (Sibelius) trajo una plantilla ampliada para la ocasión y poder disfrutar de esta obra de juventud agradecida de escuchar desde su breve introducción hasta el crecimiento en todos los sentidos. Brillante orquestación y rica gama de matices que parecen dibujar esos cielos nórdicos limpios hasta la explosión lumínica final con toque de campanas a la que Valdés condujo con acierto, secciones compensadas y seguras donde la cuerda pareció sonar más vibrante e hiriente sin perder su habitual toque aterciopelado.

Algo menos de plantilla para una excelente Sinfonía «Matías el pintor» (1934) de Paul Hindemith, de la que la profesora Mª Encina Cortizo, siempre admirada y querida, comenta en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio disponibles en el Facebook© de la OSPA así como en el nº 14 de su revista) que el autor «se acerca a la figura de Grünewald por el significado de su figura, al simbolizar “problemas, deseos y dudas que ocuparon la mente de todos los artistas serios desde los tiempos más remotos»», como un diagnóstico actualizado del sentir que parecía flotar en el auditorio ovetense. Los tres movimientos con los títulos tan pictóricos y expresivos (Concierto angélico, Entierro y La tentación de San Antonio) fluyeron bien interpretados por unos músicos en comunión con el oficiante invitado, parroquianos que reciben a un pastor conocedor de su feligresía así como del sermón, preparatorio del Brahms final con el que Hindemith comulga y se hace más accesible. Obra vigorosa como la versión de Max Valdés, trombones como tubos de órgano brillantes, la oscuridad y desgarro de las maderas siempre inspiradas, antes de soltar demonios y monstruos de sonoridades convincentes y agitadas pero siempre limpias antes del triunfo final, la ópera sin imágenes que puso el chileno para lo mejor de este concierto.

Como si el descanso aminorase ímpetu y luz, pasamos del trazo ágil y fino al brochazo, eso sí en varias capas para intentar corregir planos y presencias, porque la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms es mucha partitura, exigente para detalles que no siempre se apreciaron, con un sonido por momentos nebuloso a pesar de pasajes bien delineados por violonchelos o maderas, incluso la trompa plenamente pastoral (siempre surge el paralelismo de esta segunda con la sexta del admirado Beethoven) junto a la propia belleza de una obra que está en mi memoria vital, agradecido por volver a escucharla en directo (grabaciones tengo para parar un tren) pero que no me llenaron como el cuadro de Grünewald musicado por su compatriota. Pienso que faltó fluidez en los cuatro movimientos que sin el final tormentoso que afuera sí nos esperaba, careció del aire mozartiano al que Hanslick alude en la cita de la doctora Cortizo. Ahondar en esta sinfonía lleva el tiempo del que directores y orquestas no disponen a pesar de la predisposición y buen hacer de todos, incluyendo el discurso final de un Valdés (entrevista en OSPA TV) que lleva Asturias y nuestra orquesta en su corazón.

Bach mi dios y Oyarzábal su profeta

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Jueves 19 de mayo, 20:30 horas. Catedral de León, concierto 19 «Bach en la Catedral«. Daniel Oyarzábal (órgano).
Penúltimo concierto de la integral de órgano de J.S. Bach que durante dos años ha traído al «bicho Kleis» de la Pulchra Leonina y al Auditorio Nacional con la colaboración del CNDM y el FIOCLE toda la música de «Mein Gott» para el instrumento rey, un complejo organizativo del que Daniel Oyarzábal es uno de los responsables de poder armar semejante monumento sonoro, con los organistas más importantes del panorama mundial, participando en el concierto 8 el año pasado y volviendo por indisposición del previsto Stepehn Tharp, sólo 15 días para afrontar el mismo programa pero como él mismo decía en una entrevista el pasado año «La culpa fue de Bach«. Si la muerte de Van Oortmerssen fue rápidamente reemplazada por Bernard Winsemius, sustituir al organista de St. Patrick entre otros templos neoyorquinos resultaba parecía tarea imposible por la premura de tiempo, pero solamente Oyarzábal podría afrontar el reto de «nuestro Bach«, conociendo a la perfección el instrumento y con la suficiente calidad para dejarnos un concierto impresionante.

Si la selección para la ocasión resultaba perfectamente ordenada, comenzando y terminando con un Preludio y Fuga, en el centro uno de los conciertos transcritos por Bach corroborando la realeza del órgano como el más completo de los instrumentos, y en el medio corales bien contrapuestos, sin olvidar el último e inacabado tributo a El Arte de la fuga, poder disfrutar de registros que parecían estrenar tubos mudos hasta este jueves primaveral no está al alcance de muchos. Deseo reflejar las impresiones nada más volver a casa y dejar la más detallada tarea de los links para más adelante y con el tiempo que me lleva, por lo que comienzo con el programa sin más, añadiendo mis pinceladas en caliente para evitar enfriamientos que alivian pasiones:
Preludio y fuga en do mayor, BWV 531 (a. 1705?), poderoso desde el arranque.

Un bloque de tres corales, Wer nur den lieben Gott lässt walten, BWV 690 (a. 1705?), Wer nur den lieben Gott lässt walten, BWV 691 (1720/23?) y Wo soll ich fliehen hin, BWV 646 (1748/49) interesantes las fechas aunque aproximadas para resolver interrogantes y evolución vital del compositor y creyente siempre al servicio de Dios, las meditaciones de Bach sobre los textos luteranos cargadas de todo el simbolismo musical del «Kantor», respuestas en pentagrama para las profundas lecturas, los registros elegidos por Oyarzábal pusieron el resto pues las notas estaban claramente presentadas, jugando con flautados tenues en espiritualidad y pedales profundos de oscuro remordimiento que siempre alcanzan la luz eterna.

Pedal-Exercitium, BWV 598 (1735?) como ejercicio espiritual y elevación de lo más terrenal hecho virtud por una técnica de pies capaz de olvidarnos que este caminar del organista se asiente desde lo más profundo aunque se parta de unos pocos compases.
Nuevo grupo de tres corales: Ach Herr, Mich Armen Sunder, BWV 742 (1733?), Herr Christ, der einig Gottes Sohn (Fughetta), BWV 698 (1739/42?) y Gott, durch deine Güte, BWV 724 (a. 1705), cronología que crece recordando los orígenes, transgresiones rebosantemente sonoras de juventud explicando la evolución interior de los años, tímbricas muy jugosas y expresivas con planos diferenciados en manos y pies, incluso alternando el panorama creado por los tubos en las tribunas o coros opuestos, verdaderas vidrieras sonoras en la paleta buscada por el organista vitoriano.

El oficio de organista desde el conocimiento orquestal, el Concierto en sol mayor (de Johann Ernst von Sachsen-Weimar), BWV 592 (1713/14) en tres movimientos, Allegro, Grave y Presto, barroco de escuela por contrastes en todo, velocidades, volúmenes, tímbrica, expresividad, orquestales desde teclados y pedalero con ataques y ligados «grossi» en técnica clavecinística más que organística como si se requiriese de forma obligada al tratarse de una recreación desde el poderío de toda la tubería alemana, cuerda, madera y metal aparentemente hidráulicos pero sonoramente camerísticos sin olvidar el virtuosismo obligado.

Luces y sombras interiores en los cuatro siguientes corales, último bloque igualmente atemporal pero claramente evolucionando en fraseos y ambientes, Der Tag, der ist so freudenreich, BWV 719 (1710?), Lobt Gott, ihr Christen, allzugleich, BWV 732 (1718?), Wie nach einer Wasserquelle, BWV 1119 (a. 1705?) y Herr Gott, dich loben wir, BWV 725 (¿?), derroche de registros y emociones, poderío impactante seguido de sensualidad casi íntima, melodía luterana de lengüetería paradisíaca en el pedal o la progresión vital de un Bach capaz de condensar sabiduría sonora con Oyarzábal profeta de semejante testamento.
Aviso previo para el Contrapunctus XIV, fuga a 3 soggetti (inacabada, de El arte de la fuga), BWV 1080/19 (1742/49), rigor a la partitura, también en esta catedral del contrapunto, sin añadir nada, el tortuoso y rutilante camino de la técnica en la escritura formal más compleja, sujeto y predicado con verbo musical hasta donde la luz llegó, el último aliento sin respuesta como Bach reflejó, nada más y nada menos…

Preludio y fuga en si menor, BWV 544 (1727/31), la bendición «urbi et orbi» no de Roma al mundo sino de León hasta Leipzig, luces cegadoras de unas tuberías escupiendo verdades eternas, despidiéndonos el oficiante Oyarzábal «podéis ir en paz» con el idioma universal que entendemos quienes profesamos la religión de nuestro «dios Bach» como principio y final.

Es justo y necesario que el cierre de la integral traiga Notre Dame hasta la capital del Reino de León el próximo 2 de junio con Olivier Latry, otra eucaristía igualmente organizada por el «Nuncio de Bach en España» aunque otros franceses me dejarán en Oviedo pues la ubicuidad es don de santos y los demonios fuimos expulsados del paraíso.

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