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DiDonato trajo la paz

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Martes, 6 de junio, 20:00 horas: Oviedo, clausura de los Conciertos del Auditorio: «En guerra y paz: armonía a través de la música».
Joyce DiDonato (mezzosoprano), Il pomo d’Oro, Maxim Emelyanichev (clave y dirección musical). Coreógrafo y bailarín: Manuel Palazzo; director de escena: Ralf Pleger; iluminador: Henning Plum; diseñador de vídeo: Yousef Iskandar; vestuario: Vivienne Westwood y Lasha Rostobaia; maquillaje M.A.C. Fotos de webs, Sven Lorenz y Javier del Real.

Un mensaje de «La DiDonato» entregado en sobre cerrado nos pregunta como en la web ¿En medio del caos, cómo encuentras paz?… Múltiples respuestas en estos tiempos de atentados, hambre, migraciones, guerras y muchas crisis incluyendo la cultural, pero la respuesta la dio la propia diva internacional en sus palabras de despedida: el Oviedo que conoció en los exterminados Premios Líricos del Campoamor, su anterior concierto y este martes de campo festivo en Vetusta, con música y bailes tradicionales en el Campo San Francisco, los árboles, la hierba, las familias comiendo bollos preñaos que compartió, la inocencia y alegría de los niños, la inocencia y sobre todo el amor por la música que convierte a la capital asturiana en «La Viena del Norte» de España, una ciudad que las figuras, los grandes nombres que la han visitado, saben colocar en el mapa (cultural) sin dudar la ubicación, con ganas siempre de volver.

Joyce DiDonato nos trajo un verdadero espectáculo más allá de la propia música, perfectamente elegida y organizada, con textos traducidos y proyectados que la mezzo norteamericana representó, microrrelatos llenos de belleza, hondura guerrera y luz pacífica, interpretando en cuerpo y alma, con una puesta en escena completísima donde Il Pomo d’Oro con Emelyanichev al mando de esta nave, al clave, dirigiendo, marcándose un solo de «cornetto» en De Cavalieri, auténtico espectáculo cuidado al mínimo detalle, sobrio y elegante, nada accesorio, todo en su sitio, con la voz carnosa de una Joyce que gana con los años como los buenos vinos, aunque las agilidades no brillen como antaño, musicalidad a borbotones, buen gusto, elegancia, saber estar, llenar la escena en todo momento… Si además la orquesta es de lo mejor que podemos encontrar hoy en día en estos repertorios, un ruso todoterreno y virtuoso al mando de un continuo impecable, unos graves poderosos y unos instrumentistas de viento capaces de pasarse a las flautas como si fuesen sus primeros instrumentos, incluso el piccolo de Anna Fusek virtuoso aún más que con su violín segundo y escenificando convincentemente al pastor, no es de extrañar que el resultado fuese de verdadero «rejoice».

Colas para entrar, detalles en el vestíbulo con grandes pantallas de plasma proyectando la imagen de esta diva cercana, carteles con el diseño corporativo de esta gira, todo estudiado para una velada a la altura de sus protagonistas en un cierre de temporada que ha vuelto a dejar el listón muy alto. Dejo el programa que también disfrutaron en Madrid y Barcelona para seguir situando a Oviedo como capital musical de primera y mis impresiones nada más llegar a casa.

Primer parte – Guerra
G. F. HÄNDEL: Scenes of horror, scenes of woe (Storgè), de «Jeptha», HWV 70 (1752).

L. LEO: Prendi quel ferro, o barbaro! (Andromaca) de «Andromaca» (1742).
E. DE’ CAVALIERI: Sinfonia: «Rappresentatione di anima e di corpo» (1600).
H. PURCELL: Ciaconna in sol minor for 3 violins and basso, Z730 (instrumental); Dido’s Lament (Dido) de «Dido and Aeneas», Z626 (1689).
HÄNDEL: Pensieri, voi mi tormentate (Agrippina) de «Agrippina», HWV 6 (1709).
C. GESUALDO: Tristis est anima mea. Tenebrae Responsoria Nº 2 (1611) (instrumental).
HÄNDEL: Lascia ch’io pianga (Almirena) de «Rinaldo», HWV 7 (1711).

La sorpresa nada más entrar en la sala casi en penumbra, con la luz muy atenuada y la mezzo al fondo sentada y el bailarín tumbado en escena, solos, innanes, cual decorado mudo mientras el público iba llenando el auditorio antes de la primera escena de horror. El Händel «marca de la casa» con una orquesta ideal, a continuación el poco escuchado Leonardo Leo aumentando la tensión, tragedias épicas, dolor subrayado por la sinfonía de Cavalieri antes de volver a los grandes ingleses, el «Dido DiDonato» único, Purcell en estado puro al igual que la Agrippina haendeliana con un responsorio de tinieblas del Príncipe de Venosa en el medio preparando el más sentido Lascia ch’io pianga que he escuchado en directo, cortando el aire, silencios dramáticos, expresión vocal y corporal irrepetible, permitiendo llorar de emoción, la guerra hacedora de belleza profunda, con un conjunto instrumental verdadero oro de muchos quilates.

Segunda parte – Paz

PURCELL: They tell us that you mighty powers (Orazia) de «The Indian Queen», Z630 (1695).
HÄNDEL: Crystal streams in murmurs flowing (Susanna) de «Susanna», HWV 66 (1749).
ARVO PÄRT: Da pacem, Domine (2004) (Instrumental).
HÄNDEL: Augelletti, che cantate (Almirena) de «Rinaldo», HWV 7 (1711); Da tempeste il legno infranto (Cleopatra) de «Giulio Cesare», HWV 7 (1724).

Media hora de descanso antes de regocijarnos con la paz, cara y cruz, sufrimiento desde el dolor infinito al que sigue el placer interior, compartido nuevamente con los ingleses Purcell y Händel que DiDonato canta como nadie junto a la pincelada gélidamente cálida de Pärt, mimetizado en un barroco cada vez más actual, con Il Pomo d’Oro impresionante en presencia, calidad y musicalidad, con el fuego de artificio final de una Cleopatra madura bien arropada por los italianos capitaneados por el ruso.

De propina el aria Par che di guibilo de «Attilio Regolo» (Niccolò Jommelli), rematando una velada increíble, antes de sus palabras en español e inglés, cercanía, gratitud y simpatía para terminar con un Morgen! (Richard Strauss) atemporalmente barroco en recuerdo de su mañana festiva y carbayona, perfecto cierre luminoso cargado de optimismo en estos tiempos que no ayudan pero donde la música sigue siendo el remanso buscado.

Cardiopatías musicales

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Viernes 2 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Rusia Esencial IV», abono 14 OSPA, Nicolai Lugansky (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Jesús Torres, Beethoven y Shostakovich.

Han tenido que pasar las horas y alcanzar cierto reposo para escribir estas líneas, tal fue la desazón al finalizar el decimocuarto concierto de abono de nuestra OSPA tras su paso por Gijón el jueves. Esperanzado por un programa que conocía, con unas excelentes notas de Israel López Estelche (enlazadas al inicio en cada compositor) y la presencia de uno de los grandes pianistas del momento (entrevistado en OSPATV) acudí con toda mi buena voluntad a disfrutar, pero la alegría se tornó indignación y malestar total a medida que avanzaba la velada, cual cardiopatía que se vuelve congénita y unas arritmias realmente preocupantes. De haber llegado a casa y ponerme delante del ordenador la sensación aún hubiese sido peor, por lo que la opción de posar y reposar, sin repasar (porque sigo volcando mis opiniones de un tirón) creo que dará por lo menos algo más de contención a mis palabras.

Esta temporada hemos tenido a Jesús Torres (1965) como compositor invitado residente en la OSPA, lo que nos ha permitido conocer parte de su producción de primera mano, desde la música para el Fausto en Gijón el mes de diciembre o el Concierto para violín en enero hasta estas Tres pinturas velazqueñas (2015) de este viernes, obra ganadora del 8º concurso AEOSFundación BBVA que supone programarla en todas las orquestas que conforman dicha asociación a lo largo de estos meses, estrenada el pasado octubre dentro del Ciclo Ibermúsica en el Auditorio Nacional por la Orquesta de Cadaqués con Vasily Petrenko, pudiendo escucharse por la Orquesta de RTVE con José Luis Temes en la web del ente público (a partir del minuto 51), lo que me dio una idea de esta obra llena de color orquestal escrita con la maestría del zaragozano para poder recrearse con la plantilla ideal (2-2-2-2 / 2-2 / percusión / timbales /arpa /12-10-8-6-4) de la OSPA y su titular de nuevo al frente.

Como una banda sonora llena de «elegancia y contención» de un cuarto de hora para tres cuadros maestros del sevillano, Torres traza ambientes difuminados por la cuerda para la «londinense» La Venus del espejo con pinceladas de oboe, gotas luminosas del xilófono, reflejos con sordinas de trompetas y verdadera autocontemplación de la belleza donde no falta pasión y autocrítica desde las dinámicas. El resultado con Milanov a la batuta fue un esbozo, faltó equilibrio y balance, poniendo el foco de atención más en el marco y oropeles del espejo que en la visión de conjunto, ni siquiera el angelote puso la nota pueril. Cristo Crucificado son claroscuros barrocos arrancados en pianísimo por contrabajos y chelos, la dolorosa calma rota por cielos grises que se abren mediante texturas metálicas y protagonismo subyugante de la percusión, pero de nuevo surgió el trazo grueso en vez de la limpieza colorida, como fijarse en una espina de la corona o el clavo del pie en vez de alejarnos para gozar de la luminosidad central contrastando brutalmente blanco y sangre fluida en la cuerda con el arpa, sutil como pocas en nuestro panorama sinfónico. Tras el dolor llegaría esperado El triunfo de Baco, popularmente conocido como «Los borrachos«, la orgía a través del ritmo que va modificando y trastocando un ostinato que me recordó Asturias de Albéniz, con orquestación explosiva buscando registros extremos, bien escuchados e interpretados por los músicos, aunque el carácter irreverente del cuadro entendido por Torres pareció más una melopea sin pulsión, una visión miope y desenfocada e incluso un desconocimiento de la propia inspiración de esta música por parte del responsable de transmitir todo el contenido. Si el búlgaro parecía dominar la música de nuestro tiempo, su versión quedó en vulgar.

Los despropósitos en la concertación por parte de Milanov vienen de atrás, pero el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 «Emperador» (Beethoven) con un solista como el ruso Nicolai Lugansky (Moscú, 1972) no podía salir mal y se cumplió una de las Leyes de Murphy. Estoy convencido que esta joya suena sola solamente con escucharse unos a otros, latir todos al mismo compás de una música que fluye de forma natural, pero ya el segundo acorde orquestal presagiaba el desastre. Sin entrar en la gestualidad incomprensible pese al tiempo que vengo observando al cocinero búlgaro que nunca coincide con lo escuchado, dar la entrada al solista resultó más en la idea del Baco anterior que en intentar mantener una pulsación uniforme entre piano y orquesta. El Allegro sonó a trompicones, como un piloto novato que no sabe reducir en una cuesta pronunciada, pues el motor está en perfecto estado demostrado y a punto a estas alturas de la temporada. Tampoco comprendo unos fraseos cortados cuando esperamos unas ligaduras que arropen la presencia del piano, ni una mala costumbre de correr en los crescendi y ralentizar en los pianos, confundiendo el «rubato» con la arritmia, por lo que intentar concertar solista y orquesta volvió a ser tarea de locos. El pianista intentó reconducir una obra de referencia que nos sabemos todos de memoria pero sin la obligada comunicación con un podio desconectado de la partitura. El bellísimo Adagio un poco mosso se fue cayendo hasta la parada cardíaca, marcas de compás que se pierden ¿no se suele subdividir? o peor todavía, dejar la cuerda tan opaca en presencia que la madera detallista sonó como un verdadero borrón en una conjunción tímbrica extraña con un piano siempre presente de nuevo en lucha más que concierto, antes de atacar sin la necesaria decisión el Rondó: Allegro ma non troppo, no demasiado como se indica pero con la cardiopatía detectada que gracias al ropaje de los sinfónicos pudo salvarse de una muerte anunciada. Mi indignación interior por tal estropicio a una obra de arte me volvió al «Ecce Homo» de Borja, el emperador reducido a «príncipe» destronado o la coronación de Napoleón sin saber qué le depararía su codicia. Mi sofoco tras la burla impidió disfrutar de una propina de Lugansky que seguramente recordará este concierto como «Los gozos y las sombras», más éstas que aquéllos. Tendría para un todo artículo sobre conjunciones y preposiciones: piano y orquesta, piano con orquesta, piano entre orquesta e incluso piano contra orquesta.

La Sinfonía nº 1 en fa sostenido menor, op. 10 (Shostakovich) ocuparía la segunda parte, siempre manteniendo esta estructura decimonónica bipartita de obertura (últimamente con obras actuales) y concierto para solista, más una sinfonía, como plato fuerte de cierre, pero a la vista de los resultados el resultado fue el inverso, de más a menos. En una excelente entrevista para Codalario, Victor Pablo Pérez clasificaba las batutas en conductores, directores y maestros, que tras su lectura dejo que cada uno ponga el sustantivo al apellido búlgaro que llevamos un lustro al frente de la orquesta de todos los asturianos. El director burgalés también recuerda a García Asensio y su definición de dirigir que muchos no compartimos: ««Dirigir es un continuo marcar anacrusas»… Para mí eso no es correcto. Eso es marcar el compás ayudando en las diferentes entradas al músico que cuenta compases». La primera de Shostakovich tiene mucha miga para ser un trabajo final de Conservatorio compuesto entre 1924 y 1925: colorida y original en el manejo de los timbres orquestales, un prodigio de hermosura con enorme dinamismo, espectacular unión de ironía, ritmo, sarcasmo y belleza para una obra de un muy joven compositor pero con una madurez extraordinaria, capaz de escribir una obra difícil en sus ritmos y su significado, plagada de sorpresas instrumentales y sonoras desbordando vitalidad, magia, encanto y dinamismo. La versión de Milanov careció de todo ello, no hubo comunicación ni interpretación pese a las buenas intenciones de una orquesta empastada y lucida en los solistas pero sin fluidez ni química con el podio, incomunicación total. Se me hace difícil escuchar y ver al búlgaro qué está marcando, divergencia total que me obliga a cerrar los ojos para no confundirme (no quiero pensar cómo lo llevarán los protagonistas) pero el sarcasmo de la partitura se queda en mi visión. Sí hubo dinamismo porque los matices están escritos aunque corresponde al director (desde las «categorías» apuntadas por Víctor Pablo) diferenciar lo principal y lo accesorio, el protagonismo puntual del sustrato, donde todo suena pero en el plano justo, el balance cual mesa de mezclas donde el ingeniero está al mando. Tomando párrafos de las notas al programa del compositor cántabro abordo mis impresiones ya reposadas, enlazando vídeos en los cuatro movimientos:
«El primer movimiento comienza cristalino, como si de música camerística se tratara, un diálogo entre la trompeta y el fagot, apoyado por el resto de vientos y pizzicati de la cuerda, donde los temas se presentan, para desarrollar posteriormente«. Pese al equilibrio de efectivos para la ocasión, el cristal quedó opaco y lo camerístico tan solo por un volumen demasiado contenido.
«En el Scherzo, uno de los movimientos más originales, se hacen oír todas las influencias populares de su experiencia como pianista para cine mudo. La agilidad en los cambios de textura y sonoridad y, especialmente en el Trio, en el que la caja y el triángulo permanecen de manera persistente, creando un sensación de misterio casi se transforman en reflejos cinematográficos» sí hubo presencia de la percusión y la atmósfera de misterio, pero faltó esa agilidad y frescura.
«El Lento es mucho más lírico e íntimo y es aquí, donde Shostakovich expone su influencia romántica y talento melódico de manera más directa«, aunque querer subrayar la melodía con una amplitud gestual en pasajes delicados sigue resultándome extraña. Desaprovechar los recursos no tiene perdón, y dejar morirse un movimiento tan emotivo puede resultar el acompañamiento musical de un patio de butacas cada vez más despoblado. Dejo para los responsables el análisis y posibles causas de un éxodo previsible con el paso del tiempo.
«Y atacando el Finale, el compositor ruso nos muestra una de sus características más peculiares a nivel formal: el lanzamiento de los materiales a trabajar de manera abrupta, que va desarrollando refinadamente con grandes contrastes texturales, armónicos y orquestales, que se dirigen progresivamente hacia un clímax que resuelve todas las tensiones de la obra«, lo abrupto del príncipe mal engrasado, los contrastes desesquilibrados y un clímax más de decibelios que de musicalidad. La grandeza y tristeza de la música cuando pasa de la partitura al momento único e inaprensible de su ejecución.

El próximo viernes se pone punto y final a esta nueva temporada de abono con «Virtuoso», reencuentro de Ning-Feng al violín y su titular que sigue un año más sin convencerme. Al menos me queda una esperada Resurrección para despedir curso y mes con la unión OSPA y OFil al mando de Pablo González, el Coro de la FPA, María Espada e Iris Vermillon para la que ya tengo mi entrada (5€), porque sé que este Mahler no nos fallará. La Octava asturiana tendrá que esperar un poco…

Savall, marinero musical

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Miércoles 31 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: IV Primavera Barroca, «DIÁLOGOS E IMPROVISACIONES, diálogos musicales entre Oriente y Occidente, y entre el Viejo y el Nuevo Mundo». Jordi Savall (lira de gamba, viola de gamba baja y dirección), Ferran Savall (voz y tiorba), David Mayoral (percusión).

Llegamos al final de esta cuarta edición de la Primavera Barroca de Oviedo con el patrocinio del CNDM presentando ayer martes en Madrid ya la quinta, un ciclo consolidado que en la despedida ha vuelto a colgar el «no hay entradas», y es que Jordi Savall sigue teniendo tirón entre los muchos aficionados a las músicas que el catalán universal ha ayudado a difundir.

La conferencia o introducción previa en la sala 4 del mismo auditorio resultó lo mejor en el regreso del músico a nuestra tierra, sabiduría y filosofía de la vida con la música como verdadero motor, con alumnado joven que sigue interesado en la llamada música antigua y barroca con Savall de Maestro, con mayúscula. Más de una hora compartiendo vivencias, experiencias, casi 70 años de práctica musical vivida en primera persona de plural, compartida y respondiendo a interrogantes tan habituales como la forma de enfrentarse al «tigre» del público y disfrutar de las frambuesas, hacer lo que a uno le gusta y sentirlo porque es la única forma de emocionar y transmitir. Interesantes sus comentarios históricos, la importancia de la música para vivir y para sobrevivir, la transmisión oral de la madre al hijo desde el primer lenguaje humano y el poso último del cerebro, la necesidad de la música en nuestras vidas. La «otra» historia de España desde el horror a nombrar la Reconquista como tal, el mestizaje ancestral de romanos, íberos o fenicios, antes y después de descubrir «Las Indias» que resultaron ser otro mundo nuevo, los esclavos negros requeridos por fortaleza ya incluso antes de 1492, la pernocta en las tres carabelas de unos judíos que les expulsarían de la Península en tres días, la imposición y la convivencia, la ausencia del laúd en nuestra dolorida España por su procedencia árabe como el furor por «sepultarla» en la Mezquita de Córdoba o la Alhambra granadina, su propio viaje vital y musical, el de Savall, recordando y recorriendo Irlanda y Estambul, Armenia o Marruecos y hasta el Nuevo Mundo sin olvidar el cariño francés y su cercanía, el Nápoles catalán o la improvisación como algo natural, una vida por y para la música que ha marcado muchas otras biografías, incluyendo la mía. Si para morir también está la música, su grabación del Requiem de Mozart sigue siendo la más luminosa y liberadora, como la de los esclavos, los judíos expulsados de nuestra piel de toro reflexionando sobre el dolor como verdadero motor vital con la música de último testigo, la tradición oral y popular frente a la escrita y palaciega o incluso eclesiástica.

El concierto sería el reflejo de este periplo, un cuento para todas las edades, verdadero viaje desde el Oriente sefardí en travesía mediterránea (Sarajevo, Israel, Afganistán) escrita y descrita por Cervantes o Lope, incluso Bartolomé de las Casas, una primera escala en nuestra querida patria con Diego Ortiz (1510-1570), sin olvidar las tradiciones de su Cataluña natal, el inevitable paso y tributo francés con Marin Marais (1656-1728), el siempre peligroso crucero al Nuevo Mundo improvisando con canarios y folías (locuras) de jarabes jarochos antes del retorno al Mare Nostrum para variar una melodía común que todos consideran propia aunque la escuchemos en Grecia, Rodas, Marruecos o Turquía. La web del CNDM presentaba mejor que un servidor el programa:
«Bajo el título Diálogos e improvisaciones, Jordi Savall, su hijo Ferran Savall y David Mayoral viajarán por una geografía sonora cartografiada entre Oriente y Occidente. Músicas de múltiples orígenes que recuerdan la diáspora sefardí, la propia cuna israelí, que rememoran el aniversario cervantino, reviven el acervo catalán, nos trasportan al lejano Afganistán, nos embarcan en la travesía por el Atlántico, hasta que nos devuelven luego a Europa, volviendo a sonar Ortiz y Marais, y nos bañan finalmente en las orillas mediterráneas, con sus tan diversas culturas«.

Pasando de la lira de gamba (ese viola de brazo que tiene parentesco con nuestra bandurria asturiana o rabel) a la hondura de la viola de pierna en la que Savall ha sido referente, el trayecto resultó comercial, diría que cercano, pasando de las velas en las carabelas a unos ferries de lujo, esos transatlánticos que hacen escala para regocijo del comercio del puerto de amarre momentáneo, y Oviedo fue uno de ellos. Ya no hay la frescura de antaño, su hijo Ferran ha heredado una musicalidad heterogénea y una voz natural como la de su madre, la recordada Montserrat Figueras, que venderá por apellido y compañía pero no está entre mis preferidas. Acompañándose de una tiorba cual guitarra acústica «vintage» de siglos y con una leve amplificación fue desgranando unos textos de los que carecíamos en el programa de mano con el apoyo grave de «papá Jordi» y sobre todo el verdadero protagonista del concierto, un David Mayoral en la percusión capaz de magnificar el más mínimo detalle con un gusto y profesionalidad que le hacen estar en las mejores formaciones de música medieval, renacentista o medieval además de ser la mitad de Eloqventia, y el mejor compañero de viaje posible, algo que los Savall saben muy bien. Todo un despliegue de membranas, pinceladas de campanas, claves y sonajas, percusiones mediterráneas que marcaron la calidad de un recital donde la improvisación en el amplio sentido de la palabra, tiñó incluso la propina final… Dos mundos y dos generaciones con Mayoral de mediador quitando importancia a un debate más subjetivo que artístico pero que dio el equilibrio necesario para evitar un fiasco equiparable en esto que se suele denominar «bolos».

Puedo entender el amor de padre, el paternofilial admirable y la promoción de unos diálogos siempre difíciles entre ambos, generaciones distintas incluso desde una posición omnívora como mi caso y el del propio hijo por todas las músicas, siempre que estén bien hechas. La idea es buena, el guión mejor y la economía de medios muy rentable, pero sin Mayoral esta música histórica no hubiese funcionado. Parte del público enfervorecido con Savall lo es en cualquier repertorio (aunque su última visita en solitario ya apuntaba cierta decadencia interpretativa) y todos atesoramos grabaciones que serán irrepetibles, casi «incunables». El marketing y la propia figura, casi mítica, del músico catalán atrae público joven, siempre de agradecer, pero los que ya peinamos canas esperamos, como en otros casos, una retirada a tiempo aunque se necesite seguir trabajando para vivir.

Las sagas en la música no siempre funcionan, ni siquiera los Bach. Las apuestas por renovar o remozar repertorios deben sopesar calidad y comercialidad, así no importaría otro entorno o ciclo, pero cerrar así esta luminosa primavera barroca ovetense pareció más «un ocaso otoñal». Jordi Savall tiene todavía mucho que enseñar a los que vienen detrás, una nueva generación de JASP (jóvenes aunque sobradamente preparados) y el escenario es tan magnético pero más exigente que muy pocos saben bajar cuando se está en lo más alto, cuesta tomar la decisión y acertar. Si el barco empieza a «hacer agua» no es ningún deshonor atracarlo en buen puerto y dejar de navegar, siempre mejor que provocar una catástrofe. Los viejos lobos de mar engrandecen la historia, pero morir en un naufragio no les hace inmortales.

Una vida, dos pasiones y diez años

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Sábado 27 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres: X Gala Coraldanza 2017 «La décima». Centro de danza KarelVirginia Herrero (bailarina y directora), Coros de la Escuela de Música de Mieres, Reyes Duarte (directora), Verena Menéndez (piano), Ángela R. Corta (piano), Francis Ligero (guitarra y cante).

Reyes Duarte ha conseguido aunar sus dos pasiones a lo largo de diez años, toda una hazaña en nuestro Mieres y con el apoyo del ayuntamiento local: la danza por amor no solo cercano (faltaba Raquel en las antípodas pero entre nosotros) y la música coral desde su labor docente y divulgativa en la Escuela de Música que ha sentido siempre como suya, varias generaciones de coristas que siguen acudiendo a esta cita. Nuevamente lleno el auditorio que lleva el nombre de nuestro bate y músico mierense con los protagonistas esperados que, como sucede en la vida, se renuevan y cumplen años pero con la semilla bien plantada que en esta décima edición pudimos disfrutar, coros y danza, cantantes y bailarines en una velada colorida en todos los sentidos con el programa abanico, todo un clásico de CoralDanza y catálogo de intenciones afianzadas desde hace una década.

Organizar una gala variada de hora y media sin apenas respiro tiene mucho valor, comentar cada parte organizada en cinco bloques imposible, reflejar emociones aún más complicado. Todo perfectamente engranado, desde una iluminación ideal para cada momento, una megafonía adaptada y adecuada combinando mucha música en directo y grabada (para varias partes bailadas) hasta el presentador «oficial» de las galas, Alberto Cienfuegos, Michel para todos, quien comenzó con el guitarrista todoterreno Francis Ligero
para cantar el bolero Piel canela adaptando la letra al día aunque el estribillo «me importas tú» vale para todo y «que se quede el infinito sin estrellas» porque Marcos a los mandos técnicos es capaz de recrear universos sonoros y lumínicos como nadie, proyectándose además imágenes de las galas anteriores recordando los temas interpretados a lo largo de estos diez años con nuevos arreglos, formaciones y la misma ilusión.

Primer bloque con Francis al cante y toque más Virginia Herrero al baile se marcaban unas Alegrías transportándonos con todo el embrujo del flamenco a una tierra cercana en nuestra memoria colectiva.

Michel comentaba lo curioso y simpático de los nombres con los que Reyes ha bautizado los distintos coros que dirige en Mieres: «Precorín» los que comienzan a cantar casi como un juego, el «Corín» con los pequeños, «Vox Junior» las adolescentes que unen dos generaciones, y el «Corón» de todas las edades, aquél que surgió para los papás y mamás emulando a los vástagos pero que se han asentado como un coro de adultos cantando repertorios nada tradicionales que el público conoce de siempre.

Reyes con el Precorín y Verena al piano abrieron la parte coral con tres temas que llevan su coregrafía adaptada a estas edades donde se construyen los cimientos musicales: coordinación, afinación, dicción, idiomas, movimiento y juego, tres números comenzando con el italiano Sotto la luna (Tullio Visioli – A. Vernata) y dos preciosidades del vasco Jesús Guridi: Cazando mariposas y La vacación (de sus «Seis canciones infantiles»).

La danza de la escuela Karel, siempre con un vestuario elegante y vistoso sin «folclorismos», abría el segundo bloque de la gala con un excelente tema titulado Río de plata combinando estilos de baile y música, un mix de lo más moderno –Santa María (del Buen Ayre) de Gotan Project– que conjuga clásico y tango, guitarras y bandoneón con un ritmo mecanizado con mucho gusto, el mismo que el cuerpo de baile mostró: danza española y ballet unidos en una coreografía logradísima que fue de lo más destacado por su creatividad y buen hacer.

El Corín nos trajo tres temas: el conocido Hallelujah de Leonard Cohen con Verena acompañando al piano, para seguir «a capella» los siguientes: la popular asturiana ¿Quién quier?, ¿Quién quiere entrar?) armonizada por Xabier Sarasola, con dos grupos frente a frente sumando palmas, y la habanera popular La Bella Lola con vaivén marinero de L’Arena.

Desde el teclado electrónico, la profesora  y pianista habitual Verena Menéndez, también cantante en el corón, interpretó el tema principal de Memorias de Africa (John Barry) antes de la pareja de baile Borja Villa y Susana García con un delicado Just the way you are, delicadeza o como bautizó Michel en la presentación de este bloque, «poesía en movimiento«, la danza clásica atemporal con este tema romántico de Billy Joel que me transportó a mi juventud entonces en blanco y negro, coloreada por estos bailarines en bella plasticidad subrayada por una iluminación cinematográfica perfecta para este tema de siempre.

Renovándose y manteniendo el espíritu adolescente llegaron las Vox Junior con Blue Moon (L. Hart/R. Rodgers) cantado «a capella» y con mucho swing antes del Cabaret de Liza Minelli con Ángela R. Corta al piano, difícil mantener el tono del que se aprende al recuperarlo, pues el directo también hace escuela. Alfonsina y el mar (de Ariel Ramírez en arreglo de Hugo C. de la Vega) nos permitió escuchar cantar a Reyes, con «las vox» de acompañamiento (un vértigo de afinación para esta página tan complicada y emotiva).

El baile de Karel cerraría este cuarto bloque con Francis tocando y cantando un animado Garrotín, coreografía con sillas y zapateado visualmente bellísimo, impactante y alegre nuevamente «revestido» por una iluminación que engrandeció al poderoso sonido del directo

El fin de fiesta lo ocuparía el Corón, que se renueva y mantiene temas de los primeros años que nunca se archivan: la lograda armonización realizada por el cubano Electo Silva de Dulce embeleso (Miguel Matamoros) con claves y maracas, el verso de Benedetti con la música de Alberto FaveroTe Quiero armonizado por Liliana Cangiano con cuatro solistas de timbres variados enriqueciendo siempre el original, y la brasileña Rosa amarela (H. Villalobos),

antes de la sorpresa que no puede faltar, esta vez el baile de salón latino con Rocío A. Duarte, arte en los genes y alegría para toda la familia, mamá, papá y abuela apoyando su carrera de siempre,

y el nunca deseado final porque cuando todo funciona el tiempo pasa volando, con todos los participantes sobre el escenario cantando Imagine de John Lennon con el piano de Verena y Alegría con Francis a la guitarra y Virginia al cajón antes de la propina sobre la marcha, un himno de despedida como el Color esperanza de Diego Torres que sigue en la recámara y surge del recuerdo y el optimismo de «la décima» esperando ya el 2018.

Contrasta2

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Miércoles 24 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, año 109, concierto nº 1.591. «Chopin’ Chopin«. Judith Jáuregui (piano), Pepe Rivero (piano), Georvis Pico (batería), Reinier Elizarde «Negrón» (contrabajo).

Atractivo y valiente programa de hora y media literalmente sin descanso, donde dos jóvenes pianistas sin complejos afrontaron al siempre exigente Chopin desde dos visiones complementarias que terminan confluyendo. Jugando con el número dos y las palabras, contrasta2 pero no enfrenta2, comprometi2 y refina2, entreteni2 y decidi2, inspira2 e iguala2 como 2 enamora2 de la música de un polaco universal enamorado del piano como nuestros 2 intérpretes.

Haciendo un paralelismo entre Velázquez y Picasso capaces de pintar unas meninas con la distancia que pone el tiempo, los lenguajes que evolucionan y se enriquecen, saboreando ambas obras nunca excluyentes sino complementarias, así fue este Chopin por partida doble en Gijón, un privilegio del que pocos han disfrutado en vivo, el de mi querida donostiarra -a la que sigo desde sus inicios- y el del admirado cubano -felizmente descubierto por Toni Zenet-, dos estilos llamados clásico y jazz en perfecta fusión, pues como decía el anuncio del concierto, «Dos pianos, dos orígenes, dos estilos. Un sólo alma», la música sin más, especialmente la buena, la que me gusta, omnívoro devorador de estas joyas y a un paso de la aldea por la autovía minera.

Hay a lo largo de los años muchos acercamientos desde el jazz, la genuina música del pasado siglo, a la llamada música clásica, todos los compositores imaginables y en todos los formatos, bebiendo de ese mestizaje a ambos lados del océano, pero poder disfrutar de ambos en el mismo concierto es una apuesta arriesgada de la Sociedad Filarmónica de Gijón que registró una excelente entrada en el teatro del Paseo de Begoña, abierto al público en general con un precio único de 20 €.

Algunos despistados, entrados en años, desconocían la causa de ver sobre el escenario una batería e incluso un amplificador, para el contrabajo, pero en cuanto comenzó a sonar el Chopin de los Preludios opus 28 alternando entre Jáuregui y Rivero se hizo la magia y fluyó la música, cercana, presente, delicada sin excesos de decibelios con la acústica perfecta del Jovellanos. Sin pausa y de la una al otro, en compañía del guantanamero Pico y del villaclareño Negrón (que sustituyó al madrileño Mario Carrillo) surgieron contrapuntos realmente coloridos, detallistas, acertados, de la vasca a los solos del cubano saltaron los preludios nº1 (fuerza en el arranque), nº4 (impresionantes todos), nº7 (delicias en pequeño formato), nº18 (profundo), nº20 (el dolor frente al color) y nº23 (cristalino y juguetón), encadenados además de sabiamente elegidos, inspirados e inspiradores, el original limpio de Judith y la reinterpretación de Pepe, ritmos y tiempos variados, danza interior y exterior, fusiones de fuerza y placer, arrebatos con remansos de baladas, un Chopin de acentos variados con una percusión completa de buen gusto más el contrabajo redondeando tímbricas y acentos.

La Balada op. 23 nº 1 volvió a surcar dos mares, el Cantábrico y el Caribe, ambos llenos de matices y momentos, calma chicha y galeradas, tonos azulados con torbellinos y huracanes, confluyendo en ese Océano Atlántico que es Chopin, Judith navegando firme en el timón y relevada por Rivero retomando a Rachmaninov y Gershwin, el jazz hecho un brazo de mar que todo lo empapa. España y Cuba reunidas al fin, Donosti cerca de la Francia chopiniana y Santa Clara verdadero centro interior de comunicaciones cubano e intercambio con los Estados Unidos desde cualquier puerto, malecón o cayo, el viejo y el nuevo mundo unidos por este par de talentos del piano. Transitando por la música de ida y vuelta, Judith Jáuregui le dio toda la elegancia de salón retomada por Pepe Rivero en trío, como si fuesen «los boleros de Chopin«, la formación clásica llevada a la fusión, al jazz, escuelas europea y cubana de grandes pianistas como son la española y el cubano, femenino y masculino singularmente plurales.

El baile de salón, valses o polkas con ritmos caribeños, chachachá y salsa como perfecta disculpa para disfrutar de la Mazurka op. 17 nº 8, la playa de La Zurriola o escaparse hasta Varadero, Donosti es Santa Clara con chirimiri, Santa Clara es Donosti con danzón, elegancia y desparpajo, vacación y vocación, luz y calor, Judith y Pepe dialogando en la intimidad desde una penumbra deslumbrante de alegría compartida entre la escena y el patio de butacas, complementándose y entregando por partida doble a un Chopin casi gaditano de La Habana con el «éxtasis» guipuzcoano.

El huracán y la galerna, mar bravo con el Andante spianato – Gran Polonesa Brillante, op. 22, original y revisión, la orquesta reducida a un trío jugando con el Debussy más jazzístico, virtuosismo en estado puro al servicio de Chopin, savoir y sabor, vichyssoise y salsa, champagne y mojito, rape y habano, las excelencias del polaco más francés en manos de dos ciudadanos del mundo surcando mares sobre un navío de 88 teclas, bandera blanca y negra para todo un océano de color.

Y faltaba el regalo del Mediterráneo, el Mare Nostrum de Mompou, las «Escenas de niños» con la luz de un Sorolla, la Cataluña europea fronteriza con los franceses capaz de tomar una habanera de Palafrugell y elevarla a un collar de perlas engarzado por esta donostiarra internacional, como su admirada Alicia de Larrocha, para regalarla a los tres cubanos «herederos» de Lecuona, entendiéndola como sólo ellos saben hacerlo. Un concierto para disfrutar en Gijón, capital de la Costa Verde, hoy puerto de amarre de dos marineros con su tripulación, capitaneados por el alma de Chopin.

Decepción Biondi

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Jueves 18 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: IV Primavera Barroca, «Los conciertos del adiós«. Europa Galante, Fabio Biondi (violín, viola d’amore y dirección). Obras de Antonio Vivaldi (Venecia, 1671 – Viena, 1741).

Penúltimo de los conciertos de este ciclo que llena en todos los programas, este jueves con el Vivaldi de Fabio Biondi al frente de Europa Galante, una gira española cual equipo de fútbol en cuanto al número, once, equilibrado y funcionando como tal si nos atenemos a la plantilla donde el siciliano es la figura y por tanto el delantero centro al que todos miran, admiran y esta vez escuchan. El planteamiento muy clásico entre los italianos, un excelente portero español al violone (Patxi Montero), una defensa segura de tres en un continuo, por los laterales Giangiacomo Pinardi (tiorba y laúd) y Alessandro Andriani (violonchelo) y en el centro el clave de una siempre segura Paola Poncet; el centro del campo tenía de pivote la viola de Pablo de Pedro, más los violines segundos de Andrea Rognoni, la figura discreta que cual Iniesta crea todo el juego, reparte y comparte protagonismo cuando le dejan, Luca Giardini y Silvia Falavigna junto a la delantera en auténtico «tridente» de violines primeros con Fabio Ravasi Elin Gabrielsson al lado de Biondi.

Enfrentarse a Vivaldi nunca es fácil, pues de conocido siempre resulta correoso aunque agradecido, y más con obras nunca publicadas en vida del compositor aunque con la fórmula habitual del «cura pelirrojillo» donde el contraste es previsible. Biondi no estuvo inspirado, desafinado más de lo esperado, poco limpio en los pasajes virtuosos donde mantiene un arco maestro pero la pulsación y agilidad de la izquierda no es la de hace años, así como una pulsación poco constante que hacía perder el ritmo de juego. Al menos su equipo se adapta al líder y hasta le cubrió en todo momento, un ropaje que hizo disfrutar de la cuerda global aunque la figura no estuviese fina.

Dos sinfonías abriendo y cerrando los dos tiempos del partido para esta Squadra azurra barroca frente a Vivaldi: «Il coro delle muse», RV 149 (1740) y «La Griselda» RV 718 (1735), compactas, bien equilibradas las líneas con el toque de color en tiorba y clave más la consistencia del violone que asentó el juego.

Mejor la primera parte que la segunda. El Concierto para dos violines y cuerdas en la menor, op. 3 nº 8, RV 522 (1711), «marca roja veneciana» sirvió para comprobar las apuntadas carencias de Biondi y la presencia de Rognoni, más limpio y claro que su compañero con el que compartió ciertas libertades en un pulso desigual pero arropado por todos. Agradable poder escuchar en vivo el Concierto para viola d’amore y laúd en re menor, RV 540 (1740) con Pinardi verdadero defensor en el ataque, virtuoso del laúd en perfecta textura con Biondi en una «viola d’amore» que esta vez afinó y marcó diferencias con el resto del partido, tanto en los rápidos extremos como un Largo de «tikitaka» entre los solistas nuevamente asegurados por el resto de un equipo solvente, permitiéndose las licencias propias de los movimientos lentos. Nadie diría que Vivaldi moriría en la absoluta pobreza vienesa malviviendo de la publicación de estas partituras llenas de luz y con su sello inconfundible ya en la honda del Sturm und Drang, en este caso dedicada al príncipe elector de Sajonia en su visita al carnaval veneciano en 1740.

Para la segunda parte «estrenos» para mayor gloria de Biondi nuevamente en la fórmula habitual, tres conciertos para el solista que ahondaron en mi sufrimiento de ver cómo una figura consagrada no tenía un día para el recuerdo pese a ser un referente en «Las cuerdas de Vivaldi» que titulaba el programa de mano. Tres conciertos (RV 189, RV 222 y RV 367) nunca publicados
en vida del compositor, escritos para violín, cuerdas y bajo continuo
siguiendo el esquema habitual para mayor gloria de un Biondi que brilló menos que su team, atrás llenos de detalles desde la portería y la defensa con una Paola ornamentando delicadamente y un Pinardi complementando el buen hacer de una plantilla que lució más que su capitán y estrella.

Dice la leyenda que en el pobre entierro de Don Antonio en San Esteban de Viena estaba de niño cantor catedralicio «un tal» Franz Joseph Haydn del que nos regalaron un primerizo último movimiento sinfónico donde el conjunto funcionó mucho mejor que «contra Vivaldi«. Tiempo añadido y agradecido para unos gregarios de primera que funcionan bien engranados en todas las líneas. Lástima que el espectáculo no resultase como era de esperar antes del partido, pero así es el calcio italiano

P. D. Por cuestiones de tiempo y lentitud en mi red aldeana, las fotos se subieron el día siguiente…

Inglaterra tiene sabor español

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Domingo 14 de mayo, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta Filarmónica de la BBC, Alberto Menéndez (trompa), Juanjo Mena (director). Obras de: V. Williams, R. Strauss y Elgar. Entrada de butaca: 30 €.

No creo que se necesite explicar que la BBC no se refiere al Real Madrid sino a la emisora pública británica, donde trabajó en el exilio nuestro añorado Eduardo Martínez Torner, y equivalente a nuestra Radio Televisión Española, que entre sus funciones están la de promover la cultura y en ella la música, de su país así como sus intérpretes, con orquestas y coros cuyos conciertos son grabados y emitidos en todo el mundo. El Brexit supongo que afectará a muchos músicos europeos que trabajan en el Reino Unido, pero de momento el vitoriano Juanjo Mena (portada del «Anuario Codalario» de este año y entrevistado ampliamente en el mismo) es el director titular de la orquesta filarmónica de la radio inglesa con base en Salford. Y el español traía en esta gira un programa muy british con dos pesos pesados: Ralph Vaughan-Williams  (1872-1958) y Sir Edward Elgar (1857-1934) escoltando al germano Richard Strauss (1864-1949) que además contaba como solista con el avilesino, aunque criado en Burgos, Alberto Menéndez Escribano, otro motivo más para darle sabor hispano a «los hijos de la Gran Bretaña«, siendo el doctor Ramón Sobrino el autor de las notas a este programa (enlazadas aquí) que llenó el auditorio de la capital haciendo disfrutar hasta la propina netamente andaluza en un guiño del director para con los músicos internacionales de la BBC Philharmonic Orchestra que no solo interpretan bien su música sino la nuestra.

Para comenzar como debe ser un concierto, Vaughan-Williams“The Wasps” (Las Avispas), una obertura para su «Suite aristofánica» basada en la obra teatral homónima, la burla que Aristófanes dedica a Celón de Atenas a través de los «punzantes» textos del coro formado por miembros de los tribunales atenienses, que se identifica las avispas y sus aguijones y recuerda en el inicio al famoso El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov. Como diríamos por aquí, un «orquestón» bien equilibrado (con ocho contrabajos ya se pueden hacer idea) de sonido pulido, claro, presente, bien balanceado, con secciones de calidad y solistas excelentes, bien llevados por un Mena siempre fiel a lo escrito y consolidado entre las grandes batutas dándole el empuje y calor latino necesario para que la música conjugase ironía o humor británico con el color vasco del sur para esta música incidental con diecisiete números más, digna de escucharse al completo, aunque la obertura esté bien elegida para arrancar o calentar motores como suelo decir.

De todos mis habituales creo conocido que Richard Strauss era hijo de Franz, trompa solista de la Orquesta de la Corte de Munich, por lo que parecería normal que le dedicase este primer concierto Waldhomkonzert (para trompa natural, suponemos que una broma paternofilial) que no pudo tocarlo al considerarlo difícil, aunque fuese con la trompa moderna de pistones, originalmente con piano y posteriormente orquestado, estrenándolo nada menos que Von Büllow en Meiningen (1885). El Concierto para trompa Nº 1 en mi bemol mayor, op. 11 (1882-83) del muniqués consta de tres movimientos breves y sin pausa, plenamente románticos por contrates y estructura, para lucimiento del solista que se mostró seguro, rotundo, regio y valiente en los momentos de bravura, delicado y lírico en los pasajes «cantabiles», siempre bien concertado por un Mena que impuso ritmo y coherencia a esta orquesta aterciopelada con destellos de brillantez arropando a Alberto Menéndez que ha formado parte de la misma y en la actualidad está en la escocesa. De sonido muy redondo en el instrumento jugó con toda la gama de matices, ataques y fraseos demostrando la dificultad de un concierto poco interpretado precisamente por su exigencia, que el asturiano afrontó como un virtuoso convincente.

Tras el descanso volvería el sabor y color británico, Edwar Elgar del que su Pompa y Circunstancia sea probablemente lo más conocido de su amplio catálogo, pero cuya poco escuchada Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55, de casi una hora de duración y compuesta con 50 años, dedicada a Hans Richter (que la estrenaría en Manchester el 3 de diciembre de 1908), presenta todos sus rasgos característicos e inconfundibles: una orquestación muy amplia en efectivos, lograda y plena, llena de colorido para encontrar unas texturas (incluyendo dos arpas) ricas además de esa sonoridad palaciega, pausada en el inicio, marcial más que imperial, «pomposa» y nostálgica, brumosa por momentos como si de una acuarela musical se tratase, sin perder el contorno ni la línea en temas muy trabajados que aparecerán en cada uno de los movimientos, generando esos motivos que la orquesta de la radiotelevisión inglesa fue delineando con la mano maestra de Mena. Hermosa composición de Elgar que el público dudó en aplaudir porque como comentaba después el gasteizarra, podría continuar…

Y de regalo español nada menos que la Orgía de Joaquín Turina (1882-1949) la tercera de sus Danzas fantásticas, op. 22, del piano a una orquestación, desconocida por mí, que Juanjo Mena ha llevado a los atriles ingleses y con su dirección consiguieron desplegar todo su poderío sonoro junto al sabor sevillano del cello solista, corroborando la calidad de una excepcional orquesta inglesa que crece junto a su titular, apostando también por lo nuestro en un concierto de coetáneos que siguen teniendo su hueco sinfónico.

Excelencias concertísticas

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Rusia esencial III», abono 13 OSPA, Daniel Müller Schott (violonchelo), Marzena Diakun (directora). Obras de: Bacewicz, Shostakovich y Franck.

No soy supersticioso «porque da mala suerte» y el número 13 lo asocio a lo bueno, incluso es mi fila habitual y preferida siempre que puedo, un punto medio en la distancia con el escenario, unido a una visión cercana. Así que el decimotercero de abono corroboró esta tendencia positiva con un concierto reuniendo ingredientes que auguraban algo bueno: solista de lujo, obras interesantes y una directora polaca que además de traernos música de su tierra demostraría que cuando hay preparación no existen discriminaciones, mujer al frente de nuestra orquesta en una temporada de total madurez, volviendo a recordar las entrevistas en OSPA TV tanto con ella como con el solista.

La polaca Gražyna Bacewicz (1909-1969) de la que el programa con las notas de Miriam Perandones (enlazadas en los autores al inicio) nos da unas pinceladas biográficas y su compatriota en la antes citada entrevista en YouTube©, compone su Obertura para orquesta sinfónica en 1943 pero de estilo clásico en unos tiempos convulsos y tristes, un canto a la victoria del pueblo sobre los invasores que se transmite desde una orquestación elegante, para una plantilla con abundantes metales y percusión militar en un lenguaje que yo sentí como «pre Gorecki«, de escucha amable, tonal, llena de matices y un empuje rítmico que transmitió su paisana Diakun a la OSPA, resultando además apropiado para prepararnos ante el «vendaval ruso» posterior, realmente esencial como se titulaba este programa, cuerda vertiginosa, metales poderosos, madera impetuosa y percusión precisa.

Parafraseando el eslogan, «un poco de Shostakovich es mucho», el Concierto para violonchelo nº1 en mi bemol mayor, op. 107 (1959) tiene mi edad y además llevo los mismos años de casado que con la OSPA, veintiséis que dan hondura, madurez y hasta serenidad a este transcurrir. Si además lo interpreta un cellista reconocido del que todavía recordamos su Elgar también aquí, la confluencia positiva desemboca en un auténtico placer. Daniel Müller Schott con su violonchelo «Ex Saphiro» de 1727 nos dejó un concierto de Shostakovich realmente de altura, el mismo que estrenase Rostropovich, con una excelente concertación orquestal a cargo de la maestra Diakun y una orquesta que contagió las ganas de hacer Música, con mayúsculas. Obra llena de los guiños habituales del ruso, sonidos tersos, grotescos al unir registros extremos en instrumentos opuestos, baquetas de madera en los timbales, cuerda desgarradora pero siempre clara, dibujándose con claridad y precisión los distintos motivos y el cello de Müller Schott presente, penetrante incluso en el dúo con un trompa no muy inspirado en una de las páginas más difíciles de interpretar, pero que no empañó el resultado global reconociendo lo traicionero de un instrumento donde una nota puede estropear su intervención. Siempre buscando ese color sinfónico, preparado como decía anteriormente por la obertura de Bacewick, la Cadenza colocada como tercer movimiento y en solitario nos dejó al increíble cellista haciendo reinar el silencio para asombrarnos no ya con una técnica aplastante sino desde la música en estado puro que Shostakovich escribe para el instrumento más parecido a la voz humana. La orquesta jugó, dialogó y acompañó el viaje conjunto de los otros movimientos con intervenciones solistas de altura, el ímpetu del Allegretto, la enorme gama de arcos y matices del Moderato con una trompa más centrada y la celesta ensoñadora con la languidez del cello en una orquesta aterciopelada y nítida sin perder tensión como pocas veces, finalizando en el Allegro con moto liberador de tensiones para una partitura magistralmente interpretada por todos.

Éxito de Müller Schott y dos propinas, el cello de Bach (zarabanda de la Suite 3), y un regalo de un giorgiano para gozar con la técnica del «pizzicato» en la línea de Yo-Yo Ma que nos encantó a todos, con muchos instrumentistas preguntando durante la firma de discos por esa preciosidad en el polo opuesto de la magistral e introvertida interpretación del mejor Bach en estado puro y nuevo tributo a los grandes del instrumento, aquí todavía con reminiscencias de la viola de gamba que el Ex Saphiro destila en las manos del virtuoso muniqués.

Tras la plenitud de la primera parte nada mejor que la Sinfonía en re menor de César Franck, la orquesta pensada desde el órgano, el juego de lengüetería y metales cual teclados y pedalero con toda la gama dinámica posible presente en el balance apropiado, y Diakun la intérprete perfecta del instrumento «orgánico» respondiendo milimétricamente. Atenta al detalle dominando de memoria la obra, sacando siempre a flote el tema protagonista en la correspondiente sección o solista (impecable Juan Pedro Romero al corno inglés) de una sinfonía única, tal vez incomprendida pero capaz de emocionar con una instrumentación perfecta para la plantilla asturiana con el arpa (perfecta en el inicio del Allegretto) completando unas pinceladas de color en amplísima paleta tímbrica, como pudo dibujar la directora polaca. Destacables los crescendi ricos sin perdernos detalle, dejando «respirar» los finales con calderones subyugantes, los tutti controlados en todas las dinámicas, los temas danzables delineados al detalle, empaste en maderas capaces de «crear registros» nuevos, metales con cuerda en texturas de excelencia y una alegría desbordante en el Allegro non troppo recapitulando temas escuchados para cerrar un concierto completísimo y auténtica fiesta de cumpleaños (lástima el poco público en la sala que vuelve a ser preocupante) con invitados de lujo que esperamos repitan.

Profesores: maestros e intérpretes

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Martes 9 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo (concierto 9 del año, 1957 año 111). José María Fernández Benítez (violín), Josep Colom (piano). Obras de: Brahms, Schubert y Mozart.

Los profesores Josep Colom (Barcelona, 1947), habitual en Oviedo, maestro de maestros en una trayectoria impecable, y José María Fernández Benítez (Córdoba, 1977), compaginan docencia y conciertos, acercando su magisterio a estudiantes (muchos alumnos del conservatorio ovetense) y melómanos como así debería ser en todas partes, y teniendo la música de cámara como parte importante en sus trayectorias.

Visitando las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Gijón, verdaderos oasis musicales en peligro de extinción y auténtica escuela para todos, este dúo de violín andaluz y piano catalán nos trajo un programa con el violín como protagonista, recordando al gran intérprete húngaro Joseph Joachim, cuyo Stradivarius se escuchó en el Auditorio el pasado viernes en manos de Ray Chen, pero donde el piano comparte protagonismo.

Brahms resultó el auténtico plato fuerte, comienzo y final. El “Scherzo”, de la Sonata FAE, que fue concebida, como indican las notas al programa, por Schumann como regalo para Joachim «en una suerte de unión del talento musical del propio Schumann (Intermezzo y Finale), Albert Dietrich (el inicial Allegro) y de Johannes Brahms (el scherzo que hoy nos ocupa), parte que sin duda es la que con el tiempo ha vivido mayor fortuna y suele interpretarse como pieza separada». Continúan las notas diciendo que «los tres compositores amigos tomaron el lema de Joachim «Frei aber einsam» (libre pero solo) para obtener el tema principal de la sonata (fa-la-mi). El 28 de octubre de 1853, en casa de los Schumann, con Clara al piano y el propio Joachim al violín, fue presentada la sonata por sus autores a su dedicatario, que adivinó sin problema alguno quién era el autor de cada uno de los movimientos». La tapa acústica del piano abierta totalmente nos permitió apreciar la inmensa gama dinámica del compositor alemán en ambos instrumentos, puede que algo oscuro el violín en los pianísimos pero presente y consistente, impulso vital y momentos cantabiles realmente logrados.

La Sonata Gran Dúo en la mayor, D. 574 de Schubert es habitual en los programas de los grandes intérpretes solistas que se unen para disfrutar juntos la música de la Viena romántica, presentes los recuerdos beethovenianos del malogrado Franz, diálogos desde el juego melódico y nueva demostración de Música con mayúsculas a cargo de Fernández Benítez y Colom, el Teatro Filarmónica cual salón de una de aquellas “schubertiadas” (las fiestas de música y poesía organizadas por el compositor vienés) a la que estuvimos invitados. Limpieza en los fraseos, exactitud en las duraciones, el rubato ensamblado y entendido con delicada precisión más la unión discursiva de los cuatro movimientos en esta joya que el propio compositor no pudo ver en vida, pese a considerarse una de las preferidas de su autor. De nuevo quiero citar las notas al programa: «Schubert es Viena. Nace, vive y muere en la que ya entonces es capital musical europea, Así, podemos decir que su música es Viena en puridad. Aspectos de su vida y personalidad nos hablan de un autor atormentado y brillante, de corta vida -muere a los 31 años- y prolífico como pocos, que la historia de la Música ha dejado como paradigma del infortunio y el trágico destino, prueba de ello es la famosa anécdota que se le atribuye de su proposición de brindis tras el entierro de Beethoven por el próximo en ser enterrado, sin saber que estaba brindando por sí mismo. Paradigma de ese infortunio puede ser la historia de este Gran Dúo, escrito en agosto de 1817 -con veinte años- pero que fue publicado, póstumamente en 1851 y estrenado en 1864. Sin duda recordaremos a Beethoven escuchándolo, pero estaremos ante Schubert o en Viena, que es lo mismo, desde el mismo principio de la obra, cuando los envolventes cuatro primeros compases del piano den entrada al tema del violín que nos situará en una schubertiada, plena de delicadeza musical».

Otra partitura de las que se agradecen en estos conciertos es la Sonata en mi mayor, K. 304 (Mozart), con dos movimientos, el “Allegro” conocido -e incluso tarareado por mis vecinas de localidad- más el “Tempo di Menuetto”, que bisarían como propina, abriendo la segunda parte. Verdadera joya del Clasicismo que guarda la siempre engañosa sencillez del genio de Salzburgo con la profundidad que marcaría su inmensa producción. Escrita en París en 1778 cuando Mozart buscaba un trabajo estable y marcado por la muerte de su madre, es una de las más destacadas obras de cámara del joven Wolfgang. Independientemente de ser anterior o posterior al hecho luctuoso sí podemos apreciar cierto sentimiento de ausencia. Si se habla de «sencillez formal y profundidad expresiva de una forma que merece resaltarse dentro de su catálogo», diría que la sencillez estuvo en una ejecución sustentada en el conocimiento y el entendimiento, mientras la profundidad expresiva en la unidad sonora engrandecida por dinámicas y fraseos claros, complementarios para los dos movimientos expuestos por dos maestros para quienes la edad no es distancia sino un plus de madurez que redunda en la calidad interpretativa, dejándonos por partida doble ese “Menuetto” exquisito bisado como propina. Mozart siempre nos transmitirá alegría y colocarlo entre Brahms predispone oído y sentimientos antes de un final realmente poderoso.

Porque la Sonata nº 3 en re menor, op. 108 (Brahms) fue la segunda joya musical del alemán afincado en Viena, como no podía ser menos, engarce técnico y expresivo de un diamante que brilló con luz propia y dispuesto a degustarse con pasión, disfrutando del entendimiento en estado puro entre el pianista catalán y el violinista andaluz para encajar tiempos y estilo en una ejecución desde la honestidad y el respeto por la partitura, unido a la musicalidad que ambos profesores atesoran. Si el lirismo y la fuerza marcaron el «Scherzo» que abría concierto, en la sonata de cierre fueron pasión y vehemencia, destacando especialmente el «Adagio» y el «Presto agitato» de auténtico encaje de bolillos, balances, diálogos, hondura y perfecta lección de cómo abordar una sonata a dúo, Josep y José María.

P. D.: Comentar que dejo este escrito nada más concluir mi crítica para LNE, limitada por el espacio, que no así en el blog, reorganizándola para no resultar idéntica además de sumar las posibilidades que da Internet de poder colocar enlaces a biografías, obras y fotos propias. La «subida» al blog queda programada para después de la prensa escrita.

Miércoles, 9 de mayo, 1:33.

Crítica aparecida en la edición de Oviedo el 11 de mayo de 2017:

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Los acentos del órgano

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Sábado 6 de mayo, 21:00 horas. S. I. Catedral de León.«Catedral de León 2017: El Misterio de la Redención»: Integral para órgano de Olivier Messiaen (1908-1992): Livre d’Orgue IIGiampaolo Di Rosa (órgano). Organiza: Cabildo S. I. Catedral de León, dirección artística: Samuel Rubio.

Cuarto concierto en «el bicho de KLAIS«, y segundo dedicado al Livre d’Orgue tras el primero del viernes, del que las notas al programa comentan que «es probablemente el ciclo de mayor complejidad, distinto de todos los demás: sus siete episodios están construidos fundamentalmente sobre la especulación y la técnica combinatoria, con un tratamiento rítmico extremadamente diverso. Fue escrito en 1951 en los paisajes de los Alpes y del Delfinato, cuando el compositor fue invitado a impartir cursos en Darmstadt, renombrada sede de la vanguardia musical de la época. Hay que subrayar el uso del lenguaje dodecafónico, de los ritmos hindúes, así como de los ritmos irracionales, del canto de los pájaros y de la superposición de las duraciones de los tiempos sonoros. Los episodios desde el segundo al sexto, se refieren al tiempo litúrgico indicado, mientras el primero y el último son meramente abstractos».

Si el día anterior se ofrecían los cuatro primeros, este sábado casi familiar en «la Pulchra Leonina» llegaban los tres últimos presentados antes del concierto por el director artístico antes de pasar a escuchar la vigorosa interpretación del organista «castellano-italiano», nuevamente generoso en el trabajo técnico que no todos sus compañeros se atreverían, pero especialmente en la búsqueda de registros que «el bicho» guarda, ideales no ya para el propio Messiaen sino aplicables en un repertorio amplísimo que enriquecen lo escrito, arduo trabajo de todo organista y tan importante como la propia ejecución.

La magia del número tres, trío como forma compositiva y simbología de la Santísima Trinidad plasmada en la V. Pièce en trio (pour le dimanche de la Sainte Trinité). Ni Messiaen ni Di Rossa olvidan la numerología para buscar ese uno y trino, unidad expositiva jugando con tres teclados donde el pedalero completa una «divinidad sonora» a partir de la inmovilidad, la contemplación de un glaciar alpino por parte del compositor en un ejercicio de meditación desde un lenguaje que transcurridos más de 60 años sigue resultando rompedor, y los tubos consiguieron generar un clima gélido de tensa calma, más allá del tiempo litúrgico para el que se empleó trascendiendo a lo etéreo desde las notas del órgano.

Nuevamente la inspiración en la liturgia y la Biblia, algo inherente a Messiaen, esta vez a partir de «El carro de fuego» del profeta Elías, un relato musical en lenguaje original del francés, las lenguas de Pentecostés casi como las del anterior glaciar, VI. Les Yeux dans les roues (pour le dimanche de la Pentecôte), la forma tocata grandiosa a lo largo de la historia del órgano y probablemente una de las partituras más complicadas de Messiaen que el organista italiano desarrolló en todo su esplendor. La anécdota de su interpretación en Finlandia para solamente nueve personas que resultaron ser compositores puede ilustrarnos la grandeza de esta obra para nuestro tiempo como fuente de estudio en la búsqueda de sonoridades y ritmos, algo en lo que Di Rosa sigue demostrándonos ser un mago investigando en el KLAIS, infinitas combinaciones para encontrar la adecuada en cada pasaje y cada fragmento. Fuego purificador, destructor y santificador, rara limpieza tras la quema cual castigo del que renace vida; transportado a los sonidos Messiaen consigue desde una meditada irracionalidad entretejer vibraciones en todo el espectro tímbrico y sensaciones este sábado ubicándome en el coro, sintiendo todavía más cercano el empuje del aire en los tubos, el viaje en un arrebato al primer cielo, el atmosférico, las cuatro fachadas soplando aire mágico entre vidrieras y muros catedralicios leoneses.
Faltaba el último número del Libro de órgano, verdadero manual del intérprete, la meditación profana ante una naturaleza veraniega, unos campos que se pierden en el horizonte y la sensación de bochorno en pleno estío, calor y color hechos música en VII. Soixante-quatre durées, una paleta de registros extremos de flautados y fagotes, sesenta y cuatro cromatismos en otro juego númerico junto a pastorales en el idioma dodecafónico más allá de la obsesión siempre presente de traducir el ininteligible canto de los pájaros de Messiaen. En esta página Giampaolo logró sonidos cautivadores desde las disonancias y la inmaterialidad de la contemplación más el juego de expresiones, plasmar lo ingrávido e inalcanzable de un horizonte sin un momento de respiro para el oído, exigente para público e intérprete porque la música de órgano de Messiaen es tan inabarcable como lo que pretendidamente quiere plasmar, más con el empleo de medios tonos que provocan la incomodidad contrapuesta.

Y para finalizar siempre la esperada Improvisación, esta vez sobre el canto popular leonés del Himno a la Virgen del CaminoGiampaolo Di Rosa, manteniendo aún el espíritu de Messiaen comenzó a navegar por los registros más insospechados del KLAIS y casi pudimos escuchar campanas, bandas de música, voces sin letra, el asombro de seguir descubriendo sonidos y ambientes, viajes de ida y vuelta en cascadas que el organista explorador y virtuoso emprendía desde la melodía popular recreando diálogos en los extremos, silencios evocadores y explosiones en lleno haciendo vibrar todo el cuerpo de un público fiel que está asistiendo cual apóstoles del evangelio de Messiaen en su totalidad.

«Y aún más que los acentos del órgano y la música
sagrada, conmovióme aquel silencio místico
que llenaba el espacio de indefinidas notas
tan solo perceptibles al conturbado espíritu»
(Rosalía de Castro)

La Ascensión y Pentecostés volverán en junio a la Catedral de León con Di Rosa cual predicador bíblico de Messiaen.

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