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En manos femeninas

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Miércoles 17 de marzo, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: «Mujeres en Música«, Oviedo Filarmonía, Isabel Rubio (directora). Obras de Fanny Mendelssohn, Raquel Rodríguez y Florence Price. Entrada butaca: 10 €.

El mundo es femenino y la música también, de compositoras e intérpretes, también de directoras de orquesta. Todos los días son suyos y deberíamos reconocer que sin ellas no habría vida. Se abriría la velada rindiendo homenaje a la recientemente desaparecida y muy querida Concha Quirós, todo un símbolo de la cultura, también en femenino, en esta Vetusta literaria y melómana, nombrada hija adoptiva en compañía de tres predilectos unidos a la música. Pero este miércoles era femenino y plural, así pues bonito recuerdo de Conchita con palabras suyas escritas por los trabajadores de su centenaria Librería Cervantes en boca de varias mujeres de la orquesta carbayona y proyección de unas fotos que reflejan la pasión por los libros, por la vida, de esta ilustre ovetense universal.

Y la música sonó en un teatro lírico por excelencia aunque su acústica no sea la ideal para el mundo sinfónico tras tantos años disfrutando del auditorio, pero que vistió de gala para una tarde en buenas manos, en las de ellas, compositoras de ayer y hoy, atemporales como sus partituras, comandadas por una joven directora murciana sobradamente preparada, fogueada, trabajadora, implicada, que sacaría de la Oviedo Filarmonía lo mejor de esta formación versátil, madura y lista para ofrecer un concierto de altura sin más género que el musical.

Fanny Mendelssohn (1805-1947) con su Obertura en do mayor caldeó el ambiente y calentó motores con aires de clasicismo romántico, Isabel Rubio (Murcia, 1989) atenta a cada detalle y la orquesta respondiendo, arranque sobrio abriendo paso a unas agilidades que pusieron a prueba cada sección, mostrando un sonido compacto bien delineado por una batuta precisa y una mano izquierda sutil en esta página exigente, chispeante y juvenil.

A continuación un estreno de la ovetense Raquel Rodríguez (1980), Mensaje interestelar, parte del «Proyecto Beethoven» encargo de la propia Oviedo Filarmonía con motivo del 250º aniversario del nacimiento del compositor (que quedó pospuesto en agosto pasado por la pandemia pero que finalmente nació este miércoles). Más allá de etiquetas, perfectamente imbricada en un programa con las otras dos compositoras, la partitura de la compositora asturiana demuestra el buen oficio y conocimiento en todos los aspectos: elección de una plantilla sinfónica donde suena todo «sin experimentos», dando forma a melodías claras, orquestación poderosa, armonizaciones académicas, dominio de la instrumentación, experimentación con el sonido de forma natural y una carga expresiva que la directora murciana llevó con precisión, sacando cada detalle a la luz, manteniendo el balance adecuado al que una plantilla un poco más numerosa en la cuerda, más la acústica ideal, hubiese dado mayor brillo a esta partitura cuajada de guiños históricos pero actuales, sin abstracciones ni búsquedas de texturas, clímax orquestales con dinámicas variadas, presencia de un arpa algo «apagada» pero imprescindible, gran percusión tratada con mimo realzando ese universo sonoro con la vuelta de la historia enviada al espacio, vientos bien empastados y enlazados, y una verdadera explosión sinfónica que tendrá que programarse más veces. Se notó que Isabel Rubio ha trabajado codo a codo con la compositora, interiorizando su obra y exigiendo a la orquesta todo lo que esta obra refleja y esconde, ese «¡Aquí estamos!«, que gracias al Ayuntamiento de Mieres y el Ateneo Musical mierense pudimos constatar en el encuentro que ambas tuvieron el pasado domingo en la villa de Teodoro Cuesta. Merecidos aplausos para ellas, compositora, directora y orquesta tras esta gran obra de repertorio en una carrera de larga trayectoria pese a la juventud de las dos, con mucho futuro y toda una vida por delante a las que deseo muchos éxitos.

Para cerrar, una página poco escuchada, agradecida, llena de guiños y recuerdos americanos, la Sinfonía nº1 en mi menor de la compositora Florence Price (1887-1953), otra luchadora, afroamericana, en tiempos difíciles que parecen no terminar, con una biografía de novela a la que su pasión musical ayudó a ganarse un nombre musical en los Estados Unidos de los albores del siglo pasado.

Cuatro movimientos de sonido «genuinamente yanqui», donde podemos recordar en los dos extremos al Dvorak del «Nuevo Mundo», misma tonalidad, melodías conocidas y reconocibles, e incluso solos de oboe con esa inspiración en los nativos de las praderas, comenzando con el Allegro (ma) non troppo, rítmico de aires «indios» o el Finale: Presto verdaderamente impetuoso, pasando por el segundo Largo, Maestoso con una fanfarria realmente bien interpretada por los metales y maderas verdaderos protagonistas, unido a unas delicadas campanas y una cuerda sutil de la Oviedo Filarmonía, y un tercer movimiento, Juba Dance: Allegro  exultantemente alegre, con reminiscencias de esclavos africanos en el algodón o la fiesta en las cantinas del Far West, solo de viola incluido, que firmaría el mismísimo Copland aunque sin tanto músculo ni brillo, más bien en la línea de Grofé. Pasajes bien construidos y mejor llevados por Isabel Rubio con verdadero mimo, cuidando el sonido (como en un pasaje donde la madera discurre del agudo al grave con total homogeneidad tímbrica), el empuje de una cuerda clara y esas danzas que las películas «de indios y vaqueros» han hecho plenamente nuestras, una banda sonora que Florence Price engarzó y enraizó en su tierra dándonos esta sinfonía «Made in USA» con una dirección impecable, precisa, clara y entregada que tuvo la respuesta esperada de la Oviedo Filarmonía nuevamente con Marina Gurdzhiya de concertino.

Si la murciana agradeció la presencia de todos y el placer que supone seguir haciendo música en la capital asturiana, «Cultura Segura» una vez más, como propina bisó esa Danza Juba homenaje a los esclavos negros desde la libertad femenina que hizo las delicias de todos, dejándonos un excelente sabor de boca.

Dos por uno casi de saldo

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Viernes 12 de marzo, 19:00 horas. Concierto Extraordinario I, «Hecho en Asturias«: OSPA, Martín García (piano), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 5€.

No es habitual escuchar dos conciertos para piano y orquesta en una misma velada, lo que siempre es de agradecer, y más con intérpretes asturianos, pero no hubo suerte en este primer extraordinario de la OSPA donde Daniel Sánchez Velasco comandaba a sus compañeros y el solista Martín García (todavía en mi recuerdo en octubre de 2008 y agosto de 2009) afrontaría con desiguales resultados este verdadero reto, comenzando con Mozart y su Concierto para piano nº 23 en la mayor, K. 488, bien arropado por una orquesta empastada y equilibrada en todas sus secciones, que volvía a contar con Xabier de Felipe de concertino invitado.

Desconozco si el pianista no estuvo cómodo con el Steinway pero adoleció de una sonoridad limpia, un ímpetu que no casa bien con las exigencias «puñeteras» del genio de Salzburgo, aunque sí apuntase momentos cálidos siempre difíciles de concertar desde el podio, pero el balance no fue correcto (las dinámicas extremas sufrieron) ni tampoco hubo el entendimiento esperado. Destacar el bellísimo Adagio central aunque globalmente faltó poso y peso pese al ropaje tímbrico de una plantilla orquestal ideal para este concierto que por momentos difuminó al gijonés.

Beethoven siempre son palabras mayores tanto al piano como en lo sinfónico. Su aniversario quedó incompleto y casi inadvertido mundialmente por las cancelaciones del Covid, y este viernes su Concierto para piano no 5 en mi bemol mayor, op. 73, “Emperador” no llegó a príncipe ni siquiera infante. De nuevo la orquesta vistió al solista con sus mejores galas, pero se agrandó la brecha mozartiana inicial, faltó más entrega y precisión tanto en la concertación con el piano como en el papel del pianista pese a los esfuerzos desde el podio y el concertino. Sensaciones agridulces donde se esfumaron demasiadas notas que dejaron huecos irrellenables (ni siquiera con los timbales), faltando mano izquierda a pares: el pianista no encontró el equilibrio necesario en unos graves que sí completó la cuerda, pero cada entrada solista parecía precipitarse sobre el teclado y los finales de frases no siempre a tiempo ni encajando el tutti pese a unos tempi ideales para poder disfrutar cada movimiento. Por buscar una explicación a esta decepción de un prodigio al que los años no parecen haberle sentado bien, puede que el jet lag haya influído en el resultado, tal vez cierta incomodidad o el estado ánimo que tanto incide en los músicos, pero mis sensaciones no fueron buenas.

Se necesita urgentemente cubrir las plazas vacantes (que la pandemia parece alargar) porque sería desaprovechar una plantilla que volvió a demostrar generosidad, calidez y entrega, pero sin mando en plaza los resultados no son los que hubiese deseado para estas dos páginas tan especiales donde ni siquiera brilló un adagio un poco moto que quedó huérfano cayéndose literalmente de lento y soso.

Y en esta tarde de dos por uno, todo a pares, incluyendo las propinas con el piano solo que tampoco disiparon mis dudas, una primera de aires románticos en la línea del Martín compositor en «La Juilliard» y una Navarra de Albéniz atropellada, sin madurar, en cierto modo sucia además de carecer de la sonoridad apropiada para esta biblia del piano que requiere toda una vida para atreverse a interpretarla.

Una ocasión perdida donde la belleza de las obras no tuvo su recompensa para este musicógrafo que también sufre cuando sus expectativas no se ven colmadas, siempre desde el mayor respeto a los intérpretes, aún más siendo «de casa» aunque mi memoria musical y el impagable directo me sigan llenando una mochila con recuerdos incomparables e irrepetibles.

Oviedo sonó anglosajón

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Sábado 6 de marzo, 19:00 horas. Los «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Nicolás Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Elgar y Schumann. Entrada butaca: 12 €.

El público asturiano sigue necesitando de la música en vivo y sabe que la cultura es segura, por lo que este sábado y con todas las medidas de prevención impuestas, acudió al auditorio ovetense para disfrutar de un concierto en torno al franco alemán Nicolás Altstaedt en su doble faceta de violonchelista y director al frente de una Oviedo Filarmonía (con Marina Gurdzhiya de concertino) que sigue sacando músculo en estas obras agradecidas y conocidas de todo melómano.

El famoso Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Edward Elgar (1857- 1934) es una obra compuesta en 1919 tras la Primera Guerra Mundial, cuando su música había pasado de moda,  en contraste con su concierto para violín, pero que en los años 60 Jacqueline du Pré rescató convirtiéndose en una de las grabaciones de música clásica más vendidas, y desde entonces los violonchelistas han caído rendidos al poderío de esta obra. Concierto contemplativo y elegíaco que contando con el propio solista como director hizo de él una recreación personalísima en sus cuatro intrincados movimientos (Adagio – Moderato // Lento – Allegro molto // Adagio // Allegro – Moderato – Allegro, ma non troppo – Poco più lento – Adagio), difícil conducir de espaldas pero con la colaboración de Gabriel Ureña que ejerció de alter ego al frente de la sección de chelos, empatía y conocimiento de la obra, para poder encajar a la perfección una composición donde la orquesta funde tímbricas con el solista. Comienzo con un corto pasaje para el violonchelo marcado como «Nobilmente» en un gesto entre asertivo y malhumorado que decía el propio compositor, inicio declaración de intenciones que vuelve brevemente en el segundo movimiento y también al final, así entendidos por Altstaedt, contrastando con la austeridad del tema principal a cargo de unas violas muy sólidas. Resignación y amargura que parecen mezclarse en Elgar aunque siempre brillando la esperanza. Bien empleado el material rapsódico en el violonchelo con su pizzicato y posterior movimiento virtuoso. En los movimientos lentos surge el aire meditativo y de búsqueda interior que el chelo recrea como pocos instrumentos y el maestro exprime en su doble y difícil faceta de solista y director, final notable de ricos contrastes con ese tema principal enérgico, la cadencia acompañada y el retorno de parte de los materiales del movimiento lento, así como esa primera idea con la que comienza el Concierto, para después permanecer con la profunda melancolía que impregna la obra, ese final tan del temperamento «british»  del propio Sir Edward con esta obra incomprendida en su momento e imprescindible en los actuales. Sonido delicado siempre presente el de Altstaedt, interiorizado y carnoso pero igualmente presente ante la complicidad de una orquesta que escuchó al director y un público en silencio sepulcral (bienvenidas las mascarillas) para captar la amplísima paleta dinámica desplegada desde el escenario. Solos en la madera de enorme calidad, metales bien empastados aunque no siempre contenidos, y una cuerda homogénea compartiendo una sonoridad muy británica para esta versátil orquesta ovetense que diez años después de Haider camina hacia la excelencia.

Y una propina inesperada, no con Altstaedt al cello pero manteniendo el ambiente «londinense» previo, sino con el Minueto de la Sinfonía 95 en do menor, Hob.I:95 de Haydn para agradecimiento y lucimiento de Gabriel Ureña que en su solo volvió a mostrarse dominador, colaborador y fiel continuador de un Altstaedt sentado en la tarima asintiendo y dejando a la orquesta disfrutar de este inusual regalo que sirvió de puente a la siguiente sinfonía.

La Sinfonía n.º 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann (1810 – 1856), fue estrenada por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846, bajo la dirección de Félix Mendelssohn, incansable promotor de la música de su amigo y que en momentos tiene pasajes muy suyos pero también bajo la sombra de su admirado Beethoven, cerrando la primera generación de los sinfonistas románticos alemanes. Tras la revisión once días después añadió cambios en la orquestación añadiendo tres trombones, dejando una plantilla que permanece ideal para los cuatro movimientos (Sostenuto assai – Allegro ma non troppo // Scherzo: Allegro vivace // Adagio espressivo // Allegro molto vivace).

Altstaedt sin necesidad de batuta pero con esas manos grandes y poderosas fue trabajando minuciosamente el sonido, desde la aparición de las trompetas en «pianissimo» arropadas por una cuerda sedosa hasta el impetuoso final. Balances bien logrados y tempi ajustados para poder escuchar cada sección con claridad en esta segunda sinfonía Zwickauer tras la «primaveral» primera. Temas sombríos hábilmente orquestados (maderas y metales a dos con los citados tres trombones), adoleció de más músculo en la cuerda para la grandiosidad de la partitura pero mejoró en el segundo movimiento, ritmo acusado, bien marcado y entendido desde el podio, energía contagiada por Altstaedt, violines limpios, contrastes claros, «scherzo de latigazo» como se ha definido, antes del anhelado y estático adagio mucho más equilibrado, con un oboe inspirado, un clarinete en la misma línea, y las trompas bien ensambladas, siempre arropados por una cuerda aterciopelada que el director se encargó de subrayar, y ese final triunfante «en el que vuelvo a ser yo mismo» como escribió Schumann, refiriéndose al hecho de que había sufrido otro ataque de nervios y un período de inercia creativa después de completar el Adagio cerca de Dresde. Fue un ser seguro y magistral por un breve tiempo, menos de un año, después del cual la oscuridad se cerraría de nuevo a su alrededor pero dejándonos esta segunda que globalmente me dejó buen sabor de boca y la constancia del feliz entendimiento y excelente trabajo de Nicolas Altstaedt con la Oviedo Filarmonía en este repertorio que no puede faltarnos.

Miopía musical

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Viernes 26 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu IV: OSPA, Eva Meliskova (violín), Óliver Díaz (director). Obras de Stravinsky, Bach y Mendelssohn. Entrada butaca: 15 €.

Echando fuera este febrero sinfónico con un programa explicado por Óliver Díaz, cubriendo la cancelación de Lina González-Granados, que pareció no encajar en los planes salvo por el dicho de que «cuando más es menos«. Y es que este cuarto de invierno comenzó con una orquesta de cámara (15 músicos con el granadino de la BOS Samuel García como concertino invitado) y bien enfocada, para ir perdiendo «visión» en la siguiente, donde una cuerda sin clave ni atino pareció que se me empañasen las gafas (y no por la mascarilla) finalizando con ellas totalmente caídas ya desde el pleno de la formación asturiana.

Todo apuntaba bien con Igor Stravinsky (1882-1971) y su Concierto en mi bemol “Dumbarton Oaks” 8.v.38 , obra regalo para los 30 años de matrimonio de los mecenas y melómanos Robert Woods Bliss y Mildred Barnes (como bien recuerda David Rodríguez Cerdán en las notas al programa), los mismos que cumpliré yo en nada aunque sin el poder adquisitivo de los norteamericanos pese a obsequiarnos siempre con música, y tres décadas igualmente de la formación asturiana. Con esta plantilla camerística la obra neoclásica del ruso sirvió para que el maestro carbayón se desenvolviese cómodo y cómplice con los músicos, acertando en los tempi ciñéndose a las propias indicaciones (I. Tempo giusto – II. Allegretto – III. Con moto) y alcanzando buenas dinámicas de los primeros atriles así como una versión ágil y colorista de este concierto por el que no pasan los años e inspirado en los brandemburgueses de Bach.

Johann Sebastian Bach (1685-1750), Mein Gott, y su música siempre serán palabras mayores, tributo obligado tras Stravinsky, pero nuestros oídos se han acostumbrado a una sonoridad específica de la que la OSPA carece en estos tiempos, a pesar de la calidad de la cuerda astur, pero hay que trabajar en otra dirección para darlo todo. El Concierto para violín nº1 en la menor, BWV 1041 sin clave se queda cojo, miope, el estilo está alejado igualmente del habitual en los conciertos del director asturiano y para peor suerte, la ayudante de concertino no estuvo a la altura esperada como solista en esta joya para su instrumento. Insegura, partitura en el atril, perdida y sin pulsación, los tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) fueron una lucha por mantener el tipo, contagiando el desánimo, la indecisión y olvidando que la matemática musical bachiana no admite decimales, ni siquiera en el central aún más desnudo sin el sustento del «martinete». Una pugna desigual donde faltó pulsación, sonido, interiorización, orden y concierto, sumando una lectura desde el podio donde la gestualidad de las manos no correspondía ni alcanzaba la respuesta orquestal deseada: ligados que no deberían, fraseos turbios, sonoridades mezcladas, turbias, borrosas, y una versión horrenda que ni siquiera en tiempos de Stravinsky se hubiera aprobado. Comentaba con mis vecinos de butaca además de amigos, que incluso cuando apenas se encontraban claves, el mismísimo Casals utilizaba el piano en el continuo para un Bach con el que desayunó toda su vida. Ese vacío se nota porque el propio teclado con sus acordes característicos ayuda a mecanizar ese ritmo barroco puro del que careció todo el concierto, pensando que una semana de estudio con el metrónomo sería buena penitencia impuesta por El kantor de Santo Tomás.

Como acto de contrición para el desenfoque auditivo, Meliskova volvió al mismo Bach, esta vez con la «Chacona» de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, al menos el castigo no fue compartido pero el pecado quedó sin la absolución (ni la graduación deseada ante semejante miopía musical).

Tal vez el primer apóstol de nuestro dios Bach, Felix Mendelssohn (1809-1847), esperábamos que bajaría a centrarnos en la tierra con todo el equipo orquestal para encaminarnos con su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56, «Escocesa», pero la visión siguió pequeña, casi tan diminuta como la partitura de bolsillo en el atril del director, una versión miniaturizada donde los paisajes pintados por Turner o Constable parecieron volverse apuntes impresionistas por el desenfoque, bocetos más que grandes lienzos de museo para esta sinfonía «galesa» tras un Brexit musical.

Los cuatro movimientos (I. Andante con moto – Allegro un poco agitato; II. Vivace non troppo; III. Adagio IV. Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai) fueron discurriendo con algunas pinceladas claramente dibujadas, pero la sonoridad continuó difusa pese a la ligereza del trazo, solo destacable el tiempo lento ubicado en tercer lugar, más contemplativo y reposado perfilado, con cierto colorido solista que embelleció unas estampas irreconocibles. Agradecer el esfuerzo del maestro Díaz por responder raudo a sus paisanos y amigos, pero espero recuperar mi visión bien graduada para que el refrán de «No hay quinto malo» se cumpla el día del padre con Lugansky y el gran Perry So.

Lucha de egos

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Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPA, Denis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

El flamenco de satén

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Viernes 5 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Tempo Rubato, Mayte Martín (voz), OSPA, Joan Albert Amargós (director). Entrada butaca: 15 €.

No importa la espera cuando algo se desea, ni el tiempo que nos ha tocado vivir podrá quitarnos los encuentros con el recuerdo disfrutando de veladas como este «flamenco universal» que suponen el aire fresco para respirar.

Soy un seguidor acérrimo de Joan Albert Amargós (Barcelona, 1950) desde que le escuché los arreglos para Paco de Lucía y su hermano Pepe, también con Camarón, a los teclados innovadores de mis años jóvenes que denotaban el «alma flamenca«, haciendo jazz de Colors con Carles Benavent, nuevos discos como Agüita que corre siempre con el bajista español más libre e innovador de todos los tiempos (Zyryab imprescindibe), también grabando desde Sole Giménez al Noi del Poble Sec, pasando por Ana Belén cantando zarzuela-pop,  y especialmente sus impresionantes arreglos entre los que quiero destacar a mi paisano Victor Manuel en Vivir para cantarlo (grabado en vivo con la OSPA y el Coro de la FPA) o el inimitable Serrat sinfónico seguido por el de Miguel Hernández Hijo de la luz y de la sombra, sin olvidarme de su participación en la clausura de los Juegos de Barcelona 92 o el «descubrimiento» de Miguel Poveda en las Coplas del querer con Chicuelo. Y supongo que muchísimas joyas más aunque todas las anteriores puedo presumir de tenerlas. Amargós músico sin etiquetas, de gusto infinito acompañando y arreglando, capaz de vestir a medida cualquier voz y estilo, elevándolo a la alta costura, respetando siempre al cantante con la maestría y sencillez de solo unos pocos, querido y admirado por todos.

La propia Mayte Martín (Barcelona, 1965) dice que «el flamenco es mi origen, no mi yugo«, por lo que sin ataduras ni complejos, libre como lo escribe Agustín García Calvo, me enamoró con Omara Portuondo en Tiempo de amar, rompió ataduras con Tete Montoliú cantando Free boleros y es siempre un placer escuchar su voz única que hace suyo todo lo que canta, propio o ajeno.

Encontrarse con Amargós en Barcelona supongo que era previsible, componiendo sin prisas, guitarra en mano e intercambiando partituras que tomaron forma para una cuerda camerística, guitarra y percusión que darían «Tempo Rubato», su penúltima apuesta cuyo último premio hemos podido tener en Oviedo al elevarlo a sinfónico con la cuerda de satén y seda asturiana, hoy comandada por el «Quiroga» asturiano Aitor Hevia, concertino invitado de casa, vistiendo el maestro las once poesías hechas canciones por la cantaora, y dos complementos imprescindibles para esta pasarela flamenca: Alejandro Hurtado (guitarra) y Vicens Soler (percusión), con la amplificación adecuada (apenas algún acople al inicio) y la OSPA al servicio de Mayte Martín mimada por el maestro Joan Albert Amargós. Poesía de Rafael de León a Lorca, Nuria Canal a la propia Mayte, y un increíble tango de Gardel y Le Pera (Sus ojos se cerraron) sin ruptura en esta primera parte de microrrelatos que la voz de la barcelonesa paseó con pellizco y duende catalán, el de un flamenco llamado de fusión más como disculpa que real, tan mediterráneo como el andaluz o tan arraigado como el extremeño, pues la música no tiene etiquetas salvo la elegancia del ropaje tejido a medida por su paisano.

Y es que los arreglos de Amargós nos permitieron gozar de la sonoridad aterciopelada de toda la cuerda sonando como un gran cuarteto, con intervenciones solistas de los primeros atriles, Aitor Hevia, Héctor Corpus, María Moros y Maximilian Von Pfeil, con unos contrabajos potentes y la guitarra de Hurtado plenamente integrada en una tímbrica global elegante, sobria, con las pinceladas de Solé, canciones con el único hilo conductor de vestir la poesía cantada y hacerla flotar con el color adecuado a cada momento. Hasta la propina de SOS más que grito de socorro fue un sentimiento de paz.

De las decenas de versiones que guardo además de las escuchadas, El amor brujo de Falla siempre me ha llevado a preferir las voces flamencas, naturales, sin academicismos y en la tesitura justa, el color del pueblo (me quedo con «La Jurado» y López Cobos para la película de Saura aunque también la de otra grande que cantó con la OSPA como Carmen Linares), y en esta línea disfruté con Mayte Martín, más que Fuego fatuo, la OSPA dúctil e integrada en la dinámica de la primera parte, solos de altura en todas las secciones inspiradas, fluidas, bien balanceadas por un Amargós inteligente, preciso, colorista, vital y sin etiquetas capaz de aportar con la cantaora un Falla catalán de tablao sinfónico en la capital asturiana, inspiración creativa, compositiva e interpretativa para este rubato que me sigue haciendo omnívoro. Las mascarillas se olvidan, las penas se aparcan, lo «jondo» trasciende, el arte cura y la cultura es segura. El Carnaval también será distinto.

Pires, historia del piano desde la elegante sencillez

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Sábado 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires. Obras de Schubert, Debussy y Beethoven. Entrada butaca: 28 €.

Un regalo de cumpleaños volver a disfrutar de «La Pires«, una pianista increíble que volvía a «La Viena del Norte» español, escribiendo una historia que es la de su vida y la del piano mismo: juventud y futuro desde una madurez donde cada nota es un mundo, cada frase un descubrimiento, cada sonido belleza sublime, todo desde esa sencilla elegancia de la portuguesa que hace parecer fácil lo difícil transportándonos a un mundo único donde el público vive unas emociones imposibles de describir con palabras porque es la música su única definición.

El programa elegido resultó toda una declaración de intenciones y un legado en tres fases si se me permite calificarlas así:

Juventud

F. Schubert: Sonata para piano nº 13 en la mayor, D 664, el ímpetu jovial que bebe del Mozart puro clasicismo y la admiración por el amigo Beethoven. Solamente Maria João Pires puede ser la intérprete ideal del vienés así entendido. El Allegro moderato cristalino, perfecto equilibrio sonoro, impecable revisión, Andante sin prisas, la contemplación de la belleza hecha sonido, y ese Allegro final, vital, fogoso nota a nota, saltarín, de escalas interminables con un piano brillante de articulación increíble.

Futuro

C. Debussy: Suite bergamasque, completa, el paso adelante del universo pianístico con el tributo a la forma barroca transitando siglos desde el lenguaje abrumador del impresionismo, lo etéreo que se funde en la distancia sonora para dibujar un mundo nuevo. «La Pires» debutándola cual exploradora de todos los caminos en un mundo de 88 teclas. El Prélude moderado, rubato pausado, dibujando colores de todas las intensidades, la limpieza de un pedal mágico, los graves mantenidos para envolver un vuelo que planeaba por una sala casi sin respiración; Menuet (Andantino) parisino e hispano que bebe un «aire de Albéniz», rítmico y unificador, elegante, equilibrado, con matices sabios y sobrios; Claire de Lune (Andante très expressif) literalmente expresivo, sentido, descubriendo notas ocultas casi perdidas, respirando nocturnos irrepetibles que aportan una luz distinta desde la penumbra del escenario y esa aparente pequeñez que engrandece aún más a la dama del piano portuguesa; Passepied (Allegretto ma non troppo) jazzístico y oriental, meditativo, Debussy en estado puro, en estado de gracia como esta Pires rompedora de clichés, convincente, entregada, diáfana en su discurrir por un teclado de terciopelo pintando de colorido unos pentagramas al fin hechos música en sus manos.

Madurez

L. van Beethoven: Sonata para piano n.º 32 en do menor, op. 111, el «adiós al piano» del sordo genial, un testamento para la eternidad, inflexión de una forma y sonoridad rompedora desde el sufrimiento interior, exploración y testamento. Maria João Pires siempre única, sus tres mundos que tenían que cerrarse en esta despedida conmovedora, dos movimientos como dos joyas: Maestoso: Allegro con brio ed appassionato, el do menor apasionado en el recuerdo inicial, los elementos fugados entremezclando temas desde una forma que se rompe en sí misma, la sorpresiva reexposición sin perder nunca la identidad, así entendida de principio a fin por la lisboeta, la paleta completa de matices que sólo ella es capaz de sacar a un piano único, la evolución al mayor en un placer interpretativo siempre apasionante de vivirlo en vivo, tocando el paraíso, y después la despedida Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, seis variaciones en la engañosa sencillez tonal y complicado compás que van creciendo y variando, síncopas sorprendentes y marcadísimas, suma de individualidades sonoras de armonía básica que me hace calificar de sencilla elegancia, trinos indescriptibles que desvanecen la melodía, un legado imperecedero para generaciones posteriores, tanto de la partitura como de esta intérprete irrepetible.

Desde la madurez vendría también el regalo del Adagio Cantabile (segundo movimiento de la Sonata para piano nº 8 Op. 13), poso y peso de «La Pires» maestra, señora del piano, terapeuta en tiempos de dolor con el bálsamo de su presencia y esencia, con ganas de que hubiese finalizado esta «Patética» placentera.

Gracias Señora.

Entrevista de Andrea G. Torres para La Nueva España:

 

Honestidad musical para el arranque invernal

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Iviernu I, OSPA, Juan Barahona (piano), Christoph Gedschold (director). Obras de Rachmaninov y Dvořák. Entrada butaca: 15 €.

Con homenaje a la recién fallecida Inmaculada Quintanal (La Felguera 1940), respetuoso minuto de silencio y dedicatoria a la que fuese Profesora de Música en mis años de estudiante en la E.U. de Magisterio, musicóloga, docente, investigadora y gerente de la OSPA durante la primera década de consolidación (1993-2003), mujer generosa, luchadora, honesta y valiente, comenzaba la Temporada de Invierno con estos calificativos válidos para un concierto que agotó las entradas pese a todas las incomodidades que supone esta pandemia que no cesa, incertidumbres continuas y un (sin)vivir al día pero demostrando que La Música, así con mayúsculas, y mejor en directo, es más necesaria que nunca, como siempre defendía mi admirada Inmaculada, pues la cultura es segura, y los sacrificios obligados no impedirán saciar este hambre de conciertos que son seña de identidad cultural de Oviedo y Asturias, como siempre digo «La Viena del Norte» español.

Programa con dos obras que todo melómano conoce, la orquesta también y Jonathan Mallada en las notas al programa, concluye sobre los dos compositores, Rachmaninov y Dvořák: «sus obras muestran siempre una frescura muy difícil de superar y, en definitiva, han trascendido los siglos como dignos embajadores de la sinceridad más pura que pueda existir: la sinceridad musical«.

Siempre es un placer escuchar el popular Concierto para piano nº 2 en do menor opus 18 del ruso, este viernes con el asturiano Juan Barahona de solista y la batuta del alemán Christoph Gedschold (tras su última visita wagneriana), siendo el austriaco Benjamin Ziervogel el concertino invitado y compañero del pianista en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Concierto difícil de concertar y momentos de ímpetu que pudieron desencajar algunos pasajes con el piano, por delante de la orquesta, pero mostrando una visión personal de Barahona quien tiene la obra bien rodada y trabajada de principio a fin, con un rubato especialmente sentido que Gedschold siempre intentó seguir aunque sin una marcada pulsación interior. La interpretación fue de bien a mejor, un Moderato apasionado con una orquesta de dinámicas ajustadas a la sonoridad pianística, un intenso e inmenso Adagio sostenuto muy sentido por parte del piano, y un entregado Allegro scherzando donde todos brillaron y encontraron el entendimiento perfecto para una obra de madurez tanto compositiva como interpretativa que Juan Barahona va moldeando en cada concierto.

Aplausos merecidos y propina como no podía ser otra del ruso, su Preludio en re mayor op. 23 nº4 donde sin el «encorsetamiento» orquestal sí pudo lucir esa musicalidad genética Juan Barahona, un intérprete de raza que crece con los años, siempre entregado y honesto ante las obras que amplían su ya extenso y exigente repertorio.

De la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák no llevo la cuenta de las veces que ha sonado en este auditorio y a los atriles de la OSPA, siempre con buen sabor de boca en cada concierto, habiendo pasado por directores que dejaron huella con esta maravillosa página que siempre pone a prueba las formaciones sinfónicas y nuevamente la asturiana junto al alemán Gedschold han vuelto a deleitarnos con ella, perfecto complemento el checo tras el ruso (aunque hubiera estado bien alternar el orden para ir rompiendo los clichés de los programas) creciendo en los cuatro movimientos con un conductor de manos amplias, gestos claros y visión muy trabajada de dinámicas y tempi ideales para lucimiento de todas las secciones orquestales. Como en Rachmaninov la cuerda sonó dulce, equilibrada, presente incluso en los graves (aunque siempre hecho en falta algunos más), los metales en buen momento tímbrico y en coordinación perfecta, mas nuevamente la madera erigiéndose en «la niña bonita» de la orquesta en esta sinfonía donde tanto protagonismo tiene. Un Allegro con brio algo contenido, un Adagio para paladear y disfrutar de los planos sonoros con ese terciopelo de arcos jugando con escalas descendentes y Ziervogel marcando galones, un  Allegretto grazioso en crecimiento emotivo de aires vieneses, y el vibrante Allegro, ma non troppo chispeante, trompetas victoriosas, la melodía que siempre me recuerda «La Canción del Olvido«, vibrante, estallidos del metal cual fuegos artificiales, los aires turcos bien marcados, flauta virtuosa y un allegro entregado y bien entendido para otra «octava honesta» que disfrutamos todos, músicos y público. El esfuerzo merece la pena y estos conciertos son la mejor terapia en tiempos revueltos.

Toquemos madera para mantener la programación porque la necesitamos como el respirar (aunque sea con mascarilla).

DiDonato, la Dama del alma

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Viernes 8 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: In my solitude, Joyce DiDonato (mezzo), Craig Terry (piano). Obras de Haydn, Mahler, Hasse, Händel, Berlioz, Giordani, Parisotti, Ellington y Piaf. Entrada butaca: 34 €.

Vuelta al cole y a la anormalidad (en el amplio sentido de la palabra) que no nos ha hecho perder el regreso de la gran DiDonato a Oviedo, nueva cita en una gira que incluye Barcelona y Madrid poniendo de nuevo a la capital asturiana en este lugar que vengo llamando «La Viena del Norte» español.

©Cris Singer

Cada visita de Joyce es una fiesta y el público asturiano acude necesitado de la música en vivo con la calidad que siempre rodea a la gran mezzo americana, diva y cercana, capaz de aglutinar en un mismo recital lírica y cabaret, música sin etiquetas en una voz única, madura, compacta, de dicción perfecta en cualquier idioma, actriz en cada rol y sobre todo intérprete con alma, esta vez con su pianista habitual Craig Terry y puro entertainment para mitigar incertidumbres y disfrutar cada día como si fuese el último, como así lo hizo saber tras su primera obra, agradecida de volver a sentir al público tras una etapa en la que tuvo, tuvimos, cielo e infierno, al igual que este recital inolvidable para los que tuvimos la fortuna de acudir sin importar el frío gélido exterior, porque el calor de «La Donato» derrite hasta a «La Filomena» de estos días.

Lástima que las medidas de prevención e higiene impidan tener en papel un programa que incluye las letras y su traducción, impagables para comprobar cómo la música engrandece el texto, pero al menos pudimos tenerlas «on line», aunque no era la mejor opción estar durante el concierto con el teléfono encendido (de hecho no lo aprecié durante el mismo, como tampoco las toses que gracias a las mascarillas parecen erradicadas de los auditorios), por lo que fue excelente idea proyectarnos simultáneamente letra original y traducción, que a diferencia de la ópera está debajo del escenario y no miramos a las nubes sino a los músicos.

Una primera parte con Haydn y Mahler suficiente para satisfacer paladares delicados,  primero el «clásico» del vienés, la cantata para voz y piano Arianna a Naxos, Hob.XXVIb:2, primer recitativo poderoso, metida de lleno en el personaje que llama a Teseo y la primera aria Dove sei, mio bel tesoro? de cortar el silencio con un teclado casi orquestal, sin miramientos y tapa totalmente abierta pero siempre atento a las inflexiones, respiraciones y amplísima gama de matices. Aún mejor el siguiente recitativo, Ma, a chi parlo?Gli accenti Eco ripete sol con el piano cantando y contestando más el aria Ah! che morir vorrei, verdadera interpretación para morir pero de placer escuchando a la gran mezzo norteamericana y levantando la primera gran ovación de la noche tras la que DiDonato nos agradeció estar con ella en esta vuelta a los escenarios, hartos todos de pantallas y enclaustramientos, con la música que es la vida, toda ella a nuestro lado.

Y después el eterno Gustav y sus Rückert-Lieder (1860-1911) donde DiDonato comentó haber encontrado respuesta a muchas preguntas durante el confinamiento, debutándolo aquí, Oviedo capital musical, en un orden no cronológico pero sí lógico, diría que incluso ideal para el devenir del recital, con un Terry impecable y un alemán cantado y sentido con alma en las cinco canciones sobre los poemas de Friedrich Rückert: Blicke mir nicht in die Lieder (14 de junio de 1901), «No mires mis canciones!»,  Ich atmet’ einen linden Duft (julio de 1901), «Respiré una gentil fragancia de tilos», el olor en los pentagramas, la palabra musicada y el sentimiento cantado; Liebst du um Schönheit (agosto de 1902), «Si amas la belleza», la juventud, el amor, haciendo del idioma de Goethe poesía pura nunca rígido, amando la música de Mahler con la voz de Joyce; Ich bin der Welt abhanden gekommen (16 de agosto de 1901), «He abandonado el mundo en el que malgasté mucho tiempo», estado de ánimo donde la muerte es música, «¡Vivo solo en mi cielo, en mi amor, en mi canción!» como la confesión de esta Dama del Alba parafraseando a nuestro Casona cual Dama del Alma mahleriana, y Um Mitternacht (verano de 1901), la rima Mitternacht-Macht, «A medianoche»-«fuerza» pero interior, con el sobrecogedor verso final:  Herr! über Tod und Leben
Du hältst die Wacht Um Mitternacht!
que Mahler eleva a esperanza, «¡Señor! ¡Sobre la vida y la
muerte, tú eres el centinela a medianoche!». Impactante desnudez expresada con la voz y el piano íntimos concluyendo con un silencio sin prisas dejando flotar la última sílaba y la vibración del piano antes del aplauso más que merecido a la magia de «La Dama DiDonato».

Tras el descanso y el cambio de vestido, la segunda parte comenzaría súbita con sus dos visiones de Cleopatra, primero la de JOHANN ADOLPH HASSE Morte col Fiero aspetto («Marc’Antonio e Cleopatra»), la bravura barroca donde el color de voz uniforme en toda su tesitura y el piano orquestal nos trajeron a la Reina DiDonato, y a continuación la de GEORG FRIEDRICH HÄNDEL: É pur così in un giorno… Piangerò la sorte mia («Giulio Cesare in Egitto»), la máxima belleza en una lección de canto y acompañamiento, el alma se serena y el corazón late agitado cual «síndrome de Stendhal» pero handeliano.

No podía faltar la ópera romántica con HECTOR BERLIOZ, Je vais mourir… Adieu, Fière cité (el aria de Didon de «Les Troyens«), la tragedia de Eneas y la plegaria a Venus, la orquesta hecha piano con todas las dinámicas escritas y la mezzo imbuida del espíritu troyano capaz de convertir el auditorio en un templo operístico desde el conocimiento y tránsito del Purcell inglés al Berlioz francés, dramaturgia en estado puro.

El fin de fiesta agrupado como «Canciones de Cabaret» y arreglos del propio pianista Craig Terry de lo más variado que en estas versiones suenan igualmente contemporáneas tras comentar y bromear con los jóvenes cantantes a quienes preguntaba si se habían sentido Callas o Berganza en sus primeras lecciones con dos arias que los estudiantes afrontan casi en la primer clase, GIUSEPPE GIORDANI: Caro mio ben,  y Se tu m’ami / Star vicino  (ALESSANDRO PARISOTTI / SALVATOR ROSA), los nervios del largo camino del cantante y la transición al show con clase, elegancia, dominio de estas obras con un piano exuberante y la Donato auténtica diva americana que sin perder la compostura es capaz de aplicar la misma técnica para estos aires de jazz tan clásicos como el barroco.

El intimismo del café concierto llegaría con (In My) Solitude de Duke Ellington con letra de Eddie DeLange e Irving Mills, auténtica gozada a dúo, elegancia y «soul» de un grande de la música del pasado siglo cuyas armonías suenan impresionistas en los arreglos de Terry completadas con unos graves dignos de las voces negras pero con el color único de esta mezzo todoterreno.

El francés íntimo, maravilloso cuando se canta de forma natural, pondría el último punto de sabor, glamour y buen cantar de esta simpar La Vie en Rose (Guglielmi- Monot) con letra de Edith Piaf que DiDonato reinterpreta junto a un Craig Terry enorme, Debussy padre del jazz en el idioma vecino y maridaje de gala.

Rendidos a La Dama que canta con el alma, nos asombraron con el regalo de Stardust (Carmichael) a cuatro manos que engrandece a la intérprete integral en guiños cómplices con su pianista, una joya vocal esta vez instrumental que supo a poco pero es esencia «marca de la casa«.

Con el ambiente de salón entre amigos, el público en pie y los intérpretes igualmente agradecidos, todavía llegaría un Somewhere, Over the rainbow mágico, embriagador, optimista, Oz es Oviedo, Dorothy DiDonato y Terry el Mago de Steinway en un camino rojo como el vestido de esta segunda parte, hacia las ciudades esmeraldas españolas antes del regreso al Kansas natal de la mezzo. Increíble, delicado, enorme para sobrecogernos el alma.

La locura desatada y el Mozart de Cherubino en «Las bodas de Fígaro», su aria Voi che sapete, porque ellos sí que saben lo que es el amor por la música, el dominio idiomático y escénico, el gusto por el buen cantar y mejor estar.

Y la «postboda» mozartiana aún más asombrosa con un I Love A Piano desenfadado con Joyce y Craig, alegría de vivir, calor y color para un concierto inolvidable pasadas las 22:15 horas que recordaremos mucho tiempo en Oviedo.

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si ustedes me permiten este correcto trato epistolario:
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) es poder estar vacunados del puñetero bicho ese que nos ha traído el 2020 y ha trastocado todas las vidas.
Musicalmente  tras el pasado «Año Beethoven» al que la pandemia también ha afectado privándonos de conciertos muy esperados, y los ya pasados «Años Mahler» sigo pidiendo poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía «De los Mil» con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Universitaria ya renacida) nuestros coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Princesa y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera en mi querida Asturias donde elegir: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Mª José Suárez, Lola Casariego, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa).
Mantengo mi ilusión de tener a Pablo González como director de un acontecimiento que me copió  Dudamel, al que le perdono casi todo… incluso que mi tocayu lo llevase a Barcelona en sus años como titular y seguro seguirá dirigiendo desde la OCRTVE o tantas otras orquestas donde le reclaman.
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día, aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen), sobre todo a los hermanos Zapico que en 2020, y pese a todo, siguieron «a tope» haciendo historia, siempre volando desde casa, esperando siempre por nuevos discos.
También sigo recordando a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes a la cabeza (trabajando duramente desde Madrid con los conciertos aparcados), sin olvidarme de mis admirados Judith Jáuregui, Diego Fernández Magdaleno o Gabriela Montero.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, no sé si por fin la zarzuela marinera, de Jorge Muñiz y de los siempre «redescubiertos» Guillermo Martínez y Gabriel Ordás que me consta en este 2021 seguirán inspirados y en su línea de estrenos.
De La Dama del Alba del incombustible Luis Vázquez del Fresno creo que alguna sorpresa tendremos para este año esperado y llegue completa a escena tras tantos lustros de ilusión.
Por no perder la esperanza pido para los llamados «gestores culturales» que se olviden de su crisis permanente (Covid aparte), pues la intelectual parece contagiosa como la gripe o las toses en los conciertos (que al menos las mascarillas han disipado) y den mucho más trabajo a los de casa, no por patriotismos sino por calidad contrastada, incluso cambiar alguna vez de agencia de contratación… y sobre todo ¡no más recortes, cancelaciones, ni cierres!. Ya saben que la Cultura es Segura.
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis jóvenes violinistas favoritos (Ignacio Rodríguez, emigrado a Alemania, y María Ovín todavía en la OSPA) que van creciendo y cumpliendo años, para traerles mucho éxito en sus trabajos fuera o mejor en casa, aunque yo me sumo a esos mismos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado catalán…
Para mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan en 2021 y más. Además de darle las gracias de nuevo, felicitándola por su incorporación de Beethoven al repertorio (aunque en pleno 250 aniversario no se acordaron más de ella), especialmente mi ENHORABUENA por el éxito clamoroso y merecido en su reciente debut como Butterfly y su vuelta a la zarzuela ovetense tras las cancelaciones obligadas (aunque espere mucha más ópera en el Campoamor como protagonista y no un reparto joven de función única), esperando le llegue pronto esa Mimí, a ser posible en el Teatro Real de Madrid o el Liceu barcelonés, aunque en Italia saben que es muy querida, pues Londres, Nueva York o Viena aún no se han enterado… pero Vds. ya lo saben por ser Magos y la magia de la soprano allerana es tan única como la suya.
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela en Asturias, porque haber suprimido la gala de los Premios Líricos Campoamor sigue enfadándome y ya han recogido sus frutos otros.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos que tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción desaparezca de nuestra cotidianidad y que las crisis, ya en plural, pasen hoja definitivamente y se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «recortes» o «supresión» se escuche menos que «COVID» ¡lo qué ya es decir! para este año 2021 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que entre vacunas y reproches políticos no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone ni siquiera la Vox).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalasteis su presidencia en junio de 2018, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2020, a pesar de todo (de la Lotería no pido que toque), y mantengan su Banda Sinfónica dirigida por Antonio Cánovas a ese nivel tras dos años sin parar, llevando su música, además del nombre de nuestra Villa, lo más lejos posible, con una calidad y programas que son la envidia de muchos.
A propósito, si pudieran dejarnos la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales, ni siquiera que algún día en «esta España nuestra» que cantaba la recordada Cecilia (no la Santa patrona sino la Evangelina) se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia e independentismos que intentan reescribir la historia a base de tantos eufemismos que hasta a la mentira la llaman posverdad. Pero ya veo que la Ley Celáa comenzará en septiembre y ya van demasiadas para ir empeorando en pos de una generación de ignorantes digitales.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan sin entrar en cabalgatas de las que mejor no opinar y menos las que se han inventado ¡estáticas! y hasta con Baltasar descolorido) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Y como siempre, que no se me olvide, ¡Hala Oviedo!
Pablito, 12 años.

 

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