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Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con «jet lag» pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, «virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico» como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de «Mein Gott Bach», y hay mucho del «kantor» en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las «Romanzas sin palabras» o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos «orgánicos» contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un «tempo» vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más

La Guapería de Zenet se quedó

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Viernes 10 de mayo, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Zenet: La Guapería. Entrada butaca: 26€.

La Guapería llegó… y se quedó reza el estribillo del último trabajo del malagueño Zenet, jaleado por un teatro lleno hasta la bandera con un coro espontáneo del que Tony comentó “sois muchos para una furgoneta”, la que traía a Gijón temas que canta y cuenta, con una iluminación elegante, un sonido perfecto y una banda que siempre es un placer escucharla, mayor o menor pero convincente, empujando, con sus habituales y casi imprescindibles: el venezolano José Taboada (guitarra), los cubanos Moisés Porro (batería y percusión) y Manuel Machado (trompeta y fliscorno) el inmenso, más los maños Raúl Márquez (violín) y Toño Miguel (contrabajo), último fichaje de una «escudería» multinacional que sigue aportando calidades cada vez que suben a escena, músicos de raza, curtidos en ese mestizaje de estilos que Zenet necesita como un traje a medida.

Sea en el Café Central madrileño, en el Cervantes malagueño o en la Plaza Mayor de Gijón, por recordar las últimas veces que les escuché, la banda que acompaña a Zenet siempre convence y enamora, vistiendo los poemas musicales de Javier Laguna como en anteriores trabajos, o convirtiéndose en “ladrones de género” del último CD, tomando prestados temas que se fueron en barco, los robaron y devuelven con el «sello Z» que en vivo siempre es único e irrepetible. Viajes sin moverse de casa, desde la butaca, cerrando los ojos pero abriendo bien los oídos.

Casi dos horas de concierto comenzando con temas de «La Guapería«: Estás equivocada (compuesto por Osvaldo Farrés), Ansias locas (Delfín Figueroa), Devuélveme mis besos del gran Bola de Nieve que muchos recordamos por Olga Guillot ahora atracado en tierra firme aunque siempre de aires marinos, Me gustas (de Javier Lagunaaunque me cueste la vida y seas lo que no me conviene, que aparece en el vídeo clip de estética en blanco y negro pero llena de color, rueda de acordes arrancada con la guitarra de Taboada que crece sumando instrumentos como la escena de todos ellos, llevándonos a su terreno como la propia letra. Desgranando solos en la trompeta de Machado, el violín de Márquez recordando a Grapelli, y los bongos de Porro poniendo la firma de bolero cubano, mexicano, malagueño. Fusiones Zenet que aúnan los ritmos para retornarlos sin tiempo.

Canciones que van conformando nuestra memoria musical porque están rodadas y escuchadas como Cuando te enfadas (de «Si sucede conviene«), Quién sabe rememorando un «Quiéreme mucho» que se autopregunta «no sé quién eres» pero nosotros siempre convencidos con Zenet, no está el piano de Pepe Rivero pero la banda siempre reviste cada canción de verdad, antes de provocarnos con Échame el humo a la cara (con un solo inicial de Machado al fliscorno o flugelhorn genuinamente neoyorquino que mejora incluso la armónica grabada), los temas «slow» que tan bien lleva el boquerón de acento chulesco y gestos canallas subrayando cada pequeña historia, pasando de la luz a la sombra sin perder nunca claridad ni emoción.

ImágenesTranquila, No te empeñes más (Martha Valdés), Es tan difícil (Bola de Nieve), solo con la guitarra de Taboada haciendo fácil lo único, sin piano, letras que conforman ellas solas auténtica lírica, música y poesía íntimas antes de devolvernos la marcha a discos anteriores con Entre tú balcón y mi ventana permutando clarinete por violín, o volvernos a los locales de poca luz y humo ya perdidos con Que será lo que me has dado, surcar Los mares de China con Un beso de esos llevando el timón el contrabajo de Antonio Miguel, o viajar Por debajo de Madrid. Sin paradas, con palabras que mueven y conmueven, Estela, siempre por ella, nuestra «debilidad» A poquito que te roce con mucho swing, trompetas con sordina y violines zíngaros, Tu no yo sí, el recuerdo de Matamoros de aire cubano con humo de habanos y sabor a ron, «quiéreme… bésame» coreado por todos pero sin furgonetas.

Como en una película el título último cerca de las diez y media de la noche tras una sesión continua de Oscar sin palomitas, La palabra fin (Chico Novarro) de esta Guapería en coche descapotable que realmente fue Demasiado (Gradelio Pérez con el vistobueno de su hijo Alain), confesiones íntimas de Zenet, «demasiado tiempo» perdiéndose con el público, «La Guapería llegó y se quedó» en nuestro recuerdo sonoro y emocional.

Público en pie, agradecido, enamorado y sin amplificar, solos Machado, Taboada, Márquez y Zenet sentado a pie de escenario para volver a Soñar contigo. Aún hubo tiempo para firmar discos, sacar fotos y charlar un poco.

El músico valiente

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Martes 7 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año, 1990 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Dúo Gabriel Ordás (violín), Damián Hernández (piano). Obras de Bach, Schubert y Beethoven.

Hace años que sigo la trayectoria de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) quien a pesar de su juventud lleva casi toda la vida dedicándose a la música, escuchándola, tocando el violín, el piano, en solitario y también cámara o hasta orquesta (aún le recuerdo en un LinkUp de hace cinco años con la OSPA que me enamoró) y sobre todo su faceta de compositor con estrenos que puedo presumir de haberlos comentado y disfrutado. Hay que ser muy valiente en estos tiempos para compaginar los estudios obligatorios con la práctica musical y llevarlo todo como Gabriel lo hace, siempre con el apoyo de una familia sin la cual nada sería posible.

Valentía igualmente es enfrentarse al Bach elegido para su presentación en la centenaria sociedad filarmónica carbayona, la desnudez del salto sin red de la impresionante Sonata nº1 en sol menor, BWV 1001, dejando fluir la música a borbotones, con una técnica aún sin depurar que no le impide entregarse en cada nota, en cada compás, en cada frase. Impresionante el Adagio inicial sentido para afrontar la complicada Fuga (Allegro) que multiplica las sonoridades, la Siciliana muy «cantabile» y el vertiginoso Presto final.

Si en la sonata Gabriel Ordás dejaba muestras de un talento innato y madurez interpretativa, la Chacona perteneciente a la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004 es un nuevo salto al vacío, el Bach interiorizado, memorizado y muy trabajado, un reto que pocos profesionales afrontan en concierto pero que el ovetense ofreció sin miedo ni complejos. Maravilloso escucharle y observar un arco lleno de plasticidad desde una amplia gama sonora al servicio de las endiabladas partituras del genio de Eisenach.

Francisco Damián Hernández Díez (Oviedo, 1973) compartió excelencia desde el piano, primero con la Sonata nº 1 en re mayor, Op. 137 de Schubert, obra que siempre recordaré de mis años jóvenes en primer año de música de cámara. Hernández y Ordás forman un dúo que entiende la música sin complicaciones pero con mucho trabajo conjunto, todo fluye con naturalidad, los diálogos, los acompañamientos, el saber dónde están los encuentros, los planos de cada uno, los protagonismos sin divismos. Excelente sonata tripartita con el Allegro Vivace final chispeante, exigente para ambos y luminoso en su interpretación.

La juventud como eterna primavera sonó con la homónima Sonata nº 5 en fa mayor para violín y piano, Op. 24 de Beethoven, dos intérpretes con muchas horas de estudio afrontando con frescura los cuatro movimientos, diálogos chispeantes, matices, movimientos desenfadados pero llenos de hondura, una asombrosa madurez para esta sonata exigente tanto para el piano como para el violín, sin apenas respiros y demostrando la grandiosidad de hacer música a dúo.

El regalo una adaptación del aria para tenor «Enamorado» de la ópera de cámara Doña Esquina compuesta por Gabriel Ordás, el sentimiento del intérprete con su composición, el canto desde el violín con el piano orquestal de Damián Hernández, siempre un placer cada concierto y más comprobar la evolución del talento musical y humano de un joven de su generación para quien la literatura, la música y todo el arte es afición, esperando sea pronto también profesión.

Zimmermann descafeinado

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Lunes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara, Circuitos OviedoVI Primavera Barroca: Bailes y batallas, Café Zimmermann. Obras de Biber, Schmelzer y Froberger.

Comenzaba en Oviedo una gira de la formación coliderada por el violinista argentino Pablo Valetti con el título «Bailes y batallas» que el Pablo sevillano J. Vayón presentaba en las notas (que dejo escaneadas) como Phantasticus comentando el papel de la música en la Alemania del XVIII, formas instrumentales italianas pero con el tinte teutón que no siempre va unido a la brillantez.

El grueso del programa lo ocuparía Heinrich Ignaz Franz von BIBER (1644-1704) de quien Café Zimmermann interpretó varias sonatas que aúnan sacro y religioso como el propio poder germano donde el destinatario era importante como también nos contó Valetti. Desiguales en escritura e intensidades emocionales, la número tercera Fidicinium sacri-profanum (ca. 1683) pareció tomar el pulso con un octeto formado por dos violines, dos violas, chelo, contrabajo, órgano y tiorba que sonó empastado y compacto en todo el programa, variando un poco el número en varias para disfrutar de la calidad de unos músicos que interpretaron unas partituras no del todo agradecidas donde la variedad no es de color, algo claroscuro, sino de aires y dinámicas.

Costó afinar como es habitual en la seca sala de cámara del auditorio ovetense y al menos con Johann Heinrich SCHMELZER (1623-1680) tras el «segundo» Biber ya comenzaron a funcionar de forma orgánica. La Serenata con altre arie, a cinque en siete movimientos quedó algo «agria», mejorando con el Balletto a cuatro «Die Fechtscule» («La escuela de esgrima», 1668) de seis danzas, más rica tímbrica y rítmicamente, donde prescindieron de una de las violas como en alguna sonata de Biber.

De todo el concierto me quedo con Johann Jakob FROBERGER (1616-1667) cuya Toccata II en re menor nos permitió saborear el solo de órgano positivo de Céline Frisch y en el siguiente Ricercar I en do mayor la tiorba de Shizuko Noiri (que bisarían), obras de homenajes, bailes y batallas con poca pólvora, bien escritas y ejecutadas pero faltas del dinamismo italiano aunque los franceses de Café Zimmermann se mostraron como un conjunto honesto con las partituras, de buen sonido y trabajo previo bien llevado por Pablo Valetti.

Esta Primavera Barroca en su sexta edición sigue apostando por un repertorio que gusta al público y acude en buen número con entradas que rozan el lleno, aunque personalmente este lunes (y la «resaca» de HH aún perduraba en muchos oídos) el café, de calidad y sabor algo amargo, quedó descafeinado.

CAFÉ ZIMMERMANNPablo Valetti (violín I), Mauro Lopes Ferreira (violín II), Patricia Gagnon (viola I), Lucie Uzzeni (viola II), Petr Skalka (violonchelo), Daniel Szomor (contrabajo), Céline Frisch (órgano), Shizuko Noiri (tiorba).

Fantástica Hahn

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Domingo 5 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Hilary Hann (violín), Orquesta Filarmónica de Radio Francia, Mikko Franck (director). Obras de Sibelius y Berlioz.

Crítica para La Nueva España del martes 7 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Finlandia y Francia unidas en un programa donde el gélido norte se volvió pasión como el vestido rojo de Hilary Hahn con el Concierto para violín en re menor, op. 47 de Sibelius más Berlioz entre cañonazos y pólvora mojada, aunque el maestro Mikko Franck presumió de nacionalidad y, pese a problemas físicos que le obligaron a dirigir sentado la mayor parte del concierto, el control total de la orquesta de la que es titular le levantaba para dibujar emociones patrióticas y musicales.

Sibelius en el violín de Hahn resultó pletórico de musicalidad y sentimiento, cálidamente virtuoso no ya por un sonido siempre presente sino por el mimo con que lo trató el director finlandés, excelente concertador y conocedor de la obra, amplísima gama de matices en los “radiofónicos franceses” para escuchar siempre a esta solista que habla y canta con su violín, tanto en las cadencias como con la orquesta. No importan móviles maleducados que comienzan a ser odiados, aplausos tras el Allegro moderato o toses inoportunas pues no perdió tensión ni entrega. La fantástica Hilary enamoró con todo un catálogo de lirismo, melancolía (Adagio di molto) y explosión pasional en el último Allegro ma non tanto donde los franceses siempre respondieron al maestro Franck en dinámicas, limpieza y equilibrio. Violín cálido en el registro grave y apasionantes agudos con un arco de otro mundo para lograr una interpretación asombrosa de solista, director y orquesta. La Sarabande de la Partita 2 de Bach un auténtico regalo, fascinación para la intérprete norteamericana y el público al que firmaría muchos discos tras el concierto.

La Sinfonía Fantástica de Berlioz sirvió para mostrar músculo y poderío de gran formación filarmónica, secciones impecables y seguras con una cuerda limpia donde destacaron violas y contrabajos por sonido aterciopelado entre todo un ejército sinfónico, sobrepasando el centenar con cinco percusionistas. La apuesta del finlandés para el compositor francés fue la misma: mantener un sonido pulcro e impecable en toda la orquesta, con “Un baile” juguetón entre dos sosos “Ensueños” sin pasiones y la impoluta “Escena en el campo”, aunque la “Marcha al cadalso” (destacando el corno inglés contestado por el oboe fuera del escenario), nos dirigió al verdadero aquelarre final en la instrumentación pletórica de Berlioz.

Sibelius vencía a Berlioz en su casa, Franck necesita emociones propias y nada mejor que “Finlandia”, más que propina espectacular fuera de programa donde la Orquesta Filarmónica de Radio Francia sacó músculo y Hilary Hahn fantástica como la tierra de Mikko Franck.

Grandiosa sobriedad

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Barroca de Friburgo, RIAS Kammerchor, René Jacobs (director), Polina Pastirchak (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Steve Davislim (tenor), Johannes Weisser (bajo). Beethoven: Missa Solemnis en re mayor, op. 123.

Crítica para La Nueva España del sábado 4 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Escuchar una de las últimas obras de Beethoven con la Orquesta Barroca de Friburgo, el coro de cámara berlinés y René Jacobs dirigiendo es un lujo al alcance de pocas ciudades en una gira donde Oviedo sigue estando en el mapa junto a Colonia, Amsterdam, París o Berlín, por eso la llamo “La Viena del Norte” español.
Todo muy cuidado, en su sitio: coro de sopranos y bajos enfrentados a contraltos y bajos, el órgano positivo frente al director, un cuarteto solista homogéneo, empastado, cantando “a media voz” bien proyectada, manteniendo la tensión desde un bloque sonoro junto a esta orquesta “historicista” ubicada en diferentes niveles, con tímbricas únicas, sobrias, sin estridencias desde la contención, con cierta aureola grisácea que nunca explota al blanco impoluto.

Esta última misa de Beethoven sonó a gran sinfonía vocal con trama litúrgica en latín, música casi siempre al servicio del texto de maravillosa escritura inimitable, única a la par que confesión de fe y revelación espiritual del sordo genial. Sin sobresaltos, desde la contención en todos y un equilibrio de dinámicas asombroso (“puesta en escena” de auténtica ceremonia musical inexplicablemente rota por el descanso tras el Credo), Jacobs ofició un continuo crescendo emocional en los cinco números, paladeando la excelencia del coro, de los jóvenes solistas, de unos metales aterciopelados y madera cantante, más una cuerda siempre en su sitio, afinada y presente incluso con el solo de la concertino flotando sobre unas texturas impecables llenas de claroscuros textuales, cambios de aire resolutivos y primeros planos nítidos.

Kyrie interiorizado, Gloria luminoso, Credo primer hito del ideario de Jacobs, Sanctus abriendo el cielo y Agnus Dei sublimando una sobriedad grandiosa sin fisuras, luz puesta por el coro y sobremanera el cuarteto solista, perfectos en contención antes de la explosión total y global. Los aplausos generosos rubricaron el éxito de esta misa redentora.

Bacanal lírica

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Sábado 27 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Ermonela Jaho (soprano), Benjamin Bernheim (tenor), Oviedo Filarmonía (OFil), Alain Guingal (director). Música de ópera francesa e italiana.

Crítica para La Nueva España del lunes 29 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Saint-Saëns y la Bacanal de Sansón y Dalila fue premonitoria de una gala lírica que llenó el auditorio con abonados, habituales del Campoamor y seguidores venidos de toda España buscando la excelencia de dos figuras mundiales de actualidad: la soprano albanesa Ermonela Jaho y el tenor francés Benjamin Bernheim, arias y dúos conocidos de la ópera francesa e italiana donde ésta triunfó sobre la primera con una Oviedo Filarmonía pletórica bajo la batuta del director Alain Guingal.

Mucha expectación por escuchar a “La Jaho” que me defraudó aunque reconozca la entrega en cada papel, su presencia, la técnica e incluso el color vocal, así como la implicación en las obras elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos. Pero cuando se abusa de recursos como el vibrato desmedido, los filatos y los portamentos hacia el agudo en todos los roles, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia, perdemos intensidad dramática y credibilidad, con ese amaneramiento que termina por pasar factura global en cuanto a calidad. No pareció estar cómoda ni en la Louise de Charpentier ni en la poco interpretada aria de Thais (Massenet) donde la bellísima y popular Meditación del concertino Mijlin eclipsó a la soprano en lirismo. La Manon francesa al menos dejó detalles a los que ayudó Bernheim (al que quiero dedicarle más espacio). Y la Adriana Lecouveur de Cilea volvió a dejarme con la miel en los labios, siendo más creíble su Mimí de La Bohème que cerraría el recital. Una voz la de Ermonela Jaho de colores desiguales que gana enteros en el medio y agudo, sobre todo en los fortísimos pero perdida en cuanto reitera los giros que dejan de sorprendernos a medida que avanzaba la gala. Al público le enamoran y aplaudió a rabiar, aunque reconocerle solo la técnica es poco para una estrella que triunfa en todo el mundo con su presencia escénica.

Asombroso Benjamin Bernheim desde la primera nota de su Fausto (Gounod), potencia, gusto en su línea de canto, robustez en la emisión y amplia gama dinámica que ayudaron a convertirlo en mi triunfador de la noche. Su Werther (Massenet) del “Pourquoi me réveiller” está a la altura de los mejores tenores actuales, el francés no lo nasaliza, es su lengua materna, el sonido es redondo, claro, y con Puccini Rodolfo brilló más que Mimí, si bien el empaste de ambas voces resultó ideal, debiendo “plegarse” a la soprano en los finales donde Bernheim siempre estuvo sobrado. Me puso la piel de gallina con “Che gelida manina” y los dúos con Jaho los ganó no ya por presencia o heroísmo sino por musicalidad.

La entrega de los dos cantantes fue completa, semiescenificando las entradas, puerta lateral incluida, usando la barandilla y la escalera; Guingal no bajó volúmenes en ningún momento por esa tentación sonora siempre inevitable ante la respuesta efectiva de la OFil que se lució desde la Bacanal y aún más con la obertura verdiana de La fuerza del destino, como si quisiera presagiar que el sino de la noche sería del tenor más que de la soprano. Puccini rey de la gala desde el Intermezzo de la otra Manon, Lescaut, hasta el final del primer acto de La Bohème que cerraría programa. El público quiere escuchar lo que conoce y Oviedo sabe mucho de la ópera italiana que ama sobre todas las demás.

Las propinas mantuvieron la línea de todos: orquesta madura y segura, Guingal pisando el acelerador dinámico aprovechando la potencia de las partituras, una impecable “furtiva lagrima” del elisir donizzetiano con un Nemorino Berheim rozando la emoción máxima; “O mio babbino caro” algo descafeinado para Lauretta Jaho, acelerado y poco convincente canto a “papaíto” como creo sintió la propia albanesa, que a continuación siguió con Puccini para transformarse en la Tosca de “Vissi d’arte”, más apropiado a su voz dramática quitando algo del mal sabor de boca, para brindar finalmente como Violetta con Alfredo Berheim en La Traviata verdiana que tantos éxitos le ha dado, alzando la copa por el tenor francés que triunfó en Oviedo.

Concierto para aficionados a la ópera y seguidores de figuras con renombre, congratulándome de la gran orquesta que es ya la OFil, sobremanera en el “repertorio de foso” que se ilumina sobre el escenario.

Talento y elegancia

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Perspectivas», abono 11 OSPA, Juan Pedro Romero (corno inglés), Nuno Coelho (director). Obras de Bartók, Ferlendis y Schubert.

Crítica para La Nueva España del domingo 28 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), algún dato más que en el papel no cabía, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Talento y elegancia no siempre van de la mano, pero el undécimo de abono unió ambos a lo largo de la velada en un auditorio con muchos huecos, móviles interrumpiendo y toses siempre maleducadas. Talento del debutante Nuno Coelho, portugués ganador del último concurso bianual de dirección de Cadaqués, que siempre acierta con sus premiados (Lorenzo Viotti en 2013, Michal Nestorowicz en 2008 o nuestro Pablo González en 2006 entre otros), en un programa variado organizado a la vieja usanza, con el que se desenvolvió desde la elegancia, el rigor estilístico y su buen hacer, comenzando con una obra “moderna” de Bartók (1881-1945) siempre actual en pleno siglo XXI, un concierto solista (Ferlendis, 1755-1810) y una sinfonía clásica (Schubert, 1797-1828), músicas livianas que exigen una visión personal para aportar algo distinto, y así lo entendió Coelho con la OSPA que debe ir tomando nota en la búsqueda del nuevo director a partir del verano, no se “escapen” posibles candidatos en plena época de fichajes y tomando el título del concierto: perspectivas.Talento por doquier lo derrocha esta OSPA y especialmente la sección de cuerda, sello inconfundible desde hace años que se renueva paulatinamente sin perder un ápice de calidad. El Divertimento para orquesta de cuerdas de Bartók volvió a demostrar la homogeneidad en el sonido, colocación vienesa con violines enfrentados, cellos frente a la tarima y contrabajos a la izquierda, presencia y limpieza en todo el bloque con especial mención al cuarteto solista: Héctor Corpus (concertino), Ordieres (violín segundo), Alamá (viola) y Von Pfeil (chelo), compenetrados y entregados en solitario, volcados y unidos con toda la sección desde las manos de un Coelho que mantuvo la tensión en los tres movimientos, con los finales “respirando” la última nota, y un inspiradísimo Allegro assai final que rubricó un auténtico “divertimento” de la cuerda asturiana.Talento el corno inglés de Juan Pedro Romero, principal de la orquesta asturiana que volvía como solista para interpretar el Concierto en fa mayor de Ferlendis, un virtuoso del oboe y el corno además de compositor al que sus contemporáneos Salieri o el propio Mozart trabajando para el arzobispo Colloredo no le permitieron brillar como debiera. Y es que este concierto respira aires elegantes, estructura “clásica” en sus tres movimientos, cada uno con su cadencia para que Romero cantase como solista sacando unos timbres cálidos y hermosos, volase desde el virtuosismo cortesano de un instrumento peculiar, siempre arropado por la cuerda inicial a la que se sumaron cinco compañeros de viento (trompas y oboes a dos más el fagot), con una concertación de Coelho atento al solista y cuidando las dinámicas para brillar todavía más. El arreglo de Bach para dos violas y chelo que nos regaló Juan Pedro corroboró calidad, talento y elegancia en todos ellos, y no son flores (que no le faltaron de la mano de sus hijas) sino la constatación del buen hacer de cada uno, pose, peso y poso por doquier.Siempre comento en broma que “no hay quinta mala”, y Schubert no es la excepción. Su Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 bebe de su admirado Beethoven pero especialmente de Mozart, como el Ferlendis anterior al que añadir flauta y fagot completando una orquestación que fue creciendo en número y calidad a lo largo del concierto, sobre todo en “elegancia sonora”, atención e implicación de todos los músicos en tres obras delicadas donde un mal gesto podía convertirlas en chabacanas, algo que Nuno Coelho evitó con juvenil maestría. La sonoridad de la OSPA cuidada al detalle desde una dirección elegante, precisa, de tiempos ajustados nos hizo disfrutar hasta de los silencios (lástima del poco civismo tristemente contagioso), dejando flotar los finales de cada movimiento, apostando por un Allegro inicial vibrante, el Andante con moto sin acelerarlo y contrastado con el primero, además de unas dinámicas muy trabajadas, seguido por el Menuetto bien llevado con un “rubato” puntual nada afectado, vienés a más no poder, y el Allegro vivace final que fue balanceando para disfrutar del talento de cuerda y viento en una plantilla ideal para las obras del undécimo de abono.Si a Oviedo la he rebautizado como “La Viena del Norte”, las hechuras del viernes destilaron aire austríaco en la orquesta asturiana en manos del portugués que sacó lo mejor de cada atril. Lo dicho, no se puede perder talento y elegancia, valores difíciles de aunar que cuando se encuentran nos dejan conciertos ideales como estas “Perspectivas”.

Sestiere Forma Antiqva

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Miércoles 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. Forma Antiqva: Notte Italiana. Música del Seicento para Consort de Continuo. Obras de Kapsperger, Frescobaldi, Bartolotti, Selma y Salaverde, Picchi, Roncalli, Vitali, D. Gabrielli y Diego Ortiz.

Por esta noche Venecia resultó Oviedo, los seis barrios de La Serenissima unos músicos de casa con los hermanos Zapico (sin Aarón en escena) y cuatro invitados habituales, la sala de cámara un verdadero palacio donde disfrutar de un paseo musical con Forma Antiqva que volvió a prepararnos un festín del seiscientos con un continuo protagonista absoluto y un lleno demostrando que se puede ser profeta en tu tierra, 20 años largos de trayectoria, brillando al nivel de figuras internacionales que continúan desfilando por «La Viena del Norte».

Aarón Zapico hizo de presentador en un concierto donde acudió por vez primera como público al ser jurado del Premio Princesa de las Artes y no poder compaginar ambas obligaciones, pero Daniel Oyarzábal sin «jetlag» pese a su ajetreada agenda (en parte como el resto), es un Zapico más que sumar a la familia como ya lo es Ruth Verona aumentando con Elisa Joglar, dos chelistas que ayudaron al espectacular concierto de esta primavera barroca ovetense.

A destacar lo bien que Forma Antiqva organiza sus proyectos, conciertos exportables, temáticos y siempre con protagonismo para sus componentes en cualquier formato, siendo el de trío, cuarteto o este sexteto para la ocasión. Bloques de dos compositores con Frescobaldi sustento en la mayoría de ellos como pilar en cada uno de los 455 puentes, esta vez reducidos a ocho, jugando con aires, intervenciones solistas en cada uno de ellos, inspiración vocal en la edad dorada del virtuosismo instrumental como lo fueron los propios autores, bien defendidos por todos en un paseo nocturno por los intrincados vericuetos venecianos que nunca sabes dónde terminan, asomando a un canal que parece no tener salida, apareciendo una iglesia en otra esquina, carnavales en algún palacio, bailes señoriales o aires españoles flotando por los canales, músicas como las 118 islas unidas de esta Venecia única.

Todo un viaje musical bien ensamblado con seis instrumentos habitualmente continuo pero más solistas que nunca desde el directo único y sorpresivo que ya esperamos de Forma Antiqva, solos, dúos, tríos y combinaciones de este «sestiere»: con Frescobaldi se emparejaron Kapsperger, Bartolotti, Picchi y hasta nuestro Diego Ortiz, pero también Bartolomé de Selma y Salaverde en solitario con una fantasía y passeggiata bellísimas en ornamentos o el «dúo» Roncalli y Vitali cual puente de Rialto por el bullicio bergamasco. Una hora larga de música llena de color en las cuerdas frotadas y punteadas, apariciones puntuales del órgano dando la pincelada y el fondo para sus compañeros, chelos con efecto estéreo al situarse a los lados Ruth y Elsa, sobre todo con la Sonata de Domenico Gabrielli, compartiendo partes en silencio, buscando claroscuros contrapuestos a los brillos, dramatismos y tormentas impetuosas al lado de recreaciones de las canzonas reinterpretadas desde la particular visión de estos grandes intérpretes.

También se lucieron los gemelos Pablo y Daniel Zapico como «Villanos de España» (Villan di Spagna) de su último trabajo para el sello alemán, y la última Recercada de Ortiz colocada de cierre alternando con Frescobaldi como queriendo volver al puente inicial tras esta noche veneciana que el público disfrutó desde el respetuoso silencio envidiable en todos los eventos, admiración para los langreanos universales.

Aarón Zapico no podía quedarse sentado y la propina, ya distendido con el recorrido veneciano finalizado nos devolvió al Madrid dieciochesco de Luigi Boccherini con su conocida Música nocturna por las calles de Madrid deleitándonos con un «duelo de chelos» cantando la famosa melodía, el «Zapico Power» con Oyarzábal al órgano positivo dejando el clave a Aarón para sumarse a esta fiesta barroca con la que Forma Antiqva nos dejó con ganas de más.

FORMA ANTIQVA:
Ruth Verona y Elisa Joglar, violonchelos
Daniel Oyarzabal, clave y órgano
Daniel Zapico, tiorba
Pablo Zapico, guitarra barroca

Resurrección vocal

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: La Castalia, Concierto de clausura, curso de Repertorio Vocal. Manuel Burgueras (piano), Begoña García-Tamargo (directora artística y profesora de canto).

No hay vacaciones para la formación y La Castalia volvió a reunir jóvenes talentos que dentro de nada, como recordaba en las pasadas Jornadas Culturales del Conservatorio de Oviedo, podremos presumir de haberlos visto comenzar en el siempre difícil mundo de la lírica y además en nuestra tierra. Valores en alza a los que sigo desde sus primeros pasos y descubrimientos que habremos de seguir muy de cerca.

Quiero dar las gracias al esfuerzo no ya de estas voces sino de La Castalia con el tándem indestructible que forman Burgueras y García-Tamargo para continuar apoyando estos cursos tan necesarios para el canto, la siempre complicada tarea de encontrar el repertorio adecuado a cada alumno, distintos caracteres, cualidades, colores, valores, y este Domingo de Resurrección volvieron a dar en el clavo, incluso con los invitados y habituales colaboradores. Ligeros cambios en el programa que iré comentando a continuación.

La Escuela de Música Divertimento de Oviedo lleva décadas trabajando en la formación musical de los jóvenes y no han olvidado los coros que siguen triunfado allá donde actúan, comenzando por el coro infantil que participa en la escena ovetense, caso de la última Carmen (Bizet) y el conocido Choeur des gamins con puesta en escena y la dirección de Cristina Langa más el piano de Marcos Suárez. Maravilloso grupo afinado, simpático, profesionalidad increíble que hizo las delicias del público que casi llena la sala de cámara.

A continuación tomaron el relevo las chicas del Coro Arsis con la Habanera divina de M. Massotti Littel y el difícil Bring me Little water, Silvy «a capella» incluyendo la percusión corporal rítmicamente complicada pero solventada nuevamente con calidades indescriptibles para unas jóvenes para quienes la música forma parte de su vida, ocio y educación siempre de la mano. Bravo por ellas.

Llegó el turno solista con voces conocidas y el piano del maestro Burgueras, responsable de que todas dieran lo mejor en cada partitura, primero la soprano Almudena Sanz con tres obras donde fue ganando confianza para una voz natural que va ganando color en cada curso: la conocida canción de cuna de Brahms (Wiegenlied), la Canción de las dos noches de Antón García Abril y otro estreno del joven Ignacio Fernández, Namárië quien vuelve a regalar a La Castalia una página de bella melodía y piano bien escrita, lenta y romántica para la voz de Almudena.

Se presentaba el tenor Adrián Ribeiro que comienza el grado superior de canto, una voz que diríamos con cuerpo en busca del repertorio apropiado. Con el barroco aún le cuestan las difíciles agilidades, caso del Vittoria, vittoria de G. Carissimi, pero en cuanto gane en matices será un tenor prometedor que con Tosti demostró bravura, potencia sobrada que irá domando, afinado y homogéneo de color Malia y L’ultima canzone dieron muestras de estas cualidades.

Conocida la soprano Canela García que va asegurando la afinación y ganando en confianza y escena,  algo rígida en el Jerusalem del «Paulus» (Mendelssohn) pero con Turina y El Fantasma le vino mucho mejor por carácter y graves con cuerpo más color homogéneo, rematando con Lágrimas mías de «El anillo de hierro» (M. Marqués), excelentes y encontrando el repertorio ideal a una voz con sello propio que mejora en cada curso.

La jovencísima soprano Janeth Zúñiga nos asombró con Mozart, primero Das Veilchen y a continuación Ruhe sanf, mein joldes Leben de «Zaide«, su voz crece y la mejoría es increíble, cual flauta limpia y afinación segura para el “traidor y engañoso” Mozart, con un semblante que ayuda y una promesa segura con un repertorio que le ayuda a ampliar registros. De Kirke Mechem y su Fair Robin I Love de «Tartufo«, un vals que supuso otro acierto en la elección de repertorio redondeó una más que digna actuación.

El tenor Adrián Begega es también de los conocidos y habituales en estos cursos, con un timbre bello, de amplios matices y que se encuentra cómodo con los franceses, un repertorio bueno para su voz como demostró con las dos páginas de Fauré En Sourdine y Aurore más H. Duparc y Phidylé. Me agrada comprobar la evolución y que vaya encontrando su camino.

La mezzo María Heres es apuesta segura, impecable en cualquier obra por una voz que transmite todo lo que canta aunque el barroco parece pensado para ella y dominando idiomas. Tras comenzar con Les Berceaux de Fauré pasó al inglés Take, o take those lips away de R. Quilter para terminar su actuación con la bellísima Cantata Profana (Adagio-Lento-Allegro) «piango, gemo  sospiro» de Vivaldi en el arreglo que Félix Lavilla dedicase a Victoria de los Ángeles, buenos espejos donde mirarse tanto la cantante asturiana como el pianismo del maestro Burgueras, un dúo de altura para este concierto.

Solo uno de los dúos previstos de Le Nozze di Figaro (Mozart) con el compositor Ignacio Fernández al piano: el recitativo Tutto ancor non ho perso y el «duettino» Via resti servita, madama brillante a cargo de Almudena Sanz como Sussana y Canela García Marcellina, dos sopranos diferentes que empastan bien además de empatizar pese a afinación mejorable en la primera, pero bien elegido para ambas aumentando repertorio operístico en el siempre «traicionero Mozart» que vocalmente resulta ideal en estos años iniciales.

El trío formado por Gabriel Ordás (violín), Jorge Diego Fernández (viola) y Santiago Ruiz de la Peña (violonchelo) pusieron el broche de oro con el Trío para cuerdas de Jean Françaix, cuatro movimientos de encajes complicados con los que demostraron el buen trabajo y tiempo dedicado a formar un «ente único» como es el trío, la música de cámara que tanto ayuda en la captación de formaciones y públicos para una partitura exigente que interpretaron con madurez, buen sonido, entendimiento entre ellos y «chapeau» por ellos. Un buen Domingo de Resurrección musical gracias a La Castalia.

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