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Del mar a la tierra

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 OSPA FESTEast West II: Fleur Barron (mezzo), Benjamin Bruns (tenor), OSPANuno Coelho (director). Obras de Du Yun y Mahler.

La OSPA es una fiesta y volvía con estos conciertos «Este-Oeste» (del que me perdí el octavo de abono) en cuanto a la fusión de músicas desde Oriente a Occidente, una de las apuestas del titular que organiza los conciertos con mimo, preparación y entrega. Así para el noveno se unía la compositora de Shanghai Du Yon (1977) que triunfa en EE.UU. y el siempre actual Mahler con esta sinfonía de seis lieder como es «La canción de la tierra» (Das Lied von der Erde) con textos de poemas chinos de la antología «La flauta china» (Die chinesische Flöte) compilada por Hans Bethge, bien hiladas ambas con una orquesta perfecta para ambas páginas y sin descanso porque los noventa minutos formaban esta unidad East-West sin cesura.

Y como ya es costumbre, a las 19:15 en la Sala de Cámara tenía lugar el encuentro de Fleur BarronNuno Coelho con los habituales, siendo interesante cómo se conocieron ambos en los Estados Unidos y se ha mantenido esta amistad que les daría la complicidad necesaria para Mahler, lo que supone esta colaboración en distintos formatos como han sido «Joy» el pasado día 13 con Julius Drake (piano) y Max von Pfeil (cello) donde unió cantos de Lorca o Falla con canciones chinas (que conoce por su madre) o el floklore de Brahms, y este sábado en el Museo Casa Natal de Jovellanos con parte del Kaleidoscope Chamer Collective, otra combinación de amistad y canciones de oriente a occidente con este grupo, que también me perderé por otros compromisos. Un esfuerzo no solo vocal sino mental el de Fleur Barron transitar en una semana por repertorios y formaciones tan distintos pero unidos, como bien nos contó, por la pasión y la emoción, así como poder disfrutar de nuestra tierra acompañada por su madre.

Sobre Kraken de la china Du Yun aunque afincada en los EEUU, se estrenó en 2012 por la Detroit Symphony Orchestra dirigida por Leonard Slatkin, con una gran plantilla y una interesante orquestación donde no faltan dos grandes kits de percusión y utilizando dos mirlitones (kazoos), sustituyendo a oboe y timbal, que deben “cantar utilizando la voz a través del instrumento”, extremadamente rubato con toda una paleta de recursos variados en esta compositora multi-instrumentista, activista, que ha pasado por distintos géneros y estilos pero que en esta obra muestra una trabajada exploración rítmica y tímbrica de cada instrumento, un lenguaje actual con reminiscencias de Hermann o Stravinsky por los efectos en las cuerdas o metales, aunque como sucede con nuestras actuales músicas sinfónicas, bien pueden ser bandas sonoras. El propio título que para muchos de nosotros es un calamar gigante, en este caso forma parte de una serie de obras de Yun sobre fábulas mitológicas: mitad dios y mitad demonio, un dragón marino elegido por representar el punto medio de la existencia humana, “recuerdo pasado del futuro, futuro del pasado” que la compositora china dice reconocer en ella misma y en su obra, como bien indica en las notas al programa la doctora Julia Mª Martínez Lombó. La obra se estructura, sin ser estrictamente narrativa ni programática, en tres capítulos consecutivos sin apenas separación y el maestro portuense fue indicando cada parte con precisión en una obra exigente precisamente por los muchos contrastes, rubati y hasta cadenzas reflejando «la figura que muta en el tiempo y cómo la materia se extiende, desdobla y disipa», tormentas marinas, profundidades oceánicas y toda una mitología sinfónica en esta interesante composición llena de tensión y fuerza para una interpretación detallista como en Coelho es habitual.

Antes de Mahler, el maestro presentó la obra y nos hizo saber la jubilación tras 30 años en la OSPA de Joshua Kuhl, coprincipal de contrabajos, al que hizo entrega de un ramo de flores y que deja un vacío que espero se llene con su otra pasión jazzística (sobre vacíos volver a comentar que seguimos con concertinos invitados, esta vez Łucja Madziar y ayudante Daniel Jaime).

Das Lied von der Erde es una sinfonía para tenor, contralto (o barítono) y orquesta, contando para esta ocasión con el tenor hamburgués Benjamin Bruns (sustituyendo al inicialmente previsto el escocés Nicky Spence) en los lieder impares y la mezzo británica Fleur Barron en los pares. El primero verdaderamente «mahleriano» por potencia, color, registro, cantando las partes alegres y jocosas en esta mitología dionisíaca o báquica, expresivo y suficiente este alemán capaz de sobreponerse a una orquesta que podría haberle tragado o convertirlo en el kraken inicial.

Por su parte la cantante nacida en Irlanda del Norte pero de nombre francés (porque su madre es una enamorada del país galo y en su Singapur natal anglófono la matriculó en el Colegio Francés), tiene un color ideal, en cierto modo oscuro pero con graves de contralto (una cuerda hoy casi en peligro de extinción), unido a una musicalidad innata que le permite afrontar, como comenté más arriba, repertorios muy variados. Para este Mahler terrenal, su voz resultó perfecta, expresiva y dulce para el otoño solitario, mas bella, lírica y conmovedora en esa larga despedida «para siempre» que te pone un nudo en la garganta.

Coelho que ya ha moldeado un «sonido OSPA», nos demostró no solo lo buen concertador que es, también el dominio total de una formación hoy casi gigantesca, con muchos refuerzos por la plantilla exigida pero que se integran sin problemas en cada sección con sonoridades camerísticas como exige esta partitura. De nuevo la madera estuvo inspiradísima, con un dúo de flauta y voz casi operístico, las intervenciones solistas de oboe, corno, clarinete o fagot capaces de pasar de la exaltación al dolor, unos metales broncíneos tan necesarios para este Mahler, la percusión sin crecerse en las dinámicas que controla con mano firme el maestro portugués, y nuevamente la cuerda que ha recuperado la unidad sonora desde unos matices extremos que no pierden presencia en ningún momento. Esta «otra sinfonía» compuesta en los peores momentos anímicos de Mahler nos hizo pasar de nadar en el fondo marino a pisar la tierra con la misma esperanza del compositor bohemio, «De la brevedad de la vida» de nuestro Séneca reflexionando sobre lo efímero de la belleza, vida y muerte, transcendencia llena de contrastes hechos música, de primavera y otoño simbólicos que nos llevan a esa larga despedida (ewig, para siempre) cantada, susurrada por momentos por una Barron sentida y dilatando hasta el último hálito con Coelho aguantando los brazos y el público respetando un silencio solo roto por una merecida y larga ovación. Esperemos que cada concierto siga siendo una fiesta de calidad y apuestas por repertorios tan poco habituales.

PROGRAMA

Du Yun (1977)

Kraken (2012)

Gustav Mahler (1860-1911):

«Das Lied von der Erde» (1908):

I. Allegro Pesante. Ganze Takte nicht Schnell. «Das Trinklied vom Jammer der Erde» (Canto báquico de la aflicción de la tierra).

II. Etwas Schleichend. Ermudet. «Der Einsame im Herbst» (El solitario en otoño).

III. Behaglich heiter. «Von der Jugend» (De la juventud).

IV. Comodo. Dolcissimo. «Von der Schönheit» (De la belleza).

V. Allegro. Keck, aber nicht zu Schnell. «Der Trunkene im Frühling» (El borracho en primavera).

VI. Schwer. «Der Abschied» (La despedida).

Oviedo sigue en los mapas sinfónicos

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Lunes 15 de abril, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, 25 años «Los Conciertos del Auditorio»: María Dueñas (violín), Die Deutsche Kammerphilharmonie Bremen,
Paavo Järvi (director). Obras de Schubert y Bruch.

Oviedo es parada obligada en las giras dentro de los circuitos musicales español y europeo, por lo que no debe extrañar que una orquesta como la de Bremen, bautizada como Dream Team por su director artístico el estonio Paavo Järvi (otra figura de la batuta), recalase en la capital asturiana para iniciar este «tour», a la que seguiré llamando «La Viena española» por su oferta musical. Y mayor alegría el regreso de la joven granadina María Dueñas Fernández (4 de diciembre de 2002) que con la OSPA ya me sorprendiese hace tres años con Sibelius en lo que sería el despegue de una fulgurante y exitosa carrera mundial. Un placer haber escrito sobre aquel concierto y presumir de «adivinar» el gran futuro que tenía por delante. Y en estos tiempos de «influencers» está claro ante el lleno en el auditorio con abundante presencia de gente joven, que la granadina es todo un fenómeno, vendiendo discos y firmándolos al descanso (aunque yo no me moví de la butaca, para evitar el incordio de levantar toda la fila a la vuelta).

De la Deutsche Kammerphiharmonie de Bremen con la que Paavo Järvi cumple 20 años siendo la única orquesta alemana que dirige en la actualidad, está afrontando todas las sinfonías de Schubert desde 2018 y ahora retoman el proyecto, por lo que estaba claro que las dos primeras iban a ser «especiales» este lunes. Estas sinfonías schubertianas serían con el tiempo muy elogiadas por Antonin Dvorak, que apreciaba la influencia de Haydn y Mozart en ellas, pero también la habilidad individual del joven compositor, que al escribir la segunda sinfonía contaba solamente 17 ó 18 años, lo que muestra un extraordinario y precoz talento. De las siete sinfonías firmadas entre 1813 y 1826 (con tres inacabadas aunque la «famosa» sea la octava), la primera que abría el concierto parece que fue compuesta en el otoño de 1813 y estrenada por la orquesta de su escuela el 28 de octubre, dedicada al director en la fiesta de su cumpleaños. El propio Schubert dirigió la orquesta recibiendo grandes felicitaciones de sus compañeros y maestros en una de las pocas alegrías de su vida. La Kammerphilharmonie de Bremen con una plantilla perfecta y equilibrada tanto en la cuerda, como en los vientos, utilizando trompetas naturales que logran una tímbrica especial, nos interpretaron esta primera de Schubert luminosa en sus cuatro movimientos, Järvi con su habitual  y certero estilo, claro, económico en los medios, marcando lo preciso y con unos tempi y dinámicas de quitar el aire, dejándonos una sinfonía clásica en forma, conocedora del «trío referente» (Haydn, Mozart y Beethoven) respetando todo lo escrito por un romántico hasta en su vida, suerte y muerte, destacando el tercer movimiento (Menuetto. Allegretto – Trio) por la tímbrica y cambios de ritmo que demostraron no solo la calidad de esta orquesta que se nota totalmente entregada al maestro, también la de unos primeros atriles bien compenetrados y donde las trompas siempre aterciopeladas ayudaron a la sonoridad perfecta.

De la segunda sinfonía, considerada como la más alegre de todas, con la misma plantilla que la primera (con una flauta más), aún mantiene la estructura academicista por no llamarla clásica, pero ya con rasgos propios de Schubert experimentando con aires, modulaciones o combinaciones instrumentales, exprimiendo el lirismo caracerístico y con el minueto del tercer movimiento al estilo de la Séptima de su admirado Beethoven (al que llevó a hombros en su funeral), el último clásico y primer romántico, sin olvidarnos de Mendelssohn. El conjunto de esta segunda de Schubert transmite optimismo y energía que parece reflejar una etapa ilusionante (fue compuesta entre el 10 de diciembre de 1814 y el 24 de marzo de 1815, como dejó escrito en el manuscrito), y cuya primera representación pública de que se tiene constancia tuvo lugar en Londres medio siglo después de fallecer su autor, gracias al musicólogo inglés Sir George Grove (1820-1900), apasionado de Schubert que redescubrió en Viena Rosamunda y algunas sinfonías caídas en olvido. La Kammerphilharmonie de Bremen está con Paavo Järvi en el mismo camino de rescatarlas y si la primera fue maravillosa, la segunda de Oviedo resultó impactante, tanto en el primer movimiento que arranca lento antes de atacar con precisión germana el allegro vivace , aplaudido al finalizar por la tensión y emoción acumulada, o el tercero repitiendo el esquema de la primera pero plenamente un scherzo, pero especialmente el último movimiento, Presto, que impulsa y anima a todos para poder disfrutar de una cuerda en estado de gracia, limpia, ligera, de amplísimos matices, secundada por un viento con el que competía en buen gusto, todo un placer comprobar cómo se contestaban ante el gesto mínimo del maestro estonio y la dinámica que pasaba del delicado sonido camerístico a unos poderosos fuertes sinfónicos con pasmosa facilidad y el maestro Järvi cómodo con su orquesta alemana.

Estas dos maravillas de la «Celebración Schubert» fueron las que escoltaron el popular y famoso Concierto para violín y orquesta de Max Bruch, con una María Dueñas espectacular que lo tiene plenamente interiorizado, demostrando una madurez que cerrando los ojos parece interpretada por una virtuosa de amplia carrera. Desde la primera entrada con la cuarta cuerda al aire (sol grave), el sonido del Gagliano fue contundente, siempre mimado por un Järvi al servicio de la solista. Cuánto deben aprender otros «palitos» sobre el respeto en las dinámicas, y el director estonio solamente pedía más volumen en las partes sin la violinista, con una concertación modélica. La granadina sigue logrando un sonido limpio que vuela por encima de la orquesta, pero con un arco que parece flotar sobre las cuerdas en este exigente y virtuoso concierto que tanto gusta a los violinistas y al público, que como mucho recuerda del precoz Bruch su Fantasía Escocesa. Dueñas con la camerística orquesta de Bremen explotó todos los recursos y elementos románticos en este concierto casi fantasía, sin pausas, lucimiento no solo técnico sino expresivo, maduro, con un poso que Paavo Järvi aún subrayó más al frente de su orquesta, impresionando los pianissimi que lograron silencios profundos en el repleto auditorio.

La primera propina de la joven estrella granadina también fue impresionante en un arreglo para violín y cuerda de la hermosa Après un rêve de Fauré, desconozco la autoría que mejora su propia versión con piano, pero tras la primera de Schubert y viendo la calidad de la cuerda de Bremen con Paavo Järvi concertando cada detalle, la expresividad del violín y cómo jugó con las octavas en el tema, primero en unos graves rotundos para levantar el vuelo en los agudos, fue de una delicadeza conmovedora.

Aplausos y varias salidas entre el jolgorio juvenil para dejarnos otra propina sola, de la escuela de Ysaÿè pero escrita por ella, Homage 1770 en su faceta de compositora tras mucho estudio y conocimiento del instrumento, al que verdaderamente hace cantar con el ‘pellizco’ de su tierra adaptado al gran repertorio de siempre, aunque también esté apostando por gente olvidada hasta para mi generación (como el caso del catalán Jordi Cervelló). Recomiendo su Canal de YouTube©, uno de los contactos actuales de una juventud que camina por nuevos derroteros alejados de los de hace años.

Y no quiero olvidarme de la propina final de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, algo que las orquestas nacionales no suelen dar aunque se sobrepase la «hora mágica» de las 22:00 horas (hay siempre  quienes salen lanzados cual resorte programado) como fue este caso: el Vals triste de Sibelius es una de las obras preferidas de Paavo Järvi con todas sus orquestas, pero está claro que esta alemana tiene un plus para él, llevándola de nuevo a matices extremos y jugando con el compás ternario como sólo los grandes del podio saben y aguantando los brazos para saborear hasta la última nota. Complicidad y música mayúscula para el mejor cierre de este concierto, uno de los más esperados en las bodas de plata del auditorio ovetense, hoy con el aforo completo ¡por algo sería!.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Franz Schubert (1797-1828):

Sinfonía nº 1 en re mayor, D. 82

I. Adagio — Allegro vivace; II. Andante; III. Menuetto. Allegretto – Trio; IV. Allegro vivace

Max Bruch (1838-1920):

Concierto para violín y orquesta nº 1 en sol menor, op. 26

I. Prelude: Allegro moderato; II. Adagio; III. Finale. Allegro energico

SEGUNDA PARTE

Franz Schubert:

Sinfonía nº 2 en si bemol mayor, D.125

I. Largo — Allegro vivace; II. Andante; III. Menuetto. Allegro vivace – Trio; IV. Presto

Plantilla:

Coloreando sonidos sinfónicos

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Viernes 5 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VII Coll dirige CollOSPAFrancisco Coll (director). Obras de Coll, Schubert-Berio y Mussorgsky-Ravel.

Séptimo de abono con encuentro previo a las 19:15 en la Sala de Cámara, esta vez con el maestro Francisco Coll (Valencia, 1985) en su doble faceta de compositor y director (desde 2019), y esta temporada colaborador artístico de la OSPA, muy interesante explicándonos su obra o cómo la afronta sin ser un poema sinfónico pues cual sinestesia parte de imágenes que a menudo pinta tras finalizarla y normalmente no retoca con el tiempo pues el momento es único. Curioso cómo toda música es una banda sonora que tenemos todos al escucharla, y aunque Lilith parte del personaje legendario -cuya personalidad entre demoníaca y seductora dio origen al mito de la mujer fatal-  que marcó la juventud del músico valenciano, hoy afincado en Lucerna, también hay elementos de misterio, bosques mágicos y tenebrosos (cerca de su ciudad), nieblas y densidad, aquí sonoro, también con paralelismos pictóricos en busca de texturas además de colores. La partitura tomada como instrucciones para armar los muebles de la famosa multinacional sueca que cada director monta con los elementos sinfónicos, y que en el caso de sus obras tampoco son iguales de un día para otro precisamente porque la vida es un fluir distinto cada día.

Con un programa muy pictórico, su Lilith (estrenada en mayo de 2022 con la Orquesta de Valencia) abría el concierto con una OSPA que daba gusto ver su plantilla de hoy (de nuevo comandada por Aitor Hevia), al fin con unos graves poderosos (calculen a partir de los 6 contrabajos), unos metales que brillaron todo el concierto, percusión abundante que no puede faltar para las texturas y tímbricas de nuestros días, más dos pianos, uno de ellos afinado un cuarto de tono bajo al que el oido no está acostumbrado y da a la obra esa sensación de incomodidad. Obra trabajada por capas como si de un lienzo sinfónico se tratase, alcanzando como una tridimensionalidad sonora que pintó con sus manos sacando de todas las secciones de la formación asturiana el color y ambiente imaginado para armar este «mueble orquestal» sin perder ni olvidar ninguna pieza en su discurrir. En palabras de Jesús Castañer “una de las composiciones más provocadoras, enigmáticas y cargadas de simbolismo que ha escrito hasta la fecha”, y con muchos paralelismos expresivos con su Aqva cinerea que disfruté en el Festival de Granada del pasado verano junto a Richard Strauss para quien su Vida de héroe también está en la raíz de esta Lilith valenciano-suiza.

Cercana en el tiempo y con una orquestación menor pero igualmente sugerente es Rendering de Luciano Berio a partir de los bocetos a disposición de los estudiosos desde 1978 de la incompleta décima sinfonía de Schubert, más restauración del italiano que reconstrucción ni terminación del austríaco. Interesante escritura donde se nota el espíritu del compositor vienés pero aderezado con armonías y tímbricas del siglo pasado que el compositor italiano organiza en tres movimientos (Allegro, Andante y Scherzo) donde el papel de la celesta le imprime una tímbrica muy personal (disfrutando como en la segunda parte de la aragonesa Clara Gil que también estuvo al piano principal en Lilith). La sonoridad clásica es ya seña de identidad de la OSPA, lo que se notó en la calidad de una cuerda homogénea, una madera empastada y los metales con la sonoridad que yo llamo orgánica por el instrumento rey. Colorido clásico con pinceladas propias en una de las muchas «meninas» a partir de las de Velázquez, como también nos dio a entender el maestro Coll en el encuentro, y esta vez con batuta (olvidada pero recuperada) cual pincel para destacar mejor las aportaciones quasi picassianas de Berio.

Y en un programa tan pictórico no podían faltar los Cuadros de una exposición de Mussorgsky en la maravillosa orquestación de Ravel, que como las visiones de una misma obra, la original para piano del ruso son maravillosos grabados a los que el vasco-francés eleva a categoría de lienzos descomunales. La instrumentación toda de todo el color que en mis años jóvenes intentó actualizar Isao Tomita con sintetizadores, y que para toda orquesta es un examen donde todas las secciones y primeros atriles deben darlo todo. Coll de nuevo sin «pincel» pudo ir llenando con gesto claro cada paseo y cuadro de Hartmann con nuestras propias imágenes, sin prisas, saboreando cada número, matizando al detalle alcanzando unas dinámicas extremas y perceptibles sin toses ni teléfonos. Enorme trabajo de todos los solistas, toda la madera en digna pugna por la excelencia en cada principal, impecables y afinadísimos los metales (bravo por el trabajo de Maarten y el trío de trombones más la tuba (hoy especialmente el doblete con el eufonio en «Bydlo» de Christian), presente y seguro el saxo del ponferradino David Delgado en «El viejo castillo«, más la percusión que empuja y realza ese final apoteósico en la puerta de la Kiev hoy ucraniana y acosada. Por supuesto una cuerda poderosa, empastada, matizada, precisa y clara, sonando en equipo para escucharse todos y poder completar esta partitura que el valenciano coloreó con la luz de su tierra y el conocimiento orquestal que desde su aún breve carrera directorial estas experiencias ayudan no solo a comprender sus propias partituras sino las de obras que le gustan, transmitiendo ese amor a la orquesta y un público de nuevo no muy numeroso (y con otro evento de Danza en el Campoamor) que salió feliz del auditorio.

Si hubiera sido increíble haber visto y escuchado a Beethoven dirigir alguna de sus sinfonías, a Bernstein uno de sus musicales o al propio Berio con sus creaciones, está claro que fue un placer haber disfrutado de Coll dirigiendo a Coll y sus compañeros de galería sonora.

PROGRAMA

Francisco Coll (1985):

Lilith (2022).

F. Schubert / L. Berio (1925):

Rendering (1989-1990).

M. Mussorgsky / M. Ravel
(1875-1937):

Cuadros de una exposición (original 1874 / orquestada 1922):

Introducción: Promenade

I. El gnomo

II. El viejo castillo

III. Tullerías

IV. Bydlo

V. Baile de los polluelos en sus cascarones

VI. Samuel Goldenberg y Schmuÿle

VII. Limoges

VIII. Catacumbas

IX. La cabaña sobre patas de gallina:
Baba-Yaga

X. La gran puerta de Kiev

Yulianna Avdeeva: soberbia sobriedad

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Jueves 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Yulianna Avdeeva (piano). Obras de Chopin y Liszt.

Volvían las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con una de las pianistas de nuestro tiempo, la rusa Yulianna Avdeeva (Moscú, 1985) en un programa que el doctor y catedrático de piano del CONSMUPA Fernando Orfila Abadía titula en sus notas al programa como «El apogeo del romanticismo», dos grandes del piano como Chopin y Liszt  de los que la propia pianista comentaba en el diario La Nueva España «dos grandes románticos, fueron amigos y se apoyaron, es un honor tocarlos en Oviedo»,  aunque el honor fue nuestro al poder escuchar a esta artista que desde su niñez de prodigio ha llegado a la madurez interpretativa.

Está claro pese a la globalidad actual, que hay una «Escuela rusa» del piano y la moscovita es un claro ejemplo. Sin apenas tics, sólo el abrocharse la chaqueta para saludar, con esa equívoca apariencia de facilidad en todo lo que toca, de sobriedad gestual sólo rota por alguna mirada perdida al cielo pero con una técnica al servicio de las partituras, afrontó casi dos horas de música honda, sentida, interpretada en el más puro estilo romántico enfrentando dos compositores que tiene asimilados, organizando el concierto de una forma interesantísima.

La primera parte fue Chopin en estado puro y como bien apunta Orfila «presentadas en orden cronológico inverso, de modo que se ofrece una original panorámica de la evolución del lenguaje compositivo de los dos artistas». Avdeeva, que ganó el Concurso de Varsovia en 2010, comenzó con la Polonaise-Fantaisie en la bemol mayor, op. 61 majestuosa y cristalina en su inicio, puliendo cada nota con un uso del pedal refinado, jugando con el silencio como un elemento más, el rubato pefecto y personal, dibujando el ritmo con fuerza en la mano izquierda sin perder el melodismo de la derecha en esta complicada página que con la rusa parecía sencilla, más fantasía que polonesa, y todo interiorizado, sobrio en apariencia pero profundo en el sonido como sería todo el concierto.

La Barcarolle en fa sostenido mayor op. 60, jugando de nuevo sobre «las negras» pero dotándola del carácter acuoso inspirado en las góndolas venecianas y en compás de 12/8 pero elevado a ese piano de salón despojado de convencionalismos académicos. Pudimos sentir el auditorio más cercano, la caja acústica adelantada para estos recitales ayudó a ello, manteniendo tanto la apariencia como el trabajo de cada nota, articulaciones  bien definidas, dinámicas impresionantes atacadas sin esfuerzo aparente, sonoridad siempre limpia, el poso chopiniano que dan los años sin perder la frescura de esta, madurez compositiva e interpretativa.

Con la tonalidad de do sostenido menor, Avdeeva fundió el Preludio y el impresionante Scherzo nº3 dotándolos de unidad y engrandeciéndolos. apostando por un preludio no muy transitado y rico en arpegios que prepararían el misterioso y posterior fogoso «scherzo» lleno de expresión iluminando la oscuridad que parece sintió Chopin aquel otoño mallorquín de 1839 con George Sand, un derroche técnico por parte de la rusa que en la parte «coral» del segundo tema sacó un sonido bellísimo de un Steinway© capaz de escucharse en toda su magnitud gracias a la riqueza de matices y con un público que al menos se dejó embriagar por el piano romántico.

Para terminar esta parte nada mejor que el Andante spianato et Grande Polonaise brilliante, la grandiosidad orquestal en 88 teclas y enfocada a degustar más que a epatar, virtuosismo sobrio en pos de La Música, con mayúsculas y como en el «par anterior» unificando intenciones y emociones, impresionando por la hondura de Yulianna. Mientras cerraba los ojos y recordaba al Rubinstein referente de mis años jóvenes reafirmándome que los rusos han entendido como pocos la música de Chopin, meditación del andante y deslumbrante polonesa que brilló de principio a fin.

La segunda parte y sin pausa entre las tres obras del «Abate Liszt«, igual de romántico que Chopin pero dando un paso más, olvidándonos de tonalidades, nuevas armonías y aún mayor virtuosismo, sonidos trabajados como los propios silencios en una Avdeeva más rotunda y enérgica decantando lo soberbio de su piano por la «menor sobriedad» que en el polaco. No entendamos esta Bagatela lisztiana en su definición de nimiedad o fruslería sino «composición austera, escrita en forma de vals, en la que, mediante el uso de abundantes cromatismos, tritonos y acordes alterados, Liszt parece querer transgredir los límites del sistema tonal, prediciendo la evolución del lenguaje musical en el siglo XX» como la define Orfila. Austeridad interpretativa pero puliendo cada ataque, mimando el pedal, y enlazando con Unstern!- Sinistre, dando una continuidad expresiva donde el virtuosismo es necesario para tanta «mala estrella» que Avdeeva fue desgranando con contundencia, aparentando más tensión sin perder una elegancia innata para esta página áspera, desesperanzadora e igualmente arrebatadora antes de escalar la cima pianística que es la Sonata para piano en si menor. Dramatismo de un poema sinfónico con receta de sonata que el húngaro rompe y la rusa entendió en toda la grandeza, uniendo en una monumental exhibición el espíritu de Liszt. Si Chopin era la elegancia de salón, Liszt sería el poso de la tradición modernizada, y la pianista moscovita el cauce con el que poder entender una misma época con dos visiones que transmitió en una auténtica montaña rusa: luces, sombras, tensión, lirismo, fluyendo con una «soberbia sobriedad» y en la edad perfecta para una vida volcada en el piano.

La propina nos devolvería al Chopin elegante del Vals op. 42 en la bemol mayor, el gran vals en otra exhibición de limpieza, rubato y frescura para devolvernos la luz perdida con Liszt.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Frédéric CHOPIN (1810-1849)

Polonaise-Fantaisie en la bemol mayor, op. 61

Barcarolle en fa sostenido mayor, op. 60

Prélude en do sostenido menor, op. 45

Scherzo nº 3 en do sostenido menor, op. 39

Andante spianato et Grande Polonaise brilliante, op. 22:

1. Andante spianato. Tranquillo – 2. Grande polonaise brillante

SEGUNDA PARTE

Franz LISZT (1811-1886)

Bagatelle sans tonalité, S. 216a

Unstern!- Sinistre, S. 208

Sonata para piano en si menor, S. 178:

1. Lento assai – Allegro energico  – 2. Andante sostenuto – 3. Allegro energico – Andante sostenuto – Lento assai

El oscuro romanticismo

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Miércoles 3 de abril, 20:00 h. Teatro Jovellanos, Concierto 1681 de la Sociedad Filarmonica de Gijón: «Unter Den Dunkeln Linden» (Bajo los oscuros tilos). Marina Pardo (mezzo-contralto), Jesús López Muñiz (trompa), Mario Bernardo (piano). Obras de R. StraussLukeschitsch, Kalliwoda, Proch, MahlerF. Strauss y Schubert.

Interesante recital de lieder no ya por la elección de los mismos, con autores de distinta relevancia histórica, sino por su escritura para voz, trompa y piano (a excepción del de Mahler), una original selección que contó además con un programa de mano excelente, como es costumbre en la centenaria sociedad musical gijonesa que ayer cumplía 116 años, para esta ocasión con las notas de Mar Norlander, sino por incluir todos los poemas en alemán con su traducción al alemán, manteniendo la luz en el teatro suficiente para poder ir siguiéndolos, si bien la cántabro-asturiana Marina Pardo nos explicó cada uno de ellos así como las razones del orden establecido.

En el programa que dejo al final de la entrada, quiero incluir los poetas a los que todos los compositores afincados en la Viena imperial, con el alemán como idioma común, realzan con una música que subraya y respeta el aire romántico de desamores, muertes, cementerios, noches, dolor, tragedia en la vida tan bien reflejada tanto en los textos como en una textura perfecta para una voz femenina grave, redonda, que da ese ambiente de oscuridad contrastado por un piano que ilustra por momentos literalmente esos microrrelatos, sumándose la trompa capaz de cantar y compartir melodías e incluso otorgar la solemnidad o dramaturgia para cada una de las cinco obras originales en este formato nada habitual de este trío.

Marina Pardo tiene el conocimiento de la lengua de Goethe que le permite no solo pronunciar a la perfección los bellísimos poemas, también el color vocal ideal unido a la interpretación siempre interiorizada que con el piano de Mario Bernardo siempre seguro compañero en este «viaje» que realzaba los colores y las pinceladas de estos lienzos sonoros, sumándose la trompa de Jesús López Muñiz en pasajes no siempre limpios pero con la sonoridad exigente que iba desde el «postillón» a la ornitología o una voz sin palabras conformando este original trío.

Interesante el austríaco Georg Lukeschitsch (Villach, 1949), compositor contemporáneo poco conocido, con una balada escrita por Nikolaus Lenau (1802-1850), Der Postillion, que no desentonaría con sus compañeros de programa, de escritura muy expresionista, decimónica y académica para unos poemas bien rimados en 16 estrofas que el trío desgranó con toda la carga dramática y descriptiva cual un cuadro de Caspar David Friedrich, ese caminante bajo nieblas, lunas llenas, carruajes con el piano «tirando» del carro, trotando o frenando ante la tumba del amigo o los ecos en la trompa bien «narrados» por Marina Pardo.

Igualmente intenso y bello Heimweh (Nostalgia) de otro compositor poco conocido como el checo Johan Wenzel Kalliwoda -o Jan Kalivoda– (Praga, 1801 – Karlsruhe 1866), introducción instrumental preparando ese «sol extranjero» a dúo con trompa y el subrayado de un piano que empuja este trayecto de la luz a al nuevo hogar de la tumba.

La segunda parte la abriría dando título al programa Unter den dunkeln Linden, Op. 122, «Bajo los oscuros tilos», poema de Robert Reinick (1805-1852) puesto en música por el austríaco Heinrich Proch (1809-1878) para este trío que canta al árbol totémico musicado por tantos, cantado a trío con suspiros, sueños, sombras y cruces negras donde la luz la pondrían los intérpretes de nuevo fieles a este romanticismo que tanto ha dado a todas las artes y donde la música pone cada banda sonora de estos cuadros.

Más conocidos e igualmente componiendo para este trío de voz, trompa y piano Richard Strauss con su juvenil Alphorn en honor a su padre Franz Strauss (1822-1905), buena conjunción interpretativa en la primera y como gran trompista del progenitor, el corverano Jesús López junto a Mario Bernardo nos interpretaron el bellísimo Nocturno op. 7.

Descatacar el importante papel del piano en todo el recital, pues el lied es diálogo y el mierense «habla» desde las teclas, más aún en este dúo instrumental. Pero de lo más íntimo y con la calidad de Pardo-Bernardo el Mahler de los Rückert Lieder y difícil de traducir como «He abandonado el mundo» (Ich bin der Welt abhanden gekommen) fue de lo mejor en este recital donde olvidamos la orquesta y comprobamos lo bien escrita de esta versión con una Marina Pardo recreándose en las tres estrofas, emocionando en la última: Ich bin gestorben dem Weltgetümmel, Und ruh’ in einem stillen Gebiet!
Ich leb’ allein in meinem Himmel,
In meinem Lieben, in meinem Lied!
 (¡Estoy muerto para el bullicioso mundo y reposo en un lugar tranquilo!
¡Vivo solo en mi cielo,
en mi amor, en mi canción!).

No podía faltar como cierre en un recital de lieder el gran Schubert con su Auf dem Strom D. 943 (más que «En el río» sería «En la corriente», como bien explicó Marina Pardo antes de la interpretación), intenso vocalmente, vibrante al piano y las pinceladas melódicas de una trompa que mantuvo el balance para disfrutar esta obra con la única «licencia» de bajarla de tono pero sin perder ni un ápice de la expresividad más allá de la armadura original o la dificultad instrumental que permitió brillar la redondez de la mezzo (o contralto) que en estos casos no es cuestión de tesitura sino de color y proyección unido a una articulación ideal para el genio del lied en alemán.

La propina del también alemán Louis Spöhr (1784-1859) nos sacó de los cementerios y desamores para poner aires de caza más alegres el «Emma’s Lied» del drama Der Erbvertrag, WoO 92 en la versión para voz, piano y trompa que puso el broche a este trío original con un programa exigente por dramatismo que estos asturianos interpretaron con la entrega y profesionalidad a la que nos tiene acostumbrados a sus seguidores en las distintas facetas que los tres transitan uniéndose en este recital romántico.

PROGRAMA:

I

Richard STRAUSS (1864-1949):

Alphorn, TrV 64. Textos de Justinus Kerner (1786-1862).

Georg LUKESCHITSCH (1949):

Der Postillion. Textos de Nikolaus Lenau (1802-1850).

Johann Wenzel KALLIWODA (1801-1866):

Heimweh. Textos de Gustav Rasmus (1817-1900).

II

Heinrich PROCH (1809-1878):

Unter den dunkeln Linden, Op. 122. Textos de Robert Reinick (1805-1852).

Gustav MAHLER (1860-1911):

Ich bin der Welt abhanden gekommen, de Rückert Lieder. Textos de Friedrich Rückert (1788-1866).

Franz STRAUSS (1822-1905): Nocturno, Op. 7 para trompa y piano.

Franz SCHUBERT (1797–1828):

Auf dem Strom, D. 943
(Única bajada de tono). Textos de Ludwig Rellstab (1799-1860)

La música integradora

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Miércoles 27 de marzo, 19:45 horasTeatro Filarmónica de Oviedo, Concierto 2068 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (número 7 del año): Orquesta Humboldt, Michael Form (director). Obras de Haydn, Mozart y Schubert.

Este frío miércoles santo llegaba a la centenaria sociedad filarmónica la Orquesta Humboldt (OH), que forma parte de la Asociación Euro-venezolana para el fomento de las artes musicales y escénicas (EUVEM),  fundación e institucionalización de esta nueva agrupación como paso lógico y consecuente de una exitosa colaboración artística entre distintas orquestas y coros de «El Sistema». Como reza en su presentación, es «un proyecto sinfónico para la integración de los mundos», agrupación esta vez algo mermada al contagiarse de COVID dos violines antes de emprender viaje y dejándola «reducida» a 19 miembros para un programa clásico de los que hacen afición y reafirman la ya consolidada. La OH surge por iniciativa del prestigioso flautista alemán Michael Form (Mainz, 1967) y la dirección artística del contrabajista venezolano Jonathan Álvarez Cermeño (Los Teques, 1989), y no se puede sacar más provecho a una formación camerística de jóvenes con altísimo nivel formados en sus países de origen y obligados a emigrar, extranjeros y/o refugiados que «La Humboldt» agrupa junto a españoles de talento, fomentando este intercambio cultural y humano más allá de cuestiones políticas o religiosas con distintos puntos de vista musicales, que demostraron en Oviedo cómo la música no tiene fronteras, integra y logra hacer agrupaciones de una calidad que cerrando los ojos parece un milagro al escucharles.

Siempre que hablo de sinfonías y plagiando un dicho taurino, escribo que «no hay quinta mala», por lo que nada mejor en un programa tan clásico que la número 5 de Schubert, el último en un periodo que ya rompía al romanticismo, pero que servía para preparar el resto del concierto, pues en cierto modo es un homenaje o tributo a sus compañeros de programa. Con los músicos que viajaron a la capital, la plantilla respetó la original aunque la cuerda quedó en 4-3-2-2-1, suficiente para cómo sonó aunque ciertamente el trabajo para los violines sería mayor y quedaría algo «descompensado», pero tan bien equilibrado con el viento (1 flauta con oboes y fagots a dos, más dos trompas naturales) que la interpretación de esta camerística Humboldt fue de lo más completa.

El Allegro inicial bien balanceado, rico en dinámicas de amplios reguladores, fraseos claros bien llevados por el maestro Form, despuntando el quinteto de madera con una flautista precisa y de enorme proyección. El Andante con moto delicado, heredero de los compañeros de programa en estilo, increíble la sonoridad y empaste camerístico, la cuerda tan homogénea bien arropada por las dos trompas y nuevamente la madera impecable. El tercer movimiento, que bisarían como propina, valiente en el tempo, literalmente «Allegro molto» -que no todas las formaciones respetan- algo corto en la cuerda grave pero suficientemente balanceadas todas las secciones para saborear lo escrito y nunca escuchado en vida por el joven Schubert, con los diálogos entre flauta y oboe delicados, precisos, llenos de musicalidad. Para rematar el Allegro vivace enérgico, valiente, saltarín, rico en dinámicas marcadas al detalle con la sabiduría de Michael Form que debía cerrar los ojos y abrirlos para comprobar el «milagro musical» de una sonoridad madura para unos músicos unidos para escucharse y disfrutar. Se aplaudieron todos los movimientos, aunque el maestro, que presentó cada obra, comentase que en su momento no se entendía un concierto como hoy y el público mandaba extereorizando lo que le gustaba. Está claro que esta quinta fue del agrado de los presentes, muchos iniciándose como debe ser en estos conciertos de las sociedades filarmónicas, auténtica cantera de melómanos y verdadera musicoterapia para todos.

Y «Papá Haydn» considerado el padre de las sinfonías, contaba con orquestas similares a esta OH, por lo que su Sinfonía 44 resultó ideal para la plantilla (misma cuerda y viento sin flauta con un solo fagot más los dos oboes y la pareja de trompas), denominada «Fúnebre» (Trauer en alemán) por su Adagio del que Haydn quedó tan «enamorado» que la pidió sonase en su funeral. El verdadero Sturm und Drang que marcó todo ese esplendoroso periodo clásico, el de la Escuela de Manheim con esos reguladores que serían la mejor expresión del «ímpetu y la tormenta» desde el primer Allegro con brio. Cierto que la cuerda hubo de trabajar a tope, las trompas naturales pueden errar algún ataque, pero la sonoridad y estilo fueron de calidad para estos jóvenes músicos llevados de las manos por Form. El Menuetto ya incorporado a las sinfonías (antes de la sustitución posterior por el Scherzo) aquí en el segundo movimiento, mantuvo el carácter de danza aristocrática con la madera cantarina, la cuerda articulando y el complemento de las trompas para una textura limpia. El Adagio que tanto gustaba al austríaco estuvo lleno de solemnidad e intimismo, de nuevo la cuerda entregada y revestida por un viento delicado, si se me permite la expresión, mozartiano por la profundidad expresiva que tiene, y que seguro el genio de Salzburgo escucharía pues parece clara la inspiración. El último Presto devolvió la energía y alegría de esta «querida fúnebre» que situó de nuevo a la Viena clásica en Oviedo: una cuerda homogénea, disciplinada, ajustada al tempo, bien arropada por el viento.

Si de la Austria clásica se trataba con Viena de capital, nadie mejor que Mozart y su conocida penúltima sinfonía que como Franz, el genio de Salzburgo tampoco pudo escuchar en vida. Con la misma plantilla del joven Schubert, esta sinfonía central de la trilogía final, aportó la sonoridad original con unos balances muy trabajados por Michael Form, buen conocedor de este repertorio, destacando el Menuetto por un tempo más cercano al Allegro que al Allegretto pero como bien nos comentó el maestro alemán, siempre en un perfecto castellano, es difícil aportar algo nuevo a una obra tan conocida, y el esfuerzo se agradeció. Protagonismo de los vientos, una madera excelente y una cuerda trabajando al máximo para conseguir el equilibrio global rico en dinámicas. Todo mi reconocimiento a esta Orquesta  Humboldt (bien elegido el nombre de este alemán como gran exponente del nexo entre dos mundos además de profundo investigador en Venezuela), con Michael Form al mando del proyecto y la formación por su compromiso con este repertorio que defendieron con profesionalidad, entrega e ilusión.

Regalarnos el bis de Schubert fue cerrar este círculo vienés en una sociedad filarmónica por la que pasaron promesas que el tiempo convirtió en figuras, deseando larga vida a este «proyecto sinfónica para la integración de mundos».

PROGRAMA:

Primera parte

F. SCHUBERT (1797-1828): Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816):

I. Allegro – II. Andante con moto – III. Menuetto. Allegro molto – Trio – IV. Allegro vivace.

F. J. HAYDN (1732-1809): Sinfonía nº 44 en mi menor «Trauer», Hob. 1/44 (1772):

I. Allegro con brio – II. Menuetto. Allegretto – Trio – III. Adagio – IV. Finale. Presto.

Segunda parte

W. A. MOZART (1756-1791): Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 (1788):

I. Allegro molto – II. Andante – III. Menuetto. Allegretto – Trio – IV. Allegro assai.

Celebrando a Bach con Prego

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Jueves 21 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Sala de cámara del Auditorio Príncipe Felipe: XI Primavera Barroca (CNDM, Fundación Municipal de Cultura). ‘Día Europeo de la Música Antigua’: Ignacio Prego (clave), Las suites franceses de Johann Sebastian Bach. Obras de Bach, Purcell y Froberger.

El Día Europeo de la Música Antigua toma la fecha del nacimiento del padre de todas las músicas según el calendario juliano, pues los alemanes aún no habían adoptado nuestro calendario gregoriano. Y realmente «dios Bach» podríamos celebrarlo cada día del año pues su música empapa de sentimiento y profundidad al público y a los intérpretes. Como si el auditorio hubiese quedado impregnado del espíritu de «Mein Gott» desde el lunes, Ignacio Prego celebraba con todos este «cumple Bach» con una sala de cámara repleta para este ciclo barroco que sigue triunfando aunque coincidiese con el concierto de Abraham Cupeiro y la OFil en el Campoamor.

El programa elegido por el clavecinista madrileño no defraudó al interpretar las tres últimas Suites francesas de Bach intercalando a Froberger y Purcell (de quien también fue la propina dedicada al siempre irreemplazable Eduardo Torrico). Y si Prego es elegancia, madurez, poso interpretativo con una técnica precisa y preciosa, su clave de 2016 (copia de un Ruckers Colmar holandés de 1624), fabricado en Sabiñán -comarca de Calatayud, Zaragoza- por Tito Grijnen, compartió éxito por sus agudos brillantes, sonoridad clara, limpia, graves rotundos, resonancia redonda y unos registros que Ignacio Prego exprime al detalle, pero también su bellísima decoración, por lo que el público acudió al finalizar el concierto a «adorar» esta joya que ya disfruté el verano pasado en Granada en una «sana competición tímbrica» precisamente con la música del «Mein Gott».

Las notas al programa que firma mi admirado Pablo J. Vayón nos cuentan el origen de las conocidas como suites francesas como material didáctico, la evolución y gestación como kapelmesiter en la feliz corte del príncipe Leopoldo de Anhalt-Köthen, pero también los «compañeros de este cumpleaños» aunque el kantor fusione como escribe M. Bukofzer en Music in the Baroque Era (1947) en estas suites las influencias francesa y alemana, creando un estilo propio y personal llegando a afirmar que en esta música para clave “evitó el riesgo de sucumbir a las poderosas influencias italiana y francesa al asimilarlas con su tradición polifónica alemana”.

La Suite nº1 de Purcell o la Partita nº 2 de Froberger tienen personalidad propia manteniendo los aires danzantes pero con las señas de identidad del primer barroco tanto inglés como alemán. Prego supo jugar con los distintos ritmos, compases, tonalidades y sonido (el recuerdo del laúd estaba claro) de ambos, con ornamentaciones delicadas, trinos naturales, fraseos cristalinos y el despliegue técnico al que nos tiene acostumbrados el madrileño.

Pero Bach es único, irrepetible, mágico, inimitable, dominador de las tonalidades que ayudará a asentar, dotándolas de lo que la modalidad heredada hasta el Renacimiento parecía reducir a solo dos en el Barroco. La escritura perfecta y por momentos sorpresiva de «dios Bach» marca diferencias. Ignacio Prego comenzó con la Suite nº 4 en mi bemol mayor, BWV 815, siete danzas bien contrastadas en un «barroco de libro»: poso en las lentas, ligereza en las rápidas y siempre moldeando el sonido con el respeto a lo escrito para no perdernos nada.

En el centro la nº 6 en mi mayor, BWV 817, comenzando con el preludio (BWV 854) añadido en la copia de Henrich Nikolaus Gerber, alumno de Bach (como escribe mi tocayo sevillano), recuperándolo para las suites, todas partiendo de las cuatro danzas de la ‘suite clásica’ (allemande, courante, sarabande y gigue, así en francés) y añadiendo los números libres como las gavotte, bourré o menuett. El genio de Eisenach asombra en esta última de sus «francesas» y Prego exprimió las ocho danzas con un derroche de virtuosismo y madurez, la que le ha colocado entre los grandes clavecinistas que España está dando (recordé a Leonhardt en este Auditorio allá en 2011, memoria viva desde la desconocida minoría que el tiempo al fin les reconoció) impresionando el sonido que le saca al Crijnen.

El cierre del concierto sería con la luminosa quinta (me reafirmo «no hay quinta mala») Suite francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816, el mejor resumen a cómo entiende Ignacio Prego estas suites: el orden dentro del programa, la Allemande abriendo los sentidos, una Courante ágil, la Sarabande profunda, una Gavotte marcial y cortesana, seguida por la Bourrée cristalina en los trinos y mordentes, prodigio barroco nada recargado, una Loure con poso sonoro de fraseos largos, para rematar con la Gigue de «tresillos» saltarines, conociendo los «afectos» en todas ellas escondidos para transmitir toda la emoción a un público entregado a «El arte del clave», la mejor forma de celebrar el día de la llamada música antigua pero siempre moderna y actual que sigue con un público fiel en Oviedo.

Con Torrico siempre en la memoria, el regalo del Ground en do menor Z. 221 de Purcell, cual profeta bachiano en el clave regio por el apóstol madrileño que volvió a triunfar.

PROGRAMA:

Johann Sebastian BACH (1685-1750)

Suite francesa nº 4 en mi bemol mayor, BWV 815 (1722-1725?)

I. Allemande – II. Courante – III. Sarabande – IV. Gavotte – V. Air – VI. Menuet – VII. Gigue

Henry PURCELL (1659-1695)

Suite nº 1 en sol mayor, Z 660 (1692)

I. Prelude – II. Almand – III. Corant – IV. Minuet

J. S. BACH

Suite francesa nº 6 en mi mayor, BWV 817 (1722-1725?)

I. Prélude – II. Allemande – III. Courante – IV. Sarabande – V. Gavotte – VI. Menuet polonais – VII. Bourrée – VIII. Gigue

Johann Jakob FROBERGER (1616-1667)

Partita nº 2 en re menor, FbWV 602

I. Allemanda – II. Courant – III. Sarabanda – IV. Gigue

J. S. BACH

Suite francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816 (ca. 1722)

I. Allemande – II. Courante – III. Sarabande – IV. Gavotte – V. Bourrée – VI. Loure – VII. Gigue

Bach: pasión 300 años después

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: La Cetra Barockorchester & Vokalensemble Basel; Jakob Pilgram, Christian Wagner, Shira Patchornik, Sara Mingardo, Mirko Ludwig, Guglielmo BuonsantiFrancesc Ortega; Andrea Marcon (director)Johann Sebastian Bach (1685-1750): Pasión según San Juan, BWV 245 (1724).

Mis amistades saben que cada Semana Santa allá donde me encuentre, escucho las dos pasiones de «Mein Gott» como acto de fe para un cristiano cercano a Lutero (por todo lo que supuso en los grandes cambios en la música, la iglesia, la educación o la explicación del dominio germánico en todos los géneros musicales desde el Renacimiento).

En mi «Ruta Bach» de agosto 2007 pude hacer mi personal peregrinaje para vivir en primera persona cómo pervive el espíritu de El kantor de Leipzig en su patria e impregnarme del culto con su música que tanto envidio como melómano.

A los 300 años del estreno de la Pasión según San Juan, BWV 245, el Auditorio de Oviedo volvió a transportarnos con un respeto sepulcral hacia una música apta para  todos los públicos: católicos, protestantes, agnósticos o ateos, pues la partitura de esta «pasión pequeña» sigue impactando, la pasión y muerte de Jesucristo relatada con la música de Bach como una limpieza espiritual que no debe faltar al menos una vez al año. En mi caso aún resonaba en mi interior la del pasado Festival de Granada con esta misma obra, pero La Cetra Basel con el maestro Marcon al frente junto al Vokalensemble Basel donde estaban cuatro de los siete solistas, dotaron a esta «nueva pasión» del intimismo y calidad desde el primer Herr unser Herrscher (traducción simultánea proyectada). Ni un pero para nadie en este Tour (Christian Wagner parece que perdió el traje y hubo de vestir como vino) que de nuevo puso Oviedo en el mapa de la «capitalidad musical»: el coro de cámara con un empaste y presencia suficiente, una orquesta de tímbricas ideales con un continuo impecable, y las voces protagonistas mimadas tanto en los recitativos donde ellas marcaban la pulsación y expresaban musicalmente los textos, como en las arias que el maestro de Treviso, fundador del conjuntollevó con mano firme, manteniendo una pulsación musicalmente matemática y las dinámicas perfectas para que sonase esta pasión como «un todo».

Juan el Evangelista lo interpretaría el tenor suizo Jakob Pilgram, de voz adecuada y siempre presente en su omnipresente papel de narrador, siempre bien contestado por Jesús o Pilatos en los complicados recitativos. Jesús estuvo a cargo del joven barítono Christian Wagner, de graves suficientes para su cuerda, dramatismo expresivo y un poder melódico (sobre todo en el aria nº 32 con el coro Mein teurer Heiland tras la crucifixión) que fueron de lo mejor del elenco vocal.

No defraudó la veterana contralto Sara Mingardo cuyo registro se mantiene rotundo en el grave de color y volumen homogéneo en sus arias nº 7 Von den Stricken meiner Súnden, magistral junto a los oboes (siempre mejor en esa voz femenina que escasea, que con los contratenores) en un tempo giusto para saborear esta música, y otro tanto en la nº 30 Es ist vollbracht!, dolorosa con la viola de gamba, pausada, fraseada desde la madurez y siempre protagonista, con el cambio de tempo y agilidades aún jóvenes pareciendo flotar sobre el tutti antes del «da capo» al lento con el archilaúd perlado.

Otra voz a tener en cuenta la joven soprano israelí Shira Patchornik, bien en el aria nº 9 Ich folge dir gleichfalls con las dos flautas y su voz casi la tercera, de agudos limpios, y excelente en la nº 35 Zerfließe, mein Herze con flauta y oboe da caccia en las genialidades tímbricas de «dios Bach» bien empastada con el ensamble, volviendo al coro como una más.

Intervenciones puntuales de los otros tres componentes corales, comenzando con el inmenso tenor Mirko Ludwig algo menos cómodo en el aria nº 13 Ach, mein Sinn por una mayor presencia orquestal y mejor en el arioso nº 34 Mein Herz, in dem die ganze Welt dramatizado en el arranque y más presente en el resto. No defraudó como Pilatos el catalán Francesc Ortega i Martí en todas sus intervenciones desde la tarima y otro tanto su compañero de cuerda Guglielmo Buonsanti como Pedro, barítono y bajo respectivamente de proyección poderosa sin perder la musicalidad necesaria en sus papeles.

Si el reparto vocal fue bueno, el coro de cámara tuvo la misma calidad de los solistas en él incluidos y ser capaces de empastar desde el esfuerzo común, con amplia gama de matices bien señalados por Marcon, el pueblo cantando Jesum von Nazareth (nº 2b), eligiendo a «Barrabam» (nº 18b), pedir la crucifixión «Kreuzige!» (nº 21d y nº 23d) o preguntar con el bajo «Wohin»(nº 24)  con la entrega necesaria para momentos tan distintos emocionalmente. Y todos los corales un prodigio de espiritualidad comunitaria con el órgano trasladándome a Santo Tomás de Leipzig o a tantos templos protestantes de los países nórdicos donde el pueblo participa a cuatro voces. Gracias «Mein Gott» por la inspiración…

Está claro que La Cetra Basel son una formación pensada no solo para Vivaldi y otros, también y especialmente para este 300 aniversario de la «pequeña pasión de Bach«. Sus anteriores visitas al Auditorio hace ahora siete años (volvería a disfrutarlos este verano pasado en Granada) y la anterior a la pandemia en 2019 con «La Petibon» y Éva Borhi de concertino más directora, ya dejaron claro su dominio en el repertorio barroco. Y Andrea Marcon siempre es un seguro para dirigir y concertar voces, incluso en nuestra zarzuela, por lo que no extrañó comprobar cómo iba sacando lo mejor de cada sección y solistas en su orquesta. La cuerda mantuvo afinación pese a la tripa, el color que da, más los dos números  con el bellísimo arioso del bajo (nº 19 Betrachte, meine Seel) y la movida aria de tenor (nº 20 Erwäge, wie sein blutgefärbte Rücken) donde la concertino afincada en Basilea Eva Saladin y el vienés Germán Echeverri Chamorro cambiaron el violín por la viola d’amore; del continuo tanto el cello como la viola de gamba fueron con el archilaúd los perfectos acompañantes del evangelista pero igualmente el mejor sustento armónico en compañía del violone o los teclados del órgano y el clave. No me olvido del viento, desde el contrafagot discreto pero necesario reforzando los graves, también el fagot, pero especialmente las dos parejas de flauta y oboe (doblando el de caccia) que en las combinaciones y tutti van dando el color a cada uno de los números de este relato evangélico que El kantor crea desde una estructura tanto tímbrica como melódica que elevaría al Paraíso en «la grande según San Mateo«.

Milagrosa pasión bachiana capaz de acallar teléfonos, olvidar móviles y tener dos horas al público en esta liturgia musical siempre irrepetible y necesaria. Sólo me queda la pregunta de por qué un descanso entre las dos partes de esta Pasión según San Juan que rompen la ceremonia como si en una misa tras la homilía los feligreses saliesen al vermú y volviesen para finalizarla. Dios Bach aunque lo perdone no necesita descanso alguno…

Evangelista: Jakob Pilgram

Jesus y Arias: Christian Wagner

Soprano: Shira Patchornik

Alto: Sara Mingardo

Tenor: Mirko Ludwig

Pilatos: Francesc Ortega i Martí

Pedro: Guglielmo Buonsanti

La Cetra Barockorchester

Violines primeros: Eva Saladin*, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Petra Melicharek.

Violines segundos: Claudio Rado – Germán Echeverri Chamorro* – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter.

(* viola d’amore)

Violas: Joanna Michalak – Sonoko Asabuki.

Violonchelos: Jonathan PeŠek – Amélie Chemin.

Viola da gamba: Teodoro Baù.

Contrabajo: Fred Uhlig.

Traverso: Karel Valter – Claire Genewein.

Oboe y Oboe da caccia: Georg Fritz.

Oboe: Priska Comploi.

Fagot: Letizia Viola.

Contrafagot: Giovanni Battista Graziadio.

Órgano: Johannes Keller.

Clave: Joan Boronat Sanz.

Archilaúd: Maria Ferré.

Vokalensemble Basel

Sopranos: Shira Patchornik – Baiba Urka – Jaia Niborski – Cornelia Fahrion – Mirjam Striegel.

Altos: Arnaud Gluck – Andrea Gavagnin – Marcjanna Myrlak – Ana María Fonseca Núñez.

Tenores: Andres Montilla Acurero – Mirko Ludwig – Akinobu Ono – Massimo Lombardi.

Bajos: Guglielmo Buonsanti – Jan Kuhar – Santiago Garzon-Arredondo – Francesc Ortega i Marti.

Andrea Marcon, director.

La música enferma del Tristán

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Sabado 16 de marzo, 20:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: Wagner: Tristan und Isolde (acto II en versión de concierto)Daniela Köhler, soprano (Isolda) – Corby Welch, tenor (Tristán) – Dorottya Láng, mezzosoprano (Brangäne) – Miklós Sebestyén, bajo (Rey Marke) – Juan Noval-Moro, tenor (Kurwenal / Melot), Düsseldorfer SymphonikerÁdám Fischer (director).

Las óperas en concierto no suelen funcionar, principalmente porque las voces por buenas que sean deben luchar con una orquesta detrás y no en el foso, más aún cuando se trata de Wagner y sus descomunales huestes sinfónicas que ni siquiera caben en nuestro Campoamor (lo que es una de las razones de su poca presencia en la temporada ovetense). Este sábado el ejército sinfónico alemán llegaba de Dusseldorf con su titular desde 2015 el gran Ádám Fischer (Budapest, 1949) a la batuta en una gira con parada en «La Viena Española» en la que hubiese preferido el programa de Haydn y Mahler antes que este segundo acto del Tristán al que Eduard Hanslick proclamó como «música enferma».

Si el musicólogo y crítico austríaco fue un defensor del arte puro, con la ópera entendida como el propio Wagner definió «obra de arte total» (Gesamtkunstwerk), la versión de concierto no funciona. La Düsseldorfer Symphoniker es una de las orquestas sinfónicas legendarias que venía mastodóntica (a partir de 8 contrabajos ya se imaginan la plantilla total, arpa incluida) y tan mahleriana como wagneriana con un Fischer al que aún recuerdo en 2013 con «La Pires» y sigue siendo uno de los grandes, con toda la música en una cabeza privilegiada como demostró este sábado. Pero el elenco vocal no puede gritar en una lucha de volúmenes, sólo salvada en los momentos escritos en piano, perdiéndose matices y toda la vehemencia que esta ópera exige. Sumemos que parte de los cantantes necesitaron partitura, otro  inconveniente que leyendo las notas al programa del musicólogo y crítico Alberto González Lapuente se entenderá mi razonamiento tras repasar al quinteto vocal.

Quiero comenzar por el tenor asturiano Juan Noval-Moro en los breves pero intensos Kurwenal y Melot, bien de volumen y color donde el grave ha ganado peso, seguro desde su primera aparición junto al rey Marke. Cosas de la historia lírica carbayona: en el Tristán de 2011 cantó otro asturiano como Jorge Rodríguez Norton en el rol de marinero y el tiempo le ha llevado a Bayreuth. Espero que el polesu siga con su trayectoria internacional donde parece más valorado que en su tierra.

Destacar personalmente al bajo-barítono húngaro Miklós Sebestyén que tiene una voz rotunda, redonda, de emisión perfecta y el único que mantuvo algo de escena, como el asturiano sin necesitar partitura, cómodo como Marke, melódico y expresivo sobreponiéndose sin problemas al tutti con el que finaliza su intervención del segundo acto.

Otra voz que me encantó fue la joven mezzo Dorottya Láng, otra voz  húngara que promete, aunque el lastre de la partitura le impidió brillar en su dúo inicial con Isolda, mejorando casi fuera de escena en la puerta izquierda con una proyección más amplia y sin la lucha fratricida por volúmenes. Un color ideal para esta Brangäne que deberá interiorizar para llevarla sobre las tablas si quiere seguir carrera en el templo wagneriano.

Faltó más musicalidad y entrega al Tristán del tenor norteamericano Corby Welch, un heldentenor algo «mermado» escénicamente por la atadura de la «necesaria» partitura delante, citando ahora a González Lapuente: «todo aquello que, en el dúo de amor, lleva a los dos amantes a fundirse en una entidad distinta, en una fogosidad que lleva a una pasión más supera la mera atracción, la del verdadero amor, la de la íntima armonía de las almas, la de esa unidad de los cuerpos que se confunde en un solo aliento, paradójicamente, en ‘un sentimiento químicamente puro’». No hubo contacto físico ni abrazos con Isolda, divorciados más que enamorados y separados con una línea de canto muy igual, gritando para intentar hacerse oír aunque afinado, pero no se puede tener al ejército detrás y cantar cómodo, así como morir más de una invisible lanza que de la esperada estocada.

Evidentemente la alemana Daniela Köhler demostró ser una soprano dramática ideal para su Isolda y en general para un Wagner que lleva interpretando apenas hace unos años atrás. Al menos intentó «dramatizar» y moverse en escena, con una potencia canora que por momentos recordaba la imagen tan wagneriana y distorsionada de las walkirias gritando para sobreponerse a la orquesta. El registro es amplio y homogéneo de color, con unos graves portentosos, un buen empaste tanto con Brangäne como con Tristán, pero que ni cerrando los ojos conseguí encontrar la química necesaria. Está claro que es una Isolda para las tablas pero faltó la emoción para creérmela.

Por supuesto que la Düsseldorfer Symphoniker es un «pedazo de orquesta» en todos los sentidos. La calidad de todas las secciones es impresionante, una cuerda capaz de unos pianissimi increíbles y mantener la presencia en los tutti «a toda pastilla» de unos metales seguros (hasta las trompas fuera de escena) y rotundos junto a una madera prodigiosa (despecialmente el clarinete bajo y la oboe), y un Ádám Fischer portentoso marcando todas las entradas, manejando una memoria juvenil y el talento de la madurez de un maestro entregado no ya a la lírica (donde sigue siendo referente) sino a las causas humanitarias como reflejaba en una entrevista para La Nueva España«La música en estos tiempos es un refugio, quiero despertar de la pesadilla de la guerra». Su amor por el de Leipzig es innegable («El mensaje de Wagner es universal para todas las generaciones: el deseo loco y la ambición por el dinero y el poder son veneno») y Fischer sacó de su orquesta todo lo mejor, la «oscuridad más clara» por Wagner imaginada, pero no puedo decir que en Oviedo mimase las voces: no hubo «la noche que se funde con el agua» en los canales del Palazzo Ca’ Vendramin Calergi del barrio o sestiere de Canareggio, hoy curiosamente Casino y Museo Wagner. Qué distinto hubiera sido la «Quinta de Mahler» con los de Düsseldorf y la Muerte en Venecia, pero al menos el dúo de amor de Tristán sigue provocando la misma emoción que la ciudad donde el propio compositor moría un 13 de febrero de 1883…

Las sombras luminosas de Rusia

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Viernes 15 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VI Rachmaninov enamorado: OSPA, Nicolai Lugansky (piano), Thomas Dausgaard (director). Obras de Rachmaninoff y Tchaikowsky.

Al fin volvió el público al auditorio ovetense para disfrutar de la OSPA porque el programa era de los «impresindibles» que no deben faltar, y además con nuevas visitas de dos figuras mundiales, el pianista ruso Nicolai Lugansky (Moscú, 1972) que al fin podía quitarnos el mal sabor de boca que nos dejase en 2017 con «el cocinero», y retomar la buena senda de hace dos años con Perry So, más este viernes con el director sueco Thomas Dausgaard (Copenhague, 1963) que debutaba con nuestra orquesta asturiana pero al que ya le disfrutamos por partida doble en 2012 y 2016 al frente de la Orquesta de Cámara Sueca, como le recordé en el encuentro previo a las 19:15 y donde confesó tanto su pasión viajera, al ser habitual llegar con tiempo y marchar unos días después de sus compromisos para disfrutar de las ciudades, su gastronomía y paisajes, como la otra pasión musical que no solo transmitió a los presentes en la sala de cámara sino también en un concierto que dejó el pabellón ruso muy alto. Una suerte enorme para la OCRTVE que le tendrá de principal director invitado desde la próxima temporada, esperando repita alguna escapada a nuestro Principado.

Las obras rusas que tenían como nexo de unión el largo camino de la oscuridad a la luz con un tránsito emocional de los compositores y sus músicas, sería la tónica general en un programa para todos los públicos donde el directo siempre es único e irrepetible para todos, como también comentó Dausgaard antes del concierto, y lo dice un director con una amplia carrera discográfica. Pero un concierto en vivo es siempre distinto: para los intérpretes que lo sienten diferente de un día a otro, con las mismas o distintas batutas y solistas, por la acústica, por el propio público, nuevo y veterano cuya memoria y estado anímico hace percibir estas páginas desde todas las perspectivas, algo que que también se transmite al escenario para recorrer un camino común de sentimientos.

Nicolai Lugansky es sinónimo de elegancia desde el rigor, y el Concierto para piano nº 2 en do menor, op. 18 de Rachmaninov toda una muestra en uno de sus compositores de referencia, que como lo describe en las notas al programa Israel López Estelche es «el alma del romanticismo y la esencia de la escuela rusa». Sin arrebatos, con los tempi suficientemente templados para poder paladear tanta música en uno de los conciertos más populares de nuestra historia y por ello de los más complicados en enfrentarse a él, pero el pianista ruso lo afrontó ya desde su entrada con el aplomo, sonoridad y amplitud de matices que se necesitan. Si además tenemos al gran concertador que es Dausgaard y una OSPA que se crece no ya en estas obras, que también, sino cuando se les exige como hoy -de nuevo con el asturiano Aitor Hevia de concertino invitado mientras seguimos esperando titular-, el resultado final es de los que hacen historia propia.

El Moderato para degustar con un empaste ideal del piano y la cuerda aterciopelada, metales cálidos y maderas ensoñadoras, transiciones de aire bien entendidas y marcadas por Dausgaard con una gama dinámica siempre bien controlada desde la mano izquierda, permitiendo brillar el pianismo ruso de compositor e intérprete. El danés sonsacando los motivos de cada sección y la orquesta escuchando al solista para alcanzar el entendimiento y marcar con paso seguro este primer trayecto juntos, sin prisas. El «cinematográfico» Adagio sostenuto todo el muestrario de afectos musicales, Rachmninov en estado puro donde saborear esa orquestación tan propia y heredera de la tradición, el piano sosegado e íntimo contestado en el mismo plano por unas maderas que compitieron en pura musicalidad (flauta, clarinete, oboe…), de nuevo la cuerda sedosa, el encaje y balance perfecto en todos con los gestos mínimos pero suficientes del danés, carácter propio de los «latinos nórdicos» hecho música. Una maravilla ver y escuchar cómo la orquesta «preparaba» los solos del ruso con caídas exactas, transiciones en los cambios y rubati encajados con la exactitud requerida y la precisión desde el podio. Quedaba aún la grandiosidad del Allegro scherzando en otra montaña rusa de emociones y notas bien fraseadas, tejiendo un sonido cálido por parte de todos donde Lugansky brilló con luz propia e iluminó sin cegarnos con arpegios perlados, sonoridades poderosas y la madurez de los años que se notan en este repertorio, luchas bien entendidas entre orquesta y piano con Dausgaard templando y ajustando, pinceladas de los bronces, color en maderas, cuerdas equilibradas en número y sonido hasta ese final de los que levantan el ánimo y casi al público.

La propina no podía ser otra que de Rachmninov y su Paraprhasing Bach sobre la conocida Partita para violín nº 3 que Lugansky iluminó solo el primer movimiento (Preludio non allegro) casi celestial desde el virtuosismo del compatriota que como todos, tiene a Bach como padre de todas las músicas que sonó a Concerto.

Siempre comento que «no hay quinta mala» y la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 de Chaikovski corrobora mi chascarrillo porque tal vez sea de las más programadas cada temporada pero sirven para «testear» las orquestas que la interpretan, y la OSPA la transita a menudo aunque en este sexto de abono de la temporada 23-24 la calidad demostrada con Dausgaard al frente de esta Quinta pienso que quedará tanto en su memoria como en la de los aficionados. El maestro danés la dominó de principio a final, interiorizada y memorizada, de nuevo con su economía de medios con solo los gestos necesarios para hacerse entender, entretejiendo una sonoridad para la plantilla idónea (cuerda 14-12-10-8-6) permitiendo el balance ideal en dinámicas, el disfrutar de los primeros atriles y unos timbales nuevamente bien encajados, mandando sin «atronar». El primer movimiento (Andante-Allegro con anima) de inicio misterioso, sin prisa, subrayando la plácida oscuridad desde las maderas acunadas por la cuerda, antes de crecer con el alma al allegro que fue dando pinceladas en cada sección en los planos perfectos de cada motivo, preguntas y respuestas dibujadas con toda la gama de color hasta un final acelerando el pulso antes del conocido y popular segundo movimiento (Andante cantabile con alcuna licenza), el remanso necesario tras la tensión que no solo dejó el esperado solo de trompa bien cantado y contestado por el clarinete, también el saber «dejar hacer» del danés para saborear una OSPA hoy entregada al magisterio desde el podio sin sentimentalismos pero con la profundidad vital. Un impecable, elegante, luminoso y alegre tercer movimiento (Valse: Allegro moderato) que Dausgaard planteó desde unas cuidadas sonoridades y exposiciones, con los pasajes rápidos limpios en la cuerda y bien contrastados con el viento, para finalizar el trayecto de la oscuridad a la luz con ese Finale jugando con dos «tempi» (Andante maestoso – Allegro vivace), el tema del destino con violencia y esperanza, el eterno presente romántico hecho sinfonía para un abono de «enamorar con los rusos».

PROGRAMA:

S. Rachmaninov (1873-1943): Concierto para piano nº 2 en do menor, op. 18

I. Moderato – II. Adagio sostenuto – III. Allegro scherzando

P. I. Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64

I. Andante – Allegro con anima

II. Andante cantabile con alcuna licenza

III. Valse: Allegro moderato

IV. Finale: Andante maestoso – Allegro vivace

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