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Lo efímero imperecedero

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Jueves 6 de junio, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo, clausura de la temporada: Gustav Mahler Jugendorchester (GMJO), Kirill Petrenko (director). Bruckner: Sinfonía nº 5. Fotos ©Pablo Piquero y propias.

Inmejorable clausura de esta temporada de los 25 años de los «Conciertos del Auditorio» celebrando los 200 años del nacimiento de Bruckner y por todo lo alto, con la Joven Orquesta Gustav Mahler que volvía 5 años después y nada menos que con el grandísimo Kirill Petrenko (Omsk -Rusia-, 11 de febrero de 1972) en la batuta.

Escuchando esta magna sinfonía que sigue corroborando mi teoría de que «no hay quinta mala», pensaba en la arquitectura sinfónica, la partitura como planos del arquitecto compositor pero que necesitan construirse, incluso repetirse pero siempre dependiendo de muchos factores, más cuando Bruckner nunca quedaba satisfecho con sus ideas y sabiendo que el papel no da nunca la verdadera visión, ni siquiera una maqueta a escala. Para armar este edificio musical se necesitan buenos materiales, en este caso elegidos entre los mejores de «última generación», todo un equipo interdisciplinar que se dice ahora, donde albañiles, alicatadores, electricistas, fontaneros, pintores y tanto personal necesario serían equiparables a las distintas secciones de la orquesta, 95 músicos donde no faltaron los españoles que desde la anterior visita de 2019 siguen incrementando la plantilla de la GMJO y no solo en el viento, también una cuerda que es un sueño hecho realidad en pleno siglo XXI, un auténtico equipo bien organizado, planificado con tiempo, cada uno el mejor en su especialidad, pero que para elevar esta catedral sinfónica bruckneriana sabiendo que será efímera, necesita el mejor constructor para convertirla en imperecedera en cuanto al esfuerzo por hacerla físicamente palpable, o al menos audible.

Y el actual titular de los Berliner es un Maestro con mayúsculas, auténtico constructor que no solo elevó a las alturas esta quinta sino que la dotó de todos los detalles más allá de los planos de Bruckner, atento a la iluminación, los contrastes, los tempi para detenerse en cada piso, la gama de colores en molduras, arcos, todas las esculturas sin dejar nada a la improvisación, construyendo en toda su altura esta catedral sinfónica asientan desde unos cimientos poderosos hasta los arcos casi gaudinianos sabedor que esta joya de una hora larga en sus dimensiones, sobrepasaría el tiempo y quedará en la experiencia de estos jóvenes que aprenden, responden, funcionan como una gran familia enfrentándose en esta gira a una experiencia de convivencia más allá de un poso musical que les quedará para toda la vida.

Si de la Cruz de la Victoria, símbolo asturiano en nuestra bandera, cuelgan las letras Alfa y Omega como principio y final, este concierto será omega y alfa, final de mi temporada «oficial» (aún queda la ‘Resurrección’ mahleriana este sábado) y principio del 73 Festival de Granada que se inaugura este sábado con los mismos protagonistas para volver a construir esta quinta sinfonía de Bruckner que tiene a Viena como protagonista, siendo Oviedo «La Viena Española» y esperando seguir contando tanto Bruckner que nos espera en el segundo centenario de su nacimiento.

El binomio GMJO-Petrenko además de acercar a la capital asturiana a buen número de melómanos llegados de distintas partes, nos puso de nuevo en el mapa melómano de esta gira que arrancó el día anterior en San Sebastián y finaliza en la capital nazarí abriendo mi querido festival (al que espero llegar el domingo 16). Y las expectativas se cumplieron desde el Adagio inicial al Allegro moderato final. Contemplar al director ruso es maravilloso por su control absoluto, de gestos claros, precisos, con una expresividad que nos hace visualizar cada movimiento, cada cambio de aire, las emociones escondidas en este sinfonía que siempre nos descubre cosas nuevas.

Con una plantilla perfecta (calcular a partir de 10 contrabajos), equilibrada en volúmenes, de colocación vienesa con los graves a la izquierda, violines primeros y segundos enfrentados, cellos y violas delante del podio, trombones y tuba detrás de los contrabajos mientras el quinteto de trompas se ubicaba al lado contrario, el «jefe de obra» de la cuerda  fue el concertino alemán Kurt Mitterfellner secunado por el español Xabier Andrada, mínima muestra de los mejores estudiantes en los principales centros musicales europeos. La madera también con notable presencia ibérica aunque con la polaca Marta Chilebicka en la flauta o la alemana Myriam Navarri al oboe mostraron una supremacía femenina en toda la orquesta. Los «bronces» sonaron cual órgano gigantesco de la catedral de Linz transportada al auditorio ovetense: afinado, presente, bien balanceado, completando un juego de «registros» envidiable, y para rematar una tímbrica cuidada al detalle por Petrenko, los timbales de la española Andrea Armas cuidando cada baqueta, segura y amplia en los redobles pero manteniendo el plano sonoro marcado por el director ruso.

El primer borrador de la Quinta Sinfonía ya lo tenía Bruckner en mayo de 1875 aunque no lo terminaría hasta el 4 de noviembre de 1878 porque volvió a reelaborar la tercera, y aún pasarían quince largos años hasta su estreno el 8 de abril de 1894, que además nunca llegaría a escuchar esta obra. Sin entrar en los distintos calificativos que le han dado, las dimensiones de esta sinfonía son comparables como escribía más arriba a una catedral, con un dominio del contrapunto que Petrenko fue marcando con una mano izquierda inconmensurable, sumándole todas las dinámicas y búsqueda de un sonido muy trabajado que los jóvenes respondieron para envidia de muchos mayores, desde el Adagio inicial en unos pianissimi dignos de elogio y unos pizzicati en los contrabajos delicadamente presentes. Los metales entraron en ese movimiento coral y «orgánico» bien contestado por toda la orquesta, las secciones yuxtapuestas como en el juego de registros del órgano, y desvaneciéndose con una delicadeza casi mística.

El segundo movimiento (Adagio: Sehr langsam) repite el inicio del primero para disfrutar del oboe bien arropado por la cuerda, contestaciones marcadas por Petrenko con la respuesta exacta de los primeros atriles, optimismo transmitido en los planos y en la construcción de este segundo piso antes del «arriesgado» tempo del Scherzo, como dicen las notas de Hartmut Krones en el libreto repartido por la GMJO «cuyo carácter escurridizo simboliza la exuberancia salvaje», y así la elevaron el constructor y su equipo, danzado, con desarrollos muy elaborados, matices de ensueño y todo un despliegue tímbrico maduro, lleno de contenido sin perder nada de lo escrito.

Y el remate catedralicio que recapitula los pisos bajos, saltos hacia el paraíso sinfónico con el español Juan Andrés Carmona al clarinete siempre presente, de timbre abierto como está escrito para abrir la fuga maestra del Bruckner inspirado, polifónico, grandioso, momentos de clímax y dinámicas extremas junto a la delicadeza siguiente. Petrenko ya había hecho magia en los inicios de cada movimiento buscando la concentración desde un silencio previo (roto por las toses que han vuelto tras el covid), y este Allegro moderato desembocará cual estrella en la aguja con el material «reutilizado» que me lleva de nuevo a Gaudí, aire festivo y esplendor final en una sinfonía de nuevo efímera pero imperecedera. Público rendido a los jóvenes y al ruso, aplausos para la orquesta y entre ellos, alegría contagiosa que daría la última sorpresa.

Mientras iban recogiendo atriles y partituras, como si una banda de música se tratase, la sección de viento se arrancó un Amparito Roca al que se fueron sumando el resto para un fin de fiesta espectacular que ponía un broche español a este jueves «omega y alfa» que llegará al Palacio de Carlos V en el llamado «Preludio del Festival» #Bruckner200.

PROGRAMA

Anton Bruckner (1824-1896)

Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, WAB 105 (1875-76)

I. Introducción: Adagio – Allegro

II. Adagio: Sehr langsam

III. Scherzo: Molto vivace

IV. Finale: Adagio – Allegro moderato

Piedras corales

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Sábado 1 de junio, 20:00 horas. Iglesia del Real Monasterio de San Salvador de Cornellana, Concierto Libros de Piedra. Coro “El León de Oro”, Marco A. García de Paz (director). Obras de Rogier, Manchicourt, Payen, Nystedt, Pärt y Whitacre.

El Real Monasterio de San Salvador en Cornellana (concejo de Salas), celebraba su milenario el último día de mayo, y en el primer día del inicio del segundo milenio acogía al coro asturiano El León de Oro (LDO) en esta privilegiada sede que albergó la grabación en febrero de 2023 del último CD para el sello británico Hyperion que se ha publicado el pasado mes de abril, nuevamente bajo la dirección de Peter Phillips y Marco A. García de Paz, engrosando un repertorio en el que ambos maestros han encontrado en «los leones» el mejor instrumento vocal que esta vez estuvo protagonizado por obras pertenecientes a la Capilla Flamenca de Felipe II, varias de ellas presentes el sábado con el programa titulado «Libros de Piedra» del que pude disfrutar en la presentación de esta temporada de LDO.

Desde los inicios me declaré #leónigan pues el coro luanquino ya apuntaba alto y ver la evolución a lo largo de casi tres décadas ha reafirmado mis expectativas. En el complicado mundo coral encontrar una formación que mantenga la calidad en su eterna búsqueda de la perfección es de por sí todo un reto. Pero como proyecto ha seguido creciendo, manteniendo una cantera que le permite ir renovando las voces sin resquebrajarse nunca sus señas de identidad. La convivencia entre la espina dorsal de los fundadores junto a las nuevas incorporaciones logran aunar experiencia y frescura tanto humana como musical. Su versátil repertorio continúa creciendo afrontando todas las épocas con la misma entrega y pasión juvenil sumando la madurez de su titular que la transmite a esta familia coral asturiana en otro curso escolar que no ha parado de dar alegrías a su legión de seguidores.

Para este concierto del día primero del segundo milenio del Monasterio de Cornellana, con un lleno a destacar en un sábado de amplia oferta musical y hasta futbolística, destacando la presencia del Rector de la Universidad de Oviedo Don Ignacio Villaverde, del párroco Don Arturo García Rodríguez y de representantes del Ayuntamiento de Salas, los gozoniegos eligieron dos bloques a cual más exigente, uno primero renacentista con las obras de RogierManchicourt Payen del citado último CD. En las notas al programa Ángel Gavela, trompista y bajo del coro, escribe «Haciendo honor a sus eternos muros, hoy erigiremos en él una ciclópea biblioteca arquitectónica, en la cual serán depositados con sumo cuidado una serie de valiosos libros, representados por cada una de las obras. Humildemente escribiremos nuevas palabras en sus pétreas páginas. El primer capítulo lo formarán las obras renacentistas, evocando un pasado de esplendor, en el que los sagrados muros del templo eran el hábitat natural de esta música».

El León de Oro

Con las distintas y habituales combinaciones vocales de relevos, posiciones, dobles coros, junto a la acústica ideal de esta iglesia y el poso que el maestro Phillips ha dejado en este repertorio, pudimos comprobar la expresividad extrema de unas páginas poderosas, llenas de espiritualidad en el mejor escenario posible para ellas. El duro trabajo para el disco se notó y la afinación, empaste o contrastes en todos los matices fueron las señas del LDO con el tactus perfectamente entendido por voces y director más la musicalidad del latín elevada a la polifonía del momento.

La «simbiosis perfecta entre sonido y arquitectura» fue de menos a más, y el segundo bloque contemporáneo, presentado por el propio Marco A. García de Paz, aún pondría de relieve el poderío vocal con unas cuerdas perfectamente empastadas, de extremos potentemente delicados, con las sopranos de agudos nítidos incluso en los pianissimi y los bajos profundos que los tres compositores elegidos exigen, cimento y altura con el complemento central de mezzos y tenores dando forma a partituras muy exigentes por tesituras, disonancias, expresividad y afinación pluscuamperfecta, Con «la cruz como poder simbólico omnipresente en nuestra cultura» el noruego Knut Nysdtedt y su O Crux resultó tan desgarrador como el propio texto. Si los Regina
Caeli
renacentistas fueron luminosos, el Nunc Dimittis del estonio Arvo Pärt sigue siendo un hito interpretativo en el LDO, dándoles las gracias como las de la  propia salvación del Señor, música interiorizada y emocionante de principio a fin.

Finalmente otro de los compositores «fetiches» de los luanquinos, el norteamericano Eric Whitacre y When David Heard impregnado de dolor, desgarro, pleno en los contrastes musicales y un derroche de calidad y sentimiento a cargo del LDO en otro concierto para el recuerdo (que repiten este domingo en Covadonga).

De propina nos dejarían el Kyrie de la “Missa Praeter rerum seriem” compuesta por George de la Hèle (1547-1586) que forma parte del último disco de repertorio renacentista, y del que se vendieron a la salida del concierto para seguir disfrutando del mejor coro amateur español en casa.

PROGRAMA

“Libros de piedra”

Philippe Rogier (1561-1596): Regina caeli

Pierre de Manchicourt (1510-1564): Emendemus in melius | Osculetur me | Regina caeli

Nicolas Payen (1512-1559): Virgo prudentissima

Philippe RogierCantantibus organis

Knut Nystedt (1915-2014): O Crux

Arvo Pärt (1935): Nunc Dimittis

Eric Whitacre (1970) When David Heard

Siempre nos quedará Viena

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Viernes 31 de mayo de 2024, 20:00 horas: Teatro Jovellanos, Concierto nº 1684 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Orquestra Vigo 430, Jonian Ilias Kadesha (violín y dirección). Obras de Mendelssohn, Mozart, Vivaldi y Haydn.

Aprovechando que para este programa la sociedad gijonesa me encargó las notas al programa, esta vez mi reseña del concierto la coloco entre las mismas (en color azul), actualizando lo previsto y lo vivido en este último concierto de la temporada actual, siendo además un honor dejarlas reflejadas en unos programas de mano  (que en otros lugares se está perdiendo como refleja mi tocayo sevillano en la Revista Scherzo de este mes) pues son para guardarlos porque mantienen la esencia de informar y formar, incluyendo enlace a la lista de reproducción de las obras en Spotify© que ayudan bien antes y/o después a degustar cada programa. Además de mi gratitud por la confianza de su Junta Directiva en este que suscribe, debo dar la enhorabuena a la centenaria sociedad filarmónica, de la que me enorgullezco ser socio, por seguir apoyando la música de cámara y traer a la capital de la Costa Verde intérpretes y formaciones tanto consagradas como las que siguen arribando al panorama regional, nacional e internacional, fidelizando a los melómanos e incorporando nuevas generaciones de aficionados.

En este último programa de la temporada 23-24 con la que también cerramos mayo, podremos disfrutar de cuatro compositores que son básicos tanto en la formación de músicos y orquestas camerísticas, como para todo aficionado, siempre necesitados de volver a “los clásicos” que no deben faltar nunca.

La Orquestra Vigo 430 fundada en 2005 bajo el nombre de Ensemble Vigo 430 y consolidado en 2014 con el apoyo del Ayuntamiento de Vigo, como tantas formaciones que se adaptan al repertorio elegido, presentó para este concierto «clásico» gijonés una plantilla reducida, joven y equilibrada (4-4-2-2-1) de mayoría femenina y con una sonoridad homogénea, ligeramente desafinados los primeros violines y optando por unos tempi ajustados de buen balance bajo la dirección clara de Jonian Ilias Kadesha con una gestualidad que ayudó a imprimir el carácter de esta primera sinfonía de la tarde:

Felix MENDELSSOHN (Hamburgo, 1809 – Leipzig, 1847) fue un niño precoz para la música, viajero incansable, influyente en la vida musical de su época, dirigiendo a sus contemporáneos y predecesores, recuperando la obra de Bach del que apreció su “artesanía”, y dejando escritas más de 750 obras, 72 con número de opus más otras 24 llamadas “menores” junto a otras 49 publicadas de manera póstuma, un legado de 60 volúmenes compilado por su hermano Paul Hermann y donado a la Biblioteca Estatal de Berlín en 1878. Como compositor tuvo fama de meloso o sensiblero, especialmente por su obra pianística, pero tanto en lo sinfónico como en la música de cámara o la sacra está clara su vena puramente romántica, junto a un sentido de la medida clásico. Además de sus conocidas cinco sinfonías para orquesta (especialmente la tercera “Escocesa” y cuarta “Italiana”), tiene doce de su época “juvenil” compuestas entre 1821 y 1823 cuando tenía entre 12 y 14 años, que dan prueba de su enorme talento, dejando incompleta la decimotercera para afrontar su primera gran sinfonía para orquesta. La Sinfonía para cuerda II en re mayor, que figura así con números romanos en las partituras autógrafas, no fue publicada hasta 1959 por la editorial Deutscher Verlag für Musik. Probablemente interpretada en Berlín en casa de sus padres con una orquesta para socios y amigos, consta de tres movimientos (Allegro – Andante – Allegro vivace) donde podemos alegría desbordante en el primero, la influencia de Händel en el central o un brillante y fino ejercicio de contrapunto en el último con frases imitativas de aire beethoveniano.

El inmenso catálogo realizado por Ludwig Köchel de la obra de Wolfgang Amadeus MOZART (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791) podría haber sido mayor que el de Bach (padre de todas las músicas y felizmente recuperado por Mendelssohn) si hubiese vivido más años, y no le faltó forma musical ni instrumentos solistas para los que escribir. Como niño prodigio también dominaba el violín, llegando a ser konzertmeister del Príncipe-Arzobispo Colloredo en cuya orquesta había muchos músicos italianos. Mozart escribió cinco conciertos completos entre abril y diciembre de 1775, siendo este último fechado un 20 de diciembre y conocido como “Turco” por su toque oriental (que utilizaría en más obras), uno de los más difundidos por la sorprendente madurez de su escritura, la riqueza tímbrica y una escritura elegante impensable con sólo 19 años, y encuadrado en su mal llamado periodo de “aprendizaje” donde explorar y explotar al máximo las posibilidades del violín solista que ya empleasen los Corelli, Locatelli o el propio Vivaldi (que sonará a continuación) escuchados en tres viajes a Italia con su padre entre 1769 y 1773, pero con un salto estilístico: no faltará la influencia francesa del llamado “Estilo Galante” junto a la riqueza melódica alemana, todo al alcance de un genio como el de Salzburgo. La famosa violinista Anne-Sophie Mutter lo califica de «Atrevido y con muchas capas. A su atípica entrada solista al principio le sucede una serie de ideas encantadoras, que se tornan más caudalosas en el segundo movimiento. Esto da paso a un Finale que inserta un demoniaco Alla turca que en realidad es un motivo húngaro», t-res movimientos siguiendo el esquema de los conciertos para solista, Allegro aperto – Adagio – Rondo (Tempo di minuetto) que cuenta además de la cuerda frotada con dos oboes, dos trompas y bajo, auténtica evolución en la estética mozartiana cargada de dramatismo y cambios de ánimo, que parece surgir tras su estancia en Munich en sus muchos viajes asombrando a media Europa.

Incorporando los vientos requeridos de las trompas y oboes a la plantilla, «El turco de Mozart» nos trajo al violinista Jonian Ilias Kadesha en su debut español como solista de este conocidísimo concierto, de nuevo con las indicaciones del aire casi al pie de la letra y unas cadenzas muy interesantes por su parte, con la orquesta llevándola tanto desde el arco como con sus indicaciones gestuales, dirigir e interpretar todo con lo que supone de máximo control de balances y ajustes en las entradas, con la complicidad del concertino, en difícil afinación de las trompas que defendieron con buena tímbrica al lado de la pareja de oboes para redondear la sonoridad mozartiana y destacando el Rondeau por las marcadas alternancias entre solista y orquesta subrayando los cambios.

Teniendo a un violinista al mando de la orquesta no podía faltar “Il Prete Rosso”, Antonio VIVALDI (Venecia, 1678 – Viena, 1741), otro compositor prolífico que pese a su fama moriría en la indigencia en la capital austriaca. De su contribución a la literatura musical para la cuerda frotada, especialmente para el violín y más allá de “Las Cuatro Estaciones”, su concierto subtitulado «Grosso Mogul», el mismo título que el RV 43 para flauta en mi menor, no figura en los manuscritos autógrafos sino en la copia conservada en la ciudad alemana de Schwerin (también transitada por el Haydn final de hoy), y parece hacer referencia al mítico diamante de ¡no menos de 280 quilates! perteneciente a una dinastía musulmana de la India, sueño de la riqueza oriental escrito con la brillantez de Don Antonio, otro de los imprescindibles y no tan popular como los de sus otras colecciones. El RV208 es una variante de la opus 7 nº 11 transcrita para órgano por Bach (BWV 594) con la novedad del movimiento central para el solista (Allegro – Grave Recitativo – Allegro) de un “recitativo sin palabras” sin perder el carácter virtuosístico del veneciano. Compuesto en los albores de la década de 1710 es un ejemplo del “hombre de teatro” con efectos especiales de todo tipo: ritornellos brillantes, ascendentes bariolages (técnica del arco que consiste en una rápida alternancia entre una nota estática y una que cambia, creando una melodía por encima o por debajo de dicha nota), solos sonoros y rudos junto a una velocidad exuberante en los pasajes más caprichosos, o la generación de melodías sobre armonías exóticas, todo sobre los patrones de un estilo resueltamente teatral donde tampoco falta el elemento visual incluyendo grandes movimientos de arco, articulaciones irregulares y abruptos cambios de posición, algo esencial para causar efecto y admiración incluso en nuestros días.

Para El Gran Mogul de Vivaldi el solista Jonian Ilias Kadesha volvía con algunas curiosidades como la incorporación de una guitarra barroca para el continuo en vez del clave, lo que engrandeció unir la parte rítmica con los punteos acompañando algún solo del violinista. El virtuosismo del greco-albanés en este concierto quedó acreditado por su amplia gama de matices, algún «abuso» de los glissandi o la inclusión en sus cadencias de guiños al folklore europeo junto al «Oh! Susana» o el inicio del último capricho de Paganini, una práctica habitual que actualiza las intervenciones de los solistas y genera complicidad con los aficionados que reconocen esas melodías.

Para terminar este concierto nada mejor que hacerlo en la capital musical por excelencia con una soberbia sinfonía del considerado padre de esta forma, Franz Joseph HAYDN (Rohrau, 1732- Viena, 1809), la número 49, catalogada por el musicólogo Anthony van Hoboken (1887-1983) como Hob. I.49, fechada en 1768 y subtitulada alrededor de 1790 como «La Passione». Del título se dice le fue puesto en referencia al carácter profundo y casi meditativo, reforzado por el hecho poco común de que sus cuatro movimientos (Adagio, Allegro di molto, Minuetto-Trio, Finale. Presto) están en la oscura tonalidad de fa menor -heredera de la barroca Sonata da chiesa-, y aunque nada pruebe que fuera escrita para la Semana Santa, pese a otras líneas de pensamiento que indican esa posibilidad, nunca demostrada, de asociar esta sinfonía de Haydn a las actividades musicales de Pascua en la Corte de Esterházy (en la que fue director musical durante largos y productivos años) está claro que nos encontramos ante una de las sinfonías más sombrías del austriaco. El musicólogo Charles Rosen se refiere a ellas con las siguientes palabras: «Haydn compuso una serie de sinfonías impresionantes, dramáticas, muy personales y manieristas. En orden cronológico las más importantes son: la Sinfonía nº 39 en sol menor; la Sinfonía nº 49, La Pasión; la Sinfonía nº 44, Fúnebre; la Sinfonía nº 52 en do menor; y la Sinfonía nº 45, Los adioses. (…) En cierto sentido, parecen presagiar no el ingenio de carácter social y lírico de su obra posterior (y de la de Mozart), sino un estilo ásperamente dramático, intensamente emotivo, sin ningún vestigio de sentimentalismo». Parece claro que “La Pasión” fue compuesta en un momento de transición en el pensamiento musical del austriaco siendo final de una fase creativa e inicio de otra. En esta partitura invierte el orden “habitual” de los dos primeros movimientos, y será la última donde adopte esta forma, conservando la significación de la tonalidad citada de fa menor desde el comienzo al final, exceptuando el trío del minueto en modo mayor, simbolismos como lo fueron también las tonalidades de sol menor para Mozart o do menor para Beethoven, el “triunvirato” de la llamada ‘Sinfonía Clásica’. Escrita para dos oboes, dos trompas y cuerda con un fagot integrado en los bajos (plantilla similar a la utilizada en el concierto de Mozart), destaca el Adagio de comienzo misterioso y lejano animado por los bruscos sobresaltos que producen las indicaciones dinámicas tan del gusto de “Papá Haydn” en el espíritu del ‘Sturm und Drang’, destacando el ya citado tercer movimiento desesperado y oscuro donde la luz sólo la pondrán los oboes y trompas antes del Presto donde la tensión se mantiene con un breve motivo rítmico melódico.

Con la misma plantilla mozartiana y más homogénea en tímbrica o balances, la Orquestra Vigo 430 afrontaría esta partitura del «Padre de la sinfonía clásica» con la misma pasión de su sobrenombre y los necesarios riesgos para su interpretación, desde la madurez y hondura del Adagio inicial, el equilibrio en el Menuett hasta mostrar todo el ímpetu juvenil de los movimientos pares con un Jonian Ilias Kadesha que transmite seguridad y conocimiento a esta formación joven dejándonos el buen sabor clásico de un programa donde Gijón fue Viena para cerrar mes y temporada.

Buena clausura de temporada con protagonismo para la Viena capital musical por esta filosófica y afinada (a 430 Hz) “clásica» orquesta viguesa comandada por un ateniense de sangre albanesa y residente en Berlín, tocando un violín »ex-Moser» Guarneri de Gesu de 1743 que recalan en nuestra centenaria sociedad gijonesa, cosmopolitismo melómano sin fronteras para seguir viajando desde la butaca del Teatro Jovellanos.

Mahler para 25 años de Auditorio

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Este lunes 27 de mayo a las 11:30 horas tenía lugar en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo la presentación a los medios de comunicación de los dos conciertos extraordinarios con motivo del 25 Aniversario del «Auditorio Príncipe Felipe», que se celebrarán los próximos días 8 y 28 de junio.

La OSPA y Oviedo Filarmonía se unirán de nuevo en dos conciertos con Mahler de protagonista. Tomaba la palabra en primer lugar David Álvarez Menéndez, Concejal de Cultura y presidente de la Fundación Municipal de Cultura (FMC) para recordar la efemérides y repasar por alto quién fue Don Gustavo y las sinfonías corales del bohemio de las que en Oviedo sólo nos queda la número 8 «De los Mil», que llevo años pidiendo a SSMM cada víspera de Reyes, como le recordé, esperando cumplir el sueño en esta legislatura. Las tres requieren gran cantidad de efectivos pero en «La Viena española» todo es posible.

Antón García Fernández, director general de Acción Cultural y Normalización Llingüística también hacía referencia al primer cuarto de siglo del auditorio diseñado por Rafael Beca que los que ya peinamos canas todavía recordamos los depósitos de agua que aún conservan parte en esta sala (dándole además una acústica ideal), veinticinco años con una programación de altura que ha puesto a la capital del Principado en el mapa de los grandes conciertos.

Ana Mateo Martín, gerente Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), que estaba «en su casa» como sede de la formación desde la inauguración, bromeando con la infraestructura que suponen estas dos sinfonías para celebrar las Bodas de Plata del Auditorio, aceptando el reto del concejal y recordando anteriores colaboraciones con la formación ovetense.

María Riera, directora general de la FMC también recordó la unión de ambas orquestas no solo en estos conciertos, como La consagración de la primavera de Stravinsky, la Sinfonía alpina de R. Strauss o la Sinfonía nº 7 «Leningrado» de Shostakovich entre otras, sino también en la Ópera de Oviedo, contabilizando nueve colaboraciones como Sigfrido y el último El ocaso de los dioses de Wagner con sus cuatro representaciones, y recordó que las entradas se pondrán a la venta a partir de mañana martes 28, con precios asequibles de 15€ en butaca y 10€ en anfiteatro, con la posibilidad de abonarse a los dos conciertos por 27€ y 18€ respectivamente, con un 10% de descuento.

El sábado 8 de junio a las 20:00 horas, OSPA y OFIL volverán a interpretar la Sinfonía nº 2, «Resurrección» junto a la soprano Slávka Zámecnniková, la mezzo Fleur Barron que vuelve a Oviedo, el Coro de la Fundación Princesa de Asturias que dirige José Esteban García Miranda (aún recuerdo esta misma sinfonía en 2008 en los inicios del blog, o la de hace 7 años con Pablo González, un mahleriano reconocido) y todos ellos, en torno a unos doscientos intérpretes, bajo la batuta del titular de la OSPA, Nuno Coelho, como anfitrión de este primer Mahler de junio.

Y el viernes 28 de junio a la misma hora, sin moverse del Auditorio y «devolviendo» visita será el titular de la OFIL el onubense Lucas Macías quien llevará la dirección de la Sinfonía nº 3 en re menor con la OSPA, la mezzo Dame Sarah Connolly más los coros Aurum y Peques del León de Oro (LDO) que dirige Elena Rosso, la mejor cantera vocal asturiana.

Por causa del Covid nos quedamos sin otro Mahler conjunto para la Sinfonía nº 9 en re mayor programada para el  día 26 de junio de 2020 con Lucas Macías, pero dado que ya llegó el «tiempo de Mahler», no faltarán más sinfonías de mi querido Don Gustavo, esperando por esa Octava «De Los Mil» que aún no ha sonado en Oviedo, esperándola como un niño de 12 años.

Merecida oportunidad para jóvenes pianistas

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Sábado 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta» de Mieres: 1ª Gala Pianística de Mieres. Intérpretes: Juan Vicente Stroup, Iván Gómez García, Laura Puente Novales, Aníbal Mortera Pariente (cello), Hugo Álvarez Lanero, Héctor del Río Fernández y Henry Sebasthian Crespo. Obras de varios compositores. Fotos ©pablosiana.

Una buena entrada en el auditorio mierense para la primera gala de piano organizada por Henry Sebasthian Crespo con diversos apoyos y patrocinios como ya comenté el pasado día 19 en este blog,  donde rodeado de sus compañeros de estudios, todos aún formándose en el CONSMUPA y rondando los veinte años, que tenían esta gran oportunidad de interpretar en público un variado y exigente programa, que además de un permanente examen supone dar visibilidad al esfuerzo y trabajo que no siempre se ve ni aprecia: muchas horas de práctica, estudio, sueño, clases en el conservatorio alternadas con estudios obligatorios de Secundaria y Bachillerato, los incontables sacrificios de sus familias que son el principal apoyo, y muchos sinsabores que, por propia decisión y amor hacia la música, se ven compensados con las actuaciones para el público, esperando proseguir una carrera que está comenzando. Así es la vida de un músico que cuando afronta una trayectoria profesional ya no sabrá qué son vacaciones, fines de semana, ausencia de descanso por el obligado y necesario trabajo con infinitas horas para preparar nuevos repertorios y hacerse un hueco en el difícil mundo de la música, que en España parece serlo aún más, y todos ellos lo saben pero les mueve su juventud y ganas de triunfar.

La artista plástica Paz Mayora Villamil con segundo apellido de pintor que puede tenga algún parentesco lejano, haría las labores de presentación, comenzando con la frase de Franz Listz «La música es un lenguaje poético, para expresar todo lo que, dentro de nosotros mismos, traspasa los horizontes normales, lo que escapa al análisis lógico, lo que se encuentra en las profundidades inaccesibles», antes de ir dando paso a cada uno de los artistas y obras que interpretarían, ayudando a quienes no tenían o podían leer en la penumbra el excelente programa de mano (gracias al Ateneo Musical de Mieres y la Imprenta Álvarez) del que dejo copia aquí.

Tomaría a continuación la palabra el mierense de adopción y organizador de esta gala Henry Sebasthian Crespo, palabras de adulto y contagiando pasión por el piano, agradecimientos por los apoyos y que cerraría una velada de dos horas de excelente música, tras alguna variación mínima en el orden previsto, y una «maratón» en cuyo cartel figuraba el lema «Ideado por los alumnos, para los alumnos y para el público, aportemos en difundir el amor por el arte y la música clásica».

No suelo tomar notas en los conciertos, pero desde mi experiencia docente me dispuse a ir anotando cada actuación para hacérselas llegar como «profesor jubilado» y esta tarde ejerciendo de «tribunal» con todo el respeto y cariño hacia esta generación que pide paso. Desde ellas paso a comentar lo vivido.

El primero en abrir la velada sería Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999) que elegiría a Mompou y sus Variations sur un thème de Chopin,  el lenguaje del catalán adoptando esa forma tan romántica de desarrollar y homenajear páginas de los grandes, en este caso de uno de las figuras del piano como el polaco, siempre reconocible desde su Preludio en la mayor, op. 28 nº 7 en el tema y doce variaciones posteriores que respiraron aires actuales, casi de jazz o banda sonora, difíciles pero que el carbayón afrontó con buena técnica y un sonido muy trabajado navegando por ese engañoso mar en calma lleno de tormentas, cambios de ánimo y adoración de intérprete y compositor por Chopin, que aparece de nuevo en la décima variación (Fantasía-Impromptu op. 66) y además cerraría esta gala, toda ella un homenaje a unas figuras del piano que fueron igualmente virtuosos concertistas y mejores compositores para su instrumento.

El único pertrechado de partitura y algo descentrado en plena época de exámenes finales, sería Iván Gómez García (Avilés, 2004), quien optó por el poliédrico y atormentado Beethoven de su Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética” aunque obviando el primer movimiento, supongo que para acortar la duración global. Irregular, con muchas dudas y aún en proceso de asimilar la hondura del sordo genial, el de La Villa del Adelantado  tendrá que trabajar aún más la técnica y templar ánimos, pues dentro del conjunto de pianistas, tampoco la obra era de las más complejas para un alumno de su nivel. Supongo que sus maestros le ayudarán en esta tarea para poder incorporar con solvencia al menos las «más famosas» de las sonatas para piano del compositor de Bonn enterrado en Viena.

La música española para piano es auténtica «prueba de fuego» para todo intérprete, y Laura Puente Novales (Bilbao, 2004) optó por los catalanes Granados y Albéniz, recordándome a una paisana suya, que tiene en el primero uno de los preferidos en sus conciertos. Los ocho Valses poéticos del ilerdense fueron de menos a más, sentidos, fraseados, interiorizados, con un sonido muy trabajado al igual que su estudio e profundidad y de buena memoria. Y la Suite Iberia del de Campodrón está considerada como «La biblia del piano» por su dificultad no ya en la interpretación sino en la hondura y madurez que necesita, siendo pocos y ya con edad los pianistas que la han afrontado. La bilbaína eligió la primera de ellas, Evocación, que me sorprendió por su joven madurez veinteañera, reposada, cantabile y con un buen empleo de los pedales, una primera aproximación que apunta a una excelente intérprete de nuestra música.

Jugaban «en casa» y se notó por el apoyo desde el patio de butacas, Aníbal Mortera Pariente (Rioturbio, 2005) y Hugo Álvarez Lanero (La Culquera, Lena, 2001), dúo de chelo y piano, amigos desde su aún cercana la infancia, que llevaron su complicidad en el único dúo del concierto, la Elegía, op. 24 del francés Gabriel Fauré, con Hugo excelente concertador y coprotagonista de esta bella página donde Aníbal mostró un sonido poderoso, rotundo, con los esperables y habituales problemas de afinación en su instrumento pero mostrándose ambos muy expresivos y compenetrados.

Ya en solitario, Hugo Álvarez se enfrentaría a la Ballada n° 2 op. 38 de Chopin, biena memoria para toda ella, dinámicas amplias aunque algo excesivas por momentos pero entendiendo el «arrebato romántico» y algunas dificultades en los complicados pasajes rápidos que solo la práctica conseguirán sortear sin problemas, compensando la interpretación con su musicalidad y expresión que sería uno de los más aplaudidos.

Héctor del Río Fernández (2004) no se amilanó en la elección de sus obras aunque el riesgo le pasaría factura. Si el Albéniz de «Iberia» la he calificado como biblia, la «Suite Española» op. 47 es cual antiguo testamento. De ella Castilla fue árida en sus seguidillas y peligrosa, necesitando repetir el arranque, descentrándose en algunos pasajes con paradas que los fallos no deben obligar sino mantener la tranquilidad y recordar que lo ya tocado no tiene vuelta atrás y la música debe fluir aunque sea con tropiezos. Y probablemente el mayor virtuoso del piano fue el húngaro Franz Liszt, con unas manos (como las de Rachmaninov) que le permitían alcanzar notas imposibles para el común de los mortales. El Étude transcendante nº 1 es mucho más que un «estudio», donde la técnica es muy exigente pero su interiorización y expresión aún son mayores. La ejecución tuvo buen sonido aunque el pedal no siempre ayudó sino que «enturbió» y el vértigo de los múltiples arpegios no es recomendable. También titulado Estudio op. 25 nº 12 en do menor, «Óceano» que Chopin lleva al concierto, es de nuevo complicado extraer del ejercicio la gran capacidad melódica que esconden estas breves e intensas partituras, que incluso en el subtítulo ya parece apuntar los derroteros que toma. El trabajo de limpiar notas y pedales no cesará nunca pero la interpretación estuvo matizada aunque el ímpetu juvenil alcance unos fortissimi cercanos a las «tres efes». Mejor el g ran Vals op. 42 nº 5 en la bemol mayor que hace falta pulir pues la expresión y el tempo fueron correctos, pero el fraseo tendrá que ir estudiándolo mucho más lento para «vocalizar» correctamente e ir poco a poco aligerándolo sin perder esas melodías únicas y «escondidas» del polaco.

El cierra lo pondría Henry Sebasthian Crespo (Valencia, Venezuela, 2003) con las dos obras que pudimos escucharle hace un mes en el acto del premio Tertulia 17 -uno de los patrocinadores- pero esta vez en el piano Kawai© mierense, que se comportó perfectamente ajustado por Jesús Ángel Arévalo (algún día habrá que homenajear a esta generación de origen castellano que se instaló en nuestra tierra, echó raíces y siguen apoyando la música). La vida obliga a madurar prematuramente, pero el talento unido al duro trabajo también otorgan lo que he llamado «poso», el paso de un vino cosechero a crianza y reserva cuando madura en las mejores condiciones, Y como un buen caldo, Henry Sebasthian alcanza ya el calificativo de reserva, pues lleva desde niño al piano y en sus 21 años lleva diez de experiencia concertística desde su tierra natal, lo que se nota en cuanto se sienta al piano. Llamado «el Chopin de Broadway» el ruso Serguei Rajmáninov emigrado a los EEUU puede ser considerado el último pianista y compositor romántico ya en el siglo XX, y su Momento musical, nº 1 uno de sus homenajes a los predecesores de las 88 teclas. Exigente técnicamente, la música la necesita para sobrevolar toda la carga expresiva del virtuoso ruso y así la afrontó el valenciano de Venezuela, con poso, peso y madurez. Para cerrar el círculo del concierto, de nuevo Chopin y su Ballade nº 1 en sol menor, op. 23, tan distinta a la segunda elegida por Hugo, dos visiones, dos interpretaciones que además siempre son distintas por el mismo intérprete porque ahí reside la magia de cada día, hacerse con la obra, interiorizarla y personalizarla en cada momento. Valiente, arriesgado y poderoso este Chopin de Henry que sigue creciendo con su amado y admirado polaco a base de un trabajo y madurez que ya le ha abierto las puertas del Real Conservatorio de Bruselas (Bélgica), donde será alumno del maestro y concertista Aleksandar Madzar quien le aceptó en su cátedra de piano para los próximos dos cursos.

El propio Henry Sebasthian llamaría a todos los participantes a compartir los aplausos de un público entregado a los jóvenes talentos, más agradecimientos y hasta la entrega de los Diplomas acreditativos de esta gala que irán aumentando el currículo de esta generación que en Mieres pudimos disfrutar y los melómanos presumiremos pronto de haberlos «descubierto».

PROGRAMA:

Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999):

Federico Mompou (1893-1987): Variations sur un thème de Chopin.

Iván Gómez García (Avilés, 2004):

Ludwig van Beethoven (1770-1827): Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética”.

Laura Puente Nováles (Bilbao, 2004):

Enrique Granados (1867-1916): Valses poéticos.

Isaac Albéniz (1860-1909): I. Evocación (de «Iberia»).

Aníbal Mortera Pariente, violoncello (Rioturbio, 2005) y
Hugo Álvarez Lanero, piano (La Culquera -Lena-, 2001):

Gabriel Fauré (1845-1924): Elegía, op. 24.

Hugo Álvarez Lanero:

Frederic Chopin (1810-1849): Ballada n° 2 op. 38.

Héctor del Río Fernández (2004):

Isaac Álbeniz: Castilla (de la «Suite Española»).

Franz Liszt (1811-1886): Étude transcendante nº 1.

F. ChopinEstudio op. 25 nº 12, «Óceano»  y Vals op. 42 nº 5.

Henry Sebasthian Crespo (Valencia -Venezuela- 2003):

Serguei Rajmáninov (1873-1943)): Momento musical, nº 1.

F. ChopinBallade nº 1 en sol menor, op. 23.

Para quitarse el birrete

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Viernes 24 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XII «La bella molinera»: OSPA, Clara Mouriz (mezzo), Juanjo Mena (director). Obras de Ravel, Montsalvatge y Falla.

Penúltimo concierto de abono de la temporada regular de la OSPA, en busca de concertino (hoy de nuevo Aitor Hevia) y el regreso como director invitado del vitoriano Juanjo Mena (1965) con un programa que el público agradece por ser de los que la formación asturiana tiene interiorizados y de vez en cuando conviene volver a airear, esta vez junto a la mezzo donostiarra Clara Mouriz, a quien descubrí en 2013me dejase buen sabor de boca hace ya 7 años.

Con una entrada muy pobre en el auditorio, la ciudad cercada por las Fuerzas Armadas y la música militar de la Legión (cabra incluida) al lado, banda de cornetas y tambores con su repertorio, más la Música (Banderita tú eres roja cantada por toda la Plaza del Fresno, y Paquito el chocolatero bailado hasta por los gastadores), antes de emprender camino a la Catedral, mi opción era clara, llegando para el encuentro previo de las 19:15 en la sala de cámara con la mezzo vasca, aunque teniendo que cantar a continuación tampoco se la forzó mucho pero sirvió para que nos contase su experiencia inglesa desde sus tiempos de alumna y posteriores compromisos, su trabajo con Mena y un breve análisis de las obras que interpretaría después. Desconozco la razón de titular este duodécimo de abono «La bella molinera» pues no escucharíamos a Schubert sino todo un programa de la que se puede llamar «música española universal», con el vasco-francés Ravel y su Rapsodia Española, las inspiradas canciones antillanas y caribeñas de la España colonial del catalán Montasalvatge, más el «Falla que no falla» donde el tricornio se convirtió en birrete.

El maestro Juanjo Mena cuidó en este programa el timbre instrumental, buscando sonoridades casi británicas, trabajando igualmente unas amplias dinámicas, aunque en la primera parte la OSPA tardó en calentar. Ravel en los cuatro números de su Rapsodia española (1907) trabaja temas hispanos que causaron la admiración de Falla. Los distintos ritmos provocaron algún desajuste, pero con una gran orquesta pudimos comprobar la rica cuerda del Preludio a la noche, moderado en todos los sentidos y de aires impresionistas con matices (como prepararndo la segunda parte); una vivaz Malagueña mostró el mimo por los matices y una tímbrica en los solos que pareció una orquesta distinta; la Habanera todo un manejo del rubato con Hevia mandando junto a una madera que hoy sonó inspirada; la animada Feria fue un despliegue de luz sonora, metales broncíneos, la flauta sobrevolando majestuosa y el corno inglés caribeño en el fraseo, la cuerda «desconocida» y la percusión brindándonos unos fuegos artificiales en una interpretación global que fue de menos a más.

Las Cinco canciones negras (1945) son una delicia para voz y piano que me enamoraron al escucharlas por la irrepetible Teresa Berganza. La orquestación de 1949 muestra el buen oficio del compositor catalán, y pese a la inspiración en nuestras antiguas colonias del Caribe, respiran un idioma francés que sobrevoló todo el concierto pese a concebirlo como la universalidad de nuestra música popular elevada a lo sinfónico, mayor colorido pero más exigente para la voz de soprano o mezzo. Cantadas por Clara Mouriz nos mostraron lo buen concertador que es el director vitoriano así como conocedor de estas cinco joyas, aunque en el Chévere y el último Canto negro se le escapase más volumen del necesario, si bien el color de la mezzo no es homogéneo y pese a tener unos graves suficientes, el balance con la orquesta se hizo difícil (en disco evidentemente sí se logra). Tampoco pudimos escuchar con claridad los excelentes textos poéticos que al menos figuraban en el programa de mano. Cuba dentro de un piano fue un «abanico» orquestal mejor que la original, bien matizada por Mena, y otro tanto del Punto de Habanera, donde la voz de la donostiarra sonó en su mejor tesitura. De las cinco me quedo con la Canción de cuna para dormir un negrito que sonó más equilibrada, con momentos susurrados donde comprobar la técnica vocal y la musicalidad de esta belleza (nada molinera) de Montsalvatge.

Tras la primera parte y con la OSPA a punto, Juanjo Mena nos traería el mejor Falla que nuestra orquesta ya llevase al disco en tiempos de Max Valdés e interpretado varias veces a lo largo de estos seis lustros largos. Puedo decir que los años han dado madurez a la formación asturiana y el enfoque del director alavés fue todo un acierto que se pudo comprobar por lo apuntado de la búsqueda de tímbricas y dinámicas bien devueltas por los profesores (y profesoras), con refuerzos obligados, brillando todos al máximo nivel. Me consuela que sea mi último concierto de la temporada (me perderé el abono XIII y no por superstición sino debido a otro compromiso ineludible) por lo que supuso este «reencuentro» con la mejor impresión de la orquesta de todos los asturianos.

Clara Mouriz abría esta segunda parte dedicada a Don Manuel con el aria de Salud «Vivan los que ríen» (de La vida breve) un esbozo operístico con giros de cante jondo donde la mezzo dejó su buen hacer en este repertorio nuestro y la OSPA con Mena sonó en su mejor dimensión, bien concertada, equilibrada y casi preludio del ballet completo, también con las breves apariciones de Mouriz en la misma línea de esta Salud.

El sombrero de tres picos es una verdadera prueba de fuego sinfónica, danzas reconocibles de una orquestación exquisita que el maestro Mena conoce como pocos y ha llevado por los mejores escenarios del mundo. Sacar todos los ritmos tan españoles de Fandango, Seguidilla, Farruca o la impactante Jota final es una labor de orfebre, tímbricas muy trabajadas, cambios encajados y dejando a los primeros atriles disfrutar en sus solos. Cada sección parecía competir en musicalidad, con unas trompas al fin rotundas capitaneadas por Javier Molina, las trompetas majestuosas con Maarten van Weverwjik en  cabeza, Juan Pedro Romero al oboe o Pablo Amador Robles al corno rivalizarían en sus «cantos», John Falcone nos brindó con el fagot pasajes con la comicidad justa y un sonido muy logrado; Myra Sinclair a la flauta redondeando maderas y metales; Mirian del Río con el arpa tras el Ravel primero y conjunto que dejó su halo como para Anna Crexells pasando de la celesta al piano. La cuerda con los primeros Aitor Hevia y Daniel Jaime al frente sonó británica por afinidad, afinación, complicidad, contrabajos, cellos y violas junto a los segundos tan primeros como el resto.

Y el quinteto de percusión más los timbales tan necesarios en este Sombrero por el empuje, la rítmica, la sonoridad en su plano justo, con Juanjo Mena dibujando y hasta bailando sobre la tarima, coreografiando el «Casadita, casadita» de Clara Mouriz con las palmas y jaleos orquestales perfectamente encajados,  y hasta el «¡Cucú, cucú!»de la Danza del molinero e incluso taconeos redondeando un tricornio que se volvió birrete de profesores por esta espléndida versión.

PROGRAMA

Maurice Ravel (1875 – 1937)

Rapsodia española:

I. Preludio a la noche – II. Malagueña – III. Habanera – IV. Feria

Xavier Montsalvatge (1912 – 2002)

Cinco canciones negras:

I. Cuba dentro de un piano – II. Punto de habanera – III. Chévere – IV. Canción de cuna para dormir
un negrito – V. Canto negro

Manuel de Falla (1876 – 1946)

La vida breve: “Vivan los que ríen”

El sombrero de tres picos:

Introducción

Parte I:
La tarde – Danza de la Molinera (Fandango) – Las uvas

Parte II:
Danza de los vecinos (Seguidillas) – Danza del Molinero (Farruca)-  Danza del corregidor – Danza final (Jota)

La Pires siempre impresiona

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Miércoles 22 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires e Ignasi Cambra (piano). Obras de Debussy, Mompou, Mozart y Debussy.

Cada visita de la pianista portuguesa Maria João Pires (Lisboa, 1944a Oviedo siempre es un espectáculo para recordar y con miedo a no repertir, pero volvía para la clausura de esta temporada en compañía del catalán Ignasi Cambra (Barcelona, 1989).

Cual madre e hijo salieron los pianistas a un escenario casi en penumbra, con una lámpara sobre el piano y una silla con mesita a la izquierda sobre la que se posaban dos vasos de agua. Y cristalino sería el primer Debussy de la Suite bergamasque con «la Pires» siempre pulcra, sin tics, de sonido claro, matices amplios para dibujar los cuatro cuadros «impresionantes» del compositor francés, una gama de color desde el nítido Prélude hasta el poderoso y saltarín Passapied lleno de ímpetu, aunque el siempre conocido Clair de lune sería de quitar la respiración y obligar a un silencio sepulcral ante la maestría en el diseño que la portuguesa hace de esa sonoridad evanecescente, vaporosa, de sombras coloreadas y unos pedales siempre ayudando a ambientar un aire primaveral desde su eterna juventud.

El «alumno» que escuchó atento a la maestra nos ofrecería seis de las Cançons i danses (las números 1, 2, 5, 6, 7 y 8) de su paisano Mompou, la luz catalana hecha poesía musical que Cambra fue dibujando pausado, saboreando y matizando melodías y ritmos, abundando los tiempos lentos como el de la segunda mediterráneamente clásica (con el inicio recordando Für Elise), una quinta Lento litúrgico introspectiva y casi dolorosa, pero más sentida aún la sexta Cantabile expresivo que resume el piano tan actual de Mompou sin perder de vista la inspiración en un folklore que sigue entre nosotros y no entiende de nacionalismos.

En la segunda parte no podía faltar Mozart del que Maria João Pires sigue siendo irrepetible y los años siguen manteniéndola juvenilmente madura frente a la madurez juvenil del pupilo Cambra que comenzaría con la Sonata nº 4, algo plana y por buscar la forma de expresarme, ambos pintarían acuarela pero mientras el catalán perfilaba con tinta y en las repeticiones rellenaba de color, la portuguesa de un trazo ya dejaba claro todo, dejando la segunda «pasada» para sin apenas cambiar de pincel completar una gama de color luminosa, limpia. Ignasi Cambra interpretó su Mozart con el ímpetu juvenil que pasó por las teclas matizando pero sin profundizar.

Tras la escucha de la anterior, la Sonata 13 en las manos de Pires supo a poco, como explicando «así se toca Mozart» que Cambra parecía empaparse con ella. El Allegro inicial más sosegado que en sus años jóvenes pero igualmente elegante, con las repeticiones recalcando y explicando la «forma sonata» llena de ataques para las frases, motivos claros, trinos que crecen en intensidad; el Andante cantabile de una profundidad que viene con los años para afrontar sin dudar el color exacto, el trazo con un pincel «de lengua de gato» y grafía japonesa, sin prisa pero segura, con poso, casi genuflexión en los pocos instantes donde su pequeña figura se encorva ante el teclado buscando el color de cada nota; y el Allegretto grazioso donde el humor mozartiano es fino, juguetón, los dedos de la maestra portuguesa ágiles arriba y abajo con una izquierda poderosa en los graves y el balance exacto de volúmenes para una acuarela 333 mágica y nuevo referente. Lección magistral como era de esperar.

Y si el primer Debussy de la maestra jugó superponiendo trazos de color que se fundían en la gran sala ovetense, en versión a cuatro manos de Henry Woollett nos regalarían primero la Rêverie donde Cambra llevaría el «sustento» y Pires «los detalles», un gran lienzo sonoro que la maestra pintó y llenó de luz, para finalizar con el Valse romantique donde confluir la tutela de la «juvenil mamá» sobre el «maduro pupilo», encajando los rubati sin desdibujar el tema.

Para hacernos olvidar el recital paralelo de toses y teléfonos que vuelven a ser una plaga y siempre en los peores momentos cual primera ‘Ley de Murphy’, el regalo tenía que ser evidentemente Mozart, esta vez cambiándose los papeles: la Pires al grave, mandando y «tomando la lección» a un Cambra con el que el Adagio de la Sonata a cuatro manos en si bemol, K. 358 volvió a saber a poco, el clasicismo eterno que seguirá por los siglos de los siglos, con la alegría de volver a disfrutarlo en vivo aunque siga saboreándolo en mis grabaciones. Larga vida a «La Pires» esperando siga ejerciendo su magisterio aunque sea en compañía. El piano por partida doble también nos llena y el público salió adorándola en la mejor clausura de estas jornadas que seguro han hecho sonreír al bueno de Iberni, parando la lluvia para compartir emociones a la puerta deseando no se apagasen las emociones.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Maria João Pires:

Claude Debussy (1862-1918)

Suite bergamasque, L.75:

1. Prélude

2. Menuet

3. Clair de lune

4. Passapied

Ignasi Cambra:

Federico Mompou (1893-1987)

Cançons i danses, Nos. 1, 2, 5, 6, 7 y 8

SEGUNDA PARTE

Ignasi Cambra:

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Sonata nº 4 en mi bemol mayor, K. 282:

1. Adagio

2. Menuetto I – Menuetto II

3. Allegro

Maria João Pires:

Sonata nº 13 en si bemol mayor, K.333:

1. Allegro

2. Andante cantabile

3. Allegretto grazioso

Maria João Pires & Ignasi Cambra:

Claude Debussy

Rêverie

Valse romantique

Arcangelo y los planetas alrededor

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Martes 21 de mayo, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, XI Primavera Barroca – CNDM «Circuitos Oviedo»El arte de la improvisación: Arcangelo, Jonathan Cohen (clave y dirección). Obras de A. Corelli, Telemann, Barsanti, Bertali, Erlebach, Pandolfi Mealli, Schenck y Biber.

Último concierto de esta undécima Primavera Barroca ovetense en colaboración con el CNDM en un día festivo (Martes de Campo) que adelantó por ello el habitual horario (algunos llegaron a la segunda parte), y en un día gris, casi escocés, como comentaría Colin Scobie en su intervención tras las dos primeras obras.

Arcangelo es un ensamble que toma el nombre del violinista y compositor italiano que triunfó en su momento y alcanzaría para Couperin el Parnaso. En Oviedo se presentaban en cuarteto capitaneado por el chelista y clavecinista inglés Jonathan Cohen  (Manchester, 1977) que «haciendo un ejercicio de inmersión absoluta en el universo barroco, acepta que la información que nos dejan en muchas ediciones de aquella música está siempre incompleta, ya que la improvisación desempeñaba entonces un papel destacadísimo. En el programa de cámara que están girando explora uno de los mayores enigmas de la música barroca: ¿hasta qué punto la partitura recibida transmite todas las intenciones e ideas del compositor para su interpretación? y titulado precisamente así, “El arte de la improvisación”, absteniéndose en broma de respuestas directas al tiempo que ofrece una emocionante colección de música barroca en la que la libre creatividad se libera y captura alternativamente: transcripciones, temas y variaciones folclóricas, ornamentación, improvisación total y finalización contemporánea».

Cohen llegaba junto a un trío de excelentes músicos: Colin Scobie (violín), Teodoro Baù (viola da gamba) y Sergio Bucheli (tiorba) preparando dos partes con piezas en las que las variaciones sobre ostinati permitieron un amplio ejercicio improvisatorio, de modo que Corelli, Biber o Telemann fueron sólo el punto de partida para una sesión abierta a las sorpresas del espontáneo talento de estos cuatro intérpretes, incluso variando el programa impreso. Evidentemente había que comenzar con Arcangelo Corelli de quien elegirían tres sonatas de la opus 5 (que se publicaría en 1700), y como bien escribe Luis Gago en las notas al programa, «las demás músicas sonarán inevitablemente como plantas que giran alrededor de un sol cegador».

Dos horas de música variada, brillante, contrastada, ejecutada a la perfección con una sonoridad homogénea, bien balanceada y donde destacaron por el programa elegido el violín del escocés Colin Scobie (Edimburgo, 1991) y la viola de gamba del italiano Teodoro Baù (1992), afinación impecable e interpretaciones pletóricas.

Si en el primer Corelli presentaron las credenciales del cuarteto, con Telemann alternaron elegancia y virtuosismo, antes de «viajar» a tierras escocesas con la selección de Barsanti donde el violín de Scobie demostró la inspiración en el folklore elevada a la improvisación inherente al barroco como seña de identidad de este concierto, para quedar solo en trío en el segundo Arcangelo de la tarde en un arreglo para la viola de gamba del propio Baù con un timbre poderoso en toda la extensión del instrumento y pleno de una amplia gama de matices, sin olvidarme del continuo con Cohen y el mexicano Sergio Bucheli (Ciudad de México, 1998) realzando el protagonismo de ese «violín grande» desde unos ornamentos delicados al clave complementados por una tiorba melódica y armónica plena de la rítmica barroca.

Si la primera parte rebosó vitalidad, la segunda intimismo por momentos como en la sonata de Biber donde disfrutar de Scobie en solitario, o el Pandolfi Mealli plenamente barroco por concepción, escritura e interpretación disfrutando del cuarteto como el mejor orgánico para estas obras. Y de nuevo Baù  protagonista, con la reconstrucción por él realizada y presentada en un perfecto español, de dos movimientos de Schenck que sólo conservaban el bajo continuo pero que en un ejercicio de armonía y estudio del estilo, supuso el «descubrimiento» de las enormes capacidades que la viola de gamba alcanzó en el barroco y que el intérprete italiano elevó a mayores, el Adagio profundo y el virtuoso Presto.

La improvisación no solo es un arte que no se ha perdido, sino el verdadero «espíritu» de este concierto y que en trío o cuarteto estamos ya asimilándolos también en el barroco como si de jazz dieciochesco se tratase, ritmos conocidos, ruedas armónicas cercanas y el buen entendimiento entre estos músicos dominadores de sus instrumentos, con el protagonismo compartido del cuarteto. Una excelente velada llena de buena música que no escatimó tiempo ni esfuerzo por acercarnos a Arcangelo en compañía de sus contemporáneos con interpretaciones de una calidad que nos hacen difícil discernir entre conocidos y olvidados… no pudo cerrar mejor esta primavera con clima casi escocés.

ARCANGELO: Colin Scobie (violín), Teodoro Baù (viola da gamba), Sergio Bucheli (tiorba), Jonathan Cohen (clave y dirección).

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Arcangelo CORELLI (1653-1713)

Sonata para violín y bajo continuo en re mayor, op. 5, nº 1 (1700)

I. Grave – Allegro – Adagio

II. Allegro

III. Allegro

IV. Adagio

V. Allegro

Georg Philipp TELEMANN (1681-1767)

Sonata metódica nº 2 en la mayor, TWV 41:A3 (1728)

I. Adagio

II. Vivace

III. Cortesemente

IV. Vivace

Francesco BARSANTI (1690-1775)

Selección de A collection of old scots tunes (1742)

Antonio BERTALI (1605-1669)

Ciaccona en do mayor (ca. 1662)

A. CORELLI

Sonata para violín y bajo continuo en fa mayor, op. 5, nº 10 (1700, arr. para viola da gamba)

I. Preludio. Adagio

II. Allemanda. Allegro

III. Sarabanda. Largo

IV. Gavotta. Allegro

V. Giga. Allegro

SEGUNDA PARTE

Philipp Heinrich ERLEBACH (1657-1714)

Sonata en trío nº 3 en la mayor (1694)

I. Sonata (Adagio – Allegro – Lento)

II. Allemande

III. Courante

IV. Sarabande

V. Ciaconna – Final (Lento – Tremolo adagissimo)

Giovanni Antonio PANDOLFI MEALLI (ca. 1629-ca. 1679)

Sonata seconda ‘La cesta’, para violín y bajo continuo, de Sonate a violino solo per chiesa e camera, op. 3 (1660)

Johannes SCHENCK (ca. 1660-ca. 1712)

De la Sonata nº 5, de Les fantaisies bisarres de la goutte, op. 10 (1710 -reconstrucción T. Baù-

I. Adagio assai  – II. Aria presto

Heinrich Ignaz Franz von BIBER (1644-1704)

Passacaglia para violín solo en sol menor ‘El ángel de la guarda’, C 105, de las Sonatas del rosario (ca. 1674)

A. CORELLI

Sonata para violín y bajo continuo en re menor ‘La folía’, op. 5, nº 12 (1700)

Chequeando checos

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Miércoles 15 de mayo, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos, Concierto n.º 1683 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: TRÍO MALATS (Víctor Martínez Soto, violín – Alberto Gorrochategui Blanco, violonchelo – Carlos Galán Lago, piano). Obras de Suk, Dvořák, Rachmáninov y Smetana.

La temporada gijonesa llegaba a su penúltimo concierto con la siempre necesaria «Música de Cámara» , cuyo nombre procede de su origen en las pequeñas salas de los palacios donde se interpretaban estas obras, las llamadas «cámaras» o habitaciones privadas de la nobleza.

Estas piezas generalmente incluyen un pequeño número de intérpretes, y cada intérprete desempeña un papel único, que este lluvioso miércoles nos traía al Trío Malats, a quienes ya escuchase en la homónima sociedad ovetense en diciembre de 2022, y que con su nombre rinden homenaje al catalán Joaquín Malats (1872-1912), un niño prodigio que además de excelente pianista nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española. Este trío de profesionales y docentes, dos de ellos en Avilés, destacan por su compromiso con la música española delos siglos XX y XXI, aunque esta vez optaron por un programa checo donde no faltarían dos rusos, y que su compañero el chelista Guillermo López Cañal en las notas al programa escribe sobre patria y elegía: «Dos nociones se manifiestan intrínseca y musicalmente (…) la idea de patria, y la segunda —tal vez menos abstracta que la primera— es el sentimiento elegíaco en el arte o en la vida». Sobre el término patria relacionado con la música y los nacionalismos, recomiendo la lectura del libro de José Luis Conde recientemente publicado en la Editorial 1/2 tono, y donde aparecen bien diseccionados los compositores elegidos, especialmente los checos Suk, Dvořák y Smetana, pero también la Rusia del exiliado Rachmaninov. En las partituras interpretadas por el Trío Malats también aparece «la elegía como excusa genérica para crear un orden sonoro con el que evocar afectos universales que datan de la Antigua Grecia», musicalmente pieza de lamento o carácter triste ante la muerte de un ser querido o maestro, las cuatro centradas en la común unión patriótica y de padecer la pérdida.

Para abrir velada y oídos checos, Suk y su Elegía opus 23 (1902), alumno y suegro de Dvořák que lleva como subtítulo «Bajo la influencia del Vyšehrad de Julius Zeyer», originariamente para sexteto de cuerda con arpa y armonio, pero arreglada para trío con piano por el propio Suk, bien interiorizada  e interpretada con complicidad por estos tres músicos, que como todo sustento sobre tres patas, no suele cojear, y esta elegía nos llevó a la ensoñadora Praga con su castillo dominando la capital checa, y al cementerio donde están enterrados Dvořák y Smetana (que cerraría el programa), con una música nostálgica y misteriosa.

Más denso de escucha e interpretación sería el Trío nº 4 Dumky, op. 90 (1891) del maestro Dvořák en seis movimientos, formado en la escuela de órgano de Praga y cuya iglesia de San Simón y San Judas es una maravilla donde una placa recuerda los inicios del probablemente más influyente de los compositores checos. El último de los compuestos para esta formación de trío es no solo elegía sino un viaje compositivo sobre la Dumka, danza folklórica eslava con continuos y abruptos cambios, seis Dumky (el plural de Dumka) que «los Malats» fueron desgranando compartiendo protagonismos y en buena compenetración. Tal vez el sonido del cello quedase algo apagado en algunos concertantes, no así en sus temas (como el primer Lento maestoso), brillando más el violín y con un piano todopoderoso que pasa del empuje rítmico a la rotundidad sonora o la dulzura elegíaca. Trío de contrastes, oscuridad y brillo, tristeza y jovialidad, la «marcha fúnebre» del segundo movimiento, la calma del tercero que arranca con el piano, hasta la inocencia  o melancolía de los otros tres para finalizar en un vibrante Vivace, todos los recursos anímicos y compositivos de Dvořák explotándolos al máximo en sus años de madurez, especialmente en sus tres últimas sinfonías y que en este trío, como en general la música de cámara, sirve de banco de pruebas para las obras «mayores».

Un paso adelante en geografía, cronología y estilo vendría con Rachmaninov para abrir la segunda parte con su Trío elegíaco nº 1 en sol menor (1892), más nostalgia y desarraigo fuera de su patria, de Dresde a los EEUU, el primero de los dos tríos elegíacos, parece que este primero dedicado a su mentor Tchaikovsky que moriría al año siguiente del estreno. Más oscuridad y tristeza, elegía y destierro, melodías que no resuelven, que acongojan y tiñen nuevamente con música, bien sentida por los maestros reflejando todo ese catálogo de combinaciones tímbricas, armónicas, técnicas, exigentes para intérprete y público.

Y retornamos a la Praga del Moldava con el nacionalista checo por excelencia, Smetana (su museo al lado del río es otra visita obligada). Su Trío en sol menor, op. 15 (1855) es otra elegía a la muerte por escarlatina de su hija pequeña, una obra que conmovió a Franz Liszt. El primer movimiento, Moderato assai, comienza con un violín de aires populares pero oscurecidos dentro de la textura del trío, con silencios casi suspiros pasando por los tres intérpretes y tejiendo un ambiente casi opresivo. El Allegro, ma non agitato homofónico exige un perfecto encaje de los pasajes, bien resueltos por «el Malats» para llegar al Finale. Presto vertiginoso, juegos y alternancias rítmicas con un piano de reminiscencias románticas (Smetana admiraba a Chopin y Liszt) pero volverá la marcha elegíaca que finaliza cortante, dolorosa y triunfal.

Un programa oscuro en sentimientos, muertes, homenajes a los seres queridos, recuerdos de la patria y donde mis recuerdos se teñían de gris como el día con unas músicas bien interpretadas pero que no ayudan a salir optimista del teatro.

La propina al menos pondría un poco de serenidad con otro ruso emigrado, Paul Juon (Moscú, 1872 – Vevey-Suiza, 1940) de cuyo Trio-Miniaturen, nos dejarían el primero de los cuatro números, la Rêverie, op.18 nº 3, optando por la versión de piano con violín en vez de clarinete y cello (no viola), aún más sentida para otra página de elegía y patria en noventa minutos de penumbra.

PROGRAMA

Josef SUK (1874 – 1935)

Elegía, op. 23

Antonin DVOŘÁK (1841 – 1904)

Trío nº 4 Dumky, op. 90

I. Lento maestoso — Allegro quasi doppio movimento

II. Poco Adagio — Vivace non troppo

III. Andante — Vivace non troppo

IV. Andante moderato — Allegretto scherzando

V. Allegro — Meno mosso

VI. Lento maestoso — Vivace

Serguéi RACHMÁNINOV (1873 – 1943)

Trío elegíaco nº 1 en sol menor

Bedřich SMETANA (1824 – 1884)

Trío en sol menor, op.15

I. Moderato assai — Più animato

II. Allegro, ma non agitato

III. Finale. Presto

Más que un vals para dos

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio “Príncipe Felipe”: Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO). Dúo del Valle: Vals para dos. Víctor del Valle (piano) y Luis del Valle (piano); Compañía WETTRIBUTE (Daniel Fernández, bailarín – Maite Ezcurra, bailarina). Obras de Poulenc, Milhaud y Ravel. Entrada: 8€.

Ya desde mis años como estudiante de piano las obras a cuatro manos y sobre todo las escritas para dos pianos me cautivaron y poder vivirlas en directo era algo único y extraordinario, desde Frechilla y Zuloaga en la Caja de Ahorros de Mieres hasta la pareja Joaquín Achúcarro y Emma Jiménez en la Filarmónica de Oviedo. Iría posteriormente descubriendo en disco a las gemelas Pekinel y después a las Labèque, Katia y Marielle, también en directo, o al matrimonio astur-canario Francisco Jaime Pantín y María Teresa Pérez como Dúo Wanderer.

De los más cercanos en el tiempo aún se recuerdan en la capital asturiana las visitas de los hermanos Jussen y curiosamente este año hemos disfrutado hace nada de los asturianos Martín García y Juan Barahona con la OSPA, para la próxima semana cerrar las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con Maria João Pires e Ignasi Cambra y este lunes llegaba el penúltimo concierto del CIMCO «la magia de dos pianos» con el Dúo del Valle, los hermanos Víctor y Luis continuando una saga fraternal que parece marcar estas agrupaciones junto a parejas donde la convivencia parece tan necesaria para «latir juntos» como el arduo ensayo de todo programa, del romanticismo al pasado siglo, como fue el de Los Valle con música francesa impresionista, aunque en la presentación el doctor Alejandro G. Villalibre aclaró conceptos o estilos, tres compositores franceses y contemporáneos que superan etiquetas, estilos diferentes pero muy agradecidos para un público que no llenó la sala de cámara, reiterándome en la excelente acústica para esta música de piano junto a una cercanía que hace estos conciertos casi familiares.

Los hermanos malagueños comenzarían con tres obras de Poulenc, primero la Sonatina para piano a cuatro manos (1918, rev. 1919) aunque optando por los dos pianos que aumentan la dificultad de compenetración. Impecable la afinación y uniformidad de color pese a ser dos modelos diferentes de Steinway© y sonoridades distintas pero que en las manos de los hermanos cerrando los ojos escuchábamos un solo instrumento interpretado por veinte dedos: contrastes violentos, ritmo intrínseco en el Prelude, casi de nuestro siglo por su estilo original y por momentos «minimalista«, el lírico Rustique de recuerdos académicos transportados al pórtico de los felices años 20 del pasado siglo, y el Final vertiginoso, aires rusos en la Francia capital mundial de aquella época entreguerras, piano cosmopolita y rítmico en cuatro manos manejadas como si una sola alma las mandase.

L’ embarquement pour Cythère (vals musette para dos pianos) es otra joya llena del aire francés popular a orillas del Sena elevado al magisterio pianístico de una escritura minuciosa y unos rubati encajados a la perfección con apenas una mirada, un leve gesto de mano al aire o simplemente latiendo al unísono. Sonidos etéreos, cristalinos, fraseos elegantes, matices extremos y hasta una coreografía visual para no perderse ni un detalle.

Finalizarían con el Capriccio (d’après le Bal Masqué), virtuoso y festivo, juguetón y humorístico, encajado de manera increíble como en las dos anteriores, sonoridades rotundas y delicadas con precisión milimétrica.

Siguiente bloque nada menos que con el Scaramouche, op. 165 (1937) de Milhaud, cinematográfico, personaje inspirado en la ‘Comedia dell Arte’ con el que el viajero Darius escribe esta suite de virtuosos pentagramas en tres números: el Vif casi imposible, deslumbrante y casi de «pianola», el Moderé para reposar y tomar aliento antes de revestir el último de samba Brazileira, otra de sus «debilidades», contagiando alegría de vivir en las manos de los Hermanos del Valle, escalas cromáticas enfrentadas pero cosidas, articulaciones variadas para todo un espectáculo visual y sonoro.

Aún quedaba el plato fuerte de Ravel, el vasco-francés que jugaba y experimentaba en el piano su sabiduría orquestal, comenzando por la obra basada en cinco cuentos de Perrault, música sin palabras de Ma mère l’Oye (1910), una «Mamá Oca» cuya primera versión para dos pianos crecería incluso hasta llegar a ballet, pero que esta personal y original composición sigue siendo un referente. Víctor y Luis fueron «narrando» la pavana de La Bella Durmiente, a Pulgarcito, la inquietante Laideronnette emperatriz de las pagodas, la conversación de La Bella y La Bestia, o El jardín encantado. Magia sonora, relatos bien hilvanados y diferenciados expresivamente, reverberaciones de los pianos creando esa atmósfera impresionista donde el color que se funde en la retina es sonido en nuestros oídos viajando por la pétrea sala que antaño fuese depósito de agua. Música atemporal, evocadora y un cuento para soñar despiertos desde una infancia detenida por estos hermanos para la partitura de Don Mauricio.

Y siendo CIMCO interdisciplinar además de camerístico, nada menos que la monumental La Valse que estuvo coreografiada por los bailarines de la compañía de danza ‘Wettribute’, Daniel Fernández y Maite Ezcurra a modo de guiño a lo que intentase Diaghilev y después el maestro del ballet George Balanchine.

Una propuesta de claroscuros, con una iluminación sencilla pero plásticamente impecable a lo largo del concierto, en esta «valse» tiempo de entreguerras, encuentros, danza de nuestro tiempo para una música sinfónica a dos pianos, pletórica en la interpretación, coreografía de los hermanos cual pareja musical frente a los bailarines reales, subrayando esta partitura única e imprescindible para esta formación.

Aún hubo tiempo para una propina y nada menos que Brahms con la Danza Húngara nº 11 (de las 21 que escribiese), esta vez interpretando a cuatro manos, un solo piano, remanso bien entendido de esta monumentalidad zíngara del alemán para 20 dedos, 88 teclas con un solo corazón y el mejor cierre tras una hora larga de espectáculo francés hecho en «La Viena de España» por estos hermanos universales.

PROGRAMA

Francis Poulenc (1899-1963):

Sonatina para piano a cuatro manos (versión dos pianos): Prelude – Rustique – Final

L’ embarquement pour Cythère, vals musette para dos pianos

Capriccio d’après le Bal Masqué

Darius Milhaud (1892-1974):

Scaramouche

Maurice Ravel (1875-1937):

Ma mère l’Oye:

Pavana de la Bella durmiente (Lent) – Pulgarcito (Très modéré) – Laideronnette, Emperatriz de las Pagodas (Mouvt. de Marche) – Conversación de la Bella y la Bestia (Mouvt. de Valse très modéré) – El jardín encantado (Lent et grave)

La Valse

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