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El romanticismo de Carmen Yepes

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Miércoles 6 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 105 (Concierto 1.538): Carmen Yepes, piano. Obras de Schubert, Beethoven, Schumann y Chopin.

Nada más finalizar el concierto titulaba mi entrada rápida «Trabajadora y honesta» para referirme a la pianista asturiana que volvía a su tierra con otro programa duro, difícil, poco habitual en conjunto pero con el que se siente muy a gusto, y eso se nota al escucharla. Si su magisterio en el clasicismo está más que demostrado, el Romanticismo puro lo afronta con la serenidad y el poso de una carrera bien cimentada en el estudio riguroso fiel a la partitura pero entendiendo la interpretación como tal, no robar nada de lo escrito pero dándole el toque personal de la experiencia vital, ese «llenar la mochila» que no siempre va unido a la juventud sino a pasiones difíciles de medir. Decir que actualmente Carmen tiene ya un largo recorrido y madurez musical es entender las obras elegidas. A mis alumnos tal como nos explicaba a nosotros el catedrático de arte Carlos Cid Priego, intento definirles el romanticismo como «La huida» en todas sus expresiones, metafóricas y reales. En el caso del repertorio de este miércoles, la huida es interior y compartida con nosotros, un viaje espiritual desde las vísceras musicales a nuestro oído profundo, el que nos hace rememorar.

La tonalidad de Do menor marcó la primera parte como presentación anímica que pese a lo que nos contaron de ella, no siempre supone tristeza sino más bien hondura, y así comenzaba el Impromptu D. 899 en Do m. (Schubert), ese pianismo delicado, claro, bien fraseado, que dará paso a una emotividad desde sonoridades redondas en el perfectamente afinado y ajustado Steinway© del Jovellanos. Obra bien asimilada en su interpretación llena de pinceladas limpias y gama dinámica amplia.

La Sonata nº 32, Op. 11 en Do m. (Beethoven) daría para un tratado en sí misma, la última del genio de Bonn, desde el Maestoso inicial afrontado con todo lo escrtito: dobles puntillos, fusas en la izquierda, sforzandi… y aquí está la honestidad de la intérprete capaz de hacernos escucharlo todo. Tras esta carta de presentación en el inicio de esta peculiar sonata, con una fuerza vital impresionante, el Allegro con brio ed appassionato, optó Carmen Yepes por jugar literalmente con todas las indicaciones de la partitura (merecería la pena haberla ido siguiendo según la escuchaba), sin excesos en el tempi y prefiriendo los contrastes claroscuros en dinámica y velocidades, un volcán visual en el papel y pletórico en las manos de la pianista mierense nacida en Oviedo. Y el segundo movimiento, esa Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, literal en todo menos en lo de simple, testamento vital beethoveniano y lección de poso en Carmen, cambios perfectos de compás (¡qué difícil es captar un 6/16 o un 12/32!) bien marcados sin perfer ni un ápice la línea musical, ese infinito cantarín que finalizará con los trinos cristalinos como el registro agudo elegido por el compositor en nueva catarata hacia un abismo que no cae sino que eleva el vuelo en un pianissimo final. Impresionante interpretación para una obra más que exigente.

Otros dos grandes para la segunda parte empezando por esas cuatro piezas nocturnas muy apropiadas para una noche fría y lluviosa en la capital de la Costa Verde pero con un público cálido y ganado en la primera parte, Nachstücke Op. 23 (Schumann), contrastes anímicos desde el Mehr langsam, oft zurückhaltend, como unos pasos dubitativos lentos pero «sin frenarse», ataques precisos que irán reafirmando pasiones en Markirt und lebhaft, realmente «animado», brillante, saltarín, nuevas luces bien atacadas de sonoridad precisa y uso del pedal siempre ajustado. Mit großer Lebhaftigkeit supuso otra bocanada de aire fresco, ligereza, y Einfach, frugal, sencillo y simple solamente en el título, más que el último bocado de estos cuatro dulces musicales bien cocinados por Carmen Yepes.

Y entre los románticos por excelencia nada menos que Chopin y dos exponentes de obras de técnica exigente, virtuosa, llenas de lirismo, delicadeza, pero también fuerza y vigor con el toque íntimo siempre presente, la Balada Op. 23 en Sol m., todo un muestrario de sentimientos hechos música, dificultades técnicas sobradamente solventadas para afrontar y disfrutar una versión personal con gusto, rubati nada exagerados, volviendo a asombrarme la fuerza tanto física como interior que Carmen Yepes vuelca en este repertorio, capaz de unos contrastes tan bien adecuados a el repertorio del XIX, y para rematar con la Polonesa – Fantasía Op. 61 en LAb M., perfecto colofón como el de la primera parte, aquí testamento chopiniano en cuanto a reunir en esta obra todo su vagaje formal, auténtica fantasía más que polonesa para un recital pleno, intenso, con el que también disfrutarán en Málaga y Marbella, luz del sur donde siempre vuelve, ahora desde Madrid, tras su breve estancia en esa tierra que todavía la adora.

De regalo tras las duras emociones del concierto, la ingenuidad infantil de las «Escenas de niños» del genio catalán Mompou, Jeunes filles au jardín, un desfogue que resulta otra joya en la interpretación de mi admirada Carmen Yepes. Un lujo tenerla en Madrid donde ejerce la docencia desde 2010 sin olvidar su carrera profesional como gran intérprete. Espero poder escucharla pronto, y del concierto en el Auditori de Barcelona dirigida por Brotons (con quien ya colaboró en dos ocasiones) y concierto de Tchaikovski, sería cuestión de otra escapada

Trabajadora y honesta

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El concierto de Carmen Yepes este miércoles en el Teatro Jovellanos para la Sociedad Filarmónica de Gijón fue como indico en el título, el de una intérprete trabajadora y honesta con la música. Programa de calado romántico con Schubert (Impromptu D899), Beethoven (Sonata 32), Schumann (Naschtücke) y Chopin (Balada Op. 23 nº 1 y Polonesa – Fantasía OP. 61) duro, exigente, dándolo todo con esa musicalidad que magnetiza a quien la escucha. Mompou y sus Jeunes filles au jardin fue el regalo fresco para tanta dureza hecha arte pianísitico. Desde casa y con tiempo, más…

El magisterio de Blechacz

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Jueves 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Rafal Blechacz. Obras de Bach, Beethoven, Debussy y Szymanowski.

No había mejor forma de celebrar Santa Cecilia que el concierto de piano de este jueves. Puedo presumir, ya que no tengo abuelas, de haber escuchado a pianistas que han hecho historia y de los que la van a hacer, y el polaco Rafal Blechacz es uno de ellos con total seguridad, ya la está haciendo. El responsable del ciclo le calificó del siguiente Zimerman, y no le falta razón. El sello amarillo con el que ha firmado en exclusiva tiene otros buenos colegas pero nada que ver con él.

Las obras elegidas para esta gira son una auténtica clase magistral de piano (en el Baluarte pamplonés quedaron boquiabiertos), casi 300 años de historia en cuatro autores, y si además tenemos las notas al programa del maestro Pantín entonces unimos teoría y práctica para redondear una tarde pianística excepcional.

La Partita nº 3 en La m, BWV 827 (Bach) resultó fresca, limpia, de ornamentaciones exquisitas, contrastes ajustados, pulcritud total y una ejecución fantástica en las siete danzas que forman un todo pese a sus diferencias, unidad expositiva e interpretativa, claridad en las voces, fraseos transparentes, magisterio barroco en un piano íntimo.

El Beethoven amado y menos conocido llegó con la Sonata nº 7 en RE M., Op. 10 nº 3, continuidad perfecta tras el kantor, arranque vigoroso del Presto, serenidad y madurez en el Largo e mesto, alegría en el Menuetto: Allegro, retomando el aire puro, y el Rondo: Allegro colofón de lujo donde la sobriedad no impidió disfrutar de sonoridades increíbles y nueva maestría interpretativa, conocida por las grabaciones pero donde el directo es irrepetible.

Tras la pausa nuevo paso adelante en el tiempo con dos autores igualmente recogidos en la discografía del polaco pero que el Steinway del Auditorio recreó para gozo pleno. La Suite Bergamasque (Debussy) fue un abanico de luz y color, matices únicos, ambiente sonoro plenamente impresionista lleno de delicadeza precisa y preciosa, con un Clair de lune plateada por llena y poderoso influjo en el público. Si la grabación es joya, del directo no tengo sustantivos ni calificativos para los cuatro números.

Szymanowski parece hacer confluir todo lo anterior desde la Polonia del siglo XX como cerrando la clase magistral de hora y media en los dedos de su compatriota. La Sonata nº 1 en Do m., Op. 8 nos mostró otra cara de un diamante gigantesco, llena de fuerza y nuevos brillos, luminosas dinámicas con brío (Allegro moderato) frente a tenebrosos pasajes resposados (Adagio), ave fénix del Tempo di minuetto y sentar cátedra en la doble fuga Finale que el profesor Francisco Jaime Pantín califica como «cóctel  explosivo…  en una sonata que, aunque aparentemente excesiva, mantiene una fuerte cohesión interna en virtud de un sistema de derivación temática en el que los elementos parecen relacionarse«, y así la interpretó Blechacz, exacerbado, luminoso, febril, visionario, académico y de complejidad intelectual volviendo a retomar a mi admirado Paco. Teoría y práctica en estado puro.

Chopin es el músico polaco por excelencia y ahora mismo Blechacz su mejor intérprete, ganador en 2005 de su concurso, y no podía marcharse sin regalarnos el Vals nº 3 en La m. Op. 34 nº 2 para rendirnos ante el piano romántico cual epílogo de la clase magistral. Y otro más, expléndido en todos los sentidos.

Rafal Blechacz cercano a la salida, firmando programas, discos, posando para los aficionados y agradeciendo nuestra presencia. Gratitud de un público más sano que de costumbre y menor del merecido, pero esto daría para mucho más.

Todo un Maestro de 27 años que ha irrumpido en la historia de los Grandes Intérpretes, y algunos piensan como yo que es el pianista del siglo XXI, y espero seguir disfrutándolo.

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Cuando triunfa la música

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 10: OSPA, Cristina Ortiz (piano), Perry So (director). Obras de R. Schumann y A. Bruckner.

Cuando la calidad interpretativa es grande el disfrute musical resulta pleno, primando las obras y sus compositores sobre cualquier otra valoración. Claro que no siempre es así y hoy en día tendemos a recordar tal director o tal pianista independientemente de lo que ejecute, pero en Oviedo últimamente podemos presumir de unos niveles difíciles de conseguir, y este décimo de abono resultó todo un ejemplo del triunfo de la música.

Nuestra OSPA está atravesando su momento álgido -espero se mantenga mucho tiempo- que alcanza sonoridades propias del mayor nivel, sobre todo cuando al frente se pone un conductor (sigo prefiriendo el anglicismo) con las ideas claras de las obras a ejecutar y que además las transmita perfectamente para lograr trascenderlas recreando siempre de forma personal lo que una partitura esconde. Perry So, uno de los aspirantes a la titularidad  alcanzada por Milanov, volvió a demostrar que es un director perfecto en todos los sentidos con el que los músicos se sienten tan a gusto que contagian vitalidad, buen gusto y musicalidad a rabiar.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

El Concierto para piano en La m., Op. 54 (R. Schumann) fue el aperitivo de una velada redonda, con la brasileña Cristina Ortiz de solista (rememorando que fue Clara Schumann quien lo estrenó), afrontando esta maravilla del repertorio pianístico desde una óptica plenamente romántica y consensuada con la batuta china, imprescindible para paladear todos y cada uno de los detalles. El exceso de rubato hace difícil siempre concertar solista y orquesta, pero en el podio había toda la sabiduría para lograr el encaje perfecto desde el arranque decidido del Allegro affettuoso en un «tempo» perfecto y arriesgado, jugando con los planos sonoros en su sitio, compartiendo todas las secciones una misma visión de la obra. El Intermezzo: Andantino grazioso corroboró la línea emprendida de compartir, dialogar, disfrutar todos con esos juegos sonoros llenos de delicadezas y buen gusto, y para rematar el Allegro vivace donde la complicidad se hizo mayor contagiando vitalidad, alegría y excelencia interpretativa. Quiero resaltar la causa del merecidísimo primer aplauso para Andreas Weisgerber porque sus intervenciones junto al piano dejaron más que un diálogo la perfecta comunión melódica entre piano y clarinete, sin desmerecer en nada al resto de solistas, con una orquesta que empastó como nunca con un teclado siempre «obedientes» a la batuta china que consiguió una versión romántica del concierto de Schumann donde la limpieza cristalina de la pianista brasileña puso su técnica al servicio de la obra.

De regalo ese Chopin cuyos Estudios, esta vez el nº 1 del Op. 25, son además de duro trabajo técnico la condensación del romanticismo en blanco y negro del teclado con la elegancia y limpieza de Cristina Ortiz que nuevamente brilló serena más allá de los arpegios en pos de la música.

Como mahleriano confeso Bruckner es el peldaño anterior y la Sinfonía nº 6 en LA M. obra de referencia orquestal con la que disfruto siempre, mucho más en directo. La interpretación del maestro de Hong-Kong la recordaré y espero recuperarla en su momento por Radio Clásica que graba todos los conciertos de abono, aunque su difusión sea otra cosa y no siempre cercana en el tiempo. Nueva apuesta por las sonoridades compactas, potentes cuando así lo exige la partitura, recogidas igualmente, y equilibrios dinámicos bien llevados por todas las secciones donde no sólo la cuerda impacta sino que la madera ha logrado también la excelencia y los metales están a punto, tal vez falte un escalón para un mejor empaste (de color) entre las trompas y el resto de «bronces» que decía Max Valdés, auténtico valedor de una formación que tras su marcha a Puerto Rico acabó de dar el salto de calidad.

La Sexta de Bruckner es como «la prueba del algodón» de toda gran orquesta. El inicial Maestoso mostró por dónde iba a discurrir la interpretación: cuerda segura, agresivamente cálida o cálidamente agresiva compartiendo musicalidad con el viento, tanto metales como maderas, juegos dinámicos excelsos y me atrevo a calificar de religiosidad organísitica como todo el trasfondo de la obra del gran Anton, aún mayor según avanzaba este primer movimiento. Importantes hasta los silencios que también «suenan» (a ellos hace referencia Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa) y que el maestro So remarcó, nueva lección para un público que pareció «escarmentar» tras el bochorno anterior.

El Adagio: Muy solemne mantuvo la contención sin perder intención, cuerda de lirismos celestiales pero con «pegada» en los graves y los protagonismos bien llevados en cada intervención solista, plegaria melódica sin fin con emociones contenidas y compartidas.

Continuando el esquema sinfónico al que Bruckner se ciñe, el Scherzo: Moderato – Trío rezumó vitalidad por el tempo elegido y musicalidad en los temas, dinámicas extremas decididamente románticas, con unos metales bien compactos, el contrapunto de las maderas y nuevamente la cuerda subrayando todas las apariciones temáticas ajenas y propias, con unos pizzicatti limpios sumados a los arcos habituales de calidad y color. De lograr el equilibrio nuevamente el maestro Perry delineando a la perfección toda la música que fluía como nuestros ríos, sin remansos, vigorosa y clara. Podríamos haber terminado aquí ante el clímax alcanzado, pero había que esperar el Finale: Agitado, pero no demasiado rápido, tal cual este movimiento balsámico en el inicio cual penitencia tras los excesos sin apenas respiros emotivos para continuar viaje místico y musical. Cerraba los ojos e imaginaba una orquesta alemana pero era asturiana, nuestra OSPA y Perry So llevándola con guante de seda, transmitiendo serenidad y seguridad en una interpretación increíble por la calidad global de principio a fin y cediendo todo el protagonismo a la música, ejecutada desde la honestidad y el convencimiento.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

Nueva alegría y esperanza ante un futuro incierto en lo extramusical, pero como apuntaba nada más salir del concierto, recordaré el triunfo de la música: el Concierto de piano de Schumann y La Sexta de Bruckner gracias al consenso logrado por el joven conductor chino, tan necesario en estos tiempos donde no estaría mal nombrar presidente de la nación a un director de orquesta siempre que «todos nos integremos en la orquesta y su obra común» como bien me contestó Libreoyente.

Gracias.

NOTA: los enlaces (links) en los movimientos de Bruckner son de Rafael Kubelik con la Bavarian Radio Symphony Orchestra.

P. D. 1: Crítica de Javier Neira en LNE
P. D. 2: Desaparecida «La Voz de Asturias», Aurelio M. Seco realiza la crítica en su web Codalario.

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