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Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, «Jóvenes valores de la música»: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público «Arte» con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como «Miniaturas» y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, «Sonata de la lluvia» de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical «reducida» a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como «Conexión Moscú-Oviedo«.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la FundaciónGuillermo Basagoiti García-TuñónAlina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca «La Redonda».

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del «grazioso» Schön Rosmarin (Kreisler) de las «Tres viejas danzas vienesas«, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

Con Mozart hasta Júpiter

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Jueves 11 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Martin Fröst (clarinete), Orquesta de Cámara Sueca, Thomas Dausgaard (director). Obras de Mozart.

Hace tres años titulaba «Placeres suecos» la anterior visita de esta formación con un director danés que siempre impacta por su sencillez y eficacia. Dausgaard sabe cómo conducir esta orquesta con gestos mínimos llenos de sabiduría, dejando que la música fluya de sus músicos y simplemente «recordando» lo trabajado en los ensayos, un gesto de cabeza, un toque de hombro con los brazos pegados al cuerpo, no necesita marcar entradas o compases, tan solo las entradas, los matices siempre increíbles en este pedazo de orquesta (lo de cámara solamente por el número, porque suena grande) y unos rubati en su sitio fruto de muchas horas de trabajo previo. Si la «velada Mozart» fue impresionante, las propinas de un Brahms que están grabando, tres danzas húngaras en arreglos asombrosos por lo frescos y adaptados a la formación, sumando una calidad grupal nórdica por disciplina y sonoridades, hacen lógico que al salir del concierto nos fuésemos no hasta Júpiter sino hasta otra galaxia, recordando que los buenos momentos se mantienen y aumentan en días como hoy, donde el aforo estuvo casi al completo con un público juvenil venido de varios puntos de España ante la presencia de un astro del clarinete como Martin Fröst. Pero esto lo dejo para después.

Antes del concierto charlaba con otros melómanos sobre la moda de llevar los tiempos casi a los extremos, como olvidando las indicaciones (aunque sean eso) o buscando impactar con velocidades supersónicas para demostrar la técnica asombrosa (por otra parte necesaria) de orquesta sinfónicas. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543 sonó impecable precisamente por ajustar cada movimiento a lo indicado, con ese Mozart siempre traicionero por la aparente y engañosa sencillez, partituras de una madurez y lenguaje inimitable a partir de una evolución lógica desde «papá Haydn». Y es que el Adagio. Allegro sonó operístico en su arranque, cargado de dramatismos plasmados en los contrastes dinámicos y agógicos que la orquesta sueca con el danés Dausgaard al frente parece entender a la perfección. Cada sección en su plano sonoro, presente cuando debe sin perder unidad, una cuerda camerística aunque de amplísima gama de matices, unos vientos ajustados y de sonido bello (con trompetas naturales) más los timbales antiguos, secos y presentes marcando el inicio y asegurando el fluir sin enturbiar un caudal de notas donde no falta ni sobra ninguna (como parece le dijo Mozart al Emperador José II). El Andante con moto mantuvo la fidelidad desde la sencillez, con mucho sin ser pesante ni lento, expresivo a más no poder y degustando cada tema. Del rítmico Menuetto e Trio den aires austriacos una nueva lección de conducción desde el podio, con unos clarinetes ensamblados como si de uno solo en cuanto al color conseguido con melodía y acompañamiento en inspiradísimo entendimiento bien arropado por el resto. Para rematar una interpretación fabulosa el Finale con los violines limpios entrando casi por sorpresa (lástima parte del público que espera cada «entretiempo» para toser por inercia) aunque el maestro danés controla todo sin aparentar mando (ahí reside su magisterio), saboreando ese contrapunto enérgico, presente, clásico en transición hacia la atmósfera pre-romántica y con la Coda rematando la primera sinfonía de la trilogía final mozartiana.

El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 (1791), único compuesto para este instrumento por Mozart en el final de sus días, ¡lástima se muriese en plenitud!, traía en gira al mejor solista de la actualidad (con permiso de Sabine Meyer) que movilizó jóvenes, estudiantes, profesionales y melómanos venidos de nuestra amplia geografía. Martin Fröst con su «clarinete di bassetto» (más grave y afinado en La que utilizará a dúo en su Requiem) dio una lección magistral de musicalidad con una técnica inalcanzable para muchos desde un sonido único en todos los registros, graves poderosos, agudos nada hirientes, fraseos de voz humana y unos pianissimi mágicos al igual que la orquesta sueca, cortando el silencio y donde los silencios ayudan a reforzar los claroscuros mozartianos, inspirado a su vez en el «corno di bassetto» (como un clarinete contralto en fa o sol) cuyo sonido parece subyugó a Mozart. No es de extrañar cómo escribió para este clarinete al utilizar todos los recursos y características técnicas junto a un poder expresivo que cautivará las instrumentaciones del genio. El Allegreto parece un aria de ópera por fraseo y acompañamiento, las intervenciones de Fröst eran de una tesitura espacial donde la voz no llega, pero el Adagio resultó celestial (siempre «Memorias de África»), un aire eternamente lírico, «mágica» con un dúo de clarinete y flauta operísticas a más no poder, acompañando al clarinete igualmente mágico del virtuoso. Sin dejar de flotar el Rondó Allegro fueron fuegos artificiales cargados de adrenalina musical, brillante, vital, perfecto diálogo entre solista y orquesta con Dausgaard y Fröst en sintonía perfecta, clarinete que suena a cuerda en un catálogo tímbrico envidiable por escritura y ejecución, joyas que adornarán los recuerdos de todos los presentes.

El público cautivado terminó de rendirse ante la propina de unas improvisaciones sobre melodías «klezmer» de Göran Fröst que arrancaron a solo («Let’s be happy») conjugando habla y sonido en un clarinete actual al que se  suma la orquesta, tradición hebrea donde Fröst contó de nuevo con sus paisanos suecos igualmente inspirados, sonoridades punzantes, ritmo frenético desde un dominio del «rubato» de Dausgaard y su orquesta para realzar más si cabe el virtuosismo del sueco.

Al descanso se vendieron todos los discos que pacientemente firmó ante un ambiente que me alegró al comprobar las pasiones juveniles que un músico de la talla del sueco alcanza.
Mozart en formación de cámara con dos conciertos del Auditorio seguidos y nunca cansa. Ante la calidad de la Orquesta de Cámara de Suecia ya auguraba que la Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551 «Júpiter» (1788) iba a resultar irrepetible, y no defraudó un Dausgaard sencillo en apariencia como la música del genio salzburgués, sobrenombre de planeta debido a Johann Peter Salomon como bien recuerda Gloria A. Rodríguez en las notas al programa, sinfonía galáctica en la tonalidad ceremonial por antonomasia y cierre de la trilogía que arrancaba en la primera parte, de plantilla similar aunque sean los oboes quienes reemplacen los clarinetes, pero la misma sonoridad cristalina de la nº 39, el mismo respeto por los tiempos, unos matices ricos por los extremos, increíbles los pianissimi y sin estruendos los forte, empaste y equilibrio clásico en una de las sinfonías más emblemáticas.

El Allegro vivace trajo toda la gama de claroscuros desde las pinceladas de Thomas Dausgaard, con esas melodías operísticas que parecen siempre conocidas aunque distintas (salvo el tercer tema Un bacio di mano) con una orquesta aterciopelada y punzante, la engañosa simplicidad del genio. El Andante catabili vuelve a rezumar aires de escena bien delineados por los guiños corporales del director XXX, elegante como el Menuetto Allegreto cuyo trío en los vientos confirmó calidades y musicalidad a raudales. Del Finale: molto allegro otra lección interpretativa, ajustada en el aire exacto para no perder nada del lenguaje contrapuntístico, verdadera filigrana orquestal con el inconfundible sello mozartiano, energía y claridad desde unos suecos nada fríos con un danés al frente.

La vorágine y gratitud se hizo música con tres propinas de Brahms que sonó cálido, cercano, en arreglos para la plantilla (esta vez al completo y con trompetas de llaves) dando otro acento nórdico a las danzas húngaras (la nº 6 , la nº 7 la siempre cinematográfica Danza nº 5) que demostraron ductilidad en la interpretación llevada por un Dausgaard magistral.

Potencia musical americana

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Sábado 6 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Daniel Müller-Schott (violonchelo), National Symphony Orchestra Washington, Christoph Eschenbach (director). Obras de C. Rouse (1949), Dvorak y Brahms / Schoenberg.

Las grandes formaciones orquestales tienden a impactar precisamente por su rotundidad sonora, y el director alemán afincado en EE.UU. parece haberse sumado a la magnificencia más en número que en calidad, algo en lo que parecen coincidir muchos, «Un director capaz de galvanizar un conjunto sinfónico y de extraer de él, por derecho, interpretaciones que destacan más por su brío que por su delicadeza» (Arturo Reverter en «El Cultural»). Basta con recontar la plantilla de la cuerda (15-13-11-9-8) para hacernos una idea del despliegue que la NSO de Washington con su titular han traído a esta gira europea. Tampoco podemos hablar de un sonido propio como antaño, donde las diferencias entre los continentes eran mayores y los europeos presumíamos de una tímbrica vienesa o inglesa. La globalidad y los directores tienen parte de la responsabilidad, Eschenbach coloca la orquesta «antifonal» en violines con contrabajos tras los primeros, timbales al fondo a la izquierda y las trompas a la derecha continuando linealmente los metales, más las maderas algo más adelantadas, logrando una espacialidad sonora algo distinta y de agradecer sobre todo en la segunda parte.

Buscando la potencia de la llamada sinfónica nacional de EE.UU. aunque le va mejor lo de Sinfónica de Washington, arrancaron el concierto con Phaeton (1986) para gran orquesta de Christopher Rouse (Baltimore, 1949), de inspiración mitológica al contar la frenética carrera de Faetón en su carro de caballos que el compositor yanqui parece reducir al adjetivo más que al sustantivo, abundante percusión donde no falta el «martillo mahleriano» y un crescendo de casi nueve minutos evocador del bolero raveliano solamente por buscar algún paralelo. Como anécdota mientras Rouse componía los compases donde quiere «reflejar» que Zeus fulmina a Faetón explotó el transbordador Challenger al que finalmente dedicará la obra en memoria de los siete fallecidos. No hubo que lamentar desgracias en el auditorio ovetense pero debo recoger lo que mi querida «paisana» Lorena Jiménez Alonso escribe en las notas al programa: «Su música es pasional, emocionante y electrizante… Si a eso añadimos estrepitosa y virtuosística, tenemos la definición de Phaeton«, un orquestón de calidades globales pero nada sobresalientes para una partitura algo repetitiva aunque visualmente espectacular, o como suelo decir en estos casos, muy yanqui.

Ya he perdido la cuenta de las veces que el chelista alemán Daniel Müller-Schott ha estado en Oviedo con esa joya de instrumentos como el «Ex Shapiro» Matteo Goffriller fabricado en Venecia en 1727, verdadera maravilla de sonido, con armónicos también espaciales, volumen estratosférico y musicalidad en estado puro en sus manos, desde un arco poderoso y sensible a una mano izquierda que dibuja los pentagramas con esmero. El Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, op. 104 (Dvorak) está entre los preferidos de los grandes solistas aunque necesita como es de esperar el equililibrio con la orquesta, algo que esta vez no se logró siempre, sin una concertación clara por parte de Eschenbach, Müller-Schott hubo de renunciar a parte de su potencial, también poco ayudado por unos «diálogos» donde los atriles solistas no engancharon con el chelo ni tampoco las dinámicas algo exageradas. Una pena porque los tres movimientos dan para explotar recursos en cada momento, desde el Allegro inicial que debe encajar en cada detalle, hasta el Finale: Allegro moderato de dinámicas en cascadas emotivas, pero y especialmente en el Adagio, ma non troppo donde la batuta y solista fueron por caminos divergentes en vez de mimar un lento ideal para un chelista de sonido pulcro y penetrante.

Al menos su regalo de Ravel, el Kaddish (de las «Deux mélodies hébraïques») esta vez solo, nos permitió paladear el Goffriller y la musicalidad a la que Müller-Schott nos tiene acostumbrados.

Del Cuarteto con piano en sol menor, op. 25 de Brahms, Schoenberg realiza un arreglo para orquesta del que podemos decir lo mismo que el gran Otto Kemplerer: «El arreglo suena tan bien, que ya nadie querrá escuchar el cuarteto original», y esta vez la NSO con su titular buscaron la fidelidad a Brahms haciendo que se escuche todo de una vez, algo que Schoenberg como pianista conocedor y orquestador consumado puede lograr en esta singular obra, recreación más que arreglo de un compositor cuyo catálogo de cámara es probablemente superior cualitativamente al sinfónico, puede que por su autoexigencia de contar con Beethoven como modelo. El propio Arnold daba tres razones para esta transcripción: «Me gusta la obra. Se toca raras veces. Siempre se toca mal, porque cuanto más bueno es el pianista, más alto toca y no se escuchan las cuerdas», algo que la orquesta de Washington y Eschenbach lograron ampliamente. Impresionantes la riqueza de planos en el Allegro inicial, especialmente en la madera aunque seguía habiendo desajustes, o el Intermezzo que pareció más equilibrado, pero parecía que el director alemán se reservaba para el sensacional Animato de sonoridades pletóricas y sobre todo el final Rondo alla zingarese que hizo todo lo posible por mostrar cierto parentesco con las «Danzas húngaras» del hamburgués, e incluso con algunas eslavas del Dvorák que cerraba la primera parte. Potencia musical para una orquesta a la que su titular tendrá que hacer aún más suya, especialmente en la búsqueda de una identidad de la que adolece.

La propina final para mantener esa plenitud nada menos que la Danza de los comediantes de «La novia vendida» (Smetana), puede que lo mejor del concierto y como si todos dieran lo mejor de un espectáculo con un tempo verdaderamente vertiginoso, supongo que por la hora avanzada y el hambre, con Eschenbach ejerciendo de verdadero kaiser a la batuta.

Y febrero continuará con un especial suma y sigue… no hay mejor carnaval que el musical.

Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

Piedra y terciopelo

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Jueves 6 de agosto, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Festival de Verano Oviedo 2015: Rubén M. Larfeuil (viola), Kennedy Moretti (piano). Obras de Reger, Brahms, HindemithHummel. Entrada libre.

Diferencias entre un violín y una viola: La viola arde más tiempo, en la viola cabe más cerveza, el violín puede afinarse… y así toda colección de chistes sobre los violas, cierto que los hay de todos los instrumentistas, pero la que podemos llamar hermana del violín se lleva la palma, incluso podemos hacer chanza del propio nombre, prefiriendo nombrar a los constructores de guitarras como violeros, genérico de todos en detrimento del afrancesado «luthier» y puede que la razón por la que en Portugal se llama viola a la guitarra. Toda una evolución del término aunque no del propio instrumento.

No podemos entender el llamado cuarteto de cuerda sin la viola, siempre presente y necesario equilibrio en el amplio rango, capaz de sonar a violín o a violonchelo para «cubrir» los excesos de sus hermanos. Y en la orquesta sinfónica otro tanto, siendo sus intervenciones contadas pero muy agradecidas. Existe mucha literatura para la viola y el concierto del asturiano Rubén Menéndez Larfeuil (1984) se ciñó a lo más representativo. Profesor de la Orquesta de RTVE desde 2009 y recién llegado de Santander donde participó con ella, dirigido por el también asturiano Pablo González, en los conciertos del Festival así como los del Concurso Internacional de Piano Paloma O’Shea, para el programa preparado no se anduvo con concesiones ni limitaciones, al contrario, volvió a darlo todo y con el brasileño Kennedy Moretti, un pianista de repertorio que supuso el perfecto complemento para un concierto completo. Reivindicación del protagonismo de un «secundario», los mismos que en el cine realzan el reparto porque sin ellos la acción no resultaría igual y que  cuando se les exige remontan el vuelo como eclipsando a las llamadas primeras figuras, como de menor renombre, incluso algo olvidados los compositores elegidos en comparación con los llamados genios si es que pudiésemos establecer un listado de categorías, y donde sólo Brahms parece tener el privilegio de figurar en el encabezado de protagonistas eternos.

El claustro del antiguo convento de San Vicente demostró la excelente acústica para estos conciertos, sin necesidad de amplificaciones artificiales, y la viola de Rubén convirtió en terciopelo las piedras que se empaparon de música con un dúo de talento y excelencia para un programa virtuoso. Volviendo al símil cinematográfico «Solo ante el peligro» se presentó Larfeuil para comenzar con la Suite nº 1 para viola sola, en sol menor, opus 131d del alemán Max Reger (1873-1916), para llenar no la pantalla sino todo el museo, un placer sonoro disfrutar la calidez y calidad de la viola en ese emular por momentos al violín y en otros al cello, tal es el espectro del secundario (que no segundón) del cuarteto de cuerda, obra de un auténtico perfeccionista y trabajador que parece utilizar esta forma heredera de Bach, otro enamorado del timbre de la viola. Cuatro movimientos contrastados en discurso y emoción, como piezas independientes que engrandecen a esta «hermana» intermedia: Molto sostenuto sosegado, Vivace luminoso, Andante sostenuto fraseado con delicadeza y Molto vivace poderoso, impares hondos en expresión y pares de maravilla técnica al servicio de la música, con la sonoridad de las piedras multiplicando la sensación de paz que transmitía la viola sola.

Ya con Moretti llegó la profundidad de Brahms (1833-1897) y su Sonata nº 1 en fa menor, opus 120 para poner un primer plano de viola (también en versión con clarinete), acompañada en el sentido amplio del término, dúo de lujo para una obra compleja, con recovecos y exigencias en un largo desarrollo plagado de intensidades para los dos intérpretes, cuatro movimientos ajustados a cada indicación de tempo, cual guión que se haría realidad: Allegro appassionato-Sostenuto ed espressivo, el piano casi orquestal y la cuerda sinfónica en una reducción o cortometraje experimental de obra mayor, Andante un poco adagio cual escena amorosa y contraposición de género, piano masculino y viola femenina, diálogos sabrosos, el toque de humor del Allegretto grazioso que una buena película debe poseer con la alternancia hablada, chispeante y de contagioso ritmo ternario casi vienés concebido por un actor de primera como el hamburgués cuya baja autoestima no le permitió creerse nunca su grandeza, antes de finalizar con un Vivace encajado por el dúo al detalle, protagonistas de un romance tormentoso lleno de emociones musicales en una versión encomiable y personal.

El esfuerzo trajo el necesario descanso para otra proyección o sesión en otro idioma y metraje, realización magistral para argumentos distintos de otro “secundario” como el alemán Paul Hindemith (1895-1963), compositor, musicólogo, violinista y también violista, cuya Sonata nº 4 para viola y piano, opus 11 nº 4 (1919) elige de protagonista a la habitual secundaria, una Phantasie que presentada el piano y contesta la cuerda en feliz evolución que crecerá en el tema con variaciones del siguiente movimiento y el final igualmente variado, para lucimiento violista y virtuosismo pianístico de lenguaje moderno, actual, que explora todo el registro de la hermana del violín, bien apoyada por un piano poderoso y claro alternando planos para una ejecución magistral a dúo, grandeza desde el conocimiento del instrumento tanto del compositor como de los intérpretes, excelente elección y ejecución magistral sin ambages.

Y para terminar nadie mejor que otro secundario de lujo, el austrohúngaro J. N. Hummel (1778-1837), alumno de Mozart, que desde el lenguaje clásico de su maestro alcanza realiza la transición al romanticismo, presente en variadas composiciones para solistas, recordando el famoso concierto para trompeta en mi bemol. Para la viola compone su Potpourri sobre óperas de su maestro y de Rossini, conocida como Fantasía opus 94 convirtiendo la orquesta en piano, versión fresca que la piedra del claustro devolvió sedosa y cercana, resplandeciente como los arcos góticos sobre nosotros, ligereza de la piedra como los arcos en la viola en un saber decir por parte de Larfeuil y Moretti, unos secundarios que actuaron como verdaderos y excelentes protagonistas, indispensables en veladas de cámara tan necesarias como complemento a grandes auditorios, diría que recordándome aquel cine llamado de arte y ensayo de mi juventud, preparación y amplitud de miras para poder disfrutar del llamado séptimo arte en todos los formatos, paralelismo musical que no debemos olvidar.

El público volvió a llenar el claustro pero con el precio de la ignorancia y la mala educación, marchando durante el concierto, sin esperar propinas que aún nos regalaron y se perdieron (gratis total), un arreglo del siempre emotivo Salut d’Amour, op. 12 de Elgar, otro secundario conocido más como música de fondo en documentales de la realeza pero otro compositor imprescindible y protagonista como nuestro dúo.

P. D.: Crítica en La Nueva España del 8 de agosto de 2015:

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

OSPA fin de curso

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

Talento, tenacidad y trabajo

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Miércoles 29 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Concierto nº 1.566: Gabriel Ureña (violonchelo), Sofiya Kagan (piano). Obras de Beethoven, Schumann y Brahms.

Exportamos talento desde España, que al menos recuperamos cuando nos visitan, jóvenes músicos preparados que con trabajo durante toda la vida que han elegido, ese que no se ve pero se aprecia cuando les escuchamos, a base de tenacidad y con todo el apoyo de los seres queridos, deciden marchar a continuar una formación con sus ídolos.

Incorformista, trabajador y tenaz, así como mucho talento desde niño son algunos de los muchos calificativos que podría dedicar a Gabriel Ureña (Avilés, 1989), el chelista principal más joven de España que con 19 años ya estaba en la Oviedo Filarmonía. Desde ese atril continuó cada día una formación que nunca termina, la semilla de los Virtuosos de Moscú prendió rápido en este avilesino y siguió disfrutando desde el chelo con grandes directores, voces de ópera que triunfan en todo el mundo, escuchado a inconmensurables solistas hasta que decidió seguir a Natalia Gutman hasta Viena donde reside en la actualidad, contactando con una de sus pianistas, la joven moscovita Sofiya Kagan (Moscú, 1982) con la que vuelve a su tierra para tocar en las sociedades filarmónicas de Gijón y Oviedo, mostrando sus avances y descubriéndonos una colega que como él, también tiene una dilatada trayectoria pese a la juventud, madurez que las tres «T» alcanzan independientemente de los años: talento, tenacidad y trabajo.

El programa que nos trajeron a Gijón es para dejar exhausto a cualquier intérprete, tres obras de tres grandes, romanticismo en estado puro espalda con espalda, compartiendo dificultades y grandezas entre piano y chelo, jugar y conjugar unas partituras exigentes para los dos intérpretes, protagonismo compartido, templar y contemplar la riqueza musical reducida a la música de cámara en estado puro, el dúo ideal para los compositores capaces de experimentar en formato cercano unas obras mayores «per se» con toda la grandeza exportable al mundo sinfónico.

La Sonata nº 3 en la mayor, op. 69 (Beethoven) de 1808 es una auténtica delicia para el aficionado de las filarmónicas e imprescindible para los seguidores del genio de Bonn, obra con todos los detalles personales del compositor alemán que también emigró a Viena. El Allegro, ma non troppo me recordó el de la Sonata para violín y piano nº 1 en re mayor por motivos y hechura, inicio del cello solo pero posterior alternancia entre los solistas, pasajes conjuntos, el siempre necesario desarrollo lleno de adornos para lucimiento técnico sin olvidar la musicalidad que subyace en cada pasaje, y el derroche de claroscuros, tensiones resueltas que el dúo entendió a la perfección. El Scherzo, allegro molto central una broma musical tal como Beethoven las entiende, carácter burlesco desde un jugueteo que tiene el silencio plenamente integrado para sorprendernos con esa alegría que la plenitud creativa le daba. También el dúo entendió a la perfección el espíritu en un auténtico coqueteo entre piano y cello que desemboca en el Adagio cantabile – allegro vivace, remanso equívoco antes de la catarata expresiva final en una sonata pletórica en partitura y virtuosa ejecución.

La Fantasie-Stücke op. 73 (Schumann) nos traslada en el tiempo cuarenta y un años, es de 1849 y toda una vida musical, el cello como barítono cantando con el piano tres lieder sin palabras, originalmente para clarinete, aunque ese paralelismo de timbres consiga hacer cantar cada cuerda en perfecta simbiosis con el piano, el género romántico donde Schumann también dejó huella, con un tratamiento instrumental casi sinfónico por el juego de timbres que logra sacar de los dos instrumentos, Zart un mit Ausbruck, dúo en estado puro, melodía al cello sudoroso y vibrante con el piano meciendo la poesía en estado puro, «arrebato de ternura», Lebhaft leicht diálogo entre los protagonistas, «vivaz o liviano», fraseos articulados en el mismo idioma, tensiones siempre resueltas tras cada silencio por breve que sea, con un arco por parte de Gabriel expresivo a más no poder, y Rasch und mit Feur, auténtico «disparo con fuego», arrebatos musicales por parte de ambos intérpretes, encajando los unísonos, contestándose una conversación de entrega mutua, como si estos jóvenes llevasen tocando juntos toda su vida, corta e intensa en un final encajado por ambos a la perfección. Placeres musicales del gran Robert.

Sin apenas respiro el último paso, casi otros cuarenta años y larga vida romántica contra corriente, el año 1886 de la Sonata nº 2 en fa mayor, op. 99 (Brahms), la madurez de la forma en el mismo formato de dúo, nuevos caminos y más expresividad si cabe, cuatro movimientos que van más allá sin olvidar la raíz, avance vital para 80 años que en el siglo XIX darían para una auténtica (r)evolución, optando por mantener tradición desde la modernidad pero sobre todo el respeto por los mayores. Así se entiende esta sonata y así la interpretaron Ureña-Kagan, diálogos chispeantes donde las semicorcheas sonaron claras y precisas, alternancias y uniones desde un empaste y entendimiento musical de auténticos creadores que respetan y conocen todo el camino previo, enfrentados a una partitura dura de ejecución, de estudio y de interpretación en el amplio sentido de la palabra, leer entre líneas, sacar a flote motivos escondidos en una masa donde nada sobra en cada capítulo, esos registros graves en el cello, los pizzicati del segundo movimiento cargados de emoción contenida, el piano en octavas ligeras junto a las dobles cuerdas del cello, especialmente en el movimiento final, redondeando sonoridades, relatos independientes que forman un todo en esta obra de madurez personal, compositiva e interpretativa. Una maravilla poder disfrutarla desde esta juventud que derrocha ganas.

Si hay una obra asociada especialmente y desde siempre al chelo es El cisne de «El carnaval de los animales» (Saint-Saëns), una delicadeza en el chelo de Gabriel con un acompañamiento pianístico sin sensación de reducir orquesta con una Sofiya perfecta vestimenta para una música danzada imaginariamente por una primera figura del ballet. España sigue siendo tierra de violonchelistas, con una generación que ha tomado el relevo de los grandes para deleite melómano. Así nos sentimos con esta propina, bailando como un regalo que agradecimos con salva de aplausos más que merecida para un concierto profundo que transmitió energía desde la juventud madura de dos intérpretes con mucho talento. La tenacidad y el trabajo van de la mano.

VigoroSO Perry

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Viernes 10 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9, OSPA, Perry So (director). Obras de Schumann, G. Connesson y Brahms.

Cada visita de Perry So al frente de nuestra orquesta es una inyección de vigor, alegría y magia, contagia vitalidad a cada partitura y conecta a la perfección con los músicos a los que eleva a la máxima categoría insuflando una confianza que siempre da como fruto conciertos plenos.

El programa de este viernes tuvo tres momentos completos y una compleja unidad a pesar de las apariencias. La Obertura, Scherzo y Finale, op. 52 (1841) de Schumann fue casi una sinfonía incompleta, poquísimo escuchada y con todo el estilo plenamente romántico en el que nuestra orquesta brilla casi siempre, más cuando desde el podio se marca todo a la perfección dotando de sonoridades únicas a la formación asturiana. Cada sección rivaliza en calidad con las demás, lo que pone el listón altísimo, con la colocación «vienesa» que para estos repertorios pienso es la idónea. Las cuerdas graves de la Obertura llegan a todos y la rítmica estuvo clara con ese «abrazo» que envuelve todo, más en el Scherzo que con mano firme por parte del maestro So alcanzó ese vigor que parece inundarlo todo. El Finale estuvo tan claramente expuesto en el contrapunto inicial que daba gusto escuchar cómo pasaba de unos a otros hasta la coda homofónica potentísima.

Escuchaba por vez primera Un rayo de luz en la era de la oscuridad (2005) del francés Guillaume Connesson (1970) que tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre, autor de las notas al programa -enlazadas al inicio en los autores-, pareció más actual aún aunque en «Música y universo: el sonido del espacio» apenas se citó la obra pero sí las relaciones de siempre entre dos mundos desde los astrónomos, físicos filósofos, también músicos, sin olvidar cómo la imagen cinematográfica hace más creíble cualquier género o forma musical que en estado puro y sin ese apoyo podríamos calificar de infumable, pero no es el caso de esta otra «obertura» para una «Trilogía Cósmica«. Si el propio compositor la describe como «música pastoral cósmica» el trabajo tímbrico y la orquestación van más allá de cualquier evocación aunque ayude a una mayor o mejor comprensión de la partitura. Orquesta con percusión abundante y tratamiento muy específico (como en los platos con arco), más arpa, piano, celesta y demás arsenal de viento tan del gusto de los contemporáneos pero tratada con maestría tanto en el desarrollo de las secciones como en la narrativa que Perry So tuvo clara, conocedor de la obra en Los Ángeles. La gradación dinámica hasta el oscuro silencio y posterior destello de luz casi cegadora se consiguió con un trabajo de todos los músicos volcados con una obra madura y cercana en el tiempo, destacando el oboe y el cello pero también el solo de trompa en la parte central y sobre todo el magisterio del director chino. Música agradable y fácil de escuchar sin excesos arbitrarios desde una concepción más allá de las descripciones que siempre ayudan.

El auténtico protagonista sería Brahms y su Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90, nada de «cenicienta» de su hermana Cuarta, capaz de emerger tras su escucha como la libertad orquestal desde la individualidad. Hay buenas versiones para una difícil elección que los melómanos atesoramos: Bernstein con la Filarmónica de Viena, Abbado con la Staatskapelle de Dresde, incluso Haitink y la Chamber Orchestra of Europe, sólo por dejar tres ejemplos distintos e igualmente hermosos (además de los enlazados anteriormente). Al final el maestro chino, pero de formación yanqui, elevaba la partitura ante las largas ovaciones que le obligaron a saludar repetidas ocasiones y compartiendo con los músicos una interpretación magistral. Sinfonía que hace protagonistas a cada uno de los atriles, exigente con todos los solistas y respuesta impecable por parte de ellos. De los metales: trompas seguras como nunca, ensambladas a la perfección, trombones poderosos y precisos, trompetas capaces de claroscuros increíbles. Las maderas en plena competencia por sonar con toda la musicalidad que el genio de Hamburgo pone en sus intervenciones: clarinetes exhultantes, oboes evocadores, flautas levantando vuelo, fagotes como violonchelos en ataques y fraseos. Los timbales contenidos pero presentes y exactos. Pero la cuerda merece un punto y aparte.

No recuerdo una sonoridad tan vigorosa, clara, incisiva, presente como esta vez. El Allegro con brio marcó un antes y un después, el Andante recreó con el viento momentos irrepetibles, el conocido y versioneado Poco allegretto más cantable que nunca y el Allegro final una explosión de júbilo. Los cellos presentes, precisos y preciosos, como nunca, las violas protagonistas pocas veces con un sonido maduro, los contrabajos deleitándonos con cada nota, y los violines un auténtico acierto, contemplando los arcos alternando arriba y abajo para alcanzar el equilibrio dinámico deseado (como explicaba el maestro a OSPA TV), la tensión contrapuesta a la seda, presencia que en Brahms logra esos clímax que nada gustaron en su momento y ahora revolverían a muchos en sus sepulturas. Perry So dominador de la obra de cabo a rabo llevó a la OSPA a la cima sonora, intepretativa, volcados con el ímpetu y vigor joven de ideas claras que dieron como resultado un concierto realmente para grabarlo en nuestra memoria colectiva, intérpretes y público.

Sólo queda mantener el grado de exigencia porque la demostración de gran capacidad que tiene nuestra orquesta no está nunca en entredicho y a este concierto nos referiremos cada vez que bajen un escalón por pequeño que sea. Enhorabuena a todos, el titular tenía que finalizar en So: explendoroSo, fabuloSo, maravilloSo, contagioSO… finalmente vigoroSO Perry.

Moscovitas: más que dulces

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Martes 7 de abril, 19:45 horas. Teatro Filarmónica: Concierto 1.922 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Dúo Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Bach, Beethoven, Prokofiev y Brahms.

Sigo disfrutando de la música allá donde voy pero comprobar cómo crecen en el amplio sentido de la palabra mis jóvenes amistades es algo que no tiene palabras. Alegría, orgullo, admiración por las familias que siempre están apoyando, sacrificándose, dando a sus hijos la mejor formación posible y compartir momentos como el de este primer martes de abril. Las sociedades filarmónicas siempre son la plataforma ideal para formar públicos e intérpretes, congratulándome que la centenaria ovetense, a la que tantos años estuve abonado, siga apostando por los jóvenes valores ofreciendo la posibilidad de foguearse, enfrentarse a conciertos de auténtica envergadura y sentir el calor del respetable, esta vez no ya el habitual, que va cumpliendo años, sino el contemporáneo del solista, compañeros y amigos de su generación, valores que tenemos que mantener desde una educación musical que complete la formación integral del individuo, algo que el actual gobierno no quiere o no sabe entender, relegando la «Música» a la categoría de materia optativa, perdiendo horas y considerándola como una materia que distrae. Sin comentarios.

Al violinista Ignacio Rodríguez (Oviedo, 1996) le sigo casi desde sus inicios, los mismos que podemos disfrutar en los vídeos de YouTube© apreciando la impresionante evolución en estos pocos años, formándose continuamente, actualmente cursando los estudios superiores en el CONSMUPA, afrontando repertorios cada vez más difíciles con una madurez interpretativa digna de destacar. Sus maestros han ido tallando un músico internacional con acento ruso: Vasiliev, Dourgarian, Lev, también a Teslya, Zhislin, Lomeiko y Krysa, pero especialmente Boris Belkin, un ruso enamorado de Asturias al que nuestro artista cautivó, viajando a Maastricht o Siena muchos años para ampliar estudios y entrar en la nómina del importante alumnado del genial violinista ruso.

No quiero olvidar un detalle que parece recurrente y que me sirvió de inspiración para mis primeras notas al programa nada menos que con «Los Virtuosos de Moscú» y Spivakov, su llegada a esta tierra cuando «Don Ignacio no estaba ni proyectado», esa apuesta por Asturias y todo lo que supuso, no ya colocarnos en el mapa musical internacional sino también sentar unas bases que de nuevo la miopía política de turno casi destrozan o dejan inacabadas como algunas carreteras, ferrocarriles del siglo XXI con velocidad del XIX y tantos proyectos incompletos o totalmente parados cual monumentos al despilfarro, a la ignorancia y a la incultura. Al menos muchos de aquellos virtuosos vinieron con amistades y familias, optando por quedarse pese a todo, cambiando la mentalidad de muchas familias sobre la educación musical profesional, no junto a otra carrera universitaria sino toda una vida dedicada a la música como profesión, algo que los rusos siguen reclamando, convenciendo y apostando por ello. De aquellos rusos virtuosos Sergey Bezrodny (Moscú, 1957) se quedó entre nosotros para 25 años después demostrar a muchos cómo la constancia, la paciencia, el trabajo y por supuesto el tiempo, acaban dando resultado, optando por acompañar a un joven violinista asturiano que podrá presumir de tener en su historial al pianista de otros grandes instrumentistas, todo un Maestro con el que Don Ignacio sigue aprendiendo y creciendo.

Las obras elegidas para este concierto fueron un pequeño muestrario de dificultades con las tres «b» de Bach, Beethoven y Brahms sumándose la del propio Bezrodny, para un complemento ruso en interpretación y acento perfecto para Prokofiev o la propina de Rachmaninov, dando ese toque moscovita como el dulce ovetense que tiene fama nacional.

Soledad abrumadora del violín con los tres primeros movimientos de la Partita nº 2, BWV 1004 en re menor de Bach que sirvió para apreciar cuánto trabajo (interpretado de memoria) y esfuerzo esconden sus movimientos, el instrumento junto al órgano donde «el kantor» volcaba su inspiración: Allemande más que un calentamiento de dedos, arco amplio y pulsación fuerte, la Courante con auténtico desparpajo juvenil de Ignacio, técnica cuidada y sonoridades suficientes y la Sarabanda íntima, dolorosa, profunda para un músico de pocos años que siempre volverá a «Mein Got» como revisión y recreación.

La Sonata nº 1 op. 12 nº 1 para violín y piano en re mayor de Beethoven la tengo grabada en mi memoria al haberla estudiado en mis últimos años de conservatorio, y la pude volver a degustar por estos mismos intérpretes en Gijón, comentando entonces la importancia del diálogo para una partitura donde el protagonismo está repartido, intención y fraseos, planos sonoros en continua vorágine pese a ser aún «clásica» aunque despuntando el romanticismo que instaurará el sordo genial. Respeto del alumno ante el maestro para un diálogo en tono de voz sosegado, casi susurrado y contenido en los tres movimientos, el Allegro con brio contenido, evitando sobresaltos, el Tema con variaciones: Andante con moto momento álgido tras el tranquilo tema inicial, palabra del Maestro al piano que el Alumno intenta contestar, intervenir tímidamente hasta que desarrollarán tensiones resueltas «románticamente» cual discusión que se enzarzase y elevase un poco de volumen antes de alcanzar el Rondó: Allegro final encauzando la conversación con distintos puntos de vista desde el respeto mutuo, protagonismos alternados, entendimiento musical desde ese idioma universal que tanto Ignacio como Sergey transmitieron al respetable.

Para la segunda parte y una vez superada la primera contenida, el ímpetu joven salió a la luz con el apoyo veterano y dominador del idioma, la Sonata nº 2 Op. 94 bis en re mayor (Prokofiev) que sonó más moscovita que nunca en el violín de un Ignacio Rodríguez volcado en expresión desde el Moderato inicial, arropado con esa base magistral de Sergei Bezrodny, total entendimiento y mismo acento ruso sin fisuras, cercanía del lenguaje, lectura de envergadura en una traducción musical equilibrada y fresca para un diálogo profundo sin edad, al mismo plano con la seguridad del trabajo bien hecho para un examen lleno de trampas en el Presto – Poco piu mosso del Tempo I que el aventajado violinista superó sin dudar. Remanso en el Andante que volvió al equilibrio piano-violín lleno de musicalidad y fraseos limpios desembocando en otro catálogo de turbulencias y juegos agógicos compartidos: Allegro con brio – Poco meno mosso Tempo I – Poco meno mosso – Allegro con brio, idioma entendible para una obra compuesta en los años 30 que mantiene la misma frescura que demostró el dúo. Largos y merecidos aplausos para el esfuerzo y arte demostrado por el dúo.

Y para rematar nada más profundo que el póstumo Scherzo en do menor (Brahms), auténticas palabras mayores para los dos intérpretes, hondura filosófica, escritura honda y exigente, casi cuartetística reducida a dúo, puro romanticismo para ambos intérpretes desgranando sonoridades impresionantes, sin complejos, de nuevo la memoria de Ignacio Martínez y el oficio en Sergey Bezrodny, brevedad de la vida en el último suspiro con dos ópticas: la juvenil que contempla lejano ese momento y la madurez intermedia para una deseada larga existencia, visiones unívocas musicalmente apasionadas dando lo mejor de ellos, obteniendo otra salva de bravos valorando una intepretación rigurosamente hermosa.

El regalo a la vista del halo tenía que ser también ruso, la tantas veces adaptada a distintos instrumentos Vocalise, Op. 34 de Rachmaninov que Rodríguez Martínez de Aguirre sintió y “cantó” con el violín cual homenaje filial a su entorno, tradición coral en su casa aunque no figure en su aún breve biografía, y Bezrodny con música en los genes llenando páginas y ejerciendo de «orquesta en miniatura» desde el virtuosismo al que nos tiene acostumbrados.

Espero seguir disfrutando muchos años de mi querido Don Ignacio y verle en los mejores escenarios del mundo. Tiene madera, afición, ilusión, ganas y toda una vida por delante.
P.D.: Crítica en el diario La Nueva España de Oviedo del jueves 9 de abril:
LNE09ABR2015Critica

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