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Verano de músico

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Miércoles 24 de julio, 19:30 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. Escuela Internacional de Música de la Fundación Príncipe de Asturias, Curso de Verano 2013: Concierto de alumnos. Entrada libre.

Los músicos, como los profesores, no tienen vacaciones e incluso el verano lo aprovechan habitualmente para seguir perfeccionándose, en la siempre eterna búsqueda de la inalcanzable perfección. La Fundación Príncipe de Asturias lleva desde 2005 con esta escuela internacional que convierte Oviedo en un campamento urbano de verano musical, un bullir de jóvenes músicos y profesores de prestigio internacional al que se une en este 2013 la JONDE, también residente un par de semanas, en periplo cantábrico hasta el 10 de agosto.

Entrar en el Auditorio y comprobar cuánta música se respira es todo un orgullo, máxime en unos tiempos donde los políticos recortan precisamente por la cultura, y la música desaparece de la educación obligatoria dejándola como materia residual (WERTgonzoso). Tendrían que pasarse por Oviedo y vivir de cerca lo que supone estudiar música para estos jóvenes, muchos llegarán a figuras, otros se convertirán en atriles de las pocas orquestas que nos dejen o emigrarán para engrosar plantillas donde los apellidos españoles cada vez son más habituales, más muchos que seguirán disfrutando de la música desde otras profesiones, porque ya se sabe que es difícil explicar que álguien estudie música ¿nada más?.

Inversión en futuro que arrancó hace años con la FPA apostando por ella desde la llegada de Los Virtuosos de Moscú en 1990 que marcaría este presente reluciente. Plantar para recoger, esperanza y tiempo dedicado al más sublime de las artes que ahora con la perspectiva que dan estos 23 años supone presumir de músicos en todas las familias orquestales y no sólo en el viento donde la región valenciana era referencia. Gracias a la Fundación por seguir manteniendo la visión de futuro pese a los recortes de miopes gobernantes y también gracias a los patrocinadores y colaboradores que hacen posible esta formación, algo más económica de lo que supone para las familias seguir pagando los estudios musicales de sus hijos.

Y es que tenía que contar todo lo anterior antes de relatar un concierto de alumnos de viento madera y cuerda: solistas, dúos, tríos y hasta un cuarteto de cuerda que convierten la llamada «música de cámara» en lo más didáctico para intérpretes y público, una Escuela de Verano donde los profesores preparan con ellos las obras que el público degustará y juzgará siempre con benevolencia, sabedores de lo que supone tocar ante el respetable unas obras que marcarán un camino muy largo pero asentado desde estos cimientos.

Verano de músico que no sabe de vacaciones pero al que trabajar en estos niveles les viene cual complejo vitamínico extra, trabajo individual y en equipo, solidaridad juvenil hecha música con el desparpajo de la edad y también la responsabilidad por hacerlo lo mejor posible. Citar en primer lugar el papel desempeñado por el profesor Óscar Camacho Morejón como pianista, más que acompañante o repertorista un apoyo imprescindible para los solistas, piano en estado puro o reducciones orquestales, siempre atento a los intérpretes que mima con experiencia y rigor.

Los alumnos de viento madera tienen como profesor de flauta a Antonmario Semolini y fueron en el concierto el jovencísimo Hernán Rodríguez San Miguel al que le tocó abrir velada interpretando la Sonata en fa mayor (B. Marcello) apuntando maneras y buen sonido aún pendiente de fijar afinaciones, sobre todo en los movimientos lentos, y en sexto lugar Diego Aguiar Armada y el «Allegro» de la Sonata para flauta y piano en si bemol mayor, anh4 (Beethoven), ya de nivel más avanzado aunque todavía falto de volumen en el grave.

Siguiendo con el viento madera, los alumnos de fagot de Javier Aragó Muñoz nos ofrecieron distintas combinaciones: dúo en segundo lugar con Ana Martín Delgado y Daniel Solís García que nos interpretaron los movimientos primero y tercero de la Sonata nº 1, op. 40 (J. B. de Boismortier), empastando como si llevasen años juntos,

y en quinto lugar un trío con los dos fagotes Jorge Galán Corral y Ana Martín más el oboe de Irene Roser Espert en el tercer movimiento de la Sonata en re menor (G. F. Haendel),

Para rematar en penúltimo lugar del concierto nos ofrecieron un J. S. Bach del que interpretaron dos arreglos de las «Invenciones»: la Invención I en do mayor, BWV 772 con Ana Martín e Irene Roser Espert (alumna de oboe de Jesús Fuster) que cambió de pareja para la Invención XIII en la menor,BWV 784 con Jorge Galán (fagot). Interesante escuchar las dos voces en estos instrumentos de lengüeta doble que dan otra visión a las siempre increíbles obras del «kantor«, dos en y para uno que solamente se consigue con mucho ensayo, y hay que recordar que apenas llevan una semana desde que comenzó este curso.

No faltó el clarinete de David Martínez Marcos, alumno de Jorge Montilla, que nos regaló en octavo lugar el «Grazioso» de la Sonata para clarinete y piano de L. Bernstein, sentida de principio a fin por un músico que ya tiene sonido propio y un perfecto entendimiento con el maestro Camacho.

Siguiendo con el viento madera el protagonismo del oboe (con los alumnos de Fuster) tuvo su momento de gloria: «no hay quinto malo» con Marcos Oviedo García que nos regaló el «Allegro» del Concierto para oboe en sol menor (Bach), ejecutado con soltura adulta y el apoyo de un piano «quasi barroco» y la novena actuación con Miriam Puchades Alejos que interpretó el «Recitativo / Adagio» del Concertino para oboe (B. Molique), dificultades de los tiempos lentos por las exigencias respiratorias y una musicalidad de muchos quilates en esta joven oboísta que contagió la emoción del movimiento elegido.

Para el final dejo al departamento de cuerda porque pienso que el salto cualitativo y cuantitativo que hemos dado en estos años era impensable en mis tiempos de estudiante, siempre volviendo a la comparación con el viento (las bandas de música siempre han sido cantera) o la percusión. En las teclas siempre hubo nivel pero con necesidad de salir de España hasta la llegada de las familias rusas en distintos puntos de España, siendo Oviedo uno de ellos.

La cuerda, y en especial el violín, fueron nuestro talón de Aquiles que se vio reforzado por esa feliz idea ya comentada de «La Fundación» por acoger en Asturias a Los Virtuosos de Moscú. Poco a poco resultó normal encontrar suficientes alumnos, antes minoría, como para ir creando escuela en nuestra tierra, unido a esfuerzos familiares apostando por completar esa formación, siempre paralela a los estudios obligatorios en colegios e institutos. Y estos cursos siguen ayudando a descubrir talentos o reforzar los que ya tenemos. Cierto que estos jóvenes tienen niveles y edades distintos, pero las obras presentadas fueron exigentes y sin concesiones para los intérpretes.

En tercer lugar actuó Carolina Camp Guasp, alumna de Sergey Teslya, quien hubo de enfrentarse al primer movimiento del Concierto nº 4 en re mayor, K. 218 (Mozart), muy trabajado, de memoria y a quien los nervios traicionaron pero que también son parte de la formación musical, siendo capaz de retomar con la inestimable ayuda del maestro Camacho, el rumbo para tranquilizarse en la cadenza y finalizar con un cabreo que los aplausos no pudieron aplacarle.

La séptima posición dentro del programa le correspondió a todo un joven vetarano del violín y alumno de la profesora Lara Lev en este curso: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre que se atrevió nada menos que con la Introductione and Tarantella de Sarasate, palabras mayores de la literatura violinísitica no ya por la técnica totalmente virtuosa que mi admirado «Don Ignacio» sigue trabajando dentro y fuera de España, sino por el poso interpretativo que pide desde la delicada introducción hasta la movida danza italiana, pudiendo decir que su madurez es aplastante, autoexigencia y afán por mejorar cada día (la búsqueda de la limpieza en los endiablados pasajes y armónicos escritos por el pamplonica sucesor de Paganini) desde un sentido musical digno de admiración, bien secundado por Óscar Camacho que comparte protagonismo en esta partitura. Un placer ver su progresión tanto en el arco como en una mano izquierda que crece como su estatura.

El antepenúltimo en actuar fue Jorge Cañete Calderón de la Barca, alumno de Oleh Krysa que nos deleitó con la Romanza op. 6 nº 1 (Rachmaninov), agradecida para todos, de sonido poderoso en todos los registros y con poso para poder disfrutar con Óscar Camacho de esta delicia camerística.

El Cuarteto nº 14 en re menor, D. 810 «La muerte y la doncella» (Schubert) sigue siendo una de las cumbres de la música de cámara, y el profesor Igor Sulyga les preparó el «Scherzo» y el «Presto» (que dejó recién salido y subido a YouTube© por la madre de la violista) para Edgardo Carone Sheptak (volín I), Jorge Cañete (violín II), Cristina Cordero Beltrán (viola) y Carmen Hernández Bellas (cello), maestría juvenil nuevamente montada en tiempo récord para una obra complicada de interiorizar, de hacer sonar en su grandeza, protagonismos bien compartidos, sonoridades rotundas en los cuatro y entendimiento imprescindible para afrontar los últimos movimientos en bloque, sin fisuras, algo que forjaron desde el inicio. Fueron los más aplaudidos por un público que tiene la «música en casa» y saben recompensar el esfuerzo.

Enhorabuena a todos y desconecto unos cuantos días… aunque me perderé mucha actividad musical asturiana. A mediados de agosto volveremos con las pilas cargadas.

Terraza de verano con piano

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Martes 23 de julio, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo. Festival de Verano «Oviedo es Música»: Rosario Andino (piano). Obras de Haydn, Beethoven, M. Saumell, I. Cervantes, Lecuona y Chopin. Entrada libre. Aforo completo.

El claustro del antiguo Convento de San Vicente vuelve a servir de terraza veraniega como en mis años jóvenes de los «Conciertos de la SOF», ahora música en Oviedo también en verano, sumándose a la oferta que nunca termina en la capital del Principado (en breve avanzaremos la próxima temporada). Esta vez el piano como protagonista con un programa muy llevadero a cargo de una pianista que en sus años jóvenes tuvo que ser tremenda porque todavía atesora musicalidad a raudales aunque el virtuosismo con los años está al alcance de pocos, pero la artista cubana de origen asturiano Rosario Andino se atrevió con los «grandes» sin olvidar sones de su patria.

 

La Sonata en re mayor, Hob XVI / 37 (Haydn) abría boca con tres movimientos bien diferenciados: el Allegro con brío que resultó bien expuesto aunque más tranquilo que brioso y poco claro en sonoridades, el Largo e sostenuto al que la acústica natural ayudó a crear atmósferas, y el Presto non troppo más cercano al «allegro sin brio» donde nos limitamos a escuchar sin más, tal vez falto de la emoción requerida para «Papá Haydn».

Las 32 variaciones en do menor sobre un tema original, WoO 80 (Beethoven) también resultan muy exigentes y no sólo en las rápidas, puesto que en cada variación debe permanecer un espíritu que sonó algo desigual con un desarrollos irregulares, aunque siga habiendo mucha música en esta difícil partitura pianística dibujada desde la maestría pero sin el color deseado.

 

Más cercanas y como música de salón (cambiado por terraza) las Seis danzas cubanas que la pianista eligió para esta velada vespertina: Los ojos de Pepa -que ha versionado Chucho Valdés– y La Tedezco de Manuel Saumell Robredo (1817-1870), intento transformador de elevar a culta la música popular, Los tres golpes e Improvisada de Ignacio Cervantes (1847-1905), catalogado en su tiempo como «embajador de la música cubana» por una mayor evolución llegando al sentimiento nacionalista que inundaba el mundo occidental en su tiempo, sin perder el estilo danzante de melodías pegadizas bien armonizadas, y el más popular de los compositores cubanos, Ernesto Lecuona de quien interpretó Ahí viene el chico, arrancado los aplausos de este «bloque danzón» más la archiconocida La comparsa, que alguna vecina de silla tarareaba y personalmente me volvió a las interpretaciones de su paisano también asturiano de origen José Luis Fajardo Trabanco, allá en mis inicios filarmónicos mierenses. El poso de los años unido a la genética dieron buena cuenta de estas páginas populares siempre agradecidas.

Cerrar un recital con Chopin son palabras mayores y la pianista no se achicó al elegir los Valses Op. 70 nº 1 en sol bemol mayor, con un «rubato» un tanto particular, el nº 14 en mi menor, Op. póstumo algo precipitado perdiendo la claridad prístina del mismo, más ese «pseudo super vals» que es la Balada nº 1 en sol menor, Op. 23, ya con los dedos en «su punto» para afrontar esta auténtica prueba de fuego, resultando más musicalidad que técnica pero desbordando maestría y recuerdos juveniles.

Ya como propina todo un esfuerzo extra, el homenaje a Verdi de Liszt con la Paráfrasis de concierto S. 434 o Fantasía sobre «Rigoletto», el célebre cuarteto verdiano para una «bella figlia del piano» que pareció remontar vuelo cual ave fénix en una partitura virtuosa como sólo el húngaro era capaz, también tarareada por alguna maleducada aficionada lírica en medio del variopinto público que llenó los cuatro pasillos del claustro. El respetable agradeció el esfuerzo de la cubana aunque personalmente me faltó poder tomarme una cerveza y fumarme un cigarrillo mientras escuchaba el «piano caribeño».

El jueves volverá la querida Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que siempre es un espectáculo, más en casa.

Francisco Jaime Pantín: entrega y gratitud

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Martes 11 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. Francisco Jaime Pantín, piano. Obras de Haendel, Beethoven y Schubert.

No hay palabras de agradecimiento para la familia Jaime Pérez, nuestros queridos Paco, Mayte y Daniel (cariñosamente «Los Pantines») por el apoyo que siempre dan al Conservatorio de Mieres, acudiendo sin reparos a compartir su magisterio cuantas veces les han solicitado su presencia, con programas comprometidos donde han compartido sus sentimientos con un público que les aprecia y donde siempre hay química, lo que se nota por las dos partes, a menudo compañeros y alumnos, presentes y ausentes siempre cercanos en el corazón.

Y en la lista de conciertos para celebrar las Bodas de Plata de nuestro conservatorio mierense, han acudido prestos a la cita pudiendo disfrutar con los tres, siendo Francisco quien puso el broche en este caluroso martes donde el repertorio elegido supuso una nueva clase de lo que supone «hacer música disfrutándola».

La primera parte, con un reportero poco educado (palabra que dedicaré una entrada a estos «rompeconciertos») comenzaba con la impresionante Chacona en sol mayor HWV 435 de Haendel, barroco puro por contrastes abruptos en todo el desarrollo de las 21 variaciones sin perder la visión romántica de un intérprete completo. Saltos emocionales de lirismos delicados a fortísimos duros pero nada rudos, octavas en la izquierda galopantes y potentes acompañadas de perlas cristalinas de ornamentos en la derecha, tempos vertiginosos y tranquilidad casi espiritual, sonoridades etéreas frente a auténticos tutti orgánicos en una lección de manejo de pedales, tanto en su sitio como sin él, equiparando esta obra con las contemporáneas del gran Bach, haciendo del piano el clave supremo que no lograron disfrutar.

Y sin perder esas líneas maestras la completísima Sonata en la bemol mayor, nº 31, Op. 110 de Beethoven con esos movimientos tan claramente escritos: Moderato cantabile Molto expresivo, Allegro Molto, Adagio ma non troppo – Arioso dolenteFuga: allegro ma non troppo – L’istesso tempo di Arioso – L’istesso tempo della Fuga, interpretación magistral, clara en el desarrollo, madurez de escritura y por supuesto de ejecución, romanticismo que bebe de todo lo anterior con la genialidad del sordo de Bonn. Fantástico comprobar la pedagogía directamente, transmitida desde la práctica que muchos políticos no entenderán en toda su vida, orgullo docente que ejerce fuera del aula más que dentro. Hay grabación por parte de Roberto Serrano y podremos volver a disfrutar del Maestro Pantín, un Beethoven que volvería como propina final.

Breve descanso para secarse sudores y despojarse de la chaqueta para afrontar una segunda parte Schubert, uno de los preferidos de Francisco Jaime en solitario o a cuatro manos con María Teresa Pérez (ese Dúo Wanderer, «caminante» que ya deja claros los gustos), el piano romántico bien ensamblado hasta en la elección de las dos obras en la tonalidad engañosa de do mayor, pues el tránsito modulante es permanente y la exigencia técnica total, aunque poder tocar entre amigos casi convirtió la velada del salón mierense en vienesa como aquellas «schubertiadas«, poesía y música en los dedos del invitado, cual anfitrión en nuestra casa: el Momento Musical D 780 nº 1 y la Fantasía Wanderer D 760 sin pausa, concebida como un «toDo mayor», nuevo derroche y entrega de un monumento, más que momento, seguido de los cuatro movimientos «fantasiosos» (Allegro con fuoco ma non troppo – Adagio – Presto – Allegro) que hicieron las delicias de todos, contagiados de la energía a veces contenida y otras rebosante, romanticismo en estado puro con la madurez del trabajo vital que nunca decae, Schubert en estado puro haciendo olvidar su juventud por la vasta producción del malogrado compositor vienés, comprobando la calidad de su casi millar de obras donde el piano tiene un lugar de honor al que Pantín rindió pleitesía.

Aún hubo fuerzas para las propinas con dos «B»: la de Bach con su Allemande de la Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816, como «previsto» tras el Händel inicial, un puente cual connato de amigo que no cuaja, para la otra B de Beethoven, el grande, el inspirado e inspirador con ese segundo movimiento de la Sonata nº 8 en do menor Op. 13 «Patética» que no pudo resultar más a propósito de este concierto entre amigos con entrega recíproca y gratitud como docente, melómano y amigo.

La OSPA conecta

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Jueves 19 de mayo, 10:30 y 12:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierdo didáctico «La orquesta se mueve»: OSPA, Rossen Milanov (director). Con la participación de Gustavo del Moral (presentador), las sopranos Sonia de Munck, Elena Ramos, el tenor Julio Morales, con Vaudí y su grupo de percusión brasileña.

Apostar por la música es invertir en futuro, y el maestro Milanov se marcó como primer objetivo nada más llegar a la OSPA acercarla a los públicos del mañana. La primera apuesta ha sido traer a Europa el proyecto Link Up en el Carnegie Hall, del «Weill Music Institute», que él conoce en primera persona. Movilizar a 3.000 alumnos de 9 a 13 años de toda Asturias con sus profesores supone un esfuerzo que ha tenido el apoyo de toda la comunidad educativa, implicándonos desde el primer momento en que se nos comunica este concierto didáctico donde el alumnado participa directamente y no sólo como mero auditor, pasando a formar parte de la historia al ser Asturias y España los pioneros europeos ¡en algo somos los primeros! y pronto nos seguirán, como Navarra.

En febrero nos mandaron a los centros unos excelentes materiales (traducidos al español por Ana Mateo de los originales) para comenzar a preparar este concierto con la OSPA y su titular Milanov desde todos los niveles, aprovechándolo como parte de las clases de música, esas que Wert entiende no como cultura sino entretenimiento. Tendría que enterarse un poco más…

El ambiente que se respiraba antes, durante (llenazo histórico) y después nos deja con la esperanza del trabajo bien hecho. Las sugerencias las haremos llegar, como siempre, a los responsables, con la gerente Ana Mateo a la cabeza sin cuya entrega e implicación con el proyecto no hubiera sido posible esta nueva experiencia.

El repertorio elegido giraba en torno a The Orchestra Moves, «La orquesta se mueve» en el amplio sentido que incluye mover y conmover, pues la música es única y directa para el movimiento interior y realmente «conectó» (Link Up) con todos los asistentes. El músico y pedagogo cántabro Gustavo del Moral fue quien llevó el peso del concierto haciendo ora de animador, ora de batuta doblada, incluso de apuntador en momentos puntuales, siendo también el «link» del concierto.

Thomas Cabannis es el compositor del tema «Ven a tocar» (Come To Play) a tres voces, donde cantamos, tocamos la flauta de pico (recorder en inglés) y nos movimos literalmente, todavía un poco «oxidados» aunque pronto nos desperezaríamos.

Para movimiento el conocido Can-Can de «Orfeo en los infiernos» (Offenbach), bailarinas incluidas que fueron las encargadas de despertarnos a todos, incluyendo al bueno de Gustavo.

«El Danubio Azul» (J. Strauss) en versión cantada y traducida al español (en inglés quedaba un poco mejor) tuvo la participación de las flautas que resonaron en todo el auditorio con la OSPA casi acompañante ante el poderío sonoro del alumnado. Hubo melodías, contestaciones y sobre todo «rubato» que pese a no estar en Austria sino en Asturias, ¡funcionó!.

También ternario pero relajado resultó el Nocturno de «El Sueño de una noche de verano« (Mendelssohn) donde las dos voces de las flautas completaron a una OSPA aterciopelada como si el ejemplo de Morató a la trompa surtiese el efecto deseado. Las ganas del alumnado les hacían adelantarse en un tempo lento, pero escucharse fue la mejor lección y el resultado final resultó de nota para todos.

La alegría operística comenzaba con Mozart y la Obertura de «Las bodas de Fígaro« para batir el récord de velocidad por parte de los músicos «ospenses» ya en plena forma matutina que prepararon el famoso Toreador de «Carmen« (Bizet) donde el tenor Escamillo no tuvo su mejor faena pero que el «apoderado» del Moral capeó con un «doble» coro gigantesco cantando en un francés excelente para su faena de aliño. Cierto que podía haber utilizado el estoque-micrófono como el resto, pero la valentía tiene sus riesgos y el torospa no era un novillo precisamente.

Mi alumnado ya se quedó enamorado de Beethoven con el primer movimiento de la Sinfonía nº 5 en Do m., Op. 67, pero como toda esta joven hornada, lo de estar más de cinco minutos callados no lo tienen muy controlado, y tras el «subidón» anterior no saborearon la «Quinta del sordo» como deberían, y eso que la Orquesta se movió a bien nivel con un diestro Milanov exprimiendo una obra que siempre exige.

En un espectáculo tan americano no podía faltar otro tema de Cabannis, auténtico anfitrión de este programa, que compuso «Lejos vuelo» (Away I fly) donde la participación del alumnado fue coreográfica siguiendo los 8 pasos ideados por Hilary Easton. Era el estreno en Europa y acostumbrados a ensayarla con piano la versión orquestal resultó magnífica.

Y el fin de fiesta trajo el Carnaval de Río al auditorio para hacer de Oviedo «Cidade Maravilhosa» (André Filho), entrando la «batucada por la butacada», y llegando por momentos a tapar la rica orquestación preparada, cantando todos en portugués con un brasileño medio asturiano como Vaudí. La alegría nos contagió a todos como la cuica siempre simpática, y aunque no vimos a la Consejera del ramo por nuestra ubicación, sabemos que bailó como los demás, para volver a clase con una sonrisa más el optimismo y ganas de seguir trabajando en estos proyectos que conectan y enganchan a alumnos y profesores.

Vendrán los tuiters, correos, Facebook y demás vías de intercambio de experiencias, pero sobre todo la ilusión por el siguiente que seguro llegará en la próxima temporada y curso escolar. Gracias al maestro Milanov, a la OSPA y a su gerente Ana Mateo, pero sobre todo

GRACIAS A LOS ALUMNOS DE ASTURIAS

auténticos protagonistas de este jueves.

Introspección aristócrata

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Jornadas de Piano Luis G. Iberni«. Leif Ove Andsnes (piano). Obras de Beethoven, Bartok, Liszt y Chopin.

Volvía la esencia del piano solo en las manos de un grandísimo intérprete como el noruego Andsnes que eligió un programa nada populista y desde una visión totalmente personal de un repertorio que domina desde la limpieza de líneas, ciñéndose a la partitura que es la auténtica protagonista, emanando la emoción interior y el pianista mero transmisor.

El público comentaba que resultó frío y no solamente por nórdico, pero pienso que la respuesta está precisamente en las obras seleccionadas.

Beethoven ocupó la primera parte con un Bartók intercalado. Las sonatas elegidas no resultan las conocidas pero en estas pudimos apreciar la evolución del lenguaje del sordo genial con una visión «apolínea» que decía uno de mis vecinos de localidad. La Sonata para piano nº 22 en FA M, Op. 54 de 1804, con solo dos movimientos y calificada como «misteriosa» pero también como «un valle entre altos picachos» en referencia a las sonatas «Waldstein» y «Appassionata» que la flanquean, recoge emociones bien contrastantes con recursos técnicos variados no ya en el desarrollo motívico sino en un viaje tonal, aún mayor en la Op. 101 posterior, desde la sombra concentrada utilizando todos los registros de un piano (alquilado para la ocasión) que con la caja acústica cercana y la especial del auditorio carbayón, dejaron flotando delicias sonoras. La Sonata nº 28 en LA M, Op. 101 de 1816 es el inicio de sus últimas composiciones para el piano donde conviven las citadas emociones llevadas al pentagrama con todo detalle, incluso con indicaciones claras de tiempo «rápido, pero no mucho y con determinación» (las recogen las notas al programa de José Antonio Cantón) y dedicada a la baronesa Dorothea von Ertmann. En ambas sonatas Andsnes optó por la visión fiel desde el estudio interior y concienzudo de la obra, intérprete como cauce de la música más que versión personal, aunque este camino merece un respeto profundo.

Incrustar la Suite para piano, Op. 14 Sz. 62 BB70 de Bartók entre las dos sonatas beethovenianas puede resultar chocante pero visto en conjunto parece tener la lógica de la propia interpretación, rigor y respeto desde la técnica o virtuosismo hecho normal, curiosamente lo que parece alejarlo del público en general. Como una sonatina compuesta a principios de 1916, esta suite presenta influencias varias donde quién sabe si también estará el propio Beethoven en tanto que parece elevarlo desde el Romanticismo al siglo XX con una técnica potente que remarca los cuatro números, destacando un Scherzo claro y sin prisas pese a la complejidad o el Sostenuto final que devuelve la «…tranquilidad vacilante, casi melancólica…« (que escribe Cantón) en un discurso siempre romántico del intérprete noruego.

Franz Liszt y sobre todo Frederic Chopin llenarían la segunda parte más las dos propinas. Tampoco eligió obras populares sino las que parecen encajar en el estilo interpretativo de Andsnes tan introspectivo. De las diez Harmonies Poétiques et Religieuses («Armonías poéticas y religiosas») S. 173 de Liszt optó el noruego por la nº 4 «Pensamientos de los muertos», otro tributo húngaro de la velada cargado del romanticismo global, esta vez meditación «De Profundis» como homenaje a los seres queridos desde la resignación. Y otra dedicatoria aristócrata para la Princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein (obvio comentar del apellido). La complejidad que encierra esta obra resultó idónea para una interpretación cargada de sombras claramente dibujadas, conocedor de profundidades desde la hondura musical y poética.

Finalmente el polaco Chopin, el piano romántico por excelencia, el adorado y siempre difícil estilo que toda su producción esconde, esta vez el Nocturno Op. 48 nº 1 en Do m., dedicado a su alumna Laure Duperré en tono menor e inicio sereno que irá creciendo en exigencias técnicas que Leif Ove Andsnes supera sin problemas con una perfección impactante llena de gamas dinámicas amplísimas que el piano devuelve una a una. Dedicada a la baronesa Charlotte de Rotschild, La Balada nº 4, Op. 52 en Fa m. encierra todo un ideario musical desde las texturas o contrapuntos hasta un pre-impresionismo que emana de los dedos del noruego delineado, exacto, detallado y cuidadoso al máximo, enlazando sin aplausos (hubo connato y móvil de turno) con el anterior «sentido nocturnal» para buscar esa unidad chopiniana e incluso romántica que en la balada alcanza auténtico clímax emocional y vigor interpretativo.

Si lo escuchado resultó frío o duro para algunos, la elección de dos Valses del polaco pareció acallar comentarios más por lo conocidos que por la propia interpretación, curiosa y lógicamente en la misma línea de todo el concierto: total respeto a la partitura con una técnica apabullantemente sobria que hacen que lo difícil parezca fácil. Es el rasgo de los grandes… Como si los destinatarios de las obras contagiesen esa aristocracia lejana, totalmente distinta de la actual, al propio Andsnes desde hoy le podemos dar el título «Barón del piano».

Delicada rotundidad

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 9: OSPA, Alexander Melnikov (piano), Pablo González (director). Obras de Beethoven y Schumann.

Volvía mi tocayo a casa y su presencia al frente de la OSPA parece inhalar nuevos vientos independientemente de las obras que dirija pues consigue de nuestra formación colores siempre nuevos así como una simbiósis que sólo unos pocos logran de los músicos.

Dos autores que nunca pueden faltar en las programaciones para solaz de melómanos y forjando el necesario «corpus» de futuros públicos que con esfuerzo se van ganando en la capital del Principado, Gijón o Avilés, como sedes de los distintos abonos.

La primera parte Beethoven abriendo con Egmont, obertura, Op. 84 (1809-1810) que no por trabajada nos deja indiferentes. Visión clara en su discurso melódico atendiendo cada detalle de ritmo, dinámicas y colorido orquestal con los silencios subrayando la trama y tiempos bien diferenciados para una formación madura que acepta sin discusión interpretaciones rigurosas como la que ofreció el director ovetense. Si la cuerda debe sonar aterciopelada o los vientos arriesgados, así responden, y todos apostaron por el vigor de esta obertura que como escribe Tania Perón Pérez en las notas al programa del número 2 de la revista trimestral (este viernes se repartí el tercero), «esta obra es un claro ejemplo en el que la historia se convierte en leyenda, la leyenda en drama, el drama en música y la música en historia». Maravilloso juego de palabras para la versión que Beethoven hace del drama de Goethe.

El Concierto para piano nº 2 en SIb M, Op 19 (1795) no es de los más escuchados en directo, pero tras la vivencia con el pianista ruso Melnikov, la concertación de González y la respuesta perfecta de la OSPA tendré que estar muy atento a su emisión por Radio Clásica para grabarla y guardarla como referente absoluto. Si hace un par de años con R. Gamba (también en el 9 de abono) titulaba «Y qué pianista» con el nº 2 de Prokofiev, el primer calificativo que me vino esta vez a la cabeza fue «rotundo», porque cada uno de los tres movimientos fue impactante en todo. El sonido del piano empastó como nunca con el de esa formación orquestal un tanto peculiar del alemán, la nitidez expositiva del solista fue prístina tanto en los concertantes como en los solos desde una escritura clásica que consigue una densidad casi inigualable. Los contrabajos sonaron redondos y potentes sin excesos, la madera se convirtió en una extensión, sino ampliación tímbrica, de una piano potente y delicado, más los metales, sobre todo las trompas, completaron unas texturas inverosímiles. Puedo decir que hubo magia sonora y volviendo a Melnikov (merece la pena escucharle en la entrevista previa en YouTube©) su fraseo e implicación desde el Allegro con brio resultaron perfectos por el entendimiento con la orquesta sabiamente llevada por Don Pablo, usando aquí la batuta para mayor claridad visual de todos que supuso una paleta amplísima de dinámicas y tempi prodigiosos. Pero lo que me impactó fue el Adagio, en la tonalidad de MIbM que siempre he mantenido como perfecta para el protagonismo melódico de las 88 teclas, lirismo equiparable a su homónimo del «Emperador» con la frescura juvenil sin complejos del primer concierto que luego resultaría segundo, simbiosis de resonancias en las cuerdas del piano ensambladas con un único color orquestal que crearon ambientes indescriptibles. Si la cadenza del primer movimiento sonó impactante, todo el segundo pareció paradisíaco. Ante este discurso y entendimiento de un diálogo obvio que Pablo González supo moderar como nadie, el Rondó: Molto allegro transmitió desde el virtuosismo intrínseco el futuro genio compositivo que vendría después, nuevo empuje de vigor y limpieza solística arropada por una orquesta unida y sin flecos capaz de lograr una versión de referencia.

El sonido y técnica de Alexander Melnikov lo disfrutamos en su propina, cristalina, sentida y nuevamente rotunda: me pareció entender y recordar desde casa Brahms el «Intermezzo» de su Fantasía Op. 116. El descanso me sirvió para seguir paladeando un pianismo cercano.

La Sinfonía nº 4 en Re m, Op. 120 (Schumann) ya va siendo hora de quitarle el «sambenito», incluso de Mahler, de lo poco orquestador que era Robert en esta revisión de 1851. El titular de la OBC ya comentaba con Fernando Zorita en YouTube la obra, pero su interpretación resultó todavía más clara y contundente superando los balances o densidades camerísticas que bien apunta el director ovetense. Logrando la continuidad de los cinco movimientos apenas interrumpidos por las «toses obligadas» algo menores de lo habitual, consiguió una interpretación no sólo equilibrada sino brillante y delicada. Todo un muestrario de buen gusto al que respondieron todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta, el primer y contrastante Ziemlich langsam – Lebhaft, la reposada y emocionante Romanze: Ziemlich langsam, el movido y contagioso Scherzo: Lebhaft, el nuevo contrate del Etwas zurückhaltend – Langsam, y el brioso Lebhaft final, donde el idioma alemán siempre exigente pero «tranquilo» (lento o aún mejor «Langsam») consiguió desde esa concepción la pluralidad de ideas musicales convergentes en un todo compacto y nuevamente rotundo, redondo, magistrales metales otrora fustigados, timbales delicados y presentes, maderas vigorosas y la buena cuerda que en perfecta conjunción dirigida sin batuta por Pablo González sonaron con personalidad propia, identificativa y diferenciadora para una «Cuarta» impactante, reposada, paladeada hasta el último fraseo y sin prisas en el aplauso.

La semana que viene darán otro «giro de tuerca», pero las bases están asentadas en este romántico, delicado y rotundo noveno de abono.

Sensaciones con la experiencia Milanov

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Viernes 15 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 6: OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Schumann y Beethoven.

Tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa que están enlazadas en los autores de arriba) sobre «El legado de la Pastoral de Beethoven» que ponía el punto final en Wagner, sería como si su bicentenario retornase a Milanov y la OSPA al ciclo de abono con un programa que, en palabras del propio Villalibre citando al genio de Bonn, resultaría «más expresión del sentimiento que pintura sonora» pero nada distanciado de lo romántico en ninguna de las tres obras.

La primera sensación antes de comenzar fue la disposición elegida por el maestro búlgaro totalmente vienesa: contrabajos atrás, violines enfrentados, trompetas al lado de los fagots, timbales a la derecha (la foto de Marta Barbón que abre la entrada es perfecta para verla). Búsqueda de nuevas sonoridades más que vuelta a concepciones históricas aunque las obras fuesen adecuadas para esa colocación, y es un hecho que creo marcaría todo el concierto.

Del Sifgrido wagneriano escucharíamos «Murmullos del bosque», WWV 86c del Acto II, como si la madre naturaleza fuese protagonista de una velada climatológicamente primaveral pese a los gélidos días anteriores del «febrerillo loco». La formación asturiana vuelve por sus fueros dando un paso más en la búsqueda de la excelencia, pues la calidad está más que demostrada. Texturas y dinámicas amplias donde todas las secciones brillaron escuchándose y descubriéndose en la nueva colocación. Puede que la acústica del auditorio no sea perfecta para ellos pero el maestro búlgaro consiguió en este aperitivo un Wagner más cercano desde una orquestación casi íntima por momentos pese a la plantilla utilizada, lo que corrobora el mimo con el que Milanov llevó la obra, sin descuidar nunca los planos sonoros.

El joven violonchelista Pablo Ferrández (Madrid, 1991) parecía predestinado a la música hasta en el nombre, por lo que no es de extrañar su precocidad en el instrumento. Esta semana recibía en Oviedo la noticia de un nuevo premio, recién llegado de un concierto con el pianista Luis del Valle donde también estaba Schumann. El Concierto para violonchelo en La m., Op. 129 lo debutaba con nosotros y su interpretación resultó impactante por el poso, musicalidad y sonido de su Andrea Castagneri de 1733. Impecable de técnica logró recrearse en una partitura sin desmayos siempre bien concertada por Milanov y la OSPA que fueron alternando buen gusto con el solista, respetándose desde la escucha interior y plegados a las indicaciones de la batuta. El regalo de El cant dels ocells fue más que un agradecimiento desde la profundidad musical de una página cargada de simbolismos que el madrileño ya ha interiorizado. Pablo Ferrández se suma a la lista generacional de grandes violonchelistas españoles que triunfan por todo el mundo, y en Oviedo estamos disfrutándolos a (casi) todos.

Y llegaría el Beethoven de la Sinfonía nº 6 en FA M., Op. 68 «Pastoral», la vuelta al origen del programa y el posterior legado que contaba Villalibre en la conferencia previa. La «Experiencia Milanov» comienza a palparse y sus primeras palabras ya toman forma.

La orquesta asturiana ya ha tocado muchas esta sinfonía en sus 22 años de historia, pero la versión ofrecida por Milanov en Gijón y Oviedo son de las que no dejan indiferente. La colocación ya comentada mostró esos pasajes muchas veces ocultos (tapados) de los violines segundos, y por fin conseguí escuchar la ansiada «pegada» en los contrabajos, envolviendo desde el fondo toda la obra. Incluso los timbales ayudaron a encontrar el color orquestal apropiado, no sé si para el Auditorio pero evidentemente la apuesta del maestro titular por la disposición vienesa resultó un éxito para mí. Pero sobremanera los tempi elegidos. Habrá polémica siempre positiva, opiniones encontradas sobre las indicaciones metronómicas que Beethoven utilizó para precisar la velocidad elegida, menos subjetivas que un Allegro ma non troppo, pero volviendo a su propia búsqueda de «más expresión del sentimiento que pintura sonora» la Sexta resultó pastoril en cuanto a sentimientos, remanso, deleite en cada pasaje, disfrute en cada intervención solista con una madera realmente inspirada y unos bronces empastados como nunca, alcanzando cotas de entendimiento entre ellos que solamente estos años de «matrimonio» (los mismos que yo) consiguen. La Escena junto al arroyo: andante molto mosso continuó en la línea de tranquilidad expositiva, con una cuerda redonda en cuanto a la sensación de globalidad conseguida por la colocación e interpretación de toda ella, al igual que la Animada reunión de los campesinos: Allegro con toques casi de romería primaveral asturiana, ímpetu sonoro siempre controlado. Incluso el Trueno y tempestad: Allegro nos dejó una tormenta sin excesos, más veraniega que invernal con dinámicas nunca exageradas, bucólicamente sentimental, silencios subrayando la bravura, precisión y respeto a la partitura, reminiscencias del Don Giovanni mozartiano premonitor. Y si de sensaciones hablamos, Sentimientos de benevolencia y agradecimiento hacia la Divinidad después de la Tempestad: Allegretto, colofón unificador en cuanto a la interpretación de Milanov con «nuestra» OSPA, emoción contenida para muchos, explosión de luz para la mayoría.

Mi comentario final es que se está logrando entender a Milanov, incluso comienzan a creérselo, y la transmisión emocional desde el escenario al público la notamos todos. El maestro no volverá hasta abril (y fuera de abono) pero la orquesta repite la próxima semana con Perry So… y espero contarlo desde aquí. Las sensaciones han sido positivas y mi salida del concierto pletórica en el ánimo. Oviedo y Mieres aún siguen celebrando los carnavales.

El romanticismo de Carmen Yepes

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Miércoles 6 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 105 (Concierto 1.538): Carmen Yepes, piano. Obras de Schubert, Beethoven, Schumann y Chopin.

Nada más finalizar el concierto titulaba mi entrada rápida «Trabajadora y honesta» para referirme a la pianista asturiana que volvía a su tierra con otro programa duro, difícil, poco habitual en conjunto pero con el que se siente muy a gusto, y eso se nota al escucharla. Si su magisterio en el clasicismo está más que demostrado, el Romanticismo puro lo afronta con la serenidad y el poso de una carrera bien cimentada en el estudio riguroso fiel a la partitura pero entendiendo la interpretación como tal, no robar nada de lo escrito pero dándole el toque personal de la experiencia vital, ese «llenar la mochila» que no siempre va unido a la juventud sino a pasiones difíciles de medir. Decir que actualmente Carmen tiene ya un largo recorrido y madurez musical es entender las obras elegidas. A mis alumnos tal como nos explicaba a nosotros el catedrático de arte Carlos Cid Priego, intento definirles el romanticismo como «La huida» en todas sus expresiones, metafóricas y reales. En el caso del repertorio de este miércoles, la huida es interior y compartida con nosotros, un viaje espiritual desde las vísceras musicales a nuestro oído profundo, el que nos hace rememorar.

La tonalidad de Do menor marcó la primera parte como presentación anímica que pese a lo que nos contaron de ella, no siempre supone tristeza sino más bien hondura, y así comenzaba el Impromptu D. 899 en Do m. (Schubert), ese pianismo delicado, claro, bien fraseado, que dará paso a una emotividad desde sonoridades redondas en el perfectamente afinado y ajustado Steinway© del Jovellanos. Obra bien asimilada en su interpretación llena de pinceladas limpias y gama dinámica amplia.

La Sonata nº 32, Op. 11 en Do m. (Beethoven) daría para un tratado en sí misma, la última del genio de Bonn, desde el Maestoso inicial afrontado con todo lo escrtito: dobles puntillos, fusas en la izquierda, sforzandi… y aquí está la honestidad de la intérprete capaz de hacernos escucharlo todo. Tras esta carta de presentación en el inicio de esta peculiar sonata, con una fuerza vital impresionante, el Allegro con brio ed appassionato, optó Carmen Yepes por jugar literalmente con todas las indicaciones de la partitura (merecería la pena haberla ido siguiendo según la escuchaba), sin excesos en el tempi y prefiriendo los contrastes claroscuros en dinámica y velocidades, un volcán visual en el papel y pletórico en las manos de la pianista mierense nacida en Oviedo. Y el segundo movimiento, esa Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, literal en todo menos en lo de simple, testamento vital beethoveniano y lección de poso en Carmen, cambios perfectos de compás (¡qué difícil es captar un 6/16 o un 12/32!) bien marcados sin perfer ni un ápice la línea musical, ese infinito cantarín que finalizará con los trinos cristalinos como el registro agudo elegido por el compositor en nueva catarata hacia un abismo que no cae sino que eleva el vuelo en un pianissimo final. Impresionante interpretación para una obra más que exigente.

Otros dos grandes para la segunda parte empezando por esas cuatro piezas nocturnas muy apropiadas para una noche fría y lluviosa en la capital de la Costa Verde pero con un público cálido y ganado en la primera parte, Nachstücke Op. 23 (Schumann), contrastes anímicos desde el Mehr langsam, oft zurückhaltend, como unos pasos dubitativos lentos pero «sin frenarse», ataques precisos que irán reafirmando pasiones en Markirt und lebhaft, realmente «animado», brillante, saltarín, nuevas luces bien atacadas de sonoridad precisa y uso del pedal siempre ajustado. Mit großer Lebhaftigkeit supuso otra bocanada de aire fresco, ligereza, y Einfach, frugal, sencillo y simple solamente en el título, más que el último bocado de estos cuatro dulces musicales bien cocinados por Carmen Yepes.

Y entre los románticos por excelencia nada menos que Chopin y dos exponentes de obras de técnica exigente, virtuosa, llenas de lirismo, delicadeza, pero también fuerza y vigor con el toque íntimo siempre presente, la Balada Op. 23 en Sol m., todo un muestrario de sentimientos hechos música, dificultades técnicas sobradamente solventadas para afrontar y disfrutar una versión personal con gusto, rubati nada exagerados, volviendo a asombrarme la fuerza tanto física como interior que Carmen Yepes vuelca en este repertorio, capaz de unos contrastes tan bien adecuados a el repertorio del XIX, y para rematar con la Polonesa – Fantasía Op. 61 en LAb M., perfecto colofón como el de la primera parte, aquí testamento chopiniano en cuanto a reunir en esta obra todo su vagaje formal, auténtica fantasía más que polonesa para un recital pleno, intenso, con el que también disfrutarán en Málaga y Marbella, luz del sur donde siempre vuelve, ahora desde Madrid, tras su breve estancia en esa tierra que todavía la adora.

De regalo tras las duras emociones del concierto, la ingenuidad infantil de las «Escenas de niños» del genio catalán Mompou, Jeunes filles au jardín, un desfogue que resulta otra joya en la interpretación de mi admirada Carmen Yepes. Un lujo tenerla en Madrid donde ejerce la docencia desde 2010 sin olvidar su carrera profesional como gran intérprete. Espero poder escucharla pronto, y del concierto en el Auditori de Barcelona dirigida por Brotons (con quien ya colaboró en dos ocasiones) y concierto de Tchaikovski, sería cuestión de otra escapada

Trabajadora y honesta

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El concierto de Carmen Yepes este miércoles en el Teatro Jovellanos para la Sociedad Filarmónica de Gijón fue como indico en el título, el de una intérprete trabajadora y honesta con la música. Programa de calado romántico con Schubert (Impromptu D899), Beethoven (Sonata 32), Schumann (Naschtücke) y Chopin (Balada Op. 23 nº 1 y Polonesa – Fantasía OP. 61) duro, exigente, dándolo todo con esa musicalidad que magnetiza a quien la escucha. Mompou y sus Jeunes filles au jardin fue el regalo fresco para tanta dureza hecha arte pianísitico. Desde casa y con tiempo, más…

Gabriela Montero para no olvidar

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Sábado 2 de febrero, 19:00 horas. Palau de la Música Catalana, Barcelona. Gabriela Montero (piano), Orquestra Simfònica del Vallès, Rubén Gimeno (director). Obras de Copland, Ginastera, Gabriela Montero y Beethoven.

Mi historia de este concierto va unida al amor por la música, a mi rara ingenuidad pese a los 54 años recién cumplidos, a la fe en las personas, buenas por naturaleza, y sobre todo a la grandeza integral de artistas como la venezolana Gabriela Montero (Caracas, 1970), cercanas en el trato, sencillas, dando todo allá donde van, aún más que en los conciertos, aunque lo escuchado el primer sábado de febrero en Barcelona formará parte de mi vida, así como los días previos.

Confluían en este regalo tres factores: el maravilloso Palau de la Música Catalana donde aún no había asistido a ningún concierto, emblemático e histórico escenario donde Beethoven también tiene su hueco, incluyendo esta vez su Concierto «Emperador» y especialmente escucharlo en vivo por esta pianista a la que sigo hace años por internet, esperando compartir toda su maestría algún día en mi tierra asturiana donde celebramos unas Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que quedarán huérfanas sin su presencia. Se lo comenté al finalizar el concierto y le aseguré que tenemos dos orquestas de altura, OSPA y OvFi por si prefiere la opción acompañada… Al valenciano Rubén Gimeno (1972) que dirigió este programa ya le conocemos por aquí, por lo que la invitación la amplío al actual titular de la OSVallés, orquesta perteneciente a la Fundación del mismo nombre y modelo a seguir en estos tiempos de recortes brutales donde la música no se salva de la tijera.

El concierto comenzaba con los músicos realizando el ostinato con pies y palmas del conocido tema de Queen We will rock you con unas breves palabras en off explicando el tributo a la primera obra: Fanfare for the Common Man (Copland), la fanfarria ó metales y percusión de la orquesta con el ímpetu necesario para abrir velada y considerándome uno de esos hombres comunes destinatarios de esta partitura ideal para comenzar cualquier concierto.

Después llegaría el Ballet Estancia, op. 8 del argentino con raíces catalanas Alberto Ginastera, obra que comienza a programarse con cierta frecuencia y que precisamente otros venezolanos (Dudamel y La Bolívar) han popularizado. Las onomatopeyas y gesto con arcos anticipaban el primer número (Los trabajadores agrícolas), tiempos ajustados sin buscar virtuosismo, buena sonoridad de la formación catalana aunque adoleciese de más violines para compensar el poderío orquestal que sí se intentó equilibrar con el peso en la cuerda grave (cellos y cuatro contrabajos). Lirismo en estado puro para la Danza del trigo, con solos destacados (flauta y concertino impecables) incluso con iluminación ad hoc y puestos en pie, sin olvidar ese toque didáctico del Palau, nuevamente esperando más cuerda aunque el maestro Gimeno se encargase de equilibrar masas sonoras, labor ardua con la plantilla que tiene. Los peones de hacienda devolvieron el poderío de metales y percusión, protagonistas con el «colchón» de la cuerda grave que resultó el número más completo. Y el «Malambo», Danza Final que supone una inyección de alegría donde los músicos también disfrutaron, perdonando desajustes puntuales o dinámicas algo desesquilibradas, un auténtico caleidoscopio tímbrico y rítmico con un Gimeno que transmite energía y vigor a su formación titular.

Gabriela Montero sería la auténtica «Emperatriz» de la segunda parte, primero explicando su primera composición, el Poema tonal para piano y orquesta ExPatria (2011) estrenado en Lugano el 15 de junio de 2012: «tuve la necesidad de hablar a través de la música sobre la tristeza y la incertidumbre de los venezolanos. Busqué que el público sintiera la desesperación de Venezuela en estos momentos, al margen de las estadísticas que reflejan el elevado número de muertos por la violencia en mi país». Con la partitura al piano y una orquesta que entendió a la perfección el lenguaje elegido, académico pero de nuestro tiempo, riguroso y exigente para todos, protagonismo compartido con la solista – compositora, la obra fue capaz de emocionarnos cual denuncia musical de una situación que muchos como ella no compartimos aunque el inmenso poder de la música y artistas comprometidos como Gabriela Montero estoy convencido que pueden cambiar el mundo… Al menos remover las conciencias además de las entrañas. Gimeno y la Orquesta Sinfónica del Vallés fueron partícipes de ello y el público aplaudió con ganas.

Y llegaba el esperado Concierto para piano y orquesta nº 5, Op. 73 «Emperador» (Beethoven), esa delicia que Gabriela Montero interpretó con la limpieza, claridad y emoción a la que nos tiene acostumbrados, rubati deliciosos bien encajados con la orquesta, dinámicas de vértigo desde unos sutiles pianissimi hasta los ff superando la masa orquestal, pese a la aparente inseguridad en el arranque del Allegro, angustias aún latentes de su obra, a partir de ahí fraseos impecables, un Adagio un poco mosso donde afloró el mejor Beethoven de los movimientos lentos buscando intimismo y texturas de emociones a flor de piel, para en un suspiro donde el silencio remarca el paso de la agonía a la luz entrar en el Rondo: Allegro que devolverá la esperanza. Buen concertador Gimeno sacó de sus músicos lo mejor para dejarnos una interpretación más emotiva que excelsa donde Montero se autocoronó «Emperatriz».

No podían faltar más regalos y qué mejor que sus improvisaciones, las que la han hecho famosa aunque sea una mínima parte de su talento, auténtica catarata musical desde una técnica hepatante que puede vestir de cualquier compositor el «Cumpleaños Feliz» o tres notas al azar para poder recrear Bach, Mozart, Chopin, Prokofiev o Rachmaninov, éste supongo que empujando en el subconsciente por preparar en breve otra joya como el segundo. Éxito total de La Divina y prisas de los trabajadores que encendieron las luces de la sala porque podría haber continuado con Harry Potter, El cant del ocells o Amalia Rosa que pedíamos el público.

Sin cambiarse y a la puerta del camerino atendió uno a uno la legión de admiradores, músicos de la orquesta incluidos… No (le) importó la espera. Tenía que agradecerle este regalo, contarle el viaje Asturias – Barcelona con mi esposa el mismo sábado, la admiración como persona y pianista o hablarle de amistades venezolanas comunes igualmente comprometidas. Si ya me consideraba fan, ahora será adoración.

Gracias Gabriela

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