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Pidiendo paso

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Viernes 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniil Trifonov (piano), Philharmonia Orchestra, Clemens Schuldt (director). Obras de Beethoven y Chopin.

La juventud además de divino tesoro (o enfermedad que se cura con el paso del tiempo), es esa fase vital muy fructífera cuando se mezcla trabajo con dotes especiales. En música podemos leer a menudo obras de juventud (salvo en Bach que personifica la madurez eterna), normalmente rompedoras para su época, avanzadas, incomprendidas en el estreno, o de intérpretes jóvenes que el tiempo termina colocando en su sitio, algunas quedándose en promesas pero otras alcanzando ese Olimpo de Orfeo.

Este final de enero pudimos contraponer en la misma semana y escenario madurez frente a juventud, el poso con el ímpetu, no necesariamente excluyentes, o si se me permite el símil enológico, un cosechero con un gran reserva, dado que el vino dicen que mejora con el tiempo, aunque para mi consumo habitual tiendo al crianza. Intérpretes y composiciones de viernes rezumaron juventud y descaro, faltando probablemente el periodo de madurez que sigue siendo el inexorable discurrir.

La Philharmonia Orchestra sigue siendo una de las orquestas con calidad y apostando por la juventud desde la titularidad de Esa-Pekka Salonen, esta vez con el director alemán Clemens Schuldt, ganador como nuestro Pablo González del concurso londinense de dirección que lleva el nombre de Donatella Flick en 2010, un talento que está en plena formación, afrontando este último viernes de enero obras «de atril» que forman y examinan batutas a lo largo de toda una trayectoria. De estilo algo exagerado, marcando todo, buscando identidad propia con detalles que apuntan alto, Beethoven le quedó algo grande pero cumplió con Chopin, lo que deja equilibrado su paso por la capital con una orquesta de sonoridades limpias al más puro estilo británico, y que no siempre reaccionó al gesto del maestro, tal vez por algo de esa soberbia que algunos músicos veteranos demuestran cuando les dirige gente joven, y sin la tensión exigible en la ejecución, lo que motivó algunos borrones que iré apuntando. Con los peros la formación inglesa también está en continua renovación y las nuevas generaciones comienzan a auparse en los primeros atriles.

Beethoven y su Obertura Coriolano en do menor, op. 62 es ideal para pulsar el estado global, y el inicio apuntaba bien, brío y claridad, atmósfera adecuada de tensiones y relajos, tantos que las trompas se destemplaron y el clarinete ensució el majestuoso silencio adelantándose con una falta de concentración totalmente reprochable. De nada sirvieron a Schuldt el ímpetu y claridad de ideas ante una obra archiconocida con estos «errores de bulto», aunque la cuerda compensó con creces el desequilibrio. Los claros y nubes, tempestades y calmas, fueron literales en las distintas secciones y discurrir de una obertura que resultó del típico color gris otoñal.

Volvía al auditorio el joven pianista ruso Daniil Trifonov, esta vez con el Concierto para piano nº 2 en fa menor, op. 21 de Chopin. Si la primera vez impresionó con una técnica apabullante más allá de la llamada «escuela rusa», dos años en estas edades resultan el paso al poso ya comentado. El maestro Clemens resultó un concertador excelente para una obra exigente cuando el solista marca diferencias, y la orquesta no pudo tomarse libertades porque Trifonov encandiló a todos desde la primera intervención, contagiando juventud, ganas de agradar y esa visión fresca para un «clásico» de pianistas. El Maestoso logró desde un tempo bien ajustado el equilibrio siempre inestable de los románticos, el juego con los rubati, los acelerando y ritardando que de no mantener la tensión resultan traicioneros para todos. El piano sonó presente, protagonista, con una gama dinámica realmente apabullante, capaz de aguantar las toses (ya reventaban entre los distintos movimientos) de un público entregado al solista ruso. La emoción llegó con el Larghetto, ese tiempo intermedio que marca diferencias, el pianista hecho un ovillo, encorvado sobre el piano, desgranando auténticas perlas, ensimismado en el amplio sentido de la palabra, mientras la orquesta acompañaba y sentía lo mismo que el solista, la mirada interior casi adolescente, contrastes sonoros en estado puro, el Chopin pletórico desde ese pianismo irrepetible. El Allegro vivace sin apenas tiempo al carraspeo mantuvo in crescendo la tensión necesaria para redondear una brillante ejecución, sabiamente concertada por el director alemán que respiró con orquesta y pianista, atento a ese final juguetón, danzante, peligro minimizado cuando la compenetración y comunión entre todos alcanza estos niveles.

La propina de Trifonov estuvo al mismo nivel, sino más, que el propio concierto. Su Liszt de Feux follets, el quinto de los «Estudios transcendentales» supuso reafirmar un sonido propio, cristalino, amplio en matices, con una mano izquierda poderosa equilibrando esa derecha de vértigo, tesoro de juventud, trabajo continuado y sabedor que está pidiendo paso en la élite de los grandes pianistas del siglo XXI, que espero seguir corroborando con el paso del tiempo. Martha Argerich ha dicho que «Lo tiene todo y más… ternura y un elemento endiablado. No he escuchado nada igual».

Para la segunda parte «La Tercera de Beethoven«, esa Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor «Heroica», op. 55, resultaría otro desencuentro entre director y orquesta. Desconozco las causas de los altibajos que mostró la formación londinense, puede que los viajes no sean cómodos y que algunos músicos estén pendientes de detalles que perturban el resultado global. El heroísmo resultó ensamblar los cuatro movimientos con cierta coherencia, y supongo que intentar aportar rasgos personales a esta obra que marca un antes y un después en el mundo sinfónico, y en el propio de Beethoven, es tarea titánica. El Allegro con brio sonó ligero pero sin excesos, bien la madera y una cuerda que el maestro Schuldt llevaba en volandas, intentando contagiar la alegría de la partitura que se mantuvo incluso en la Marcia funebre- Allegro assai, puede que por la visión que de jóvenes tenemos de la muerte, lejana, incluso filosófica como un tránsito necesario y hasta religiosa de pasar a mejor vida. Son percepciones desde la diferencia cronológica y tras muchas escuchas, pero sentí un paso algo más ligero que el de un cortejo fúnebre, como si de un desfile de honores al ejército que marcha al frente en vez de la vuelta con las múltiples bajas, más luces que sombras sin perder la compostura y también sin el duelo desde la grandeza. Algo distinto al Scherzo, Allegro vivace- Trio, coherente con la posición histórica de esta sinfonía del genio de Bonn, brillante en la cuerda aunque la marcialidad de las trompas no resultase tal. El Finale. Allegro molto mostró lo mejor de la formación en cuanto a planos, empaste, matices, unos «pizzicatos» redondos y presentes siempre con un director preocupado del detalle que buscaba una respuesta ahora más directa que los tiempos anteriores. La obra emerge por encima de la interpretación, solamente aseada faltando la emoción subyacente. No critico la juventud pero la cercanía rusa pesó como una losa en mi escucha, y mi madurez supone demasiadas referencias. Acabo de nuevo con la comparativa del vino puesto que sin estar cerrado a nuevos sabores, haber catado reservas nos deja la memoria gustativa demasiado alta para disfrutar en igual medida los crianzas, con ser excelentes.

Y como si el estado anímico propiciase la propina, el Vals Triste de Sibelius puso en su sitio a todos, la cuerda protagonista total plegada finalmente a la batuta, de la madera una flauta emergente que por fin sonó arropada, pianísimos y rubatos como rúbrica de un concierto algo frío, con Polonia más cálida que Alemania, presagio de la salida. No estábamos para vino, mejor un caldo caliente…

Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta «última trilogía en blanco y negro».

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la «broma» (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de «tormenta» antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de «patéticas» y «apasionadas» maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

El museo como sala de concierto

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Sábado 15 de noviembre, 20:00 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, Concierto de Cámara: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergei Bezrodny (piano). Obras de Tartini, Tchaikovsky, Sarasate, Beethoven, Mozart y Brahms. Entrada: 10€.

Los museos también tienen vida musical, se promocionan además de ofrecer unos espacios realmente únicos y apuestan por conciertos cercanos, de cámara, con figuras en ciernes o ya consagradas. El gijonés Museo Evaristo Valle tiene como seña de identidad un salón que alberga un excelentemente restaurado y bien conservado piano Steinway donado a la Fundación, que siempre es un placer escucharlo en esa ubicación de acústica impecable, más en las manos de un virtuoso como Bezrodny, esta vez a dúo con el joven violinista Ignacio Rodríguez que nos ofrecieron un recital íntimo, emocionante, cargado de dificultades para obras que sonaron preciosistas desde un perfecto entendimiento entre ambos músicos, la veteranía y poso del ruso con la juventud e ímpetu del asturiano, una promesa que se va haciendo realidad.

Las obras elegidas no siguieron un orden cronológico aunque sí cercano y de estilos variados. De G. Tartini escuchamos su Sonata «Didona Abandonata» en sol menor en tres movimientos, bien diferenciados, piano en segundo plano cual clave barroco con tiempos cantábiles en diferentes velocidades, Tempo moderato cual presentación sonora, Allegro con fuoco para regocijo del violín al más puro estilo veneciano, y el Largo / Allegro comodo solamente en la indicación, puesto que la dualidad exige crear ambientes contrapuestos desde una técnica virtuosa que no debe ocultar la musicalidad, algo que Ignacio y Sergei entendieron desde el primer momento.

Melancolía y amor adolescente son sinónimos hechos música por Tchaikovsky en su Serenade Melancholique, op. 26 en si menor, repertorio básico para un dúo con dos visiones de la vida y una musical, orquesta reducida a pianista maduro que arropa al violinista enamorado, música desde las entrañas con arranques de pasión bien contenida, románticamente rusas en sonoridades primaverales con madurez interpretativa. Me maravilla comprobar el crecimiento global de mi querido Don Ignacio, capaz de conmover con esta partitura enorme.

Todo virtuoso debe incluir a Sarasate en su currículo,  para el piano (una maravilla ver las partituras del virtuoso ruso) y lógicamente para el violín, repertorio global de diabluras con técnica no siempre al servicio de la música, donde el piano acompaña los dificilísimos pasajes del solista. En el Capricho Vasco, op. 24 el dúo astur-ruso solventó con profesionalidad y musicalidad una página cantábrica más que vasca, a pesar del zortzico inicial, por cercanas melodías. Poso en el violín y solera al piano, cercanía en la amplia gama de grises con el brillo de la madera, impregnada por los albores de la figura moldeada con el cincel del trabajo diario. Nueva confirmación del momento dulce que atraviesa Ignacio Rodríguez, conocedor de la dificultad de una partitura que necesita el fuego artificial sin demasiada interiorización pero que con Sergei Bezrodni alcanza otro sentido.

El breve descanso sirvió para cargar pilas ante un triunvirato de genios exigentes para exprimirlos al máximo. Mi memoria musical está unida a la Sonata nº 1, op. 12 nº 1 en re mayor de Beethoven, por lo que fui acompañando mentalmente cada compás y movimiento, disfrutando con el permanente diálogo de los dos intérpretes, seriedad y cascadas sonoras en el Allegro con brio, permutaciones emotivas en cada variación del Andante con moto, y derroche de sentimientos en el Rondo: Allegro, conversación musical en estado puro, mismo idioma con distintos acentos, los del piano y violín en perfecto entendimiento. Siempre un placer disfrutar del genio de Bonn, más en la música de cámara con sus sonatas para violín y piano, abecé de estudiantes pero también parvulario de melómano que se precie. Comprobar la evolución del violinista asturiano es un orgullo personal, verle ganar en sonido amplio, profundo, redondo, de dinámicas abrumadoras con un arco poderoso y una seguridad pasmosa, con una musicalidad genética, es síntoma de madurez y mucho trabajo.

El segundo movimiento del Concierto nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) es un mundo anterior al del sordo pero fuente inagotable de musicalidad, con un piano «de orquesta» para un discurso violinístico plenamente salzburgués, ingenuo pero inconscientemente maduro, perfecto para este dúo con una cadenza bien tocada, con gusto y seguridad.

Rematar con el Scherzo en do menor para piano y violín de Brahms son palabras mayores tras todo lo escuchado anteriormente. El dúo debe ser y sonar uno, la inmensidad del hamburgués se respira en cada compás, energía y tormento mezclado con remansos perecederos donde la música sale a borbotones. Increíble interpretación de ambos músicos, entrega, pasión, energía, potencia, lirismo, incontinencia rítmica, contrastes dinámicos, auténtica montaña rusa de emociones para una obra grande y exigente en todos los aspectos, excelente colofón de un nuevo concierto en este museo tan musical como el gijonés.

Alina Brown, sobrina-nieta de Evaristo Valle, y coordinadora del museo, felicitando al dúo

Mi sincera felicitación a la Fundación gijonesa con su director Guillermo Basagoiti a la cabeza, que sigue apostando por la música en su bellísimo Museo, y enhorabuena enorme a Don Ignacio y sus padres Chonchi y Maque, pues tantos sacrificios tienen recompensas como la de este «concierto de museo». Su carrera ya en ciernes está bien encauzada, tener un pianista como el ruso supone garantía de éxito (merecido siempre), esperando verle en las siguientes etapas, reconfortante para quienes le seguimos y admiramos desde los inicios. No quiero plagiar a nadie pero la conocida frase «Me llena de orgullo y satisfación» en este caso la compartimos muchos.

Sir John impuso el silencio con la música

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Domingo 26 de octubre, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, OviedoAnn Hallenberg (mezzo), Orquesta Revolucionaria y Romántica, Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Beethoven y Berlioz.

Es triste que la megafonía tenga que avisar al «respetable» cómo comportarse o amenazar en nombre del señor director que de persistir la mala educación se vería obligado a detener el concierto. También es triste y hace sentir vergüenza ajena, que solo «por las malas» y a base de imperativos, todo funcione como debería, dado que la incultura, falta de civismo o directamente grosería de parte del público lleva tiempo siendo preocupante. No es ahora el momento de detenernos en esta cuestión, pero me hace interrogarme por las causas de esta situación, así como no llenar el auditorio cuando programa e intérpretes pasarán a la historia musical local, con un horario dominical más europeo y hasta una climatología benigna, casi veraniega cuando esperan los santos a la vuelta de la esquina.

Atesoro grabaciones que con el tiempo resultan joyas, y así guardo la integral de las sinfonías de Beethoven que ya tienen 20 años con los mismos intérpretes de este concierto único e irrepetible, incluso la primera aproximación a Berlioz, sin olvidarse de Brahms. No están tan distantes pero sí (re)posados y los oídos cada vez más hechos a estas sonoridades de las que Sir John y esta orquesta, más romántica que revolucionaria tras sus bodas de plata, nos ofrecieron con el directo siempre único y la interpretación de las dos «B» que resultaron literalmente «BBB» no ya de muy buenas sino de magistrales.
La Obertura Leonore nº 2, op. 72a de Beethoven nos dejó con el alma en un puño desde el primer acorde, con unos silencios, rotos por la «legión revientaconciertos», sobrecogedores, realmente preparatorios de una acción que la música del sordo genial prepara en cada nota para su Fidelio. Instrumentos originales, colocación, sonoridades cuidadas al detalle y la sabiduría de la batuta del maestro con una orquesta entregada, atenta, tocando todo lo escrito pero plegada a cada gesto de su líder. El solo de trompeta desde el segundo piso redondeó una Leonora magistral como Beethoven probablemente la hubiese querido escuchar.
Les nuits d’étè, op. 7 (Berlioz) con esta formación son seis delicias para voz (tenor o mezzo) y piano con los poemas de Gautier que orquestadas por un dominador como el francés e interpretadas desde el buen gusto tanto por la mezzo sueca como desde el sonido aterciopelado de «la orquesta de Gardiner», resultaron íntimas, dulces sin almibarismos, contrastadas y románticas de trazo fino. Ann Hallenberg en esta gira forma parte de un trío que completan según calendario y disponibilidades Susan Graham y Anna Caterina Antonacci, tal vez más apropiadas para esta obra temprana del francés que la sueca, pero su musicalidad, correcta emisión, grave débil pero consistente y ausencia de estridencias, siendo arropada en cada uno de los poemas por una orquesta cual guante para su voz, nos dieron una versión más que aseada de esta maravillosa partitura, especialmente en Le spectre de la rose y L’ile inconnue.
El aviso amenazante por megafonía tras el escándalo de ruidos, toses, portazos y demás durante la primera parte, surtió el efecto deseado y cual liturgia profana en total silencio, pudimos escuchar la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, «la Quinta de Beethoven» con todo el poder musical de transportarnos al momento de su estreno en tarde otoñal tras «noches de verano» antes del descanso, violines en pie, metales también durante sus intervenciones siempre ajustadas. No es cuestión de descubrir cualidades de intérpretes o de una obra maestra, pero desde el inicio Gardiner marca las diferencias: Allegro con brio, el tiempo justo, casi metronómico leyendo todo, marcando todo, manejando dinámicas y agógica con el magisterio reconocido y una orquesta plegada, disciplinada, esforzada en responder a cada llamada desde el podio. Poder escuchar todas las notas escritas por Beethoven en el plano justo es casi milagroso en directo pero funcionó y de qué manera.
El Andante con moto dibujó el rigor con la esquisitez del mando bien entendido, matices extremos sin perder compostura ni unidad sonora, la lectura al pie de la letra con las duraciones exactas de cada figura, de cada silencio, los crescendo, ataques, fraseos, equilibrio entre las secciones. Otra maravilla.
Un poco de aire y afinación fueron aprovechados por algún desconsiderado que se atrevió a toser aunque «mezzoforte» antes de afrontar los dos movimientos que quedaban. El Scherzo nunca lo volveremos a escuchar igual, creador de intrigas en una cuerda presente nada hiriente, pasajes delineados a la perfección, la transición al Allegro con maderas nobles y la aparición brillante de un «tutti» como nunca en el final, todo medido pero exhuberante en calidades sonoras, ambicioso de principio a fin, destacando hasta el «piccolo» de madera colocada la intérprete atrás y arriba con los trombones para no sobrevolar en su tesitura y frecuencias ni un ápice por encima del resto, discreción sonora sin perdernos ni una nota. Músicos humanos, alguna nota falsa (normal en instrumentos naturales) e incluso alguna entrada mínimamente fuera de sitio, pero que nunca empañaron una visión de conjunto que Gardiner entiende desde hace muchos años, más con esta orquesta adaptada a repertorios clásicos y románticos que todavía nos dará alegrías y nuevas grabaciones.

Cuando el concierto es sagrado, los silencios son tan importantes como la propia música, y solamente Gardiner cual máxima pontífice, logró alcanzar el milagro interpretativo. Otro hito para Oviedo y su auditorio.

Últimos apuntes veraniegos

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Sábado 30 de agosto, 20:00 horas. Teatro de La Laboral: Clausura del XV Festival Internacional de Piano de Gijón «Jesús González Alonso», Alberto Nosè (piano). Obras de Beethoven, Debussy y Chopin. Entrada libre.

El verano en cuanto a periodo vacacional toca a su fin y Gijón lleva siendo capital del piano las dos últimas semanas de agosto desde hace quince años, celebrando clases magistrales a los mejores jóvenes pianistas de todo el mundo con profesores capitaneados por el asturiano residente en Nueva York José Ramón Méndez, este año los reconocidos mundialmente Yuan Sheng y Alberto Nosè, galardonados en muchos concursos, siendo el italiano quien cerraba esta edición en el teatro del recinto diseñado por Luis Moya Blanco (1904-1990).

Con un público formado por alumnado, amigos, familiares y muchos aficionados al piano llegados hasta la capital de la Costa Verde, el profesor veronés nacido en 1979 brindó en un Yamaha que respondió bien a un programa básico y presente siempre en la formación instrumental de las ochenta y ocho teclas desde la interpretación profesional tamizada siempre por su visión personal siempre fiel a las partituras, con el toque latino que no se explica ni estudia pero buscan muchos orientales sobrados de técnica.

Para comenzar nada menos que Beethoven y su conocida «Patética», la Sonata en do menor, op. 13, arrancando Grave, con duraciones y silencios perfectos subrayando claroscuros antes de atacar literalmente el Allegro di molto e con brio, discurso diáfano que sería como apuntes pictóricos realizados con carboncillo, cuidadoso en evitar manchar el papel, bien dibujado el romántico y melodioso Adagio cantabile roto por una rabieta que tardó en alejarse con su madre, e interrumpido nuevamente por ruidos de la megafonía (que no se apagó tras las primeras palabras de Amy E. Gustafson, subdirectora del festival) intentando atacar rápido el Rondo: Allegro final aunque con esa ruptura en la limpieza para todos de esta conocida sonata tripartita del genio de Bonn.

Debussy volvió a centrarnos a todos, seleccionando seis preludios (de las dos docenas agrupadas en dos libros) que resultaron auténticas acuarelas, más insolentes y espontáneas que el óleo, jugando con una amplia paleta colorista: La puerta del vino cual gama de robles y uvas de este ritmo de habanera perteneciente al libro segundo, Les collines d’Anacapri más esbozadas y tranquilas del primer libro al igual que La cathedral engloutie impregnada de azules en toda su intensidad con las campanadas realmente marinas, «General Lavine» – eccentric… de postal americana y juguetona (Cakewalk), La fille aux cheveux de lin realmente dorados antes de la explosión colorista de los Feux d’artifice, armonías casi sinfónicas que cierran los veinticuatro preludios del mejor Debussy pianístico.

Tras un breve descanso, el profesor daría su clase final con los 12 estudios Op. 10 de Chopin, auténticas aguadas que no permiten errores, trabajo de todas las técnicas necesarias con la maestría del polaco, algunas más rehechas como con tinta china en los conocidos y bautizados «Tristeza» el tercero o «Revolucionario» el último, con intensidades amplias en los monócromos y tenues donde la policromía abundaba. Rejuvenecí cuarenta años rememorando mis años de estudiante de piano con estas obras cuya partitura recreaba mentalmente mientras el maestro Nosè las hacía llegar tan eternas como siempre.

La despedida tenía que ser cercana, jovial, casi con bolígrafos de colores para regalarnos tres propinas del gran Gershwin: de sus «3 Preludes» los Allegro ben ritmato e deciso primero y tercero en mi bemol, dejando entre ambos la hermosa nana o Blue Lullaby, preludio número 2 llenos de ritmo, pletóricos y juveniles como el alumnado que pudo disfrutar de Música con mayúsculas desde el rigor estilístico de todos, la honestidad en la interpretación y sobre todo el amor por el piano de Alberto Nosè que contagió a todos.

Inmejorable despedida musical de agosto, de periodo vacacional al que debo una entrada resumen en el inicio de septiembre, nuevo curso académico cuando parece que terminábamos hace pocas sonatas… digo semanas.

Esencia Lockington

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Jueves 15 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón. Concierto Extraordinario OSPA «Avanti», David Lockington (director). L. van Beethoven: Sinfonía nº 5 en do menor, opus 67. Entrada sin numerar: 10€.

Probablemente la obra más conocida mundialmente del sordo genial llegaba en versión didáctica para todas las edades de la mano de nuestra OSPA, con la dirección del principal invitado David Lockington.

Durante media hora los músicos de la orquesta John Falcone y Marta Menghini cambiaron sus instrumentos por el micrófono, perfectos narradores que fueron desgranando historias musicales y tarareando distintos fragmentos de «La Quinta del sordo«, con las ilustraciones sonoras de una orquesta colocada a la vienesa como mandaba la ocasión. Enhorabuena por este proyecto «Avanti» que permitió conocer más y mejor, esta vez el segundo programa con la sinfonía nº 5. Desde el conocimiento que el de Bonn tenía de la Sinfonía 89 de Haydn o el propio Concierto para piano nº 4 (con el inicio solo a cargo de Olga Semoushina) sin olvidar su contemporánea Pastoral. El obsesivo Ludwig para intentar explicar motivos melódicos y rítmicos como generadores de la sinfonía, interviniendo también Juan Ferriol hablando y tocando el solo de oboe del primer movimiento, la segunda melodía que algo tiene en germen para «La Novena«.

El siguiente movimiento presentado con la danza amable del primer tema y paralelamente el segundo comentando el intervalo de tercera y el mismo ritmo con otro tiempo, escuchando el fagot de Mascarell cuyo final recuerda el aria del Fígaro mozartiano que Beethoven seguramente conoció mientras componía su Fidelio. No podía faltar la referencia a las burlas aristocráticas como las del propio Mozart y su Sinfonía 40, inspiradora pero transformada en melodía turbia y misteriosa ejecutada por José Luis Morató.

Curioso hablar de «start-stop» como técnica muy utilizada en esta magna obra para seguir contando el inicio de tercer movimiento, siempre jugando con 3 cortas y 1 larga, hablando Cadenas del Beethoven comprometido con la gente, con el pueblo y admirador en principio de Napoleón, para incidir en el Trío con cello y contrabajo, así como el desarrollo retrasando del Scherzo con los «pizzacati» y la tensión en aumento con ayuda de los timbales de Prentice que nos llevarán al último movimiento. Aquí Christian Brandhofer nos habló de que los trombones aún no habñian tocado nada, tampoco el contrafagot, y es que en este último movimiento será la primera vez que se usen los trombones en la música profana, habiendo estado hasta entonces unidos a la voz en las iglesias y catedrales. La grandeza y el paso de do menor a do mayor, la energía imparable y las relaciones amorosas impetuosas de Beethoven, sus continuas mudanzas (37 pisos contaban como anécdota) así como las enfermedades conocidas, el intento de suicidio componiendo «La Segunda«… Cuánto aprendimos con estos comentarios, recordando las enciclopedias por fascículos que nos empapaban cada semana puntualmente de detalles e historias de la música, gotas de esencia suficientes para preparar la escucha antes de ahondar en las profundidades. Perfecta guía de audición para concluir con la explosión de ideas, el motivo lento, luego muy rápido, para seguir la repetición obsesiva, creando un estado de ánimo para un mundo nuevo de misterios, luces y sombras, natural y sobrenatural, la filosofía moral leyendo a E.T.A. Hoffmann lo escrito tras escuchar «La Quinta«, ese final explorando emociones, explosiones y silencios suspendidos, ¡esto es música! que corearon a unísono John y Marta.

La obra completa, sin pausas, llegó a continuación. La elegancia del maestro Lockington, su claridad expositiva, los contrastes dinámicos, los tempi metronómicos aunque Beethoven los azotase a la mínima, el rigor en la dirección, no tuvieron del todo la respuesta esperada por parte de los músicos en un programa que buscaba la esencia como el perfume francés también nº 5. A menudo las obras conocidas relajan la atención y puede dar lugar a desajustes como los percibidos en la ejecución.

El Allegro con brio inicial mostró dudas pese a la claridad del gesto del maestro británico, mejor la dinámica que los ataques aunque la cuerda fue calentando unos motores que el viento ya tenía en su punto. El Andante con moto resultó lírico y muy contrastante, jugando con toda la riqueza de matices y texturas, ingredientes que iban logrando los primeros aromas. Por fin el Scherzo Allegro sacó al alquimista que es Lockington para con las proporciones exactas de cada ingrediente instrumental conseguir la esencia, un tercer movimiento realmente exquisito, especialmente el duo de trompas empastado a la perfección, antes de verter las gotas para la explosión del Allegro. Presto, exigente en todas las familias, con la pizca algo opaca del flautín, tal vez el miedo a exceder la cantidad sonora pero dejando mezclar con cada piel para conseguir del mismo perfume distinta presencia, con velocidad suficiente sin exagerar, nuevamente buscando alcanzar detalles que los excesos dejarían imprecisos.

Sobresaliente el trabajo del director afincado en Estados Unidos para conseguir un notable perfume de los que tardan en perder aroma. Varios músicos charlaron en el hall del teatro una vez acabado el concierto con quien a ellos se acercó, sumándome a la tertulia final.

En Oviedo disfrutarán del mismo frasco porque una vez abierto todavía perdura la esencia.

Un Dudamel maduro

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Lunes 7 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Symphonierorchester des Bayerischen Rundfunks, Gustavo Dudamel (director). Obras de Beethoven y Stravinsky.

Dudamel hoy es sinónimo de polémica más allá de la musical pero también sinónimo de seguridad, lleno, calidad, y sus visitas a Oviedo lo han sido con grandes orquestas, esta vez la radiofónica de Baviera, segunda alemana tras la del sábado, a las que el de Barquisimeto es capaz de sacar a flote todo lo que dan de sí y un poco más, por lo que vengo apostando hace tiempo que Dudamel acabará en Berlín.

Esta gira que arrancó en la vecina Lisboa con paradas españolas en Asturias, Zaragoza y Barcelona, antes de llegar a Lucerna, programa dos obras bien conocidas del público y del propio director venezolano que con una carrera bien asentada sigue asombrando donde va:

La Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» (Beethoven), difícil de antemano aportar algo nuevo (seguro que no conocen la revisión de Ceccato) a lo mucho ya grabado y escuchado, pero que el tándem orquesta suprema con director inmenso es capaz de descubrir música de la partitura pocas veces escuchada, tal fue el nivel técnico de los bávaros y la interpretación del venezolano. Incluso agradecíamos alguna nota falsa para recordar que somos humanos, pero la perfección alcanzada realmente fue superlativa. Todos los caracteres que el genio de Bonn dejó escritos sonaron en Oviedo, destacando una tormenta realmente de «Sturm sin drang» y la alegría final con regusto melancólico más que bucólico porque deseábamos que aquello no acabase. Si hace años con «La Bolívar» la séptima nos impactó por alegría, desenfreno, naturalidad, desparpajo desde la juventud de todos, la sexta actual con los alemanes está arraigada, trabajada y mucho más serena con la madurez que dan años pero también mucho trabajo. Alguno habrá buscado doble intención en el título de la entrada, tal vez las circunstancias así nos lo hayan preparado. Arturo Reverter escribía de esta pastoral «que requiere un temple exquisito para la exposición de los motivos evocadores de los sentimientos de un viandante ante la contemplación de la naturaleza. El arco dinámico ha de estar muy controlado y la sutil rítmica debe ser aplicada con mesura. Se desarrolla prácticamente todo en un mezzoforte solamente alterado en el episodio de la tormenta, en cuyo ápice el compositor coloca el único fortísimo de la partitura. Un efecto que suele ser mal administrado por directores planos y vulgares», claro que Dudamel no es nada de ello.

Rite del propio Dudamel cuatro años atrás con su grabación de La consagración de la primavera (Stravinsky), literalmente podríamos hablar de rito, o mejor aún ritual, porque la música de danza nunca sonó tan actual cien años después, directa y pura pese al destino de su escritura. Vuelvo con Reverter sobre la partitura del ballet ruso: «agreste, rompedora, en la que se combinan tumultuosamente pequeñas células motrices de una tímbrica ruda, primordial, de raíz popular. Las dinámicas son extremas y el ritmo de una violencia telúrica. Nada fácil es saber manejar y organizar los planos que se superponen, lo mismo que los esquinados compases irregulares. Unos planteamientos que determinaron el gran fiasco de su estreno por los Ballets Rusos de Diaghilev, con coreografía de Nijinski, en el París de 1913». En Oviedo la imaginación al poder e internas coreografías diabólicas en cada uno de los asistentes, pero sobre todo música directa al corazón desde el raciocinio. De nuevo la sonoridad de una orquesta estratosférica en cada sección con matices extremos en dinámicas increíbles, continuidades en texturas capaces de hilvanar toda la madera como si de un sólo instrumento se tratase, unos metales con las trompas a la derecha no ya indescriptibles por redondez, afinación y musicalidad sino por la magia con la que el ruso escribió para ellos, más una cuerda siempre presente, colocada como siempre hacía Valdés en Oviedo, con la permuta violas-cellos, y la química de Dudamel convincente, seguro, cambios de tiempos sin brusquedad creando clímax rítmicos en los dos bloques, una «Adoración de la tierra» con auténtica sabiduría directorial, y «El sacrificio» que evoca antepasados propios y ajenos para resultar elegida la sagrada, supongo que nuevo juego de palabras para quien quiera hilar música y músicos. Difícil separar en estos tiempos lo encarnado (y encarnizado), aplacar identidades opuestas sin perdones o juzgar sin conocimiento de causa. Muchas amistades venezolanas dentro y fuera de un país rico que se ha vuelto pobre por la pérdida de valores que precisamente la música defiende.

Sigo admirando a este director llamado Gustavo Dudamel maduro por trayectoria y genio aunque postura «inmadura» e inexplicable para muchos de sus seguidores, pero el tiempo, espero que no mucho, resolverá interrogantes ahora sin respuesta. La propina sin batuta (1) y tan solo con la cuerda alemana resultó el bálsamo a tensiones primaverales.

CantamOS PAra crecer sin WERTgüenza

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Jueves 3 de abril, 10:30 y 12:00 horas – Viernes 4 de abril, 10:30 y 12:00 horas. Auditorio de Oviedo. Programa Link Up: «La orquesta canta». OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de T. CabannisBrackettDvořákMendelssohnBeethovenStravinskyJ. Papoulistradicional norteamericana.

Nuestro maestro Milanov se marcó como primer objetivo nada más llegar a la OSPA acercarla a los públicos del mañana. La primera apuesta fue traer a Europa el proyecto «Link Up» desde el Carnegie Hall, del «Weill Music Institute«, que él conoce en primera persona, «La Orquesta Canta» que fue una auténtica bomba. Y este año repetíamos con «La Orquesta Canta» duplicando la oferta para movilizar a casi 4.000 alumnos de 9 a 13 años de toda Asturias con sus profesores, un esfuerzo que ha tenido el apoyo de toda la comunidad educativa, implicándonos desde el primer día y con la esperanza que la LOMCE de Wert retome la obligatoriedad de la materia de «Música» tanto en Primaria como en Secundaria para no dejarla en residual o incluso hacerla desaparecer si queda relegada a optativa o mera oferta según los centros, pues lo que se ha sembrado y trabajado con varias generaciones acabaré perdido por ideologías que siguen pensando sólo en la flauta dulce (sigue siendo menos cara) como pérdida de tiempo y la llamada música culta para el que quiera dedicarse a ella, eso sí, pagando y en el extranjero, porque parece que tiene más valor. Invertir en cultura es apostar por el futuro. Claro que también apuestan porque hagan deporte al recreo, lo de Educación Física no se parece a la Gimnasia de mis años mozos que parecen desear estos gobernantes nuestros.

La introducción tenía que hacerla porque lo vivido nuevamente estas dos mañanas en el Auditorio por este alumnado va más allá de un mero entretenimiento. Debemos reconocernos en cada escuela de pueblos muy alejados todavía de la capital por lo mal comunicados, institutos pequeños donde no hay más música que la del aula, chavales que no tienen acceso universal a estos eventos, y donde el directo es irrepetible. También centros concertados y privados («me gusta ese uniforme» decía un alumno mío al que le contesté que si lo usase seguramente diría lo contrario) asisten y comparten la universalidad del lenguaje musical, compañerismo haciendo música juntos independientemente de la raza, religión, clase social… Emocionarnos haciendo música entre todos con la flauta dulce pero también con algún incipiente violinista o clarinetista, cantando en castellano o inglés (el año pasado también francés y portugués), bailando y por supuesto escuchando, porque todo esto y mucho más es Link Up. Materiales didácticos excelentes que llegan sin coste alguno a profesores y alumnos, reuniones previas, trabajo de meses que no finaliza en el concierto sino que es aprovechable para siempre. En Asturias podemos presumir de ello y el tiempo dirá. Los medios de comunicación se han hecho eco del evento y su magnitud, aunque la falta de mayor formación musical haya impedido que fuesen más correctos en la información.

Felicitar a toda la «familia OSPA«, dirección, gerencia, músicos, personal de administración y servicios, así como al personal del Auditorio, porque el esfuerzo y trabajo es inconmensurable. Tampoco quiero olvidarme de más protagonistas como Gustavo Moral, animador y pedagogo musical que es otra de las patas donde se asienta el proyecto, y el trío vocal: Amanda Puig que debutaba, y los que repetían del año pasado Sonia de Munck y Julio Morales, aunque ya obtuvieron sobresaliente el curso anterior.

Espero que la Consejería reconozca la inversión en futuro ahora en el presente, pues Milanov lo tiene claro. Mi alumnado disfrutó y seguro seguirán comentando la experiencia entre ellos con todo el rédito en el aula.

La parte musical no quiero olvidarla, pasando con las obras trabajadas. Tras afinar todos, comenzamos con la canción de «Link Up» Ven a tocar, versión española de «Come to Play» (Thomas Cabaniss), a tres voces con distintos niveles de dificultad, siguiendo la canción en inglés Simple Gifts (Brackett) también con opción instrumental o vocal que algunos de los profesores canosos asociamos a una serie televisiva conquistando el Oeste yanqui con la música del gran Copland y su Primavera Apalache.

Sí resonó el auditorio con las flautas a unísono un fragmento del Largo de la Sinfonía del «Nuevo Mundo» (Dvořák), segundo movimiento donde los pequeños mandaron sobre el corno de Juan Pedro Romero y la orquesta con Milanov rendido. También «cantan» solistas instrumentales y el primer movimiento del Concierto de violín (Mendelssohn) lo interpretó Gabriel Ordás de 14 años, un espejo para muchos compañeros que se preguntaban cuánto había que estudiar para tocar así.

Como proyecto pedagógico el alumnado participa con la escucha, preparada con anterioridad y que llamamos «escucha activa» pero donde se siente más implicado es en las obras que ofertan distintos niveles de dificultad instrumental aunque la voz no falla, y así sucedió con la versión del cuarto movimiento de la última sinfonía del sordo de Bonn, himno de una Europa que no ha cubierto expectativas pero musicalmente sigue siendo potencia, superada la versión de «los Ríos» Waldo y Miguel para afrontar una Oda a la alegría (Beethoven) que cada alumno eligió libremente, independientemente de su capacidad.

La parte lúdica pero también lingüística resultó la tradicional americana (en arreglo de Cabaniss) Bought me a cat, calidad total comparada con «El pollito pío» nacional para comprobar que el idioma de Shakespeare se trabaja también desde la música.

Tras proponer combinaciones varias la OSPA nos interpretó el final de El pájaro de fuego (Stravinsky) que seguimos con un musicograma hermoso donde el cuento hecho sonidos cantó.

Como en las fiestas lo mejor para terminar es música movida, que nos mueva, esta vez con letra mixta en español e inglés, los idiomas más hablados en EE. UU. además de una coreografía muy conseguida que puso literalmente en pie a todos los asistentes, Oye (Jim Papoulis) que si ya se escucha en pasillos y autobuses, tras lo vivido con Link Up seguramente resulte más famosa que la dichosa Macarena de Los del Río si la bailan Obama y Michelle, aunque quienes me conocen y leen saben mi opinión: sólo dos tipos de música, la que nos gusta y la que no (¡Ah! y me visitará esta entrada la CÍA por citar al matrimonio de la Casa Blanca).

De vuelta al instituto seguían cantando, soplando las flautas, los que volvían otro año diciendo que este mucho mejor y preguntando por el tema del que viene, si Wert quiere…

Receta Milanov: BB de lo bueno

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Viernes 14 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «En la gran tradición alemana», Concierto de abono nº 8, OSPA, Suyoen Kim (violín), Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Beethoven y Brahms.

El titular Milanov volvía al podio con un programa ya rodado en la maratón bilbaína que es «Musika-Música«, este año dedicada precisamente a las dos B del octavo de abono, y con dos solistas que ya dirigiese en el Auditorio la temporada pasada: la violinista alemana Kim y el cellista madrileño Ferrández, ambos con excelente sabor de boca según mis anotaciones y recuerdos sonoros.

El cocinero búlgaro preparó un menú clásico de encargo en cuanto a ingredientes pero cocinado y condimentado con los toques que logran sutiles diferencias. La elaboración de los ensayos y ejecuciones consiguieron una velada digna de las «3 Bes» conocidas como «Bueno, Bonito y Barato» aunque no resulten calificativos precisamente apropiados para la música, pero jugar con las tres b de los grandes compositores (se sumó Bach en la propina cual sorbete entre las dos partes clásicas en que siguen organizándose los conciertos), sirve incluso para titular entrada en el Blog.

De aperitivo el genio de Bonn: Leonora, Obertura nº 3, op. 72 (Beethoven), para ir calentando motores y percibiendo los ingredientes de primera mano, en su punto de temperatura sin mucho colorido, cual grabados del otro sordo genial como búsqueda de materiales y logrando maestría incluso en «pequeñas obras». Inseguridades puntuales en entradas pero líneas maestras claras.

Los siguientes platos provenían de Hamburgo, menú musical germano en tanto que servido en Viena aunque cocinado por Milanov en nuestros fogones.

El Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, op. 102 (Brahms), el «doble concierto» es todo un reto por los difíciles ingredientes que ligaron perfectamente para una salsa contundente al ser de por sí más caros que el azafrán: nada menos que dos Stradivarius en el mismo plato: el rotundo cello de Pablo Ferrández equilibrado con el sutil violín de Suyoen Kim, diálogos de emociones tomados en pequeños bocados o dentro de una soberbia salsa OSPA que funcionó más que como guarnición ingrediente necesario para alcanzar el paladar buscado por Milanov, perfecto concertador de sabores musicales que esta vez buscó colorido en la paleta orquestal delineando ancho con un pincel fino para alcanzar este primer Brahms realmente carnoso. Merecidos y abundantes aplausos para los solistas que nos regalaron esa Invención nº4, BWV 775 de Bach adaptada a dúo funcionando como pausa antes del cierre hamburgués.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 es un plato conocido que puede resultar honesto, pasarse o quedarse corto cual siete y medio, pero precisamente por exigente Milanov fue cocinándolo con mimo, maestría y sazonando con detalles. Optó por sobresaltos que fueron ganándome: el inicio más que Un poco sostenuto resultó «retenuto» por la lentitud que parecía remover con cuchara de madera antes de sorprender con el Allegro. Nuevamente la colocación vienesa, la ubicación para proporcionarnos esa espacialidad adecuada a esta enorme obra sinfónica permitió saborear cada bocado. El Andante sostenuto pareció ir engordando la salsa jugando con sutiles cambios de tempi que sacaron a flote detalles impercectibles en una cocción más rápida. No sé si esta grasa es buena para el colesterol pero está claro que «La Primera de Brahms» cocinada por Milanov iba con poso y nada ligera, sólo Un poco allegretto e grazioso daría el toque «light» con alguna incertidumbre metálica siempre compensada por la madera segura y «redonda» sin enturbiar el placentero resultado global. Y es que cocinando e ir sirviendo cada movimiento en distintos platos permitió reconocer la grandiosidad de esta generosa sinfonía -daba gusto ver y escuchar el «pizzicati acelerando»- que desemboca placenteramente en ese cuarto movimiento auténtico microcosmos de emociones, sabores, reminiscencias, deudas y originalidad que en el tratamiento del mejor Rossen permitió redescubrir las papilas gustativas. Adagio para retomar la visión, Più andante para masticar y degustar, más la conclusión del Allegro non troppo, ma con brio, final de un manjar diríamos de toma pan y moja. No siempre lo cocido y conocido podemos redescubrirlo, más este primer Brahms Milanov cocinado con tiempo puso sobre el mantel lo mejor de nuestra despensa musical sin sensación de empacho y con ganas de repetir.

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