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Perianes feliz heredero de Larrocha

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Martes 25 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). «Cruce de caminos», obras de Clara Schumann, Robert Schumann, J. Brahms y Granados. Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento.

Bajo el título «Cruce de caminos» volvía a Oviedo el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) para homenajear a Alicia de Larrocha (Barcelona 1923-2009) en el centenario de su nacimiento, y puedo decir que feliz heredero de la maestra catalana, pues aunque en el repertorio español destacan sobremanera, está claro que los grandes románticos también son referentes en sus interpretaciones.

Así lo demostró Perianes este martes en un auditorio con abundante presencia de estudiantes de piano que seguro tomaron nota de su magisterio, frente a los que peinamos canas que tuvimos el privilegio de escuchar a ambos, afirmando que también sus caminos se cruzan como reza el texto inicial del programa: «El piano, el genio, la admiración y el afecto fueron ejes de la relación entre el matrimonio Schumann y Brahms (…) Apegos cruzados en el corazón del romanticismo, cristalizados en las series de variaciones que Clara y Brahms componen a partir de la introspectiva y quieta cuarta BunteBlätter opus 99 de Robert Schumann.
Universos de nostalgias, miradas y reflejos. Evocaciones que marcan el camino de Granados al espejo sonoro de Goyescas; “mezcla de amargura y gracejo”, evocación del universo visual de Goya»
.

El duro trabajo de años permite al pianista andaluz afrontar con personalidad y creatividad una primera parte romántica bajo el género de la variación en torno a Robert Schumann. Primero de Clara Schumann (1819-1896), de soltera Clara Wieck, cuyas siete Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 20 además de un regalo para los 43 años de Robert son una verdadera belleza a partir de Albumblatt I (la cuarta Bunte Blätter, op. 99) de su amado esposo, intrincadas, personales, maduras, llenas de contrastes, los mismos calificativos aplicables a Perianes y con una dificultad que escuchándoselas no lo parecen, dado el dominio del onubense capaz de sonsacar de la gran densidad de la escritura de Clara toda la luz que esconde, como un orfebre que trabaja los detalles o el pintor que perfila con una amplísima gama de color.

Juan Manuel Viana titula sus notas al programa «Del amor y de la muerte: variaciones a seis manos», las de los tres compositores de la primera parte. Tras ClaraRobert Schumann (1810-1856) cuyas Quasi Variazioni: Andantino de Clara Wieck (de la Sonata nº 3 en fa menor, op. 14) son una miniatura de melodismo exquisito tal como la llevó Perianes desde una lectura reflexiva llena de emoción, la intensidad necesaria para dar continuidad a toda la carga musical de este «triunvirato a seis manos». La trayectoria del maestro andaluz ha ido dejando el poso que otorga tanto los conciertos orquestales como la música de cámara, y es ante la soledad del piano donde la madurez encuentra todo su reflejo.

Toda la grandeza y admiración hacia los Schumann de Johannes Brahms (1833-1897) la verterá en sus juveniles Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9, a partir también de las Bunte Blätter, op. 99, esta vez la primera de las «hojas de álbum», dieciséis miniaturas (I. Tema. Ziemlich langsam; II. Variación 1. L’istesso tempo; III. Variación 2. Poco più moto; IV. Variación 3. Tempo di tema; V. Variación 4. Poco più moto; VI. Variación 5. Allegro capriccioso; VII. Variación 6. Allegro; VIII. Variación 7. Andante; IX. Variación 8. Andante (non troppo lento); X. Variación 9. Schnell; XI. Variación 10. Poco Adagio; XII. Variación 11. Un poco più animato; XIII. Variación 12. Allegretto, poco scherzando – Presto; XIV. Variación 13. Non troppo Presto; XV. Variación 14. Andante; XVI. Variación 15. Poco Adagio; XVII. Variación 16. Adagio) de auténtico esfuerzo emocional que Perianes engrandeció, reflejando la doble personalidad homenajeada por el hamburgués de nuevo con el intrincado género de la variación para pasar de la luz a la sombra cual sucesión de lienzos cargados de color, fuerza, melancolía, esperanza, dolor… Contrastes de tempi ajustados a lo escrito con fraseos sentidos, matices inmensos del pp al ff, limpieza extrema, puliendo el sonido utilizando los pedales con total expresividad y pintando de un trazo con la seguridad de ambas manos. Una ejecución plena, madura y cercana a la extenuación por la total entrega de un Javier Perianes pletórico y «jondo» poniendo música al poeta José Hierro.

En este homenaje a la Maestra Larrocha no podía faltar Enrique Granados (1867- 1916), con las Goyescas, op. 11 (Los majos enamorados. Suite para piano) ejecutadas en su integridad y sin pausa ambos cuadernos, algo al alcance de muy pocos intérpretes, uno de ellos el propio Perianes.

Hace tiempo que califiqué al onuberse como «El Sorolla del piano» por la claridad que imprime a sus interpretaciones, especialmente Debussy pero también Falla. Y con estas Goyescas de Granados me reafirmo en esta personal impresión, pues los seis números pintaron al Goya de La lechera de Burdeos por un sonido cercano al impresionismo francés, también por el ambiente del genio de Fuendetodos donde Granados se inspira, el melodismo de la tonadilla sin letra que Perianes canta como nadie, auténticas «veladuras» musicales de aire universalmente hispano. Del Cuaderno 1 (1. Los Requiebros; 2. Coloquio en la reja; 3. El fandango del candil; 4. Quejas, o La maja y el ruiseñor) destacar cómo respira cada «cartón» elevado a cuadro, percepciones únicas, luminosidad y contrastes, dinámicas perfectas adaptadas al sentir de cada título, al ritmo -fandango de calado-, al tiempo con el que juega hasta lo imperceptible. G de Granados, de Goya, de Gracejo y Grandeza, de Genialidad. Donaire y melancolía abocetados con aire francés y pintados con mano firme, sentimientos amorosos, la música temática sin palabras, un verdadero testamento pianístico que Alicia de Larrocha nos dejó para la posteridad y Javier Perianes recoge en nuestro tiempo, pues como el propio Don Enrique decía «Goyescas es una obra de todo tiempo… Estoy convencido de ello». Sin resuello atacaría el Cuaderno 2 (5. El amor y la muerte; 6. Epílogo: Serenata del espectro), sentimiento de balada chopiniana, amor y muerte dramáticos en escritura e interpretación maestra con final fantasmal de piano hecho guitarra con aire atlántico premonitorio de la propia tumba del compositor catalán. Hondura, sentimiento, profundidad desde la madurez en una galería goyesca pintada por nuestro «Sorolla del piano».

Aún quedaría sentimiento para regalar, y de nuevo Brahms cuyo Intermezzo, Op. 118, nº 2 en la mayor nos dejaría la nostalgia común, el amor musical y la esperanza que nunca se pierde, pues el piano de Javier Perianes rezuma siempre optimismo tras un concierto intenso a más no poder.

P.D.: La Viena Española ofrecía también en la Sociedad Filarmónica de Oviedo un concierto de Lucía Veintimilla (violín) y María Cueva (piano).

BBC para BBB rozando la perfección

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Sábado 22 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: BBC Symphony Orchestra, Inmo Yang (violín), Sakari Oramo (director). Obras de Britten, Beethoven y Bartok.

No me acordaré del «Brexit» pero tenemos que reconocer la calidad de las orquestas británicas, y la Sinfónica de la BBC (BBCSO, el equivalente a nuestra OCRTVE) es una de las abanderadas camino de sus cien años (se fundó en 1930). Su sonido aterciopelado, claro, preciso, el equilibrio y calidad de todas las secciones que permite escuchar todo al detalle son algunas de sus muchas cualidades, y más en las obras que trajeron a «La Viena Española» en esta gira.

Finlandia se está convirtiendo en la mejor cantera de los directores de orquesta más reconocidos en este siglo, y Sakari Oramo (Helsinki, 1965) es uno de ellos. Titular desde hace 10 años de esta BBCSO con un curriculum impecable e invitado por las mejores formaciones mundiales. Su claridad en la dirección, de gestos precisos sin exageraciones, batuta ligera que igual corta como un sable, se vuelve florete o dibuja como un pincel, pero sobre todo una mano izquierda que remarca cada detalle convirtiéndolo en el verdadero conductor de una orquesta que responde en todo momento con la misma exigencia y exactitud indicada desde el podio.

Es maravilloso fijarse cómo dirige mientras escuchas cada obra (aún más siendo conocidas) para convertirnos en un atril más desde nuestra butaca, y este sábado el auditorio lleno disfrutó con la Orquesta Sinfónica de la BBC en un programa que tenía las tres B: Britten, Beethoven y Bartok.

Abría concierto el inglés Benjamin Britten con sus Cuatro Interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a para sacar músculo, sonido, complicidades, entendimiento, exactitud, claridad, balances perfectos y verdaderos cuadros sonoros, desde el amanecer con una cuerda luminosa, hasta la tormenta final donde poder desplegar todos los efectivos bien controlados y comandados por Oramo, un repertorio que la BBCSO lleva en sus genes y el finlandés sacó todas las cualidades de su formación en una verdadera lección interpretativa.

Y otra maravillosa interpretación el Concierto para orquesta, Sz. 116 de Béla Bartók, cinco movimientos que como explica Jerónimo Martín en las notas al programa «arguye una similitud (…) y la notificación reciente a Bartok de su leucemia, asemejando cada uno de los movimientos a las cinco etapas emocionales que se atraviesan al recibir una noticia trágica: shock al recibir la noticia (1º mov) – negación, simbolizado en el humorístico Giuoco delle coppie (2º mov) – estado atormentado en la Elegía (3º mov) – ira o desprecio representado en el Intermezzo interrotto (4º mov) – aceptación e incluso alegría por la vida vivida (5º mov)». Disfrutando de una cuerda unificada, compacta, preciosa y precisa, de una fagot con sonido impecable, dos arpas auténticamente celestiales y una formación que «suena a disco», con la dirección de Oramo, lo escuchado fue algo indescriptible, con un Finale. Pedante-Presto donde la gestualidad del finlandés marcó todo para escucharlo cual BBC (de bueno, brillante y corpóreo). En la misma línea la propina de una de las Danzas rumanas de Bartok (*) agradeciendo que tras un concierto exuberante aún nos dejasen pasadas las diez de la noche un regalo con la misma calidad y entrega que el resto de la velada.

Punto y aparte sería el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven con el coreano Inmo Yang y su Stradivarius «bostoniano» de 1718. Tras lo escuchado al fin me convencí que la perfección existe. Oramo presidió el jurado del Concurso Jean Sibelius de 2022 donde Yang obtuvo el primer premio, tras lo que el director comentó: «Ganador por unanimidad. Hubo un gran nivel en la intepretación de Inmo, como músico y como violinista», por lo que supongo fue elegido para estos conciertos de la BBCSO con Sakari Oramo al frente.

La clave está en la musicalidad del coreano, puesto que la técnica de esta generación de virtuosos está en otra galaxia y pueden afrontar los repertorios más exigentes. Pero el sentimiento no se estudia, sumándole el sonido de su violín que enamora desde la primera nota: terciopelo y seda, con un arco impresionante, unos legati increíbles, una gama de matices impresionante, un empaste con la orquesta impensable en vivo y con una proyección, incluso en los pianissimi que parece imposible percibirla como en este concierto de Beethoven. El Allegro ma non troppo comenzaría con el «tempo giusto» marcado por el maestro Oramo para disfrutarlo sin prisa, y el guante lanzado lo recogió Inmo a la perfección. Dulzura, delicadeza, fraseos impecables, limpieza de ejecución, balances orquestales revestidos de un «colchón filarmónico» que parece hacerlo flotar en una nube hasta la primera cadenza: conversión a la pasión y entrega desde el virtuosismo al servicio de esta joya del sordo genial, momentos de transformación que transmiten la profundidad de esta partitura y el engarce ideal entre solista y orquesta. Con el Larghetto pareció detenerse el reloj, escuchando cada nota escrita conformando la unidad del movimiento central, con Oramo concertando al detalle, la orquesta escuchando al solista para mezclarse con él desde la fusión en estado puro antes de otra cadenza suspendida en el aire, cortando la respiración antes de atacar el Rondo. Allegro que la BBCSO continuó con la misma entrega comandada por el director finlandés. La perfección de solista, director y orquesta para un concierto que quedará grabado en mi memoria.

La cuarta B del sábado tenía que ser Bach, de quien Inmo Yang nos regaló la «Sarabande» de la Partita nº1 en si menor, BWV 1002, sin prisas, sentida, transmitiendo con el Stradivarius la grandeza de «Mein Gott» que nos elevó al séptimo cielo musical, placeres eternos en «La Viena Española».

PD: (*) Gracias Alejandro por la corrección a mi error inicial confundiendo propina de Bartok con Kodaly.

Bendita locura de inspiración musical

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Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 «Musica est litterae I»: OSPA, José Antonio López (barítono), Carlos Mena (director). Obras de Telemann, Ibert, Ravel, Purcell y Finzi.

No nos dejemos impresionar por títulos «cool» muy «modernos» que mezclan idiomas para aparentar universalidad como el propio «Books Folixa Music» ni tan siquiera llamar a estos conciertos y recitales «OspaFest«, pues la literatura siempre ha sido fuente de inspiración musical en esta unión que engrandece los textos desde los orígenes. Y celebrar el 23 de abril musicalmente daría para muchísimos programas, por lo que es de aplaudir la elección de Miguel de Cervantes y William Shakespeare bajo el lema La música es literatura, dos ejes vertebradores del Barroco al siglo XX explorando páginas orquestales donde la palabra cantada crece gracias a los compositores, el español y el inglés que siguen siendo más que suficientes para recorrer mundo.

La presencia del vitoriano Carlos Mena (1971) ya auguraba el perfecto maridaje de estilos, sumándose el barítono murciano José Antonio López (1973) que engrandecerían la figura de un Don Quijote instrumental y también cantado en francés (Ibert y Ravel) más las canciones shakesperianas de Finzi en inglés. Sin descanso, con las mínimas pausas para adaptar plantilla, «El sueño imposible» como titula Pablo Gallego sus notas al programa, unió a Don Miguel y Don Guillermo como inspiradores en distintos estilos bien ensamblados para este primer viaje literario de este extraño abril.

La cuerda de la OSPA tiene personalidad propia, y nuevamente comandada por el austriaco Benjamin Ziervogel de concertino invitado, más el clave de David Palanca junto a la percusión impecable de Rafael Casanova, nos ofrecieron la suite Don Quijote, TWV 55:G10 de Georg Philipp Telemann (1681-1767) de estilo y sonoridad ideal bien llevados por un Mena dominador de estos repertorios barrocos. Los siete números (I. Obertura; II. El despertar de D. Quijote; III. El ataque a los molinos de viento; IV. Suspiros de amor por Dulcinea; V. Sancho Panza decepcionado; VI. El galope de Rocinante; VII. El sueño de D. Quijote) fueron la mejor ilustración sonora de estos capítulos que el coloso Telemann recrea magistralmente en esta bendita locura quijotesca llena de humor y color.

En un salto cronológico de gigante, que solo la música puede dar, el francés Jacques Ibert (1890-1962) escribe sus cuatro Canciones de Don Quijote (1932) para la película Don Quichotte de G. W. Pabst. La instrumentación es curiosa y perfecta para que la voz dramatice esos pasajes cervantinos, y José Antonio López pudo lucirse en todas ellas poniendo las imágenes con su amplia gama de matices, musicalidad a raudales y entrega bien entendida por un Mena que como cantante respiró con el barítono. Maravillosas las cuatro (I. Canción de partida; II. Canción a Dulcinea; III. Canción del Duque; IV. Canción de la muerte de D. Quijote) por expresividad, dicción, lirismo y entendimiento, feliz conjunción de obra e intérpretes en un microrrelato hecho música.

Y sin perder los aires del otro lado de los Pirineos pero más cercano, del vascofrancés Maurice Ravel (1875-1937), conocedor y amante de nuestro folklore, sus tres Don Quichotte à Dulcinée (I. Canción novelesca; II. Canción épica; III. Canción báquica) dieron a Cervantes la universalidad musical en la lengua de Molière, para disfrutar nuevamente con José Antonio López, cerrando este nuevo acercamiento al Ilustre Hidalgo con la canción para beber y disfrutar embriagándonos de belleza musical con la OSPA y Carlos Mena perfectos compañeros de viaje, donde delicadeza y potencia fueron de la mano con el barítono lorquí, inmenso Alonso Quijano cantado.

La riqueza de los idiomas se la han dado sus grandes escritores, y así nos referimos al español de Cervantes, el italiano de Dante, el francés de Molière y evidentemente el inglés de Shakespeare. Dos compositores contrapuestos pero como en espejo, dos mundos musicales que beben de su literatura, primero el «Sueño de una noche de verano» que Henry Purcell (1659-1695) convierte en The Fairy Queen o «La reina de las hadas«, híbrido de teatro y ópera para que OSPA y Mena, como con Telemann, nos devolvieran a la sonoridad inicial desde una cuidada selección instrumental (I. Preludio; II. Hornpipe; III. Aire; IV. Rondó; V. Danza de los monos) nuevamente perfecta de interpretación por contrastes y sonoridades plena con plantilla para la ocasión.

Para cerrar aniversarios, homenajes o encuentro vital de Don Miguel y Mr. William, el compositor londinense Gerald Finzi (1901-1956) escribirá entre 1929 y 1942 el ciclo Let us garlands bring, op 18 (canciones de Shakespeare). Con solo la orquesta de cuerda _arreglo posterior al estreno- las cinco canciones en la voz de José Antonio López pusieron lo mejor del noveno de abono, cinco maravillas melódicas donde texto y música emocionan separadas y aún más juntas. Leer los poemas originales o traducidos ya supone un disfrute (I. Márchate, muerte; II. ¿Quién es Silvia?; III. No temas más el calor del sol; IV. Señora mía; V. Érase un joven y su amada); la música de Finzi transita del amor al dolor con rememoranzas isabelinas de la época de Shakespeare pasando por las sempiternas músicas de taberna. Grandeza interpretativa en el idioma inglés con una cuerda aterciopelada que vistió de gala la auténtica fiesta musical comandada por un Mena que transmite confianza y seguridad para que López brillase con luz propia. Un éxito muy aplaudido pese a la escasa entrada que no se merecía este concierto de inspiración literaria, bisando la canción segunda Who is Silvia?.

Delicadezas alemanas

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Martes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Circuitos CNDMX Primavera Barroca. Academy of Ancient Music, Jessica Cale (soprano). Obras de Haendel y Bach.

Oviedo es «La Viena Española» y su actividad musical es imparable, como intento reflejar en este blog  pese a no acudir a todos los conciertos por coincidencias en la programación, pero también por mis viajes (ventajas de la jubilación) fuera del Principado.

Y este martes proseguía el «no parar melómano», primero a las 18:00 horas con la conferencia del doctor Ramón Sobrino en colaboración con el CONSMUPA, con quien arrancaba la décima edición de la X Primavera Barroca, dentro de los Circuitos del CNDM; media hora más tarde al lado del auditorio, en el Club de Prensa Asturiana, Antonio Moral Rubio (quien fuese también, entre otros muchos cargos, director del CNDM) junto a Aarón Zapico presentaba el Festival de Granada, que siempre tiene presencia asturiana, este año con el maestro langreano inaugurándolo en el Palacio de Carlos V esta 72 edición con un original homenaje a Falla por los 100 años de El retablo de Maese Pedro, siendo presentados ambos por Mª Encina Cortizo. Finalmente a las 20:00 horas en la Sala de Cámara, recinto ideal para estas músicas, el concierto de la mítica Academy of Ancient Music (AMM), hoy reducida a quinteto, con el género dominante del último barroco, la «sonata en trío»: cuatro obras de Mein Gott, de quien celebrábamos este 21 marzo su 338 cumpleaños (según el calendario juliano) y fecha que se ha declarado «Día Europeo de la Música Antigua«.

También tendríamos a la soprano galesa Jessica Cale que nos dejaría cinco (más otra de propina) de las «Nueve arias alemanas» de Händel. El mejor tándem germano para abrir boca y triunfar ante una afición fiel, hoy llenando aforo, aunque tosiendo cual fuego cruzado no ya en los silencios entre movimientos u obras, tampoco respetando la interpretación. Oviedo espera cada marzo este nacimiento primaveral con el periodo histórico que más adeptos jóvenes está captando, máxime cuando la calidad de la programación atrae incluso público de otros lugares, de lo que deben tomar nota los responsables que hace diez años «no daban un euro» por esta nueva oferta totalmente afianzada en la capital del Principado.

Alternando partes instrumentales y vocales de los dos genios coetáneos con vidas paralelas, distintas y complementarias, comenzaba el quinteto de la AAM con la Sonata a trío en la mayor, op. 5 nº1, HWV 396 (1739) de G. F. Haendel (1685-1759) y la Sonata para violín y clave en la mayor, BWV 1015 (1717-1723) de J. S. Bach (1685-1750), dos ejemplos de la «música pura» entendida desde un lenguaje común con rasgos propios, cuando la música instrumental empezaba a independizarse de la vocal y algunos músicos italianos concibieron estas piezas con dos instrumentos agudos dialogando sobre un bajo, fórmula que tuvo tal éxito que los dos alemanes la cultivaron intensamente. Como bien indica Pablo J. Vayón en las notas al programa «Las cuatro sonatas del catálogo BWV de este recital son típicamente corellianas (…) También es una sonata en trío la op. 5, no 2 de Haendel, que pertenece a una serie de siete publicadas por John Walsh en 1739, auténticos pastiches construidos con música previa…». La del alemán nacionalizado inglés una de las primeras delicadezas de la tarde con un «ensemble» donde destacó el clave de Devine siempre bien ornamentado y el violín de Čičić algo apagado, pero que en la sonata BWV 1015 del cantor de Leipzig nos dejaron una joya a dúo. Otro tanto del traverso de Brown con clave y cello BWV 1033 que abriría la segunda parte. De nuevo Bach con la BWV 1079 de la Ofrenda Musical en la interpretación camerística de los músicos de la AAM nos brindarían estas sonatas da chiesa para disfrutar del «padre de todas las músicas», partituras donde cada instrumento estuvo en el plano idóneo tanto individual como de conjunto.

Ya con Jessica Cale escucharíamos las dos primeras arias de las Neun deutsche Arien, HWV 202-210 (1724-1726) de Händel sobre textos de su contemporáneo Barthold Heinrich Brockes (1680-1747), y volviendo a citar al musicólogo sevillano « Sorprendentes resultan (…) las Neun deutsche Arien que Haendel escribió para un destino hoy desconocido en los años 1720. Se trata de piezas compuestas sin voluntad de ciclo para voz de soprano (o tenor), un instrumento melódico sin especificar y bajo continuo». La soprano británica tiene un color de voz esmaltado, buena dicción en alemán, algo corto de volumen el registro bajo pero con la musicalidad esperada en la «escuela inglesa», lo que nos permitió comprobar el magisterio de Handel para estas arias de «carácter panteísta, meditativo y moralizante», válidas también para tenor, realzando unos textos (con originales y traducción de Luis Gago) que se engrandecen aún más con las notas de Georg Friedrich Händel antes de mutar a Georges Frederick Haendel, en cierto modo el banco de pruebas de sus grandes oratorios.

Cale organizó estas arias contrastando tiempos, algo muy barroco como todo el programa (rápido-lento), con la más extensa HWV 206 en la segunda parte, para cerrar programa con las HWV 202 y HWV 207. Maravillosa instrumentación dejando partes con flauta o violín más un continuo efectivo en acompañamiento y omnipresente, además de necesario, sin sobrepasarse nunca permitiendo escuchar la voz de la soprano con toda la gama de expresión y ornamentos nunca exagerados, contenidos por la importancia de la letra, siendo merecedor primer premio del público en el London Handel Festival Singing Competition de 2020.

La propina sería Süße Stille, sanfte Quelle, HWV 205 de honda y emotiva expresividad con la AAM perfecta en su papel secundando a Cale, auténticas delicadezas alemanas con sello «british» pues para ellos estas músicas siempre tienen «A touch of class» y la mejor forma de celebrar este 21M.

Academy of Ancient Music: Rachel Brown (flauta), Bojan Čičić (violín), Gavin Kibble (chelo), Kristiina Watt (tiorba), Steven Devine (clave). Jessica Cale (soprano).

Un Haydn de oro

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Sábado 18 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Berit Norbakken (soprano), Esther Kuiper (mezzo), Stuart Jackson (tenor), Henk Neven (barítono), El León de Oro (director Marco A. García de Paz), Orchestra of the Eighteenth Century, Daniel Reuss (director). Obras de Haydn.

Otro concierto para recordar en «La Viena Española» dedicado a Franz Joseph Haydn (1732-1809), puro clasicismo enmarcado en el llamado Sturm und Drang (del alemán “tormenta e ímpetu”) con una formación de referencia como es la «Orquesta del siglo XVIII» que fundase allá por 1981 el legendario Frans Brüggen, que sigue inspirando desde su muerte en agosto de 2014 a su formación de amigos de veinte nacionalidades, donde sigue desde su inicio nuestro querido Emilio Moreno en la viola junto a otros españoles, y en la primera parte dirigidos por Alexander Janiczek desde su posición de concertino, demostrando que la formación mantiene la disciplina y calidad en su repertorio.

Un placer la sonoridad y rigor interpretativo de esta orquesta internacional que comenzaba su concierto con la Obertura  de la ópera L’isola disabitata, en cierto modo una sinfonía en miniatura por los cambios de tempo y auténticamente «tormentosa» además del «ímpetu», con una cuerda resistente y delicada en colocación vienesa, como era lógico, maderas y metales naturales más unos timbales que nunca sobrepasaron el gusto global por una tímbrica homogénea en todo el concierto.

La perturbante Sinfonía nº 26 en re menor, Hob. I:26, compuesta en 1768 ó 69 lleva por título «Passio et lamentatio», directamente «Lamentatione» y como en esta época inicial del llamado «padre de la sinfonía» con solo tres movimientos (I. Allegro assai con spirito – II. Adagio – III. Minuet. Trio), que tiene su inspiración en las dramatizaciones musicales en torno a la muerte de Jesús mientras Haydn trabajaba para los príncipes Esterházy. De nuevo aparece el espíritu de «ímpetu y tormenta» con una cuerda poderosa, un viento donde el oboe se erige protagonista en el Allegro inicial y las trompas bien afinadas de musicalidad plena en perfecta conjunción de madera y metal; un Adagio delicado y compactado, en el «tempo giusto» para la plegaria entonada por unos «cuernos» contenidos y de nuevo el oboe piadoso lleno de lirismo; el Minueto con trío final nos llevaría por sentimientos opresivos y en cierto modo hipnóticos (como escribe Pablo Gallego en las notas al programa) por su expresividad, dinámicas y fraseos a cargo de esta orquesta de leyenda.

Manteniendo este halo espiritual la segunda parte la ocuparía la Misa nº13 en si bemol mayor, Hob. XXII:13 «Schöpfungsmesse» (Misa de la Creación) con nuestro mejor coro, el LDO y un cuarteto solista ideal para estas obras, en colocación «cambiada» de izquierda a derecha: la mezzo holandesa Esther Kuiper de registro corpóreo que brilló sola y en los conjuntos, siendo la más destacada de los solistas desde su primer Kyrie; la soprano noruega Berit Norbakken de volumen algo corto aunque suficiente por su proyección y color; el bajo barítono neerlandés Henk Neven que quedó totalmente opacado en los conjuntos aunque el timbre fuese idóneo; y el tenor inglés Stuart Jackson, enorme de presencia aunque pequeña y bella voz como suele ser en los cantantes que salen de los coros escolares británicos, verdadera cantera vocal de la música barroca que con el paso al clasicismo, más al sinfónico coral, supone un plus que no tiene.

Punto y aparte el coro asturiano que con 37 voces no tuvo problemas en ningún momento. Atento Daniel Reuss a sus difíciles intervenciones con muchos cambios de compás y aire, el LDO se mostró seguro, afinado y hasta cómodo pese a los registros extremos donde nuevamente las sopranos volvieron a asombrar por la pureza de sonido y el empaste global de todas las cuerdas. Articulación y fraseos perfectos, pronunciación exquisita en latín eclesiástico, dinámicas perfectas y siempre presente, con un Gloria potente y un Sanctus-Benedictus «de disco» por destacar sólo estas de las seis partes que tiene esta misa. Maravilloso comprobar que los relevos generacionales junto al sustento veterano no les ha hecho perder ninguna de sus cualidades en la búsqueda de la belleza coral que volveremos a disfrutar en la Primavera Barroca.

El público casi se comportó como en una verdadera misa a lo largo del ordinario proyectado en latín y traducido al español, con la Orchestra of the Eighteenth Century refinada en sonido, metales brillantes pero nunca hirientes escoltando trompas y trompetas a las maderas aterciopeladas, timbales presentes (mimando el Sanctus), órgano de registro perfecto (en Et incarnatus est) y la cuerda con dinámicas extremas siempre apoyando a solistas y coro con el gesto claro de Daniel Reuss «oficiando» esta misa maravillosa de las muchas que compuso «papá Haydn» que irá multiplicándose para  ensayarla e interpretarla con distintos coros en esta gira española, en Oviedo con el orgullo «leónigan» de tener a Marco al frente del nuestro mientras sigue triunfando con el de RTVE.

Todo con cuerda

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Viernes 17 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7 El cuarteto ampliado, OSPA, Cuarteto Quiroga (dirección), Obras de Barber, Shostakovich y Schubert.

A veces resulta difícil desenredar la madeja y no comprendo cómo se pueden ofrecer dos conciertos con las principales orquestas asturianas el mismo día y a la misma hora en «La Viena española», cuando las agendas se programan con tiempo más que suficiente, y es posible organizar la amplísima oferta musical ovetense. Así llevamos varias ocasiones y no quiero tensar el arco pero se necesita coordinación desde los distintos entes, pues no solo se pierde taquilla, y lo digo porque paso por ella muchas veces, sino público,y más cuando se juega con obras y artistas tan interesantes, dejando un panorama con demasiadas butacas  vacías en el auditorio que no se merece.

Habrá que hilar más fino para el futuro y también para nuestra OSPA a la que la necesidad de un concertino es como nombrar la soga en casa del ahorcado, pero la vuelta del Cuarteto Quiroga poniéndose al frente de sus cuerdas hicieron olvidar carencias y nos dejaron la muestra de cómo la endeblez se suple trenzando las cuerdas para dar confianza, enseñar a escucharse, trabajar en conjunto y hacer que la sección casi siempre bien valorada de nuestra formación, consiguiese sonar como el título de este séptimo de abono, un cuarteto ampliado.

Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio trajeron su magisterio del cuarteto en un repertorio camerístico que dominan como pocos y ha subyugado a otros compositores para ampliarlo al límite. Así lo entendieron «los Quiroga» optando por BarberShostakovich y Schubert, pues como bien escribe el doctor Daniel Moro Vallina en las notas al programa (enlazadas arribas) sobre el cuarteto: «(…) escritura para cuatro instrumentos solistas (dos violines, viola y violonchelo); interacción entre las voces, pero manteniendo su independencia; organización en cuatro movimientos basados en moldes como la forma sonata, el minueto o el rondó; y un carácter refinado, intelectual y a veces intrincado que se asemejaba a «cuatro personas juiciosas conversando», como lo describió Goethe en una ocasión». Los cuatro se sentaron en este telar sinfónico para brindarnos verdaderos tapices, con toda la gana del blanco al negro del estadounidense, las geometrías del ruso más todo el colorido del austriaco, usando lana o hilo de seda dependiendo del motivo a tejer. El asturiano de nuevo como concertino (y de ayudante María Ovín) puso la precisión en los primeros, el gallego la pasión en los segundos, el valenciano la sobriedad de las violas, y la madrileña la contundencia del cello ampliada con los contrabajos en este programa que «(…) refleja la evolución del cuarteto en el siglo XX (…) retoman(do) el género».

El Adagio para cuerdas op. 11 (1936) de Samuel Barber (1910-1981) siempre pone un nudo en la garganta, puede que al recordarlo en la terrible escena de la película «Platoon» (1986) sobre la guerra de Vietnam y dirigida por Oliver Stone ilustrando la muerte del sargento pero también convertido en Agnus Dei. La tristeza grandiosa por la gama de grises tejidos con blanco y negro por el CuartetOSPA la pudimos apreciar desde el pianísimo inicial, toda una gama dinámica de esta orquesta hoy más compacta y homogénea que nunca, con silencios sobrecogedores, el duelo sobrevenido de tantos recuerdos y la visión casi danzante de los arcos, que solo al bajarse arrancaron la primera gran ovación de la noche en esta partitura aún más grandiosa que la primigenia.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) será una de las figuras en retomar esta forma camerística, incluso comparte con Barber dolor, «A la memoria de las víctimas del fascismo y la guerra» que sigue tristemente de actualidad en la portada de su Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, op. 110 (1960) orquestado por Rudolf Barshái (1998), pasando a conocerse como Sinfonía de cámara op 11a. Cinco movimientos sin pausa que combinan el humor y las variaciones con el criptograma de sus iniciales D-S-C-H, el arranque de un cello violinístico como primer hilo de color antes de mover fuerte y rápido el bastidor del telar incorporando más bobinas y tejiendo un tapiz que alterna pedales lineales, triángulos de vals tan socarrones como el compositor ruso, y el círculo mágico de amplia gama cromática. Impresionante ver trabajar todas las cuerdas sustentadas en la dirección del Quiroga, arpilleras austeras en una pasada, hilos sedosos en otra para una alfombra sutil que funcionó rítmica y bella, apreciando tanto los detalles en la confección (comprobando las entradas todos a una) como el resultado final de esta gran sinfonía camerística, verdadera práctica musical de conjunto y escuela para diletantes noveles o veteranos.

Gustav Mahler (1860-1911) siempre admiró a Franz Schubert (1797-1828) desde sus tiempos de estudiante y el deseo de interpretarlo. Gran conocedor de la música de cámara, el Cuarteto nº 14 en re menor, D. 810, “La muerte y la doncella” (1824) lo llevó a Hamburgo con orquesta en 1894 aunque criticado por «privarle de su encanto e intimidad original». Evidentemente no era aún el «tiempo de Mahler», que transcribiría este cuarteto de Schubert que «El Quiroga» tiene dominado hace tiempo, por lo que con la OSPA en este séptimo, recrearían cual encaje de bolillos todas las filigranas de los cuatro movimientos en una lección de coordinación total, vistiendo la muerte con tensión sincronizada en el inicio para dejarnos la doncella feliz con verdadero hilo de oro en el final. Sonido limpio, claridad expositiva, riqueza dinámica, silencios sobrecogedores e incluso el vértigo del presto rematando un concierto donde todo concuerda cuando la cuerda funciona y las manos maestras ayudan, comparten y convencen. Merecidos aplausOS PAra todos, esperando no se pierda el hilo de colaboración con mi siempre admirado Cuarteto Quiroga en proyectos tan esperados como este de éxito rotundo.

¡¡Feliz cumpleaños Aitor Hevia en tu tierra!!

El Verne metálico

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Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: CIMCO – SACO, Les aventures de Monsieur Jules, Spanish Brass, Albert Guinovart (piano). Videocreación: Cristina Busto. Obras de Andrés y Francisco José Valero Castells, y Guinovart. Entrada: 12 €.

La capital asturiana sigue ofreciendo música casi a diario y este jueves unían fuerzas el Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) y la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) con un original programa donde la banda sonora la podíamos poner nosotros aunque en la obra del compositor e intérprete catalán tuvo un complemento algo pobre y «traído por los pelos» del taller de Cristina Busto (Avilés, 1976) a base de sombras animadas junto a proyecciones más sugerentes que descriptivas, pues nada mejor que la música para evocarnos imágenes y más cuando el propio Guinovart presentaría  a pares sus seis inspiraciones en Julio Verne.

El concierto, presentado por el trombonista Inda Bonet Manrique, lo abría una obra de los hermanos Valero Castells titulada Sexteto en tres movimientos (Allegro con spiritoAdagio mestoAllegro deciso) de 1997, obra muy bandística viniendo de músicos valenianos, para quinteto de viento con piano, sonoridades bien logradas en los metales y un piano que complementaba el protagonismo del viento aunque también tuvo sus partes protagonistas que en las manos de Albert Guinovart siempre resultan concertísticas. Ser natural de Silla es sinónimo de músico, la Valencia envidia de todas las bandas que piden ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así que el mayor de los hermanos Valero, Paco (1970) se decantaría por el oboe, mientras Andrés (1973) se especializaría nada menos que en otros cuatro, además de continuar unidos para siempre a la música en todas sus facetas, sin olvidar la docencia o la composición por parte de ambos, como este sexteto escrito «a cuatro manos».

Obra exigente para todos, arrancando con un piano muy rítmico sobre el que se va «armando» una polifonía del quinteto de metales que recuerda a bandas sonoras actuales de Lalo Schifrin a Michael Nyman, solos alternados e imágenes «ad libitum»; el movimiento central de carácter épico y cual órgano ecuménico, parte central de piano con halo romántico siempre muy tonal y evocador; se cierra este sexteto con un movimiento muy rítmico lleno de guiños en los metales plagados de semicorcheas y el piano empujando, con una cadenza central reposada, de nuevo para disfrutar la sonoridad individual de los metales sumándose el piano que completa los armónicos de esta última «escena» casi de concierto sinfónico, un piano percusivo y metales fugados en esta obra de nuestro tiempo donde la herencia valenciana, también del Spanish Brass con más de 33 años a sus espaldas, se nota de principio a final. Bien todo el sexteto, aplaudido en cada movimiento, y excelente acústica la de la sala de cámara para esta partitura.

La obra del pianista, docente y compositor Albert Guinovart Mingacho (Barcelona, 1962) «Les aventures de Monsieur Jules» (estrenada en Alzira, 2011) aunque fue un éxito, cayó un poco en el olvido pero tras grabarla en CD ha vuelto a interpretarse y recobrar la vigencia de una obra actual. Como explican las notas al programa: «… seis movimientos para quinteto de metales y piano. Cada uno de los movimientos está inspirado en una de las diferentes novelas del genial escritor francés Jules Verne. Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. En esta colaboración con SACO, será la artista Cristina Busto la que creará animaciones y video-creaciones para cada movimiento con diferentes técnicas visuales».

Si su faceta «clásica» la descubrí con el CD grabado para Sony© con sus conciertos para piano, sus musicales nos dejan obras de nuestro tiempo, al igual que sus bandas sonoras para el cine y la televisión, por lo que esta suite de seis números para quinteto de metales con piano está inspirada en otras seis novelas del prolífico Julio Verne pero elegidas sin buscar un programa descriptivo sino más bien dejar fluir la imaginación compositiva así como la del público. Buen oficio del catalán quien nos contaría a pares antes de interpretarlas, dejando a la vez un poco de descanso a los labios de estos excelentes intérpretes del Spanish Brass (premio nacional de música 2020): Carlos Benetó Grau (trompeta, flugel), Juanjo Serna Salvador (trompeta, flugel), Manuel Pérez Ortega (trompa), Inda Bonet Manrique (trombón) y Sergio Finca Quirós (tuba), destinatarios de esta obra junto al propio compositor al piano y grabada junto a la primera de hoy más el quinteto de Salvador Brotons, y que además tiene un arreglo sinfónico que estaría bien se programase en Asturias pues la obra es agradecida de escuchar donde se nota de nuevo la formación clásica de Guinovart.

La nota de prensa nos indicaba: «Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. “La música que he creado es más sugerente que descriptiva en el sentido de poder seguir el argumento de la historia. Son imágenes desatadas y ambientes sugeridos por el recuerdo de estas historias en un adulto que se mete en la piel de un niño cuando descubre aquellas aventuras que le hacen soñar. El resultado creo que es una música muy atractiva a la primera audición para el público porque reconoce lugares comunes, y porque a través del acompañamiento de la imaginación puede disfrutar de momentos expresivos, virtuosísticos, intimistas, cómicos, paródicos o soñadores, a través de los sonidos creados en el escenario por los seis músicos».

Por lo tanto seis narraciones musicales interpretadas de dos en dos, que muchos hemos visto en el cine: Veinte mil leguas de viaje submarino, evocador número casi impresionista por las sonoridades bien combinadas de los metales junto al piano, señas de identidad con «tintes rusos»; Michel Strogoff el correo del zar, combinación de aventura, frialdad y épica, cita a la danza y el canto ruso alternando inspiraciones de dinámicas amplias, ritmo y lirismo casi procesional en los metales, con un virtuosismo pianístico digno de las películas mudas con música en vivo.

Norte contra Sur ambientada en la guerra de secesión con un espiritual al trombón que es capaz de ponerle el color del dolor en los esclavos enfrentado al vals «europeo» de los terratenientes casi un Shostakovich para Kubrick con un piano perlado; Viaje al centro de la Tierra intrincado, sorpresivo, metales creando climas misteriosos con la inocencia del piano juvenil que arranca un itinerario ageográfico lleno de vida.

Lo romántico no puede faltar en Guinovart, y la menos conocida El rayo verde cuenta la historia de verlo en pareja que asegura amor eterno, el piano protagonista revestido de sordinas metálicas, hermosa melodía y bellísima interpretación del propio compositor; Finalizaría esta suite con La vuelta al mundo en ochenta días, unas variaciones a partir de la famosa melodía de «Pompa y circunstancia» (Elgar) a cargo de la trompa, como eje vertebrador de la nacionalidad de Phileas Fogg en un itinerario musical donde escuchar los toques de pasodoble torero, la China pentatónica, el arrabalero tango porteño, la bossa brasileña y el swing estadounidense sin necesidad de itinerario concreto y donde al menos hubo acierto por parte de la asturiana Cristina Busto, que nos completó nuestra propia imaginación con las excelentes intervenciones de los cinco metales españoles junto al propio compositor y pianista.

Y el regalo nada mejor que del propio Guinovart, uno de los Quatre Preludis de LLum para trompeta y piano (2013), en versión para quinteto de metales con piano, Luz de mediodía, manteniendo la unidad musical de este concierto camerístico con unos intérpretes de altura y trayectoria internacional que sonaron «de cine».

Lars Vogt siempre joven en nuestro recuerdo

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Lunes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: David Fray (piano), Orchestre de Chambre de Paris, Nil Venditti (directora). Obras de Mendelssohn, Mozart y Bizet.

Nuevo concierto de las jornadas ovetenses que se dedicaba a la memoria del pianista y director de esta Orquesta de Cámara de París Lars Vogt, fallecido el 5 de septiembre de 2022 tras una larga enfermedad, y a quien aún recuerdo de su anterior concierto con la Real Philarmonia de Galicia. Programa con «obras de cabecera» contando para esta gira española, que ponía el punto final en «La Viena Española», con el francés David Fray (Tarbes, 1981) al piano y la dirección de la turco ítalo-turca Nil Venditti (Perugia, 1994) que tan buen sabor de boca dejase al frente de la OSPA el pasado mes de noviembre. ¡Qué rápido pasa todo! al menos la música siempre permanece…

Tres páginas de repertorio organizadas como siempre: obertura (Mendelssohn), concierto de piano (Mozart) y sinfonía (esta vez del francés Bizet, verdadera «rareza juvenil» que también disfrutamos en este Auditorio de Oviedo por la OSPA en el aparentemente lejano octubre de 2020 de recuerdos pandémicos), este lunes con la Orquesta de Cámara de París que hace cuatro años nos trajo a Emmanuel Pahud en esos conciertos históricos, partituras que comparten mucho «romanticismo» por la juventud (incluida la directora), vitalidad y precocidad en la composición de las tres obras (Mendelssohn escribió con 21 años la obertura, el concierto de Mozart con la misma edad, y la primera sinfonía de Bizet con sólo 17).

La Obertura «Las Hébridas», op. 26 (1830-32) de Felix Mendelssohn (1809-1847), también conocida como «La gruta del Fingal» está llena del halo romántico entendiédolo como viaje, literario, musical y real como es el caso del compositor alemán tras la visita a la Escocia que tanto recuerda mi Asturias de «ñublu y orpín» cada vez que la escucho, y que la Orquesta de Cámara de París con Venditti traía bien rodada en esta gira española, y la percibí con más luz de la esperada pues la pasión de la directora la llevó a dotar esta música programática con más espuma en las olas rompiendo que los claroscuros propios, brillo orquestal para una formación camerística bien equilibrada en todas sus secciones como bien trabajó con ella el hoy recordado Lars Vogt.

David Fray sería el solista del Concierto para piano n° 9, K271, «Jeunehomme» (I. Allegro – II. Andantino – III. Rondo: Presto) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), que el propio compositor llevó por Manheim y París, y que no siempre encontró el mismo latido desde el podio, cual cierto duelo de egos donde ninguno se impondría, adoleciendo de una concertación más precisa en los finales de las frases, adelantándose unas décimas el piano, pero que nos dejó una versión subyugante por parte del pianista francés, sin el reposo necesario y con mucha introspección.

No hubo la limpieza deseada en los cromatismos ni un pedal más preciso, tampoco excesiva fuerza -sobremanera en la mano izquierda- en este concierto que reúne lo mejor del lenguaje operístico (que el propio Fray reconoce en la entrevista para LNE que dejo a continuación), pero al menos sus pianissimi fueron excelentes y las cadencias lograron acallar toses por lo delicadas e intimistas, especialmente la del segundo movimiento, «cantando» como se espera del genio de Salzburgo. La sincronía resultó mejor en el último Rondo: Presto exigente de «tempi» para todos, con el paréntesis del cambio de aire retomando el deseado latir único que faltó en los anteriores.

Y para demostrar la calidad y calidez pianística, Fray nos regaló el Impromptu nº 3 en sol bemol mayor, D.899 de Schubert (1797-1828) que tiene grabado, otra obra juvenil, de interpretación esta vez bien reposada, buscando la exquisitez del sonido sin más ego que el propio del piano, ya liberado de compartir la misma dirección.

No debemos olvidarnos al Georges Bizet (1838-1875) orquestal, y pese a tratarse de una obra académica compuesta en Roma en 1855, esta Sinfonía nº 1 en do mayor (I. Allegro vivo – II. Adagio – III. Allegro Vivace – IV. Finale. Allegro vivace) sonó perfecta con Venditti y «la parisina«, totalmente entregados al impulso y pasión de la perusina con la plantilla perfecta para disfrutar de esta partitura que demuestra la inspiración clásica en Beethoven o Schubert escrita desde el estudio concienzudo y con pinceladas del lenguaje operístico con el que triunfaría en su vuelta a París, mucho más que con sus obras orquestales. Formación bien balanceada, disciplinada, de sonoridad clara y buenos primeros atriles (con maderas y metales a un excelente nivel) dejándonos una vital y juvenil primera sinfonía que la directora presentó en inglés e italiano antes de comenzar.

Y de nuevo el gracejo, simpatía, energía desbordante y pasión que ya exhibiese en su primera visita ovetense, Nil Venditti pidió al público votar Mozart o Rossini, división de opiniones y difícil «decidirse», pero tras el aire operístico de la sinfonía bizetiana, qué mejor propina que la obertura de La scala di seta del cisne de Pésaro, vertiginosamente llevada y contrastada en el tempo para jugar cada silencio con un auditorio totalmente ganado a base de humor, entrega y una orquesta (donde brillaron oboe y flauta) doblegada a la directora turco-italiana que volvió a contagiarnos su alegría desde la personal forma de entender estas músicas.

P.D.: Como curiosidad, llegando al auditorio con tiempo suficiente, me encontré una joven con deportivas y plumífero charlando con su teléfono por videoconferencia en inglés cual alumna de Erasmus esperando entrar al concierto… Mi sorpresa al ver que se trataba de la directora, a quien en broma le pregunté tras esperar a que finalizase su conexión si estaba todo preparado (Are you ready?). Risas y buen recuerdo de su paso anterior dirigiendo la OSPA, con cariño y gratitud.

Don Gregorio siempre sorprendente

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Martes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Purcell y W. A. Mozart.

El hispano-ruso Grigory Lipmanovich Sokolov (Leningrado -actual San Petersburgo- 1950) no necesita más presentación que su propio nombre, para mí hace años le llamo «San Sokolov» y desde su reciente nacionalidad española tendremos que decirle Don Gregorio. Sus conciertos son habitualmente sorpresivos, anunciando los programas con poco tiempo pero donde nunca defrauda, y en sus giras lo repite como si el tiempo invertido en prepararlo hubiese de recuperarlo con creces, amén de las seis propinas que conforman la «tercera parte». En este caso las obras elegidas las interpretará desde este martes de carnaval hasta agosto, y la capital asturiana, «La Viena Española» es el punto de partida geográfico en la «piel de toro» antes de proseguir viaje por Bilbao, Valencia, Madrid y Barcelona, en un auténtico tour de force  europeo con una agenda, a día de hoy, que pocos intérpretes podrían afrontar. Pero Don Gregorio es único hasta para sus conciertos.

Oviedo suele visitarlo cada dos años y es una de sus paradas obligadas, donde además confiesa sentirse muy a gusto, por lo que conocemos sus gustos y preferencias, el trato al piano Steinway© (que siempre se reajusta al descanso), temperatura adecuada, iluminación tenue, casi íntima, sus tics casi obsesivos como la «prisa» en sentarse y comenzar sin premura, un perfeccionismo que le ha llevado a ser un auténtico «coloso del piano» (y al que tengo desde 2011 fichado como «San Sokolov» en el blog antiguo), todo un ritual que en 2019 titulé «Liturgia Sokolov», autodisciplina interiorizada, programación mental para un autocontrol total por el que no pasan los años ¡y va camino de los 73 años!,  una longevidad y trabajo de toda una vida (aunque sólo empezó a reconocérsele en los años 80) que le permite interpretar aquello que le gusta, pues técnica y sonido siguen siendo insuperables hoy en día.

Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa tituladas «Misterios del teclado», «Insólita y atractiva sesión la que nos ofrece (…) Sokolov  pianista original donde los haya (…) de vez en cuando, incorpora a su magín composiciones nuevas o pertenecientes a estratos musicales a los que no solemos asociarlo. Pero la música es un territorio sin fronteras«. Y para la Fundación Scherzo sobre este programa que se escuchará en Madrid ya avisa que es «un repertorio poco usual, lo que convierte esta velada en algo único, ya que pocas veces se ha visto a un pianista de su calado dedicarle la mitad de un concierto a obras para tecla de Henry Purcell«.

Sokolov y su Mozart son obras casi de culto desde siempre, y así lo volvió a demostrar en la segunda parte con la Sonata n.º 13 en si bemol mayor, KV 333 (315c), op. 7 nº 2 (Allegro – Andante cantabile – Allegretto grazioso), sustantiva y sin adjetivos porque es música, piano, elegancia, técnica, sonido, fraseo, pedalización, magia… El último movimiento resaltó la socarronería del genio de Salzburgo desde la introspección del otro genio hispano-ruso. Y del Adagio en si menor, KV 540 una perfecta «delicatessen» en las manos del virtuoso, no sé si llamarlo «canela en rama» porque no tengo más palabras, aunque de nuevo la mala educación de toses, incluso estornudos -comprobando cómo crece la falta de respeto hacia el intérprete y también a quienes no queremos perder ni una nota-  que no fueron capaces de impedirme disfrutar este adagio inconmensurable, «ruso a más no poder» antes de la llamada «tercera parte» tras el trabajo del afinador al descanso (que viaja con el piano).

Pero como ya sucediese con Bach, incluso Rameau, elegir al inglés Henry Purcell (1659-1695) era el «reclamo» para escuchar a Don Gregorio, si es que en verdad necesitase sorprender de nuevo, llenando el auditorio de un público heterogéneo donde no faltaron estudiantes para asistir a una clase magistral. Y Sokolov no falló porque su búsqueda del sonido, de la musicalidad más allá del virginal o clavecín originales, su interiorización, siempre nos descubre que no tiene fronteras ni límites y hasta cierta introspección que algunos han llamado «espiritualidad», porque no hay virtuosismo exagerado sino la profundidad que a los melómanos nos lleva a comprobar aspectos nuevos que estaban ahí escritos y no percibíamos. Mientras al público en general le permite seguir disfrutando del arte pianístico de nuestro ya compatriota.

Obras:

Ground in Gamut en sol mayor, Z 645.

Suite nº 2 en sol menor, Z 661: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

A New Irish Tune [Lilliburlero] en sol mayor, Z 646.

A New Scoth Tune en sol mayor, Z 655.

(Trumpet Tune, called the Cibell) en do mayor, ZT 678.

Suite nº 4 en la menor, Z 663: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

Round O en re menor, ZT 684.

Suite nº 7 en re menor, Z 668: Almand, muy lento “Bell-bar” – Corant – Hornpipe.

Chacona en sol menor, ZT 680.

Tres suites como reflejo arriba en obras, pero intercaladas con otras más cortas perfectamente ubicadas en el desarrollo de la primera parte, jugando con las tonalidades y sus relativos, el barroquismo de la ornamentación que nunca cansa, con trinos en todas las dinámicas, las apoyaturas, las melodías siempre a flote, el pedal en su sitio buscando sonoridades nuevas, los aires serenos, tallando cada sonido pétreo cual trampantojo perlado. Imposible reflejar y comentar una a una, pues Sokolov las enlaza sin pausa pero sin prisa, encantadoras las dos zarabandas de las suites pares, el contraste de las «New Tunes» irlandesa y escocesa en la misma tonalidad, intensidades extremas sin llegar al paroximos, el toque de trompeta llamado «The Cibell» tan sonoro como la última Hornpipe o la Chacona brillante, luminosa tras el juego de exploración en cada nota del piano, como pinturas inglesas de herencia flamenca limpiadas para descubrir veladuras, espejos y todo el efectismo que el tiempo parecía ocultar. Henry Purcell como músico, Christopher Wren (1632-1723) arquitecto, completos en todo lo que hacían, iniciadores de un barroco en Gran Bretaña excelente con obras menores que ayudan siempre a comprender mejor las grandes, construcciones eternas y legado universal.

Hasta la Round O sonó orquestal al venirme a la memoria el uso que Britten hace de esta música en su «Guía de Orquesta para Jóvenes«, parte del público asombrado con este Grigory cada vez menos joven y  más bonachón con su imperturbable presencia. Lo sabemos: dos salidas tras las atronadores ovaciones y «carrerina» acortando el paso hasta el piano para comenzar el esperado «fin de fiesta».

Por cierto, los neófitos deberían conocer que suelen ser seis propinas, por lo que sigo sorprendiéndome pese a lo repetitivo, que aún haya groseros, groseras, groseres… levantándose como autómatas al dar las 22:00 horas, perdiéndose los regalos de Don Gregorio. Pero no hay forma… goteo tras cada nuevo «encore» y tan solo al encenderse por completo las luces de la sala, ya pasadas las 22:15, algunos comprendieron que sí había finalizado este «concierto de carnaval» con un bochornoso público maleducado que sigue siendo preocupante ¡y los móviles jodiéndolo todo!.

La tan esperada tercera parte tampoco defraudó tras Purcell y Mozart, después de casi hora y media: las propinas, ahora llamadas encores, con extras habituales: su Rusia en la estación del corazón, la delicadeza en una, la impaciente rotundidad polaca escondida y casi necesaria en otra… pero no pienso hacer spoiler, seguro que las repetirá en esta gira (hay que en buscarlas en mis links), finalizando siempre con nuestro «Mein Gott» atemporal.

Mi memoria y los blogs siguen reflejando la admiración y sorpresa que Don Gregorio Sokolov me causa en cada concierto (discos y vídeos nunca son igual): una verdadera fiesta del piano incluso para los «primerizos», maleducados e irrespetuosos que se lo perdieron. Larga vida a San Sokolov

No hay quinto malo

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Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA: Shostakovich y la revolución. Daniel Müller-Schott (violonchelo), Ari Rasilainen (director); Benjamin Ziervogel (concertino invitado). Obras de Haydn y Shostakovich.

Hay una expresión, parece ser taurina, que dice «no hay quinto malo» y que utilizándolo musicalmente sobre las sinfonías suelo adaptarlo como «no hay quinta mala». Esta vez el quinto de abono de la OSPA (el día anterior en Gijón) ha sido  nuevamente para recordar: regresos de figuras conocidas, comenzando por Daniel Müller-Schott al que tengo en 2011 como primera reseña en mi blog antiguo, volviendo casi cada año con distintas formaciones, incluyendo la propia OSPA, y que nos traía de entre sus habituales conciertos el de Haydn (otra vez en menos de un mes), el director finlandés Ari Rasilainen (Helsinki, 18 febrero de 1959) al que siempre recuerdo desde su primera visita en 2003 con Carmen Yepes al piano, y ya con reseña en el blog en 2009 también «en otro quinto» además de ser «de mi quinta«, sumándose el austriaco Benjamin Ziervogel de nuevo concertino invitado, a la espera de cubrir esa plaza tan necesaria para una orquesta.

Contar con músicos conocidos ayuda a afrontar en las mejores condiciones un concierto que siguen organizándose como en el siglo XIX en cuanto al programa: un estreno -que no hubo esta vez-, participación del solista invitado y para cerrar una obra sinfónica, supongo que por cuestiones organizativas sobre el escenario, aprovechando el descanso para reubicar la gran plantilla que exige «la undécima» del siempre esperado Shostakovich, más con un director que domina estos repertorios.

El chelo de Daniel Müller-Schott (Munich, 2 de noviembre de 1976), un “Ex Shapiro” Matteo Goffriller, fabricado en Venecia en 1727, es una delicia de sonoridad y color, proyección, limpieza y musicalidad, por lo que el primer Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor, Hob.VIIb,1 de F.  J. Haydn (1732-1809) resultó ideal, especialmente en las «cadenzas» de cada movimiento (Moderato – Adagio – Allegro molto), curiosamente sin escribir por Haydn y dejando al solista libertad para ellas, mientras una OSPA casi camerística en esta primera parte, al mando de Rasilainen mantuvo una interpretación «pulcra y aseada», bien concertada y con los tempi adecuados al lucimiento del solista alemán ciñéndose a las indicaciones de la partitura, algo menos rápidos que en otras versiones del alemán. Se nota que tiene este concierto más que «rodado», por lo tanto técnicamente es impecable y sigue emocionando aunque le faltase ese plus de musicalidad que se espera en un virtuoso de su altura, si bien la «contención» se agradeció para poder disfrutar cada intervención suya, y hasta redescubrir esa herencia barroca vivaldiana de «papá Haydn«. Puede que cualquiera de los demás conciertos que el muniqués tiene en su amplio repertorio (Elgar, Walton, Dvorak, Schumann, Saint-Saëns, Lalo…) hubiese resultado más lucido incluso para nuestra OSPA, pero supongo que deben «tenerse en dedos» todos pues nunca hay dos días iguales y cada concierto siempre es único e irrepetible en los directos, tanto para los intérpretes como para el público.

No defraudó Müller-Schott en sus dos propinas donde sí disfrutamos de lo esperado, primero Prayer de Ernest Bloch (1885-1959) de Jewish Life, en versión solo, auténtica plegaria que en este quinto parecía una «oración» para acabar definitivamente con la pandemia de toses que no faltó de inicio a fin en este viernes, pese a no haber mucho público (sigue siendo preocupante), y que incluso hubo quien llegó solo a los llamados «encores».

Una deliciosa interpretación con el cello llenando cada rincón de la sala principal del auditorio ovetense, para después regalarnos nuestro imperdible Bach con la Giga de la Suite nº 3 para su instrumento, aires de gaita que tan de cerca nos «tocan» y llegan a emocionarnos siempre en manos de grandes cellistas como Müller-Schott, de nuevo reposado en el aire pero dominando cada cuerda con un arco que sigue asombrando incluso plásticamente.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) no puede faltar en las programaciones sinfónicas de cada temporada, siempre actual, potente en las orquestaciones, exigente para las grandes formaciones donde todas las secciones y primeros atriles tienen que darlo todo. La Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103 (subtitulada El año 1905) fue nuevamente impactante en las manos de un Rasilainen maduro, claro, preciso, exprimiendo partitura y músicos en cada compás, cada motivo, cada matiz en sus cuatro movimientos sin solución de continuidad, sin pausas, luchando contra el «enemigo pandémico», y manteniendo la máxima concentración.

Una verdadera montaña rusa de dinámicas, tiempos, emociones, más allá del relato revolucionario y de requiem que igual nos lleva a la Primavera de Praga que al angustioso y oscuro invierno de San Petersburgo, incluso la actual invasión rusa de Ucrania con tanto dolor acumulado. Cual banda sonora pudimos ir sufriendo cada capítulo (La Plaza del Palacio de Invierno – El 9 de Enero – Memoria eterna – Campana con toque a rebato) bien explicado en las notas al programa de Julia Mª Martínez-Lombó Test, para saborear una orquesta en perfecta sintonía con el podio, melodías populares que se transforman en relato interior. Imposible destacar solistas o secciones pues todo funcionó sin reparos: la cuerda al completo, equilibrada en plantilla y homogénea -sugiriendo se ponga tarima que haga de caja acústica para reforzar una mayor presencia de los contrabajos-, con las violas hoy todas  ellas protagonistas; el viento madera al completo, sin fisuras, con corno inglés o clarinete bajo impecables junto a un flautín «estratosférico»; metales apenas reforzados, afinados y empastados con buen protagonismo de la trompeta; celesta y arpa (solo una) completando una velada rotunda plena de matices extremos marcados al detalle por Ari Rasilainen; y tratándose de Shostakovich con la percusión inspirada, desde las melodías de timbal a todo el arsenal de esta «revolución sinfónica» que nunca defrauda: magistrales toques de caja, platillos y gong, el bombo redoblando, las campanas que parecen cerrar este relato musical… Una hora de tensiones, emoción y contención, volúmenes extremos muy cuidados y otra versión del maestro finlandés para el recuerdo, muy aplaudido por todos e intentando salir por la puerta equivocada (tomándoselo con buen sentido del humor tras una intensa undécima). Ya lo decía al principio, «no hay quinto malo».

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