Inicio

Todo y poco Beethoven

5 comentarios

Viernes 20 de diciembre, 20:30 horas. Málaga, Teatro Cervantes, Programa 06 Navidad: “Todo Beethoven”: Juan Barahona (piano), Beatriz Díaz (soprano), Anna Bonitatibus (mezzosoprano), Johannes Chum (Tenor), Werner Van Mechelen (Bajo), Coro de Ópera de Málaga (director: Salvador Vázquez), Orquesta Filarmónica de Málaga, Virginia Martínez (directora).

Comenzar las vacaciones malagueñas con un «Todo Beethoven» donde había tantos conocidos y no solo de la «tierrina» es todo un regalo anticipado, más con un programa doble comenzando con el probablemente menos escuchado de los cinco conciertos del genio de Bonn, el Concierto para piano y orquesta Nº 2 en Si bemol mayor, Op.19 con mi querido pianista Juan Barahona al que sigo casi desde sus inicios, con la orquesta local esta vez dirigida por la murciana Virginia Martínez, a quien vi dirigir a la OSPA en Oviedo varias veces, y este programa doble (jueves y viernes) al frente de esta formación malagueña que ha ganado enteros en los últimos años bajo la titularidad de Manuel Hernández-Silva.
De todas formas la interpretación de Juan Barahona estuvo muy por encima de la orquesta, casi luchando «contra ella», aunque siempre encajase cada final de las cadencias a la perfección, pero no lo arropado que cabría esperar. El Allegro con brio lo marcó desde el piano con unos músicos «a remolque» mientras Barahona desgranaba con limpieza y buena pulsación estos aires aún clásicos. Lograda la sonoridad del Adagio
Rondo
con momentos de emotividad a cargo del solista y arriesgado el Molto Allegro donde nuevamente quien mandó en el tempo fue el pianista «asturiano» con una concertación atenta que no tuvo la respuesta deseada por parte de los músicos malagueños.
El mal sabor de boca nos lo quitó con la propina de las «Flores solitarias» (Escenas del bosque) de Schumann, intimísimo y delicadeza suprema capaz de acallar unas toses que no descansaron en todo el concierto.

La segunda parte nada menos que con la gran joya sinfónica de Beethoven, la Sinfonía Nº 9 en Re menor, Op. 125 “Coral”incorporando en el último movimiento cuatro solistas y coro cantando la «Oda a la alegría» de Schiller, convertida en Himno EuropeoJosé Antonio Cantón dice de ella en las notas así programa que «… redime la música por su virtud más íntima, y la llena hacia el arte universal del futuro«. Toda una prueba de fuego para los intérpretes, cuatro movimientos de una inmensidad, intensidad y variedad que marcarán el resto de la historia musical ya que «después de la novena no es posible progreso alguno, puesto que sólo la puede seguir directamente la consumada obra de arte del porvenir«. Cuarteto solista de tres voces ya conocidas por quien suscribe: la asturiana Beatriz Díaz, volviendo al Cervantes, que este año está debutando con éxito Beethoven, la italiana Anna Bonitatibus a quien la Primavera Barroca nos trajo a Oviedo hace siete años con un Rossini único y posteriormente una Agrippina mejorable, y el austriaco Johannes Chum tras su convincente Mime en el Sigfrido del Campoamor hace dos años, uniéndose el bajo belga Werner Van Mechelen.
Con el Coro de Ópera de Málaga que dirige Salvador Vázquez, y todos situados en el escenario, comenzaba titubeante y dubitativo el Allegro ma non troppo, un poco maestoso. No hubo química ni empaque en la formación malagueña, faltó la majestuosidad, cada sección parecía «ir a lo suyo» desde una madera sin cohesión hasta la cuerda sin tensión. Por momentos parecía que se remontaría el vuelo pero fueron espejismos, sin el cemento necesario para asegurar una construcción majestuosa que permaneció inestable. El Scherzo. Molto vivace – Presto volvió a mostrar las carencias de unidad a las que el gesto claro pero algo contenido de la directora murciana tampoco ayudó. Nuevas desconexiones y falta de implicación para un movimiento que pide tensión, contrastes sutiles y no a brochazos, sin delinear los motivos, manchas más que dibujos musicales. Y el bellísimo Adagio molto e cantabile, se fue cayendo, muriendo a medida que avanzaban los compases, sin ese «cantable» que reza el aire del tercer movimiento y una madera poco ligada, huérfana por momentos, deslavazada, nada entregada, un individualismo que solo conduce a lo vacuo y la inexpresividad.

El esperado final arrancó con la orquesta bajo una batuta de Virginia Martínez algo más «templada» pero como dice el refrán, «poco duró la alegría en casa del pobre». Cierta rigidez en la murciana con gesto demasiado frío, izquierda ausente por momentos y escasa por no decir nula respuesta de la orquesta.
Los distintos tiempos que van surgiendo en el último movimiento (Presto – Allegro assai; Allegro molto assai (Alla marcia); Andante maestoso – Adagio ma non troppo, ma divoto – Allegro energico, sempre ben marcato – Allegro ma non tanto – Prestissmo) fueron sucediéndose sin pasión sinfónica, sin energía ni musicalidad solo salvada por el cuarteto solista, desde la primera intervención del bajo-barítono Van Mehelen algo «tocado» por alguna afección pero poniendo toda la carne en el asador, dicción perfecta, fraseo correcto y entrega, al igual que el tenor Chum, de suficiente volumen y buen empaste con su compañero.
La pareja femenina se decantó a favor de la soprano asturiana, sobrada de registro y color homogéneo que por momentos tapó a la mezzo italiana, sin perder nunca la musicalidad de su breve pero exigente intervención, tanto en los dúos como en el conjunto donde el brillo, frescura y tesitura de Beatriz Díaz sobrevoló cual flautín sobre una masa sonora que no pudo con ella.
Todo con una orquesta que nunca bajó las dinámicas y mantuvo la falta de balance entre sus secciones, con unos timbales demasiado presentes en relación al resto y no siempre «a tempo». Si las partes solistas son cortas pero exigentes, para el coro es una verdadera maratón que se solventó con fuerza excesiva ante el desequilibrio con la orquesta, uniéndose una falta de legado en la línea melódica optando por marcarlo como los instrumentos y dejando un silabeo entrecortado que nos impidió saborear este último movimiento. Hubo momentos rozando el peligro en las sopranos, manteniéndose en la cuerda floja, mientras los graves aguantaron el tipo. Dentro de la mediocridad al menos los cuatro solistas cumplieron por encima del resto.

Tras el discurso político del alcalde Francisco de la Torre, melómano reconocido que volvió a prometer un auditorio para Málaga (espero verlo algún día), todos volvieron a escena para cantar con el público Noche de Paz, cuya partitura se incluía en el programa, aunque solamente se hiciese dos veces la primera estrofa). Casi las once de la noche para un concierto esperado donde mis conocidos no defraudaron ante la falta de química entre la orquesta y el resto.

Viva Händel

3 comentarios

Martes 18 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXV Temporada de Ópera de Oviedo: «Agrippina» (Händel), segunda función. Entrada Butaca principal: 107,40€ (impuestos incluídos).

Cuarto título de la temporada con gran expectación y «división de opiniones» en la primera representación dominical. Sigo pensando y diciendo que hablar más de la escenografía que de la música es otra de las modas, pasajeras aunque recurrentes, como lo fue la de los directores de orquesta o los intérpretes. En el caso de muchos que crecimos con discos de vinilo y nuestras primeras óperas en las butacas «ciegas» de los años 70 y principios de los 80, el oído manda, los cantantes y la orquesta. Si además el decorado (perdón, todo lo habitual: dirección de escena, escenografía, vestuario, iluminación… y la tramoya en general) ayuda, entonces el placer puede ser completo.

Aún recuerdo los primeros vídeos en estéreo y no digamos el LaserDisc (otro que se pasó de moda), lo mejor del momento por ¡poder escuchar y ver!. El DVD ya fue el «sumum» (pues al Blue-ray aún no me he sumado tras varios patinazos tecnológicos y precios todavía altos) y las proyecciones en cine ya han sido el no va más para hacer llegar la ópera a todos, pero también las causantes de este «imperio de la imagen» donde los primeros planos no los soportan todos los cantantes, prefiriendo presencia y dotes de actor por encima del canto. También reconozco que los estudios de grabación y edición de audio / vídeo, vamos lo que se denomina la producción, son auténticos laboratorios capaces de conseguir un producto final que hay que valorar como tal y el directo nunca mejorará, de ahí mi predilección por los registros en vivo (también hacen algunos «apaños») y sobre todo la música en vivo, presenciar y compartir algo único e irrepetible.

Este martes acudía a disfrutar de una ópera barroca, sabiendo qué escucharía pero no el cómo, eso sí, sin prejuicios aunque la «mochila del recuerdo» siga llenándose y pesando cada vez más. Antes de comenzar megafonía avisaba de la indisposición gripal ¡de la protagonista! que por profesionalidad y atención al público actuaría igualmente. Mi gozo en un pozo, la esperada Anna Bonitatitbus que tanto me gustase en el recital Rossini no estaría al cien por cien, fruncí el ceño y pensé «Agripada» ¿exigiré la devolución de parte de la entrada, por otra parte nada barata? ¿Seré gafe?. Menos mal que la sinfonía me hizo centrarme y zambullirme en la representación, con dificultad para poder leer los sobretítulos por mi ubicación pero dejándome llevar y disfrutando.

Cada acto fue a mejor, tres actos con dos descansos suficientes para airearnos todos y hacer que las casi cuatro horas y media del espectáculo pasasen volando. Desmenuzar cada número ya lo hizo Javier Neira con «Un maravilloso mestizaje» en la edición papel de LNE del martes 18, ¡casi dos páginas completas! que ya quisiesen muchos críticos incluso en revistas especializadas, y que las ediciones digitales gratuitas tampoco suelen publicar. «Música celestial y multidireccional con treinta y cinco arias y el consiguiente rosario de recitativos, un terceto, un cuarteto, tres coros de solistas, una sinfonía de obertura, fanfarria, ouverture, preludio y ballet…» (yo éste no lo ví). El folleto lo dejo aquí escaneado, donde figura todo el elenco y responsables, junto a mis impresiones globales sin un orden previo y saliendo directamente del corazón a los dedos del teclado.

El director Benjamin Bayl es igualmente el encargado de la edición de la partitura junto con Gunhild Tønder para la Ópera de Oviedo y la Vlaamse Opera que han coproducido este título, por lo que la responsabilidad musical del director australiano al que ya hemos visto trabajar varias veces en nuestra tierra, es total, y se notó. Desde el clave en los recitativos y con gesto claro llevó a parte de la OSPA en el foso (la otra está ensayando «El Mesías» para el viernes 21 en la Catedral de Oviedo) con manos maestras, contando con un concertino de primera para la ocasión (Jorge Jiménez) y un continuo de lujo «Made in Asturias» que tanta responsabilidad y peso soporta en esta ópera: los hermanos Zapico (Aarón en el clave y Pablo con el archilaúd y la guitarra barroca, más el gijonés Juan Carlos Cadenas al cello, sin olvidarme de las intervenciones de John Falcone al fagot completando un grupo instrumental solvente y seguro que ponen la base instumental perfecta (cierto que hubo alguna pifia pero leve en algunos solistas no habituales), continuo rítmico y vivaz que ayudó mucho a la versión que el maestro Bayl nos ofreció.

Del reparto vocal nadie sobra porque todos tienen protagonismo escénico y vocal, técnicamente difícil siempre cantar barroco por la cantidad de agilidades (adornos) más la necesidad de cada aria «da capo» resulte aún más impactante y diferenciada que la primera vez, algo desigualmente resuelto por cada uno aunque equilibrado en los nueve cantantes, segundo puntal en el que se asienta la ópera.

La soprano rusa Elena Tsallagova una «Poppea» que eclipsó a la «Agrippina» de Bonitatibus. En «el haber» de la italiana no ya su profesionalidad por no cancelar sino la calidad exhibida en toda la representación, detalles técnicos en «el debe» que seguramente pasaron desapercibidos para todos menos para la propia mezzo, cuyo «saldo» sigue siendo muy a su favor y con crédito suficiente, convincente en las arias (¡qué lujo de estar a tope!), clara en los recitativos, dejándonos una «malvada» más que digna y convincente de principio a fin. De la rusa, amén de su atractivo físico, vocalmente dejó en recitativos puntuales algún «exceso» en los agudos, pero muy bien tanto de registro, amplio y uniforme, como de técnica perfecta -el aria rápida del tercer acto fue un examen de sobresaliente-, musicalidad y dramatización. Personalmente la triunfadora de la noche.

Pietro Spagnoli cantó un «Claudio» de menos a más, mejor como actor que cantante con unos agudos que siguen sin gustarme pero que en conjunto resultó convincente, y es lo que cuenta. Bien la mezzo Serena Malfi como «Nerone«, juvenil como su papel y una voz que promete aunque esta vez su personaje fuese masculino, y el «Narciso» del contratenor afincado en Valencia Flavio Ferri-Benedetti, que ya me gustase en abril pasado en el Dido y Eneas con Forma Antiqva. Del «Ottone» de Xavier Sabata puedo decir lo mismo que para «Claudio», de menos a más, pese a saber que lo domina hace tiempo, pero esta vez me resultó algo menos creíble y estático en su personaje y musicalmente con recitativos donde su voz natural «luchaba» con la cantada, difícil de mantener un color de voz homogéneo aunque nos dejó el aria «Vieni o cara» (personalmente no me gusta mucho elegir la voz de contratenor para este rol) del segundo acto realmente hermosa y bien cantada, la única interrumpida por los aplausos del público. Y el más flojo en todo el bajo portugués João Fernandes como «Pallante» con problemas para mantener la pulsación exigida por el maestro Bayl, resultando «P’atrás» en muchas arias, además de un color opaco y afinación indecisa que supongo encontrará con los años al ser joven aún para un rol demasiado exigente. No quiero olvidarme de «Lesbo», aquí chófer cantado por el bajo colombiano Valeriano Lanchas ni la «Giunone» de la valenciana Cristina Faus que completaron ese elenco vocal capaz de darnos una representación equilibrada en conjunto.

De la puesta en escena de Mariame Clément reconocer que es un logro (por ahí van las Agrippinas actuales) y hace realmente entretenida toda la trama traída a los años 70 de los «culebrones» televisivos que esta vez no chocaron en la traslación cronológica (no me imagino un «peplum» que ya no se hace, y todas las fotos que aparecen son las del estreno belga), con pantallas de televisión formando parte del propio argumento, a veces bien encadenadas (ventilador, persianas, secretaria, llamadas de teléfono, llegada de Claudio, habano apagado con la bañera rebosando…) y otras casi publicidad ¿subliminal? (perdí la cuenta de los cigarrillos fumados) con momentos groseros (el huevo frito, la fabada con el compango y luego la boca masticando desagradablemente), así como los litros de alcohol en cada cuadro (que en escena serían te, además del zumo de naranja), recurso que usado en exceso -en Roma también aparecerían con abundante vino y copas de plata- resulta reiterativo pese a que ayude en la dramatización: güisky, margaritas… en ese petrolífero Dallas tejano. El «medio Cadillac» resultó así, a medias aunque luego el chófer fuese realmente creíble, como el baño de espuma de Claudio ante Agripina y el gran espejo, totalmente adecuado, no como el de la alcoba, mínimo al lado del armario de puertas correderas más «adaptado» a Nerón que a Otón en el juego de engaños urdido por Popea.

Excelente trabajo de los aplaudidos tramoyistas que formaron parte del espectáculo total, cambios de «sets» visibles en el montaje cual casa de muñecas, y ambientes algo mejorables que supongo en un teatro mayor resulten más lucidos: alcoba, despacho, salón con chimenea o restaurante… El vestuario también me encantó por el colorido pero algo desigual según los personajes y peso dentro de la obra, más elegante y de calidad (visual al menos) en los personajes femeninos -y es que la lencería siempre ayuda- y ese final de etiqueta en todos para un salón con chimenea algo ridículo para la mansión proyectada en la pantalla.

 

La función cerraría con ese conjunto final a oscuras mientras se proyectaban los títulos e imágenes con lo sucedido por los personajes tras su muerte, igual que en las películas o culebrones televisivos norteamericanos, auténtica serie también con los créditos al completo en pantalla de una producción que me gustó de principio a fin: dirección musical perfecta y clara en un especialista como Bayl, orquesta y continuo perfectos, reparto vocal equilibrado en general bien elegido para cada personaje, perfectamente vestidos en una escenografía que «no chirría» y esta vez sólo sirvió para alimentar el morbo, polémicas que mueven público y ayudan a publicitar una obra que por otra parte, de enfocarse con rigor histórico pienso no hubiese triunfado. Lástima los tibios aplausos del martes, esta vez no hubo pateos ni abucheos aunque marchase gente en los descansos (supongo que quienes la hora de cenar marca su rutina cotidiana) para una ópera que resultó completa, espectáculo total sin paliativos y enhorabuena a los responsables por volver a programar en Oviedo Händel en una semana donde su música es la protagonista.

.

AVISO:
Todas las las fotos, excepto programa e ilustración «Agrippina» de Helena Toraño (Ópera de Oviedo
 ©Vlaamse Opera / Annemie Augustijns

Bonitatibus y pecados de Rossini

5 comentarios

Domingo 2 de diciembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara «Luis G. Iberni»: «Oviedo Barroco». Anna Bonitatibus (mezzo), Marco Marzocchi (piano), Un petit rendez-vous (Un breve encuentro), música de Gioacchino Rossini. Concierto patrocinado por  el Ayuntamiento y la Ópera de Oviedo.

La próxima “Agrippina” del Campoamor abrió boca con un excelente monográfico de «El cisne de Pésaro» compartido con un pianista perfecto para la ocasión, conocedor del repertorio y colaborador de su compatriota con quien ha grabado parte del programa de una velada donde los “pecados de vieyera” resultaron la merienda perfecta para el primer domingo de diciembre, con aforo casi completo y «horario canario». Del título de este ciclo ya lo comenté en el anterior concierto y supongo que barroco es el repertorio habitual de la italiana aunque esta vez el protagonista fuese Xuacu Rossini (29 de febrero de 1792 – 13 de noviembre de 1868), otro autor que domina sin olvidarnos de Mozart.

Tras unas palabras iniciales (desconozco al presentador, pidiendo disculpas de antemano) recordando a Rossini, el programa estaba estructurado en cuatro bloques con inicio de piano solo y dos canciones. Así el pianista romano comenzaba con Pequeño Capricho – Introducción” (al estilo de Offenbach) en DOM, Allegretto grotesco de la «Miscelánea de obras para pianoforte» y con el típico humor rossiniano desde la propia digitación indicada en la partitura que obliga al pianista a utilizar los dedos 2 y 5 de ambas manos (hoy sería de lo más heavy) puntualmente. Interesante repescar el repertorio pianístico del italiano, capaz de meter una orquesta en 88 teclas y no perder nunca el humor. Obra dura para calentar dedos, los diez, antes de las canciones a pares donde todo iría más rodado. La mezzo nacida en Basilicata (antes Lucania) fue recibida con aplausos por una clá que animó esta velada dominical, italiana del sur y con ese gracejo que me recuerda mucho a nuestros andaluces.

Siempre comento que el registro de mezzosoprano es el natural femenino como masculino el de barítono, y «la Bonitatibus» representa a la perfección la naturalidad vocal, «mezzo coloratura» como las figuras de su tesitura, capaz de afrontar repertorios barrocos o este Rossini que domina como nadie, siendo igualmente una actriz consumada que desgrana microrrelatos en cada página, auténtica lección de canto pasando por todos los caracteres humanos, dotada de una técnica prodigiosa ideal para el recital de cámara por el clima que transmite, esperando verla y escucharla con orquesta en el foso.

Or che di fiori adorno (La passeggiata), Anacreóntica para voz y piano en SOL M, Allegro fue la carta de presentación de su estilo genuino y portentoso con buen gusto y musicalidad, seguido de Mi lagnerò tacendo para voz y piano en MIM, Andantino del álbum «Musique Anodine», texto de Metastasio que Rossini colocó en colección, sarcasmo hasta el final porque piano y voz rezuman buen gusto, entendimiento y complicidad.

Intermedio pianístico que de «nadería» sólo tiene el título, Un rien, número 8 para piano en SOLM, Allegretto sostenuto, de «Quelques rien pour album», volumen XII de «Péchés de viellesse«, los ya comentados «pecados de vejez», antes del Ave María sobre dos notas para voz y piano en MIbM, Andantino, texto de Giuseppe Torre, auténtica joya lírica de engañosa facilidad más allá de esas dos notas SOL-LAb porque hay que interpretarlas como lo hizo Bonitatibus: con todos los colores posibles, énfasis y plegaria, dulzura y pasión, con el piano (re)vistiendo cada fraseo, otro bendito pecado de Don Joaquín riéndose de sí mismo y de todos, perfección en la ejecución de ambos artistas, pianista rebosante de música por todas partes y mezzo regocijándose y recreándose dramáticamente en las dos notas, siempre iguales pero siempre distintas ¡grande Rossini!. La Partenza para voz y piano, Andantino sirvió para una breve partida a mitad del recorrido, apenas para un trago de agua antes de volver a la sala.

Preludio ‘soi-disant dramatique para piano, del «Álbum de Châteu» (Vol. VIII de ”los pecados») precediendo a “Francesca da Rimini”: Farò com colui che piange e dice, recitativo para voz y piano en SIbM Andantino mosso con texto de Dante (Divina Commedia, Infierno, canto V, 127-138), que Bonitatibus recreó gestual y vocalmente en perfectra sintonía con Marzocchi, y À ma Belle mère, «Requiem eternam» para contralto y piano, Andante de «Miscelánea de música vocal» (pecados Vol. XI) donde la tesitura más grave no fue impedimento para volver al recogimiento místico hecho palabra y música, recreándose en unos pianissimi suficientes para la acústica de la sala.

La recta final con Une caresse à ma femme para piano en SOLM, Andantino del «Álbum pour les enfants dégourdis» (Vol. XI de la vieyera) caricia delicada en las manos de Marzocchi y el humor que no faltó nunca en el siguiente «pecado»: La leyenda de Marguerite para voz y piano en Mim, Andantino, paráfrasis francesa del aria de Angelina «Una volta c’era un Re» de La Cenerentola, recreación autohumorística hasta en el piano quasi orquesta del autor residiendo sus últimos años en un París que tan bien le dio de comer, hoy escenificada por ambos intérpretes haciendo de la sala de cámara un salón familiar sin mesas, café o pastas, sacando una rosa roja del piano entregada al romano, y el último Mi lagneró tacendo (1852) para voz y piano, en LAbM, Allegretto también de «Música Anodina» sólo en título y carcajadas para pianista con rosa entre los dientes cual enamorado latino y un Metastasio (el aria de Laodice de Siroe, 1726) cantado con la alegría desbordante que trajo todavía la propina cacofónica y escatológica hecha arte en francés de La Chanson du bébé, delicia canora hasta en los estornudos, guinda del pastel de esta merienda dominical que augura una Agrippina histórica en Oviedo.

Estaré el día 18 en el Teatro aunque en Mieres también la retransmiten en la Casa de la Cultura, pero donde esté el directo que se quite la televisión.