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Terapéutica y solidaria música española

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Martes 31 de enero, 20:30 horas. Sala de cámara del Auditorio «Príncipe Felipe», Oviedo. Concierto Solidario a beneficio de la AECC (Asociación Española contra el cáncer) de Asturias, y la Asociación Galbán de familias de niños con cáncer del Principado de AsturiasGabriel Ordás (violín), Yelyzaveta Tomchuk (piano). Obras de Sarasate, Falla, Albéniz, Nin, Granados y Ordás. Entrada donativo: 10 €.

“Algunos días no habrá ninguna canción en tu corazón. Canta de todas formas” (Emory Austin). Así reza el inicio de la Web de la Asociación Galbán como bien recordó su presidente Luis Arranz Arlanzón en compañía de su homónima en la AECC de Asturias Yolanda Calero antes de iniciarse el concierto.

Nada mejor que la música como evasión, terapia y siempre solidaria como este último día de enero donde mi admirado Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) ofrecía un recital de música española para violín y piano junto a la ucraniana afincada hace años entre nosotros Lisa Tomchuk, solidarios y embajadores de nuestro patrimonio con lo mejor de los compositores hispanos, de ayer y hoy, en obras originales o arregladas por grandes virtuosos (Chistyakov, Kreisler o Kochanski), unos músicos que como el propio artista asturiano conocen la voz y hacen «cantar» su instrumento, el violín que frasea obras vocales (Falla), completa las originales de piano (Granados y Falla) o directamente unen intérprete y compositor para un mayor protagonismo del violín (Sarasate y Ordás) pero siempre con el piano sustentando, dialogando y participando de unas partituras conocidas, populares, españolas y muy sentidas.

Comenzar con tres obras del navarro Pablo Sarasate (1844-1908) ya de por sí es más que un aperitivo potente: Romanza andaluza, Playera y el «endemoniado» Capricho Vasco, que tras el zortziko levantó aplausos antes de finalizarla. Y es que Ordás-Tomchuk llevan tiempo trabajando juntos, se entienden a la perfección y este primer bloque resultó una lección para un dúo compenetrado.

Después vendrían el Tango de Isaac Albéniz (1860-1909) no en el arreglo «habitual» de Kreisler sino del virtuoso ruso nacido en Turmenistán pero afincado hace años como docente en Asturias Lev E. Chistyakov (1942), que enriquece el original al repartir protagonismo entre el dúo además de la tímbrica aportada por el propio violín al original para piano. El cubano-español  Joaquín Nin Castellanos (1879-1949) también se acercó a la música popular y su Murciana (una seguidilla de la «Suite Española«) es un ejemplo de cómo inspirarse en nuestro folclore para llevarlo a la llamada música de concierto, como tantos compositores de su generación hicieron y que las siguientes no han abandono desde otros estilos no necesariamente nacionalistas.

Otro virtuoso del violín como el citado Fritz Kreisler (1875-1962) fue uno de tantos enamorados de la música de esa generación entre siglos, y que arreglaría para su instrumento con piano la Danza española nº5 de Enrique Granados (1867-1916), la popular «Andaluza», en este caso y es opinión personal no tan completa, compleja ni rica como la original para piano, aunque bien interpretada y sentida por el dúo Ordás-Tomchuk, y otra más, la danza de «La vida breve» de Manuel de Falla (1876-1946), violín de virtuoso sobrevolando el piano que sirvió de sustento necesario para disfrutar esta música maravillosa de nuestro gaditano universal fallecido en la Córdoba Argentina. Dos joyas conocidas y enriquecidas por este joven dúo que transformó la sala de cámara del auditorio en un gran salón romántico con estas versiones que en el siglo XIX daban a conocer temas orquestales desde la llamada así, música de salón, para hacer crecer las ansias de ir a la obra original en los teatros, cuna de melómanos pero también rodaje para los intérpretes.

Tras el merecido descanso, una segunda parte completa, enlazando con lo anterior: primero las Tres piezas para violín y piano (2022) del propio Gabriel Ordás, reunificación de distintas versiones antes escritas y defendiendo los tiempos de reciclaje, también el creativo: Esperanza (trío de cuerda), Sentimiento (ópera de cámara) y Danza (chelo y piano), la misma calidad en este formato de dúo que da sonoridades buscadas desde los dos instrumentos con los que el compositor ovetense trabaja cada día.

Las Siete canciones populares españolas de Falla son tan bellas que creo se han hecho arreglos para casi todos los instrumentos, siendo este arreglo de Paweⱦ Kochański uno de los más escuchados para dúo de violín y piano, únicas partituras en las que Ordás no tocó de memoria (y en el orden del programa), supongo que todavía en proceso de trabajo junto a Tomchuck, pues pese a la interpretación «vocal» que me hacía respirar las frases de las letras originales con ellos, el piano nunca es tan completo como en las originales. Salvo la Seguidilla Murciana en arreglo del ya citado Chistyakov, otra visión de la de Nin con el magisterio del compositor gaditano, las sentidas Asturiana o Nana fueron muy sentidas e íntimas frente a la vibrante Jota (que se aplaudió al finalizarla por el virtuosismo de los dos intérpretes), y el siempre complicado -para tocar y cantar- Polo, obras de gran repertorio para este dúo que seguirán trabajando en explorar lo mucho que encierran.

Un buen concierto donde disfrutar del artista Gabriel Ordás, esta vez con el violín, efectivo, estudioso, ejemplo a seguir por la juventud, con el respaldo y complicidad con otra artista como Lisa Tomchuk que continúa ampliando su catálogo en el llamado «piano repertorista», madurando y ganando experiencia en el no siempre reconocido papel cuando no es el solista, acompañando voces, preparando partes líricas, con instrumentistas de todo tipo o formando parte de la orquesta, todo un trabajo sacrificado y hasta camaleónico no siempre recompensado como se debe.

El regalo fue solo desde el piano pero con Gabriel Ordás, excelente violinista, buen pianista y prolífico compositor, dejándonos otra obra suya de un catálogo que no para de crecer. Público heterogéneo llegado al «salón carbayón» para ayudar a luchar contra el cáncer y disfrutar de obras conocidas, también por los melómanos, todos entusiasmados con esta música solidaria que se agradece nunca nos falte.

Nasushkin: Ante todo, Música

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Domingo 6 de marzo, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Ensemble Ars Mundi: «Ante todo, Música II. El lenguaje común de lo diverso«. Director artístico: Yuri Nasushkin. Jóvenes solistas y conjuntos de cámara. Música española, inglesa, austríaca, alemana, belga, mexicana, checa, armenia, klezmer… Entrada gratuita.

La llegada de Los Virtuosos de Moscú para instalarse en Asturias a principios de los 90 supuso uno de los hitos de nuestra tierra en el ámbito musical, no ya por la talla de los intérpretes bajo el mando de Vladimir Spivakov sino por plantar la semilla pedagógica de lo que sería la mejor cantera de cuerda española en un país que carecía de un plantel con esta calidad. No ya los integrantes, entre los que estaba Yuri Nasushkin, que se unieron a las orquestas asturianas, también sus familias y luthiers que conformaron un tejido musical del que en esta década del siglo XXI podemos seguir disfrutando con muchos alumnos hoy convertidos en profesionales repartidos por medio mundo (Aitor Quiroga, María Ovín, Mª Teresa López, Ignacio Rodríguez, Sergio Heredia y tantos otros que bien lo indican en sus biografías).

Y es que Yuri Nasushkin se implicó desde el primer día en todos los proyectos posibles, profesor, promotor, fundador de una hoy desaparecida JOSPA, que continuaría en Madrid y no digamos los años al frente de la Escuela Internacional de Música de la FPA, hoy en el aire con la «disculpa del COVID», a la que jóvenes venidos de todas partes del mundo acudían en verano a nuestra tierra a seguir sumando esfuerzos en convertirse en músicos profesionales.

Desde nuestra tierra y desde hace más de diez años, el Ensemble Ars Mundi es otro de los proyectos del maestro Nasushkin que tomando prestadas sus palabras, su «principal objetivo es la difusión de la música de cámara a través del diálogo, la colaboración, la empatía, la amistad o la solidaridad, valores siempre presentes en su filosofía» con una plantilla joven de distintas procedencias y nivel de formación pero siempre unidos por esta pasión que les ayuda a «redondear su formación y calidad musical«. De la parte solidaria dejo el programa escaneado porque es otra seña de identidad.

Este concierto, nada anunciado y «ninguneado» por las instituciones tanto locales como autonómicas, pese a lo que supone para estos intérpretes poder demostrar sus progresos y mostrar su valía musical, nos trajo más de dos horas de historia camerística en formaciones variadas con unos músicos pasando del atril al solo con total naturalidad y muchas ganas de seguir trabajando en esta vida llena de esfuerzos que los consejos de sus profesores y el aplauso del público compensan con creces el sacrificio de muchas horas dedicadas a cada instrumento, ensayos, fines de semana volcados en su sana pasión juvenil y finalmente el directo cual examen del que también sacarán su aprendizaje.

Yuri salía con su ensemble tras el acto público de ayer sábado pidiendo con la música el «No a la guerra en Ucrania», él que nació en Kiev y se formó en Moscú, con tantas amistades que saben lo que es emigrar de tu casa, con familias rotas y la música en la mochila, de ahí sus palabras, «Ante todo, música».

Asturias, la «Leyenda» de la Suite «España» (Albéniz) en un interesante arreglo para cuerda del chelista alemán Werner Thomas-Mifune y el venezolano Henry Crespo dirigiendo, abría el concierto, la obra pianística con la gestualidad de Crespo cambiando de momento su clarinete por la batuta, para sacar toda la sonoridad y cambios de tempo de esta universal partitura, también conocida en su versión guitarrística, que lleva el nombre de nuestra tierra.

Con un ensemble ya más nutrido en cuerda y viento (dos trompas y dos oboes) escucharíamos al siempre terapéutico, fácil de escuchar y complicado de ejecutar Mozart. De su Concierto para violín nº 5 en la mayor K. 219 con Anastasia Pichurina Esipovich de solista y Nasushkin nos dejarían el Adagio y Allegro aperto, el paso natural del atril al solo, la escucha en común, la responsabilidad de darlo todo y la implicación de un maestro en arropar un talento aún en desarrollo.

Para los violonchelistas el Concierto op. 85 de Elgar es un referente y del atril al primer plano Paula Qiao Lebon Real nos interpretó en arreglo de Duncan McIntyre de esta bellísima página concertística que la añorada Jacqueline Du Pré ayudó a popularizar.

Llegaría el turno de Jesús Méndez Camacho para interpretarnos el Nocturno para violín y cuerda del armenio Eduard Bagdasarian (1922-2987) en arreglo del estadounidense Jeff Manookian, sonido claro y preciso en una obra que personalmente desconocía, agradeciendo a Nasushkin su difusión, dirigiendo y llevando de la mano al joven violinista.

El Allegro del Cuarteto en sol mayor op. 85 (Dvorak) estuvo a cargo de Nicolás Ferreras, Lucía Yusta, Xiana Baliñas y Paula Qiao, la forma ideal de la música camerística, paso necesario del atril orquestal al entendimiento solístico compartido, que estos cuatro jóvenes dieron con total naturalidad para uno de los cuartetos señeros de la historia musical checa.

Siguiente paso al frente como solista de José María Revuelta con el Concierto para contrabajo y orquesta op, 3 en fa sostenido menor del ruso Serguei Kousevitzky (1874-1951), emigrado a los EEUU. del que interpretaría los movimientos Allegro y Andante en arreglo actual de Isaac Trapkus, contrabajista de la Filarmónica de NY, bajo la atenta dirección de Yuri más el perfecto acompañamiento de una cuerda solo reducida en número pero amplia de sonido. Las correcciones técnicas y los pequeños vicios que se adquieren se irán puliendo, pero evidentemente el concierto del ruso tiene mucha tela que cortar.

De nuevo el cuarteto, esta vez con Anastasia Pichúrina, Cristina Torres, Laura Torroba y Martín Herrera en el Allegro del famoso cuarteto de Schubert La Muerte y la Doncella, D. 810, muy bien interpretado y sentido, entendimiento con cómplices fraseos más una sonoridad compacta digna de formaciones veteranas que demuestran un trabajo previo exigente.

La viola solista de Xiana Baliñas brilló en el arreglo del oriolano Miguel A. Aniorte para el ensemble de la Elegía op. 50 del belga Henry Vieuxtemps (1820-1881) por sentimiento, sonido, entrega y el buen concertar del maestro Nasushkin con «su Ars Mundi», otra oportunidad para los atriles de dar el paso al frente como protagonistas, que no desperdició la joven violista gallega.

Y original el arreglo con el dúo Rodrigo AguileraMartín Herreras de dos de las tres «Danzas latinoamericanas» del chellista y compositor de Monterrey José  L. Elizondo (1972), buen discípulo y seguidor del mexicano con orígenes asturianos Carlos Prieto, que con Otoño en Buenos Aires y Pan de azúcar, trae los aires porteños y brasileños a la viola y el chelo plenamente actuales, apostando Ars Mundi por jóvenes compositores desde sus inicios, sonidos de hoy con dos instrumentistas que se entendieron a la perfección, y un violoncello potente que se nota es el instrumento de Elizondo.

También nuestro compositor Guillermo Martínez arregló las Estampas klezmer basadas en esa danza tradicional, con el Freilech que nos devolvió a Henry Crespo como virtuoso del clarinete, un músico integral egresado de «El Sistema» venezolano (como los hermanos Valeria y Marco Pérez, hoy en los atriles de chelo y contrabajo, todos afincados en Mieres), con un ensemble potente de cuerda, dos trompas, trompeta y percusión que contagiaron la alegría de esa música instrumental festiva que en el pasado se interpretaba en las comunidades judías de Europa del Este como acompañamiento de bodas, festividades religiosas alegres, la celebración de la Torá o la inauguración de una nueva sinagoga. Esta vez la festividad fue musical de principio a fin aunque todavía quedaba el broche emocional.

Yuri Nasushkin con el violín y después acompañado de su Ensemble Ars Mundi nos interpretaron el Himno de Ucrania más sentido que nunca, aunando deseos y esperanzas, hermanando músicos de todo el mundo y amigos soviéticos, hoy asturianos, que no entendemos en pleno siglo XXI la sinrazón ególatra de los dictadores. Pero este domingo «Ante todo, Música».

Músicos:
Violines: Nicolás Ferrer, Jesús Méndez, Anastasia Pichurina, Alba Tocino, Daniel Arnaldo García, Cristina Torres, Lucía Morales, Mencía Gómez, Hannah Kaupp, Carolina Cortijo.
Violas: Marina Gramaje, Rodrigo Aguilera, Laura Torroba, Xiana Baliñas.
Violonchelos: Martín Herrera, Paula Qiao, Lucía Hermida, Valeria del Carmen Pérez.
Contrabajos: José Mª Revuelta, Marco Pérez.
Oboes: José Ferrer, Silvia Andueza.
Clarinete: Henry Crespo.
Trompas: Jaime Sixto, Lucía Díaz.
Trompeta: José Ruibal.
Percusión: Sara González.
Profesor colaborador: Vadim Pichurin.
Compositores colaboradores: Guillermo Martínez, Miguel A. Aniorte.
Director artístico: Yuri Nasushkin.

Pasión juvenil

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Miércoles 19 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: concierto 2027 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Henar Fernández Clavel (piano). Obras de Beethoven, Bach, Mendelssohn, Chaminade, Saint-Saëns, Albéniz, Turina, Falla, Granados y Lecuona.

Henar Fernández Clavel (Avilés 2006) es una joven de su generación, tal vez «rara avis» entre sus iguales de estudios obligatorios, pero que tiene un don especial para el piano, buen ejemplo de la cantera «del Orbón». Posee una musicalidad innata, personalidad, talento, ingenio, evidentemente muchas horas de estudio y buenos profesores. Gracias a «La Castalia» y el RIDEA ha ofrecido este concierto en la Filarmónica de Oviedo que siempre se ha caracterizado por apoyar las promesas asturianas desde su fundación, y en esta nueva época busca igualmente ir renovando un público necesario para mantener ese escaparate que supone la llamada «música de cámara», antesala pedagógica para dar el salto a las grandes salas de conciertos y teatros de ópera que Oviedo tiene como mejor tarjeta de visita.

Henar Fernández Clavel, a punto de cumplir 16 años en abril, es desparpajo en estado puro, comunicadora que llega al público sin complejos aunque no deba olvidarse del necesario rigor en el estudio de las partituras, la técnica (que nunca termina para poder darlo todo) al servicio de la música.

La pianista avilesina es un torbellino emocional que se aprecia incluso al salir a escena y sentarse al piano, con una madurez poco habitual para su corta edad e incluso con tics de muchos  grandes de las 88 teclas. Pero ese ímpetu puede impedirle el necesario reposo para afrontar las páginas que nos trajo al Filarmónica, obras de estudio y trabajo en el conservatorio que van más allá de los exámenes. Es envidiable el empuje juvenil efervescente y explosivo, demasiado acelerado por momentos que impiden un fraseo más limpio, obligándola a meterse en «demasiados charcos» (cierto es que de los errores también se aprende y ayudan a superarse).

Obras de enjundia ya desde el primer movimiento de la sonata Patética de Beethoven, más «apasionada» a la que eché de menos el siguiente movimiento que frenase un poco sus revoluciones (como en los vinilos de mi época), o esa Fantasía bachiana que deberá tomarse como entrenamiento diario o desayuno musical, mejor a mitad de velocidad para ir «desengrasando dedos» y acelerar un poco cada semana. Las palabras de la romanza de Mendelssohn las puso con la pasión que envolvió todo el concierto, pero los «arabescos» de Cécile Chaminade también requieren respirar hondo. Henar seguramente conoce los «trucos» para alcanzar su deseado virtuosismo más allá del impacto para el gran público, y el dibujo es la base de la pintura. Sus profesores la guiarán por el buen camino y está en él. Totalmente de acuerdo con su versión del Allegro appassionato (Saint-Saëns), fogosa y digna de virtuosos, al que nuevamente pediría rigor y exactitud pese a la dificultad extrema, limpieza en las notas aunque suponga menos carga emotiva y más trabajo duro, cabeza y corazón en la proporción ideal que los años aún desequilibran hacia el segundo.

Tras el merecido y necesario descanso, la parte de música española estuvo bien enfocada y el poso lo darán los años que seguro la llevarán a afrontar estas partituras de forma precisa y clara, porque sentido musical y talento le sobra a la avilesina, con detalles dignos de una intérprete con larga trayectoria que van descubriendo más allá de nuestra tierra. La «orgía» pianística de Turina bañó incluso la propina totalmente «fogosa» de Falla, de agradecer la entrega en cada obra, «añorando» unos tempi más llevaderos en pos del rigor y aplaudiendo el valor de enfrentarse al público. El exceso de velocidad no suele ser buen compañeros de viaje y provoca demasiados accidentes, pero los años la harán más prudente y segura.

Agradeció a todos tras el «aperitivo» beethoveniano el apoyo y oportunidad de «presentarse en sociedad» (especialmente a Begoña G. Tamargo, luchadora y defensora como pocos) sin olvidarse de sus profesores, incluso en el campo del acompañamiento que hoy en día presenta oportunidades de trabajo siempre necesario en el difícil mundo de la música, y especialmente en el de los pianistas. Espero que Henar no se acomode y regocije en exceso con los siempre merecidos premios, pues el día a día no perdona y siempre se encontrará entre el público con «repugnantes exigentes» como el que suscribe (con todo el respeto y cariño hacia mi admirada joven pianista).

Mucho ánimo para Henar Fernández Clavel en una carrera que ya ha comenzado con pasión y entrega, del que desconocemos el destino final, siempre con la esperanza de seguir escuchándola y verla crecer en todos los aspectos.

Bocetos de Iberia

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Luis Fernando Pérez (piano), Suite «Iberia» (Albéniz). Entrada butaca: 8 €.

El público necesita de la música en vivo como el aire que respira, aunque sea a través de una mascarilla, y la vuelta a ella nos resucita y reconforta un poco. También regresaron las Jornadas de Piano al auditorio con el madrileño Luis Fernando Pérez afrontando esa maratón del piano que es «la Iberia de Albéniz«. Casi dos horas y en el orden original del compositor campodroní para los cuatro cuadernos con una mínima pausa a la mitad y sin movernos de la butaca.

Es difícil aportar novedades, visiones, interpretaciones diferentes a esta biblia pianística también descrita por Enrique Franco como «el gran poema de la música española«, magna obra donde la docena de escenas pueden ser leídas o diría que pintadas en diferentes estilos y materiales: óleo, pastel, acuarela, plumilla, tinta china de colores, porqué no carboncillo, sanguina y hasta técnicas mixtas, puntos de vista del mismo paisaje con diferentes ópticas pero siempre reconociendo el objeto, el tema, el mensaje.

Personalmente no creo haber entendido «la Iberia de Luis Fernando Pérez«, un pianista al que admiro hace tiempo, sigo y aplaudo por el valor además de honestidad al regalarnos esta Iberia ovetense, por otra parte muy trabajada como atestiguan sus grabaciones y la edición digitalizada de la misma, pero desconozco si ha tenido una mala tarde o simplemente su acercamiento a las obras está muy alejado de mis referentes en vivo (de los vinilos y compactos daría para otra entrada).

Comprendo y hasta comparto que Iberia supone toda una vida y cada interpretación es siempre diferente, pues evoluciona y crece con el pianista, descubriendo nuevos detalles, sonoridades, pedales, articulaciones, discurso narrativo y todo lo que queramos añadir, mas en mi caso este concierto fueron doce apuntes o si se prefiere bocetos. Agrupando mis propias impresiones por los cuatro cuadernos paso a intentar describirlas:

I. EvocaciónEl PuertoEl Corpus en Sevilla. Flojo arranque, frío con «notas perdidas», pinceladas sin rumbo, no buscando nada concreto salvo el pedal uniendo los 3 paisajes, más bocetos que acuarelas de confusión sonora y fraseos personales que no me placen, con un Corpus extrañamente fraseado, sumando dinámicas bruscas y un rubato exagerado para mi gusto aunque le encuentre «unidad».

II. RondeñaAlmeríaTriana. Algo más centrado y concentrado en el trazo pero igual de confuso o difuso por momentos, con una agógica, una concepción del tempo con los silencios algo extraña desde el inicio del cuaderno. Desenfoques sonoros puede que buscados pero esa Almería desdibujada me llevó más al Cabo de Gata que a la Alcazaba, reflejos del Mediterráneo… incluso Triana sin Guadalquivir pareció un aguafuerte o incluso una plumilla con muchos grises que no son color sino dolor, borrones ágiles buscando un foco de atención que me despistó de la esencia.

III. El AlbaicínEl PoloLavapiés. La pausa no cambió mi perspectiva, las mismas sensaciones con unos caminos tortuosos donde el esfuerzo prima sobre el remanso, desenfoques y contrastes tan brutales que no me dejan delinear las formas. Trazo abrupto y sin finalizar, agilidades entrecortadas como un Lavapiés a trompicones cual camino empedrado además de empinado y líneas discontinuas que parecen traducir las pausas.

IV. MálagaJerezEritaña. Mismos gestos, ondulaciones sin punto de fuga, curvas sin horizonte y fatiga transmitida sin apenas bocanadas de aire, sobresaltos y decepción. Sensación de meterme en un callejón sin salida, bocetos sin terminar, aroma de manzanilla sin sabor en boca o firma ilegible.

Aplausos merecidos por el esfuerzo pero sinsabores personales que tras el titánico desgaste el madrileño aún nos regaló dos propinas: una «inédita» Yolanda popular de Colombia recordando a su amiga y colega Blanca Uribe, y una «Seguidilla murciana».

Santander espera

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Jueves 7 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: Juan Barahona (piano). Obras de Mozart, Beethoven, Ravel, Albéniz y Liszt.
Mi más enorme gratitud hacia Juan Andrés Barahona Yépez (París,1989), musicalmente Juan Barahona por volver a acordarse de Mieres y brindarnos un concierto cercano, duro, entregado, casi familiar y todo un privilegio poder seguir su evolución imparable, preparando el camino que le llevará por segunda vez al Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» en su decimonovena edición, siendo uno de los 20 finalistas mundiales, todo un premio estar de nuevo entre lo mejor de los jóvenes intérpretes sin dejar de trabajar, estudiar, dar conciertos, en una carrera internacional que no tiene más límites que los que quiera ponerse, y de momento no lo parece.

En esta parada mierense del músico «ovetense» sus alforjas venían llenas de un mundo pianístico variado en estilos, todos bellos y exigentes, demostrando la versatilidad y respeto por todos ellos aunque los gustos personales, del intérprete pero también del público, nos hagan sentirnos más identificados. Cada uno representa un microcosmos, un universo que debe explorarse, y cada vez distinto aunque se afronte periódicamente, pues el directo siempre es único e irrepetible. Los recitales previos a los concursos me recuerdan las pretemporadas deportivas con encuentros amistosos en distintos terrenos de juego, por comparar campos y pianos distintos, pues solo unos pocos genios se permiten viajar con su propio piano caso de Zimerman, diseñarlo como Barenboim o exigir un modelo concreto para traerse incluso afinador propio. La mayoría de pianistas se encuentran instrumentos de todo tipo y solamente la profesionalidad les hace sacar de cada uno lo mejor independientemente del estado en el que se encuentre, algo que Juan consigue siempre.

Quería hacer ese comentario previo porque el piano de un conservatorio pequeño como el nuestro, no suele ser el mejor de los instrumentos para un concertista aunque esté bien ajustado y afinado, lo mínimo para sacar todo el partido a las obras elegidas. El de Mieres aguantó el chaparrón hasta la tormenta final, incluso soportó excelentemente la propina, porque Barahona esculpe los sonidos y busca ese lenguaje específico de cada compositor. La Sonata nº 9 en re mayor, KV 311 de Mozart requiere limpieza y velocidad, pedales en su sitio, fraseos, ataques, discursos diferenciados y todo lo exigido para unas obras de engañosa facilidad porque esconden mucha más música de la que aparenta. La firma del genio se percibe en los tres movimientos de «receta clásica», incluso podemos imaginarnos su música camerística y hasta la ópera, melodías cantabiles con orquesta reducido todo a las 88 teclas sin perder nada de sentido. Así entendió Juan Barahona esta sonata de 1777 donde el llamado estilo clásico tiene la marca mozartiana como ejemplo perfecto.
Avanzando un paso adelante en el tiempo del piano será Beethoven el elegido, la misma forma sonata como un mismo paisaje pero con visiones distintas, la Sonata nº 27 en mi menor, op. 90 en dos movimientos, romanticismo, fuerza interior llena de claroscuros que deben aflorar, indicaciones en alemán que más que aclarar el aire o tempo parecen exigir mayor introspección y dudas para encontrar el punto justo, «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero liviano contrastado con el «no demasiado rápido y cantable» del segundo perfectamente traducido en la interpretación de Barahona, llena de colorido, sutileza y musicalidad sin tópicos para el de Bonn entendido como la normal evolución tras el genio de Salzburgo conviviendo en la Viena capital mundial de la música.
No podía faltar en este viaje por el universo multicolor desde el blanco y negro pianístico la parada en el impresionismo francés, nada menos que tres obras de Ravel que también rinden tributo a otros músicos sin perder estilo propio y romper sin extremismos. A la manera de Borodin, A la manera de Chabrier vals parisino, y la bellísima Pavana para una infanta difunta, recuerdos rusos, franceses y realeza española pintados por el pianista Ravel y felizmente recreados por Barahona que se desenvuelve en esta música como pez en el agua transmitiendo plenitud, bienestar y felicidad ante unas partituras de las que traduce como pocos ese ambiente y «maneras» compuestas por un gran orquestador del que el piano más que herramienta es maqueta previa.

Una parada necesaria antes de la segunda parte para tomar aire, refrescarse y sin perder la magia sonora francesa, la visión andaluza de un catalán con el Mediterráneo unificando lo etéreo, Almería de Albéniz perteneciente al segundo cuaderno de Iberia, el mayor monumento pianístico al que muchos intérpretes han dedicado toda su vida, otros dejándolo para una madurez que parece no llegar nunca, y los jóvenes acercándose poco a poco en un itinerario que exige más vida que técnica aunque ésta sea imprescindible. Barahona nos deleitó recreando el sonido francés que Albéniz se trajo de los vecinos del norte para traspasarlo a la piel de toro ibérico, siendo Almería una de las perlas que más me siguen gustando por la hondura definida con líneas bien delimitadas y precisas que presagian más etapas de un viaje interior por el que todo solista debe transitar aunque el viaje pueda resultar más duro que la satisfacción de prepararlo.
Y si hablamos de dureza, sacrificio, virtuosismo, nadie mejor que Liszt y Après une lectura de Dante: Fantasia quasi Sonata cuya fama de intérprete viajaba con su música, inalcanzable y enrevesada, tortura para aflorar entre tantas notas las precisas en dinámicas imposibles sin dejarse ninguna, «Años de peregrinaje» para esta fantasía donde la imaginación e inspiración literaria daría para filosofar con la música del húngaro que llenaba teatros y enamoraba. Juan Barahona cerca de la frontera mágica de los 30 años tiene descaro para tocar y madurez para interpretar, por lo que su Liszt brilló con luz propia en toda la gama cromática, enérgica, lírica y estilística tras este viaje pianístico que terminará pronto en Santander para seguir demostrando el excelente momento por el que está pasando.

La impresionante propina tras un recital pleno de «cantabiles» uniría a Liszt con Verdi del que el virtuoso tomaría el cuarteto «Bella figlia…» de Rigoletto para su Paráfrasis sobre Rigoletto S 434, paráfrasis
como «explicación con palabras propias del contenido de un texto para aclarar y facilitar la asimilación de la información contenida», en este caso propia música a partir de la ópera desde un piano casi imposible que rehace y engrandece al reducir, género que estuvo de moda en muchos virtuosos popularizando músicas de otros, y Barahona generoso tras el esfuerzo de todo el recital, sumando otro trabajo impecable merecedor de lo mejor.

Gracias Maestro y «MUCHO CUCHO©» para Santander
(quienes me conocen no necesitan traducirlo).

Un acierto de desconcierto

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Miércoles 30 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto 103, clausura temporada 17-18 de la Sociedad Filarmónica de GijónDesconcierto para piano y voz: Rocío Márquez (cantaora), Rosa Torres Pardo (piano), Luis García Montero (recitador). Obras de Granados, Falla, Turina, Albéniz, García Lorca y García Montero.

Triángulos mágicos de cante, poesía y música, Huelva, Granada y Madrid, la perfección de la forma, geometría pura y Arte con mayúsculas. Con cierto desconcierto para un público que llenaba el teatro del Paseo de Begoña en una tarde desapacible abierta no solo a los socios de la centenaria sociedad, donde el concierto rodaría como la rueda poética. Desconcierto de un programa donde los tres bloques sin descanso estaban enlazados, los García (Lorca y Montero) sumaban Torres mientras Rocío rimaba con quejío. Aplausos contenidos cual respiraciones entrecortadas, ímpetu escénico con susurros del alma rotos por otros fuegos escritos que no queman, iluminan.
Rosa Torres Pardo (Madrid, 1960), el talento del piano desde el centro de la piel de toro, la musicalidad plena, el sentimiento hispano femenino y universal capaz de enlazar Granados y Falla, hilarlo con Albéniz en un sinfín armónico, seguir con la orgía de Turina y ambientar los poemas granadinos bien elegidos, elegías y saetas de siempre, hacer del piano poesía para conjugar en plural el texto ajeno invitado al rincón íntimo y sumarle pitos y palmas sordas con un flamenco de sangre y oro.

Rocío Márquez Limón (Huelva, 1985) es pasión y océano, pulsión e ímpetu con una voz inimitable, personal, única, escena y sentimiento, afinación clásica para el cante jondo en el que los músicos españoles de este concierto bebieron, poniendo el flamenco como un lied único que enamora, con un piano cercano cual guitarra pero poderosamente armado por nuestros grandes, inspiración de un pueblo al fin culto, ganado por la sabiduría de la música que llamamos pellizco, duende, magia, neblina u orpín.

Luis García Montero (Granada, 1958) artesano de palabras, poeta andaluz de ahora, prestidigitador lírico capaz de armar este triángulo con momentos solitarios tumultuosamente compartidos en primera persona. «Antes del concierto está el desconcierto, la necesidad de ponerse de acuerdo, de buscar un sentido, de que tu cinco y mi cuatro midan lo mismo«, nuestro tres en Gijón acertado y multiplicado por esperanza.

Puntualidad británica en el inicio, pianista intentando asentar rezagados con un arpegio, el poeta arrancando «Sabe el mundo vivir en unas manos» junto a esa grandiosa poesía vestida de Granados, cantada goyesca andaluza enlazando partituras y cante, fandangos de concierto y acento onubense, barrio de «Lavapiés» madrileño acogiendo andaluces en altas Torres, majos sin mantilla, guitarras de teclas y palabras desde el vientre que da vida.
Lorca y Poesía para ensamblar «Lorquiana» donde Albéniz en el piano de Rosa Torres Pardo es para regodearse, el Tango gaditano de poniente con la Almería del levante, García Montero poniendo la imagen del verso que habitó entre nosotros, Iberia y «Las palmeras navegan y nadan en el viento«, el estrecho de puertas abiertas como la onubense, canciones del norte y el sur en feliz convivencia, una sefardí anónima unidas a las «Canciones populares antiguas» del Lorca pianista con La Argentinita además de poeta, enamorado de Iberia, sentidas por estos artistas. Increíble el pupurri enlazando El Vito, Zorongo, Jota (de Falla), La tarara y Las tres hojas que en Asturias sentimos llegar por la Ruta de la Plata embaladas con un piano volador sobre el que cabalga la voz plateada en la «Huerta de San Vicente» de García Montero encontrando la ciudad buscada igual que la palabra.

Momentos mágicos de Albéniz y FallaEl Corpus Christi en Sevilla de saeta, pitos y palmas sordas con el arrebato pianístico, después la calma de arrullo, la Nana, placentera y murmurada como mecida por el mismo viento de Montero.
El amor brujo del Falla que embruja, dolores de Rocío con fuegos rituales y fatuos bien atizados por Pardo, Fandango Montero y Cantares de Turina con los barrios de Huelva entre dos patrias de una misma piel bravía. Si hace años «La Jurado» encendió a Saura y guardo el CD como una joya sinfónica entendiendo al gaditano como nadie, en este siglo XXI una Rocío onubense, «La Márquez» con Rosa son el Falla racial universal desde un canto que no rompe, desgarra con el piano candente, elementos de la naturaleza vividos en una concepción que saliendo del Moguer de Juan Ramón Jiménez vuelve a unir mundos en este mestizaje que mejora la raza musical y la propia vida. «El dogmatismo de las ideas» explicando Luis la prisa con pies de plomo, aplomo sin prisas de Falla para las damas.

Un trabajo conjunto donde Rosa Torres Pardo atesora el vagaje suficiente y la musicalidad en cada poro que le permite solear, solapar temas que fluyen como uno solo, modular con total naturalidad sin perder unidad (de ahí cierta sorpresa en unos aplausos que tras la Danza del fuego parecieron romper la complicidad, las entradas y salidas de la cantaora), adornar la poesía en primera persona con el acento granadino de García Montero y el timbre grave de dicción rotunda, para felizmente acompañar un cante íntimo, sentido por Rocío, casi imposible otro nombre de mujer en Huelva, fresco de la mañana y también Su Señora de Almonte, Márquez de apellido poético sin García, que lo pusieron Lorca y Montero, con un decir de clásica como un palo flamenco sin necesidad de desgarro, solo el vertido por las letras goyescas, populares y universales. Un verdadero espectáculo que lleva mucho recorrido y el ensamblaje resultó perfecto.

Concierto tras el desconcierto, «tu cinco y mi cuatro» reducidos a nuestro tres con par femenino para Volver, melodía de tango, imagen manchega de Almodóvar pero Puro Arte fusionando Rosa y Rocío, Torres con Márquez, mano a mano taurino incluso jugando con propios y artistas sobre la escena, Rocío Torres Montero clausurando con este cartel una temporada filarmónica gijonesa que ha apostado fuerte desde la renovada directiva buscando ampliar públicos, sumándose el Teatro Jovellanos que con este espectáculo «triangular» hace feliz a tantos omnívoros musicales como el que suscribe.

Más noches de cuento

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Viernes 11 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y literatura III», abono 12 OSPA, Pablo Sáinz Villegas (guitarra), Jaime Martín (director). Obras de Kodaly, Rodrigo y Rimsky-Korsakóv.

Érase una vez una princesa asturiana que fue creciendo sana y robusta hacia una madurez plena, hermosa, tras haber enviudado y divorciado varias veces, algo normal en tiempos modernos, uniéndola de nuevo con un noble cocinero búlgaro tras dos años de búsqueda donde la felicidad parecía brillar en un reino sin prisas. Entonces desfilaban por palacio pretendientes con futuro, algunos ideales pero poco raudos para evitar el compromiso en otras cortes, así que la elección del centroeuropeo nos dejó algo inquietos. Al principio parecían quererse tras el breve noviazgo, pero faltó la química que nunca hubo del todo, las recetas nuevas nunca compensaban la cocina tradicional que solía desgraciar cuando entraba en la cocina, así que la desgana pareció apoderarse de él atendiendo otros fogones, así que en las obligadas ausencias cada visita de invitados a la casa eran una verdadera fiesta que hacían olvidar los malos tragos, los sinsabores y hasta las pesadillas con las que solía despertarse nuestra amada princesa. La última alegría vendría con la segunda visita de un conde de la vecina Cantabria y la primera de un famoso juglar riojano emigrado a ultramar, que hizo las delicias de todos los asistentes, dado el cariño y mimo hacia la princesa así como el buen entendimiento entre el noble y el joven para con la anfitriona, dejándonos otra noche para el recuerdo intentando alejar la vuelta a casa del marido…

El cuento está incompleto para no extenderme y con el final por escribir. El duodécimo programa de abono volvía con el matrimonio entre música y literatura, básicamente por esos cuentos de las mil y una noches que me hicieron tontear al inicio de esta entrada como otro escritor, aunque este género nos siga dando joyas literarias y trascienda lo infantil pese a la mala prensa que el oficio de «cuentista» ha tenido.
No quiero chismes llamados cuentos ni mentiras adobadas de «pseudoverdad», mejor retomar el carácter didáctico que siempre ha tenido esta literatura, donde los recuerdos tanto de infancia escuchando como adultos contándolos enlazan con la idea musical de cuento, del verbo contar, narrar, que por tradición y transmisión nunca suenan igual ni los sentimos igual.
Tres obras conocidas por un público que retornaba a las buenas entradas en la sala, donde el director Jaime Martín cual narrador de historias volvía a transmitirnos su talento igual o mejor que hace dos años, contando con otro Pablo para la historia de la música, Sáinz Villegas (Logroño, 1977), un guitarrista español que triunfa en el país de las oportunidades (de momento) llevando con humildad su guitarra a los desfavorecidos con la misma entrega que a espectantes melómanos de todo el mundo y a las escuelas donde se debe sembrar para recoger en un futuro siempre incierto con todo el amor y dedicación, ideal conjunción de invitados para que nuestra OSPA brillase, disfrutase y nos hiciese felices a todos como en el final de (casi) todos los cuentos.

Las Danzas de Galanta (Zoltan Kodaly) son como el fondo de armario de nuestra OSPA y normalmente sinónimo de éxito por la brillantez de su música que hace lucirse tanto a nuestros habituales solistas como a los distintos directores que disfrutan con la formación asturiana. El maestro santanderino volvía a demostrar no solo talento sino empatía y respeto por la partitura con unos intérpretes a los que dejó fluir (impresionante el clarinete de Andreas Weisgerber), contagiando alegría y emoción para estas páginas zíngaras en el recuerdo infantil del compositor húngaro, donde el ritmo impulsó una sucesión de bailes llenos de color a lo largo de las cinco danzas enlazadas. Maravilloso el sonido logrado, de nuevo la cuerda tersa, presente incluso en los graves (por fin) y la madera primorosa.

La mejor imagen de nuestro país sigue siendo la guitarra que creció de vihuela y morisca hasta ser directamente española, gracias a tantos compositores que escribieron para ella, especialmente Boccherini por elevarla otro peldaño, si bien tardaría demasiado tiempo en recuperar el papel «culto» pese a la amplia literatura a ella dedicada, dejándola en manos flamencas e incluso populares sin mayores aspiraciones artísticas, decantándose por lo lúdico además de accesible. Todavía en nuestros días la guitarra española sigue asociada a los gitanos, autodidactas increíbles, y sobre todo a la auténtica leyenda del siempre recordado e irrepetible Paco de Lucía. El espaldarazo como instrumento de concierto con orquesta lo darían, con distintas circunstancias políticas, Salvador Bacarisse (Madrid 1898 – París 1963) y Joaquín Rodrigo (Sagunto 1901- Madrid 1999), siempre unidos a intérpretes de reconocido prestigio como Narciso Yepes o Andrés Segovia que darían popularidad y galones a nuestro instrumento por antonomasia, así como a las muchas y hermosas páginas a ellos dedicadas, sin olvidarnos que el algecireño aprendió a leer música para poder interpretar con toda la fidelidad a Falla y al propio Rodrigo.

Pablo Sáinz Villegas ha tomado el relevo de los grandes y su interpretación de la Fantasía para un gentilhombre (1954) de Rodrigo alcanza la plenitud interpretativa esta vez con la OSPA y un Jaime Martín concertador excelente, dejando fluir la música, haciendo escucharse unos a otros, con una guitarra sin necesidad de amplificación pero con una claridad y armónicos ideales, fundida sin competir con la orquesta, felices encuentros entre trompeta con sordina y piccolo, junto a una limpieza en la ejecución que consiguió momentos mágicos de silencio, tan necesario para el disfrute como el propio sonido. Los dedos del riojano son espectáculo en sí, punteando, rasgueando, subiendo y bajando el mástil, percutiendo sobre el golpeador… Si en la entrevista para OSPATV nos encandiló, su guitarra enamora desde el primer acorde. Asombrosa la proyección a toda la sala sinfónica y ejemplar la comunión con maestro y orquesta. Gaspar Sanz elevado al firmamento sinfónico del siglo XX por dos nobles como el valenciano Marqués de Aranjuez y su destinatario jienense Marqués de Salobreña, otro cuento universal, «gentil», con mucha historia española donde la música siempre ha estado presente.
No solo virtuosismo sino arte sonoro en estado puro con la propina de la Gran Jota de Concierto de Francisco Tárrega, dejándonos boquiabiertos al comprobar todo el arsenal de una guitarra en las manos de Pablo interpretando esta música popular fuente de inspiración de tantos compositores, y que uno de los mayores enamorados de nuestro instrumento puso al alcance de pocos por las exigencias técnicas, algo que hace fácil lo difícil al escuchar a Sáinz Villegas.

Agradecido por una semana de eficiente y cordial trabajo con nuestra orquesta como con el maestro vecino, aún nos dejaría otro regalo hermanando pueblos con la música, Asturias (Albéniz) leyenda o relato casi flamenco que un catalán dedica a nuestra tierra interpretado por este tocayo mío riojano y universal.

Las mil y una noches de cuentos y conciertos, los sueños personales reales e irreales que la música provoca, esta vez Rimsky-Korsakov y su famosa Scheherezade, op. 35 que corroboró un concierto de magia, de ensueño sin trampas, cuatro movimientos para disfrute de público e intérpretes, la química por lo conocido unida a una interpretación de altura para una orquesta madura, 27 años que se notan para lo bueno y lo malo, Jaime Martín apostando por lo positivo, llevándola con gesto claro, preciso, benevolente, recreándose Vasiliev como en sus mejor juventud, aunque los años no pasen en balde, y con el arpa de Miriam del Río, realmente toda la plantilla colorida y brillante, la cuerda nuevamente enorme, presente y precisa, tensa y tersa, todos gustándose y disfrutando (bravo los percusionistas), cada solista disfrutando con sus pasajes, las secciones empastadas y todas a una haciendo surgir la magia del conjunto, más en una obra tan rica en orquestación como esta del ruso, contagiando la luminosidad que echamos de menos cuando se pasa de cocción o falta la implicación desde el podio. El Maestro Martín nos brindó un completísimo concierto convencido y convenciendo, es verdad que las obras elegidas ayudan, pero recrearlas para hacerlas lucir como nuevas es la magia interpretativa. Un mismo cuento narrado de distintas formas permite descubrir matices, recovecos, momentos imperceptibles en otras ocasiones que como niño inocente nos permite reconocer lo desconocido. Hay que reivindicar el repertorio de siempre pero desde la calidad e implicación narrativa, actores y espectadores conviviendo en la alegría de un espectáculo siempre único.

La próxima semana nuestra OSPA afronta por sexto año el proyecto Link Up, «La orquesta rock» pero no se dejen llevar por el título engañoso, sembrar para recoger desde el Carnegie Hall siendo los primeros en disfrutarlo fuera de los Estados Unidos. De nuevo estará Ana Hernández Sanchiz con cantantes conocidos y estrenándose entre nosotros la directora Irene Gómez-Calado, que espero contarles como «profe» con mis alumnos un año más

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Miércoles 14 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Sociedad Filarmónica, concierto 1.598: «La vida breve«. Rafael Aguirre (guitarra) y Nadège Rochat (violonchelo). Obras de Albéniz, Falla, Granados, Cassadó, Ravel, Lara, Assad, Piazzolla y Tárrega.

Andrea García Alcantarilla titula las notas al programa «De lo popular a la sala de conciertos» haciendo ver la gran deuda de los compositores con la música popular y de lo que habló unos días antes en «Las charlas de la Filarmónica» organizadas por la JAM de Asturias. La mejor forma de saldar cuentas la pusieron un dúo atípico de amplio recorrido desde 2011 formado por el guitarrista malagueño Rafael Aguirre (1984) y la chelista suiza Nadège Rochat (1991) con un programa titulado «La vida breve» no solo por Falla sino también por el CD que grabaron, y que se presentaba por fin en España tras haberlo llevado entre otras salas famosas al Carnegie Hall neoyorquino o la Konzerthaus vienesa, un tributo a los grandes compositores inspirados en la música del pueblo más allá de lo que se ha llamado «nacionalismo», y tanto a un lado como otro del charco.

Ambos fueron presentando las obras trufadas de anécdotas que completaron un San Valentín de dobles parejas por instrumentos e instrumentistas, masculino en manos femeninas y viceversa, el chelo de Nadège y la guitarra de Rafael, enamorados de unas joyas, la Alhambra de Aguirre y el Stradivarius «Ex Vatican» de 1703 de Rochat, que pude disfrutarlo, además de contemplarlo de cerca,  hace ahora un año en Bilbao a dúo con la donostiarra Judith Jáuregui, que también actuó para la Filarmónica gijonesa el pasado mayo, volviendo a reunirse en apenas quince días para Musika Música, sumándoseles la violinista ibicenca Lina Tur Bonet.
Y esta pareja acabó enamorando a un público que conocía la mayor parte de las partituras elegidas aunque las versiones a duo fueron originales por sonoridades (levemente amplificada la guitarra) y empastes, con guiños a la canción de concierto porque el violonchelo es lo más cercano a la voz y la suiza hizo cantar «su Vaticano».

La primera parte con la guitarra sola y el «pianístico» Asturias – Leyenda (Albéniz) con «arte» además de virtuosismo pues el solista malagueño supo darle un sello propio antes de afrontar con el cello las Siete canciones populares españolas (Falla), aire gitano, toque flamenco, hondura asturiana, ritmo de jota, nana mecida, cante hondo del sur universal con Nadège cantando en todos los registros que la voz humana no puede, ornamentos imposibles hasta para los grandes que el cello posibilita asombrando lo bien que esta intérprete nacida en Ginebra ha captado la atmósfera de nuestra piel de toro, y la guitarra distinta al piano más cercana al pueblo del que el gaditano toma estas melodías.
Y lograda transcripción de la pianística danza Oriental (Granados) por el intercambio de registros entre punteado y frotado como si se multiplicasen las manos sobre unas teclas de cuerda.

No podía faltar el homenaje al gran virtuoso del chelo y compositor Gaspar Cassadó del que Nadège nos deleitó con la Danza finale antes de los Requiebros con guitarra en «atrevido» arreglo de Rafael que mantuvo esa línea argumental y sonora antes de rematar la faena con la conocida Danza de «La vida breve» (Falla).

Populares por inspiración, cercanía a su pueblo o directamente enamorados de esas músicas, la segunda parte comenzó con la Pièce en forme de Habanera (Ravel), una particular versión de Granada del mexicano Agustín Lara que por el mundo le hacen español aunque imposible cantarla con el cello, una joya del brasileño Sérgio Assad (1952) como es Menino, volviendo a disfrutar del Tárrega puro admirado desde niño por Rafael Aguirre que su guitarra elevó a virtuoso magisterio con la Gran Jota y Recuerdos de la Alhambra, más Piazzolla eterno que soporta cualquier combinación instrumental dada la belleza de sus temas, tangos nuevos incluso sin baile como Nightclub 1960 o Libertango acortado y algo alocado al que faltó el poso porteño difícil por la sangre joven de estos enamorados dos por dos.

Mas para tango puro la propina del gardeliano Volver más el deleite final con la milonga – tango del eterno Oblivion siempre agradecido de escuchar e interpretar para un miércoles de ceniza para enamorados de la música siendo el mejor regalo en esta original combinación de dos intérpretes que expulsan el arte a borbotones, juntos y separados.

Pianistas sin fronteras

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Miércoles 25 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón,  Concierto 1593 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. «Homenaje a Granados«, Luis Fernando Pérez (piano). Obras de Mompou, Chopin y Granados.

Un homenaje a Enrique Granados en sus 150 años por Luis Fernando Pérez, un pianista español sin fronteras como el propio compositor catalán, y rodeado de dos referentes en el mundo de las 88 teclas igualmente internacionales y con querencia parisina como entonces era de esperar: el polaco Frédéric Chopin con su particular universo sonoro, virtuoso volcado en el señor de los instrumentos, y su tocayo catalán Federico Mompou quien también viajó al país vecino recomendado precisamente por Granados. Habría que recordar la influencia o condicionamiento geográfico en todo, por supuesto en las artes y especialmente la música, más aún en el caso de Cataluña o el País Vasco y buen hilo conductor del pianista madrileño muy querido en Francia, reconocido mundialmente con estos tres compositores que completaron un programa exigente técnica e interpretativamente, lidiando con un instrumento por el que sí pasan los años y extrayendo toda la paleta que las partituras elegidas esconden. Voy dejando aquí las excelentes notas al programa de Lorena López Fernández por el perfecto complemento a la música que sonó en un teatro no tan lleno como hubiésemos querido y de edad avanzada pero gustoso además de feliz por la calidad del concierto.

Abrir con Mompou y sus Scènes d’enfants son un reto que Luis Fernando Pérez ha superado llevándolo al disco con el sello francés Mirare el pasado año (y con quien ha grabado también a los compañeros de programa). Íntimamente cristalino, aire mediterráneo, pinceladas sonoras sueltas, casi acuarelas delicadas bien perfiladas en negro, cinco joyas infantiles de reminiscencias impresionistas sin perder originalidad y aire propio.

Las obras de Chopin emparejadas a pares nos trajeron por un lado el intimismo y la delicadeza romántica de sus Nocturnos op. 27 nº 1 en do sostenido menor y el nº 2 en re bemol mayor, dedicados a la Condesa de Appony, amores casi goyescos en una penumbra ideal para lograr ese ambiente íntimo, dominio del claroscuro por parte del pianista madrileño, polo casi opuesto al catalán pero complemento sonoro, y continuar con el Nocturno en do sostenido menor «póstumo» encendiendo las velas para una luminosa Balada op. 23 nº1 en sol menor, el arrebato romántico por excelencia, los contrastes de matices, velocidades con el rubato apropiado, nuevos cuadros de trazo vivo bien cargados de colores superpuestos, el óleo frente a las acuarelas.

Antes de comenzar la segunda parte dedicada a Granados, el propio intérprete desgranó los motivos principales de unas Goyescas o los majos enamorados para una mejor comprensión por parte del respetable, prepararnos para una escucha bien asentada de una de las obras magnas escritas para piano (junto a la Iberia de Albéniz) como bien nos recordó, causa también de su rareza en los conciertos por el esfuerzo que conlleva, incluso con la partitura delante para no perderse nada del mundo pianístico de Granados inspirándose en el pintor maño y abordado como dijese el compositor catalán: «no con tristeza de viuda sino con celos de mujer enamorada».

Si podría decir que el programa tenía un aire pictórico como hilo conductor, Goya trata todas las técnicas y estilos, un avanzado de la época del que se ha escrito que fue el primer impresionista. Su paleta de colores es tan amplia que Granados pareció querer realizar un paralelismo al piano siendo Luis Fernando Pérez su intérprete ideal.

Los dos cuadernos sonaron unidos por el «Intermezzo» de la ópera Goyescas, sutil trabajo orquestal en el piano con mayor riqueza de detalles cual boceto ya de por sí maestro. Los cuatro primeros números parecieron traducir a notas las veladuras de cada cuadro, los colores pastel de los retratos aunque los caprichos sean grabados.
Aquí no hubo medias tintas, los contrastes grabados casi con sangre, sudor y lágrimas, amores imposibles con finales trágicos, el relato complejo como la propia partitura, la psicología de Goya que enamoró a Granados. Paralelismos musicales y pictóricos en cada estampa, pinceladas en cada nota al detalle cual cincelador de sonidos, pulcritud de trazo e independencia tímbrica en cada tecla para alcanzar la globalidad desde el ataque o el fraseo, algo especial que Luis Fernando Pérez consigue como pocos, individualidad en cada número pero con visión total cual exposición temática donde poder observar todo el proceso creativo, aquí escuchando los seis números más el intermedio cual «promenade» o paseo.

De su trayectoria y premios podemos concluir que el resultado fue esperado en un programa tan español como universal, pianistas todos sin fronteras, autores y obras plenamente asimilados por el intérprete, sentidos y disfrutados como bien reflejaba en la entrevista al diario La Nueva España del día antes que dejo también aquí.

No podía haber mejor regalo que la Danza Andaluza nº 5 del propio Granados, casi taconeo flamenco desde un arrebato de pasión, el calor del sur frente a los «caprichos» que nos pusieron los pelos de punta, nuevo relato de un pintor del piano perfectamente entendido por el intérprete madrileño.
Como guiño a nuestra tierra y al otro gran pianista y compositor catalán Albéniz, Asturias cercana, vibrante, «Leyenda» de subtítulo con los dos grandes motivos, chispeante como nuestra lluvia y reposado cual neblina, un paisaje sonoro para redondear un excelente concierto de piano durante dos horas, generoso como el propio Luis Fernando Pérez al que sigo hace tiempo y nunca nos defrauda.

P. D.: Dejo el enlace a la crítica de Ramón Avello, actual presidente de la Filarmónica local, en el diario El Comercio, con la historia que relaciona a Granados con Gijón y esta centenaria sociedad.

Café musical balsámico

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Jueves 24 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2017, Museo Arqueológico: Marina Pardo (mezzo), Kennedy Moretti (piano). «Café concierto», obras de Albéniz, Weill, Schönberg, Debussy, Villa-Lobos, Satie y Poulenc.
La música, como la vida, no se detiene nunca, y tras un verano complicado además de triste donde apenas tuve tiempo para mis habituales conciertos de estío, nada mejor para retomar el pulso que con este «café concierto» entre piedras monacales que surtieron efecto balsámico por ambiente, calidad y cercanía.

Volvía Marina Pardo con su pianista habitual, Kennedy Moretti, para dejar al público, que siempre responde en «La Viena del Norte» con llenos, una velada de salón con unas canciones bellísimas, sentidas y compartidas por este dúo que organizó el programa en bloques de tres canciones por autor con el intermedio de piano buscando una unidad orgánica desde la sabia elección de aires, textos (especialmente el francés) y sentimientos. Desde el casi desconocido Albéniz en inglés o el Schönberg más jazzístico tan de cabaret como Weill pero cantado con gusto más que arrebato cinematográfico o el folclore brasileño de Villa-Lobos mezclando saudade y vitalidad, pero sobre todo Satie con  una Pardo realmente «diva de Vetusta» y sobre todo su Poulenc adorado, mimado, sentido… verdadera «fiesta galante» en el Arqueológico para cerrar concierto.

No era tarde para populismos ni grandes éxitos sino una apuesta por la calidad vocal sin etiquetas ni tesituras, con el piano compartiendo protagonismo, como en los grandes lieder, pequeños bocados de vida que los aplausos no dejaron paladear de tres en tres rompiendo la perfecta organización de las canciones. La voz carnosa de la mezzo «asturiana» capaz de emocionar con sus piani, hacernos vibrar en los agudos sin perder color ni calor, volcada en intenciones sin necesidad de bailes, marabús, boquillas, aros de humo o copas de champán, donde el único accesorio es la música con el complemento perfecto del piano brasileño de graves redondos, limpieza total para crear el ambiente deseado y el plano siempre adecuado favoreciendo la presencia vocal en todos los idiomas desde el único lenguaje universal. Gracias a Marina y Kenneddy por esta terapia de agosto.

PROGRAMA

I. Albéniz (1860-1909): A song of consolation; Will you be mine?; To Nellie.
K. Weill (1900-1950): Youkali; Die Moritat von Mackie Messer; Complainte de la Seine.
A. Schönberg (1874-1951): Der genügsame Liebhaber; Jedem das Seine; Arie aus dem Spiegel von Arcadien.
C. Debussy (1862-1918): La plus que lente (Vals para piano).
H. Villa-Lobos (1887-1959): Modinha; Na paz do outono; Lundú da Marquesa de Santos.
E. Satie (1866-1925): Tendrement; Je te veux; La diva de l’Empire.
F. Poulenc (1899-1963): Voyage a Paris; Les chemins de l’amour; Fêtes Galantes.

La propina, como no podía ser menos tras toda la velada, de nuevo Poulenc y de su «Metamorphoses» Fp. 121, el nº 2 C’est ainsi que tu es.

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