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En casa y de casa

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Viernes 14 de febrero, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica Ovetense: Ludis Duo. Obras de: J. C. Bach, Mozart, Schubert, Debussy y Ligeti. Concierto 4 del año 2020, 2.001 de la Sociedad.

Reseña para La Nueva España del sábado 15, escrita desde el teléfono móvil, y editada desde casa con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos mías y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La agrupación de piano a cuatro manos Ludis Dúo, formada por los pianistas ovetenses Andrés Martínez y Fernando Santirso se suman a una tradición que la centenaria sociedad filarmónica ha apoyado siempre, recordando a Achúcarro y su esposa Emma Jiménez o los más Mª Teresa Pérez y Francisco Jaime Pantín (Dúo Wanderer), profesor éste de ambos pianistas con cuatro manos y un solo alma, pues el entendimiento necesario necesita unificar sonido además de sentimientos.

Formados en nuestro Conservatorio siguen estudios en Holanda y Alemania pero uniéndose en estos conciertos que son una delicia para la música de cámara engrandecida con veinte dedos, pianistas de casa en una velada íntima casi de salón.
Uno de los hijos de Bach, Johann Christian (1735-1782), abrirá un Clasicismo que Mozart llevará a la cumbre, dos sonatas bipartitas del alemán (Opus 18, nº 5 y 6) y la K358 del austríaco, complementarias y bien ejecutadas por el Ludis Dúo con esa frescura no exenta de virtuosismo, especialmente el tercer movimiento Molto presto.

El recorrido histórico continuaría con el Rondó D951 del Schubert (1797-1828) maduro y romántico, arrebatador entendimiento de los “Ludis”,
el impresionismo de Debussy (Petit Suite L65) colorido, brillante e incluso danzado a pares en su Ballet, más el felizmente recuperado de nuestro tiempo, el húngaro György Ligeti (1923-2006) con su Sonatina que es como volver a la forma y firma inicial desde la actualidad de un dúo que fue creciendo a lo largo del programa. Regalo de otro Ligeti contemporáneo, permutándose roles en igual complicidad y calidad más el Bach de Kurtag para meditar musicalmente sobre la juventud, lo eterno y las oportunidades de esta Filarmónica. Excelente Ludis Dúo.

El Bach nuestro de cada día

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Los maestros Emilio Moreno y Aarón Zapico vuelven a los estudios de grabación para dejarnos un «Bach melancólico» e incluso soñado, recreando páginas del kantor de Leipzig con la viola «da braccio» y el clave a cargo de este dúo que se entiende a la perfección, dos generaciones en conjunción que ya en su Boccherini anterior me cautivaron.

Todo en este CD del sello Glossa (fundado por Emilio Moreno) está cuidado al detalle: la grabación en la bodega de Torremocha de Jarama, Madrid (Finca Casa de Oficios) a lo largo del mes de julio de 2019, al igual que en su anterior grabación, de acústica perfecta así como la toma de sonido de Federico Prieto; las siempre enriquecedoras notas en cuatro idiomas (pues los mercados discográficos todavía se mantienen allende los Pirineos); las fotografías de Carmen Hache en esa Castilla canicular y amarillenta, la siega acabada y aparentemente árida pero llena de riqueza que no me he resistido a incluirlas en esta reseña; el recuerdo póstumo a Margarita Aguado de Moreno, y por supuesto el tándem Moreno-Zapico paseando informalmente por ellos.
Esta misma sencillez les lleva a reinterpretar (algunos hablan de «reinventar» o de revivir) 18 páginas de nuestro «Dios Bach» purísimas en cuanto al concepto básico: las melodías cantadas por la viola de Moreno y el continuo impoluto y preciosista de Zapico al clave, con dos instrumentos evocadores, la original Viola Sympertus Niggel de 1751 (Füsse ) y el clavicordio (o harpsichord) de Rafael Marijuán (réplica del Joannes Ruchers, 1616) construido en Torrelaguna (2010), sonidos contemporáneos a la propia época de Johann Sebastian Bach (1685-1750) que resucitan en el siglo XXI.

The Melancholich Bach se está presentando desde el mes pasado, tanto en Radio Clásica (programa «La Dársena» con Jesús Trujillo en una entrevista cercana y amigable como todo lo que rodea este trabajo), y en distintos locales con palabra y música caso del celebrado en La Dársena, en Sevilla… aunque también se puede disfrutar en la red  incluyendo la popular plataforma Spotify, pero personalmente sigo fiel a mis manías manteniendo siempre la cadena musical en condiciones para reproducir el CD al volumen y calidad que se merecen.

Ya hay reseñas bien fundadas como la de MúsicaAntigua.COM o la catalana ElTempsDeLes Arts (que dejo enlazadas) así como en las redes sociales, pero quiero dejar aquí muy especialmente la de la Web del propio sello Glossa donde describe esta grabación:

Con The Melancholic Bach, Emilio Moreno se acerca de manera nostálgica y pensativa a las músicas que Bach podría haber compuesto para la viola. Este nuevo álbum es reflexivo pero nunca triste, sosegado a menudo, pero animado en otros fragmentos. Moreno es violinista a la vez que violista: con el primer instrumento dirige sus conjuntos La Real Cámara y El Concierto Español, mientras que con la viola está desde hace muchos años al frente de su sección en la Orquesta del Siglo XVIII.

Admirador del Johann Sebastian Bach de conciertos, sonatas, partitas y otros muchos géneros, Moreno siempre ha deseado que existiera un repertorio paralelo del gran maestro que pudiera ser tocado en la viola. De hecho, se sabe que Bach fue un gran intérprete del instrumento y era plenamente consciente de su potencial solístico, además de la melancolía intrínseca a su sonido, tan crucial para las armonías internas de sus composiciones.

Aparte de algunas piezas con viola obligada, lo cierto es que la amplia obra del Kantor contiene poca música para el instrumento, por lo que Moreno y Aarón Zapico (clavecinista también en los recientes discos dedicados a Castro y Boccherini) decidieron preparar una serie de transcripciones que se adaptaran a la viola da braccio construida en 1751 por Sympertus Niggel y utilizada en esta grabación. Para The Melancholic Bach, se han adaptado movimientos de sonatas en trío, cantatas y corales para órgano, con la viola tocando la línea melódica y el clave las otras dos partes.

Personalmente mantengo desde siempre que en música habría que hablar antes y después de Bach (con un AB/DB tal como se usa AC a. de JC / DC d. de JC) pues tras su muerte parece haberse inventado todo, versiones que llegan desde todos los estilos e instrumentos sin perder nunca la esencia, algo que solo en «el cantor de Santo Tomás» se da.
Por lo tanto en esta combinación que bien podría haber sido original, no solo soporta el espíritu sino que por momentos es el ideal, especialmente en los corales del Libro de Órgano (Das Orgel-Büchlein) todavía más íntimos que si los escuchásemos en una iglesia luterana desde la consola del kapellmeister correspondiente. Las sonatas son auténticas recreaciones con las visiones doctas de dos intérpretes dominadores de sus instrumentos, y no digamos los solos de ambos maestros: el clave de Don Aarón, reverencia digital de hondo espíritu siempre claro, y la viola de Don Emilio paladeando cada frase con especial deleite, y a quien los años solo sirven para madurar más si cabe su entrega a la música de dios Bach todopoderoso. Esta vez soy yo quien me descubro ante sus apóstoles para repetir El Bach nuestro de cada día

CORTES
1. Trio super: Herr Jesu Christ, dich zu uns wend’ BWV 665a
2. Liebster Jesu, wir sind hier BWV 731
3. Trio BWV 583 (Adagio)
Arreglos de los corales del Orgel-Büchlein:
4. O Mensch, bewein’ dein Sünde groß BWV 622 (Adagio assai)
5. Komm, Gott Schöpfer, Heiliger Geist BWV 631a
Sonata en do menor (después BWV 76, 582/2&586):
6. Adagio-Vivace (de la Cantata BWV 76, parte segunda, Sinfonia nach der Predigt)
7. Andante (de la Sonata 4 a 2 Clav. et Pedal BWV 528/2)
8. Allegro (del Trío a 2 Clav. et Pedal… nach Telemann BWV 586)
9. Allemanda 2ª para clave solo (de la Sonata en la menor BWV 965, después de Johann Adam Reincken (1643-1722), Hortus Musicus (1688)
Sonata en fa mayor (tras BWV 664, 614&676):
10. Allegro (del Trio super: Allein Gott in der Höh’ sei Ehr’ BWV 664)
11. Adagio (del Das alte Jahr vergangen ist BWV 614, Orgel-Büchlein.
12. Allegro (de Allein Gott in der Höh’ sei Ehr’ a 2 Clav. e Pedale BWV 676)
13. Très vivement para viola sola (de la Fantasía BWV 572)
14. Exercitium for solo viola (del Pedalexercitium BWV 598; atribuido a C.P.E. Bach)
Arreglos de los chorales del Orgel-Büchlein:
15. Helft mir Gott’s Güte preisen BWV 613
16. Ich ruf ’ zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639
17. Wenn wir in höchsten Nöten sein BWV 641
18. Wer nur den lieben Gott lässt walten BWV 691

Buenas manos en la masa

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Sábado 8 de febrero, 20:00 horasConciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía, Manuel Blanco (trompeta), Christian Lindberg (director). Obras de Chaikovski, Arutunian, Lindberg y Borodin.

Crítica para La Nueva España del lunes 10 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos de la Web y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

©FernandoRodríguezLNE
Hay “masa madre” en la Oviedo Filarmonía que con las manos del polifacético Christian Lindberg (Danderyd, 15 de febrero de 1958) elaboraron unos manjares musicales con sabores rusos y propios que fueron del gusto de un público entregado y entusiasmado con la evolución natural de la orquesta ovetense, plena en cualquier repertorio y aún más con el gran repertorio sinfónico, aunque siga echando de menos más graves, si bien la “levadura” fermentó a la perfección con el maestro sueco cuya camisa plateada (azul para Arutunian) parecía recordar a sus compatriotas de ABBA.
La Obertura-Fantasía «Romeo y Julieta» de Chaikovski sonó poderosa guiada por esas manos tan expresivas del director y una gestualidad un tanto histriónica pero efectiva para lograr sacar líneas melódicas limpias, emocionantes y potentes en unos metales que sonaron aterciopelados además de presentes cuando así lo exigía el momento, notándose la faceta de trombonista del sueco por cómo mimó la “sección de bronces” a lo largo del concierto, sin desmerecer a una madera excelente más la cuerda siempre limpia, precisa y tersa (comandada por la concertino Marina Gurdzhiya) en los pasajes más líricos, con unos chelos y violas de lo más inspirados.
El trompetista manchego Manuel Blanco (Daimiel, 1985) es una figura mundial de agenda completísima que se presentaba en Oviedo, la Viena española, con el Concierto para trompeta y orquesta en la bemol mayor (1950) del armenio Alexander Arutunian (1920-2012), digno compañero de programa de los rusos y el sueco, fusionando estilos sin obviar el neoclasicismo entonces en boga, bebiendo de una herencia musical riquísima, explotando los registros de un instrumento capaz de evocar lo épico al mismo nivel que las melodías populares asiáticas de esta antigua república soviética pero de historia ancestral, hiriente e íntimo. El sonido de Blanco con su trompeta es impresionante, de proyección impecable desde todas las dinámicas que presenta este concierto que lleva tiempo en su repertorio, y en la sección lenta con sordina sacando unos timbres más cercanos al corno inglés que nos hacen olvidar el arduo trabajo de los labios, además de una cadencia virtuosa y sentida siempre perfectamente concertada por Lindberg y una OFil inspirada y dúctil, engrandeciendo una página no suficientemente escuchada que el público recibió con respeto premiando el esfuerzo de todos.
Con el fliscorno y la sección de cuerda Manuel Blanco nos regaló una versión de Oblivion (Piazzolla) muy libre pero sin perder esencias, introducido con el famoso tema del Aranjuez de Rodrigo, fusionando también ese aire de pop y jazz (Chuck Mangione popularizaría esta trompeta grave, “flugelhorn” para los anglófonos), magníficamente llevados por Lindberg y compartiendo melodía con el violín de Gurdzhiya compitiendo en delicadezas. La Nana de Falla con un fliscorno solo arrullando redondearía la intervención del manchego, digno sucesor de Maurice André en un instrumento polivalente en manos y boca de estos virtuosos.
El Lindberg compositor estrenaba en Europa su Fake News (2017), título revelador donde la manipulación del sonido, para una plantilla que apenas varió en todo el concierto, parece explicar la inspiración de una partitura valiente, bien orquestada con importante percusión, motivos agradecidos al oído, especialmente en el tema ternario, y aires de banda sonora de documental aunque el compositor confiese no escribir en ningún estilo, solamente lo que su cerebro y alma le dicen. La vitalidad y buena mano demostrada se reflejan en esta composición que volvió a mostrarnos una OFil equilibrada y brillante.
De nuevo el sinfonismo ruso, Borodin y su Sinfonía “Épica”, la segunda en si menor escrita en cuatro movimientos para una masa sonora perfectamente controlada por el maestro sueco, memorizada como Chaikovski y manteniendo el balance con la calidad de la orquesta carbayona, lucimiento de solistas, sonido claro, virtuosismo global en el Prestissimo, auténtica repostería el Andante y brillante Allegro final. Manos de artesano sonoro capaces de poner a la Oviedo Filarmonía en un primer plano sinfónico conjugando estilos emparentados que nunca nos resultan ajenos. Christian Lindberg en estado puro y con las manos en la masa.

Con P de Pablo

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. OSPA Abono VI «Contrastes I», Maximiliano Martín (clarinete), Pablo González (director). Obras de Berlioz, Nielsen y MussorgskiRavel.

Sexto abono de la OSPA que quiero titular «Con P de Pablo». Pablo González Bernardo, prodigio y pródigo, profeta en su tierra, personalidad, poderío, puntilloso, permeable, precavido, pasional… faltan calificativos para un concierto donde orquesta y director celebraban veinte años de su primera colaboración, dos décadas de crecimiento en ambos con momentos duros en estas dos décadas, pero que en días como este primer viernes de febrero, compensan al encontrar tanto un programa de lucimiento por los grandes orquestadores, como el feliz entendimiento y complicidad entre nuestros paisanos.
Dos grandes orquestadores y franceses como Berlioz y Ravel escoltarían al danés Nielsen (aquí estos primeros «Contrastes» que titulan este programa) con un concierto de clarinete que nos trajo al tinerfeño Maximiliano Martín de solista, compañero de estudios londinenses con algunos de los músicos de la OSPA, colaborador del director ovetense y otro prodigio para una velada portentosa.

Ya en el Carnaval Romano, op. 9: obertura del gran Hector Berlioz (1803-1869) pudimos adivinar las líneas maestras del concierto, sonoridades muy cuidadas, colorido del carnaval, velocidades en el punto justo para disfrutar de los solistas (magistral el corno de Juan P. Romero), unos balances entre todas las secciones perfectos y la gestualidad clara y precisa de Pablo González para ir definiendo todos los planos con una paleta muy rica en las dinámicas. Una orquesta entregada a la que se la notaba disfrutar con el «conductor», un término británico que al director asturiano formado en la capital inglesa con el siempre recordado Sir Colin Davis entre otros, le viene como anillo al dedo, manejando la masa sonora con prudencia, tino y acierto, controlando sin pisar el acelerador, un guiño, una mueca suficientemente clara para sacar el máximo rendimiento a la impresionante orquestación para una formación que necesita más que nunca un titular como el carbayón, así como un concertino (hoy invitado el madrileño Miguel Colom y la ovetense María Ovín de ayudante), para sonar como saben y pueden, la calidad tanto de las obras elegidas como de sus intérpretes.

Hace años que Carl A. Nielsen (1865-1931) enamoró al actual titular de la Orquesta Sinfónica de RTVE, dirigiendo una segunda que todavía recuerdo, y entre los colosos franceses colocar al nórdico con su Concierto para clarinete y orquesta, op. 57 resultó primoroso no ya por Maximiliano Martín que hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento, sino por la plantilla peculiar con cuerda «menguada», dos fagots, dos trompas y la caja (impresionante Rafael Casanova) casi tan solista como el clarinete, donde concertar sin perder nada de lo escrito, es una tarea al alcance de pocos directores. Concierto con destinatario que el propio Martín explica en OSPATV así como en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores) de Marina Carnicero García, un lenguaje musical muy danés por inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete. «La caña» literalmente, un solo movimiento con juegos te tiempos contrastados, rítmicamente complicados de concertar, diálogos entre orquesta y solista, así como la caja que también parece cantar y contestar el carácter del destinatario Aage Oxenvad (quien lo estrenaría en Copenhague el 11 de octubre de 1928), gruñón y endiosado al que su compatriota parece quiso pone a prueba, que el canario Martín eleva al culmen con esa sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto desde el clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortar la respiración del público (los móviles todavía no saben escuchar), los solos volando literalmente por el auditorio, y la orquesta revistiendo de belleza esta página de mi querida Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después.

La propina de un músico que trabaja como clarinete principal en la SCO (Scottish Chamber Orchestra) tenía que ser escocesa, una excelente página de James MacMillan (1959), From Galloway, para seguir disfrutando del sonido único del clarinete maestro, la caña del canto, la inspiración antigua en el sonido actual, con la respiración como expresión intrínseca a la música, el intimismo e incluso la crítica a un incomprensible «Brexit» para una visión unificadora y artística de un español universal en Gran Bretaña.

Verdadera prueba de fuego son los Cuadros de una exposición de Músorgski en la orquestación de Ravel, exigencia para cada solista, para las secciones que deben estar en la proporción exacta para equilibrarse, pero también para el director que conduce al oyente por cada cuadro debiendo pintar con sonidos toda una explosión de color desde todas las intensidades con el aire justo para disfrutar de los paseos entre ellos deleitándonos y aportando la personalidad del guía. La versión de Pablo González, que conoce esta obra desde hace tiempo dirigiéndola de memoria) resultó preciosista, precisa, puntillista por los detalles, dejando a los solistas «respirar» en sus intervenciones y retomando la pulsación justa con el rubato necesario para tomar carga expresiva, unido a unos silencios sobrecogedores que aportan el dramatismo subyacente. Diez cuadros pintados a la perfección con la respuesta exacta exigida desde la dirección poderosa, cómplice y hasta próxima para una obra que por conocida siempre resulta complicado sacarle brillo. Artesano del sonido, mi tocayo (también en OSPATV) supo jugar con una sonoridad cuidada, limpia y que permitió escuchar todo lo que Ravel saca del piano original para recrear estos lienzos limpiándolos y dotarlos del brillo que la OSPA tuvo. Hacía años que la cuerda no sonaba tan presente y llena, con unos pizzicati claros, redondos, una madera en estado de gracia (saxo incluído), unos metales poderosos (bravo el solo de bombardino de Brandhofer) que nunca cegaron con una cuidada emisión y la percusión pletórica, tanto en las pinceladas como en los grandes trazos finales, empujando para un sonido sinfónico único. Los polluelos salieron del cascarón, la discusión de Goldenberg y Schmuyle se escuchó precisa, las Catacumbas acogieron los claroscuros, la cabaña Baba-Yaga pese a las patas de gallina nunca estuvo tan asentada y la gran puerta de Kiev se abrió de par en par para la salida triunfal de Pablo González, calificativos «con P» en este regreso al podio de una OSPA huérfana que le acoge como su público rendidos ante su magisterio.

El Rey Camarena

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Martes 28 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Los Conciertos del Auditorio: Javier Camarena (tenor), Ángel Rodríguez (piano). Obras de Gounod, Lalo, Donizetti, Rossini, Flotow y Cilea.

Crítica para La Nueva España del jueves 30 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Javier Camarena sigue siendo “El Rey” como bien cantaba en la cuarta y última propina jaleado por un auditorio hasta la bandera que le sigue coronando como el mejor tenor actual. Con su habitual pianista cubano Ángel Rodríguez compartió un triunfo sonado ante el derroche artístico mostrado por ambos, la voz que gana cuerpo y asombra con sus “filados” (parece tener tres pulmones bromeaba un aficionado) y las diabólicas reducciones orquestales para el piano donde no faltaba ninguna nota ni matiz. Si en el recordado concierto de noviembre 2017 asombró, en este enero 2020 maravilló y cautivó antes de cantar, haciendo su presentación con ese semblante siempre risueño, afable y cercano que solo los grandes poseen, totalmente alejados del divismo.

El recital se organizó con una primera parte en la lengua de Víctor Hugo y la segunda en italiano, arias conocidas y otras menos transitadas de óperas puede que menores pero bien elegidas sus arias para lucimiento del xalapeño que en esta gira española de parada obligada en “La Viena del Norte”, tiene todas las entradas vendidas con antelación.

El «Fausto» de Gounod fue el primer “brindis” con Salut! Demeure chaste et pure antes de la poco escuchada Vainament, ma bien áimée de la ópera de LaloLe roi d’Ys” de alegre estribillo y estrofas delicadas, un aperitivo que de por sí resulta agradecido además de difícil.

El Donizetti de Camarena sigue siendo único, tanto en el aria de “Don Sebastián Rey de Portugal”, que como ópera puede no ser destacable pero en esta página recuerda todos los protagonistas que el tenor mexicano atesora en su repertorio, y donde el francés natural lo emite sin nasalizar en absoluto, con un total dominio técnico, proyección exquisita y limpieza total, matizado con tal riqueza que da gusto escucharle. Evidentemente no podía faltar su aria fetiche y casi “record Guinness” por las veces que lo ha bisado, “La hija del Regimiento” con la famosa aria A mis amigos, reales entre el público con el elenco de la Lucía del Campoamor entre ellos y “los nueve do” que resultaron once ante el derroche vocal del final a cargo del Rey Javier I de México y el príncipe “consorte” del piano dando el ropaje y entendimiento total en cada nota.

En italiano otra rareza de Donizetti y su ópera “Betly” (1836), el aria E fia ver, tu mia sarai…, sello inconfundible en su escritura, dominio absoluto en el canto y acompañamiento increíble, Camarena en estado puro cuyo Rossini inicial de “Ricciardo e Zoraide” resultó una lección de “canto bello” en una de las primeras óperas del Cisne de Pésaro, llena de los giros siguientes en sus arias de tenor como esta S’ella mè ognor fidele…, agilidades vertiginosas bien resueltas con la aparente facilidad del canto y piano venidos desde México.

El sentimiento en estado puro, la emoción de los “pianissimi” capaces de alcanzar el silencio respetuoso de un público entregado llegaría con dos arias donde el espíritu de Alfredo Kraus “El Tenor” pareció imbuir al xalapeño de timbre único, poderosamente delicado y entregado en las últimas del recital, M’appari…  (Von Flotow) de la poco representada “Martha” y El Lamento de Federico de «La arlesiana de Cilea«, joyas para tenor que Camarena bordó además de emocionar, rindiendo a un público que ha creado hasta un Club de Fans en “Facebook”.

Las propinas fueron casi una tercera parte para delirio de todos. Nuestra zarzuela a nivel estratosférico con Camarena y Rodríguez: «Los Gavilanes» de Guerrero con la romanza Flor roja, de poner la piel de gallina y cortar el aire, más No puede ser de «La Tabernera del Puerto» (Sorozábal), poderosamente íntima antes del fin de fiesta mexicano con aires de mariachi: el famoso huapango de la «Malagueña salerosa” nacionalizada asturiana (qué pena los arranques de aplausos) con un piano primoroso, derroche de agudos para pone en pie a todo el auditorio antes de acabar con la ranchera más conocida de José Alfredo Jiménez y coreada por el auditorio, porque Camarena sigue siendo “El Rey”.

Arriba Vuelta Abajo

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Viernes 24 de enero, 20:00 horas. Mieres, Auditorio Teodoro Cuesta: Vuelta Abajo «América-Asturias». Entrada libre.

Tras el éxito del pasado noviembre invitados por el Orfeón de Mieres compartiendo concierto, volvían en solitario Vuelta Abajo con otro lleno en el auditorio local agotando las invitaciones desde un semana antes, y un recital con recorrido no solo por la América hispana sino con la incorporación de temas asturianos sin perder ese toque propio de los que son nuestros Sabandeños asturianos, invitados por los originales a su tierra, donde actuaron para la televisión autonómica dejando el pabellón muy alto.

Con una trayectoria amplia y manteniendo la esencia de siempre, sin estar al completo resultaron más que suficientes con ocho instrumentistas curtidos (cómo se agradece el bajo eléctrico rellenando sin molestar), algunos polivalentes, más el complemento puntual de las quince voces que también tocan flautas, sicú, charango, percusiones y hasta un teclado. Una afinación coral donde los solistas se alternan como en las presentaciones de los temas, enriqueciendo la tímbrica y buen gusto apropiado a cada uno, el concierto mierense que resultó todo un viaje musical con una sonorización perfecta.

Tras las Tolderías abriendo boca y marcando estilo en esta zamba recordando a Los Chalchaleros (de quien perdíamos hace una semana a Juan Carlos Sarabia), el Mensaje a Juan Vicente de alegría venezolana apara unir el folklore canario con su «octava isla» caraqueña que dominan con la herencia de ida y vuelta, Callejón Palmero y Tenderete (compuesto por Elfidio Alonso) demostrando que el Atlántico es más pequeño de lo que creemos, transmisión de músicas que se enriquecen y tornan a casa.
Los esclavos africanos en América del Sur, la búsqueda del buen tiempo bajando del altiplano a la playa, migraciones con historias y ritos de ese mestizaje interracial donde lo musical forma parte de él, Candombe del negro José y Samba Landó, «qué tienes tú que no tenga yo», todas con los ritmos típicos y unas voces empastadas, sin olvidar nunca presentar cada tema para ubicarlo en su extensión.

También habría momentos para el «remanso» casi espiritual en la misma línea de calidad de Vuelta Abajo, la isla cubana tabaquera de quien toman el nombrem Camino de la noche de solistas destacados en medio tiempo, o la Oración del remanso al Cristo de las Redes tan marinero, con las luces atenuadas y efectos tropicales de unas púas delicadas en intimismo paladeado, más ese bellísimo bolero eterno del Madrigal, origen cubano pero portorriqueño, a fin de cuentas siempre el Caribe de palmeras, ron y tabaco.
Canciones coreadas, conocidas o recordadas y dos éxitos que muchos entonábamos en nuestra infancia con la radio siempre conectada: Zamba de la esperanza de Chalchaleros pero popularizada por Jorge Cafrune y Marito, aquí monumento coral ya propio, y la paraguaya Galopera de arreglo contagioso en nueva demostración vocal bien arropada instrumentalmente.

Mieres entiende y conoce el folklore andino, del altiplano hasta el Caribe sin olvidar el canario, pero en lo asturiano son cátedra, por lo que el público no pudo quedarse en mero espectador y Luz de Amanecer abrió el tarro de las esencias, la Bolivia tan minera y sufrida como nuestra Asturias, colorido de flautas y bombo legüero antes de los Aires asturianos remozados y recuperados de la Tuna de Industriales de Gijón por Elvis (como tantos popurrís de Derecho o Mieres, sin dejarme aquella premiada Tuna Universitaria televisiva y ochentera, en las que estaban muchos de los Vuelta Abajo), para cerrar homenajeados como Amigo, complicidades entre butacas y escenario, amistades de muchos años, familiares y cercanas, palmas a ritmo que rompen finalmente en aplausos atronadores pidiendo «Otres tres».

Regalo del coreado segundo himno oficial, el Asturias que Victor Manuel musicó con letra de Pedro Garfias, un tema inmenso que Vuelta Abajo mejora con ritmo andino, percusión poderosa y una modulación (cambio de tono) hacia el final en un impresionante concierto que nos puso a todos muy arriba, esperando ya la próxima actuación aunque siempre nos quedan sus discos (también aprovecharon para venderlos) pero el directo siempre es único.

GRACIAS amigos.

Lucía de locura

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Jueves 23 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Teatro Campoamor, LXXII Temporada de Ópera: primera función del último título: Lucia di Lammermoor (Donizetti). Fotos ÓperaOviedo y propias.

Feliz de cerrar mis 61 recién cumplidos con mi adorada «Lucía» que volvía al Campoamor tras la de 2012 y con un reparto encabezado por Jessica Pratt (quien adelantase sus facultades en la gala solidaria de 2015) y Celso Albelo, pareja en el Rigoletto de hace tres años, aunque el tiempo también hace mella en todos, incluido el que suscribe.
Y una lástima porque esta Lucia arrancó desigual pese a la excelente sonoridad de la Oviedo Filarmonía con el maestro Giacomo Sagripanti en la dirección, pues el coro ya entró algo tarde aunque según avanzaba la representación la locura apareció antes de lo esperado.
La ópera va más allá de dar las notas escritas (alguna no lo estaba) sino de cómo darlas, y el ansia por el volumen hace abrir y descolocar la voz, demasiado vibrato que termina calando la voz y la leve desafinación que se hace insufrible. La sensación de no llegar flotaba en el ambiente aunque me llamen repugnante.
En esa «locura» comenzó el ucraniano Kymach con un Enrico de emisión rotunda e incluso color bello pero que desigual durante toda la función, especialmente en sus agudos, una de cal y otra de arena, aunque mantuvo el tipo y su registro central tenga cuerpo y proyección.

De otro conocido y querido en Oviedo como Simón Orfila sus agudos se contagiaron de una vorágine casi vírica, y además el color no es el de un bajo como suele ser Raimondo (comentaba que es como hacer tocar el papel de tuba a un trombón), aunque el menorquín pueda sobradamente con las notas, mantuvo el tipo pese a ese vibrar del agudo que no es agradable al oído. El tiempo irá dando cuerpo y empaque a una voz de barítono.

Y del tenor canario, casi asturiano por el cariño (que perdona todo) creo que este jueves no estaba bien de salud este Edgardo Albelo. Por momentos se notaba esa tela que obliga al carraspeo transmitiendo esa sensación de miedo, nos regaló un agudo sin empastare con su paternaire, los agudos no brillaban e incluso calaban, y la esperada penúltima aria (sin tumbas de antepasados y la amada cerca en la habitación colindante y no el castillo) la recreó en tiempo algo lento, muy «ad libitum» respetado por el maestro Sagripanti, excelente concertador, con ornamentos alejados de la línea krausiana de su maestro (que para mí sigue siendo el referente aunque también recuerde a Rosetta Pizzo y Jaime Aragall en mi juventud, más la flauta de César San Narciso). Lo mejor estuvo en el final, ya moribundo en el suelo, con la bellísima «alma enamorada» que en media voz sonó sentida, afinada y llegando a las alturas.
Repetía como Alisa nuestra carbayona Mª José Suárez, algo apagada y contenida ante tanta locura, más el breve Arturo de Moisés Marín, más «La Pratt«, con lo que el conocido sexteto quedó cojo en equilibrios y colores, verdadera pena porque es una de las páginas más brillantes de la ópera y necesita voces que empasten, emitan y logren un balance muy difícil de conseguir.

Triunfadora la Lucía de Jessica Pratt en una nueva (re)creación de esta carrera de fondo casi sobrehumana que supone este personaje belcantista, con el que está ganando enteros por todo el mundo. Apenas hay un momento de respiro, jugando con los tiempos bien secundada en el foso (bravo la flauta de Mercedes Schmidt y el cello de Gabriel Ureña, los solistas más cantabiles que subieron a saludar al final). De amplia gama de matices la australiana aunque los sobreagudos sean lo que se espera me gusten más sus crescendi desde una media voz cautivadora, así como una dramatización personal que acabará siendo un referente ante los años que tiene por delante.

En sus dúos «engulló» toda pareja (hermano, confesor, amante…), su timbre sobresale diría que excesivamente y no solo por frecuencia sino también por decibelios. Con una técnica excelente unida a su voz contundente y convincente no logró ponerme la piel de gallina (tras muchas «Lucias» a lo largo de mis casi 50 años de ópera), el viento y la locura sí emocionaron pero comenzó en escena antes de su aparición. Del sexteto Lucía y Edgardo rivalizaron en volumen y el cuarteto restante aguantó dos a dos el empuje sin rechistar ni empatizar.

Del coro titular, que comenzó algo destemplado, se mantuvo empastado y ganando enteros especialmente las voces graves más la escena de la boda.

De la escena no hubo mucho «revuelo» ni gran movimiento actoral sobre las tablas aunque resultase original el «descubrimiento» del giro (que acentúa visualmente la locura), tras una cocina inicial muy «british», el hotel que recuerda al de Kubrick en El resplandor, y el salón con chimenea que en la rotación nos conduce a la escena del crimen con la presencia en la cama ensangrentada del asesinado (creo que nunca lo había visto) donde acuden todos, la ausencia de armas en la irrupción y disputa entre Enrico y de Edgardo (sí hubo daga para el suicidio) más una acción a caballo entre los años 40 y el último romanticismo con un vestuario elegante de opereta vienesa especialmente en las voces blancas del coro, con las protagonistas vestidas y peinadas como años después, algo que no aporta nada y que si las voces fallan termina siendo más protagonista de lo que debería.
Me gustan y suelo acudir a las terceras funciones porque está todo más rodado, e incluso el segundo reparto joven de esta Lucía del 20 promete, así que acudir al «estreno» tiene estas cosas: los abonados de muchos años, el vestuario variopinto, la presencia del regidor local en el palco municipal, la división de opiniones con la megafonía en asturiano (en Galicia, País Vasco, Navarra o Cataluña no sucede), los comentarios susurrando como si estuviesen en su casa, el descanso para el cigarrillo o el cava, también los teléfonos, y la prisa por marchar que el viernes es laborable para muchos.

Reparto
Lord Enrico Ashton: Andrei Kymach
Miss Lucia: Jessica Pratt
Sir Edgardo di Ravenswood: Celso Albelo
Lord Arturo Buklaw: Albert Casals
Raimondo Bidebent: fallan
Alisa: María José Suárez
Normanno: Moisés Marín
Dirección musical: Giacomo Sagripanti
Dirección de escena: Nicola Berloffa
Diseño de escenografía y vestuario: Justin Arienti
Diseño de iluminacion: Valerio Tiberi
Dirección del coro: Elena Mitrevska
Orquesta Oviedo Filarmonía
Coro de la Ópera de Oviedo

La Cerezal crece

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Sábado 18 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Pola de Siero, «La Cereza’l Cielu«, presentación del disco. Entrada: 6€.

Cerezal nacía en 2013 con un sonido original, lleno de matices y sin perder asturianía, sin complejos, giros al pop llevado a su terreno, grabando un EP autoproducido en noviembre de ese año, agotado en la presentación.
Un año hasta su primer CD «Camín», pero manteniendo calidad y rodeados de colaboradores de lujo, y con ligeros cambios, Cerezal crece como grupo, cambian voz femenina por masculina, aumenta la plantilla manteniendo la base original de violín, percusión y guitarra, para volver a los Estudios Tutú de Corvera (un referente musical) y dejarnos como regalo navideño de 2019 este nuevo trabajo titulado «La Cereza’l Cielu» (una forma asturiana de llamar al arco iris) que presentaban en el Auditorio de la Pola Siero rodeados de amigos arriba y abajo del escenario.

Los Cerezal de ahora son Marcos Álvarez (voz), Andrea Joglar (gaitas y flautas), Juan José Díaz (percusiones), Juan Yagüe (guitarra, mandolina, voces), Gonzalo Pumares (violín), Marcos Álvarez (voz), Juan Carlos Vega Cabín (bajo eléctrico, voces) y por supuesto Miguel G. Díaz (pintor y diseñador) que en directo pinta la portada creciendo a la par que la música, tal como en aquella cerezal de 2014.

Sonido en vivo con uno de los productores del disco junto al técnico del propio auditorio polesu, aunque tardasen en acertar con los balances y ecualizaciones especialmente de la voz, repaso al CD y unos invitados de lujo que en directo siempre se agradecen, amén de algunas secuencias pregrabadas perfectamente ensambladas.

Buena entrada y un discurrir de temas donde hubo baile cual danza prima tanto en el patio de butacas como sobre el escenario, temas populares llevados al «estilo Cerezal» donde la voz de Marcos Álvarez le da nueva vida a los temas del primer disco, también escuchados este sábado entre lo nuevo, la percusión de Juanjo Díaz sigue siendo un motor de muchos caballos capaz de combinar cajón, batería y carillón en un malabarismo único, la guitarra de Juan Yagüe el complemento rítmico y armónico donde nunca faltan las pinceladas de excelentes punteos y unos coros bien empastados, más el violín de Pumares que lo mismo volotea cual Grapelli del folk que en unísonos con gaitas o flautas engordan esa tímbrica única de raíz irlandesa pero ya asimilada a esa etiqueta de «celta» (aunque como guerreros no tenían micho tiempo para la música) por no llamarles atlánticos.

Con el bajo eléctrico de Cabín el sustento queda más homogéneo y el remate a la formación lo pone la flauta y gaita de Andrea, académica cuando debe y creativa siempre como en el Jazz, sonidos limpios, dibujos amplios y perfecto ensamblaje de este sexteto.

Los invitados pusieron el plus, no estaban todos los que eran (y  grabaron) pero sí eran los que estuvieron, entre ellos Alvaro Bárcena, impecable con sus guitarras incluyendo la steel, aumentando los matices en los temas donde participó, Nel Suárez, Marco Antonio Guardado, Fernando Oyágüez al banjo,  Rodrigo Joglar en el acordeón diatónico, Ruboh rapeando, Pedro Santiago Pitu, David Mori con la gaita como sus colegas Rubén Alba  o Jose Manuel Tejedor Mier, un lujo sumarse a la fiesta del directo y estreno de disco.

Repaso a una trayectoria de años sin perder la frescura, aires ligeros, añadas que no duermen, poetas de ayer y de hoy, electrónica bien encajada sin abusar de ella, toques de Rap pero siendo y sonando siempre a Cerezal, buscando etiquetarlos a caballo del folk acústico y el pop-rock pero simplemente trayendo hasta hoy una tradición de la que Beleño o Llan de Cubel comenzaron en los 80 a actualizar.

Caleyando con esa secuencia inicial que desemboca en un medio tiempo presentado por flauta y violín, La Playa de Rodiles cual «country astur», La Polesina bailable, movida y muy de Celtas Cortos aunque aquí serían «Cerezales con filtro», el coreado Nun me dexes cayer, la Danza Bidules capaz de comenzar eléctricamente folk por instrumentación con la voz de Marcos digna de romances, el arco iris que da título al disco como una banda de «road movie» traducida al asturiano «viajera y caleyera», una preciosa As Andolías igualmente actual por un inicio electrónico juguetón para un día gris de «orbayu» que va calando instrumentalmente para vestir ese timbre de Marcos, una Bretaña de «lalalá» ancestral que salta cien años sin perder solera.

La «steel guitar» de Na oriella prieta riega una balada agradecida, Ayeri mantiene la esencia originaria de Cerezal, melodías bien construidas que suenan bien masculinas o femeninas, la alegría de Fala un beso, reivindicativa además del doble sentido que no es más que el propio beso, y el genial Thriller de Michel Jackson, aullidos incluidos empujado por una rueda rítmica de «Yagüe Knopfler», el paraíso asturiano capaz de mantener reconocible el «monstruoso» éxito del genio que nunca quiso crecer resucitado con esas cerezas autóctonas.

Un fin de fiesta para la Nueche, la primera y también la última, la misma noche con más años, casi dos horas de música variada, público entregado y escenario más, complicidades interpretativas en un repertorio que mantienen y renuevan estos Cerezal.

Imágenes italianas

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Horizontes II», abono V OSPA, Benedetto Lupo (piano), Corrado Rovaris (director). Obras de Elgar y Nino Rota.

Con Italia tenemos esa cercanía del Mare Nostrum y su música la sentimos casi como nuestra. De ahí llegaban director, pianista y unas obras que Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores) desgranó en la conferencia previa poniendo imagen a unas partituras de por sí evocadoras y más aún cuando te las muestran e incluso analizan con detalle, máxime en la música de cine.

Evidentemente Sir Edward Elgar (1857-1934) no era italiano pero su obertura In The South «Alassio» op. 50 se inspira claramente en ese municipio italiano en el golfo de Génova donde pasó el invierno de 1903 que no fue lo que se dice benigno, pero suficientemente evocador de un imperio romano del que aún quedan vestigios, de las películas romanas que bien pudieran utilizarse como imágenes para esta música, así como de un mar capaz de pasar de ser una balsa a enfurecerse y bañar de grises un lienzo ideal. El maestro Corrado Rovaris volvía al frente de la OSPA (entrevistado en OSPA TV por Fernando Zorita) haciendo música de su tierra natal aunque en Oviedo le recuerdo básicamente en dirigiendo dos óperas: la excelente Peter Grimes de enero de 2012Ainadamar en diciembre de 2013 sin olvidarme tampoco de su anterior visita de marzo de 2015 con el cellista Asier Polo en un concierto donde mimó el sonido de nuestra formación. Conocedor por tanto de la orquesta, con la que se nota un feliz entendimiento, la página de Elgar sacó lo mejor de cada sección y lucimiento de los solistas a lo largo del concierto, incluso permitiéndose cambiar algunos primeros atriles. Energía inicial, con las trompas seguras, la cuerda aterciopelada y equilibrada, el viento madera en su línea habitual así como todos «los bronces» en estado de gracia, poderoso metal de evocaciones dignas de los Péplum. La viola de Alamá no solo rindió homenaje, como el propio autor, al Harold italiano de Berlioz sino que pareció imbuirse de Riquelme en el anterior concierto, dejándonos un solo bellísimo, de musicalidad máxima para poner imágenes a ese mar ambiguo y traicionero, bien contestado por la trompa solista de Rosado, dos valencianos de pura cepa con la cercanía mediterránea. Como bien describen las notas al programa esta partitura «profundizando en esa sensación de elegancia y nobleza que subyace a lo largo de toda la pieza«, elegancia de Rovaris y nobleza de una orquesta con solistas de primera.

Nino Rota (1911-1979) pasará a la historia como gran compositor de bandas sonoras pero su biografía nos muestra a un niño prodigio del piano y autor de páginas sinfónicas u operísticas de vanguardia, con una calidad que el cine parece haber confirmado, pues no me canso de repetir que son los compositores más populares del siglo XX precisamente por el séptimo arte. El Concierto Soirée para piano y orquesta (1961-1962) lo estrenó el propio Rota en el Teatro Olímpico de Vicenza (1963) y en él aparecen guiños llenos de citas musicales, de toques humorísticos y sobre todo su empeño de «hacer feliz a la gente«. Uno de sus alumnos fue Benedetto Lupo, quien ha grabado la integral para piano de su maestro, el solista ideal para este concierto (merece la pena la entrevista en OSPA TV), cinco movimientos no exentos de virtuosismo, de diálogos con la orquesta (algo más reducida) y exigente por los cambios de tempo, ritmo y dinámicas que Rovaris entendió desde su dirección clara, precisa y nunca ampulosa pero siempre efectiva. Imágenes que los propios títulos evocan, desde el Chopin del Valzer Fantasía inicial, el Ballo figurato con reminiscencias rusas incluso en la instrumentación, el romanticismo exiguo de la Romanza (que utilizará Rota en La Strada) donde el chelo de von Pfeil rivalizó en sonoridad con la viola o el corno inglés de esta primera parte, poniéndole personalmente al piano imágenes del mejor Rachmaninov tamizado también por Hollywood, final en la menor casi de fundido a negro con el paso último al mayor que Lupo devolvió al do natural en otra humorada «muy de Rota» antes de la afrancesada Quadriglia, piano emergiendo arriba y abajo con flautas más clarinetes coloreando este baile de salón que finaliza con el alegre y luminoso Can-Can para solaz de orquesta y batuta concertando a la perfección con Benedetto Lupo inspirado como todos.

El regalo del Preludio 13 de Rota recordaría el dominio melódico del maestro y beber de la fuente directamente para un Lupo poderoso y tierno, preludio cinematográfico de la segunda parte.

Las imágenes de La Strada (1954) seleccionadas por el doctor Chávarri para la conferencia nos recordaron al mejor Fellini y el genial tándem con Nino Rota cuya música conocemos a la perfección, casi siempre asociada al cine. El reparto con Giulietta Masina (Gelsomina), expresividad y delicadeza irrepetible, Anthony Quinn (Zampanò), todavía joven en el papel de forzudo tragafuegos y maltratador, y Richard Basehart (il Mato, payaso trapecista), mi almirante Nelson del submarino nuclear Seaview en la serie «Viaje al fondo del mar» de los años 60 con televisión en blanco y negro como la propia película de Fellini.
La belleza de esta banda sonora para la oscarizada como mejor película de habla no inglesa en 1956, donde hay amor, ensoñación y desengaño subrayados perfectamente por el compositor le llevaron en 1966 a escribir la Suite del ballet para orquesta a petición de La Scala de su Milán natal, partitura que Rovaris con la OSPA elevó al paraíso cinematográfico con imágenes propias. Lucimiento en cada intervención de los solistas desde el impetuoso inicio. Si la trompeta de Van Weverwijk pasaba del sonido circense al de jazz con total naturalidad, el trío de músicos que se encuentran con Gersomina, flauta, clarinete y tuba -en la película vemos un bombardino- caminan sobre el alambre sin red pero seguros en las alturas con toda la madera al encuentro de «il Mato». El swing lo marcaría Casanova a la batería secundada por unas trompetas espectaculares y el trombón de Brandhofer en su salsa, junto a los timbales de Prentice asegurando con precisión los tutti. Y la delicadeza de Massina recayó en el violín de Isabel Jiménez (que repetía de concertino invitada), contrastando con la tensión orquestal del maltratador Zampanò, el único momento donde el balance cayó hacia los «bronces» ocultando una cuerda (con piano, celesta y dos arpas) casi siempre presente y contundente. El «intermezzo» cede la melodía a la trompeta, nuevamente inspirada, antes del triste final nuevamente con el solo de violín doloroso y bello.
Rovaris diseñó una película sinfónica llena de claroscuros bien coloreados, sacando brillos y sedas, luciéndose y haciendo lucir a cada músico con los múltiples cambios de una partitura que hizo las delicias de todos. Parece perentorio ir cerrando el tema de contrataciones de un concertino titular así como de un director, al menos que sea un Maestro con mayúsculas como el de este abono («no hay quinto malo» dice el refrán), capaz de contagiar entusiasmo y confianza, conocedor de un amplio repertorio más allá del necesario «fondo de armario habitual» alternado con estrenos no siempre de calidad, para que todo funcione y podamos decir que la OSPA suena de cine.

En nombre de Bach y Schiff

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Domingo 12 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: András Schiff. Obras de J. S. Bach.

Las jornadas que llevan el nombre de Luis G. Iberni nos traen para empezar el año nuevo uno de los conciertos más esperados en Oviedo, nada menos que del pianista húngaro Sir András Schiff (Budapest, 21/12/1953), y con un monográfico dedicado al «Dios Bach» que además de toda una maratón interpretativa lo es todavía más su escucha para un público de aficionados, estudiantes, profesionales y acólitos del padre de todas las músicas: el Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971, la Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831, y las Variaciones Goldberg, BWV 988. Lástima que «no está hecha la miel para la boca del asno» y las peores previsiones de toses, estornudos y móviles se cumplieron enfadando al maestro al que no le dieron tregua pese a intentar el milagro de acallar y adoctrinar «en nombre de Dios Bach».

Quienes conocemos y seguimos la trayectoria del músico de origen húngaro sabemos su predilección por «el cantor de Leipzig» del que afirma «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el espíritu santo» y «puedo vivir sin escuchar a Rachmanínov, pero no sin Bach«. No cabe duda que Schiff es una referencia en la interpretación de las obras de Bach al piano y en Oviedo ha vuelto a demostrar su magisterio en este repertorio. En La Nueva España comentaba que «Bach es la cumbre de la música, siempre ha sido todo para mí. Es algo que no tiene explicación«, y clasifica la complejidad de su discurso musical en el que confluyen «elementos emocionales, intelectuales y espirituales en perfecta armonía«.
El Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971 fue la primera lección de este domingo invernal, disfrutar del paraíso con los pies en la tierra, con un mínimo uso de los pedales para poder disfrutar cada nota con su duración, fraseo, equilibrio entre las manos y despojar el halo de historicismo en pos de la belleza sonora del piano. Un Allegro desenfadado y claro, preciso además de brillante, con unos trinos limpios que son «marca de la casa», sin apenas tics en un intérprete que saca el sonido perfecto. El Andante reposado pero igualmente exteriorizado, buscando la pureza desde la aparente sencillez del «gran creador», recreándose en la unidad tímbrica capaz de evocar una orquesta de cámara, un intimísimo compartido que parecía obrar cual bálsamo terapéutico. Y el Presto una ráfaga de vida, auténticas perlas cultivadas con un balance dinámico desde el respeto a la partitura, las repeticiones contrastadas haciendo del barroco algo natural, espontáneo y sin artificios.

La Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831 otro collar engarzado con hilo de oro, desde la Ouverture casi orquestal, la grandeza musical desde el piano confirmando que esta escritura es germen de toda la música posterior. Cada una de las nueve danza posteriores mantuvieron su independencia global, unos ornamentos espectaculares que nunca ocultaban la melodía, los cambios de octava con la misma intensidad sonora e iguales contrastes, el tejido contrapuntístico elevado a la enésima potencia, matemáticas musicales dotadas de vida propia e interpretadas con una naturalidad digna de admiración. Danzas a pares complementándose para brillar por sí mismas, el piano cual guardián de orquesta escondida y sabiamente reflejada en la interpretación de András Schiff, sentida Sarabande y explosivas Bourrée más Gigue con una mano izquierda poderoso complemento de los agudos antes del último Echo nuevamente «orquestal» para cerrar una primera parte que cercana a la hora mantuvo de momento la salud de un público que casi llenaba el auditorio.

Pocas veces podremos escuchar las Variaciones Goldberg, BWV 988, una hora y cuarto de liturgia en las manos del pastor Schiff,  nunca iguales pero siempre emocionantes. El propio maestro las describe a la perfección: «Un aria inicial de una belleza exquisita en la que la voz más grave adquiere todo el protagonismo y de ella nacen las 30 variaciones«. Cada variación independiente y con carácter propio, algunas «contienen motivos de canciones populares alemanas, otras se emparentan con las danzas y otras son tremendamente virtuosísticas«. Si la descripción es clara, su interpretación aún más pues tras la exposición del tema inicial verdaderamente solemne, majestuosa, paladeada en cada nota, las variaciones fueron desgranándose únicas, vibrantes además de profundas, sonoridades prístinas, balances divinos. El silencio siempre importante pero roto por los maleducados que parecen multiplicarse, no llegó a enturbiar el arte de Schiff, el aria ideal antes de las variaciones con  «la sencillez es algo bueno, es profunda«, como dice Sir András, impresionante mantener la pulcritud temática con el ostinato de los graves en el volumen perfecto, los cruces de manos solo perceptibles al ojo pero nunca al oido, esas ornamentaciones cristalinas, el respeto por las figuras en su justa medida sin pedales, la técnica pura y sin trampas. Las variaciones rápidas son catarata luminosa, las lentas un soplo de vida además de remanso, luces desde todos los matices sin perder nunca un discurso ágil, claro, equilibrado y nunca ostentoso: «El virtuosismo aparece cuando el intérprete consigue dar un sentido a cada una de las notas de la partitura«.

Los intentos de separar las variaciones en bloques de diez solo sirvieron para el estruendo ofensivamente maleducado (y contagioso) que comenzó a traslucirse en un semblante de incomodidad, aunque la fuerza pienso que se mantuvo y hasta interiorizó para continuar la lección, pero el segundo silencio verdaderamente dramático y eterno acabó con la paciencia de muchos, especialmente la del propio Sir András Schiff al que ni siquiera dejaron finalizar con respeto el «reprise» o Aria da Capo que resuena cual amén tras una liturgia que como la católica los feligreses no soportan más allá de la hora ¡cuando el propio programa indicaba la duración aproximada de 76 minutos!. Los ritos deben respetarse bajo pena de pecado mortal.
Está visto que el gran Bach parece solamente para iniciados y educados, el apóstol Schiff se llevará una mala imagen de Oviedo a la que seguiré llamando «La Viena del Norte» español aunque su público diste años luz del austríaco y comience a ser preocupante en una sociedad donde los valores del propio «Kantor» siguen actuales, su escucha obligada desde el respeto por la palabra musical, una virtud que romperla condena al infierno del olvido.

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