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Canciones y poemas con Hampson

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Sábado 8 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Thomas Hampson (barítono), Amsterdam Sinfonietta, Candida Thompson (concertino). Obras de Schönberg, BrahmsBarber, H. Wolf y Schubert.

Regresaba uno de los grandes a la capital asturiana aunque no llenó el auditorio, lástima porque el barítono estadounidense nos dejó en el 2011 un gratísimo homenaje mahleriano. Esta vez cambiaba piano por una joven orquesta de cuerda que fue protagonista plena y auténtica delicia interpretativa en Verklärte Nacht, op. 4 (Schönberg), una «Noche transfigurada» de 1917 revisada en 1943, enmarcada dentro de un programa titulado «Canciones y poemas» con textos más las respectivas traducciones en las notas al programa de Alberto González Lapuente. Nos dejaron encendidas las luces de la sala para poder disfrutar del maridaje letra música al que no es ajeno Schönberg al incorporarnos el poema homónimo de Richard Dehmel para ir entrando en materia. Impresionante sonoridad y sentimiento por parte de este «ensemble» de volúmenes casi sinfónicos con la concertino Candida Thompson al frente, aunque presumen de no tener director titular, que a la vista de lo escuchado no parece necesario cuando además se viene en larga gira europea (Oviedo era última parada española antes de volar a Lisboa) con un programa más que trabajado. Parte del público sigue considerando a Don Arnoldo demasiado moderno, no callaba ni dejaba de toser en el inicio, pero la interpretación de los holandeses no pudo sonar más romántica ni redonda, romanza sin palabras o poesía hecha música, antes de dar paso al protagonista.

Brahms elige para sus Vier ernste Gesänge, op. 121 «Cuatro canciones serias» con textos bíblicos, del Eclesiastés y una Carta a los corintios de San Pablo, protagonistas musicales luteranos de temática mortal (¡cómo resuena en alemán la palabra muerte, «Tod«!) antes de la encíclica más esperanzadora del converso, por lo que Hampson cantó esa oscuridad brahmsiana reforzada con el estreno de esta versión para orquesta de cuerda de David Matthews, que tras la transfiguración inicial puedo decir que nos dejó el corazón en un puño.
Menos mal que la segunda parte alternarían poemas variados a los que la música engrandece, más aún en la voz de un barítono universal capaz de emocionar tanto en la ópera como en el lied, donde cada canción es un microclima sentimental. «La playa de Dover» de Matthew Arnold musicada por Samuel Barber en Dover Beach, op. 3 en nuevo estreno de la versión para barítono y orquesta de cuerda de Marijn van Prooijen todavía rezuma sombras más que luces aunque Hampson saca brillo a todo lo que canta, esta vez en su inglés natal.

Los dos maestros del lied serían protagonistas hasta el final: Hugo Wolf resultó el contrapunto de alegría intercalado con el profundo Schubert, donde los textos casi los entendemos escuchando cómo los recrean Hampson y la Amsterdam Sinfonietta, que nos volvía a dejar una joya instrumental del primero, la Serenata italiana en sol mayor («Italienische Serenade») en arreglo del ya citado Prooijen, antes del Fußreise («Viaje a pie»), el número 10 de los «Mörike-Lieder» que Matthews engrandece en estos arreglos o intervenciones que llaman algunos, pues manteniendo la pureza de la escritura pianística la ensalza en tímbricas y dinámicas increíbles, también para Schubert y su Memnon D541 op. 6 nº 1 con texto de Mayhofer que Thomas Hampson sazonó al punto desde su poderío y gusto, imposible sin los ingredientes holandeses.

Luces y sombras, canciones y poemas, Mörike y Goethe, Wolf «En una caminata» (lied nº15 Auf einer Wanderung) y Schubert «Secreto»(Geheimes op. 14, nº 2) antes de cuadrar un círculo austrogermano total con la alegría del cuento musicado por Wolf Der RattenfängerEl cazador de ratas«), barítono que lleva de la mano a la orquesta, que recrea con su enorme presencia cada palabra, y esos arreglos mágicos dando mayor rango expresivo al lied vienés, al igual que las dos propinas (en Madrid llegó a cuatro): Anakreons Grab de Wolf, donde el propio barítono recordaba su anterior visita a Oviedo hace algo más de dos años antes de volver a regalarnos el Mahler de los Wunderhorn en arreglos igualmente de Matthews, aunque este sábado quedó algo más frío que en el año del aniversario. Lástima porque la calidad del conjunto se merecía más aplausos y éxito, pero «para gustos, colores», esta vez no brilló el arco iris.

Dedicado a quienes no pudieron estar en Oviedo, dejo aquí incrustado el concierto de Amsterdam, mismo programa para todo el Tour europeo, con propinas y todo:

Allegro MaestroSO

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 6 «El pasado recobrado»: Teo Gheorghiu (piano), Perry So (director), Claudio Abbado in memoriam. Obras de G. Gabrieli, Beethoven y Stravinsky.

Regresaba el alegre maestro Perry So al frente de la OSPA con un programa variado bien comentado por María Antonia Barnés Vigil tanto en las notas al programa (enlazadas en los autores) como en la interesante conferencia previa de la que tomaré su hilo argumental sobre los distintos diálogos y en memoria del director recién fallecido Abbado.

Como ya sucediese la temporada pasada, se introdujo en el programa música camerística, esta vez a cargo de «los bronces» propios para escuchar el efectista G. Gabrieli con dos canzone flanqueando una sonata, obras todas de 1597 (Sacra Symphonia), aunque puestos a innovar hubiese quedado genial haber colocado en los laterales del segundo piso los metales precisamente para disfrutarlo acústicamente en el auditorio cual San Marcos veneciano, y la profesora Barnés hablaba precisamente de «diálogo con la arquitectura» en el caso del compositor italiano. Mejor la Sonata pian’e forte a dos (trompeta, trompa, trombón y trombón bajo más tuba) sin herencia vocal y auténtica delicia de matices (de aquí surgen los términos «piano» y «forte» en cuanto a intensidades, un coro o ambos, entendiendo por tal las balconadas enfrentadas donde se ubicaban en Venecia) que la Canzon primi toni (dos, cuatro, dos) algo destemplada para arrancar, o la Canzon septimi toni nº 2 mejor empastada. Se agradece escuchar música barroca aunque no sea sinfónica sino camerística, si bien no creo que encaje en los conciertos de abono, dejando claro que no la considero menor ni una rebaja incluir a los músicos propios como solistas en la temporada.

El piano de Beethoven siempre es un placer, y de sus conciertos aún tenemos reciente el segundo nada menos que con «la Pires y los vieneses». Probablemente menos escuchado que el «Emperador» pero de preparación, experimentación y muchos puntos en común, el Concierto para piano nº 4 en sol mayor, op. 58 en las manos del joven Teo Gheorghiu resultó globalmente honrado, versión íntima y perfectamente concertada por el maestro So, atento a cada detalle (destacar la recolocación de los contrabajos detrás a la izquierda o la utilización de timbales antiguos), diálogo del director con todos, también el imprescindible entre solista y orquesta, escuchándose en una obra de «diálogo interior». Pese a ser obra nueva en el repertorio del actor y joven pianista suizo de sangre rumana, nacionalidad canadiense y sentimiento londinense, resultó convincente desde el inicio del Allegro moderato, marcando el tiempo a seguir, con claridad sonora y expositiva. Necesitará tiempo para profundizar pero lo apuntado dejó buenas sensaciones tanto en las cadencias como en el Rondo: Vivace impetuoso y contrastado con el Andante con moto donde el diálogo con las violas resultó conmovedor.

La Balada nº 3 en la bemol mayor, op. 47 de Chopin fue una generosa propina corroborando su trayectoria más que prometedora desde su infancia, aunque personalmente no subiese el escalón de emocionarme, algo siempre subjetivo pero nuevamente impecable y con ese ímpetu juvenil.

La segunda parte otro mundo que es el mismo, el nuestro: Stravinsky enamorado de la Venecia que arrancaba el concierto, con la Sinfonía en Do (1939-1940) compuesta entre Europa y Estados Unidos, recuerdos de Beethoven y Tchaikovsky, dos primeros movimientos casi vieneses y los otros dos realmente de slogan «genuino sabor americano», el diálogo con el pasado desde el conocimiento y maestría compositiva y el otro diálogo de director-orquesta que resultó lo mejor de este primer viernes de febrero.

Los cuatro movimientos clásicos desarrollados con maestría y complicidad, la que Perry So alcanza con la OSPA en cada visita, química en esta partitura que volvió a reencontrar lo mejor de nuestra formación sin recuperar excelencias anteriores pero manteniendo una esperanza que todos queremos cristalice en realidad permanente.

La juventud triunfa

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Viernes 31 de enero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVI Temporada de Ópera de Oviedo: Don Giovanni (Mozart), función «Ópera joven«. Fotos datadas: ©foto-Alonso para ÓperaOviedo.

Don Giovanni: Carlos Daza;
El Comendador: Ievgen Orlov;
Donna Anna: Susana Cordón;
Don Ottavio: Pablo García López;
Donna Elvira: Agnieszka Adamczak;
Leporello: Marco Filippo Romano;
Masetto: Davide Bartolucci;
Zerlina: Maren Favela.
Dirección de escena, escenografía e iluminación: Alfred Kirchner.
Diseño de vestuario: María Elena Amos
Coro de la Ópera de Oviedo (director: Patxi Aizpiri). Orquesta Oviedo Filarmonía. Dirección musical: Álvaro Albiach.

Inmensa alegría sentirme mayor en la ópera ante el público asistente al segundo reparto, tan distinto en todo al «percibido» en Mieres, en una iniciativa digna de reseñar (1) como la de invitar a 500 estudiantes asturianos (acompañados de profesores y padres), que además de completar aforo, siempre de agradecer, prepara la afición de mañana, más cercana de lo que intuimos al menos los de mi generación. Felicitaciones por los tres «títulos jóvenes» con abono propio y precios asequibles que además resultaron delicias de elencos (además del aquí reseñado, el Don Pasquale de noviembre y La Traviata de octubre).

Nada como acudir en vivo al coliseo carbayón, disfrutar del espectáculo ya comentado que siempre mejora las malas sensaciones en pantalla, donde escenografía y vestuario cobran más color, pero sobre todo de un elenco vocal muy equilibrado y sobre todo entregado, contagiado de la jovialidad del teatro desde nada más levantarse el telón, cantantes con largo recorrido y experiencia totalmente metidos en sus personajes creíbles, vivarachos, convincentes, con la única rémora de la dirección de Albiach apuntada en la segunda función televisada, diría que negativa en todos los concertantes especialmente los finales de los dos actos que resultaron inquietantes para todos al contagiar la sensación de desconcierto en escena y foso, así como una elección de aires demasiado rápidos para unos números que deben ser cantados sin atropellar nunca respiraciones ni textos. Los lentos tampoco resultaron ajustados ni logró concertar una orquesta ya madura como la OvFi, con imprecisiones y sonoridades desiguales, donde los recitativos fueron salvados por un continuo siempre seguro (el clave de Aarón Zapico y cello de Alegría Solana) poco ayudado desde el podio. Del coro nada que añadir lo comentado en la entrada anterior y sólo señalar lo poco lucido del vestuario masculino.

De las voces voy a comentarlas comenzando por las graves: el donjuanesco Daza que resultó realmente seductor, línea de canto sólida y destacar una sentida serenata («Deh, vieni alla finestra») con el acompañamiento de la mandolina de María de Mingo. Por físico y voz Romano parece encasillado en papeles cómicos y su Leporello está en ello, pero no debemos olvidar la parte dramática de un personaje vejado permanentemente por su amo, reflejado en cada aria con «el catálogo» más positivo en lo expresivo que cantado aunque solventado sin problemas. Bartolucci canta Masetto en todas las funciones y se le notó algo cansado vocalmente, más barítono que bajo, sobre todo en los conjuntos donde quedó siempre en segundo plano, algo parecido al Comendador Orlov aunque su breve papel desgaste menos, pero en el final con Don Giovanni su color de voz resultó muy similar al barítono protagonista, puede que por la dificultad de encontrar auténticos bajos profundos en estos tiempos.

Dejo para el final al tenor cordobés Pablo García López que cumplía su sueño de debutar en Oviedo como Don Ottavio, triunfando de cabo a rabo porque resultó perfecto para este personaje por color, estilo, técnica y escenificación. Todavía joven podemos congratularnos del acierto en la elección por parte de los responsables ovetenses de esta voz ideal para este mozartiano rol siempre difícil, más allá de las arias conocidas (mejor «Dalla sua pace» que «Il mio tesoro» por lo apuntado en la dirección) y exigente en todas y cada una de las intervenciones donde el genio de Salzburgo riza el rizo con dúos, tríos… sextetos y hasta septeto. Mi tocayo resultó creíble en su papel con aristas variadas de enamorado resignado a incapaz vengador, desenvuelto y fresco, quedándome con una seguridad interpretativa, su magnífica emisión y su color idóneo.

Foto ©Pablo García López

De las voces blancas la Zerlina de Favela -como su Masetto en las cinco funciones- volvió a cumplir sobradamente, igualmente debutantes en la ópera carbayona como Agnieszka Adamczak en una Elvira digna de primer reparto, perfecto contraste dibujado con la otra triunfadora, la Donna Anna de Susana Cordón, papel difícil escénica y vocalmente, interpretado con más poso que «la Moreno«, en un momento álgido, emocionando en arias y dúos además de empastar los conjuntos escuchándosela bien matizada sin estridencia alguna para redondear la pareja protagonista también en el éxito.

Triunfo juvenil para un cierre de temporada capeando crisis este primer domingo de febrero, tomando nota de un plantel de buenas voces dignas de más trabajo, aunque escribir de agentes, representantes y repartos daría para una auténtica novela.

NOTA(1): La Consejería de Educación, Cultura y Deportes, a través de «Club Cultura» subvencionó esas entradas, pagando el alumnado solo 5€  demostrando su interés. Gracias a Ópera Oviedo.

Don Giovanni no enamora

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Martes 28 de enero, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta (Casa de Cultura) de Mieres: retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Don Giovanni (Mozart).

De nuevo Mieres pudo ver y escuchar ópera televisada, buena entrada de los aficionados habituales pero con las mismas carencias de siempre o peores, pues solo llegaba sonido por un canal y la iluminación desde el coliseo carbayón no está preparada ni diseñada para ser televisada (si además está reciente la retransmisión del Così de Haneke en La2, sobra el resto de comentario). Así que este «Don Juan» además de no enamorar tampoco le vimos mucho y escucharlo ¡sólo a medias!. Seguir agradeciendo el esfuerzo por acercar gratis la ópera, lo que no disculpa la poca calidad de emisión y realización.

De lo vivido, casi intuido, en Mieres en esta segunda función del último título de la temporada, me quedo con un Simón Orfila que nos dejó un Leporello de lujo, por lo que de haber cantado el Don Giovanni el resultado global hubiera sido más alto, y la Donna Elvira de Virginia Tola.

Todas las obras de Mozart resultan engañosas por su aparente facilidad pero siempre muy exigentes, probablemente las «óperas italianas» aún más, y encontrar repartos equilibrados no es fácil, no digamos en estos tiempos de crisis y cancelaciones varias, por lo que el resto de voces de este Giovanni resultó equilibrado y mejorable (aunque ya sabemos lo que cambia de estar cerca del micrófono o no), muy distinto del directo pero reconocible y similar a lo que se vivió el día de la primera función por lo leído en prensa y webs.

Del resto y sin entrar a fondo por lo apuntado de microfonía, muy creíbles Masetto (Davide Bartolucci) y Zerlina (Maren Favela), contenida Mª José Moreno como Donna Anna, esperanzador Antonio Lozano como Don Ottavio, desigual el protagonista donjuanesco Rodion Pogossov y convincente el Comendador Orlov, el único que repetirá para el reparto joven junto a la pareja Zerlina-Masetto de este viernes 31 al que espero asistir (tengo sacada entrada en Principal de 42€ hace tiempo, aunque seguro que las regalarán). La Oviedo Filarmonía se escuchó desigual, con el continuo perfecto de mi admirado Aarón Zapico cuya colocación de microfonía dio volúmenes impensables en vivo superiores a la propia orquesta. Bien en el escenario los músicos de la cena-baile finales.

Sobre la dirección musical de Albiach quejarme de un primer acto donde los tempi vivos fueron algo excesivos llevando las voces casi siempre a remolque, «relajándose» algo más en el segundo acto, aunque no demasiado concertador: sin respirar con los personajes ni ayudarles nunca. El coro que dirige Patxi Aizpiri siempre seguro independiente del protagonismo encomendado, por lo que debemos felicitarles otra temporada más.

De esta producción propia (en colaboración con el Teatro de Magdeburg) no puede hablarse de puesta en escena: pobre, limitada a los recurrentes prismas (que acabarán siendo el equivalente actual al «banco y la verja del siglo pasado») con distintas posiciones, una escalera y la socorrida iluminación que intenta compensar otras carencias, así como la estatua ecuestre («cuestre lo que cuestre» de Les Luthiers, con más cartón que piedra) del Comendador como único «exceso», y vestuario de época conviviendo con alguno más actual en una nueva muestra de la crisis (también creativa) que nos afecta en el terreno lírico, aunque Oviedo presume de capearla.

Este fin de mes mozartiano terminará en vivo y con gente joven, esperanzas o realidades en algún caso, que siempre aprovechan estas oportunidades.

Regalos y magia del cinco musical

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Jueves 23 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano), Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Muñiz y Schumann.

La música de cámara en un entorno propicio con la caja acústica colocada, el cuarteto como formación cumbre añadiendo el piano para comprobar que 4+1 en música es mucho más que 5, y en mi 55 cumpleaños nada menos que dos 5, doble igualmente: un quinteto estreno mundial de un compositor asturiano al que «nacieron» en Suiza, colocado entre dos grandes. Mejor regalo imposible con intérpretes de primera y programa para degustar desde el primer 4 a los dos 5 más un tercero de propina.

El Cuarteto op. 20 nº 1 en mi bemol mayor, Hob. III:31 (Haydn) forma parte de los seis llamados cuartetos «Sol» por el dibujo de la portada de su primera edición aunque también «cuartetos grandes», apasionados, audaces, perfecto equilibrio entre los cuatro instrumentos y con la forma sonata plenamente asentada, como bien nos recuerda el doctor Ramón Sobrino Sánchez en las notas al programa, cuatro movimientos que el Cuarteto Quiroga interpretó de manera magistral y serán parte fundamental en muchos conciertos de este 2014. El entendimiento de sus cuatro componentes (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) es la base para poder afrontar esta música con el debido respeto al original y el toque personal de un sonido propio –con los «Stradivarius» del Palacio Real debe ser algo increíble- capaz de afrontar repertorios de todos los tiempos, en este caso el clásico, donde cada intérprete es un virtuoso y juntos forman el cuarteto perfecto. A destacar el tercer movimiento Affetuoso e sostenuto de sonoridades íntimas con protagonismo del asturiano Hevia, y el cierre del Finale: presto amplio y exigente para los cuatro componentes.

Tras este aperitivo de auténtico lujo, el pianista onubense Javier Perianes se reecontraba y sumaba al Cuarteto Quiroga con el que completaría este concierto dentro de las jornadas dedicadas al piano, esta vez en quinteto merecedor también de protagonismo, mayor con el estreno mundial del Quinteto con piano nº 2 de Jorge Muñiz (1974), obra encargo de estas jornadas y escrito precisamente para «el Quiroga», fechado en Columbia, Missouri, el 30 de agosto de 2012. Estructurado en cuatro movimientos bien explicados tanto en las notas al programa como por el propio compositor en el periódico LNE, suelo hacer anotaciones en los estrenos mundiales y esta vez también. Imposible explicar en pocas líneas más de veinte minutos donde el piano emerge del cuarteto, otros momentos dialogan e incluso alternan protagonismos. Se ha bautizado este segundo quinteto de Muñiz como «Quinteto Mississippi» no ya por ser hilo conductor y sello «made in USA» con reminiscencias de Falla y el «agua granadina», sino por un auténtico fluir musical de una partitura muy bien construida, con el oficio basado en el respeto a la tradición, que precisamente permite estar enmarcado entre Haydn y Schumann, del que uno de sus maestros, Leoncio Diéguez, se habrá sentido muy orgulloso en este estreno, y un lenguaje yanqui lógico por formación y temática de la obra. Dejo unas breves notas o apuntes tomados a vuelapluma de cada «etapa de viaje»:

I. Preamble. Lake Itasca, Minnesota. El piano arranca en los graves las primeras gotas del río, sumándose viola y cello en oscuridad que irá tomando cuerpo progresivamente en cuarteto dialogando con el piano, protagonista junto con el cello y silencios expresivos antes de seguir fluyendo motivos claros, rítmicos, poderosos cual las «Noches de Falla» donde el cuarteto suena a orquesta en un diálogo de amplias dinámicas.

II. Scherzo. St. Louis, Missouri. De nuevo el piano solo al comienzo, acelerando y acercándonos con los «pizzicati» para ambientarnos claramente en un ragtime de escritura hermosa y clara como el propio río, piano y cuerdas «con legno», dinámicas que engradecen el cauce musical, ritmos saltarines que atraviesan zonas sombrías de las que emerge un blues, reminiscencias de Gershwin en un piano arpegiado y cuerda coprotagonista, ritmos melódicos y «crescendi» casi atonal con la vuelta al «rag». Un móvil nos devolvió a la dura realidad (la mala educación siempre incorregible).

III. Ballad. Memphis, Tennesse. Será el cello quien comience esta etapa del viaje, timbre casi humano, homenaje a Elvis y los años 50, magia del 5, ¿el término medio?, notas largas, armónicos y climas etéreos con juegos de texturas donde el piano se despereza en el calor sureño, animándose sin prisas bien arropado por una cuerda en pizzicati y referencias al jazz y Shostakovich, fuentes o río siempre inspirador en compás ternario y melodías claras, solo de viola incluido, combinando los cinco elementos para un final de movimiento bellísimamente armonizado.

IV. Finale. New Orleans, Louisiana. «Tutti» para la desembocadura en el Golfo de México, sones hispanos (reafirmo «las noches» de Falla) y de «Far West», ritmos de ferrocarril sin protagonismos pero respirando el sur más cinematográfico y caleidoscópico, accesible para todos en una escritura magistral que no cae en lo comercial pese a la cercanía. Quinteto con piano más que piano y cuarteto, juegos dinámicos y rítmicos sin perder nunca «punch», conjunción tímbrica perfecta donde las octavas en el piano y los «pichicatos» de la cuerda consiguen colorear de yanqui los recuerdos de Falla, Gershwin y hasta Steve Reich.

Excelente obra de un Jorge Muñiz ya maduro, afincado en los EE.UU. de América pero con sus raíces siempre claras.

Para toda la segunda parte Schumann y su Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor, op. 44, compuesto en 1842 y dedicado a Clara Wieck, siendo de los primeros quintetos donde piano y cuerda son tratados en igualdad, algo que «Perianes y el Quiroga» tienen asumido, una conjunción impecable para una partitura exigente y fresca que ya llevan rodada pero disfrutan siempre, contagiando al público de ese goce en escena. El enérgico Allegro brillante paladeando las melodías de los lieder de Robert en las cuerdas graves, el «modo de marcha» fúnebre del segundo movimiento con tímbrica y ritmo contrastado con el agitado centro temático, el Scherzo lleno de modulaciones para disfrute del quinteto y modelo que retomará Brahms (también interpretado por nuestros protagonistas) hasta ese Allegro ma non troppo final que es cual montaña rusa de modulaciones y dinámicas enérgicas pero tradicionales, fuga incluida bien delineada por unos músicos de primera que suenan como auténtica unidad, múltiples corazones y una misma alma, y ya que uno es acuario por nacimiento, cinco remeros sin timonel en esta tarde de mucha referencia acuática, dignos no ya de un «Elogio del Cuarteto» sino de toda un «Romance mágico del cinco».

La propina no hizo sino confirmar el buen momento de nuestra música de cámara, solistas de talla mundial que en conjunto no sacrifican sino que comparten magisterio dándonos alegrías y regalos como el de este día de mi quincuagésimo quinto cumpleaños. Gracias porque así da gusto sumar.

Juan Barahona: pasión y trabajo infatigable

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Miércoles 22 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 2 del año (Año 108, 1.901 de la sociedad): Juan Andrés Barahona (piano). Obras de Schubert y Beethoven.

Cuando la música se lleva en los genes y no hay rechazo, solamente puede haber pasión. Juan Andrés Barahona (1989), un pianista asturiano al que «nacieron» en París y ciudadano del mundo como buen músico, no sólo transmite pasión desde el piano (con orquesta de solista o en trío, pero también en solitario como este debut en la centenaria Filarmónica carbayona por la que han pasado enormes talentos a los que se suma ahora Juan) sino que detrás hay todo un ímprobo trabajo, sólo posible precisamente desde la búsqueda de la perfección.

De sólida formación desde sus inicios, siempre destacando por su infatigable deseo de mejorar, continúa sus estudios en el londinense «Royal College of Music«, agradeciéndole esta escapada a casa para ofrecer dos recitales con un programa cargado de dificultad e interpretado desde una madura juventud, aunque en Oviedo el viejo «Steinway» no respondió como el intérprete se merecía, comprendiendo a las figuras que exigen un modelo concreto o incluso viajando con su propio piano. Si el pedal izquierdo cambiaba no ya la dinámica sino el timbre, el central no siempre enganchaba la nota deseada y el derecho no volvía del todo a la posición inicial al soltarlo, el desequilibrio entre los registros graves y agudos resultó un «hándicap» más con el que Juan Barahona tuvo que luchar, saliendo indemne aunque seguramente algo disgustado precisamente por su anhelo de perfección truncado por el propio instrumento que tanto ama, que esta vez no le respondió en un programa que representa «el mayor grado de refinamiento y madurez» de los dos compositores enterrados en Viena.

Los Cuatro impromptus D. 935 de Schubert son, como comentaba en la entrevista de Javier Neira para el periódico LNE esta misma semana (que dejo a continuación), para interpretar hablando desde el corazón, joyas para degustar individualmente -conocidos los centrales en la bemol mayor y si bemol mayor– pero toda una obra iniciática en este último conjunto cuaternario, exigente no ya técnicamente, que lo es, sino interpretativamente por todo lo introspectivo de un compositor como el vienés que en cada impromptu explora sonoridades y emociones, evolucionando como si el joven Barahona hubiese interiorizado todo el dolor de esas composiciones, dándoles la atmósfera propia a cada uno desde tiempos contenidos contrapuestos a pasajes más ligeros y brillantes (especialmente en el tercero) desde un «rubato» siempre ajustado para degustar cada microcosmos y dotarlos de una unidad orgánica en el conjunto.

Y si Schubert «habla desde su propio corazón», la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor, «Hammerklavier» (1818) de Beethoven «se dirige a toda la humanidad» desde la inmensidad de una obra gigantesca, compleja, cumbre interpretativa de la que el propio compositor al finalizarla dijo «Ahora ya sé componer», al alcance de pocos pianistas pero que Juan Barahona demostró sin complejos cómo afrontarla desde la fuerza e ímpetu juvenil capaz de todo: enérgico el Allegro, descaradamente fresco el Scherzo: Assai Vivace, profundo lirismo en el Adagio Sostenuto que hasta «domó el Steinway», y arrebatador Largo – Allegro Risoluto completando una interpretación para quitarse el sombrero, lo que el público valoró con una larga y merecida ovación, devuelta nada menos que con dos propinas tras el esfuerzo titánico del recital: la «Siciliana» del Concierto para órgano en re menor de Bach / Vivaldi, y después Margaritas (Daisies para voz y piano) en arreglo del propio Rachmaninov, un compositor con el que Juan me hace disfrutar especialmente.

Como curiosidad constatar el cambio de atuendo en las dos partes: traje negro con camisa blanca en la primera, pero camisa negra sin chaqueta para la segunda, buscando seguramente más comodidad y menos calores para el volcán beethoveniano.

Siempre un placer disfrutar de la música de piano, aún mayor cuando un intérprete afronta un programa tan difícil desde la honestidad y el trabajo sin descanso, pero con una pasión que nos contagió a todos.

Buscando identidades en el inicio de año

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 5 «Música e identidades»: Kristóf Baráti (violín), David Lockington (director). Obras de Kodály, Dvorak y Sibelius.

Tras el periodo navideño y una neumonía aún en el cuerpo mi nuevo año musical comenzaba como terminaba, es decir con la OSPA y su principal director invitado, el británico afincado en EE.UU. que además afrontaba un programa duro para todos (el jueves en Gijón), de los que requieren mucho trasfondo, atención, intención e introspección. Eso sí, el formato no varía desde hace lustros: primera obra a modo de aperitivo, un concierto con solista antes del descanso, buena propina incluida normalmente, y una sinfonía llenando la segunda parte.

El título buscado podría cambiarse por «Música y densidades» en vez de identidades, pues resulta un tanto engañoso: cada intérprete debe recrear la identidad de su papel, por otra parte obra identitaria de su autor, especialmente cuando es de los considerados grandes -lo que normalmente decimos el sello inconfundible-, búsqueda de identidades nacionales en el caso de los compositores elegidos y de los que habló la gallega Beatriz Cancela Montes en la conferencia previa así como en sus notas al programa (enlazadas en los autores). También identidades distintas en los directores que recrean cada obra y los propios intérpretes que sin perder su identidad deben renunciar en pos del conjunto y del director. Muchas, puede que demasiadas identidades sin olvidarme del solista y hasta de su violín Stradivarius, también con identidad propia y única, para tres obras muy densas:

Las Danzas de Galanta (1933) del húngaro Kodály resultaron menos livianas de lo esperado con un inicio titubeante, como si tardasen en entrar en calor hasta la cuarta o quinta (y última), siempre ligeras como le gusta al director británico llevar los tiempos vivos, exigencia no devuelta del todo por una orquesta algo destemplada en conjunto pero siempre atenta en los solistas que no suelen enfriarse habitualmente, destacando el inconmensurable Andreas Weisgerber capaz de convertir su clarinete en tárogató húngaro asumiendo identidades con total entrega y respeto a la partitura.

El concierto para violín y orquesta en la menor, op. 53 del checo Dvorak no es tan famoso como el de cello, tampoco muy escuchado ni grabado en parte por las dificultades para encontrar un solista más que virtuoso, entregado a una partitura poco agradecida para la mayoría, que solo el convencimiento pleno de todos los intérpretes puede llegar a alcanzar la emoción, algo que faltó a pesar del esfuerzo tanto de Lockington como de un Baráti pendiente del atril con su «Lady Harmsworth» de 1703, sonido increíble con identidad propia tamizada por una interpretación que adoleció de más comunicación entre todos, con algunos desajustes e imprecisiones en la orquesta adoleciendo de una limpieza que sí ofreció el solista húngaro. Escuchar este concierto es comprobar cómo se puede pasar del ímpetu casi violento del tutti al lirismo del solista en su Allegro ma non troppo, con pocos momentos para el relajo y la tensión que se transmitió pero por lo poco claro del bloque orquestal. Más llevadero resultó ese Adagio ma non tropo de total lirismo donde la madera, especialmente las flautas, empastaron y comulgaron en el discurrir melódico hasta el nuevo estado anímico que introducen las trompas, ímpetu algo turbulento que transmitió más inseguridad que ambiente bucólico o pastoril como identidad propia, invierno más que verano en otra visión. La batuta siempre atenta y clara hubo de concertar hasta la extenuación del Allegro giocoso ma non troppo para reconducir ambientes folklóricos bohemios que nuevamente la madera sacó a flote, seña inequívoca, casi firma, de nuestra formación asturiana para un final fresco por parte de todos los intérpretes.

El Stradivarius de Baráti sonó a gloria con la Obsesion de Eugene Ysaye, primer movimiento de la segunda sonata del director, compositor y virtuoso belga donde el tema del Dies Irae rememorado desde Bach saca del violín y su intérprete todo un muestrario de identidades. Lo mejor del concierto.

La Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius nos devolvió la OSPA más habitual en cuanto a sonoridades, entrega y entendimiento con el podio para una obra más interiorizada por todos, aunque no sea tampoco muy llevadera para la mayoría: crecimientos temáticos con reminiscencia todavía romántica que precisamente trajo a la memoria una identidad brahmsiana para la primera del finlandés, cuatro movimientos donde los solistas (de nuevo Weisgerber más una percusión ajustada) se impusieron al grupo, mejor ensamblado en esta segunda parte y espoleado por una escritura sinfónica que ayuda al lucimiento de todos. Lockington volvió a apostar por combinar dibujos melódicos claros y juegos de intensidades a los que la OSPA responde perfecta, madera con identidades propias, metales protagónicos sin excesos y cuerda -con el arpa cristalina y segura de Mirian del Río-como reivindicando el papel perdido, puede que por incredulidades que no deberían darse. De menos a más hasta el Finale Quasi una fantasia donde tensión y pasión se dieron la mano antes del sorpresivo e inesperado final.

Tres obras densas, exigentes, introversión más que extroversión y toda la subjetividad insalubre en el concierto que abre mi 2014 lleno de esperanzas, incluso musicales.

Los números de 2013

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 9.100 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 3 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

El Mesías renacido

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Viernes 20 de diciembre, 20:00 horas: Catedral de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad»: El Mesías (G. F. Haendel). Ana Quintans (soprano), José Hernández-Pastor (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Andreas Wolf (bajo barítono), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Aarón Zapico (director).

«El Mesías de la Catedral de Oviedo» es una cita ineludible desde hace muchos años para los aficionados y público variopinto que siempre llena hasta los pasillos para arrancar musicalmente las vacaciones de Navidad. Pese a llegar con hora y cuarto de antelación mi ubicación hubo de ser lateral puesto que la nave central estaba reservada casi hasta la mitad para los invitados y autoridades habituales, lo que no me impediría disfrutar con otro «Mesías» siempre distinto cada año con dos protagonistas fijos, coro y orquesta (lógicamente con la plantilla adecuada para la obra), siendo solistas y director los que marcan diferencias.

Volvía el director asturiano Aarón Zapico al frente de la OSPA para hacer de este oratorio de Händel una nueva versión y visión fresca, luminosa, viva desde el conocimiento que de la música barroca tiene con su Forma Antiqva, haciendo del proyecto «mesiánico» una nueva formación incorporada a su ya larga lista de programas, donde no faltó el concertino Jorge Jiménez o sus hermanos Daniel (tiorba) y Pablo (archilaud) que se sumaron al continuo junto a la clavecinista y organista Silvia Márquez.

Los detalles marcan diferencias y la apuesta era arriesgada, incluso criticada por algunos que preferirían un Zapikov para encumbrarlo como referente de los «mesías catedralicios». El concepto barroco va unido al contraste en su amplia acepción, y así lo entendió el director asturiano: contrastes bien marcados en los tiempos, casi diría que extremos, en las dinámicas cercanas a los reguladores aún no datados pero sutiles para remarcar dramatismos casi teatrales, en las articulaciones (algunas de cosecha propia en el continuo) y especialmente en los silencios tan protagonistas y preparatorios de los compases siguientes, sin olvidar unos puntuales pizzicati que subrayaron protagonismo vocal.

Excelentes el bajo barítono alemán en cada aria y la soprano portuguesa con intervenciones solventes, seguras y siempre de una musicalidad única con un colorido vocal perfecto para estas obras, más allá del conocido Rejoice graetly o el dúo con el concertino en medio del pasillo del aria I know that my Redeemer... El tenor inglés no desentonó y cumplió sobradamente sus difíciles partes, con unos recitativos de auténtica escuela británica y arias bien sentidas. No puedo decir lo mismo del contratenor valenciano, que no parece estar en su mejor momento, opaco, sin apenas proyección, soso y desafinando por momentos, aunque con la soprano empastase bien, pero engullido por el acompañamiento… lástima que bajase tanto un muy buen nivel de solistas y me hiciese añorar al gran Carlos Mena del año pasado.

El coro tiene tan interiorizada esta obra que cada año se pliega a las exigencias de los distintos directores con auténtica profesionalidad y versatilidad. En la versión de Zapico optando por tiempos siempre ajustados y opuestos, los pasajes rápidos sonaron contundentes (a pesar de la siempre molesta reverberación de la catedral) con agilidades cómodas, frente a los lentos maduros de emisión perfecta y bien equilibrada con los instrumentos; sobresalientes los matices tan diferenciados, los pianísimos de recogimiento y los fortísimos potentes sin escandalizar, desde la contención siempre necesaria. A muchos sorprendió el conocido Hallelujahh (bisado al final y los solistas sumados al coro) en esta línea distinta y contrastante dinámicamente, y sobre todo el Amen que sonó dual, espiritual el primero y explosión final para una perfecta conclusión.

La orquesta reducida para estas ocasiones, con el  continuo y el comentado concertino habitual cuando Aarón Zapico dirige, un auténtico placer sonoro y técnico en cada sección, con unos timbales recogidos que nunca enturbiaron el ambiente sereno de sus intervenciones, la madera fundida con el continuo o doblando voces siempre en un plano de perfecto empaste y presencia, la cuerda con fraseos y ataques ideales para el barroco, al que siempre se debe volver, y la trompeta solista que nunca sonó tan perfecta no sólo de musicalidad sino de presencia en la catedral, todo llevado con la pasión y dominio del Maestro Zapico que con El Mesías ha realizado un auténtico doctorado en casa, auténtico renacer de una obra señera en la historia de la música.

Esperamos que en 2014 esta cita pase al Auditorio, incluso cobrando una pequeña entrada que evite públicos curiosos, a menudo maleducados, abandonando sin pudor ni rubor el recinto en medio de momentos casi espirituales rotos por taconeos o comentarios. Aunque creo que la Catedral volverá a recibir un Elías de Mendelssohn que también puede hacer historia en Asturias, pero eso será en las siguientes vacaciones, ahora tocan las navideñas.

FELICES FIESTAS
P. D.: Críticas en El Comercio y La Nueva España del sábado 21.

En trío gusta lo español

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Miércoles 18 de diciembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo concierto 17 del año (Año 107, 1.899 de la sociedad). Trío Vipiace: Jorge Álvarez Lorduy (cello), Mariano Miguel Sánchez (piano), Sara Cuéllar Sarmiento (violín). Obras de Shostakovich, Turina y Fernández Arbós.

Bien entrado el siglo XXI todavía hay autores que al público ovetense, y no sólo el de cierta edad, les cuesta digerir pese a su cercanía cronológica, algo que se nota hasta por el tiempo que permanece sonando un móvil, decantándose por la llamada vena nacionalista, a veces demasiado folklórica, ciertamente agradecida pero nada que ver con el peso (también esfuerzo e interés en la escucha) de la obra que abría concierto o de la impresionante propina final que puso la música en su sitio tras una buena velada de un trío joven pero bien preparado.

Los tres solistas tienen ya una buena trayectoria por separado y unirse en trío, fórmula que siempre suele dar auténticas joyas, ya desde «su casa» del CONSMUPA, está dándoles buenos resultados y logrando además de premios una complicidad y buen hacer siempre necesario para hacer música juntos.

El Trío Vipiace interpretó en la primera parte el Trío nº 2 en mi menor, Op. 67 de Shostakovich, obra de 1944, con pasión, fervor, sentimiento, seriedad, entendimiento para cada uno de los cuatro movimientos que lo conforman, auténtica montaña rusa en estilos, referencias, dinámicas, cambios de ritmo, «Dimitri el maldito» rompedor desde la maestría compositiva que los músicos llevaron siempre a buen término. Llamado trío «elegíaco» en la más pura tradición pero con sonoridades inhabituales en el inicio del Andante con armónicos en el cello o el violín en octava grave para un tema difícil de seguir que evoluciona en el Moderato. El caleidoscopio siguió en el Allegro con brio de referencias a Beethoven desde la propia visión de Shostakovich que también tamiza el ritual litúrgico ortodoxo durante el Largo para alcanzar el Allegretto final en mi mayor más elaborado y «entendible» instrumentalmente cual danza macabra en una pugna de los tres instrumentistas para «defender» cada intervención virtuosa a solo, duo o concertando hasta la coda en Adagio que supone la reconciliación instrumental en un coral majestuoso. Partitura difícil bien interpretada y poco agradecida para la mayoría.

Lo español siempre tira en Oviedo, y si hay un lema «Sevilla tiene un color especial» hecho sintonía, la música seria la pone necesariamente Joaquín Turina. Solo compuso tres tríos, uno en 1904 fuera de catálogo, el primero que fue Premio Nacional de Música en 1926 con muchas referencias andalucistas, y este Trío nº 2 en si menor, op. 76, estrenado en 1933, auténtica banda sonora que casi transmite el olor del azahar o el calor del Parque María Luisa. Los tres músicos disfrutaron y contagiaron con esta obra de mucho oficio, clásica en estructura y con el «lenguaje turinesco» o andalucista de otras obras con este aroma personal, casi cinematográfico. Primer tiempo en forma sonata que abre Lento a modo de introducción antes de que las cuerdas y pronto el piano ataquen el Allegro molto moderato, aún sin andalucismos y más bien brahmsiano. Desarrollo ortodoxo como en el Molto vivace central, en compás de 5/8 sin acentuarse como zortzico, ya usado en otras obras por Turina, melodías cantadas en terceras por violín y chelo perfectamente empastados, más un piano siempre seguro. Cierra la obra un último tiempo sucesión de secciones: Lento-Andante mosso-Allegretto que recicla los materiales anteriores para un final realmente esperado. No es una obra maestra sino netamente académica pero el Trío Vipiace lo interpretaron con pulcritud, bien trabajada cada intervención para conseguir sonoridades ensambladas que sólo con muchos ensayos puede alcanzarse. Enhorabuena.

Y las «Tres piezas originales en estilo español» op. 1, escritas hacia 1884 por el excelente director de orquesta además de compositor Enrique Fernández Arbós no escondían nada, bien emparentadas con la obra anterior, frescas como el sonido del trío afincado en Asturias de procedencias geográficas nada «sospechosas» (Jorge pamplonica, Mariano palentino y Sara gigonesa) pero que entendieron perfectamente el sentido español de esta segunda parte, el andaluz de Turina y este tríptico del madrileño muerto en Donostia: Bolero, Habanera y Seguidillas gitanas. Otra obra que esconde oficio juvenil, primeriza pero con conocimiento del trío (hay pasajes exigentes técnicamente en la cuerda, abundando dobles y triples cuerdas), nivel más allá del llamado costumbrismo y dominio de los ritmos más reconocibles en melodías agradables de escuchar e interpretar, sobre todo el Bolero que se toca a menudo separado, casi un dulce para los jóvenes del Vipiace y éxito asegurado a mi alrededor («Qué guapo» y expresiones similares).

Pero supongo que los gustos del respetable y los artistas no siempre son coincidentes, y la más cercana en el tiempo no pareció agradar, supongo que por lenguajes exigentes. Para mí las obras de cámara digamos serias, tienen más enjundia y el trío lo supo, regalándonos un Schubert serio, hondo, genialmente escrito y trabajado por el vienés, el Andante del Trío opus 100 acallando dudas para paladares auditivos más exquisitos, incluso cinematográficos y sin segundas intenciones. No puedo negar emoción tras el ambiente festivo central y auténtica profesionalidad en el Trío Vipiace que «mi piace» enormemente. Sabia elección de obras sin olvidarse la propina.

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