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El Schubert del lied

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Viernes 5 de julio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real) / Música de cámara | #Schubert esencial: Konstantin Krimmel (barítono), Daniel Heide (piano). Lieder de Schubert. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

La mejor presentación de este vigésimo día de Festival está en la Web que titula «El canto del cisne» un recital que mantendría el espíritu de Schubertiada que se respira en la capital nazarí: «Acaba de entrar en la treintena, pero el barítono alemán Konstantin Krimmel se ha ganado ya a los aficionados al lied de todo el mundo, por su extraordinaria musicalidad y la profundidad de sus acercamientos al género. Necesitará sin duda todo eso para afrontar con garantías de éxito el soberbio programa schubertiano con el que debuta en Granada: nada menos que El canto del cisne, ese ciclo creado con las últimas canciones que quedaron en el escritorio del compositor a su muerte. Krimmel, que llega acompañado por Daniel Heide, fiel escudero de muchos cantantes jóvenes de la especialidad, completará su recital con otras canciones tardías de Schubert, escritas en los años de plenitud y absoluta madurez del músico».

Interesante el programa al agrupar los distintos lieder por los poetas, con los textos originales y subtitulados al español que se proyectaron sobre la piedra, pudiendo deleitarnos con la perfecta dicción de Krimmel en perfecto entendimiento con un Heide fiel escudero para este Schubert último donde ambos intérpretes comparten protagonismo, expresión, lirismo y pasión.

Del primer bloque maravillosa la conocida Serenata que todos hemos tocado al piano, o el Lugar de reposo tras los intensos lieder anteriores y de destacar siempre el color de voz del barítono alemán, ideal para estas canciones, su limpieza en los saltos de octava o comprobar su técnica que ayudaba a una escucha bien equilibrada con el pianista.

En el segundo aún más expresividad, gestualidad y entrega en cada frase por parte de Krimmel, voz redonda de timbre bello y color homogéneo para el idioma de Goethe, musicalidad del alemán en unos poemas de Seidl hermosos como el Doblan las campanas o El correo de palomas, feliz descripción donde el piano redondeó una interpretación de intensidad emocional.

Finalmente los conocidos versos de Heine y la música de Schubert, letra y música unidas para describir, engrandeciendo la palabra en una forma que servirá de modelo para tantos posteriores, diálogos voz y piano, la sombra de la muerte, la congoja, el dolor y desgarrador El doble a la luz de la luna, despedida que todavía nos dejaría de regalo el último lied que daba título a este recital: El canto del cisne.

Dejo a continuación las notas al programa de Luis Gago que no solo ilustran sino que por momentos describen lo escuchado en el Patio de los Mármoles, casi simbólico ante los microrrelatos de Schubert y sus poetas en una velada perfecta entre Konstantin Krimmel y Daniel Heide.

«Schubert se muere»

«Cuando Schubert estaba aún viviendo en casa de Schober […] vi que tenía el Buch der Lieder de Heine, que me interesó muchísimo; se lo pedí y me lo dejó, diciendo que en cualquier caso ya no lo necesitaba más […]. Todas las canciones de Heine que aparecieron en Schwanengesang están contenidas en este libro, [y] los lugares en los que se encuentran están indicados por hojas con las esquinas dobladas, algo que hizo probablemente el propio Schubert». Son palabras extraídas de las memorias del cantante Karl von Schönstein. Ludwig Rellstab, autor de las siete primeras canciones que integran el ciclo, dejó escrito en su autobiografía, Aus meinem Leben, que en la primavera de 1825 había entregado varios poemas a Beethoven para que les pusiera música. Éste había empezado a trabajar en algunos de ellos y llegó a realizar diversas anotaciones a lápiz, pero el compositor, sintiéndose enfermo, decidió entregárselos a Schubert. El siempre poco fiable Anton Schindler, sin embargo, sostiene que fue él quien le dio los poemas a Schubert tras la muerte de Beethoven, aunque sí corrobora el hecho de la existencia de anotaciones a lápiz debidas al músico de Bonn. Uno de los mejores conocedores de la producción schubertiana, su catalogador y principal documentalista, Otto Erich Deutsch, ha apuntado a su vez que «es más que posible que ambas […] historias sean falsas y que Schubert encontrara los poemas de Rellstab a los que puso música en la colección de este último de 1827 [Gedichte von Ludwig Rellstab]». En la versión final del manuscrito autógrafo, al contrario de lo que sucede en Die schöne Müllerin y en Winterreise, las canciones aparecen sin numerar y sin ningún tipo de encabezamiento. Una fecha («Agosto 1828») al comienzo de la primera canción es el único indicio de datación con el que contamos.

De una carta que el propio Schubert envió a Heinrich Probst, el editor de Leipzig, parece deducirse de manera contundente, no obstante, que el compositor no había concebido sus trece canciones como una colección o, al menos, que los dos grupos de canciones constituían entidades independientes: «He puesto música a varias canciones de Heine de Hamburgo», leemos, «que gustaron extraordinariamente aquí […]. Si se diera el caso de que algunas de estas composiciones le convinieran, hágamelo saber». Una y otra colección de Lieder quedaron finalmente inéditas en vida del músico y, al igual que varias de sus últimas composiciones, verían finalmente la luz en la imprenta del editor vienés Tobias Haslinger. Fue él, sin duda, quien le puso por su cuenta y riesgo el atractivo título de Schwanengesang (Canto del cisne) y quien decidió incluir también una nueva canción, fechada en 1828 y muy probablemente la última que salió de la pluma de su autor: Die Taubenpost. Con ella entra en escena un nuevo poeta, Johann Gabriel Seidl, circunstancia que han aprovechado Konstantin Krimmel y Daniel Heide para, con buen criterio, crear una suerte de paréntesis entre los dos bloques de canciones compuestas a partir de los poemas de Rellstab y de Heine, dos entidades perfectamente autónomas y reveladoras de dos facetas muy diferentes de un Schubert ya cara a cara frente a la muerte. Las campanas de Das Zügenglöcklein parecen doblar, de hecho, por él mismo (como las de John Donne evocadas por Hemingway) y la espectral escena retratada en Der Doppelgänger, con ese grito desgarrado cuando la luna muestra a la persona poética su “propia figura”, es, a su manera, una semilla cargada de futuro que acabaría hallando un terreno fértil donde crecer y florecer en los Lieder de Robert Schumann, que encontró en Heinrich Heine al mismo cómplice que ayudó a Franz Schubert en su despedida de todo y de todos».

PROGRAMA

Schwanengesang (El canto del cisne)

Franz Schubert (1797-1828)

Textos de Ludwig Rellstab
(De Schwanengesang D 957. 1828):

Liebesbotschaft (Mensaje de amor)

Frühlingssehnsucht (Anhelo primaveral)

Ständchen (Serenata)

Abschied (Despedida)

In der Ferne (A lo lejos)

Aufenthalt (Lugar de reposo)

Kriegers Ahnung (Presentimiento del guerrero)

Textos de Johann Gabriel Seidl
Am Fenster, D 878 (En la ventana. 1826):

Bei Dir allein, D 866 nº 2 (A solas contigo. 1828)

Das Zügenglocklein, D 871 (Doblan las campanas. 1826)

Die Taubenpost, D 957 (El correo de palomas)

Textos de Heinrich Heine
(De Schwanengesang):

Das Fischermädchen (La joven pescadora)

Am Meer (Junto al mar)

Ihr Bild (Su imagen)

Die Stadt (La ciudad)

Der Doppelgänger (El doble)

Der Atlas (El Atlas)

Clase magistral de Sir András Shiff

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Jueves 4 de julio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V / Grandes intérpretes: Sir András Schiff, piano. Obras de Bach, Haydn, Mozart, Schubert y Beethoven. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Es mi costumbre escribir a la mayor brevedad tras finalizar los conciertos, pero lo vivido en mi decimonovena noche granadina necesitaba reposar, más cuando las emociones, los reencuentros o la tertulia en el ambigú se prolongó hasta casi el amanecer.

Con un palacio lleno volvía, esta vez en solitario, Sir András Schiff (Budapest, 1953) que sin programa escrito abría con Bach (su Aria de las «Variaciones Goldberg») una clase magistral de dos horas, tomando el micrófono tras cada «ejemplo» en inglés e italiano, explicando, relacionando y realmente hablando desde el piano. El Maestro Schiff dijo una vez «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el Espíritu Santo», por lo que parafraseándole y comparando con Casals, el húngaro «desayuna con Bach, merienda con Mozart y cena con Schubert», si bien de «dios Bach» se ha convertido en uno de sus evangelistas. La limpieza, ornamentos y profundidad interpretativa hacen que el piano engrandezca, más si cabe, la genialidad del kantor.

No abandonaría a Bach de quien prosiguió su magisterio con la el Capricho en si bemol mayor, BWV 992, subtitulado «sopra la lontananza de il fratro dilettissimo«, el recuerdo de su amado hermano que partió para Suecia, pero también la nostalgia, una pieza de inspiración emocional y también homenaje al Purcell «compañero de viaje musical». El pianista húngaro dibuja, perfila, respeta el sonido hasta los últimos armónicos, con ese pedal sutil que nunca ensucia sino que inunda los silencios como cesuras en cada frase de hondura máxima, el Lamento central y la alegre fuga casi escuchando la trompa de postillón.

El tercer «ejemplo» donde los 71 años de Schiff no se notan, su «vampirización» de la gente joven con la que trabaja y le hace beber un elixir musical donde no falta el humor británico para reivindicar la Europa unida y criticar el Brexit. La Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816 fue un manifiesto de los países de donde provienen sus danzas y la universalidad de «dios Bach». Interpretada con unos ornamentos exquisitos, fraseos claros, una mano izquierda bien equilibrada y comprobar que la madurez alcanza no ya cómo se enfrenta a la partitura sino su visión personal respetando todo lo escrito, duraciones exactas, sonido pulido que en un clavecín no tendría el poderío dinámico que Sir András impone.

Tras el anterior viaje europeo, continuidad, evolución y frescura en el Concierto italiano, BWV 971, Bach en estado puro, vivaz, adornado sin recargar, meticuloso en la articulación, pleno de matices contrastados, una pulsación de clave con la riqueza pianística. Los dedos ágiles, punteando, ligando, trinando y haciendo casi orquestal este concerto que por momentos me llevó al Padre Soler o Scarlatti en El Escorial, hoy Palacio de Carlos V e igualmente imperial.

Si Bach fue el desayuno, quedaba la comida con Mozart y su Fantasía en do menor, K 475 que el profesor explicaría desde comparando los inicios de las Goldberg y esta fantasía mozartiana donde tampoco faltaría Don Giovanni,  el ejemplo sobre el piano y sin más dilación degustar ya este plato, masticado sin prisa pero con todos los condimentos del engañosamente fácil Mozart, fantasía como forma e interpretación, prebeethoveniana por rica, dinámicas amplias, rubati, melodías de un lirismo cautivador y con el ímpetu juvenil unido al reposo maduro.

El clasicismo vienés que está inundando esta edición del festival granadino, tendría como puente «entre platos» a Papá Haydn, del que el profesor presentaría las Variaciones en fa menor para prepararnos a una cena suculenta, un piano «de academia» necesario para comprender a Mozart y a Beethoven, la riqueza  musical desde una técnica apabullante y respetuosa, agilidad sin artificio y hondura expresiva.

Y sin apenas hacer la digestión, presentación previa con la relación vienesa, llegaría una impactante, pletórica, profunda, esplendorosa y emocionante Sonata «Waldstein» (la nº 21) de Beethoven, la última lección sin arrebatos, clara, contrastada, ágil pero reposada, puliendo un sonido único y una interpretación para haberla grabado y reproducirla con un análisis pormenorizado porque no se puede hacer mejor.

Llegaba la medianoche y el público como alumnado entusiasmado, en pie obligaba a salir a Sir András quien nos regalaría la equivocadamente llamada «Fácil» (Sonata nº 16 en do mayor, K 545) de Mozart, por la que todos los estudiante de piano hemos pasado y nunca ahondamos lo suficiente en todo lo que esconde, un juguete de adulto que en las manos de Schiff el Allegro nos supo a poco en otro de sus compositores preferidos.

De nuevo el público en pie, el húngaro feliz, cómodo y fresco pese a la clase magistral que ya llevaba en sus dedos, para el postre de Brahms y su Intermezzo op. 117, nº 1, el «reposo del guerrero» que tenía fuerzas para brindar con el mejor vino de su tierra, el Schubert de su Melodía Húngara en si menor, D817, el tiempo detenido y otra noche mágica en La Alhambra, un hito difícil de igualar con lo que llevo de Festival y lo que aún queda, pero Sir András Schiff impartió una clase de doctorado en palacio.

Finalmente comentar que todos los enlaces o links están buscados con interpretaciones del propio húngaro en YouTube© con la siempre necesaria salvedad que no hay nada como el irrepetible directo, y el de este 4 de julio lo fue. Al menos dejaré las notas al programa de mi querido Arturo Reverter, compañero de fatigas que se incorporó a tiempo para vivir este concierto único.

La elegancia sobre el teclado

«Siempre es bien acogida entre nosotros la afable figura del pianista y director húngaro András Schiff (Budapest, 1953), artista completo, ilustrado, sensible, curioso y en permanente actitud de investigar, ampliar repertorio y buscar nuevas formas expresivas. Maneja desde su juventud una técnica adquirida en la Academia Franz Liszt con Pál Kadosa, György Kurtág y Ferenc Rados y ampliada más tarde en Inglaterra con George Malcolm, y que se basa en un bien estudiado apoyo a la tecla y en una elástica actitud, de ágil gacela, ante el instrumento. Su sonido es claro y redondo, esbelto y terso y su fraseo, minucioso, elegante y bien ligado.

Sus dedos certeros corren por el piano con suavidad y gracilidad al tiempo que van administrando sutiles dinámicas, colores y claroscuros, lo que convierte a sus interpretaciones en algo ameno y digerible. Sus características se amoldan a cualquier repertorio, pero destacan sobremanera sus acercamientos a Bach –de quien ha tocado y grabado la mayoría de la obra–, a Mozart –es justamente famosa la integral de los
Conciertos en compañía de Sandor Vegh y la Camerata de Salzburgo–, a Beethoven y a Schubert. En el recuerdo guardamos todavía aquel recital de los años noventa en el que luego de casi dos horas de música y ante los aplausos, el pianista se sentó de nuevo y nos regaló, entera, la Sonata nº 30 de Beethoven.

La carrera de Schiff no ha parado de crecer y de contener todo tipo de eventos, cursos, enseñanzas y proyectos del más diverso tipo. Se hicieron famosos los llamados Conciertos de Pentecostés en la localidad suiza de Ittingen en los que trabajó con el oboísta, director y compositor Heinz Holliger. Cuentan las crónicas también que nuestro protagonista se ha situado en el foso para dirigir, cómo no, ópera de Mozart. Se recuerda, por ejemplo, un sonado Così fan tutte en Vicenza y en el Festival de Edimburgo (2001); o Le nozze di Figaro en aquella localidad italiana. Como ya han hecho historia sus repetidas y maratonianas sesiones con las 32 sonatas de Beethoven en ristre.

En esta nueva visita a nuestro país para actuar en el Festival de Granada, el pianista, como tiene por costumbre en los últimos años, aún no ha anunciado su programa. Gusta de las sorpresas y de informar él mismo al respetable de las obras que va a tocar –en eso nos recuerda a Friedrich Gulda–, y lo hará con explicación didáctica previa. Admiramos su sentido y su facilidad para expresarse también con la palabra y
admiramos sus suaves maneras. Como ejemplo, estas líneas en torno a la música de Mozart, que es muy posible que aparezca en su concierto. Ojalá:

«Nadie, antes o después de Mozart, ha alcanzado una perfección similar de equilibrio, de armonía y de forma. “Concertare” –trabajar juntos de acuerdo– es algo absolutamente cierto en el salzburgués. El solista no es todavía el héroe del siglo XIX, sino el primero entre sus pares; integrado en el contexto musical, participa en el juego maravilloso e incesante de las preguntas-respuestas. Dio una solución
al problema casi irresoluble de los géneros: ópera, sinfonía, música de cámara, serenata, divertimento… Todos están presentes en una música de la que no se sabría describir su real perfección con adjetivos tales como dramático o lírico, brillante o intimista».

Hablábamos más arriba de Bach. De él decía el artista: «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el Espíritu Santo». Y esta otra sentencia no deja de tener su gracia: «Puedo vivir sin Rajmáninov, pero no sin Bach». En sus lecturas del ‘Cantor’ siempre resplandece el toque soberano y líquido y su sentido arquitectural, en un universo totalmente opuesto al de un Glenn Gould, siempre más sintético y original. Schiff se sitúa en la línea de un Fischer –«un héroe por haber hecho la primera grabación de una obra de Bach en nuestro instrumento»–, que no renunciaba a un «apasionamiento febril a medio camino entre los estímulos del corazón y de la cabeza».

Arturo Reverter

De Cádiz a Granada pasando por Sevilla

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Miércoles 3 de julio, 22:30 horas73º Festival de Granada, Palacio de los Córdova | Noches de flamenco / Universo Lorca: Esperanza Fernández, cante – Chano Domínguez, piano – Miguel Fernández, percusión. Poemas lorquianos del cante jondo. Canciones extraídas de las obras teatrales de Federico García Lorca interpretadas en clave flamenca. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

El pasado mes de mayo la Fundación Juan March organizaba su «Ciclo de los Miércoles» con El universo musical de Federico García Lora, una coproducción con el festival granadino que llegaba ahora y del que ayer pude disfrutar la primera sesión, contando con las notas al programa de Elena Torres  Clemente (escritas y cedidas para la propia Fundación).

En el folleto madrileño con el bellísimo diseño del mierense Alfredo Casasola (que dejo aquí abajo) la presentación de dicho ciclo ya nos centra esta auténtica inspiración desde todos los géneros y estilos: «Tan intensa fue la pasión musical de Federico García Lorca que, en su adolescencia, sintió la tentación de darle cauce con una dedicación profesional. La música, en sus manifestaciones más diversas, se enraizó en su personalidad creativa, y el piano y la guitarra lo acompañarían siempre como intérprete aficionado. El flamenco inspiró su poesía, los cantos populares enriquecieron su teatro y la amistad con compositores influyó decisivamente en algunas de sus creaciones. Este ciclo despliega una mirada panorámica sobre el rico universo musical lorquiano, combinando composiciones vinculadas a su obra y a su figura con algunas de sus poesías más célebres».

Por su parte la Web del Festival titula este programa, dentro de los tres conciertos del ciclo «Universo Lorca» el de este primer y caluroso miércoles de julio como Lorca flamenco presentándonos a los artistas que darían vida en el «palacio más flamenco de Granada»: «La ciudad de La Niña de los Peines, Rosalía de Triana o Aurora Vargas, Sevilla, tiene en Esperanza Fernández (…) a una de sus máximas representantes del flamenco de hoy. Consciente del peso de su herencia familiar, cuidadosa en la firmeza con que ha ido confeccionando su carrera artística, dama y señora de una mágica elegancia en la escena, Esperanza Fernández es una cantaora larga en cantes, buenas formas y exquisitez en el gusto. Todos estos atributos la acompañan en el trabajo con que se presenta en el Palacio de los Córdova, junto al pianista gaditano Chano Domínguez, para evocar al Federico más jondo, a los pies de la Alhambra, y a través del tamiz de su hermosa voz». Cuando en 2011 escuché en Avilés a Chano copiaba de Carlos Cano  su estribillo «La Habana es Cádiz…», así que hoy ‘la Esperanza’ (¡de Triana! evidentemente) uniría La tacita de plata con la capital nazarí, «De Cádiz a Granada pasando por Sevilla».

Y sería el gaditano quien en solitario nos traía «Un músico en Nueva York» hasta la Granada lorquiana,  aires caribeños hasta la bahía de Cádiz, el Atlántico de ida y vuelta tan nuestro que el gaditano fusiona  como nadie: jazz y flamenco más allá de etiquetas, música mayúscula desde un Yamaha© perfecto para el sonido y estilo único del gran Chano Domínguez.

Con un arrullo llegaba la otra Esperanza trianera para enamorarnos con Tres morillas – Las morillas de Jaén porque el programa no sería en el orden escrito sino en el sentido, voz con «pellizco» acunada por un Chano que hace del piano guitarra «lucida» para una Billie Holiday sevillana. Y ebriendo El Café de Chinitas se invitaba a esta fiesta por peteneras la percusión de Miguel Fernández, empuje flamenco con aires arábigos pero también de la India del maestro en las percusiones Trilok Gurtu, con el «jefe de sala» Domínguez y la Fernández Vargas eterna, jaleo con gusto en la misma música que Lorca vivió en todos los sentidos.

Hay que ser flamenca y andaluza, mejor sevillana de Triana para manejar el abanico como Esperanza Fernández, aunque bien podríamos americanizarla como Hope Fernanson, con Las tres hojas que formaron cantaora, pianista y percusionista, simbolismo de la canción antigua a una realidad sin etiquetas, capaz de convertir la copla en un «standar» internacional, pues Chano Domínguez hace del piano más flamenco el caribeño que encaja con lo que quiera, y fueron tres hojas de verbena a los pies de La Alhambra, palaciegas y populares, siempre contando con una amplificación delicada donde valorar todo lo que sobre el escenario se cocía, voz presente, piano claro y percusión empujando, reverberación en su punto, ecualización perfecta con los graves potentes que no distorsionaron, más unas luces creando  un ambiente ya de por sí bello con un fondo de foto.

La Nana de Sevilla fue uno de los momentos para cerrar los ojos y disfrutar con Esperanza y Chano a dúo en la cercana calidez tanto vocal como del acompañamiento, el Lorca tan actual que con un ropaje internacional sigue poniendo la carne de gallina con dos artistas que hacen suyo este «arrorró» uniendo sentires para un mismo sueño.

Si hay una canción popular de las que recogió Lorca, una indiscutible es los Cuatro muleros, versioneada a lo largo de los años por intérpretes y estilos para hacer una «Antología Lorquiana», que además con Esperanza, Chano y Miguel alcanzó otro punto álgido de la cálida noche en los jardines del palacio de la cuesta del Chapiz, palmas, cajón y el piano «tumbao», popular del pueblo que la siente suya aunque cambiemos el ropaje, pues la melodía es un cuerpo desnudo al que vestimos más allá de modas o épocas para resultar bello cuando las proporciones sin cánones preconcebidos saltan a la vista, en este caso al oído y el corazón de un público tan heterogéneo como esta fusión concebida desde el buen gusto.

Una trianera con un gaditano redondearon un Viva Sevilla «sentío», sevillanas decimonónicas del siglo actual más allá del baile, más sevillana que ninguna y antillana por el acompañamiento para disfrutar juntos y separados, ritmo contenido pero flamencos a más no poder, Esperanza Fernández de agudos quebrados y graves rotundos, ornamentos en vena contestados por los dedos de un Chano siempre atento, contestando, arropando, latiendo y fluyendo como un Hudson en el Guadalquivir de pentagramas no escritos que desembocaba en Granada.

Siempre se le debe un descanso a la voz cantante, y de nuevo Chano Domínguez nos regalaba unas guajiras de Cuba a Cádiz, de Harlem al malecón del Campo del Sur, caravana o transatlántico pianístico que vuelve universal nuestra música popular plenamente exportable sin etiquetas.

Una canción infantil como La Tarara devolvía al trío con Esperanza Fernández cambiando del rojo al blanco, simbolismos aparte pero un disfrute cada uno de ellos, la voz única de la sevillana, el empuje del malagueño y el virtuosismo gaditano, un Lorca atemporal y actual con esta interpretación de la Andalucía eterna.

Si hay algo «jondo es el Zorongo, con el piano delicado abrazando la voz de luna en un abrazo nocturno  con la magia granadina:

La luna es un pozo chico,

las flores no valen nada,

lo que valen son tus brazos

cuando de noche me abrazan

El tiempo volaba porque cada canción se nos hacía corta y las palabras crecían, así que nada mejor que unir en una sola canción las inicialmente previstas, Anda jaleo El Vito rítmicas, flamencas, jazzísticas, sentidas, actuales por atemporales, tiroteos y cipreses en vez de pinos con aire de bulerías, o la «malagueña que fue a Sevilla a ver los toros y en el medio del camino la cautivaron los moros», munición en la percusión, la sevillana cautivándonos y el torero Chano con una cuadrilla para el recuerdo en otra noche granadina.

PROGRAMA

Poemas lorquianos del cante jondo

Canciones populares españolas recogidas y armonizadas por Federico García Lorca (1898-1936):

Anda jaleo

El Vito

Los cuatro muleros

Los mozos de Monleón

Nana de Sevilla

Los reyes de la baraja

La tarara

Las tres hojas

Zorongo

Sevillanas del siglo XVIII

El Café de Chinitas

Tres morillas – Las morillas de Jaén

Schubert, fin de etapa

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Martes 2 de julio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Arrayanes | Grandes intérpretes / #Schubert esencial: Paul Lewis, piano. Integral de las sonatas completas para piano IV. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

En el Patio de Comares, de acústica tan increíble como el propio marco, llegaba a la noche de mi decimoséptimo día en Granada con el último de los cuatro conciertos que el inglés Paul Lewis (más un encuentro y sus clases magistrales) nos ha regalado con la integral de las sonatas completas para piano de Schubert, en esta edición del festival nazarí.

La página web de este programa titulado «Los últimos meses de la vida de Schubert» lo presentaba con estas palabras: «En septiembre de 1828, en un arrebato creativo casi inconcebible, si bien apoyado en esbozos preparatorios que se han conservado, Schubert escribió tres sonatas para piano que constituyen su gran testamento artístico, pues al músico le quedaban apenas dos meses de vida. Schubert recoge aquí el espíritu del último Beethoven, que funde con la herencia de su propio trabajo en el género». Si recordaba a Lewis en Oviedo hace 10 años con las últimas sonatas de Beethoven, el tiempo consigue ahondar en esta relación de admiración del vienés al de Bonn, el peso de intentar crear algo nuevo desde el respeto a la forma sonata con el inestable equilibrio que la salud y circunstancias personales desembocaron en este «testamento artístico» de un Schubert al que hemos conocido y disfrutado con el británico en cuatro veladas que completan una visión propia.

La sonata nº 19 es beethoveniana de principio a fin, con un carácter convulso muy cercano a la «Pathetique»  del «sordo de Bonn», incluso con citas casi idénticas pero con los silencios abruptos aún más marcados por un Lewis que volvió a poner su exquisita técnica al servicio de esta antepenúltima sonata. Siempre interesante un pedal que crea una atmósfera mágica especialmente en esos compases sin resolver, soltando lentamente para que los armónicos flotasen en el Patio de los Arrayanes.

En estos cuatro conciertos incluyo parte de las notas al programa (un libreto común ya de referencia para guardarlo) del siempre docto, documentado y sesudo Rafael Ortega Basagoiti, que analiza la Sonata D 958 con una disección  de cirujano que Lewis se encargó de materializar: «El Allegro inicial (…) en la trágica tonalidad de do menor, arranca de manera rotunda, impregnado de un dramatismo que, aunque más serenado, persiste en el segundo motivo. Pese a la general inquietud de una música de gran intensidad, es sin embargo la calmada tristeza la que cierra el movimiento. El Adagio, en dos secciones, se abre de forma muy íntima, sin ocultar una delicada melancolía, que luego se torna más oscura e inquieta en la segunda sección. No se escapa de ese sabor dramático que transpiraba en el tiempo inicial ni, sobre todo en el final, de la tristeza. Tampoco lo hace del todo el bellísimo, pero también inquietante Menuetto. El Trio, calmado y muy hermoso, es también un canto de refinada nostalgia. El Allegro final, dramático como toda la obra, está presidido por un agitado ritmo de tarantela, que deviene turbulenta, con continuos cruces de manos del pianista». Las dinámicas extremas, los pasajes atormentados y los contagiosos ritmos schubertianos iban desgajándose con el reflejo del agua estancada mecida por la brisa tras el pianista, como si la naturaleza quisiera sumarse a estas agridulces músicas, con el Adagio diría que místico y el destino llamando a la puerta del Allegro último.

Sin apenas respiro Mr. Lewis afrontaba la nº 20 que personalmente fue la que más me emocionó por ese equilibrio casi mozartiano (la forma en estado puro) junto a los presagios tormentosos como de «Los adioses» beethovenianos y que para Brahms eran casi «una nana del dolor».  Pasajes donde los «retenuti» del inglés nos dejaban siempre en el aire poder dar el siguiente paso para asentarnos en tierra, las cadencias nunca resueltas, como dando vueltas a una manzana edificada que en una calle soplaba un tornado para girar buscando un pequeño remanso y en el siguiente giro reencontrarse con el huracán sentimental sin poder escapar nunca de un carrusel emocional, urbano pero flotando un destino donde lo caprichoso puede unir momentos desbordantes, casi chopinianos, con instantes de sueño profundo y respiración contenida. «Rotundo, casi sinfónico, es el comienzo del Allegro que abre la Sonata D 959, elaborado de manera decididamente temperamental. Contrasta el segundo tema, un canto de lirismo bien patente. En él se basa el desarrollo, que poco a poco evoluciona hasta moverse entre el dramatismo y la nostalgia. El tramo final recupera el tema inicial, que queda arrastrado por la melancolía que dominaba el segundo motivo. Clima que también impregna el sereno comienzo del Andantino, una barcarola de conmovedora, desgarrada tristeza. La sección central evoluciona de manera sorprendente, casi como una improvisación, hacia una turbulencia desatada, inundada de trágico desasosiego, que se esfuma finalmente para dejar solo el retorno de la desolada tristeza inicial, ahora con un dibujo menos austero. El saltarín Scherzo (Allegro vivace), hace un guiño fugaz a la turbulencia anterior con una fulgurante escala descendente en la mitad de su curso, siendo más íntimo el Trio (Un poco più lento). El Rondo final, sobre el motivo (transformado) el del tiempo lento de la Sonata D 537, se presenta como un canto de tranquilo lirismo, pero luego evoluciona en muchos momentos a momentos de intenso dramatismo. La coda arrebatada (Presto) acaba culminando con un cierre tan rotundo como el del inicio de la sonata». Nuevamente el Andantino de Lewis removió tripas y mente, las campanas de medianoche sumándose al único reposo del guerrero de un Schubert siempre dubitativo, del caminante que no sabemos dónde se dirigirá en el siguiente cruce, de las melodías sin palabras esperando un cantante imaginario tan omnipresente, para un final de sonata aterrador por la fuerza expresiva y el dramatismo tan necesario para afrontar y entender esta última etapa.

No hay descanso, apenas cinco minutos para que no se perdiese ni la magia de La Alhambra ni la concentración unificadora del último aliento, y la Sonata D 960, la nº 21 cerraba este ciclo de maestros, compositor e intérprete magistrales, con el lirismo sereno «que representa a la perfección las «divinas longitudes» schubertianas de las que habló Schumann», tristeza sin amargura y rebelión ante los augurios del último aliento. Las notas graves pintando sombras sobre las que los trinos son de negros córvidos que al levantar el vuelo parecen ruiseñores, Lewis abriendo y cerrando todos los sentimientos contenidos en la última sonata. Siempre me decanto por los tiempos lentos por lo que suponen de meditación, pensamientos propios, recrear los ajenos y volcarlos en unas músicas sin adornos, tan solo los mínimos para las pinceladas más sinceras independientemente del carácter. Siempre Don Rafael explicándolo como nadie: «El Andante sostenuto, para muchos el centro de gravedad emocional de la obra, nos trae un motivo desolado en la mano derecha, mientras la izquierda gotea de manera implacable un acompañamiento de conmovedor desgarro en su sobrecogedora sobriedad. Como en otros tiempos lentos schubertianos, la sección central, además del cambio de tonalidad, no abandona esa tristeza, pero la impregna de un carácter más melancólico que trágico. La deriva es, no obstante, transitoria, porque la congoja vuelve con inclemencia hasta el final, con el retorno de la sección principal». El clima emocional de Schubert contagiado a un silencio solo roto por lejanos ladridos de perros, luz del vivaz Scherzo (Allegro vivace con delicatezza) con que cerraba el día anterior, aún más delicado y profundo tras imbuirse en estas noches del espíritu incomprendido del bueno de Franz, la sempiterna melancolía que subyace en cada movimiento y el arrebato final lleno de vigor, rotundidad, convencimiento y aceptación de la coda final en Presto para que Lewis soltase un estertor pianístico de tantos días luchando y compartiendo el espíritu de Schubert, esencial en este festival y recuerdo inolvidable del que estas líneas solo servirán para (re)avivar sentimientos y mantener mi admiración por un intérprete que continuará su camino hasta ser casi como un vino «Gran reserva» de una cosecha para vivir… y beber.

PROGRAMA

-I-

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano nº 19 en do menor, D 958 (1828):

Allegro – Adagio – Menuetto. Allegro–Trio – Allegro

Sonata para piano nº 20 en la mayor, D 959 (1828):

Allegro – Andantino – Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento – Rondo. Allegretto

-II-

Sonata para piano nº 21 en si bemol mayor, D 960 (1828):

Molto moderato – Andante sostenuto – Scherzo. Allegro vivace con delicatezza–Trio – Allegro ma non troppo

Siempre la Granada de Lorca

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Martes 2 de julio, 20:00 horas73º Festival de GranadaCentro Federico García Lorca | Música de cámara / #Universo LorcaAna María Valderrama (violín), David Kadouch (piano)Lorca: in memoriam. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

El dúo de violín y piano formado por la madrileña Ana María Valderrama y el francés David Kadouch presentaban parte de su último disco «Lorquiana» en el mejor sitio para ello como es el Centro Federico García Lorcauna tarde que congregó a un público entregado para disfrutar de la música que siempre une a Lorca con su Granada, con Valderrama recitando el poema «Fábula y rueda de tres amigos» de Poeta en Nueva York, preámbulo de su muerte y perfecta introducción a un interesante recital.

La web de este concierto titulaba el evento como «A Lorca en un violín», primero de los recitales del «Universo Lorca», parte de un trabajo discográfico IBS Classical con obras muy vinculadas al poeta granadino, y que la doctora granadina Torres Clemente en sus notas al programa (cedidas por la Fundación Juan March) nombra como Lorca: in memoriam, de donde iré citando fragmentos, y es que Granada respira Lorca por todas partes y su muerte lo volvió en eterno: «Desde aquella funesta madrugada de agosto de 1936 en que Federico García Lorca fue asesinado, el mundo no ha cesado de llorar su pérdida. Las muestras de dolor y las condenas por su muerte han inspirado cientos de poemas que denuncian la sinrazón desde diferentes latitudes. Ahí quedan los versos de Antonio Machado («…Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada»), o el planto de Rafael Alberti («No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba»), como ejemplos de tantos homenajes in memoriam que, contradictoriamente, han contribuido a mantener muy vivo su recuerdo. También los músicos, tan próximos al poeta, le han dedicado infinidad de elegías, firmadas desde cualquier rincón del planeta y renovadas sistemáticamente. Tal legado evidencia un hecho: Lorca ha trascendido por su genialidad artística, desde luego, pero también como símbolo de libertad y resistencia».

El programa, como el disco, comenzaba con  la Sonata que Poulenc le dedicó (póstumamente) a Lorca en 1943. El compositor francés tuvo dificultades para rendir homenaje a García Lorca por considerar que su música no estaba a la altura del agasajado, y aunque no quedó contento con el resultado, logró honrar su memoria con esta Sonata para violín y piano, que compuso durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada, por lo que «Escribir sobre el poeta español fusilado por los fascistas era una forma clara de expresar su oposición a los regímenes totalitarios. Implícitamente, además, los estudiosos han querido ver en esta sonata una denuncia por el clima de homofobia que sufrieron tanto Poulenc como Lorca, ambos pioneros en la asunción pública de su homosexualidad». El dúo Valderrama-Kadouch afrontaron la sonata con ímpetu, puede que el piano demasiado presente al que no hubiera venido mal bajar la tapa acústica, pero los tres movimientos (Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico) fueron «in crescendo» en entrega y pasión (incluso el público aplaudió el «fuego» del primero, quiero pensar que por la emoción transmitida…) en una obra ecléctica en estilos o referencias, casi un poema sinfónico donde ir escuchando una tragedia conocida pero también donde el Intermezzo está encabezado con los primeros versos de «Las seis cuerdas de la guitarra» -del Poema del cante jondo– y con guiños a Falla, Albéniz, el flamenco y hasta un canto fúnebre muy cromático, característico de la obra coral del propio Poulenc.

Ana María Valderrama haría de presentadora de la siguiente obra, el arreglo que Fritz Kreisler haría de la conocida Danza de La vida breve de Falla, obra que todo violinista suele incluir en su repertorio y que esta vez guardaba relación con esta «Lorquiana» hispano-francesa. De nuevo un piano muy fuerte pero bien encajado con un violín al que faltó presencia pero derrochó musicalidad.

Lo original de esta propuesta sería la Sonata en do mayor del venezolano radicado en París Reynaldo Hahn, más conocido por sus canciones, que escribió en 1926 esta obra en tres movimientos en cierto modo con recuerdos a la música de Fauré. Escribe la doctora Torres Clemente que «A primera vista, pudiera parecer que entre García Lorca y Reynaldo Hahn no hubo nada en común, pero lo cierto es que son muchas las circunstancias que los unen. Ambos sintieron esas vocaciones cruzadas: si el primero se declaró fiel admirador de la música, el segundo aseguró emocionarse exclusivamente en el teatro, por mediación de las palabras: «Una frase musical me encanta y me deleita, pero nunca me conmueve», escribió al pianista Édouard Rissler. Ambos compartieron también su facilidad de palabra, su simpatía personal y su espíritu centelleante, lo que hizo de ellos excelentes oradores; y ambos exteriorizaron su homosexualidad en un momento en que esta condición continuaba reprimiéndose con violencia, al tiempo que se intentaba ensalzar con dignidad (…). Su lenguaje lírico mantiene anclajes con el Romanticismo, y en particular con la conocida sonata de César Franck; pero el elogio al motor de un automóvil que plantea en el movimiento central de la obra –subtitulado «12 CV; 8 cilindros; 5.000 revoluciones»– lo conecta con las vanguardias, que vieron en la máquina una metáfora de la modernización». Presentada por David Kadouch quien incluso describió cada movimiento, donde el motor Veloce levantó aplausos al finalizar, e incluso comparar el último Modéré, très a l’aise au gré l’interprète con un soñado encuentro entre Mozart y Edith Piaf que supone una visión personal de esta sonata muy efectista para los dos intérpretes.

Personalmente lo que me encantó fue el final con una selección de las Canciones populares españolas  recogidas y armonizadas por el propio García Lorca en una excelente transcripción para este dúo a cargo de Alberto Martín (1980), encargo de los propios intérpretes, que está en el disco aunque el directo siempre es único. Con unos interludios bellísimos, un piano actual rítmico, de armonías contemporáneas con todo el respeto y reconocimiento de esas canciones, que algunos tarareaban por lo bajo, sería el violín la voz cantante igualmente rica en la técnica, la expresividad y notándose que trabajar para grabarlo supone un plus de entendimiento y maduración de un proyecto que en la Granada de Lorca tenía el mejor escenario (mi admiración por el guitarrista, compositor y arreglista, presente en la sala). Para quienes pueden escuchar el disco disfrutarán como yo de estas seis canciones, de las que difícil elegir pero una sentida Nana de Sevilla, el impactante Zorongo, o Los cuatro muleros muy actuales en el lenguaje de Martín que levantaron al público del «Centro Lorca» incorporándose al final un cajón que fusiona con el flamenco lo popular y lo «clásico» en una visión de nuestros días.

La propina, también incluida en el disco, Verlaine último de los «Tres retratos» que la argentina Alicia Terzian (Córdoba -Argentina- 1934) escribió en su «Libro de Canciones de Lorca». Si el francés no necesita palabras, Lorca las inspira y el dúo Valderrama-Kadouch las destiló de nuevo al pentagrama en esta presentación de su reciente trabajo discográfico.

PROGRAMA

Francis Poulenc (1899-1963):

Sonata para violín y piano, FP 119 (Dedicada a Lorca. 1943, rev. 1949):

Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico

Manuel de Falla (1876-1946) / Fritz Kreisler (1875-1962):

Danza española nº 1, de La vida breve (arreglo para violín y piano de Fritz Kreisler, 1926)

Reynaldo Hahn (1874-1947):

Sonata para violín y piano en do mayor (1926):

Sans lenteur, tendrement – Veloce – Modéré, très a l’aise au gré l’interprète

Federico García Lorca (1898-1936) / Alberto Martín (1980):

Selección de canciones (arreglo para violín y piano, 2022):

Nana de Sevilla

Los reyes de la baraja

Zorongo

Las tres hojas

Las morillas de Jaén

Los cuatro muleros

No hay dos sin tres

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Lunes 1 de julio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Arrayanes | Grandes intérpretes / #Schubert esencialPaul Lewis, piano. Integral de las sonatas completas para piano III. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

El pianista británico, artista residente de esta edición granadina, afrontaba en el Patio de Comares el tercero de los cuatro conciertos con la integral de las sonatas completas de Schubert, con una acústica especial y el Steinway© perfectamente ajustado para poder apreciar el universo sonoro del compositor vienés.

Como figuraba en la web del programa titulada Más Schubert en los Arrayanes, comenzando casi con puntualidad británica y sin apenas respirar sonaba la Sonata para piano nº 4 en la menor, D 537, «obra de sonoridades nocturnales, con un tiempo central de un lirismo reparador. Está en sólo tres movimientos, aunque se piensa que en su primera redacción Schubert escribió para ella un minueto que luego desechó (es el catalogado como D. 334)». Paul Lewis me recordó a Brendel, como en parte es lógico, con el Allegro ma non troppo ajustado a la indicación de rápido pero no demasiado, pulsación siempre segura, matices cuidados con unos crescendi siempre ajustados y un uso del pedal que redondea una musicalidad envidiable en Schubert, con esas melodías siempre «líricas» junto a unos silencios subyugantes. De esta cuarta sonata, el doctor Rafael Ortega Basagoiti la disecciona casi como si estuviese escuchando a mi lado a Lewis: «(…) En el Allegro ma non troppo encontramos ramalazos de temperamento beethoveniano en el primer motivo (como luego en el desarrollo), que el joven Schubert combina con habilidad con el más tranquilo segundo tema. Los dos rotundos acordes finales parecen inesperados tras el tramo final, bastante lírico, que les precede. El Allegretto quasi andantino es un delicioso rondó en cinco episodios, sobre una melodía que tiene mucho de marcha amable, refinada y de encantador lirismo, a la que Schubert volvería años después para, debidamente modificado y acelerado, construir el final de la Sonata D 959. El Allegro vivace final se abre al unísono, de forma decidida y también bastante temperamental, y a esa apertura le sigue un motivo alegre y desenfadado. Pausas y silencios crean cierta expectativa, pero lo que domina el movimiento es una sencilla, por momentos (a expensas del segundo motivo) sonriente energía vital. Schubert sorprende con un amago último de final desvanecido, pero, como antes, cierra la obra de manera rotunda». Interesante la interpretación del inglés siempre ajustado a los tempi, sonido limpio, cristalino como el agua del estanque reflejada tras el piano, acordes poderosos donde siempre percibimos la melodía y las emociones encontradas, temperamento británico llevado al piano, encantándome el movimiento central (Allegretto quasi andantino) por el juego de los temas, el primero con unos picados casi violinísticos y el segundo legato conteniendo la velocidad para respirar casi con el cantante que parece flotar sobre en estas sonatas.

Para no perder la continuidad en ese año 1817 atacaba Lewis la nº 9 en si mayor, D 575 -esta vez recuerdo a Kempff– y última de las ocho sonatas que el Schubert afrontó en dicho año donde sólo terminó tres, ya con los cuatro movimientos clásicos pero con mucha más libertad en la forma donde el vienés sigue siendo original por el uso armónico y las modulaciones, el camino que no sabemos donde lleva con un Lewis perfecto narrador de estas historias sin palabras. De nuevo transcribo a Don Rafael: «El primer movimiento (…) Allegro ma non troppo, comienza como una marcha, decidida y enérgica, de nuevo al unísono. El segundo en motivo conserva el mismo dibujo rítmico, pero el cambio de tonalidad y el acompañamiento de la mano izquierda le otorgan un carácter muy distinto, más lírico y cantable, hasta sonriente», y Paul Lewis en su semblante también reflejaba esos cambios de ánimo traducidos en su pianismo elegante y trabajado, impecable digitación, fraseos precisos, sonido muy trabajado con y sin pedal, el poso de las melodías infinitas. «El canto aparece inmediatamente de nuevo en un Andante también muy lírico, en el que destaca una sección central más heroica, con poderosas octavas en la mano izquierda». Unas notas del último movimiento de «la novena de Beethoven» que discurrirán por otro camino, y la amplia gama de dinámicas del pianista inglés que le permite ahondar en el carácter de luces y sombras siempre con una línea de canto de presencia transparente. «El Scherzo, otra vez iniciado al unísono, evidencia desde el principio su intención de danza alegre y simpática, con una luminosidad que el breve Trio, algo más inclinado al canto, no contradice. El Allegro giusto final tiene un aire de danza, alegre y desenfadada, que torna a una encantadora ternura en el segundo motivo, indicado dolce, sobre el mismo ritmo ternario inicial», esperanza con menos tormento, pulsación engañosamente delicada porque Lewis maneja magistralmente los pedales para moldear siempre un sonido único.

No puedo hablar de descanso, sólo una breve pausa antes de monumental sonata nº 18, D 894, escrita en 1826 y conocida como «Sonata fantasía» por su primer editor, siendo además de las pocas publicadas en vida del compositor (las otras dos son las D 845 y D 850). Pura poesía siempre anímicamente entre polos opuestos, contemplación y éxtasis, sombras y luces… Schumann la describió como «perfecta en forma y espíritu» y Paul Lewis declaró que, si solo le dejaran escoger una sonata de Schubert, probablemente elegiría esta. «La serenidad con que se abre ese Molto moderato e cantabile, de ambiciosa dimensión, domina el movimiento, aunque la tensión crece considerablemente en el principio del desarrollo, cuando Schubert demanda (algo excepcional en él) el extremo dinámico del forte (fff). El final nos devuelve a los dominios del otro extremo: pianisísimo (ppp), como si quisiera recordarnos que la calma solo nos abandonó de manera fugaz». Aires beethovenianos en espíritu y dinámicas, placer y tormento nunca a partes iguales pero siempre anhelo de reposo. «El apacible canto inicial del Andante es un tanto engañoso, aunque retorna en el también melancólico final, nuevamente en ppp. Pero en medio, Schubert introduce un episodio fuertemente temperamental y enérgico. El Menuetto (Allegro moderato) es rotundo en su comienzo, pero deriva hacia territorios más líricos en la respuesta a ese inicio, y sobre todo en un Trio que maravilla en la sencillez casi imposible con que nos hace llegar su exquisita delicadeza, que contrasta fuertemente con el más musculado minueto». Así leyó Lewis estos movimientos, temperamento y energía, rotundamente lírico, delicada sencillez antes de sacar músculo para el «Allegretto final, un rondó alegre, (…) realmente difícil resistir el encanto de una música que tiene todo: lirismo contagioso, decidida vitalidad, alusiones de danza… Un festival de la invención, que, para no perder la costumbre de toda la obra, se desvanece en unos acordes en pp, casi como sugiriendo una evaporación de la alegría». Poso y peso de Lewis con aromas a Brendel, Kempf o Sviatoslav Richter no ya por reconocer esta sonata de Schubert entre las favoritas sino por la madurez del británico aportando aún más colores a una sonata caleidoscópica.

Aún hubo tiempo antes de medianoche para el regalo del  tercer movimiento, Scherzo (Allegro vivace con delicatezza) de la sonata nº 21 con la que mañana cerrará este ciclo de Schubert, propinas que han sido como un «trailer» del siguiente, aunque desconozco si habrá este martes vuelta al principio o más bien punto y final, pero siempre habrá sido un placer al alcance de pocos en esta Granada mágica…

PROGRAMA

Franz Schubert (1797-1828):

-I-

Sonata para piano nº 4 en la menor, D 537 (1817):

Allegro ma non troppo – Allegretto quasi andantino – Allegro vivace

Sonata para piano nº 9 en si mayor, D 575 (1817):

Allegro ma non troppo – Andante – Scherzo. Allegretto-Trio – Allegro giusto

-II-

Sonata para piano nº 18 en sol mayor, D 894 (1826):

Molto moderato e cantabile – Andante – Menuetto. Allegro moderato -Trio – Allegretto

La rebelión revelada

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Viernes 28 de junio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real) | Grandes intérpretes / #Schubert esencialPaul Lewis, piano. Integral de las sonatas completas para piano IIFotos ©Javier Martín Ruiz.

Segundo concierto del ciclo que Paul Lewis está ofreciendo de la integral de las sonatas «completas» de Schubert, nuevamente en el Patio de los Mármoles con una temperatura más nórdica que del verano nazarí, algo seguramente que afectó los dedos del pianista inglés, aunque no impidió comenzar a entender mejor todos los sentimientos que el compositor vienés volcaba en cada página, sumándole que tras ir conociendo cada vez más detalles tanto del «incomprendido» en su tiempo como de la forma como el pianista inglés ejerce su magisterio de primera mano, nos hicieron este «capítulo» breve, intenso y alentador para lo que aún nos queda en el festival granadino.

La web del Festival para este segundo encuentro con Schubert lo presenta diciendo que Paul Lewis «ha dispuesto dos graves sonatas escritas en 1825, separadas por un trabajo más juvenil. La nº 15 es una obra que Schubert no llegó a terminar. Considerada algún tiempo de forma errónea como su testamento en el género (y de ahí el subtítulo de Reliquie), el compositor dejó acabados los dos primeros movimientos y el trío del minueto, pero ni este ni el Rondo final están terminados. La obra se publicó por primera vez en 1861. De aquel año data también la colosal Sonata en la menor D. 845, la nº 16, que Schubert compuso en mayo y que tocó muchas veces en la gira que hizo por Austria en los meses siguientes en compañía del cantante Michael Vogl. Se trata de una obra profunda, melancólica, elegíaca. Entre las dos, una obra más breve y de tono desenfadado, la nº 13, que Schubert escribió en el verano de 1819 para la joven pianista de 18 años Josephine von Koller. Es una obra cercana en espíritu al Quinteto «La trucha», de la misma época».

Y todo porque comenzar este concierto con luz diurna de la Sonata D 840, «Reliquie» ya parecía premonitorio al incluirla entre las “completas” de Schubert, aunque, de hecho, no lo está. Como en el concierto del martes pasado, iré incluyendo las excelentes notas del programa referidas a cada concierto de Rafael Ortega Basagoiti, del que además guardo un ejemplar firmado por el doctor y el pianista. Así sobre esta sonata nº 15 nos explica que «(…) se suele incluir entre las “completas” de Schubert, aunque, de hecho, no lo está. El compositor trabajó en ella durante la primavera de 1825, en paralelo con la Sonata D 845. Completó los dos movimientos que escucharemos, y dejó iniciados los dos restantes: el Minueto, interrumpido tras 80 compases, y el Rondo final, del que completó 272. El hecho de que nos haya llegado incompleta no debe engañarnos: es una de las obras más densas y ambiciosas del ciclo (sus dos movimientos duran casi media hora). El Moderato, que en muchos momentos sugiere una dimensión casi sinfónica, ofrece un contraste acusado entre el primer motivo, de una gran tensión, y el segundo, que conserva la misma idea pero que Schubert modifica de forma magistral para convertirlo en un hermoso canto de inefable y dulce nostalgia. Se lleva ese choque entre tensión y ternura hasta el extremo, incluso en el sorprendente final: cuando los acordes rotundos insinúan que ha llegado al final, el compositor se reserva unas gotas últimas de recuerdo a esa nostalgia, casi como una respuesta, emotiva e imprevista, a la contundente afirmación previa. El Andante emplea con maestría los silencios para generar tensión, en un clima de aparente tranquilidad, pero tras la que se esconde un carácter indudablemente sombrío».
Las dimensiones y densidad de esta obra fueron como el propio transcurrir del concierto, pasando del día a la noche pues Paul Lewis parece diseñar cual pintor romántico trabajando cada capa y color, no ya cada uno de los movimientos sino cada cambio de ánimo con contrastes entre luz y sombra, alegría y tristeza, paz y desasosiego y así… hasta agotar antónimos de nuestra lengua que pianísticamente son lo que Schubert reflejó en cada obra, aún más en una sonata que nunca sabemos dónde desembocará por muchas veces que la escuchemos. El pianista británico, que comenzó sin apenas dejar tiempo para los aplausos de bienvenida, tardó en arrancar tanta emoción contenida pero fue hurgando en ella paso a paso. Cada frase iría respondiendo a las cuestiones vitales hechas sonido: entrega, pasión, majestuosidad interiorizada  y la elegancia «british» que no está reñida con unas dinámicas extremas, apenas perceptibles visualmente pero increíbles (pensaba en la grabación de Radio Clásica y las «ganancias» casi en rojo), siempre imprescindibles en un Schubert único e irrepetible en el directo, donde cada silencio dejaba en el aire una pregunta sin respuesta.
Y si la decimoquinta sonata es completa sin estarlo, enlazarla con la decimotercera pareció engrandecer todavía más esta visión tanto de Paul Lewis como del propio Schubert: «Escrita en 1819 (…) y antes de las tempestades de salud que cambiarán decisivamente la vida del compositor, la Sonata D 664 proporciona un interludio luminoso entre las (…) de 1825, mucho más tensas. El Allegro inicial es inequívocamente lírico en su inicio, que bien podría llevar palabras consigo, tan evidente es su conexión con el lied. También es muy luminoso el segundo motivo, y solo el desarrollo se asoma fugazmente a una energía más patente, con los pasajes en octavas en ambas manos. Pero es el apacible lirismo el que domina y con el que culmina el movimiento. El Andante tiene también mucho de canción, de una tierna melancolía, expresada con unos cambios de armonía de una sutil belleza a la que pocos llegaban como Schubert. El Allegro final se inicia también en este clima afable y casi sonriente, pero se abre luego a pasajes de mayor bravura, decididamente apasionados y brillantes. Pero nunca se adentra en las densidades dramáticas de otras de sus páginas. De una u otra forma, la luz lírica es la dominante en todo el curso de esta bellísima sonata». Cuando escuchaba esas melodías donde sólo faltaba Mark Padmore cantando, pensaba en la poesía como inspiradora de tanta música, en las «schubertiadas» y la eterna lucha entre la alegría y la tristeza, el poso amargo donde siempre resurge una esperanza por leve que sea, el difícil equilibrio vital por no decantar una balanza que trastoque el devenir de unas mentes (tal vez almas) no siempre seguras de sí mismas, capaces de elegir el lado trágico tan romántico en esos momentos. Así sentí esta «Gran sonata nº 28» (13+15) donde Lewis tradujo al piano tanta duda existencial en un momento concreto como esta noche de luna menguante en Granada.
Es difícil describir lo que siento al finalizar cada concierto, y quienes me leen saben que no tomo notas, intentando reflejar mis emociones en cuanto me pongo frente al ordenador -lo más rápido posible- para no dejarme nada en «el tintero». Cuando las palabras previas que son las notas al programa reflejan y diseccionan cada obra, se me hace más fácil encontrar cómo reflejarlo, muchas veces cual descripción exacta de lo escuchado y vivido. De nuevo mi admirado Don Rafael, que no solo sabe sino que ha vivido (y estudiado) muchas de estas obras por tantos intérpretes, describe cada obra cual «adivino» de lo que vendría a continuación. Apenas un respiro para que Paul Lewis continuase esta segunda entrega con la Sonata para piano nº 16 en la menor,  «La Sonata D 845 es el tercer fruto del género escrito en el año 1825 (…) El Moderato inicial recurre (…) al unísono … para dibujar un motivo que tiene mucho de elegíaco, y que jugará, frente al más afirmativo segundo tema, un papel decisivo en un desarrollo más trágico, que finalmente domina y cierra el movimiento. El Andante poco mosso es un tema con 5 variaciones sobre una melodía amable, y es ese carácter el que domina casi todo, aunque la tercera variación es más dramática y la cuarta más brillante y agitada. El movimiento se cierra con una tranquila variación final. El Scherzo, agitado, tiene la fuerza temperamental de su admirado Beethoven, pero no renuncia, especialmente en el Trio, a los guiños de sencilla y encantadora melancolía, que tanto encontramos en las sonatas de madurez. El Rondo final, relativamente breve para lo que suelen ser los finales schubertianos de esta época y posteriores, se inicia con engañosa inocencia, pero pronto expresa una tempestuosa agitación, que se torna imperativa en el acelerado y trepidante tramo final». Cuando escuchaba esos unísonos creciendo en mágicas o trágicas dinámicas por parte del pianista inglés donde ambas manos equilibraban el discurrir trágico y oscuro para, de súbito, aparecer la luz tranquilizadora, parecía entender mejor la dualidad omnipresente en Schubert, amabilidad y agitación, los brillos rápidamente opacados, la melancolía siempre presente desde mi particular forma de ‘comprender’ esa rebelión interior que se revelaba vital con todas las contradicciones que mi juego de palabras con el rico léxico castellano quise transmitir: rebelar y revelar, al oido imposible diferenciarlas pero donde cambiar una letra es otro mundo, como un acento, un fraseo, un legato y hasta un leve cambio de tempo, llámese rubato o chispazo interpretativo en ese momento, todo lo que intento reflejar con el título de esta entrada en el blog tras escuchar a Mr. Lewis y leer al doctor Ortega.
Otro regalo de Paul Lewis para ir completando aún más este universo schubertiano: la propina del Allegretto quassi Andantino de la Sonata D 537 (1817), un salto atrás en el tiempo para dejarnos casi en el punto de partida tras este segundo capítulo donde comienzo a asimilar tanto escrito y escuchado en mi vida, la grandeza de la música y la felicidad de los años.

PROGRAMA

-I-

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano nº 15 en do mayor, D 840 , «Reliquie» (1825)

Moderato

Andante

Sonata para piano nº 13 en la mayor, D 664 (1819)

Allegro moderato

Andante

Allegro

-II-

Sonata para piano nº 16 en la menor, D 845 (1825)

Moderato

Andante poco mosso

Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento

Rondo. Allegro vivace

Granada de cine

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Jueves 27 de junio, 20:00 horas73º Festival de Granada. Centro Federico García Lorca |  Clásicos del Cine / Festival Joven: «Chaplin & Keaton»,
Trío Arbós & Friends (Juan Carlos Chornet, flauta – Claudia Reyes, clarinete – Luis Barbero, viola – Frano Kakarigi, contrabajo). Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

El Festival de Granada también es de cine y recuperando la proyección del cine mudo con música en directo, como bien recordó al inicio el recientemente nombrado académico de Bellas Artes Juan Carlos Garvayo, pianista del Trío Arbós, este jueves muy distinto al de hace diez días, con una sala para la ocasión sin palomitas pero con mucha risa gracias a dos genios como Chaplin y Keaton (solo faltaría Harold Lloyd) junto a la excelente banda sonora de Stephen Prutsman (Los Ángeles, 1960), un músico que se mueve entre la interpretación como pianista, el arreglo y la composición, un estilo entre el jazz y la música cinematográfica, con especial interés por ilustrar el inmenso patrimonio del cine mudo, tanto americano como europeo, y perfectamente sincronizada por los intérpretes en escena colocados al lado de la pantalla.

En la web del evento con el título de Reyes de la comedia, nos informa que el Trío Arbós lleva años «poniendo música en directo a grandes clásicos del cine mudo. Aquí se acerca a dos de los más eximios comediantes de la historia del cinematógrafo», para lo que la plantilla se extiende hasta los seis intérpretes en la segunda película.

Del genio Charles Chaplin (1889-1977) pudimos reírnos con One A.M.un corto de 1916 traducido en España como Charlot noctámbulo, aunque sería mejor «La una de la madrugada», y donde salvo la aparición fugaz del taxista (Albert Austin, guionista, director y actor), el cómico universal será el único protagonista, sin nombre (Drunker o borracho), con frac y sombrero de copa, sin el bastón (es el primer Charlot), y con las peripecias de un aristócrata que vuelve a su mansión tras una larga noche de las que muchos hemos tenido, dejando el argumento junto al programa aunque se lo pueden imaginar, y la música estuvo a cargo solamente del motrileño Juan Carlos Garvayo más la clarinetista de Armilla -pero residente en Basilea- Claudia Reyes Segovia (1994).

Música al uso con todo en su sitio sincronizado, el piano que nunca falta junto el viento completando con su timbre no ya melodías sino los efectos perfectamente encajados, donde la música de Prutsman oscila entre valses nostálgicos y baladas románticas.

Y del otro genio del mudo que fue Buster Keaton (1895-1966), veríamos el mediometraje de 1925 Seven Chances (Siete elecciones sería la traducción), una de sus más influyentes creaciones, una maravilla de efectos especiales, de realización, de caracterizaciones para un amplio reparto además de los extras, con un argumento para reírse incluso a carcajadas, y de nuevo la música de Prutsman ideal, muy trabajada y esta vez para sexteto, es decir el Trío Arbós más tres friends (sin clarinete), que dejo todos sus nombres al final de la entrada. Una música muy de la época de la película donde encontramos charlestón, ragtime o swing «emulando las imposibles piruetas, carreras y trastazos que el pobre Jimmie Shannon se ve obligado a sufrir para cumplir con el testamento de su abuelo».

La tímbrica del grupo es perfecta, con buena compenetración entre ellos donde la cuerda lleva todo el peso junto al piano pero con especial aparición de la flauta y flautín amén de los propios músicos silbando, pateando o jaleando, de nuevo con una sincronización exacta con la película.

Todo es posible en Granada, también el cine en este Festival, todo un éxito de público y aún queda otra película en un «cine de verano» muy especial que contaré, si nada lo impide, desde aquí.

PROGRAMA

One A.M. («Charlot noctámbulo», 1916, 18′), película de Charles Chaplin (1889-1977)

Música de Stephen Prutsman (1960)

Charlot llega en taxi a su casa, totalmente ebrio, después de una noche de fiesta. El corto trecho que separa el umbral de la casa de su dormitorio se convierte en una odisea. Una vez alcanzado su destino, aun tendrá que batallar con su moderna cama.

Seven Chances («Siete ocasiones», 1925, 44′), película de Buster Keaton (1895-1966)

Música de Stephen Prutsman

El agente de bolsa Jimmy Shannon está a punto de declararse en bancarrota cuando un abogado le presenta el testamento de su abuelo, que le lega siete millones de dólares. Pero para poder heredar ese dinero deberá casarse antes de las 7 de la tarde de su 27 cumpleaños… ¡Y eso es hoy!

Trío Arbós:

Juan Carlos Garvayo, piano – Ferdinando Trematore, violín – José Miguel Gómez, violonchelo

Friends:

Claudia Reyes, clarinete

Juan Carlos Chornet, flauta –Luis Barbero, viola – Frano Kakarigi, contrabajo

La cercanía de Paul Lewis a un Schubert irrepetible

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Jueves 27 de junio, 12:30 horas.  Fundación Euroárabe de Altos Estudios: Encuentro con Paul Lewis: Las sonatas de Schubert.

Mañana de aprendizaje dentro del FEX con el pianista de Liverpool, artista residente de esta septuagéismo tercera edición del Festival de Granada, que además de sus cuatro conciertos con la integral de las sonatas completas para piano de Schubert (once de veinte) , nos ofreció este encuentro junto al crítico musical, pianista y doctor en medicina Rafael Ortega Basagoiti (autor tanto de la presentación como de las notas al programa) presentados por el director del Festival Antonio Moral.

Más de una hora de diálogo con traducción simultánea (inglés-español) en una sala acondicionada parea ello y donde no faltó un piano. Un placer escuchar al británico del que relato mis anotaciones tomadas en el teléfono sobre la marcha, solo un esbozo con el que seguir aprendiendo y acercándonos a Schubert, su música además del acercamiento del intérprete.

Paul Lewis habló de «La ilusión que genera el piano», un instrumento también de percusión pero no solamente, e irremediablemente había que preguntar la relación o conexión entre Beethoven y Schubert.

«Beethoven tiene respuestas pero Schubert las deja en el aire», el existencialismo. la ira, el estrés pero aceptando el destino, también resignación muy humana precisamente por todo ello. Así, Paul Lewis comentó que Beethoven fue un  visionario mientras Schubert fue un artista de su tiempo. Beethoven el desafío y Schubert como con lospuños al cielo preguntándose ¿por qué yo?, visceral, desde cierta locura y tranquilidad, lo que flota en la escritura junto al sustrato, enfrentados en una música especial.

Profundizando en esa relación, Lewis nos contó que hay poco en común entre estos dos artistas, citando al maestro Brendel quien comentaba que Schubert era como un sonámbulo, y lógico puesto que no sabe el final del camino emprendido mientras Beethoven sí. Éste desarrolla el material con intención mientras Schubert profundiza en él. De los muchos ejemplos de las sonatas schubertianas, la D959 en el Lento y después el Scherzo hay un cambio casi obligado pues «es la vida misma». En la D960 y las tres últimas el movimiento lento es la historia de alguien que se esta muriendo, un paso a otra «dimensión, pieza profunda y luz brillando en la distancia».

El doctor Ortega preguntó sobre las experiencias personales y cómo influyen en la interpretación, que Paul Lewis contestó que está bien recurrir a ellas pero las de Schubert son las suyas y centrarse en lo que se conoce o sabemos del compositor puede ayudar citando de nuevo a Brendel quien decía la necesidad de «Tener todo el control y no contagiarte de ese ánimo».

Del estado anímico trasladado a la interpretación comentaba cómo el Winterreise hace llorar al público pero no al intérprete y sobre la experiencia con cantantes, está claro que siempre ayuda, citando a Mark Padmore con quien Lewis ha trabajado, un tenor que se mete en el texto, que exige frasear y respirar con él, los legato, el canto sin fisuras, cantar para uno mismo desde la necesaria introspección.

No faltarían ejemplos desde el piano, con un movimiento lento y luego otro fragmento que armónicamente parece sinsentido, como una pesadilla de la que despiertas… «Una tormenta distante que se queda atrás  pero te recuerda que sigue ahí».

Don Rafael preguntó sobre las sonatas incompletas porque plantean el dilema de superar a Beethoven, ilustrativo de cómo afrontan el de Bonn y Schubert sus sonatas. Repitió lo ya dicho sobre que Beethoven sabe el destino antes de empezar y Schubert, intimidado por la sombra de su amigo e ídolo, emprende ese camino pero sin una ruta planificada. Cuando ya confía en sí mismo y aborda las grandes sonatas (las tres últimas), aparece la intensidad y sobre si tocar o no las repeticiones, hay grandes diferencias incluso armónicas, con grandes espacios entre ellas para abordarlas, citando Lewis que hasta Brahms dirigiendo años después su Segunda Sinfonía omitió la repetición y ante la pregunta él mismo contestaría que el público ¡ya la conocía!.

Buen diálogo entre dos conocedores de la obra de Schubert, con una intensidad especial y tanta variabilidad (sobre todo en los movimientos lentos por lo que significa de espacio entre la música y cómo el tempo en Schubert, como en los intérpretes, tiende a aumentar ese espacio, poniendo de ejemplo que en la D894 con S. Ritcher aún era más lento el Moderato, al que Lewis recuerda escucharle de joven en Londres y el efecto sobrecogedor «como de pararse el tiempo» tras su escucha, pues qué  distinto es vivirlo a escucharlo después, pues el directo es una experiencia que no se puede replicar (Ortega lo comparaba con Celibidache).

Abriéndose el coloquio Antonio Moral le preguntaba al británico su opinión sobre los llamados «historicistas», respondiéndole que hay espacio para todos y se debe aprender de ellos… desde los pianos antiguos a la experimentación llevada al piano moderno (que evidentemente tiene más posibilidades y con él se queda Lewis). De sus influencias personales además de Alfred Brendel (cuando Paul tenía 20 años) y su impacto, no olvidó a Kempf o Fischer… pero siempe sin no copiar de ellos y traducirlo al propio lenguaje. Sobre sus grabaciones reconoce que todo cambia con el tiempo y se debe aceptar. Distintas épocas aunque el oyente lo aprecie más que el propio intérprete. Y si alguna obra no la tocaría nunca, difícil respuesta para una mente abierta como la del inglés, aunque finalmente dice que «no tocaría de R. Stevenson (1928-201) su Pasacaglia de 90 minutos… la guardé en una caja». De los compositores españoles los conoce y siempre tiene las puertas abiertas a todo.

Proseguiría el coloquio con el público asistente, que casi llena el salón, donde le preguntaron sobre las grabaciones como las de Glenn Gould y cómo combinar la madurez con los cambios… «un proceso natural y el mensaje de la música con los años ves más cosas y necesitas tiempo para exponerlas al ver más detalles».

Interesantísima la pregunta sobre la sífilis que parece no fue la causa comprobada de la muerte de Schubert, aportando hoy lo neurofisiológico y cómo influye en el proceso creativo (comparado a un proceso febril). Como doctor, Basagoiti comentó la controversia del diagnóstico y que no hay evidencias hoy día pues no había signos externos de ella, entrando en aspectos forenses que hoy en día pueden obligar a reescribir la historia, un tema que finalizado el encuentro aún hubo tiempo de seguir comentando con los protagonistas en el Mercado de San Agustín, todo un privilegio para quien suscribe.

Está claro que las crisis llevan a la explosión creativa, y con humor británico Lewis estuvo en total desacuerdo, pues bacterias y virus afectaban de manera distinta a hoy…

Otra pregunta sobre la expresividad de Schubert unida a una estética romanticista pero más allá de los gustos del momento y si Lewis siente eso, la respuesta daría para toda una reflexión profunda: “Habitar esa música”, pensando que si es chocante ahora aún más entonces, límites irrelevantes que incluso hoy siguen trascendiendo.

Finalmente sobre cómo ordenó los cuatro conciertos de esta integral conjugó muchos factores, el cronológico al final pero también lo emocional e incluso las duraciones, también incluyendo como «completa» la D840 precisamente porque en ella está el Schubert que escuchamos en esta integral.

No podía faltar una obra al piano que no estuviera programa, y Lewis nos regaló el Allegretto en do menor, D 915, la madurez de los 52 años reflejada cada vez que el inglés se sienta al piano, lo irrepetible de la música en vivo que todavía seguiremos disfrutando en Granada.

El Schubert comprendido por Lewis

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Martes 25 de junio, 21:30 horas73º Festival de Granada. Patio de los Mármoles (Hospital Real) | Grandes intérpretes / #Schubert esencialPaul Lewis, piano. Integral de las sonatas completas para piano I.

En esta edición del festival granadino contamos con el pianista inglés Paul Lewis (Liverpool, 1972) como artista residente, quien ofrecerá nada menos que cuatro conciertos con la integral de las sonatas completas para piano (once de veinte) de Schubert, un verdadero hito, más un encuentro con el crítico musical Rafael Ortega Basagoiti, (autor tanto de la presentación como de las notas al programa) el próximo jueves 27 de junio a las 12:30 horas en la Fundación Euroárabe de Altos Estudios.

Los textos de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti son un programa para guardar, pues tiene las cuatro sesiones de esta integral diseccionadas a fondo así como la presentación de este ciclo «Schubert esencial» y que el doctor titulada ‘Hacia el Schubert más humano’ con la relación entre el compositor y su intérprete, al que escuché hace casi diez años en Oviedo con las tres últimas de sonatas de Beethoven, siempre presente en el malogrado músico vienés. A lo largo de este ciclo tomaré «prestadas» algunas de sus notas, siempre enriquecedoras.

El primero de los cuatro conciertos tenía lugar este último martes de junio en el Patio de los Mármoles con las sonatas números 7 (D 568), 14 (D 784) y 17 (D 850). Por si alguno de mis seguidores aún no sabe por qué no figuran con número de opus (obra), aclararé que como para Bach se usan las iniciales «BWV» (Bach-Werke-Verzeichnis, catálogo de las obras de Bach en alemán) o Mozart «K» ó «KV» (de Köchel Verzeichnis, al ser creado por Ludwig von Köchel en 1862 donde enumera las obras), en el caso de Schubert la abreviatura «D» refiere a Deutsch por Otto Erich Deutsch, quien elaboraría el catálogo cronológico de la obra de Franz Schubert.

Con una acústica buena, temperatura llevadera y un Steinway© perfectamente ajustado, y ordenando cronológicamente las tres de hoy, comenzaba Lewis su primer concierto con la Sonata D 568 de 1817 en la tonalidad de mi bemol mayor aún con luz natural. El doctor Ortega refeleja cómo ve el propio intérprete inglés la música del vienés: «Me encanta la vulnerabilidad de Schubert, su fragilidad, la falta de resolución. En cierto modo, la suya es la música más real y humana. Schubert es el que es, con todas sus preocupaciones y neurosis, y eso se refleja en su música. Las cosas que hacen frágiles a los seres humanos –la pérdida, la esperanza, la nostalgia– siempre salen a relucir en la música de Schubert».  Estos contrastes anímicos se reflejaron en los cuatro movimientos (Allegro moderato / Andante molto / Menuetto. Allegretto – Trio / Allegro moderato) por la riqueza de matices, fraseos, tempi ajustados, un pedal siempre al servicio de la sonoridad buscada, largas pausas para crear un clima especial de expectación, y todas las cualidades del Schubert de Lewis, en parte asimiladas tras contactar con Alfred Brendel, a quien considera su máxima influencia en este repetorio. Contemplando el semblante del pianista británico ya iba mostrando ese fluir sentimental casi esquizoide como algunos han dicho, pero ejerciendo el equilibrio y control interior necesario para completar una paleta riquísima en esta séptima sonata, con la firma del vienés en melodías dignas de ponerles letra.

Aún más profunda la decimocuarta Sonata en la menor D 784 (1823) compuesta en un momento de salud delicado para Schubert. La angustia del Allegro giusto nos la transmitió el de Liverpool con una tensión y fuerza arrolladoras que no se detendrían hasta la esperada y terapéutica serenidad del Andante, luces y sombras siempre en el «equilibrio que era tan buscado por su maestro Brendel» como escribe Don Rafael, logradas con unos matices amplios y unos fraseos verdaderamente sentidos. El Allegro vivace final devolvió la garra, fuerza tempestuosa volcada en la partitura desde la devoción por Beethoven que Lewis bordó desde una personalidad propia.

Breve pausa para estirarnos antes de la decimoséptima Sonata D 850 en re mayor, compuesta en 1825 que Lewis  arrancó con energía y parte del público aún ocupando las torturadoras sillas. De nuevo tengo que citar literalmente a Ortega Basagoiti: «Están en ese Schubert todas sus facetas y preocupaciones: la poesía, la exaltación, el drama, el dolor, la inseguridad, la sencilla alegría y el desolado desgarro» pues expresa a la perfección cómo sonó esta página: riqueza y equilibrio en el momento adecuado, técnicamente perfecto pero nada «robotizado», elegante, profundo, expresivo, aguerrido y sobre todo cercano, transmitiéndonos un Schubert de primera mano, especialmente el sentido Con moto del segundo movimiento. Todavía crecería con el rítmico Scherzo, casi operístico en el Trío que parece esperar la entrada del barítono, más un final por todo lo alto con el desconcertante  Rondo «cuya sencilla y casi engañosamente sonriente, hasta burlona, ingenuidad casi desconcierta, hasta que el movimiento adquiere una dimensión más exaltada y enérgica, y luego transita por la danza y el canto, para retomar la dulce sencillez del inicio en un tramo final
que, más que terminar, parece esfumarse»
.

Un hondo respiro antes de la gran ovación al terminar, con varias salidas a saludar para regalarnos aún más Schubert, el Andante de la Sonata nº 13 en la mayor D 664, como buscando más integral en las inacabadas y los mismos mimbres de una primera entrega que nos esperanza para las otras tres que aún quedan.

PROGRAMA

-I-

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano nº 7 en mi bemol mayor, D 568 (1817):

Allegro moderato

Andante molto

Menuetto. Allegretto – Trio

Allegro moderato 

Sonata para piano nº 14 en la menor, D 784 (1823):

Allegro giusto

Andante

Allegro vivace

-II-

Sonata para piano nº 17 en re mayor, D 850 (1825):

Allegro vivace

Con moto

Scherzo. Allegro vivace – Trio

Rondo. Allegro moderato

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