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Lunes Santo de Oro catedralicio

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Concierto de Semana Santa de «El León de Oro» en la Catedral de San Salvador de Oviedo.

Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria

El León de Oro (LDO), reconocido por su excelencia en la interpretación de música vocal renacentista y contemporánea, presentará una selección de piezas de uno de los hitos de la polifonía sacra: el Officium Hebdomadae Sanctae del maestro Tomás Luis de Victoria (1548–1611). El concierto tendrá lugar el lunes 14 de abril de 2025 a las 20:00 horas, en el sobrecogedor marco de la Catedral de San Salvador de Oviedo.

LDO afrontó desde el pasado fin de semana una intensa actividad musical, consolidando su compromiso con la música religiosa en esta época del año, iniciando su camino hacia la Semana Santa con dos conciertos que fueron una inmersión en la espiritualidad y la belleza de este repertorio.

Lithos

Comenzó su periplo en Torrelavega el pasado sábado 5 de abril, dentro de las XXIII Jornadas de Música Coral Religiosa organizadas por la Coral de Torrelavega con el apoyo del Ayuntamiento. LDO fue el encargado de cerrar las jornadas con su programa Tenebrae, un recorrido por la polifonía religiosa que abarca desde Tomás Luis de Victoria hasta compositores contemporáneos como Arvo Pärt, Donati o Whitacre. La primera parte del programa se centró en el Oficio de Semana Santa de Victoria, mientras que la segunda ofreció una visión contemporánea que evocó los colores y el clima espiritual de la Semana Santa. El público, que abarrotó la Iglesia Nuestra Señora de la Asunción, agradeció la excelente versión que LDO ofreció de estas obras con una cerrada ovación. La actividad continuó el domingo 6 de abril, con las agrupaciones Ferrum (coro masculino dirigido por Marco Antonio García de Paz) y Lithos (coro joven dirigido por Jesús Gavito) participaron en el X Ciclo de Música Sacra y Religiosa de Gijón, organizado por FECORA ( Federación Coral Asturiana) en colaboración con el Ayuntamiento de Gijón, que se desarrolla del 6 al 11 de abril en la Colegiata de San Juan Bautista y la Iglesia de San Pedro, con el respaldo de la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular, la Fundación Cajastur y la Parroquia de San Pedro. Aquí, Ferrum interpretó obras de Mendelssohn, Elberdin, Lauridsen y del propio Gavito, con el estreno de una composición expresamente preparada para esta agrupación masculina. Lithos, recientemente creado, abordó obras de Rossini, Côpi, Chilcott o Trotta, entre otros, y mostró la gran capacidad que el Proyecto LDO tiene para llevar a sus agrupaciones a las cotas más altas en tiempo récord. Antes de interpretar dos bises, el concierto se cerró con las dos agrupaciones cantando unidas, arrancando un caluroso y prolongado aplauso.

Ferrum

LDO culmina su ciclo de conciertos de Semana Santa con dos citas: el domingo 13 de abril en la Iglesia de San Pedro de Gijón, dentro de la programación de la Sociedad Filarmónica, y el lunes 14 de abril en la Catedral de Oviedo. En ambas ocasiones, bajo la dirección de Marco A. García de Paz, el conjunto interpretará una selección del Officium Defunctorum de Victoria, obra maestra de la música sacra que encapsula el dramatismo y la profundidad espiritual del Triduo Pascual. A través de un tejido vocal sublime, Victoria nos sumerge en un espacio de meditación y recogimiento, capturando con su música la dualidad entre el dolor y la redención.

Lithos y Ferrum (LDO)

Estos conciertos no solo destacan la maestría técnica y expresiva de LDO, sino que reafirman su implicación con la música religiosa, en la que el conjunto se mueve como pez en el agua, reafirmando su posición como una de las agrupaciones corales más importantes del panorama nacional.

El León de Oro

En la especial cita catedralicia, tendrá la colaboración de la Catedral de San Salvador de Oviedo y Oviedo Origen del Camino (entidades comprometidas con la promoción del patrimonio cultural, espiritual y musical de la capital asturiana), así como con el apoyo de sus habituales patrocinadores (Satec, Excade, S.L., el INAEM y la Consejería de Cultura, Política Lingüística y Deporte del Principado de Asturias).

Aclamada por intérpretes, críticos e historiadores, el Officium Defunctorum es una obra monumental compuesta por dieciocho responsorios que el musicólogo Samuel Rubio describió como “un verdadero retablo de la pasión de Cristo”. Victoria, figura cumbre del Renacimiento musical español, logra en esta colección una síntesis perfecta de espiritualidad, dramatismo y belleza formal.

Con una sensibilidad profunda hacia los misterios de la Pasión y el recogimiento propio de la Semana Santa, el Officium Hebdomadae Sanctae nos invita a un viaje emocional que transita desde la oscuridad y el dolor hasta la serenidad y la esperanza. A través de complejas texturas vocales, el compositor logra una intensidad expresiva que conmueve tanto por su pureza como por su profundidad espiritual.

Jesús Gavito y Marco A. García de Paz

Bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, El León de Oro se adentra en este repertorio con un enfoque que conjuga rigor histórico, sensibilidad artística y emoción contenida. Las voces dialogan en equilibrio entre luz y sombra, evocando la esencia del Triduo Pascual: el sufrimiento, la redención y la promesa de la resurrección.

Este concierto es más que una cita musical, es una experiencia de introspección y belleza, una oportunidad única para dejarse envolver por la atemporalidad de una obra que sigue hablando al alma siglos después de su creación.

El León de Oro nos invita a sumergirnos en este paisaje sonoro de recogimiento, fe y arte.

«Que esta música les acompañe y conmueva, trascendiendo el tiempo y el espacio»

Y lo contaremos desde aquí.

Fotos ©Beatriz Montes.

Vetusta espera por La Regenta

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Este martes 8 de abril a las 11 horas tenía lugar en el Salón de Té del Teatro Campoamor la rueda de prensa para presentarnos la ópera española «La Regenta», segundo título del XXXII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo, un proyecto que al fin devuelve a Vetusta nuestra Ana Ozores tras casi un siglo y medio.

David Álvarez, concejal de Cultura y presidente de la Fundación Municipal de Cultura (FMC) del Ayuntamiento de Oviedo, tomaba la palabra en primer lugar para cedérsela después a Cosme Marina, director artístico de la FMC, resaltando ambos lo que supone para la capital asturiana, dentro de los actos del 140 aniversario de la  publicación de la gran novela de Leopoldo Alas Clarín, y por supuesto la implicación y esfuerzo de tantos implicados en esta ópera, comenzando por todo el personal del Teatro Campoamor, la Oviedo Filarmonía y la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo», pilares de esta producdión de nuestro tiempo, antes de dar paso a Amelia Valcárcel, libretista, y Marisa Manchado, compositora.

Evidentemente en Asturias conocemos bien a la profesora de Filosofía en nuestra universidad, enamorada de la película del asturiano Gonzalo Suárez y como buena aficionada a la ópera pensó en utilizar este «esqueleto de hierro» de Clarín y poder llevarla a las tablas ya en sus tiempos de Consejera de Cultura (de 1993 a 1995). Lo que parecía imposible  resultó un reto, sus gestiones, contestaciones no solo económicas donde la «cenicienta» parece siempre nuestra cultura, lo de «como no lo hagas tú» y los más de 20 años dándole vueltas sabedora que sólo una ópera podía «condensar» esta Regenta, incluso con las reticencias a las óperas contemporáneas. Estaríamos horas escuchando a Doña Amelia, las explicaciones del proceso creativo junto a MM (como se refería a su amiga y cómplice a la que fue convenciendo en Madrid, Oviedo o Llanes), casi como el tándem Mozart-Da Ponte de estas dos señoras, mujeres implicadas en mejorar nuestra sociedad, las escapadas para ir dando forma a esta ópera llena de sarcasmo (como el de la propia Valcárcel), reflejar el «odio» de Vetusta donde el coro personifica una ciudad que con el paso de los años solo quedará en el recuerdo pero que permanecerá en la ópera.

También Marisa Manchado destacaría aspectos importantes para un argumento que permanece con una «Música que es farsa desde la música» porque ya existe demasiada tragedia en el texto y como en el cine la banda sonora está para completar la trama, casi como en sus muchos años al piano ambientando cabaret, Brecht y un ambiente traído a esta ópera donde lo más destacable es el trabajo en equipo con el mismo elenco casi al completo tras su estreno en Madrid el 24 de octubre de 2023 en las Naves del Español en Matadero.

El responsable musical de esta ópera es Jordi Francés, felicitando al coro por el enorme reto que supone siendo aficionados y la total entrega en esta obra, cómo trabajó con Bárbara Lluch para aprender y dirigir desde nuevas ópticas, en Oviedo con Paula Castellano, para posteriormente y con todo el reparto en el salón, ir comentando la experiencia de esta Regenta en Oviedo, el placer de María Miró y David Oller en los papeles protagonistas, y el último en incorporarse, José Manuel Montero, quien se sintió como en casa y lo que supuso preparar esta ópera desde el piano hasta al fin escuchar a la orquesta y comprender aún mejor esta partitura que todos estamos deseando vivir.

Dos funciones el jueves y sábado que sabrán a poco, con casi todo el papel vendido y esperando la oferta del festival aumente las representaciones en próximas ediciones porque está claro que hay afición, acuden aficionados de todas partes, es una inversión y Oviedo sigue siendo referente lírico en España.

Lo contaré desde aquí y para Ópera World.

Los Sobrino en capilla

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Lunes 7 de abril, 19:00 horas. III Festival Universitario musicUO. «Música en la Capilla» del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. Armónicos ecos: Ramón Sobrino Sánchez (armonio), Ramón Sobrino Cortizo (armonio y piano).

Segundo concierto del III Festival MusicUO que organiza la Universidad de Oviedo y desde el pasado 3 abril hasta el 9 de mayo y recorrerá tras las dos primeras citas en Oviedo, los concejos de Cangas del Narcea, Castrillón, Lllanes, Navia, San Martín del Rey Aurelio, Siero y Valdés.

Ramón Sobrino padre e hijo nos ofrecerían un concierto original donde el armonio del XIX de la capilla de la Universidad de Oviedo, restaurado hace ocho años por la Casa Arévalo, recordando a Jesús Arévalo fallecido en noviembre de 2014 (le conocí desde sus inicios en la calle Pajares, después en la Plaza Porlier donde se sumaría su hijo Jesús Ángel, y posteriormente en la calle Santa Cruz donde permanece esta «casa de la música»).

La joya de la universidad volvió a sonar esta tarde junto a otro de la misma factoría cedido por la Iglesia de San Juan el Real, donde «los Sobrino» participan regularmente en su celebraciones como organistas, más el piano YAMAHA©, también propiedad de la institución académica, con los que ensayaba el Coro Universitario en mis tiempos estudiantiles con Luis G. Arias, y también afinado para la ocasión por Jesús Ángel Arévalo. Un concierto reuniendo dos generaciones que siguen recuperando el patrimonio musical de la Universidad de Oviedo y de toda Asturias.

La capilla se quedó pequeña tras la noticia en la prensa y la televisión autonómica, con asistencia tanto melómana como académica en un concierto donde Ramón Sobrino Sánchez y Ramón Sobrino Cortizo nos dejaron un repertorio basado en dúos con piano y dos armonios, con la presentación de las obras así como una pequeña glosa del armonio a cargo del doctor Jonathan Mallada, que como se dice ahora, «puso en valor» un instrumento que tuvo su apogeo en la segunda mitad del siglo XIX y los inicios del pasado, habitual en iglesias o capillas que no podían acoger un gran órgano, y con un repertorio que es mayor del que muchos conocíamos.

Por supuesto que la recuperación del patrimonio musical de la Universidad de Oviedo tiene muchas caras y este festival pretende abordarlas todas, de ahí el empeño del concierto donde volvió a sonar, después de muchos años, el armonio del XIX propiedad de la institución académica, así como un homenaje a ‘La Regenta’ en su 140 aniversario, en colaboración con la Fundación Municipal de Cultura ovetense con dos sesiones de paseo musical por los órganos de ‘Vetusta’ (Santa María Real de La Corte, Monasterio de San Pelayo, San Tirso el Real y San Juan el Real) para conocer algunos de los órganos que operaban a finales del siglo XIX, en los escenarios que sirven de inspiración para la obra de Leopoldo Alas, “Clarín”, potenciando los espacios y bienes organológicos en estos dos primeros conciertos titulados ‘Música en la capilla’.

Imposible glosar el currículo del doctor Ramón Sobrino Sánchez, director de este festival y que explicaba en el diario La Nueva España que «la recuperación del patrimonio musical empieza por el propio recinto, porque se tocará, como ya hizo Yuri Nasushkin la semana pasada, como se hacía antes, interpretando desde el coro y con el público abajo. «No es lo habitual en los conciertos que el público no vea al intérprete, pero ya hemos podido comprobar que ese espacio está diseñado así y tiene muy buena acústica». La otra clave es que vuelva a sonar el armonio, que suponen del siglo XIX (…)».

La música que interpretaron fue desde la religiosa hasta la música de salón propia del XIX, con adaptaciones de época de óperas y piezas clásicas para este instrumento. Comenzarían con unos dúos de armonios, uno en el coro (el de la Universidad) con Ramón hijo, y otro (el de San Juan) en el altar con Ramón padre, perfectamente afinados y con diferentes recursos, como iría explicando Mallada (a partir de las notas al programa elaboradas por los propios Sobrino, que echamos de menos tenerlas en papel), recordando al pianista, organista y compositor soriano Manuel de la Mata (1828-1886), autor de un método para armonio que no solo compondría, como el impresionante La caza con ambos armonios, un estudio del efecto del eco traído a España de otro tratado para este «curioso» instrumento escrito por el compositor y organista francés Louis James Alfred Lefébure Wély (1817-1869) para el estudio de este aerófono y sus distintos registros. Aquí padre e hijo demostraron los distintos timbres y efectos (en un repertorio que en parte ya llevaron a Salamanca) siendo interesante el fragmento del «Estudio imitación de la gaita» además del ya citado eco del que regalarían uno más al final.

No faltarían tampoco, siempre desde el escrupuloso y meticuloso trabajo de recuperación musicológica de Ramón Sobrino Sánchez, una Marcha ofertorio de Valentín Zubiaurre (1837-1914), muy frecuente en las procesiones de una Semana Santa que ya está próxima, y donde la propia universidad asturiana tiene su cofradía de Estudiantes, o dos páginas más allá de lo litúrgico aunque igualmente válidas y dentro de la llamada «música de salón»: El último adios. Adagio espresivo del granadino Antonio de la Cruz (1825-1889) y la Plegaria para harmonium del catedrático de armonio murciano Antonio López Almagro (1839-1904) del que también escuchamos dos estudios, con el esfuerzo de dar aire al fuelle con los pies y ayudar a la expresividad tan propia de este humilde instrumento desde las rodillas, jugando con los pocos registros de que constaban ambos armonios.

Muy habituales serían las transcripciones para armonio de obras muy conocidas, en este caso no solo para el aerófono sino también en dúo con el piano, desde la Rêverie de Schumann a la conocida Marcha Nupcial de Mendelssohn, con el padre al armonio y el hijo al piano, curiosas no ya por el formato sino por la sonoridad tan peculiar de ambos instrumentos, así como el perfecto entendimiento entre los intérpretes, donde poder disfrutar de esas «Transcriptions des morceaux cèlebres pour Harmonium et Piano» del tratado L’Harmonium de Richard Lange (1867-1915).

Más curiosidades con el dúo de armonio y piano, desde la específica Prière en Fa, op. 16 de Alexandre Guilmant (1837-1911) hasta las transcripciones de las óperas que triunfaban entonces (y ahora), incluso citadas en ‘La Regenta’ por el gran melómano Clarín, escuchándose fragmentos de Donizetti (el aria de tenor «Tu che a Dio spiegasti» de su Lucia) donde el harmonium «canta» y el piano realiza una verdadera reducción orquestal en la transcripción de Manuel de la Mata, o la fantasía sobre el aria «Spirto gentile» (La favorita) de Eugéne Ketterer (1831-1870) y Auguste Durand (1830-1909), para proseguir con otra de Gounod y el dúo conocido como la «escena del jardín» de Faust, rematando estas «óperas camerísticas a los teclados» con el bellísimo cuarteto de I Puritani de Bellini en el arreglo que Auguste Mathieu Panseron (1795-1859) hiciese para piano y «melodium» (otro nombre como se conocía el harmonium).

Para concluir otro gran organista francés como fue Charles-Marie Widor (1844-1937) de quien «los Ramones» interpretarían las Variations. Duo nº 6 «pour piano et Harmonium», probablemente la obra más compleja de este concierto para armonio y piano, recuperando patrimonio gracias a esta familia Sobrino-Cortizo que son referentes musicales en todo el mundo.

Músicas rompedoras

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Viernes 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 10 OSPA, Jacob Kellermann (guitarra), Francisco Coll (director). Coll dirige Coll, obras de Honegger, Coll y Sibelius.

La temporada de la orquesta asturiana avanza ya hasta el décimo con la vuelta del valenciano Francisco Coll (1985), el «compositor que dirige» como se definió en el encuentro previo, en compañía de Fernando Zorita, quien nos daría unas «pinceladas» del décimo programa de abono.

Con una asistencia que comienza a ser preocupante, por no decir desoladora, el concierto era de lo más interesante por las obras elegidas: rompedoras (todas lo son en su momento) y cercanas para nosotros aunque manteniendo el orden casi trasnochado de obertura, concierto y sinfonía.

No es habitual programar a Arthur Honegger (encuadrado en el llamado Grupo de Los Seis) en concierto pese a lo innovador de su producción, y Coll eligió para abrir boca y «calentar» Rugby, una obra no basada en un programa previo aunque parece que pretendía experimentar durante su composición y tratar de plasmar lo improvisatorio e inesperado de un encuentro deportivo. Cierto que hay un regreso continuo al tema central muy melódico (la orquestación es merecedora de análisis por los instrumentos elegidos) desde su libertad compositiva y rico en los cambios rítmicos para una OSPA sin percusión y nuevamente con Aitor Hevia de concertino sonaría rotunda, ensamblada, en cierto modo virtuosística porque necesita no solo técnica sino sonoridad global que el artista valenciano alcanzó, con una versión más allá del propio título, mejor llamarlo simplemente «movimiento sinfónico» como finalmente sería el tercero, tras Pacific 231 y  este Rugby que personalmente pareció preparar la obra siguiente donde en 1976 (mi Viaje de Estudios de COU) descubrí en los laterales del seco paseo del río Turia campos de fútbol ¡y de rugby!.

Y el polifacético artista Francisco Coll llevó a una OSPA casi camerística (por la plantilla) junto al guitarrista sueco Jacob Kellerman, quien estrenaría Turia (2017) en su país, por un cauce bien controlado. Obra encargo de Christian Karlsen y el Ensemble Norrbotten NEO, el valenciano ya nos comentó en el encuentro que se inspiró en sus paseos al bajar a Valencia por el paseo ajardinado del río (hoy muy distinto de aquella mi primera visita adolescente), pues el fluir parecía estar empujándole a plasmarlo musicalmente.

No hay inspiración en su paisano Joaquín Rodrigo con el inmortal Concierto de Aranjuez sino más bien desde un folklore siempre presente en cualquier música desde la prehistoria, y que el compositor calificó como «Flamenco ilusorio», evocaciones de las luces y sombras donde su otra faceta de pintor parece mirar a su paisano Sorolla. Una guitarra bien amplificada fue trazando con un mayor «ensemble OSPA» estos paisajes atemporales y eternos, la invernal fría noche sueca pisando el agua congelada con los músicos que la estrenaron desde una evocación de la España que nuestra guitarra ha universalizado, pero con guiños variables en los estilos. Y en toda obra actual la percusión da color a las composiciones (aún más en el pintor compositor Coll): el piano de Francisco Escoda más visible que audible pero sobre todo el tándem CasanovaRevert, cajón (peruano hoy llamado flamenco gracias a Paco de Lucía y Rubem Dantas, posteriormente el «franco-avilesino» Tino di Geraldo): güiro, platillos, castañuelas, temple blocks o láminas con arco que son como pinceladas junto a los recursos guitarrísticos de rasgeos, punteos, armónicos… con una orquesta que entiende como pocas las obras de nuestro tiempo y mejor aún cuando es el propio compositor quien las lleva a buen puerto. Un Turia que fluye limpio, seguro y bien encauzado.

Del propio Coll el guitarrista Kellerman nos regalaría, con el compositor sentado delante de la percusión, una obra para disfrutar de una musicalidad y sonido entroncado con el concierto anterior pero ampliando el repertorio solista del instrumento español y universal.

Sibelius suele ser buena piedra de toque para toda orquesta, y la primera sinfonía del finlandés nos volvería al norte europeo tras la luz mediterránea, orquesta completa con todas las secciones a pleno rendimiento. De nuevo la cuerda rigurosa, rica en dinámicas, remando junta, con primeros atriles y arpa inmensos, una madera en estado de gracia desde el clarinete inicial, unas lengüetas homogéneas en los dúos y líricas en sus solos, unos timbales seguros y sobre todo unos metales poderosos, afinados, pletóricos brillando en los nórdicos cielos grises, trompas afinadas junto al trío de trombones y tuba verdaderamente «orgánicos» que me transportaron al monumento que Sibelius tiene en Helsinki en un paseo kilométrico.

PROGRAMA

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955):

Rugby, H.67. Movimiento sinfónico nº 2 (1928).

FRANCISCO COLL (1985 – ):

Turia: Concierto para guitarra (vers. guitarra y orquesta de cámara).

JEAN SIBELIUS (1865 – 1957):

Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39

I. Andante, ma non troppo – Allegro enérgico

II. Andante, ma non troppo lento

III. Scherzo: Allegro

IV. Finale (quasi una fantasía): Andante – Allegro molto

Faltaron velas

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Miércoles 2 de abril, 20:00 horas, Teatro Jovellanos, Concierto conmemorativo 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón (1908-2025) (número 1697): Noelia Rodiles (piano), Cosmos Quartet, Mariona Mateu (contrabajo). Obras de Liszt, Haydn, Adès y Schubert.

Hoy celebrábamos un cumpleaños musical en Gijón donde hubo «anécdotas» que podría equiparar a olvidarse la tarta, las velas, o peor aún el mechero para encenderlas, debiendo buscar en la otra punta de la ciudad (desconozco si en coche, moto o bicicleta), y para no «quedarnos a dos velas» se buscó una piñata para no detener la fiesta, y de la que caerían más regalos de los esperados, alargando la celebración hasta pasadas las 22:30 horas. Pero vamos con la crónica de este 117º aniversario.

Para ponernos en situación copio de las notas al programa de Ramón Avello, compañero de profesión, crítico y personalmente el mejor cronista de la Sociedad Filarmónica de Gijón, de la que ha sido presidente, continuando en la actual junta directiva:

«El 2 de abril de 1908 en el foyer o vestíbulo principal del antiguo Teatro Jovellanos, situado en el solar que hoy es sede de la Biblioteca Pública de Gijón, se constituyó la Sociedad Filarmónica Gijonesa. Contaba en aquella fecha con 269 socios promotores, que eligieron ese día a la Junta de Gobierno de la Filarmónica, con Domingo de Orueta y Duarte como presidente y Diego Murillo en el papel de secretario. Los ideales de la Filarmónica, no muy diferentes a los actuales, eran proporcionar a sus socios la mejor música por los mejores intérpretes; promover la música de cámara, de instrumentos solistas y de lieder, dejando al margen géneros como la ópera y la zarzuela, y promocionar la música española, tanto en sus intérpretes como en sus compositores.

Hoy se cumplen exactamente los 117 años del nacimiento de la Filarmónica de Gijón. La labor cultural ininterrumpida de esta sociedad se puede resumir en 1697 conciertos, contando el último: el que interpretan esta tarde Noelia Rodiles con el Cosmos Quartet y la contrabajista Mariona Mateu».

Manteniendo el espíritu original abría este concierto la pianista Noelia Rodiles (Oviedo, 1985), que nos interpretaría dos Lieder de Schubert en la transcripción que hiciese Liszt, quien como toda sociedad filarmónica, ayudaría a promover y dar a conocer las obras de músicos como su admirado y  malogrado vienés, desde unas «versiones» que son recreación sin voz desde un virtuosismo al alcance de pocos, y Rodiles lo demostró con los dos elegidos: la célebre «Serenata» que muchos conocimos tanto sola como cantada (el cuarto de la colección recopilatoria El canto del cisne D. 977), con el piano siempre fiel a la melodía, y la hermosísima «Margarita en la rueca» (Gretchen am Spinnrade) D. 118, tejiendo al piano casi un hilo de oro delicados con unos graves intensos y la expresividad innata de la «avilesina» que nunca defrauda.

Colocadas sillas y atriles para las tabletas llegaba el Cuarteto Cosmos con el gran Haydn y su Cuarteto en re mayor (1793), utilizando este género para expresar y volcar sus ideas, escribiendo 68 donde desarrolla este nuevo estilo camerístico donde los cuatro instrumentos tienen igual importancia, y los catalanes así lo entendieron. Este cuarteto aunque compuesto en Viena se pensó para el violinista, empresario y amigo de Haydn el británico Johan Peter Salomon, quien en la Real Sociedad Filarmónica de Londres marca el inicio y espíritu de tantas como la propia gijonesa. Cuatro movimientos aplaudidos cada uno por un público que parecía estar inaugurando la sociedad en el siglo pasado, bien delineados los temas, con los tiempos elegidos para escucharse todo, un Allegro bien desarrollado y especialmente el Menuetto enérgico.

Y deben seguir programándose obras de autores actuales, caso del londinense Thomas Adès (1971) de quien El Cosmos eligió su Arcadiana (1994) estrenado en el Festival Elgar de Cambridge y que pese a la referencia a los paisajes paradisíacos a lo largo de siete movimientos, su lenguaje atonal aunque buscando efectos y elementos bien explicados perfectamente por Avello en las notas, pero comenzaron las sorpresas del cumpleaños. No sé si el agua veneciana (o el orbayu en e exterior), el «tango mortal» o directamente la «pérfida Albión», con tanto glissando, tirar de las cuerdas, la fuerza e ímpetu que los cuatro imprimían en cada movimiento, poco cercano a un esperado «idilio sonoro», se rompía una cuerda del chelo de Oriol Prat.

Tras la incertidumbre estaba claro que no podía reanudarse, pues cambiar una cuerda lleva su tiempo y más si no se trae de repuesto, así que se adelantó el descanso. Mas no llegaba a tiempo para reanudar la segunda parte, así que llegó la inesperada «piñata» y el verdadero regalo de Noelia Rodiles, anunciando por megafonía que nos interpretaría junto a Lara Fernández dos romanzas sin palabras de Félix y Fanny Mendelssohn, también presentadas cada una de ellas. Es difícil interpretar obras no preparadas para la ocasión, pero Noelia es una profesional y nos dejó del segundo libro de las conocidas como romanzas sin palabras de Félix Mendelsshon, primero la opus 30 nº 7 en mi bemol mayor, y después la opus 30 nº 6 en fa sostenido menor, Barcarola que parecía retrotraernos de la Venezia nocturna de Adés. Dos páginas que como en el Schubert de Liszt hacen cantar el piano con la voz inconfundible de la asturiana, fraseos claros, rubatos sin exagerar y la musicalidad característica de la pianista que comenzó a formarse en el Conservatorio Julián Orbón de Avilés.

Lara Fernández se uniría con igual profesionalidad para sumar su viola con dos canciones de la hermana e igualmente gran compositora e intérprete Fanny Mendelsshon: la conocida Canción de primavera op. 62 nº 6 en la mayor, el diálogo de la voz femenina en la cuerda más cercana a ella, y Schwanenlied (canción del cisne), opus 1/1, también conocida y muy versionada, que pareció otro premio más de esa piñata no esperada pero traída en las ya habituales tabletas (al menos venían bien cargadas).

Aún no estaba preparado el quinteto, así que el inesperado «Dúo Rodiles-Fernández» prosiguieron una especie de Gijonada (cual Schubertiada gijonesa) tirando de recursos como «cantar» Die Forelle D. 550 (sin la letra de C. F. Daniel Schubart) e intentando preparar el quinteto homónimo. Pero difícil sin ensayar y con algún contratiempo o falta de entendimiento en las repeticiones y cantos, al menos el esfuerzo se puede considerar sobrehumano para cualquier músico, y esta trucha parecía estar escabechada o ahumada, aunque comestible.

Seguía la espera pero la música no pararía, y de nuevo una canción sin palabras, el Liebestraum nº 3 (Sueño de amor) de Liszt, mucho mejor dadas las circunstancias, con un entendimiento por parte de Noelia que da la experiencia, más un canto de Lara bien sentido, dejándonos este regalo extra de una piñata a la que aún se debía sacudir, pues eran las 21:42 y no llegaba a tiempo la cuerda del cello (colocarla, atemperar y afinar antes de la última obra prevista).

Noelia Rodiles volvió a rebuscar en la tableta y prosiguió la fiesta con su Schubert querido, trabajado, estudiado, capaz de detener el tiempo y hacer de la espera virtud. El Andante sostenuto de la Sonata nº 21 en si bemol D960, fue un portento de emoción, sabiduría, talento, limpieza, generosidad y profesionalidad para dejarnos con ganas de seguir escuchándola, pero al fin llegaba una trucha del día, casi saltando del río Piles en el Quinteto con piano en la mayor D. 667, marchando Helena Satué (que estuvo de primer violín la primera parte) e incorporándose el contrabajo de Mariona Mateu.

Diez minutos recolocando sillas y atriles para este valiente quinteto en los tempi,  bien ajustados y encajados todos, con el peso del grave bien balanceado, los momentos de la cuerda frotada muy ricos en matices, protagonismo compartido con las cristalinas contestaciones del piano, «tirando, un Scherzo brillante, las variaciones sobre el lied cantadas por todos valientes, en el aire, encajadas a la perfección sin perder el aliento hasta poder soplar las imaginarias velas del Finale como si fuese el «cumpleaños feliz» en el tiempo justo, a las 22:30 horas de este 117º cumpleaños, muy aplaudido, donde sin tarta ni velas los regalos fueron generosos (impagable mi querida Noelia Rodiles) e inesperados, como en toda fiesta que se precie, y aún más en la Sociedad Filarmónica de Gijón.

¡Y que cumplas muchos más!

PROGRAMA:

Primera parte:

Noelia Rodiles (piano):

Franz LISZT (1811–1886)

Lieder de Franz Schubert, S. 558:
Ständchen, nº 9
Gretchen am Spinnrade, nº 8

COSMOS QUARTET: Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo:

Joseph HAYDN (1732–1809)

Cuarteto de cuerda en Re mayor, Op. 71, nº 2 (Hob.III:70):

  1. Adagio – Allegro
  2. Adagio cantabile
  3. Menuetto. Allegro – Trio
  4. Finale. Allegretto

Thomas ADÈS (1971)

Arcadiana, Op. 12

  1. Venezia notturna
  2. Das klinget so herrlich, das klinget so schön
  3. Auf dem Wasser zu singen
  4. Et… (tango mortale)
  5. L’embarquement
  6. O Albion
  7. Lethe

Segunda parte:

Noelia Rodiles (piano), Bernat Prat (violín) – Lara Fernández (viola) – Oriol Prat (violonchelo) – Mariona Mateu (contrabajo):

Franz SCHUBERT (1797–1828)

Quinteto con piano en La mayor, D. 667, «La trucha»

  1. Allegro vivace
  2. Andante
  3. Scherzo. Presto – Trio
  4. Tema con variazione. Andantino
  5. Finale. Allegro giusto

Arranca triste abril

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Martes 1 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara, XII Primavera Barroca: La Guirlande, Alberto Miguélez Rouco (alto), Luis Martínez Pueyo (traverso y dirección). Pastor amoroso: obras de Hernández Illana, Oliver Astorga y Pérez de Camino.

Tras un minuto de silencio honrando a las víctimas de la última tragedia minera proseguía esta «Primavera Barroca» ovetense con otra excelente entrada en la siempre ideal por acústica y aforo sala de cámara, para un concierto  que Pablo J. Vayón titula en sus notas «Cantadas y sonadas» (que dejo al final íntegras) a cargo del grupo La Guirlande que dirige el flautista Luis Martínez Pueyo (Zaragoza, 1988) y con el contratenor alto Alberto Miguélez Rouco (La Coruña, 1994), artista residente esta temporada del CNDM (coproductor junto a la FMC del Ayuntamiento de Oviedo del ciclo), que prosigue su tarea de recuperar y estrenar en nuestros tiempos obras que gracias a la labor impagable de los musicólogos Raúl Angulo y Antoni Pons (Ars Hispana) podemos escuchar tras años de dormir un silencio injusto y con formaciones nuestras que ayudan a difundir este repertorio plenamente exportable más allá de nuestras fronteras, caso de los intérpretes de este arranque abrileño. Destacable también la continuidad de las conferencias previas al concierto (organizadas por los conservatorios de Oviedo y la Universidad) para un alumnado que además de formarse ya es parte importante de un amplio público aficionado a este periodo de la historia de la música que continúa joven.

Como bien escribe mi tocayo sevillano: «La cantada —españolización del italiano cantata— nació de la evolución del villancico como la forma dominante de la música paralitúrgica en la tradición hispana. En un proceso que venía del siglo anterior, en el XVIII la italianización de la música en los templos españoles se aceleró: así, junto a las formas autóctonas, típicas de los villancicos, con estribillos y coplas a la cabeza, se añadieron recitados y arias; a la vez, la instrumentación cambió, adoptándose, no sin resistencias, los modernos violines, oboes, flautas y trompas».

Francisco HERNÁNDEZ ILLANA (ca. 1700-1780), natural de Alcira, fue maestro de capilla en la catedral de Burgos durante más de cuarenta años (de 1729 hasta su muerte), y ahí fueron concebidas las dos cantadas que abrían y cerraban el concierto. Antes había ocupado el mismo cargo en Astorga, pasando también por el Colegio del Patriarca de Valencia, en el que se han conservado un conjunto de nueve recercadas instrumentales salidas de su mano, una de las cuales se pudo escuchar tras la primera cantada. Con No más mundo, mi Dios, cantada al Santísimo (1768) y el grupo al completo ya escuchamos a Miguélez Rouco, aún «frío» pero con ese registro característico de alto más «natural» y buen alumno de Jaroussky. Bien el recitado con el aria algo tensa y el orgánico tapándole por momentos, sobre todo en las agilidades. En la Recercada a tres sobre el ‘Pange lingua’ se prescindió del traverso para un conjunto instrumental siempre cuidando la afinación correcta e intervenciones de unos músicos que mostraron buen entendimiento, una sonoridad compacta y el dominio de este estilo.

Permutando el traverso por un violín, más tiorba por guitarra (la única utilizada) disfrutamos a continuación de la Sonata en trío nº 3 en re mayor del yeclano Juan OLIVER ASTORGA (1733-1830), publicada en Londres en fecha indeterminada (quizás 1769) cuando el compositor triunfaba en la capital británica como virtuoso del violín, una obra como tantas suyas dedicadas al conde de Abingdon, su patrón inglés, escrita en tres tiempos y en el llamado «estilo galante» antes de su regreso a España, donde ingresaría como violinista en la Real Capilla. Impecable de tímbricas con una guitarra barroca dando mucho juego tanto en los excelentes punteos como en las rítmicas, el clave ornamentando con delicadeza, un cello bien ensamblado con traverso y violín en el mismo lenguaje del grupo, que en esta combinación nos brindaron una luminosa interpretación donde escuchar a cada uno con la presencia indicada.

El tercer compositor de la tarde sería un discípulo de Yllana, el burgalés Diego PÉREZ DE CAMINO (1738-1796), que trabajó como maestro de capilla en Santo Domingo de la Calzada y en Calahorra dejando una vasta producción con más de cuatrocientas obras, religiosas sobre todo como Aleph. Ego vir videns, lamentación del Jueves Santo, y la cantada El pastor amoroso, clara diseminación del estilo italiano en centros alejados de la corte en la segunda mitad del siglo XVIII. Con ellas volvía Miguélez Rouco más entonado, en tesitura más adecuada, buena dicción, expresividad y mando para el entendimiento con un ensamble sin el traverso y retomando la tiorba, muy matizada por todos con unos cambios de tiempo encajados, las agilidades sin apuros pero especialmente el momento con los dos violines pp en pizzicato casi rezando con el contratenor, realzando un texto al que la música del castellano elevó como debe ser en estas lamentaciones con un profundo y hondo «Jerusalem» cantado con el ropaje de toda la cuerda.

En El pastor amoroso, cantada al Santísimo, se reincorporaría al orgánico el traverso, aportando ese aire  de égloga pastoril que completa el recitado y enriquece un aria donde Alberto Miguélez estuvo muy cómodo, con una proyección suficiente y el ensamble más «comedido» en dinámicas sin perder nunca estas formas españolas que se acercaban a la llamada música teatral que Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764) tan unido a Oviedo ya aludía en 1726: «Las cantadas, que aora se oyen en las iglesias, son, en quanto a la forma, las mismas que resuenan en las tablas. Todas se componen de menuetes, recitados, arietas, alegros, y á lo vltimo se pone aquello que llaman grave, pero de esso muy poco, porque no fastidie» como bien recoge Vayón.

Y para cerrar otra cantada al Santísimo de Hernández Illana, Qué es esto, amor (1775), feliz recuperación de páginas donde todos redondearon una interpretación canónica tanto en el Recitado como en el Area (Vivo), la teatralidad que citaba el padre Feijóo y que analiza el musicólogo sevillano:

«Ese Grave con el que se cerraban las cantadas españolas por entonces distaba mucho de ser universal, pues hay cantidad de obras en que no figura e incluso en esas primeras décadas de la centuria podían escucharse cantadas ya solo con recitados y arias. En un proceso de secularización de ámbito europeo, el género entraría definitivamente en crisis cuando en 1750 Fernando VI prohibió la interpretación de villancicos y cantadas en la corte. Aun así, en muchos lugares continuaron componiéndose, abandonando por norma, eso sí, la complejidad formal de principios de siglo para reducirse a un recitado seguido de un aria».

De regalo una bella página italiana por parte de todos, corroborando las sensaciones de Miguélez Rouco  que irá ganando aún más cuerpo con los años y La Guirlande bien llevada por Martínez Pueyo, siempre magistral con el traverso y la buena elección de unos músicos excelentes, para rematar una sentida y triste velada en el inicio de abril.

LA GUIRLANDE:

Jesús Merino, Andrés Murillo (violines) – Hyngun Cho (chelo) – Ignacio Laguna (tiorba y guitarra barroca) – Jonathan Álvarez (contrabajo) – Joan Boronat (clave).

Luis Martínez Pueyo (traverso y dirección).

PROGRAMA:

Francisco HERNÁNDEZ ILLANA (ca. 1700-1780):

No más mundo, mi Dios, cantada al Santísimo * (1768)

I. Recitado – II. Area

Recercada a tres sobre el ‘Pange lingua’

Juan OLIVER ASTORGA (1733-1830):

Sonata en trío nº 3 en re mayor

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro

Diego PÉREZ DE CAMINO (1738-1796):
Aleph. Ego vir videns, lamentación 3ª del Jueves Santo *

F. HERNÁNDEZ ILLANA:

Recercada a tres

D. PÉREZ DE CAMINO:

El pastor amoroso, cantada sola al Santísimo (versión con traverso) *

I. Recitado – II. Area (Despacio amoroso)

F. HERNÁNDEZ ILLANA:

Qué es esto, amor, cantada al Santísimo * (1775):

I. Recitado – II. Area (Vivo)

* Recuperación histórica, estreno en tiempos modernos

Triángulo romántico

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Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música para la primavera», abono 8 OSPAGiancarlo Guerrero (director). Obras de Schumann y Brahms.

Un año después regresaba al podio Giancarlo Guerrero, el nicaragüense nacionalizado costarricense (y estadounidense) además de ganador de seis premios GRAMMY® en el apartado de música clásica (como director y percusionista- con una trayectoria más asentada en los EEUU pero cuya nueva visita a Asturias sigue abriéndole nuevos escenarios y formaciones donde compartir su entusiasmo, energía y vitalidad, esta vez con un programa muy romántico además de conocido por todo melómano y ya rodado por la OSPA con distintas batutas: las sinfonías «Primavera» de Schumann (1841) y la «Cuarta» de Brahms (1885), primera y última de cada uno de estos dos grandes.

En el encuentro previo el maestro Guerrero volvió a encandilarnos con su pasión, sabiduría, verbo fácil y elocuencia, comentando datos biográficos relacionados con las dos sinfonías elegidas y la conexión entre ellas, el «vacío sinfónico» tras la muerte de Beethoven, el miedo a escribir una nueva sinfonía con la comparación siempre humana por la sombra omnipresente del genio de Bonn (tan admirado por Schumann y Brahms), el amor inmortal por Clara que sería la viuda eterna, y Johannes casi un ermitaño tras la negativa de compartir destino quedando en una buena amistad, desdejándose, con la barba casi de mendigo y engordando en Viena con más cerveza que vino.

También el justo reconocimiento a Clara Wieck como gran pianista y compositora, la ayuda al joven Brahms en una apuesta -como debería ser normal también hoy en día- por los jóvenes talentos, el estreno en Leipzig de la sinfonía del primero dirigida por Mendelssohn y la cuarta del hamburgués que llegó a considerársela la décima de Beethoven, compartiendo el número cuatro porque superar al sordo genial era una osadía y casi un pecado (la maldición de las nueve llegó hasta el siglo XX), con una plantilla similar más el uso en ambas del triángulo, poco habitual y como percusionista que también es el director americano, haciendo chanza de la incorporación de bombo y platillos desde las guerras para aturdir al enemigo, siendo los primeros en caer en el campo de batalla, que usarían en muchas composiciones Mozart o el propio Beethoven (en su Novena) junto a los «timpani», más la curiosidad que yo aprovecho como símbolo para este triángulo romántico de Robert, Clara y Johannes, las dos sinfonías elegidas para un concierto que al menos no siguió el orden decimonónico tan transitado, optando por una sinfonía en cada parte, cómo es la elección del director invitado, que no siempre elige lo que le gusta sino con lo que se identifica y estudia, o cómo sigue descubriendo detalles tras 30 años dirigiendo esta «Cuarta», que demostraría haciéndola de memoria.

La Sinfonía «Primavera» de Schumann arrancó con esa fanfarria optimista y brillante de unos metales nuevamente acertadísimos junto a la aparición del triángulo, todo bien llevado por una batuta flexible que marcaba todo, una mano izquierda sobresaliente y la pasión que contagia Guerrero. De gesto preciso, claro, amplio, dando la confianza a una orquesta hoy comandada nuevamente por el suizo Benjamin Ziervogel, concertino invitado (demasiados años sin titular y hoy con Zorita de ayudante) que lideró a la cuerda homogénea, equilibrada, limpia y acertada. Esta sinfonía primeriza («Frühlingssymphonie» como aparece escrito ya en la primera página de una primavera aún por llegar cuando la escribía) es plenamente romántica y para nada juvenil, llena de vida en sus cuatro movimientos, retomando la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta precisa a cada detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados como en el Larghetto tierno, melódico como sus lieder, lleno de dinámicas ajustadas con una madera «cantando» siempre perfecta y dejando fluir a la cuerda; el Scherzo: Molto vivace arriesgado en el tempo y logrando hacer presentes la cantidad de temas contrastantes de este tercer movimient0, jugando con los acentos y cambios de compás, los fraseos, los aires beethovenianos en los metales, consiguiendo empastar a todos (bien las trompas y mejor la flauta de Myra Pears) con una batuta a veces estilete y otras florete con la que Giancarlo Guerrero fue tocando los resortes necesarios hasta el último Allegro animato e grazioso literal, para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op 38 verdaderamente primaveral, primorosa, juvenil e impetuosa.

Antes del concierto confesaba el director americano lo novedoso de la «Cuarta» de Brahms por el juego de acentos que no consiguen el equilibrio sino la inestabilidad como de estar pisando arenas movedizas, con un inicio en el Allegro que arranca con dos notas como si ya hubiera sonado pasada una eternidad previa no escuchada, casi enlazando con lo inexistente. Última sinfonía del hamburgués que no se atrevió a estrenarla en una Viena tal vez demasiado exigente para las obras nuevas, sino en Meiningen dirigida por el propio compositor, y evidentemente esta cuarta lo era, sombría, compleja, de la que Marta García Tejido escribe en las notas al programa lo siguiente:

«El compositor decide presentar la obra antes de su estreno a su círculo de amistades entre las que se encuentra el crítico musical Eduard Hanslick quien muestra su disconformidad, solicitando al compositor la supresión del tercer movimiento y la reelaboración del último. Brahms confía en la solidez de su composición y sin realizar modificaciones la estrena de forma exitosa. El Allegro inicial presenta un complejo tratamiento a nivel textural y rítmico de los tres temas principales. El Larghetto imprime una sonoridad arcaica a través del uso del modo frigio medieval. Una passacaglia barroca inspirada en la línea del bajo del final de la Cantata BWV 150 de J. S. Bach articula el último movimiento. El tema es presentado por la sección de viento del que derivan una sucesión de variaciones con la que concluye esta titánica sinfonía».

Esta obra maestra la afrontó Guerrero con unos tempi perfectos para delinear cada movimiento, desde el casi etéreo Allegro non troppo, bien elegidas las dinámicas marcadas con la izquierda pero también con su batuta dibujante incluso en las subdivisiones, sensaciones inquietantes hasta cierto fatalismo trágico en la cadencia final. El Andante moderato en compás de 6/8 ya nos previno el maestro de las «trampas» en las acentuaciones, de cómo cada parte tiene su explicación, reflexiva e introspectiva, con otra «fanfarria» en las trompas (presentes) y maderas en equilibrio bien matizado, con uno de los temas más bellos de Brahms con recuerdos a «La Quinta de Beethoven», con unos pizzicati rotundos en la cuerda, presente, y la cita al «dios Bach» (este 21 de marzo celebrando su cumpleaños) recuperado por Mendelssohn y desde entonces idolatrado por el resto de los músicos. El  Allegro giocoso es una danza binaria, verdadero y único «scherzo» (aquí aparece el triángulo) en las cuatro sinfonías de Brahms, con toda la orquesta presentando el tema, empastada, juguetona como pedía el director, articulaciones precisas y ligera la sonoridad antes de atacar, ya con la batuta como verdadero sable, el último Allegro energico e passionato, literal por la energía y pasión de Guerrero, de nuevo la passacaglia bachiana (de la Cantata BWV 150) y las variaciones que fueron desgranando todas las secciones cómodas, confiadas, matizadas, dejando fluir este último movimiento de la más titánica y última sinfonía de Brahms, empujados a ese final siempre impactante.

Un triángulo romántico con dos sinfonías, primera y última, unidas en este concierto de éxito con Giancarlo Guerrero saliendo varias veces a saludar, siendo preocupante la poca asistencia de público  (hoy había Danza en el Campoamor) que está perdiéndose una temporada de madurez y buenos programas a cargo de la orquesta de todos los asturianos. A la espera de un concertino titular y acertar con una nueva gerencia que plantee y planee el mejor futuro deseado, personalmente me perderé el siguiente, séptimo de abono del próximo viernes con un programa de «Danzas sinfónicas» (donde participarán alumnos de 5º y 6º de enseñanzas profesionales de danza del Conservatorio Profesional de Música y Danza de Gijón), coreografía de Tono Ferriol, que recalará primero en Pola de Siero bajo la batuta del mallorquín Antonio Méndez.

PROGRAMA:

Robert SCHUMANN (1810 – 1856):

Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, «Frühling» (La primavera), op. 38

I. Andante un poco maestoso – Allegro molto vivace

II. Larghetto

III. Scherzo: Moltovivace

IV. Allegro animato e grazioso

Johannes BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98

I. Allegro non troppo

II. Andante moderato

III. Allegro giocoso

IV. Allegro energico e passionato

Enología musical

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Jueves 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis (piano). Obras de Beethoven, Larchner y Schubert. Fotos propias y ©Kharkiv Music Festival.

Tras los conciertos y conferencia vividos en Granada con la integral de las sonatas para piano de Schubert, el pianista británico Paul Lewis (Liverpool, 20 de mayo de 1972) regresaba a Oviedo tras su concierto del 26 de noviembre de 2014 (con las tres últimas sonatas de Beethoven), un estreno del austriaco Larchner y por supuesto el Schubert que no puede faltarnos.

Para un pianista cumplir años es como para el buen vino, y Paul Lewis es ya un «Gran reserva» que destila cada página que afronta, incluso engrandeciendo la misma aunque la interprete muy a menudo. Y además se convierte en el enólogo que crea vinos o un sumiller que nos hace degustar y saborear el vino por él elegido. Así la Sonata n° 5 de Beethoven fue un buen blanco para abrir boca, un excelente caldo lleno de contrastes en boca (y oído), comenzando con aromas brumosos (Allegro molto e con brio) que agitándolo antes de llevarlo al paladar (Adagio molto) sería dulce pero no empalagoso, resbalando con suavidad, y el último trago bien decantado (Finale. Prestissimo) nos dejaría con ganas de volver a llenar la copa, pues el británico es capaz de utilizar esta sonata joven para preparar el siguiente «vino de autor».

Siempre es emocionante asistir a un estreno absoluto, más con la Sonata para piano de Thomas Larcher (Innsbruck, 16 de septiembre de 1963), interpretada por su destinatario, Paul Lewis, un encargo de Chamber Music in Napa Valley en memoria de Maggy Kongsgaard, viticultora de ese valle junto a John Kongsgaard y fundadores de la californiana Bodega Arietta en Oakville (EEUU). En las notas al programa de mi siempre admirado Luis Suñén escribe del pianista y compositor austriaco que «(…) compuso en 2019 la obra Movimiento para Paul Lewis. Satisfecho con el resultado, decidió expandir ese movimiento y crear una sonata. Así, la nueva sonata incluye material de la pieza de 2019, pero se trata de una obra completamente nueva» cuyo estreno mundial tuvo lugar esta noche en Oviedo. También cita al propio Larcher:

«De vuelta a mis raíces
De vuelta al piano donde todo comenzó.
¿Qué es un pensamiento, una idea, un invento?
¿De dónde proviene la corriente de su desarrollo y qué la alimenta?
¿Qué es una idea? ¿De dónde procede? ¿De quién fueron las ideas que desencadenaron las mías? ¿Y de quién las suyas?
Al componer, uno es una interfaz en un circuito infinito e interminable de conexiones. ¿Dónde ir? ¿Dónde dejarse llevar?
¿Dónde se enciende la luz?»

Inmensa, en todos los sentidos, esta sonata del pianista y compositor austríaco, que personalmente fue como un piano que se hubiese empapado de toda la música que en él hubiese sonado y fuera destilando nota a nota cual trabajo de enología musical, y es que como respondiese mi amigo Juan Antonio Fernández de Bodegas Liberalia ( gran melómano que toca el violín a sus viñedos) a la pregunta de su enólogo «quiero vino que sepa a vino». Lewis con la partitura en una tablet sobre el atril, fue paciente y estudioso de cada detalle, con el paladar bien preparado tras el «blanco» antes de beberse esta cosecha para él plantada. Comentar que en música Crotchet se traduce como puntillo, alargar a una figura la mitad de su valor. El primer movimiento toma este nombre pero personalmente me sonó a coral luterano, casi bachiano, con una escritura «clásica» de tonalidades superpuestas, disonancias muy trabajadas junto a la fuerza del Beethoven previo bien colocado antes de esta sonata de piano que literalmente podría ser como «hacer sonar el piano» por todos los recursos utilizados, desde unos pedales que mezclaban esos aromas o tocando cuerdas apagadas en el arpa de la caja acústica. Más que una broma el  Scherzo, dotted crotchet, siempre con la indicación metronómica (= c. 70) tras el título y el título de «negra con puntillo» continuó con la experimentación tímbrica pero manteniendo aromas franceses (la evocación californiana de los viñedos galos transplantados) y hasta húngaros –Ravel con Ligeti como tipos de uva-, arpegios como lágrimas del vino corpóreo en copa, vidrio cristalino del piano rico en colores. El homenaje al siempre recordado pianista alemán fallecido en 2022 con 51 años volvía a retrotraerme a la fragilidad de la vida, la pérdida del gran pianista «caído antes de tiempo» (Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66), cuerpo y alma, recuerdo y homenaje, multitud de sentimientos que transcienden los cinco sentidos pero con el tacto (y trato) delicado de Lewis capaz de elevar los decibelios sin aparente esfuerzo físico. Y para concluir la sonata una Toccata, Allegro, crotchet, organismo pianístico donde hubo un despliegue de sonidos buscados al detalle con clusters, punteos en la caja acústica y hasta puños o brazos sincopados sin perder un ritmo de subdivisión ternaria endiablado y hasta optimista tras los tres anteriores anteriores, destilando casi otra historia guardada en el piano. Un estreno mundial que podremos presumir de haberlo probado los primeros y que permanecerá en nuestra memoria auditiva como si fuésemos catadores musicales.

En Granada Lewis cerraba el «Ciclo Schubert» el 3 de julio en el Patio de los Arrayanes con esta sonata de la que escribí: «(…) con el lirismo sereno «que representa a la perfección las «divinas longitudes» schubertianas de las que habló Schumann», tristeza sin amargura y rebelión ante los augurios del último aliento. Las notas graves pintando sombras sobre las que los trinos son de negros córvidos que al levantar el vuelo parecen ruiseñores, Lewis abriendo y cerrando todos los sentimientos contenidos en la última sonata. Siempre me decanto por los tiempos lentos por lo que suponen de meditación, pensamientos propios, recrear los ajenos y volcarlos en unas músicas sin adornos, tan solo los mínimos para las pinceladas más sinceras independientemente del carácter». Lewis ama a Schubert «por su fragilidad, el realismo humano de su música, y por tratar todo tipo de cosas a las que nosotros nos enfrentamos todo el tiempo y a diferencia de Beethoven no siempre encuentra la respuesta» como le contestaba a mi querida Lorena Jiménez durante los Encuentros en el Festival de Granada del pasado junio. Si la noche del Patio de los Arrayanes en La Alhambra nazarí se unió para rendirnos al último piano de Schubert, el Auditorio de Oviedo volvió a sentir la magia pese a las toses impertinentes, los portazos, la caídas de programas y un maleducado comportamiento que me hizo temer lo peor ante la espera previa a cada movimiento del inglés, de gesto siempre contenido con las manos que hablan incluso antes de posarse sobre el teclado.

Ese tinto «Gran Reserva» que es la Sonata n° 21 en si bemol mayor, D960 (1828) de las «Bodegas Schubert» fue todo un placer sensorial, desde el tenue y delicado Molto moderato, el emocionante y para muchos centro de gravedad emocional de la obra (Andante sostenuto) que nos trajo la desolación en la mano derecha con la izquierda goteando de manera implacable un acompañamiento desgarrador y conmovedor de sobrecogedora sobriedad, calificativos dignos de un vino extraordinario, de esta obra pero también de su intérprete. Los tiempos lentos schubertianos no abandonan la tristeza pero la impregna de «un carácter más melancólico que trágico» que diría mi admirado doctor Ortega Basagoiti. El Scherzo: Allegro vivace con delicatezza aún más delicado, ligero y profundo tras el «vino de autor», la sempiterna melancolía o el presagio de la despedida que subyace en cada movimiento hasta el arrebato final, lleno de vigor, rotundidad, convencimiento y aceptación de la coda final en Presto para que Lewis soltase toda la riqueza pianística de tanta música atesorada en sus dedos y cabeza para este primer día de primavera en el calendario aunque invernal hasta en las sensaciones.

Curiosamente en Granada escribía de (re)avivar sentimientos y mantener mi admiración por un intérprete que continuará su camino hasta ser casi como un vino «Gran reserva» de una cosecha para vivir… y beber, que esta vez, y tras lo vivido (en cierto modo también bebido), quedó más que corroborado con mis referencias vitivinícolas de este concierto.

Y diría que como homenaje al recordado Lars Vogt, de regalo, cual vino dulce para el postre, Brahms y su Intermezzo op. 117 nº1 en mi bemol mayor (Andante moderato), monólogos como fueron descritos por el crítico Eduard Hanslick: piezas de «carácter exhaustivamente personal y subjetivo que impacta como una nota pensativa, gráfica, soñadora, resignada y elegíaca», un último sorbo para seguir empapando y envejeciendo de buena música esa barrica del Steinway© carbayón a la que aún le quedan muchas cosechas para degustar. Paul Lewis demostró ser el mejor enólogo musical en esta cata a media luz que quedará en los anales de las Jornadas de Piano.

PROGRAMA:

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para piano n° 5 en do menor, op. 10, n.° 1

I. Allegro molto e con brio

II. Adagio molto

III. Finale. Prestissimo

Thomas Larcher (1963):

Sonata para piano*

I. Crotchet = c. 50

II. Scherzo, dotted crotchet = c. 70

III. Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66

IV. Toccata, Allegro, crotchet = c. 176

(* Obra de encargo por Chamber Music in Napa Valley, en memoria de Maggy Kongsgaard. Estreno absoluto)

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano n° 21 en si bemol mayor, D960

I. Molto moderato

II. Andante sostenuto

II. Scherzo: Allegro vivace con delicatezza

IV. Allegro ma non troppo

Juglares eternos

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Miércoles 19 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1696 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: José Manuel Montero (tenor), Eduardo Frías (piano). Obras de Schumann y Falla.

En colaboración con POEX25 (Festival de Poesía de Gijón) nada mejor que un recital de lieder, la poesía hecha música o la música poetizada, en dos lenguas tan distintas pero tan líricas como las de Goethe y Cervantes. Como bien explica Ramón Avello en las notas al programa, «La palabra lied viene de un tiempo remoto que remite a los trovadores germanos o minnesinger de la Edad Media. Esta primitiva lírica va pasando por diferentes formas y estilos, para adquirir con el romanticismo una nueva intención: la fusión íntima del poema con la música; de la melodía vocal con el piano. El acompañamiento pianístico deja de subordinarse a la voz, para expresar y trascender emocionalmente el sentido del poema».

El programa que el tenor José Manuel Montero junto al pianista Eduardo Frías trajeron para esta velada de salón en el teatro del paseo de Begoña nos introdujo en ese mundo de la canción, la mejor unidad poético musical donde voz y piano comparten protagonismo, no solo cantar unas melodías acompañadas sino la conexión entre ambas disciplinas con una perspectiva nueva sobre la poesía donde las palabras se encuentran con la música, verdadero diálogo y entendimiento para afrontar dos partes bien diferenciadas.

El propio Montero antes del recital comentaría por alto el proceso por el que Schumann compone su «Amor de poeta» sobre poemas del libro Intermezzo lírico de Heinrich Heine, dieciséis canciones –en realidad escribió veinte– que compuso en una semana (del 24 al 30 de mayo de 1840) pensando en su amada Clara Wieck como desgranando una margarita con continuos cambios anímicos del amor al dolor, del gozo al padecimiento y que los propios versos de Heine (con traducción proyectada en el escenario) sentía tan en primera persona como la música que escribió para ellos «en un rapto de inspiración». El piano tiene momentos propios, solos, pero también con el carácter lírico que en la voz de tenor parecen transportarnos al Schumann más romántico, al amor y desamor de unos juglares atemporales.

La formación alemana de José Manuel Montero se nota desde la primera sílaba, cómo dramatiza cada poema, la expresión doliente de Aus meinen Tränen sprießen, el tormento y traición del Ich grolle nicht, la alegría de Das ist ein Flöten und Geigen, la desesperación del sombrío Ich hab im Traum geweinet o el abandono y la depresión de los últimos, sueños y recuerdos teñidos de una amarga ironía, tan de Heine, aunque sabedores todos del final feliz de este periodo en la vida del compositor alemán. Siempre con un color ideal para este ciclo, con la voz corpórea del tenor madrileño que ha ido ganando con el paso de los años, dicción germana donde cada consonante tiene su duración exacta, a menudo buscando la nota para subrayar una palabra, una sílaba, con unos fraseos ceñidos a lo escrito por Schumann, y el lujo del piano delicado de Eduardo Frías, puede que «abusando» del pedal izquierdo al tener la tapa acústica abierta para nunca sobrepasar la voz, pero encontrando una tímbrica tenue en su momento sin perder tampoco los momentos tensos, fuertes, jugando con las dinámicas y la complicidad necesaria con el tenor, «respirando» juntos, respetando los solos y maridando los conjuntos.

Y de nuestro universal Falla las conocidas Siete canciones populares españolas (1914), que como recuerda Avello «constituyen una de las creaciones esenciales sobre el folklore español. La hondura de Falla, por la que el compositor extrae la raíz más honda de la tradición musical española, resuena en estas canciones». Compuestas en París, y estrenadas en el Ateneo de Madrid en 1915, el propio compositor junto a la cantante polaca Aga Lahowsca las interpretaron para la Sociedad Filarmónica de Oviedo y la de Gijón en este mismo teatro un 11 de diciembre de 1917, casi cien años de una historia que sigue vive, pues estos lienzos líricos elevaron nuestro folklore al mismo nivel que el lied alemán, y han encontrado versiones para todas las voces y transcripciones para instrumentos de lo más variado e incluso orquestaciones. Montero y Frías buscaron su propia tesitura, más grave que la original, ganando en lirismo, «complicando» en algunas el piano pero alcanzando con la lengua de Cervantes la misma hondura que en la de Goethe con la misma complicidad de voz y piano: muy sentida y cercana «nuestra» Asturiana, bravía la Jota, íntima la Nana y abrumador el Polo.

Dos propinas también alternando alemán y castellano, la delicada e íntima Morgen, op. 27 nº 4 de Richard Strauss (1884-1949) con texto de John Henry Mackay (1864-1933), y la marinera Canción del grumete (1938) de Joaquín Rodrigo, con texto anónimo pero hermanando con la música las dos lenguas del recital jugando de nuevo con los ambientes y las emociones de ambos intérpretes que el cercano Cantábrico pareció inspirar la elección de este dúo madrileño:

En alemán «Y mañana el sol brillará de nuevo… (…) y hacia la vasta playa de olas azules / descenderemos callados y lentos / nos miraremos, mudos, a los ojos / y el silencio de la dicha se adueñará de nosotros» para proseguir en castellano con el «En la mar hay una torre / En la mar hay una torre / Y en la torre una ventana / Y en la ventana una niña / Que a los marineros llama / Que a los marineros llama»,  dos sentimientos con olor a salitre, canciones de concierto que volvieron a sonar como juglares eternos en Gijón, capital de la Costa Verde y estos días capital de la Poesía.

PROGRAMA

Robert SCHUMANN (1810–1856):

Dichterliebe, Op. 48 (Amor de poeta) – Textos de Heinrich Heine

1. Im wunderschönen Monat Mai (En el maravilloso mes de mayo)

2. Aus meinen Tränen sprießen (De mis lágrimas brotan)

3. Die Rose, die Lilie, die Taube (La rosa, el lirio, la paloma)

4. Wenn ich in deine Augen seh (Cuando miro en tus ojos)

5. Ich will meine Seele tauchen (Quiero sumergir mi alma)

6. Im Rhein, im heiligen Strome (En el sagrado Rhin)

7. Ich grolle nicht (No guardo rencor)

8. Und wüssten’s die Blumen (Si las flores supieran)

9. Das ist ein Flöten und Geigen (Suenan flautas y violines)

10. Hör ich das Liedchen klingen (Cuando escucho la cancioncilla)

11. Ein Jüngling liebt’ ein Mädchen (Un joven amaba a una muchacha)

12. Am leuchtenden Sommermorgen (Mañana luminosa de verano)

13. Ich hab im Traum geweinet (He llorado en sueños)

14. Allnächtlich im Traumesehichdich (Cada noche te veo en mis sueños)

15. Aus alten Märchen winkt es hervor (En los viejos cuentos)

16. Die alten, bösen Lieder (Las antiguas, malévolas canciones)

Manuel de FALLA (1876-1946):

Siete canciones populares españolas

I. El paño moruno

II. Seguidilla murciana

III. Asturiana

IV. Jota

V. Nana

VI. Canción

VII. Polo

Vetusta, 2025

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Sábado 15 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía (OFIL), Francesca Dego (violín), Lucas Macías (director). Obras de Jesús Rueda, Barber y Bruckner.

En este año 2025 se están celebrando los 140 años de la publicación de «La Regenta» (1884-1885) de Leopoldo Alas Clarín (1852-1901), un zamorano que retrataría para siempre a Oviedo como Vetusta. Por su parte el onubense Lucas Macías Navarro (Valverde del Camino, 1978) está leyendo musicalmente la Vetusta de 2025 con la orquesta ovetense que crece en cada concierto desde la titularidad en 2018 con el maestro, y este frío sábado de Cuaresma volvió a corroborar la total complicidad con unos músicos que afrontaron un programa variado y exigente como pocos.

Abría el concierto el estreno absoluto de Vísperas del madrileño Jesús Rueda, encargo de la propia OFIL junto a la Orquesta Ciudad de Granada (de la que el maestro Macías Navarro también es director artístico desde la temporada 2019-20), un «Mapa sonoro de Vetusta» que está escribiéndose de forma conjunta: primero «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense Raquel Rodríguez en noviembre de 2022, palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana; después «Vetusta» de la canaria Laura Vega, que renombré «Carbayonia» en enero del pasado año también con Macías Navarro, y ahora estas «Vísperas». Al onubense tendré que rebautizarlo como Alas Macías tanto por esta implicación con la gran obra literaria del que también fuese crítico musical fusionando Zamora y Valverde del Camino, ambos con Oviedo en el corazón.

La obra de Rueda en palabras del propio autor en las notas al programa «(…) fue compuesta en la primera mitad de 2024 gracias a un coencargo de Oviedo Filarmonía y la Orquesta Ciudad de Granada. Bajo la premisa del nombre Vetusta, creció un discurso orquestal que sugería ambientes y atmósferas sobre aquella poderosa novela de Clarín, La Regenta. Tal vez la imagen que más se fijó en la memoria del compositor fue la catedral de Oviedo, sus penumbras, los espacios resonantes, y esa enigmática hora en la que el tiempo se paraliza, entre el día y la noche, y que anuncia la hora azul, las vísperas. La obra se construye en bloques de diversa densidad y tímbrica. En un tempo de Adagio los motivos temáticos crecen, se transforman y se diluyen. Un canon inicial traza el hilo que se va deshilachando en las diferentes familias instrumentales. Permanece este hilo conductor a través de todos los bloques hasta el final de la obra, a veces mantenido por los solos instrumentales (flauta, violín) que sustentan la línea principal». El madrileño ya forma parte de muchos conciertos en Oviedo, tanto con la OSPA, la Filarmónica de Hamburgo o al piano de Noelia Rodiles, sumando ahora la OFIL que con Macías nos dejaron una  interpretación limpia, muy trabajada, asequible a todo aficionado (alguno olvidó el adelanto horario también a los sábados), sin necesidad de buscar en la percusión ambientes sonoros, la cuerda fue la neblina del atardecer en la catedral, más luminosa que una cencellada zamorana; todas las secciones ayudaron a dibujar el clima y magia del atardecer, y los solistas rindieron con la calidad de la propia partitura que Macías entendió, enseñó y tradujo en un estreno que engrosa la historia musical de la Vetusta clariniana de nuestro siglo XXI.

Tras casi 10 años volvía a los Conciertos del Auditorio, de nuevo con la OFIL la violinista italoamericana  y residente en Londres Francesca Dego (Lecco, 17 de marzo de 1989), con su violín Francesco Ruggeri (Cremona 1697) que volvió a convencer como entonces, musicalidad e impecable técnica que los años ayudan a madurar. En el Concierto para violín del estadounidense Samuel Barber (Pensilvania, 1910 – Nueva York, 1981) Dego mostró su versatilidad con una convincente interpretación y el sonido poderosamente cálido de su Ruggeri. Si en 2015 ya escribía del concierto El violín rojo que «me impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta», con el de Barber en cada movimiento hubo total compenetración con una orquesta ideal en esta obra, caídas perfectas, empaste incluso con el piano del virtuoso Sergei Bezrodny (¡qué suerte tenerle aún en activo!), y Macías como excelente concertador.

Emocionantes los dos primeros movimientos, desde el inicial Allegro moderato contenido, fraseado, arropado por una cuerda compacta liderada por Mijlin, bien contestado y compenetrados, el clarinete de Inés Allué en la misma órbita pensativa y placentera de la melodía, cambios de tempo y pulsación perfectamente marcados por los timbales de Ishanda , metales empastados, y en general todas las secciones funcionando con amplias dinámicas sin perdernos nunca el violín solista; en el Andante destacar tanto los solos de trompa (Alberto Ayala) como de Bronte al oboe (se nota la «mano» del onubense) en comunión con el violín, dinámicas y tímbricas fusionadas manteniendo ese clima apacible antes de romperse en el movimiento final, rápido y virtuoso, un Presto valiente por parte de todos, articulaciones claras, dinámicas extremas siempre marcadas por Macías y respondidas unánimemente para una música nunca frívola y menos en la interpretación de Dego, con un final de los que levantan al público del asiento.

De regalo el Capricho polaco de la compositora y virtuosa del violín Graźyna Bacewicz (1909-1969), el sonido del Ruggeri inundando todo el auditorio desde la técnica pasmosa de Francesca Dego a la altura de la propia obra polaca, cierre perfecto para esta primera parte.

Me preocupaba la elección de la más que revisada cuarta sinfonía de Anton Bruckner (1824-1896) conocida como Romántica (1877-80. Ed. Leopold Nowak/Robert Haas) porque para todo director y orquesta es un auténtico reto cual toro de Miura (o Cuadri para los de Valverde del Camino) al que sacarle toda la casta para hacer una buena faena. No es políticamente correcto ser aficionado al llamado arte de Cúchares en nuestros tiempos, pero ya peino canas y viví muchas faenas televisidas con mis bisabuelas, así como en vivo en el hoy abandonado coso de Buenavista, en El Bibio gijonés y hasta en los «Carnavales del Toro» de Ciudad Rodrigo, así que con permiso de la autoridad competente (siempre quienes me leen), relataré la faena a este morlaco de nombre «Romántica» que se lidió en el auditorio ovetense con el diestro Macías Navarro y su cuadrilla carbayona en tres tercios con picadores (pues no se trataba de cualquier novillada sino de una verdadera alternativa), y tras la que el maestro saldría por la puerta grande rematando una faena donde hasta al toro le indultaron por su nobleza tras la impecable lección de buen magisterio y mejor hacer.

Con la OFIL bien engrosada, y engrasada por los requerimientos de «esta cuarta» (3 flautas con piccolo, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y platillos) aunque algo falta de  más efectivos en la cuerda, que no se notó por la mano izquierda del maestro templando las buenas y bravas embestidas de los metales, así como del esfuerzo de toda ella (¡bravo por las violas!), el Allegro ya presentó sus credenciales de delicadeza y potencia, reguladores para ir comprobando la querencia bien resuelta, con seguro arranque de las trompas, filigranas de cuerda, quites de la madera, embistes frenados con el capote, gustándose en el gesto para llevarlo hasta los medios y dejarlo listo para los picadores por parte del maestro en las tablas, con un Andante quasi allegretto bien templado, gustándose, sin forzar para mantener la bravura, chicuelinas de tronío con las maderas al quite y un tercio muy mantenido por emoción, matizada en cada pase.

Segundo tercio donde en el Scherzo el maestro dejó a «la cuadrilla» lucirse con las banderillas, trompas y trompetas (bravo Soriano) cazadoras, imperiales como las de John Williams, de aire juguetón y ligero, mirando al tendido tras dejarlas por todo lo alto, a pecho descubierto siempre controlando cada par el maestro valverdeño, maderas coloridas contrastadas y un auditorio conteniendo el aliento porque el toro quería cabecear pero sin derrotar por ningún lado, manteniendo la nobleza y el trapío antes del cambio de tercio.

Tras el brindis al cielo, muleta y espada de matar para el esperado «de la verdad», un Finale, con toda la cuadrilla atenta y el maestro dominador y dominando, naturales arrimándose siempre inmaculado, creciendo en cada pase, dejando respirar, con paso firme, templando, sabiendo de memoria por dónde iba a derrotar Romántica sin apurar más de lo justo. Pases sin enmendarse, mirando al tendido, el albero recordándome el «desierto arábico» del Lawrence Jarre, en medio del ruedo sin miedo, valiente, tocando suavemente los cuernos, amansando y apurando con todo un repertorio de pases y pausas sin necesidad de entrar a matar, pues la faena resultó tan noble como el enorme morlaco, y las emociones a flor de piel permitieron un triunfo sin sacrificio, con indulto y vuelta al ruedo para Romántica y salida del maestro por la puerta grande con ovaciones ya tomada la alternativa de matador con su cuadrilla a la altura del consolidado titular onubense que seguirá triunfando como primer espada en todos los cosos.

Musicalmente una Cuarta de Bruckner que ha puesto el listón muy alto, superado con éxito por una OFIL enorme en todos los sentidos y un Lucas Macías luchador, trabajador, comprometido, valiente, conocedor de las virtudes de sus músicos siempre flexibles y versátiles que están dando lo mejor en cada actuación tanto sobre el escenario como en el foso.

Larga vida al vienés renacido que sigue sonando cada día mejor y en más conciertos.

PROGRAMA:

Jesús Rueda (1961):

Vísperas

(Ciclo «Mapa sonoro de Vetusta». Obra por encargo de Oviedo Filarmonía y de la Orquesta Ciudad de Granada. Estreno absoluto.)

Samuel Barber (1910-1981):

Concierto para violín, op. 14

I. Allegro moderato
II. Andante
III. Presto in moto perpetu

Anton Bruckner (1824-1896):

Sinfonía n.°4 en mi bemol mayor, WAB 104

I. Bewegt, nicht zu schnell

II. Andante quasi allegretto

III. Scherzo. Bewegt; Trio. Nicht zu schnell. Keinesfalls schleppend

IV. Finale. Bewegt, doch nicht zu schnell

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