Sábado 28 de febrero, 19:15 horas. Catedral de Oviedo, Concierto de Música Religiosa: Banda Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música “Anselmo González del Valle”, Enrique Yuste Rivero (director). Marchas procesionales. Fotos propias y de Begoña García-Tamargo.
Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (cuadragésima) reservado a la preparación de la Pascua, “tiempo litúrgico de conversión”, siendo la Semana Santa una de las manifestaciones y señas de identidad de la España católica, donde las procesiones de las distintas hermandades, con sus encapuchados nazarenos y penitentes, son mucho más que una tradición que sigue asombrando a nacionales y extranjeros, desde Sevilla a Zamora, de Málaga a León, de Granada a Cuenca… y desde hace años en Asturias (Luarca, Candás o Villaviciosa por citar alguna que mantiene esta tradición secular), siendo Oviedo una de las que las ha recuperado con éxito, incluso adoptando el “estilo” de la sevillana.
Y no puede haber fiesta, menos las religiosas, sin música, por lo que las bandas son reclamadas allá donde saquen a procesionar las imágenes de Vírgenes, Nazarenos o Santos locales.
Las bandas de música son la cantera de instrumentistas de viento y percusión para formaciones tanto profesionales como amateurs que llevan siglos llevando las páginas sinfónicas donde no llegaban las orquestas, ni la radio o las grabaciones, que evidentemente popularizaron y enraizaron esta “escuela de vida” donde conviven los educandos con los veteranos. En España hay todo un enorme tejido de centenarias bandas de música civiles (las militares son capítulo aparte) de todos los tipos, otras que se mantienen a pesar de las circunstancias, y otras de creación para seguir manteniendo este “BIC” (Bien de Interés Cultural inmaterial), parte fundamental del patrimonio cultural español ya reconocido desde mayo de 2018 por una tierra de bandas como es la Comunidad Valenciana.
En los conservatorios, tanto profesionales como superiores, ante la demanda de más instrumentos, especialmente los de viento y percusión, han ido creciendo en plantilla y teniendo sus propias bandas como formación camerística y orquestal, además de la humana de cooperación y trabajo en equipo.
Una muestra del buen hacer que llenaba incluso los laterales de la Catedral de Oviedo con un concierto a cargo de la Banda Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música “Anselmo González del Valle” dirigida por Enrique Yuste Rivero, que nos ofrecieron un excelente concierto de marchas procesionales organizado por el propio centro que dirige Santiago Ruiz de la Peña en el Palacio del Deán Paxarinos (en la Corrada del Obispo), la Consejería de Educación del Principado de Asturias (representada por la inspectora Gloria Ruiz Rodríguez), la Archidiócesis de Oviedo, la propia Catedral (agradeciéndole a su Deán Don Benito Gallego la predisposición para acoger toda oferta musical de calidad), y la Junta de Hermandades y Cofradías de Semana Santa con su presidente Carlos Ángel González presentando el concierto y entregando un obsequio al finalizar el concierto al director del Conservatorio Profesional.
Ocho obras bien elegidas, que detallo al final, con el común denominador de ser marchas, debiendo acompañar y ayudar a “llevar el paso”, manteniendo una pulsación donde la caja redoblando, el bombo y los platillos son imprescindibles, pero también la afinación, los matices, el buen fraseo y gusto interpretativo… por supuesto el sentimiento. Todo funcionó con una nutrida plantilla de alumnos y profesores bajo la atenta dirección del Maestro Yuste, con una selección de las miles de marchas procesionales de distintas épocas y estilos aunque Sevilla siga siendo un referente para una música con identidad propia, y donde no quiero olvidarme del Maestro Pedro Braña Martínez (Candás, 1902 – Salinas, 1995), un asturiano del que conocí sus orígenes en mis veranos de infancia y adolescencia en el pueblo natal al frente de la Banda de Música y que pronto se marcharía a la capital andaluza para integrarse plenamente en ella, tanto como director de la Banda Municipal de Sevilla como uno de los compositor más fecundos de la Semana Santa de Hispalis (más de treinta marchas durante sus 27 años y después en Madrid), siendo una verdadera institución reconocida más que en su propia tierra. Al menos su hija Coral, sevillana de nacimiento, ha escrito hace dos años un libro con la biografía titulada “Maestro Pedro Braña” que recopila la vida, bien conocida, y obra de su padre (lo que más trabajo le llevó).
El concierto se abría con Amarguras (1919) de Manuel Font de Anta (1889-1936), considerada como el “Himno de la Semana Santa de Sevilla”. Proveniente de una saga de grandes músicos de bandas militares y civiles, de quienes “aprendió el oficio”, excelente orquestador que daría color a las marchas procesionales de su ciudad natal. Precisamente esta marcha fue un encargo de su padre Manuel Font y Fernández (fundador de la citada Banda Municipal de Sevilla) con una curiosa historia sobre su autoría, que suena con la entrada en su templo de la Virgen de la Aurora.
Y también del compositor sevillano en el “segundo bloque” del concierto se interpretó Soleá, dame la mano (1918), inspirada en una saeta que cantó un preso a la Esperanza de Triana y que tiene la siguiente letra: «Soleá dame la mano a la reja de la carse, que tengo muchos hermanos huérfanos de pare y mare». Tiene la siguiente dedicatoria: «A los desgraciados presos de la cárcel de Sevilla que, al cantarle saetas a la Virgen en Semana Santa, me hicieron concebir esta obra». Tengo muchos recuerdos astures en el barrio de Triana, que incluso cité cuando hice la reseña de la zarzuela “Entre Sevilla y Triana” hace tres años dentro del Festival de Teatro Lírico Español, y es una marcha descriptiva con esos toques de cornetas (hoy ya se usan las trompetas) y tambores, sin perder el aire de saeta (que se canta cuando la Esperanza de Triana pasa frente a la antigua cárcel).
El también sevillano Joaquín Turina fue profesor de composición de Font de Anta. De su ópera Margot (1914), con libreto de María de la Ó Lejárraga, escuchamos una adaptación de la marcha que surge de una pieza de la propia ópera, inspirada en la noche del Jueves Santo, cuando los protagonistas José Manuel y Amparo están viendo una procesión. El arreglo es del saxofonista onubense Antonio Domínguez Fernández que ha hecho de esta marcha una pieza “independiente”, más escuchada que la original (recuperada y grabada hace apenas un mes por la Orquesta de Córdoba dirigida por Salvador Vázquez y un elenco vocal de altura) y de enorme dificultad bien solventada por esta banda ovetense.
Si las marchas anteriores tienen solera en la Semana Santa, llegaría Soledad (2004) de otro sevillano, David Hurtado Torres (1980), experto en flamenco y que estrenaría su primera marcha en 1995, género que le ha ocupado tanto tiempo ante encargos de toda Andalucía que ha decidido hacer una pausa en la composición cofrade. Esta marcha está dedicada para la Virgen de la Soledad de los Servitas, una de las hermandades más austeras que con esta música dan luz y color al silencio característico, con un profundo arranque en los graves de los metales mientras las maderas llevan una melodía sentida que pasa de clarinetes a saxofones, marcando el paso emocionado.
Retomo mis recuerdos adolescentes y mi respeto a todas las bandas de música con el maestro y músico militar Ricardo Dorado, que me descubrió su alumno Alejandro Fernández Sastre (Méntrida -Toledo-, 1930), profesor mío de armonía cuando dirigía a principios de los 70 la extinta Banda Municipal de Música de Mieres, compaginándola como Teniente de la Música Militar del Regimiento Príncipe nº 3 entonces en el Cuartel del Milán, y que posteriormente pediría destino a la Banda de Música de la Academia de Infanteríaa de Toledo (1976-1979), ascendiendo a Capitán y después a Comandante dirigiendo la Unidad de Música de la Dirección General de la Guardia Civil (con la cual actuaría en el Teatro Campoamor de Oviedo allá por mayo de 1984). En su domicilio del pabellón de oficiales, enfrente del actual Campus de Humanidades, pasé muchas mañanas de los sábados (desayuno incluido), además de interpretar muchas obras de su maestro en mi Mieres natal, donde nos traía unos refuerzos «de galones». El coruñés Ricardo Dorado, un compositor nunca suficientemente conocido del que escuchar su Mater Mea (1962) en la Catedral de Oviedo fue revivir una música emotiva bien llevada e interpretada por el Maestro Yuste con la Banda del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo. Música para el Viernes Santo, Cristo muerto y desnudo con la Virgen de la Soledad enlutada ante su Hijo, desconsolada como la música de Dorado, compañero de Falla o Turina, que dedicaría sus últimos años en Madrid a la enseñanza. Capaz de componer pasodobles, revista, óperas o marchas militares, pero también de tanta música religiosa donde esta “Madre Mía” hace aún más espiritual una página conmovedora más allá de creencias. Página digna de analizarse con la minuciosidad que la hacía “mi teniente”, partiendo de un motivo sencillo de tres notas cargado de tensión dramática, con trombones y trompetas casi “cinematográficos”, usando pocos recursos para un tema emocional pleno de matices extremos, patetismo, amargura y desesperanza de este maestro de la composición.
La famosa Marcha fúnebre del polaco Chopin es probablemente una de las más escuchadas fuera de su contexto pianístico (es el tercer movimiento de la Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 35) porque ya encontramos toda la música en dos pentagramas y orquestarla casi es un ejercicio obligado para los estudiantes de composición. Así la versión para banda es habitual en las procesiones de toda Semana Santa, sonando la noche del Viernes Santo como la anterior marcha, así como en funerales de envergadura donde no suele faltar, rica en cambios de tonalidad con una melodía simple y dramática, donde también aparece un “arremolinado y salvaje” final, todo un empuje de notas simples en las distintas secciones de la banda que el maestro sevillano (no podía ser de otro sitio) Enrique Yuste pareció mentalizar las dos manos del piano a una octava de distancia para traspasarla a la plantilla bandística, un impresionante y formidable golpe del polaco universal.
Aún quedaban dos marchas más, María Santísima del Dulce Nombre (1955) del violinista y compositor sevillano (¡cómo no!) Luis Lerate Santaella (1910-1994), alumno entre otros de Nadia Boulanger en París (becado en 1931 por el Ayuntamiento de su ciudad natal), otra aportación de los músicos y bandas militares a la Semana Santa más allá de lo que conocemos como “marchas procesionales” aportando un estilo nuevo alejado de lo castrense que también ha estado unido a la Iglesia Católica y permanece vivo en muchas celebraciones religiosas. Lerate compuso más de 100 obras de todos los géneros y sus marchas procesionales son famosas como Cristo del Mayor Dolor además de la escuchada este sábado, que son las que le han dado más reconocimiento precisamente por la llamada “música procesional religiosa de la Semana Santa”, una tradición cofrade que nunca se ha perdido y está gozando de buena salud, como lo demuestran cada año por toda ka geografía española.
Y para finalizar sonaría La Madrugá (1987) del reputado compositor y director militar onubense Abel Moreno (1940), Medalla de Andalucía de 2025 en la modalidad de las Ciencias Sociales y las Letras, precisamente por sus marchas procesionales, siendo muy solicitado en este repertorio al que trae nuevos horizontes a una música que trasciende la religiosidad. Con una instrumentación que incluye timbales y campanas imposibles de procesionar pero grandiosas en concierto (de hecho la bisarían tras el comentado detalle de la Junta ovetense al director del Conservatorio Profesional), se trata de una marcha en forma de Poema Sinfónico. Obra de película (se ha utilizado en muchas, incluyendo la española “Alatriste”) que ya tiene más de treinta años y está inspirada en la famosa madrugá sevillana, que ha tenido infinidad de versiones y grabaciones, estando dedicada a las seis hermandades de esa jornada nocturna (que en Oviedo han “copiado” desde la Hermandad de Los Estudiantes -con muchos amigos del Mester de Tunería– que también tiene su origen en la Agrupación Musical San Salvador). Esta marcha intenta describir lo que ocurre durante las horas de esa famosa noche sevillana, representada cada una por un tema musical donde aparecen las seis cofradías que realizan esa noche la llamada “estación de penitencia”. Ritmos variados y sonoridades ricas aunque sea un tema muy fúnebre pero solemne y esplendoroso como la noche sevillana más famosa, “llena de matices que nos llevan de un extremo a otro” como ha explicado el propio compositor. Se ha convertido en una de las marchas más internacionales de Moreno.
P.D.: Esta entrada, más extensa de lo que suelen ser las mías, quiero dedicarla al Ateneo Musical de Mieres que orgullosamente presido desde su fundación en junio de 2018, y donde varios músicos que hoy participaron e interpretaron este concierto, están también en nuestra Banda Sinfónica, savia joven de nuestros conservatorios, muy preparada, trabajadores entusiastas que nos dan muchas alegrías musicales y humanas, la convivencia de amantes de la música, aficionados y profesionales, estudiantes y veteranos, que conforman lo que llamo “Mi familia del Ateneo”.
GRACIAS
PROGRAMA
Manuel Font de Anta (Sevilla, 1889 – Madrid, 1936): Amarguras.
Joaquín Turina (Sevilla, 1882 – Madrid, 1949): Margot (arreglo de Antonio Domínguez Fernández).
David Hurtado Torres (1980): Soledad. -dedicada a María Santísima de la Soledad de Sevilla.
Ricardo Dorado Janeiro (La Coruña, 1907 – Madrid, 1988): Mater Mea.
M. Font de Anta: Soleá, dame la mano.
Frederic Chopin (Żelazowa Wola, 1810 – París, 1849): Marcha fúnebre.
Luis Lerate Santaella (Sevilla, 1910 – 1994): María Santísima del Dulce Nombre.
Abel Moreno Gómez (Encinasola -Huelva- 1944): La Madrugá.












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