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Herencia soviética

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Lunes 28 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioMischa Maisky (violonchelo), Orquesta Sinfónica Estatal de Lituania, GintarasRinkevičius (director). Obras de Respighi, Chaikovski y Bruckner.

Crítica para La Nueva España del miércoles 30, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:

Entre las vecinas Lituania y Letonia se organizó esta gira europea con parada en Oviedo, “La Viena del Norte”, la orquesta estatal fundada juvenil por Gintaras Rinkevičius (Vievis, 1960) para ir creciendo juntos en la capital Vilna, y el letón Mischa Maisky (Riga, 1948), verdadera figura mediática del cello bien apoyada por “el sello amarillo” y presumiendo haber sido alumno de Rostropóvich, con una primera parte preparada a la medida de este “santón” mimetizado con su cello de sonido increíble y procedencia desconocida para los mortales.

El Adagio con variaciones de Respighi lo tiene Maisky entre sus obras preferidas antes incluso de peinar canas, ideal en duración y protagonismo, de principio a fin, carácter melódico bien arropado por la orquesta lituana y su titular siempre atento al solista que era quien realmente mandaba, brillando con la claridad y brillantez aunque algo falta de intensidad de la partitura del compositor italiano, destacando la bellísima réplica del corno inglés.

Es imposible explicar cómo es la sonoridad rusa pero quienes hayan escuchado orquestas de la antigua URSS me entenderán. Las Variaciones rococó de Chaikovski sirven de ejemplo, desde el cello de Maisky al que el tiempo da rotundez y quita limpieza, hasta los lituanos en plantilla equilibrada para acompañar al letón con la cuerda empastada, sedosa, tensa y unida, de presencia uniforme, sumando una madera impecable y una trompa solista perfecta para no empañar la exposición de ese tema que tiene algo de británico con la melodía orquestada con la marca inimitable del compositor ruso. Estos mimbres armaron una interpretación puramente soviética en cada una de las siete variaciones, luciéndose todos, Maisky y Rinkevičius con sus pupilos, nombres de jugadores de baloncesto, poseedores de una técnica impoluta pero algo fríos, faltos de unas emociones que no se estudian, con detalles más que visión global. Probablemente las partes solas de Maisky fuesen las pinceladas sinceras de una velada más cercana al grabado que al óleo, aunque las líneas siempre estuviesen claras independientemente del grosor, y la exactitud en los cambios de ritmo digna de admiración.

El regalo tenía que ser también de Chaikovski tras las algo frías variaciones, y nada mejor que el aria de Lensky (de Eugene Onegin) cambiando tenor por cello de Misha, lo más cercano a la voz humana nuevamente revestida a medida por la sinfónica estatal lituana con Gintaras al frente en complicidad muy preparada.

Plantilla esperada en los antiguos soviéticos bálticos más que suficiente para la Sinfonía “Romántica” de Bruckner, su cuarta revisada varias veces (como el Chaikoski de las variaciones), número de catálogo WAB 104 y la única con subtítulo puesto por el propio compositor austriaco que jamás encontraba el resultado deseado, un auténtico “loco revisionista” nunca contento con sus obras sinfónicas. Cuatro movimientos inmensos e intensos de inspiración medieval, casi operística que hoy entenderíamos mejor desde el cine en blanco y negro, como los grabados de la primera parte. El primer movimiento se hizo eterno pese a los matices y dinámicas; el segundo Andante un placer en la cuerda siempre disciplinada, uniforme y presente; el Scherzo tercero una caza sin recompensa con buen protagonismo de los bronces, lo mejor y más romántico de esta cuarta; para el último Finale retomaron sombras y oscuridades con destellos de emociones trazadas con cierta contención en ese inmenso “tutti” orquestal conclusivo por el director fundador de esta sinfónica lituana que tiene calidad en todas sus secciones, con solistas acertados, amplia gama dinámica pero todo bajo el férreo control de Rinkevičius. Personalmente esperaba más pasión y menos contención sin negarles el respeto a la partitura (versión 1880), impecables los metales de sonido organístico brillando como los dibujos a tinta china cuyas sombras a base de finas líneas muy pegadas dan volumen sin color, aunque la riqueza de los grises tenga su propia dificultad. Romanticismo bruckneriano con cuerda brahmsiana para una cuarta bien cargada aunque descafeinada.

El regalo sorpresa tras dos horas largas, con prisas de despertador en parte del público, Libertango de Astor Piazzolla en arreglo sinfónico de tintes armenios para sacar a los percusionistas que no actuaron y reafirmar el virtuosismo orquestal (no entendí el acelerando enloquecido) que coloreó la bella fotografía original en blanco y negro del barrio de Boca para convertirla en Klaipeda, la ciudad portuaria de una Lituania europea pero todavía con herencia soviética, al menos en lo que a música se refiere. Con ella seguiremos para clausurar estos Conciertos del Auditorio el miércoles 13 de junio con la violinista georgiana Lisa Batiashvili y la Chamber Orchestra europea dirigidos por el franco-canadiense Yannick Nézet-Séguin.

Una castalia del siglo XIX al XXI

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Comenzaba este martes 29 de mayo en el RIDEA el I Ciclo de conferencias «Escenas musicales entre los siglos XIX y XX» que coordina la doctora y miembro correspondiente María Sanhuesa, haciendo de maestra de ceremonias para prologar y presentar a Begoña García-Tamargo, quien nos hablaría de «La sociedad La Castalia y su actividad musical en Oviedo (1875-1889)» precisamente un mes de mayo como efemérides de esta historia local que trasciende la capital asturiana.

Siempre es un placer conocer nuestra historia, más la cercana y mejor aún la musical, pues desconocerla puede llevarnos a repetir errores, si bien parece tozuda y hubo momentos en la conferencia que parecían reflejar una Vetusta clariniana totalmente de actualidad.

Con lenguaje cercano y bien documentada, la profesora García-Tamargo fue desgranando el origen de esta sociedad musical importantísima, un 16 de mayo de 1875 con ese nombre de La Castalia aunque también tendría el de Liceo como el griego, centro de enseñanza de esta asociación, y posteriormente Liceo Jovellanos, siempre con el afán de formar y entretener. Curiosas las distintas sedes de una sociedad formada por lo más granado de una sociedad culta además de rica puesto que el dinero también trajo prosperidad a las artes (el empresario belga de la metalurgia asentado en Oviedo Charles Joseph Bertrand Demanet como personaje y familia a recordar), siendo la música en la capital asturiana una seña de identidad desde aquellos teatros y circos de El Fontán o la calle Quintana como bien recordó la doctora Sanhuesa en la previa y amplió la profesora García-Tamargo con el deseo de otra castalia en pleno XXI conociendo la primigenia, con el mismo amor melómano por mantener una tradición que nos hace conocidos en todo el mundo solo con citar Oviedo.

Me encantó la elección de aquellos ilustrados del nombre de la musa Castalia, tanto en la mitología griega como romana, la hija del dios Aqueloo o mejor aún, la muchacha de Delfos que amaba Apolo, del que huye para zambullirse en esa fuente inspiradora para quienes bebían sus aguas o escuchaban su sonido. Adelantados aquellos jóvenes en esta inspiración que hasta el alemán Hermann Hesse también la retomará en 1943 para El juego de los abalorios donde Castalia es el hogar de una orden austera de intelectuales que pretende recoger y practicar lo mejor de todas las culturas, reuniéndolas en un juego de música y matemáticas que desarrolla las facultades humanas. Juventud preparada que deciden unir fuerzas, crear un coro además de la primera formación instrumental civil y promocionando la zarzuela y la música en general.

A lo largo de la conferencia de Begoña García-Tamargo, pudimos comprobar cómo 14 años de vida dieron para mucho, músicos de nuestra historia con Víctor Sáenz al frente de un sexteto de profesores amén de organista catedralicio y para muchos famoso por su almacén de instrumentos musicales y partituras funcionando hasta hace poco al lado de Camilo de Blas, aunque originalmente estaba en la calle Cimadevilla, negocio que no se entendería sin La Castalia, pero también nombres como Saturnino del Fresno o Baldomero Fernández, el mierense Teodoro Cuesta que además de poeta fue flautista y director de la Banda de Música del Hospicio (en el actual Hotel Reconquista), anécdotas y descubrimientos de trabajadores que serían tenores famosos como Lorenzo Abruñedo gracias a La Castalia, verdadero liceo que apostaba por estrenar zarzuelas antes incluso que las compañías profesionales. Zarzuelas de un acto, de dos y hasta de tres, con un inventario de representaciones que ya quisieran en pleno siglo XXI finalizando el XIX en un Oviedo de tantos cafés musicales, de teatros y circo, de distintas sedes de esta sociedad cultural melómana capaz de montar representaciones como el Stabat Mater de Rossini (causante de la crisis de Ana Ozores) junto a las zarzuelas de las grandes figuras del momento: Jugar con fuego (Barbieri), El Juramento (Gaztambide) o Marina (Arrieta) antes de hacerse ópera. Ya había dificultades económicas, se buscaban fusiones con otras sociedades, curioso el seguimiento de la prensa del momento, incesante actividad y los cimientos del primer Conservatorio y la Sociedad Filarmónica (1907), con un año 1885 dando los primeros avisos, luchando contra viento y marea ante la crisis de recursos así como los cambios laborales de muchos socios (el propio Víctor Sáenz Canel), un 5 diciembre de 1886 casi agonizante hasta la liquidación definitiva un 21 de mayo de 1889 (de nuevo mayo) con la subasta de bienes en buen estado y tantas partituras.

Lo sembrado por aquellos jóvenes intelectuales, las referencias de Clarín, de Melquíades Álvarez, de Fermín Canella, de la capital asturiana floreciente y culta, traería al poco de disolverse la sociedad, nada menos que la ópera Los Hugonotes de Meyerbeer para estrenar en 1892 un Teatro Campoamor que siglo y cuarto después sigue siendo capital lírica con la segunda temporada más antigua de España (solo superada por el Liceo, aunque las comparaciones sean odiosas y las diferencias abismales), y la Zarzuela defendida por La Castalia del XIX y del XXI, también tenga una temporada estable que ha cumplido sus bodas de plata, la única fuera de Madrid.

Sociedades privadas abiertas a su entorno con un terrorífico juego de palabras, sociedades privadas de ayudas que es privarnos de futuro, pues cuando lo público se desentiende, lo privado toma el relevo y hace negocio (Teatro de la Zarzuela VS Teatro Real), corroborando que la cultura no es un lujo sino un derecho, necesidad imperiosa de no dejar la cultura en manos de los privilegiados, inaccesible para el pueblo llano. La Castalia del siglo XXI lleva años luchando como aquella del XIX, apostando por nuestra zarzuela, por jóvenes valores a los que forma y encauza para una vida donde la lírica no puede faltar nunca. Gracias al RIDEA sobrevive La Castalia, lo que es de agradecer en tiempos de pobreza intelectual. El coloquio posterior daría para mucho, quedándome con la esperanza de cambiar este mundo inculto y violento, pidiendo tranquilidad ante la prisas o la impaciencia, malas consejeras. Sembrar para recoger porque no existe nada instantáneo en un campo como el educativo (también musical) que lleva tiempo, trabajo y mucho mimo siempre a pequeñas dosis. Pensemos que será la mejor herencia para las siguientes generaciones, esta Castalia que sigue plantando semillas y regando, haciendo crecer bien derechas unas ramas que no veremos hacerse árboles, ni siquiera bosques… pero el placer de la vida no nos lo quita nadie.

P.D.: Reseña de Elena Fdez. Pello en La Nueva España.