Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Diaghilev y los Ballets Rusos II», abono nº 9 OSPA, Coro «El León de Oro» (director: Marco A. García de Paz), Rossen Milanov (director). Obras de Debussy y Ravel.
Velada pictórica y danzante desde la conferencia previa de María Sanhuesa (también suyas las notas al programa enlazadas en el inicio) titulada «Los colores del sonido: Debussy, Ravel los Ballets Russes«, contando nuevamente con Milanov al frente, lo que se agradece por esa continuidad tan necesaria para alcanzar el mayor entendimiento.
La música de ballet parece ser especialidad de nuestra formación que incluso ha llevado al disco (el último ya con el director búlgaro) aunque tengamos que cerrar los ojos para imaginarnos la escena y cuerpo de baile, precisamente en una ciudad que también tiene su Festival de Danza en el Teatro Campoamor. También domina la orquesta asturiana la música francesa, supongo que más allá de la cercanía geográfica la anímica, pero sobre todo las partituras de los grandes orquestadores, y los de esta tarde de danza lo son, dando lo mejor de ellos, creciéndose en la inmensidad sinfónica.
Para ahondar en la grandeza de las dos obras programadas se contaba con la mejor formación coral del momento, y de casa, el LDO que también está preparando su concurso de Londres y antes la Pasión Según San Juan, estando el espíritu bachiano presente el día de su aniversario al sonar la «Badinerie» en un teléfono femenino (por lo que tardó en encontrarlo y apagarlo), que mejor ni comentaré aunque parase el concierto en el momento más «inoportuno» de Ravel…
Nocturnos (Debussy), tríptico sinfónico parece que inspirado en el pintor Whistler, en cierto modo para no seguir etiquetando como impresionista la música de Don Claudio aunque siempre existen paralelismos y referencias coloristas, sentido más decorativo que descriptivo pese a las luces especiales que parecen iluminar cada número. La plantilla ampliada para la obra, sobremanera en el viento madera, percusión, otro arpa, no lo fue en la cuerda aunque les exija aún más trabajo, pero el buscado ambiente etéreo se consiguió desde las primeras «Nubes«, casi de anuncio por lo bien perfiladas y contrastadas hasta el gris, sin necesidad de utilizar pinceles finos. Como confesión que comparto con la doctora Sanhuesa, «Fiestas» es mi número preferido, puede que por la explosión de color sinfónico, la alegría desbordante, el ritmo danzante, los fuegos artificiales, el cortejo o mi pasión noctámbula, estando de acuerdo con el cambio de título del propio Debussy que en principio llamó «Tres escenas en el crepúsculo», curiosamente tocadas dos por no incorporarse siempre el coro femenino de «Sirenas«. Si hace algo más de un año las voces blancas del LDO ya interpretaban esta obra con la OvFi, dejándome enamorado por las «vocalizaciones dificilísimas con polirritmias perfectas, mar dorado más que plateado para dejar flotando en el ambiente una espiritualidad preparatoria de la segunda parte», la madurez global se hizo notar todavía más, auténtico tratamiento instrumental de Debussy que «las chicas de oro» han vuelto a elevar a cotas muy altas (tres mezzos más que las sopranos en perfecto equilibrio de planos) con la complicidad de un Milanov dominador de este nocturno cual marino experto. Las «sirenas de Peñas» no nos hicieron naufragar y en vez de tapar los oídos los abrimos aún más para disfrutar de este hechizo sonoro con ese tema de la coda final que sonó celestial con Juan Pedro Romero «acallando las voces del mar» para fundirlo todo y alcanzar el silencio nocturno hoy con luna llena menguando.
Dafne y Cloe (Ravel) me daría para fabular con más enamoramientos de todos y entre todos, el coro al completo y la orquesta ampliada, el bosque sagrado del auditorio donde aparecen piratas tecnológicos casi fantasmales intentando raptar la pureza sonora y la ayuda siempre del dios Pan musical que alimenta nuestro espíritu y aplaca odios. Se nota la planificación previa para este ballet cuya música pudimos disfrutar completa (no en suite) como la concibió el propio Maurice, totalmente ajustada en efectivos e intenciones aunque reconozcamos la dificultad de ubicar semejante plantilla en un teatro y los bailarines en escena. El encanto de la danza sin que la música pierda ni desvíe la atención fue muy trabajado entre Ravel y Fokine para una partitura que es una «sinfonía coreográfica» en tres partes encargada por el omnipresente Diaghilev, un «gran fresco musical menos preocupado por el arcaismo que por la fidelidad a la Grecia de mis sueños», que también citó María Sanhuesa del Esbozo biográfico dictado por el compositor a Roland-Manuel.
La fiesta de música colorista, de colores musicales, pareció dar la bienvenida a la recién estrenada primavera y despedida a la «nit del foc» valenciana, una paleta de colores a la que se añadió el dorado coral que pareció pintar Klimt con música francesa. Mahler espera en menos de 24 horas…








